12 cosas que probablemente no sabías sobre tus ojos
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12 cosas que probablemente no sabías sobre tus ojos

En ocasiones nos perdemos en tantos versos e imágenes bonitas que nos olvidamos de otras cosas que los ojos también dicen de nosotros, así como detalles científicos de ellos.
Por Yorokobu.es / Sergio Parra
12 de octubre, 2014
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Foto: Yorokobu.es.

Foto: Yorokobu.es.

Los poetas a menudo han aludido a los ojos desde su vertiente más estética. Y eso está muy bien. Decía Victoria Ocampo en su libro de 1924 De Francesca a Beatrice, «Porque un barco en la líquida ensenada de una pupila es cosa tan menuda que sólo se ve asomándose muy de cerca al mágico iris». Vale, correcto.

Sin embargo, en ocasiones nos perdemos en tantos versos e imágenes bonitas que nos olvidamos de otras cosas que los ojos también dicen de nosotros.

No se trata de que nos convirtamos en robots que, ante la pregunta de qué color son tus ojos, respondamos mecánicamente: blancos, con un círculo marrón que rodea otro círculo negro más pequeño, de afuera hacia adentro. Así pues, sin prescindir del todo de la lírica, vamos a sumergirnos en esa extensa esclerótica cruzada de diminutas retículas rojas para dirigirnos al volcán jaspeado en cuyo centro refulge un redondeado corpúsculo de antracita. Bien, ¿no?

O, si tenéis una mente más científica, quizá prefiráis un prólogo con un poco de lírica más técnica, como la que despliega el novelista Dan Simmons en La caída de Hyperion: «El impacto de las miradas de los jefes de FUERZA parecía una de esas descargas láser de cien millones de julios utilizadas para encender esferas de deuterio-tritio en un antiguo reactor de fusión inercial de confinamiento».

Allá vamos.

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1. Sin ojos

Decía el literato del Renacimiento Agnolo Firenzuola que «En los ojos se puede leer lo que está escrito en el corazón». Nuestros ojos transmiten emociones y estados de ánimo, y en consecuencia nuestra única forma de preservarlas es usar gafas oscuras. Gafas que nos hacen casi invisibles y, en parte, nos proporcionan una mirada fría y mecánica, a veces terrorífica, a lo Terminator. Ya decía Pavese en uno de sus versos: «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos». La muerte anónima del antifaz del Zorro. Tanto es así que basta con una tira negra sobre los ojos para que un rostro sea imposible de identificar.

Las gafas oscuras también son parapetos para tímidos: cuando los demás son como gorgonas o medusas mitológicas capaces de transformarte en piedra, las gafas te protegen de sus miradas petrificadoras, permitiendo mirar sin ser visto.

Miramos enseguida a los ojos de las personas, como puso en evidencia un experimento realizado en la Universidad Libre de Berlín, donde los participantes vieron fotografías en las que los ojos de las personas no estaban en el lugar correspondiente, tal y como explica Ulrich Renz en La ciencia de la belleza:

No tardaron sino treinta y dos milésimas de segundo en reconocer el engaño (es decir, mucho antes de que pudiera activarse la consciencia). En esta ocasión se pudo comprobar también que nuestro cerebro procesa el rostro según el orden siguiente: ojos-boca-nariz.

 

2. Ciegos durante 40 minutos

Además de vernos obligados a parpadear continuamente para mantener húmedo el ojo, lo cual provoca que dejemos de ver el mundo en breves lapsos de tiempo, cada vez que los ojos se mueven, la fracción que necesitamos para hacerlo se borra del cerebro y se sustituye por lo siguiente que vemos, en lo que se llama enmascaramiento sacádico. Se estima que, al cabo de un día, sumando todas estas fracciones de segundo, somos ciegos al menos 40 minutos.

El parpadeo del ojo dura, exactamente, 50 milisegundos. Esto significa que, además de lo dicho, nos quedamos ciegos alrededor del 5 % del tiempo.

Además, por mucho que lo intentemos, cuando nos dicen aquello de ‘mírame a los ojos’, en realidad solo miramos a uno u otro alternativamente, no a los dos simultáneamente, tal y como escribe irónicamente Hernán Migoya en Putas es poco:

Es decir, en realidad, ¡nunca miramos a LOS ojos! Qué vulgar factor biológico tan poco romántico, ¿verdad?: «La miró a un ojo y luego imperceptiblemente al otro y le dije: Te quiero». ¡Puagh!

