Muchos recursos, pocos resultados en programa educativo en Veracruz
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Muchos recursos, pocos resultados en programa educativo en Veracruz

Veracruz recibió 716 millones 334 mil 745 pesos de 2009 a 2011, pero no hay certeza del destino de 91% de ellos.
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Por Nayeli Roldán @nayaroldan
7 de octubre, 2014
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Foto: Cuartoscuro.

Foto: Cuartoscuro.

Veracruz fue la entidad que mayores recursos recibió de la Federación para el programa Habilidades Digitales para Todos (HDT), la estrategia del sexenio anterior para equipar las escuelas con computadoras, proyectores y conexión a internet, pero aún así no consiguió el propósito de mejorar la enseñanza en las aulas.

En el estudio “Usos iniciales y desusos de la estrategia Habilidades Digitales para Todos en escuelas secundarias de Veracruz”, elaborado por investigadores del Instituto de Investigaciones de Educación de la Universidad Veracruzana, concluyó que los maestros no supieron cómo utilizar las herramientas tecnológicas para enriquecer sus clases; tuvieron complicaciones técnicas y aunque se entregaron las computadoras, no se concretó la conexión a internet, por lo que finalmente dejaron de usarlas en clase y en cambio fueron utilizadas para tareas administrativas de la escuela.

En 2009, Veracruz instaló 171 aulas de HDT, por lo que los investigadores escogieron tres secundarias para realizar un estudio de campo durante 10 meses entre 2010 y 2011. Dos de ellas en la sierra de Santa Martha, una de población náhuatl, popoluca y la tercera en la región de los Tuxtlas.

El objetivo principal del programa de tecnología era “contribuir a mejorar el aprendizaje de los estudiantes de educación básica favoreciendo su inserción en la sociedad del conocimiento mediante el desarrollo y utilización de tecnologías de la información y la comunicación en el sistema educativo”, de ahí que la intención era llegar a las poblaciones menos favorecidas para sacarlas del rezago.

En el caso de Veracruz, no se cumplió el objetivo, explican los investigadores Amanda Cano Ruiz y Jorge Vaca Uribe en su estudio basado en entrevistas a estudiantes, alumnos, directores, habitantes y observación de las clases de español, cómputo, reuniones de docentes y consulta de archivos escolares.

Entre las quejas de los profesores estaba que desconocían cuáles eran los usos esperados por parte de sus autoridades inmediatas ni habían recibido asesoría o acompañamiento pedagógico al respecto, por lo “esta innovación fue diluyéndose dentro de la vida cotidiana de las escuelas, y el desenlace, independientemente del contexto (rural-urbano) fue similar: el ‘no uso’ o su escasa utilización pedagógica”, concluye la investigación.

Sin embargo, el fracaso operativo no obedeció a falta de recursos, pues como Animal Político reportó este lunes 6 de octubre, Veracruz recibió 716 millones 334 mil 745 pesos de 2009 a 2011, pero no hay certeza del destino de 91% de ellos, es decir 655 millones 782 mil 573 pesos. Según información del estado, en 2011 la Secretaría de Educación de Veracruz sólo equipó 444 aulas aunque se había comprometido a la instalación de 3 mil 78 y capacitó a mil docentes.

Enseñan con un teclado de cartón

En la localidad Popoluca, donde se realizó el estudio, habitan mil 295 personas, de las cuales 28% es analfabeta y donde la tecnología sólo está al alcance del director de la escuela, pues es el único que tiene una computadora portátil con internet. Sus maestros, generalmente, son originarios de otras partes de la entidad, de recién ingreso al servicio docente que permanecen por cortas temporadas hasta que consiguen su cambio a zonas menos apartadas.

En la región náhuatl el panorama es similar: mil 46 habitantes, de los cuales 13% no saben leer ni escribir. Ahí tenían 17 computadoras. Mientras que en la zona urbana habitan 50 mil 934 personas y en una cuarta parte de las viviendas hay una computadora.

Las tres escuelas del estudio recibieron 12 computadoras nuevas de escritorio para los estudiantes y una para el docente; pantalla con dos lápices electrónicos; impresora y proyector, pero nunca instalaron las antenas para brindar internet inalámbrico.

Con ese contexto, la comunidad escolar recibió con gran expectativa los nuevos equipos, pero los maestros tenían poca claridad para incorporarlos a sus clases. “Desconocían cómo manejar los aspectos técnicos del aula, tenían que definir quiénes podían acceder a este espacio (mencionaban que era mejor que sólo asistieran los más disciplinados) porque las computadoras y sillas eran insuficientes para los estudiantes”, por lo que se mostraban incrédulos sobre el beneficio pedagógico.

