Iguala: Los desaparecidos no son un número, tienen rostro y sueños (segunda parte)
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Iguala: Los desaparecidos no son un número, tienen rostro y sueños (segunda parte)

Presentamos la segunda parte de una serie de perfiles de los normalistas raptados por la policía de Iguala, elaborados a partir de lo que sus amigos y familiares ponderan de sus hijos y compañeros, cuya presentación con vida reclaman sin titubeos.
Por Paris Martínez
9 de octubre, 2014
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La Procuraduría de Justicia del Estado de Guerrero ocupa en Chilpancingo un amplio edificio naranja, de altos muros, ante el cual este martes los alumnos de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa se plantaron en silencio y alzaron en sus manos las fotografías de sus 43 compañeros secuestrados el pasado 26 de septiembre por la Policía Municipal de Iguala, quienes hasta la fecha permanecen desaparecidos.

Los rostros de los normalistas desaparecidos llenaron los muros de la institución; sus compañeros y el país entero los reclama con vida. Los rostros se multiplicaron, inundaron las ventanas, las puertas, los escritorios, se instalaron en los sillones, en las pantallas de las computadoras, en los teléfonos, en los cuadernos de registros. Subieron por las escaleras, se adhirieron a los garrafones de agua, a los teléfonos, a las máquinas expendedoras.

Rostros aún infantiles que miraron de frente a los agentes judiciales y a los funcionarios ministeriales, que se replegaron en silencio. Y los rostros se montaron en los autos, en las cajuelas, los cofres, los parabrisas, y salieron a la calle y avanzaron hasta la carretera, y subieron a los autobuses de pasajeros, a los autos de los particulares. Tantos que nublaron los cristales de las patrullas, las torretas. Todo…

Son 43 desaparecidos, pero no son un número. Tienen vidas y tienen sueños.

Sumándonos al esfuerzo de hacer presentes a los jóvenes secuestrados por la Policía de Iguala, hoy te presentamos la segunda entrega de una serie de perfiles de estos normalistas, en voz de sus padres y en voz de sus compañeros y amigos. 

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Israel tiene 19 años y es de Atoyac, y sus amigos lo apodan “Chukyto”. Su mamá sostiene un cartel con el rostro de su hijo y lo exhibe a los automovilistas, durante la toma de la caseta de Palo Blanco, en la Autopista del Sol, realizada ayer por los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, junto con otros padres y madres que, como ella, exigen la presentación con vida de los 43 normalistas secuestrados por la Policía Municipal de Iguala, el pasado 26 de septiembre. “Él es medio robusto –dice su madre, bajita, vestida humildemente–. Tiene una cicatriz en la cabeza, porque se cayó en la escuela, en la Normal. Su piel es morena clara, su nariz media chata. Él es un buen muchacho, se vino con mucha ilusión a estudiar, pero no esperábamos que fuera a pasar esto. Yo le exijo al gobierno que haga algo, que aparezcan todos nuestros hijos, estamos muy dolidos…”

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Antonio es un joven elocuente y con una especial capacidad para retener información, conocimiento. Por eso le pusieron “Copy” sus amigos y compañeros de la Casa Activista, el centro de formación política al que, de forma voluntaria, pueden acudir los jóvenes normalistas. “Le pusimos Copy, porque en nuestros talleres de orientación política, él se expresaba de una manera avanzada, él es una persona muy inteligente, que se las sabe de todas todas, de lo que le preguntes. Él echa desmadre, pero relajado, uno no se ríe de su desmadre, sino de la forma en que lo dice… es como muy pacífico el compañero. El Copy está empezando a tocar la guitarra y también le gustan mucho los videojuegos, se la pasa jugando parte del día, con el PSP… pero lo que más le gusta, lo que le encanta, es la lectura, tenía tiempo para jugar, pero más tiempo para leer… Le pusimos Copy porque en un taller de estudio él se aventó como diez minutos declamando sobre temas que uno ni siquiera domina, y él nomás con lo que escucha y con lo que lee, se aventó una intervención admirable…”