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3. Indicador de energía mental

Las pupilas de nuestros ojos también son algo así como indicadores de la batería de nuestro cerebro o, más concretamente, de la energía cognitiva que estamos usando. Es al menos lo que sugiere un estudio del psicólogo Eckhard Hess que publicó en la revista Scientific American. Daniel Kahneman, que también llevó a cabo un experimento similar obteniendo idénticos resultados, resume la conclusión del estudio de Hess en Pensar rápido, pensar despacio: «se dilatan notablemente cuando multiplicamos números de dos dígitos, y si las operaciones son difíciles, se dilatan más que si son fáciles».

En una pupila dilatada entra 30 veces más cantidad de luz que en una contraída.

4. Cosmética pupilar

Irónicamente, en la Italia medieval se usaba una sustancia para dilatar las pupilas, el extracto de belladona, a fin de lucir una mirada más bonita. No por azar, la planta de belladona tiene nombre de origen italiano que significa ‘mujer hermosa’. En las descripciones medievales de la belleza, el splendor oculorum o brillo de los ojos era un elemento fundamental del canon estético. Las pupilas, además, tienen una curiosidad etimológica nada desdeñable: casi una tercera parte de las lenguas del mundo designan la pupila del ojo con palabras que tienen que ver con el significado de «personas pequeñas» (en castellano, pupila y niña), como explica José Antonio Marina en Diccionario de los sentimientos:

Tiene que haber una justificación para esta coincidencia tan poco probable. La hay, por supuesto. Todo lo que pasa en el lenguaje tiene un razón de ser, aunque a veces sea una razón muy poco racional. Quien escruta desde cerca un ojo percibe una personita que le mira: su propio reflejo.

Los trucos cosméticos relacionados con los ojos son interminables, tal y como explica Ulrich Renz en La ciencia de la belleza:

Al fin y al cabo, las señales más importantes para nuestros congéneres (la dirección de la mirada y las emociones) proceden de la zona de los ojos. Tampoco resulta extraño que durante miles de años se haya tratado de acentuar estos contrastes de manera artificial con la ayuda del lápiz de ojos y del maquillaje. Debido a los numerosos contrastes que presenta, el adorno en forma de ojo se ha convertido en ornamento casi arquetípico del reino animal. Tanto es así que es utilizado incluso por especies animales que no tienen el diseño de ojos de los mamíferos, como el pavo real, la mariposa de pavo real y otras especies de mariposas.

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5. Viendo la vida como Los Simpson

Si algún día empezáis a ver las cosas de color amarillento, como los personajes de Los Simpson, no os habréis teletransportado a la serie: probablemente estaréis sufriendo xanatopsia, que también puede ser síntoma de ictericia, de resultas de una enfermedad hepática. Tal y como abunda Joan-Liebmann Smith en Escucha tu cuerpo:

Si ves los objetos amarillentos o rodeados por un halo y estás tomando digital (medicamento que se utiliza mucho para tratar determinados tipos de enfermedades cardíacas), puedes estar ante una señal de alarma de que tienes una intoxicación digitálica (…) Se cree que el gran uso que hizo Van Gogh del color amarillo en algunas de sus pinturas, como Noche y Los girasoles, era consecuencia del digital que tomaba para tratar la manía y la epilepsia.

6. Ojos creados al revés

Uno de los ejemplos preferidos de los defensores del diseño inteligente frente a los defensores de la teoría la evolución es que tal teoría, por sí sola, nunca hubiera podido concebir un órgano tan exquisitamente complejo como es el ojo. El equivalente sería encontrar un reloj tirado en mitad del bosque: ¿acaso no deduciríamos que ese reloj tiene un creador?

Sin embargo, este ejemplo parte de una comprensión deficiente de la evolución darwiniana. El ojo no pasó a existir tal y como es ahora, sino que se produjeron diversos prototipos de ojos más o menos funcionales que se fueron mejorando a través de la presión evolutiva de los siglos, y además se han producido en muchas especies animales, como explica Richard Dawkins en El cuento del antepasado: «Se calcula que, en el reino animal, “el ojo” ha evolucionado de forma independiente entre 40 y 60 veces».

