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¿Por qué fueron los normalistas a Iguala, a dos horas de su plantel?

Al cumplirse un mes desde la detención y desaparición forzada de 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, cerca de 300 alumnos de esta casa de estudios reclamaron la presentación con vida de sus compañeros, con un cierre total de la Autopista del Sol, que por ocho horas dejó varados en la carretera a turistas, habitantes de la región y transportistas.
Por Paris Martínez
27 de octubre, 2014
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Foto 4Este domingo, 26 de octubre, se cumplió el primer mes desde que la Policía Municipal de Iguala, Guerrero, asesinó a tres normalistas (así como a tres transeúntes) y detuvo y desapareció de manera forzada a otros 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, tiempo que no ha sido suficiente para los hechos ocurridos ese viernes 26 de septiembre queden aún del todo claros. ¿Por qué fueron los normalistas a Iguala, distante a dos horas de su plantel? ¿Por qué fueron ese viernes y por qué lo hicieron por la noche?

Tal como denunciaron los padres de los desaparecidos la semana pasada, la principal hipótesis de la Procuraduría General de la República es que el ataque a los normalistas fue consecuencia de que éstos acudieran a Iguala –supuestamente manipulados por el cártel Los Rojos– para boicotear el informe de labores de María de los Ángeles Pineda, presidenta del DIF municipal, cónyuge del alcalde José Luis Abarca y hermana de los líderes del cártel Guerreros Unidos, que controla dicha localidad. Sin embargo, uno de los sobrevivientes de la emboscada policíaca perpetrada hace un mes niega la versión oficial y aclara el verdadero objetivo de los normalistas para acudir a Iguala: capturar tres autobuses de pasajeros, que se usarían en los días siguientes para llevar estudiantes hacia los poblados donde realizarían sus prácticas de observación, y que también se emplearían para llevar una delegación estudiantil a la Ciudad de México, el 2 de octubre, para participar en la marcha conmemorativa de la Matanza de Tlatelolco.

Felipe es uno de los estudiantes de primer año de la licenciatura de educación primaria que el 26 de septiembre salieron de Ayotzinapa en dos autobuses, alrededor de las 18:00 horas, y, según su narración, para las 20:00 ya estaban a pocos kilómetros de Iguala, por lo que descendieron de los autobuses sobre la carretera y tomaron el primer vehículo de pasajeros que se topó con ellos, de la empresa Estrella Roja.

Sin embargo, afirma, “se necesitaban dos autobuses más para los compañeros que iban a ir el día lunes a la Costa Chica y a la Costa Grande del estado para realizar sus prácticas docentes (…) posterior a ello, ya platicando con los choferes se iba a llegar al acuerdo de que los autobuses serían utilizados para la marcha del 2 de octubre (en la Ciudad de México)”.

Por ello, el camión con normalistas que aún permanecía en la caseta carretera de Iguala, boteando, fue designado para entrar a la ciudad y capturar, en la Terminal de Autobuses, los dos vehículos que aún les hacían falta.

Para las 21:00 horas estaban ya en la terminal, “no nos tardamos mucho ahí” y en la ruta de vuelta a la carretera pasaron por el zócalo de Iguala, donde se realizaban festividades por el informe de la presidenta del DIF, pero, aclara, “no sabíamos eso, nos seguimos derecho por la calle Álvarez” y fue unas cuadras más allá de la plaza central del municipio que se escucharon los primeros disparos.

Felipe no sólo es parte de los jóvenes que sobrevivieron a la emboscada y secuestro masivo orquestado en los minutos siguientes por la Policía Municipal. Él es, además, parte del pequeño grupo que intentó defenderse primero de los agentes que los atacaban desde atrás de los vehículos, y luego fue parte de los jóvenes que trataron de retirar la patrulla que, por la parte frontal, fue atravesada en el camino para obligarlos a detenerse, poco antes de que la calle Álvarez desembocara en Periférico.

Es, también, sobreviviente del segundo ataque perpetrado, alrededor de las 00:00 horas del 27 de septiembre. Fue el primer normalista en responder al llamado de reagruparse en la Fiscalía de Iguala y, por ello, fue a quien tocó la “dolorosa” labor de reconocer a los tres normalistas asesinados en ambos ataques.