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Christian Tomás tiene 18 años, y proviene de Tlacolula de Matamoros, Oaxaca, desde donde se trasladó su padre, tan pronto fue denunciado el rapto de los 43 jóvenes normalistas. “Yo soy jornalero, gano 600 pesos semanal, máximo, y eso cuando hay, porque a veces no hay trabajo, pues… Mi muchacho quiere ser maestro porque él tiene necesidad, y tiene también gusto por ser maestro, esa es la profesión que él quiere, pero lo frenaron, lo detuvieron… –el señor detiene su hablar en seco, medita, nunca baja la mirada, pero sus ojos se crispan de desesperación–: ¡¿Qué vamos a hacer?!”

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A Luis Ángel, de 20 años, sus compañeros normalistas lo conocen como “Cochilandia”, pero aclara uno de ellos, “no sabemos por qué, así llegó ya, con el apodito… Él es un chavo serio, trabajador, y aquí lo estamos esperando. Y quiero que él sepa –advierte– que no vamos a parar hasta encontrarlo, que no vamos a parar hasta hacer justicia.”

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Miguel Ángel tiene 23 años, y “ya es grande”, según sus compañeros, cuya edades oscilan, mayoritariamente, entre los 17 y 20 años. Su mejor amigo recuerda que “él antes tenía su propio local en su pueblo, Apango, municipio Mártir de Cuilapa, cortaba el pelo y así salía adelante. Es un chavo bajito, no había entrado a estudiar antes porque no tenía feria, y se dedicaba mejor a ayudarle a sus papás, con su negocio, y a trabajar en el campo, todos sus hermanos ya se juntaron y él era el que ayudaba a sus papás, él es el más chico, él los cuidaba… y ahora no está, se lo llevaron… A la Normal vinimos juntos a hacer el examen y la prueba y compartimos muchos buenos momentos, como camaradas… Siempre fue chido, él apoya, ayuda, te da consejos, él nunca espera a que tú le des algo, él, al contrario…  Ese día, el 26 de septiembre, él y yo íbamos juntos, en el mismo asiento del autobús, y quedamos de no despertarnos, pero empezaron los balazos y desafortunadamente él corrió para un lado y yo para otro, yo me subí en un bus y a él lo arrestaron los policías de Iguala, yo logré escapar, pero desde entonces lo busco… su mamá me ha comentado que quiere ir hasta México para pedir ayuda, porque es su hijo chiquito y está desaparecido…”

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Antes de ingresar a la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, Benjamín, de 19 años, había sido educador comunitario del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), un sistema de la Secretaría de Educación Pública, mediante el cual se comisiona a jóvenes voluntarios para realizar labores de alfabetización en poblaciones marginadas, aisladas, rurales e indígenas de todo el país. “Él ya había dado clases –destaca un compañero, con admiración–, y por lo mismo, le interesó desarrollar su vocación de profesor. Él nos comenta que le gustó trabajar con los niños de primaria, el compañero tiene mucho interés en ser maestro. Y, por lo mismo, al compañero le gusta estudiar, incluso él se pone enfrente de nosotros y lee el libro, y provoca una discusión sobre el tema que se está planteando… él se pone ora sí que como moderador, y también da sus puntos de vista, me llevo muy bien con el compañero, es amable, respetuoso, y recién apenas se acaba de juntar con su esposa…”

Sus amigos lucen tristes al hablar de él, pero luego una chispa de alegría brota. “Benjamín tiene distintos apodos –dice uno–, le decimos Comelón, por ejemplo…” Y otro normalista se apresta a añadir: “Y también le decimos Dormilón”…

“En fin –resume el primero– todo lo que termine en ‘ón’… Dormilón porque duerme mucho el camarada, y Comelón, porque un día hubo una mesa de diálogo, y pusieron unas galletas, y él se las acabó todas… Él es originario de un pueblito de adelante de Chilapa, es un chavo serio y a la vez relajista…”