Además, el diseño de los ojos es inepto y torpe, lo cual subraya su naturaleza azarosa, como explica Michael Shermer:

En realidad, la anatomía del ojo humano nos ofrece evidencia de cualquier cosa menos de un diseño «inteligente». Está construido del revés y hacia atrás, lo cual exige que los fotones de la luz atraviesen la córnea, el cristalino, el humor acuoso, los vasos sanguíneos, las células ganglionares, las células amacrinas, las células horizontales y las células bipolares antes de rebotar hacia los conos y los bastones fotosensibles que traducen la señal luminosa en impulsos neuronales.

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7. Cíclopes

Los ojos no solo pueden funcionar mal, sino también aparecer en lugares no apropiados de forma deficitaria, como en el caso de los cíclopes u holoprosencefálicos. Gracias a, por ejemplo, una gigantesca colección de humanos deformes reunida entre los siglos XVIII y XIX por Willem Vrolik, tenemos acceso a algunos de estos casos, tal y como explica Marie Leroi en el libro Mutantes:

Contenía 5.103 especímenes, entre ellos rarezas como el cráneo de un príncipe de Sumatra llamado Depati-toetoephoera, que se había rebelado, al parecer con poco éxito, contra sus amos coloniales. Había también un cráneo de narval con dos cuernos que había pertenecido a la familia real danesa, una colección etnográfica de cráneos humanos y los restos de 360 personas que exhibían diversas afecciones congénitas.

La colección cuenta con varias láminas ilustradas con fetos, de humanos y animales, que tienen un solo ojo, como los cíclopes mitológicos. Con todo, la primera imagen que tenemos de un niño ciclópico que no se refiera a la mitología y se presente como médicamente verificable pertenece a Fortunio Liceti, incluida en la edición de 1634 de su De monstrorum.

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8. Los ojos rojos revelan tu edad

En muchas ocasiones, en las fotografías tiradas con flash aparecemos con los ojos rojos. Incluso existen programas de edición de fotografías para eliminarlos y dejar de parecernos a un poseído por el diablo. No obstante, este color rojo que aparece solo en las fotografías puede revelar nuestra edad.

Es lo que ha conseguido un investigador de Kodak llamado Andrew Gallager a través de un software diseñado para tal efecto. Al parecer, a medida que cumplimos años nuestros músculos oculares se debilitan, lo que dificulta que la pupila se dilate en respuesta a los cambios en las condiciones de iluminación, como el súbito cambio de luz que provoca el flash de la cámara de fotos.

9. Lágrimas de cocodrilo

El llanto revela nuestro estado emocional, pero podemos fingir el llanto para una película o para manipular emocionalmente a nuestro interlocutor. Sin embargo, no es lo mismo llorar por pena que simplemente nos lloren los ojos, como explica Tom Lutz en un fascinante libro dedicado íntegramente a las lágrimas: El llanto: historia cultural de las lágrimas:

Los fisiólogos han estudiado el contenido químico de las lágrimas emocionales y mostrado que difieren de las lágrimas llamadas basales o continuas, cuya función es lubricar los ojos.

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10. En una película en blanco y negro

En buenas condiciones de visión e iluminación, el ojo humano distingue 10 millones de colores diferentes. Pero ahora imaginad que, como Woody Allen, podéis vivir eternamente en una película en blanco y negro. Eso es lo que les sucede a las personas que sufren acromatopsia, una enfermedad genética que altera las células fotorreceptoras de la retina sensibles al color. Se estima que padecen esta enfermedad una de cada 30.000 personas.

En dos pequeñas islas de Micronesia, Pingelap y Pohnpei, existe una anormalmente elevada proporción de personas que ven las cosas en blanco y negro, tal y como explica el neurólogo Oliver Sacks en su libro La isla de los ciegos al color.