Éste es su testimonio:

Un mes…

Al cumplirse un mes desde la detención y desaparición forzada de 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, cerca de 300 alumnos de esta casa de estudios –acompañados por normalistas de otras entidades y miembros del movimiento magisterial– reclamaron ayer 26 de octubre la presentación con vida de sus compañeros, con un cierre total de la Autopista del Sol, que por ocho horas dejó varados en la carretera a turistas, habitantes de la región y transportistas.

Foto 1

Foto 3

Foto 2

El lugar elegido tiene un significado especial: la salida de Chilpancingo hacia la autopista, el mismo sitio donde el 12 de diciembre de 2011 fueron asesinados dos normalistas de Ayotzinapa, por policías federales que intentaban retirar un bloqueo carretero similar al de este domingo, aunque esta vez ninguna autoridad intentó siquiera acercarse a la protesta.

Y el momento elegido tuvo también un significado: hacer presencia en la capital de Guerrero al mismo tiempo que el nuevo gobernador interino, Salvador Rogelio Ortega Martínez, asumía el cargo, para de esta forma reiterar la exigencia reiterada de “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”.

La protesta, no obstante, generó molestia entre algunos de los automovilistas que quedaron varados en la carretera, mientras otros tantos expresaron su solidaridad con los normalistas, y su respaldo a las acciones de protesta que se requieran para presionar a las autoridades.

De forma paralela, pero en Ayotzinapa, el padre Alejandro Solalinde hizo acto de presencia, con el objetivo de rendir una oración por los 43 jóvenes desaparecidos, junto con sus papás y mamás, los cuales, sin embargo, le impidieron realizar el acto religioso, por no haberlo acordado previamente con ellos, y por la molestia que suscitaron las versiones difundidas por el cura, acerca de que los normalistas secuestrados ya están muertos.

Aunque a Solalinde se le permitió el acceso a la Normal, los padres y madres de los desaparecidos prefirieron sostener una charla con él, para exigirle que, si efectivamente conoce el paradero de los normalistas, lo revelara, lo cual no pudo cumplir, por lo que terminó abandonando el plantel educativo, no sin antes aclarar que nunca tuvo la intención de pasar por encima de los voceros y representantes tanto de los estudiantes, como de los familiares.

En cambio, en donde sí se permitió realizar un acto religioso fue en el tramo carretero de la Autopista del Sol que mantenían tomado los estudiantes, hasta donde fue conducido un ministro extraordinario, quien encabezó la oración no sólo por los desaparecidos, sino también por los dos normalistas asesinados en ese lugar en 2011, Jorge Alexis Herrera Pino y Gabriel Echeverría de Jesús, en cuyo honor, además, fueron colocadas dos cruces junto a la carretera, luego de lo cual se dio por concluido el bloqueo y se permitió el paso de los vehículos.

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Gordofobia: 'Me he pasado la vida temiendo que me llamen gorda'

Megan Jayne Crabbe tardó casi dos décadas en aceptar su cuerpo. Hoy, la "influencer" intenta ayudar a quienes se sienten incómodos con su apariencia a través de su cuenta de Instagram.
18 de noviembre, 2019
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Megan Jayne Crabbe

Natalie Lam
“La fobia a la gordura provoca discriminación y acoso en el mundo real todos los días”, dice Megan Jayne Crabbe, quien tiene más de un millón de seguidores en Instagram.

Megan Jayne Crabbe tenía cinco años cuando comenzó una guerra contra su cuerpo.

En su primer día de clases, en lugar de hacer amigos, se comparaba con sus compañeros y decía que era la “gordita”.

Hoy tiene más de un millón de seguidores en Instagram, e intenta usar la plataforma social para ayudar a quienes se sienten incómodos con su cuerpo.

Pero lo cierto es que Megan tardó casi dos décadas en aceptar su propio cuerpo. Los años que precedieron a eso estuvieron marcados por dietas, una anorexia devastadora e, incluso, un período en un hospital psiquiátrico.

A los 21 años, después de haber abandonado el colegio y luego la universidad, alcanzó su peso objetivo. Pero, aún así, ella “odiaba todo” sobre sí misma.

“Sabía que no importaba el peso que alcanzara. Nunca sería suficiente”, dice Megan, quien ahora tiene 26 años.

“No podía continuar con esa vida. Mi trastorno alimentario me había consumido, perdí mucho tiempo y me negué a que continuara consumiéndome más”, agrega.

Movimiento “positividad corporal”

Megan Jayne Crabbe

Megan Jayne Crabbe
“Sabía que no importaba el peso que consiguiera, nunca sería suficiente”, dice Megan, de 26 años.