Y entonces interviene nuevamente el segundo amigo: “¡Sí! El Comelón tiene tiene una voz muy grave, y su risa, cuando se ríe, él contagia, porque lo hace de una manera especial, muy grave, pero no feo, él contagia con su risa…”

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Alexander viene del poblado El Pericón, municipio de Tecuanapa, Guerrero, y tiene el firme anhelo de ser maestro. “Y nadie le podía quitar esa idea –dice su padre–. Él tiene 19 años y le interesaba mucho dar clases, esa fue su decisión… Él es un buen muchacho, nosotros somos campesinos y él nos ayudaba en el campo… pero quiso estudiar… Y yo le exijo a la autoridad que haga su trabajo como debe de ser, que no tapen a los culpables de la masacre que cometieron los policías de Iguala y su presidente municipal, eso se quiere: justicia. Y así como vivos se los llevaron, quiero que vivos los regresen…”

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Leonel es de la comunidad de El Magueyito, municipio de Tecuanapa, y para sus amigos “es una persona seria, pero sí tiene sentido del humor el camarada, él no tiene apodo, es el Leonel, es una persona seria y un día me contó que soñaba ser maestro, porque quería sacar a sus padres adelante… él me contó que su padre es campesino y su mamá ama de casa… su sueño es ayudarlos, atenderlos”.

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Everardo es originario de Omeapa, tiene 21 años, y lo conocen en la Normal de Ayotzinapa como El Shaggy, porque, ríen sus amigos al confesar, “se parece al de Scooby Doo… yo estudié con él en el Conalep, donde salió como técnico en mecánica automotriz, y luego nos encontramos aquí, en la Normal… él ya era relajista desde el Conalep… y como Shaggy, él se enoja mucho con la desigualdad, particularmente cuando se trata de comida: si a ti te daban seis tortillas en la comida y a él cinco, él se enojaba, hasta por una tortilla, muy congruente con el personaje de Shaggy…”

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Doriam tiene 19 años, pero es una persona de baja estatura y “se ve como un niñito”, dice uno de sus compañeros de primer nivel de la Normal, “y por eso le decimos Kínder… él es una persona seria, pero cuando echa desmadre sí causa gracia, pues… él proviene de Xalpatláhuac, Guerrero y tiene un hermano, aquí, en la Normal… ellos iban juntos, entraron juntos, se apoyan mucho, se ve pues esa fraternidad de hermanos, y los dos fueron secuestrados juntos…”

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Jorge Luis tiene 21 años y es el hermano mayor de Doriam, el Kínder. “Yo conviví mucho tiempo con Jorge Luis –dice su amigo, afligido–, él es un compañero serio, él me contó que ha trabajado en diferentes taquerías y que le gustaba ese tipo de trabajo… pero quería progresar, y le gustaba la vocación de maestro, él habla mucho de eso, igual que su hermano… él es un hombre que le gusta el desmadre, le decimos Charra, ese apodo ya lo traía, y se lo pusieron porque tiene una cicatriz en la pierna, que se había raspado, pero se le hizo más grande la cicatriz, y por eso le dicen Charra, porque es como si se la hubiera hecho con una charrasca… ellos tenían un grupito, eran el Charra, Kínder, Magallón, Chivo, todos de la misma emparentados o cercanos… Charra y Kinder son hermanos, y Magallón es su primo, a los tres los buscamos.”