Mientras que los estudiantes consideraban que la visita al aula de medios era esporádica, pues “se trataba de un salón que por lo general permanecía cerrado y se habían conformado con verlo por fuera”, debido a que los maestros trataban de resguardarlo para evitar robos o destrozos, reporta la investigación.

Cuando los estudiantes recibían clases de “computación”, los maestros reproducían la estructura de la enseñanza tradicional: explicar conceptos mientras los niños tomaban notas y realización de tareas que incluyó la elaboración de un teclado de cartón para “familiarizarse con sus componentes y exámenes para comprobar lo aprendido”, lo que, según los investigadores obedecía a la lógica de “aprender tecnología” más que “aprender con la tecnología”.

Ya en las clases prácticas, las actividades aparentemente sencillas no lo eran tanto, pues, por ejemplo, crear un archivo electrónico representaba “un verdadero reto para los estudiantes”. Así, mientras los maestros esperaban que los estudiantes repasaran sus apuntes, practicaran con el teclado de cartón y se desempeñaran con rapidez en la navegación, los alumnos decían que sus clases eran cada vez más esporádicas y por eso olvidaban lo que se les había enseñado.

Ante estos conflictos, después de unos meses, los profesores ocuparon las aulas para redactar oficios, reportes e imprimir invitaciones para los diversos eventos que se desarrollaban en la escuela, mientras que el proyector lo utilizaban para apoyar la preparación de los estudiantes que participarían en algún concurso o evento. Es decir, “la innovación fue trasformada por el personal docente y adaptada a sus necesidades e intereses”.

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Por qué las fechas de vencimiento de la comida no tienen mucho de ciencia (y pueden ser culpables del desperdicio)

Un sistema de datación de productos más basado en la investigación podría facilitar que las personas diferencien los alimentos que pueden comer de manera segura de aquellos que podrían ser peligrosos.
23 de julio, 2022
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Un brote de listeria en Florida, Estados Unidos, provocó desde enero hasta ahora al menos una muerte, 22 hospitalizaciones y el retiro de una partida de helados.

Los humanos se enferman con infecciones de listeria, o listeriosis, por comer alimentos contaminados con tierra, carne poco cocida o productos lácteos crudos o sin pasteurizar.

La listeria puede causar convulsiones, coma, aborto espontáneo y defectos de nacimiento. Y es la tercera causa principal de muertes por intoxicación alimentaria en EE.UU.

Evitar los peligros ocultos de los alimentos es la razón por la que las personas suelen comprobar las fechas en los envases de los alimentos.

Impreso con el mes y el año, se presenta a menudo de una vertiginosa variedad de frases: “mejor antes de”, “usar antes de”, “usar preferentemente antes de”, “garantizado fresco hasta”, “congelar antes de” e incluso una etiqueta de “nacida en” utilizada en algunas cervezas.

Moho en la mermelada del desayuno.

Getty Images

La gente piensa en ellas como fechas de vencimiento, o la fecha en la que un alimento debe ir a la basura.

Pero las fechas tienen poco que ver con la caducidad de los alimentos o cuándo se vuelven menos seguros para comer.

Soy microbióloga e investigadora en salud pública y he utilizado la epidemiología molecular para estudiar la propagación de bacterias en los alimentos.

Un sistema de datación de productos más basado en la ciencia podría facilitar que las personas diferencien los alimentos que pueden comer de manera segura de aquellos que podrían ser peligrosos.

Confusión costosa

El Departamento de Agricultura de EE.UU. (USDA, por su sigla en inglés) informa que en 2020 el hogar estadounidense promedio gastó el 12% de sus ingresos en alimentos.

Pero mucha comida simplemente se tira, a pesar de que es perfectamente segura para comer.

El Centro de Investigación Económica del USDA informa que casi el 31% de todos los alimentos disponibles nunca se consumen.

Los precios históricamente altos de los alimentos hacen que el problema del desperdicio parezca aún más alarmante.

Producto lácteo con fecha de vencimiento.

Getty Images

El actual sistema de etiquetado de alimentos puede ser el culpable de gran parte del desperdicio.

La FDA informa que la confusión de los consumidores sobre las etiquetas de fecha de los productos probablemente sea responsable de alrededor del 20% de los alimentos que se desperdician en el hogar, con un costo estimado de US$161.000 millones por año.

Es lógico creer que las etiquetas de fecha están ahí por razones de seguridad, ya que el gobierno hace cumplir las reglas para incluir información sobre nutrición e ingredientes en las etiquetas de los alimentos.

Aprobada en 1938 y continuamente modificada desde entonces, la ley de Alimentos, Medicamentos y Cosméticos exige que las etiquetas informen a los consumidores sobre la nutrición y los ingredientes de los alimentos envasados, incluida la cantidad de sal, azúcar y grasa que contienen.