Sin quererlo, Megan conoció el movimiento social “positividad corporal” que aboga por la aceptación de todos los cuerpos, independiente de la apariencia.

“No sé cómo me topé en Instagram con la imagen de una mujer en bikini que hablaba de aceptar su cuerpo, de no hacer dieta y vivir su vida tal como era. Nunca hasta entonces había creído que fuera una opción”, cuenta.

Fue entonces cuando su vida cambió.

Comenzó a publicar mensajes y fotos positivas respecto a su cuerpo en su cuenta de Instagram, @bodyposipanda, acumulando cientos de miles de seguidores.

En sus publicaciones, ella se refiere a sí misma como “gordita” y anima a sus seguidores a adoptar este tipo de lenguaje.

“La palabra ‘gorda’ tenía el poder de noquearme. He pasado mi vida temiendo que me llamen gorda, ni siquiera podía ver la palabra”, explica.

“Cuando conocí el movimiento positividad corporal, empecé a ver la gordura de una forma diferente. La palabra gorda es solo una forma de describir un cuerpo y necesitamos recuperarla”.

Fobia a la gordura

Megan comenzó a hacer dieta a los 10 años, diciéndoles a sus padres que quería llevar una vida “más saludable”. Sin embargo, al poco tiempo sus padres se dieron cuenta de que se había convertido en algo dañino.

Cuando tenía 14 años, le diagnosticaron un trastorno alimentario y a los 20 años, odiando que su cuerpo le “ocupara tanto espacio cerebral”, dejó la universidad y asumió el cuidado de su hermana Gemma, que tiene parálisis cerebral.

Ahora se describe a sí misma como activista, modelo, escritora y oradora. Recientemente realizó una gira por Reino Unido en la que cantó, bailó y habló sobre la cultura de la dieta ante una audiencia de 2,000 personas.

Además, Megan fue invitada al Parlamento británico para hablar con la Oficina de Igualdad sobre la imagen corporal.

La influencer planteó que el tema de la “fobia a la gorduradebería reconocerse como una forma de prejuicio.

Megan y Gemma Crabbe

Megan Jayne Crabbe
Megan asumió el cuidado de su hermana Gemma, quien tiene parálisis cerebral.

“No podemos tener una conversación sobre la imagen corporal sin abordar la fobia a la gordura”, dice.

“Muchas de nuestras inseguridades tienen sus raíces en el miedo a estar demasiado gordas, y para las personas que efectivamente tienen cuerpos más grandes, la fobia a la gordura provoca discriminación y acoso en el mundo real todos los días”, agrega.

Megan dice que suele recibir críticas en las redes sociales de los que aseguran que sus mensajes promueven un estilo de vida poco saludable.

Pero ella afirma que el debate sobre qué es la vida sana no debería girar en torno al peso.

“No espero que las personas amen necesariamente sus cuerpos, sino que los respeten”, dice.

“Me siento afortunada de haber encontrado el movimiento de la positividad corporal a la edad a la que lo hice, porque recibo muchos mensajes de mujeres mayores que han pasado sus vidas odiando sus cuerpos, y acaban de aprender a aceptarse a ellas mismas”.

Respeto por el cuerpo

Megan Jayne Crabbe

Linda Blacker
Megan Crabbe cree que la fobia a la gordura debería reconocerse como una forma de prejuicio.
Megan Jayne Crabbe

Megan Jayne Crabbe
La activista, modelo y oradora realiza giras para hablar de la “cultura de la dieta”.

Aunque muchos clasifican a Megan en la categoría de influencer, ella prefiere evitar esta descripción, porque dice que “muchas personas lo hacen para su propio beneficio”.

Ella, más que nada, quiere utilizar las redes sociales para hacer frente a la cultura de la dietay con ello espera ayudar a otros a construir una vida basada en algo más que la apariencia.

“Ha sido un proceso muy largo para aceptar todo lo que creía sobre el peso y la belleza, y luego obligarme a cuestionarlo. Tuve que llegar a un punto de respeto básico por mi cuerpo y aprender a no odiar mi reflejo”, dice.

“Ahora quiero ayudar a otras personas a lograr esto”, añade.

“Cuando tenía cinco años pensé que estar gorda era lo peor que me podía pasar. Había internalizado ese mensaje a una edad tan temprana, que he recorrido un largo camino. He estado una vida odiándome a mí misma y no quiero que nadie más se sienta así”, conluye.


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