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11. Ciegos completos

Los invidentes desarrollan un modo de relacionarse con el mundo que puede resultar igualmente rico y diverso que los videntes. El caso más célebre al respecto probablemente sea el llamado Viajero Ciego, James Holman. Recorrió medio mundo en pleno siglo XIX: solo en su primer viaje, recorrió Europa y, entre otras cosas, se paseó por el cráter del Vesubio o escalo la cúpula de San Pedro en Roma. Escribió diversos libros de viajes sobre sus aventuras, y al parecer captaba de una forma tan interesante los lugares (a través de los olores, los ruidos, las sensaciones táctiles), que sus libros inspiraron incluso a Charles Darwin.

Diderot también, aunque en tono irónico, afirmaba que los invidentes pueden construir un mundo suficientemente completo y a su manera en Carta sobre los ciegos: para uso de los que pueden ver (1749).

En El país de los ciegos, un cuento de H. G. Wells, un montañero encuentra un valle aislado y desconocido en los Andes peruanos donde todos sus habitantes son ciegos. Tales individuos no tienen una palabra para «ciego», y el montañero explica estérilmente lo que significa ver:

Durante catorce generaciones estas personas han estado ciegas y apartadas del mundo de la visión; los nombres de todas las cosas de la vista han desaparecido y cambiado… Parte de su imaginación se ha consumido con sus ojos, y han construido para sí nuevas imaginaciones aprovechando la mayor sensibilidad de sus oídos y puntas de los dedos.

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12. Maneras de mirar

Existen tantas formas de mirar a los demás, transmitiendo mensajes específicos, que todos los idiomas han desarrollado centenares de expresiones para describir las miradas. Adam Jacot de Boinod localiza varias de ellas en su libro El significado de Tingo:

Makahakahaka (hawaino): ojos muy hundidos.

Mata ego (rapa nui): Ojos con huellas de llanto.

Ablaq-chashm (farsi): ojos intensamente negros y blancos.

Jegil (malayo): escrutar con ojos saltones.

Melotot (indonesio): abrir mucho los ojos para mirar con fastidio.

Aunque todas estas expresiones tienen sentido si englobamos con la palabra «mirada» no solo al ojo, sino a todo lo que le envuelve, como describe José Saramago en Ensayo sobre la ceguera:

porque los ojos, los ojos propiamente dichos, no tienen expresión, ni siquiera cuando han sido arrancados, son dos canicas que están allí inertes, los párpados, las pestañas, y también las cejas, son los que se encargan de las diversas elocuencias y retóricas visuales, pero la fama la tienen los ojos.

Lea la nota original en Yorokobu.es.

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El gas usado para "desinfectar" a mexicanos en EU que sirvió como ejemplo a la Alemania nazi

Durante décadas, trabajadores mexicanos que cruzaban a Estados Unidos fueron inspeccionados y fumigados con pesticidas para prevenir enfermedades infecciosas. Décadas después, cientos describieron la experiencia como humillante y vergonzosa.
4 de septiembre, 2021
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En 1956, los braceros eran fumigados con DDT como parte del proceso de entrada a Estados Unidos.

CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU

Muchos no sabían qué les estaban rociando, pero era tan extendido su uso que le apodaron “el polvo”.

La fotografía que abre esta nota es especialmente destacada por historiadores en Estados Unidos y algunos describen la escena capturada como “un momento atroz”.

En ella un funcionario enmascarado fumiga la cara de un joven mexicano desnudo con el pesticida DDT en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas, mientras que otros esperan en fila detrás mientras sujetan sus pertenencias.

La tomó el neoyorquino Leonard Nadel en 1956 mientras documentaba el programa Bracero, bajo el que al menos 4 millones de mexicanos migraron temporalmente a Estados Unidos para trabajar entre 1942 y 1964.

El esquema fue inicialmente establecido para compensar la ausencia de trabajadores estadounidenses debido al reclutamiento militar durante la Segunda Guerra Mundial.

Un trabajador se registra en el programa Bracero.

Getty Images
Millones de mexicanos campesinos y obreros participaron en el programa Bracero en Estados Unidos.

El DDT se empleó hasta mediados de los 60 en los inmigrantes para prevenir la propagación de malaria y tifus y su uso fue posteriormente prohibido en EE.UU. en 1972.

Hoy en día está clasificado por el gobierno de ese país y autoridades internacionales como un “probable carcinógeno humano”.

Pero este no fue el único pesticida empleado para “desinfectar” a inmigrantes mexicanos en la frontera entre México y EE.UU. por décadas.