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Marcial (de 20 años) se está preparando para ser maestro bilingüe, él habla una lengua indígena… y él y todos los otros muchachos que se preparan para ser maestros bilingües vienen de pueblos todavía más pobres que los del resto de nosotros, y por eso mismo le echan todavía más ganas a la chamba, y sí, de verdad, le chambean con más fuerza. Él es un chavo bajito, buena onda…”

Él es primo de Jorge Luis y Doriam, y sus amigos lo apodan “Magallón”, porque su familia tiene un grupo musical con ese nombre, “es un grupo tropical –dice uno de sus amigos, y ríe al recordarlo– y entonces él, a cada rato, va cantando canciones de por allá, de la Costa Chica, que es su tierra, se la pasa cantando cumbias y canciones tropicales, y dice que toca la trompeta y las tarolas. Yo nunca lo vi hacerlo, pero sí le creo…”

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Jorge Aníbal es de Xalpatláhuac, y es de la banda de los Kínder, son primos todos ellos, a él le dicen Chivo, y no sé por qué…se trajo ese apodo de su pueblo. Es serio el Chivo, casi no echa desmadre, sí es llevado, pero casi nunca echa desmadre…”

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“Él es el Abe, dormía en el mismo lugar que nosotros. Nos ubicaron en el mismo dormitorio. El compañero Abelardo le gustaba el futbol, un día hicimos un partido y él era el más activo y el que metió muchos goles… Yo lo llegué a conocer cuando nos trasladamos a ese lugar. Él es originario de Atliaca, Guerrero…”

Otro de sus compañeros habla: “Él es una persona seria, sí habla, pero nunca echa desmadre, es una persona que se da a respetar con los demás. Nunca le falta el respeto a nadie ni anda criticando. Le encanta el futbol y le encanta estudiar también, porque agarraba un libro y agarraba otro y otro…Él es parte de la Casa Activista.”

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A Cutberto le dicen “El Kománder” de Atoyac, porque, afirman sus compañeros normalistas, “tiene cierto parecido como el cantante, y aunque él se ve de alguna manera muy malo, porque es robusto y un hombre grande, es alto el chavo, en realidad es muy amigable el camarada, y trabajador también, porque cuando vamos nosotros a trabajar a los campos de cultivo de la escuela, él le echa ganas… Y sí, él tiene una mirada muy fuerte, pero es engañosa, porque el Kománder es totalmente diferente a lo que se ve, él es muy relajiento, y muy agradable: a cualquier persona que le habla, él le responde de buena manera… nunca responde de mala manera, todos son sus amigos… Y le encanta contar un chiste de Bob Esponja, que no recuerdo, la verdad, no es ningún gran chiste, pero lo que lo hace muy gracioso es que, cuando lo termina de contar, él se ríe imitando a la perfección la risa de Bob Esponja, y eso es lo que causa gracia a los demás… sí, se ganó la amistad de todos los compañeros que estamos aquí…”

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Bernardo tiene 21 años, y es una copia fiel de su padre, pero en chiquito. “Él es mi hijo –dice el señor, quien omite mencionar su nombre, como todos aquí, por temor a la persecución de los grupos criminales y las autoridades coludidas con ellos–. Bernardo tiene en su pecho un lunar, como una manita de gato… Él es un muchacho responsable en la casa y en la escuela. Yo soy campesino y él tenía mucha ilusión de ser maestro, de ayudar a los niños y a los señores adultos que no saben leer ni escribir. En nuestra comunidad hay mucha gente que está rezagada en educación y su ilusión era ayudar…  No es posible que le hagan esto a los muchachos, su único delito fue estar estudiando, ir a recabar fondos para hacer sus prácticas, no se vale que les trunquen sus carreras, sus vidas, y no porque yo crea que ellos están muertos, sino que me refiero a los muchachitos que quedaron tirados, muertos, por el ataque del 26-27 de septiembre, que fue una noche de terror…”

Y la noche no termina.

*Nota publicada el 8 de octubre de 2014.

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Derrumbe en Miami: quiénes son las víctimas identificadas del colapso del edificio

La policía ha identificado de momento a cuatro de los nueve fallecidos en el derrumbe del edificio del jueves, por el que aún hay más de 150 desaparecidos.
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28 de junio, 2021
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El único consuelo es que el final fue rápido y que estaban juntos.

Sergio Lozano cenó la noche del miércoles con sus padres, Gladys y Antonio Lozano, poco antes de que se derrumbara parte del complejo Champlain Towers en Surfside, Miami, en la madrugada del jueves.