Sin embargo, las fechas en esos paquetes de alimentos no están reguladas por la Administración de Drogas y Alimentos (FDA, por su sigla en inglés). Más bien, provienen de los productores de alimentos.

Y es posible que no se basen en la ciencia de la seguridad alimentaria.

Un hombre revisa la etiqueta de un producto en el supermercado.

Getty Images

Por ejemplo, un productor de alimentos puede encuestar a los consumidores en un focus group para elegir una fecha de caducidad que sea seis meses después de que se elaboró porque al 60% del grupo ya no le gustó el sabor.

Los fabricantes más pequeños de un alimento similar podrían imitar y poner la misma fecha en su producto.

Más interpretaciones

Un grupo de la industria, el Food Marketing Institute y la Grocery Manufacturers Association, sugieren que sus miembros marquen los alimentos como “mejor usar antes de” para indicar cuánto tiempo es seguro comerlos y “usar antes de” para indicar cuándo los alimentos se vuelven inseguros.

Pero el uso de estas leyendas más matizadas es voluntario. Y aunque la recomendación está motivada por el deseo de reducir el desperdicio de alimentos, aún no está claro si este cambio recomendado ha tenido algún impacto.

Lata de comida con fecha de vencimiento.

Getty Images

Un estudio conjunto de la Harvard Food Law and Policy Clinic y el National Resources Defense Council recomienda la eliminación de las fechas dirigidas a los consumidores, citando posibles confusiones y desperdicios.

En cambio, la investigación sugiere que los fabricantes y distribuidores utilicen fechas de “producción” o “empaque”, junto con fechas de “caducidad” dirigidas a los supermercados y otros minoristas.

Las fechas indicarían a los minoristas la cantidad de tiempo que un producto permanecerá en alta calidad.

La FDA considera que algunos productos son “alimentos potencialmente peligrosos” si tienen características que permiten que los microbios prosperen, como la humedad y una gran cantidad de nutrientes que los alimentan.

Estos comestibles incluyen pollo, leche y tomates en rodajas, todos los cuales se han relacionado con brotes graves de enfermedades transmitidas por los alimentos.

Pero actualmente no hay diferencia entre el etiquetado de fecha que se usa en ellos y el de alimentos más estables.

Fórmula científica

La leche de fórmula es el único producto alimenticio con una fecha de caducidad que está regulada por el gobierno en EE.UU. y determinada científicamente.

Se somete a pruebas de laboratorio de forma rutinaria para detectar contaminación. Pero la fórmula también se somete a pruebas de nutrición para determinar cuánto tardan los nutrientes, en particular las proteínas, en descomponerse.

Para prevenir la desnutrición en los bebés, la fecha de caducidad de la leche de fórmula indica cuándo ya no es nutritiva.

Los nutrientes en los alimentos son relativamente fáciles de medir y la FDA lo hace regularmente.

La agencia emite advertencias a los productores de alimentos cuando los contenidos de nutrientes que figuran en sus etiquetas no coinciden con lo que encuentra el laboratorio de la FDA.

Una mujer mira un producto que saca del refrigerador.

Getty Images

Los estudios microbianos, como en los que trabajamos los investigadores de seguridad alimentaria, también son un enfoque científico para el etiquetado significativo de la fecha en los alimentos.

En nuestro laboratorio, un estudio microbiano podría implicar dejar un alimento perecedero para que se eche a perder y medir la cantidad de bacterias que crecen en él con el tiempo.

Los científicos también realizan otro tipo de estudio microbiano observando cuánto tardan los microbios como la listeria en crecer hasta niveles peligrosos después de agregar intencionalmente los microbios a los alimentos para observar lo que hacen.

Se observan detalles tales como el crecimiento de la cantidad de bacterias con el tiempo y cuándo hay suficientes como para causar una enfermedad.

Consumidores por su cuenta

Determinar la vida útil de los alimentos con datos científicos sobre su nutrición y seguridad podría reducir drásticamente el desperdicio y ahorrar dinero a medida que los alimentos se vuelven más caros.

Pero en ausencia de un sistema uniforme de fechado de alimentos, los consumidores pueden confiar en sus ojos y narices, decidiendo descartar el pan peludo, el queso verde o la bolsa de ensalada con mal olor.

Las personas también podrían prestar mucha atención a las fechas de los alimentos más perecederos, como los fiambres, en los que los microbios crecen fácilmente.

*Jill Roberts es profesora asociada de salud global en la University of South Florida.

*Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation y está reproducido bajo la licencia de Creative Commons. Haga clic aquí para leer el artículo original.


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