Años antes de la implementación del programa Bracero, otro insecticida fue utilizado en centros de recepción de visitantes y pasaría a servir como ejemplo a funcionarios del nazismo en Alemania.

Zyklon B

David Dorado Romo, historiador y cronista de El Paso y Ciudad Juárez, dio con un artículo en una revista científica alemana de 1937 que lo dejó atónito.

El escrito incluía dos fotografías de “cámaras de despiojado” en El Paso, Texas.

Su autor, el químico alemán Gerhard Peters, destacaba las imágenes para ilustrar “la efectividad del Zyklon B (un pesticida a base de cianuro) como un agente para matar plagas indeseables”, escribe Romo en su libro Ringside Seat to a Revolution (“Asiento en primera fila a una revolución”).

“Peters se convirtió en el director de operaciones de Degesch, una de las dos firmas que adquirió la patente del Zyklon B en 1940 para producirlo masivamente”, describe.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis utilizaron el gas en dosis concentradas para matar a millones de judíos.

Un funcionario fronterizo estadounidense les habla a un grupo de refugiados mexicanos en el Puente Internacional de El Paso, en Texas. Año 1916.

Getty Images
Las inspecciones y requerimientos en la frontera entre EE.UU. y México en El Paso se endurecieron a partir de 1916.

Aunque en El Paso no se utilizó para el mismo fin, ya se estaba empleando desde 1929 por funcionarios fronterizos para fumigar la ropa y los zapatos de inmigrantes mexicanos en el Puente Internacional Santa Fe, que conecta esa ciudad con Ciudad Juárez.

Las inspecciones habían iniciado formalmente en 1917, amplía el historiador, cuando las autoridades estadounidenses empezaron a imponer restricciones sobre los cruces fronterizos en sectores como El Paso.

El alcalde de la ciudad en esa época, Tom Lea, se refería a los mexicanos como “sucios piojosos indigentes” que “sin duda, van a traer y propagar el tifus”.

Pero entre 1915 y 1917, menos de 10 residentes de El Paso habían muerto del tifus epidémico, recogió Romo en su libro.

Aún así, los mexicanos considerados de “segunda clase” eran sometidos a exhaustivos chequeos que incluían duchas con agua caliente y revisiones de los migrantes desnudos. A los que le encontraban piojos, “les rapaban la cabeza y les afeitaban todo el cuerpo”, señala Romo a BBC Mundo.

Los braceros eran inspeccionados de la cabeza a los pies en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los braceros eran inspeccionados de la cabeza a los pies en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas.

Tan solo en 1917, al menos 120.000 personas fueron examinadas en el centro de El Paso.

Romo y otros historiadores hablan de un contexto en el que las ideas eugenésicas cobraban fuerza y se manifestaban a través de nociones discriminatorias y racistas.

“No hay que comparar peras con manzanas, pero el Holocausto no fue un hecho aislado y la frontera entre EE.UU. y México sirvió como un centro de experimentación importante de esas ideas”, advierte Romo.

“¿Sabe qué es la vergüenza?”

Cuando inicia el programa Bracero en 1942 ya estaba extendido el uso de diferentes químicos como el kerosén en centros de inspección fronterizos.

Aunque el gobierno de EE.UU. alabó a los mexicanos que se enlistaban como “soldados de la producción” y de la tierra en ese tiempo, con los años surgieron cientos de testimonios de trabajadores que señalaron sus experiencias como vergonzosas y humillantes.

La historiadora Mireya Loza recuerda en conversación con BBC Mundo que la imagen del trabajador rociado con DDT en la cara era la que más afectaba a los antiguos participantes del programa con los que habló.

“Muchos decían que sentían los efectos del DDT en los ojos, que tenían reacciones alérgicas en la piel y entendieron que no era un tratamiento humano”, dice la profesora de la Universidad de Georgetown.

Un grupo de trabajadores del programa Bracero alzan los brazos y están alineados contra la pared mientras son inspeccionados en una habitación del Centro de Procesamiento en Monterrey, México.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los trabajadores eran inspeccionados a ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos. Aquí, en un centro de procesamiento en Monterrey, México, en 1956.