Este domingo, la policía del condado de Miami-Dade identificó a Gladys y Antonio Lozano como dos de las nueve víctimas que de momento deja el derrumbe. Son más de 150 los desaparecidos, por lo que se espera que esa cifra aumente en los próximos días.

Los equipos de rescate están encontrando muchas dificultades para hallar restos humanos bajo los escombros. Las posibilidades de hallar sobrevivientes se agotan conforme pasa el tiempo.

La policía identificó oficialmente a las cuatro primeras víctimas. Además de Gladys y Antonio Lozano, de 79 y 83 años y residentes en el apartamento 903, están Stacie Dawn Fang, de 54 años, y Manuel LaFont, de 54 años.

Hay otros cuatro fallecidos identificados, pero sus nombres de momento no han sido revelados.

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“El apartamento de mis padres no está”

Sergio Lozano vive en una de las torres del complejo Champlain y desde su apartamento podía ver el de sus padres.

El tremendo ruido del derrumbe lo despertó. Él y su esposa pensaban que era una tormenta. Se levantaron y cuando salieron al balcón se percataron de lo que había ocurrido.

“Me giré a mi mujer y le dije: ‘No está’. Y ella me gritaba: ‘¿Qué quieres decir?’. ‘El apartamento de mis padres no está, ha desaparecido’. Y entonces bajé corriendo”, dijo Lozano el viernes a los periodistas cuando se acercó junto a su hermano al centro de reunificación de familiares a dar una muestra de ADN para ayudar en la identificación.

Lozano contó que sus padres iban a celebrar el 21 de julio su aniversario número 59 y que se conocían desde hace más de 60 años.

El hijo reveló que sus padres bromeaban con que preferían morir antes que el otro para no quedarse solos.

Antes de saber el viernes con certeza que habían fallecido, Lozano agregó que el único consuelo es que “se fueron juntos y fue rápido”.

Jonah Handler

CNN
La imagen del rescate de Jonah Handler, de 15 años.

La madre del muchacho que es la imagen de la esperanza

Una de las pocas escenas esperanzadoras desde el derrumbe el jueves fue el rescate en las primeras horas de Jonah Handler, un muchacho de 15 años.

Stacie Fang, precisamente la madre de Jonah, es otra de las víctimas identificadas.

Ya el viernes la propia familia reveló la identidad de Fang.

“No hay palabras para describir la trágica pérdida de nuestra amada Stacie. Los miembros de la familia Fang-Handler quisieran expresar nuestro más profundo agradecimiento por la gran cantidad de simpatía, compasión y apoyo que hemos recibido”, expresó la familia en un comunicado.

El viernes también se conoció la identidad de Jonah Handler, el adolescente rescatado de los escombros. De acuerdo a los medios locales, está aún ingresado en un hospital.

Memorial.

Getty Images
Cerca del lugar del derrumbe se ha improvisado un memorial con fotos de los desaparecidos.

Por su parte, Adriana LaFont, exesposa de Manuel LaFont, otro fallecido identificado, dijo en días anteriores en televisión que el hombre estaba la noche del miércoles con su hijo Santiago, de 10 años.

“Manny (Manuel) me llama para decirme que le gustaría quedarse esa noche con Santi, porque iban a ir a pescar (al día siguiente)”, dijo.

Sin embargo, a ella, sin saber por qué, “le salió de la boca decirle que no”.

Explicó que le había preguntado al niño si quería quedarse ahí con su papá, pero él no le contestó nada, por eso ella asumió que al pequeño le daba pena decirle a su padre que no quería quedarse a dormir.

“Entonces yo le dije a Manny ‘por favor te pido que me lo traigas’, y me lo trajo a las 10:30 de la noche a la casa”, contó la mujer.

“Mis hijos volvieron a nacer y yo también volví a nacer”, aseguró la madre de los hijos de la víctima.


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