La académica inició su investigación entrevistando a decenas de braceros para un proyecto llamado Bracero History Archive (Archivo Histórico de los Braceros), impulsado por el Museo Nacional de Historia estadounidense Smithsonian.

“Muchos de estos trabajadores dijeron haber sentido algo feo porque era la primera vez que eran desnudados públicamente y frente a varias personas. Para ellos era un shock tremendo estar ahí y que los doctores les hicieran abrir las pompis, la boca; todo revisaban”, describe.

Los trabajadores eran generalmente inspeccionados en sedes administradas por Estados Unidos dentro de México y en ciudades fronterizas como Hidalgo, en Texas.

Además de las fumigaciones, los vacunaban contra la viruela, les hacían exámenes de sangre y de rayos X y les revisaban las manos en busca de callos que demostraran que tenían experiencia en el campo.

Un bracero es vacunado mientras otros esperan en la fila en el Centro de Procesamiento en Monterrey, México, en 1956.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los trabajadores también eran vacunados contra la viruela.
Un funcionario de gobierno revisa las manos de un aspirante al programa Bracero.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Era común que las manos de los trabajadores fueran revisadas en busca de callos como prueba de que ya trabajaban la tierra.

José Silva, un campesino oriundo de Michoacán que empezó a trabajar desde los 6 años, describió en 2005 con cierto enfado la experiencia que vivió mientras fue bracero durante una entrevista disponible en el Archivo Bracero:

“Por una parte sí fue un buen programa (…) No tuve problema, me ayudé económicamente. Lo que no me gustaba era que nos fumigaron. Sentí vergüenza. ¿Sabe qué es la vergüenza? Todos formados así, sin ropa, y salíamos así caminando y allá en la puerta estaba el hombre con el fumigador. Muy mal. No éramos animales, éramos cristianos, ¿por qué nos fumigaban?“.

Víctor Martínez Alemán, originario de Tlaquiltenango, en Morelos, se enlistó en el programa en 1956 y trabajó en California:

“Nos pasaron, encuerados, delante de todas las muchachas, ya no más nos tapábamos acá pero encuerados para pasar donde nos iban a fumigar, bien fumigados así y todo… A nosotros nos daba vergüenza porque teníamos que pasar como con 20 mujeres (…) Eran todas secretarias. Y con manos atrás, nada de taparse, nada… Nos quería hasta pegar (…) Nunca había yo pasado esas penas pero como yo lo que quería era llegar a Estados Unidos para hacer algo…”.

“Injusticias y abusos”

A través del Archivo Bracero, el gobierno de EE.UU., mediante el Museo Nacional de Historia y diferentes instituciones académicas, reconocen que los trabajadores fueron sometidos a una serie de “injusticias y abusos”.

“Muchos se enfrentaron a alojamiento deficiente, discriminación e incumplimiento de contratos, incluso fueron estafados al recibir sus salarios”, indica el sitio web.

Un grupo de braceros en un cultivo en Salinas, California, en 1956.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Un grupo de braceros en un cultivo en Salinas, California, en 1956.

Pese a estas investigaciones, ningún presidente o autoridad de alto cargo a nivel nacional en EE.UU. ha ofrecido disculpas públicas ni reparaciones por los efectos negativos que desencadenó el programa, indica la historiadora Mireya Loza.

Tampoco existe una investigación exhaustiva sobre el impacto de pesticidas, incluido el DDT, en la salud de millones de braceros que fueron fumigados.

Aunque el programa culminó hace casi seis décadas, aún queda una generación que vive para contarlo.

Carlos Marentes, activista por los derechos de los campesinos en El Paso, recogió también cientos de testimonios y denuncias de abusos laborales, y las fumigaciones sobresalían entre los recuerdos más amargos de los trabajadores.

“Naturalmente existía un miedo de que trajeran enfermedades contagiosas, pero eso conllevó a una estigmatización“, dice a BBC Mundo.

Para Marentes, el programa Bracero fue un ejemplo claro de “la contradicción en la política de inmigración” de Estados Unidos.

“Por una parte sabemos que los necesitamos (a los inmigrantes), para que hagan todo lo que no podemos o no queremos hacer, pero por otra parte nos han metido en la cabeza que hay que tenerles miedo”, sentencia.



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