¿Por qué leer los clásicos?
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¿Por qué leer los clásicos?

La palabra en sí ya impone. Pero, ¿qué es un clásico y por qué debería importarnos?
Por ElDiario.es/Jotdown.es
1 de octubre, 2014
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«Clásico». La palabra en sí ya impone. Al escucharla es inevitable sentir un temor casi reverencial, un máximo respeto: nos vienen a la mente libros de naturaleza colosal, tan irreductibles en apariencia como el Caballo de Troya o Moby Dick, libros que han contribuido a esculpir el mundo con el vigor de sus inmortales palabras.Muchos han sido los autores y pensadores que, con mayor o menor exactitud, han tratado de precisar lo que es un clásico, llegar a su núcleo duro para poder por fin dar con una respuesta definitiva mediante la que solventar una problemática duradera. En efecto, la cuestión de qué requisitos debe colmar un libro para ser considerado como tal ha sido una constante en la historia de la literatura y la crítica y, si bien hay muchos factores a tener en cuenta, no necesariamente acumulativos, decir que existe un único patrón definidor es más bien discutible. Resultará evidente que si nos seguimos preguntando acerca de qué es un clásico —y, por ende, por qué leerlos—, solo puede indicar que nadie lo sabe a ciencia cierta: ni el lector común ni el literato más versado. Que la pregunta siga siendo relevante únicamente significa que todos estamos, para bien o para mal, igual de confusos en torno a la cuestión.

Con esa acidez tan suya, Mark Twain escribió que un clásico es un libro que la gente elogia pero no lee; un libro, en suma, que todo el mundo quiere haber leído y nadie quiere leer. Es fácil acomodarse respecto a un clásico, de ahí la triste mordacidad con la que Twain se expresa: precisamente porque permean nuestra cultura desde tiempo inmemorial, darlos por sentado es algo que puede ocurrir sin dificultad alguna. Esto es un gran error, pero es que, para muchos, «clásico» es con frecuencia sinónimo de todo lo que un clásico no debe ser. En ocasiones asociamos el término con aquellos libros que profesores sin clemencia imponen a reticentes estudiantes, libros cuya temática y significado se analizan hasta la saciedad por parte de académicos vestidos con chaquetas de tweed, etc.; en definitiva, asociamos a los clásicos con aquellos libros—muertos, polvorientos y aburridos— cuyo hábitat natural parece ser el intelectualismo más rancio o el rincón más recóndito de una estantería olvidada. Pero no nos equivoquemos: más allá de estas percepciones, tan comprensibles como equivocadas, es necesario que nos enfrentemos a los clásicos sin miedo alguno y, sobre todo, con mucha normalidad. Un clásico, al fin y al cabo, no deja de ser un libro, con todo lo que eso entraña.

Hace tiempo, escuché decir a alguien —o quizá lo leyese— que únicamente leía libros de autores fallecidos. En principio puede parecer una postura exagerada, pero dicha afirmación tiene también cierta trascendencia puesto que, de algún modo, es una gran manera de seleccionar qué leer y qué no leer. El tiempo, crítico literario por excelencia, nos hace el gran favor de separar el trigo de la cizaña, dictando sentencia cual juez imparcial en cuanto a la verdadera calidad o importancia de algo. Lo que queda, lo que siempre permanece, son los clásicos, fuente inagotable de calidad, conocimiento y, ante todo, humanidad. Me gusta pensar que si seguimos leyendo a Shakespeare, Dostoievski o Lorca en la actualidad es por algún motivo en concreto.

Pero, ¿qué es un clásico y por qué debería importarnos? ¿Debe importarnos acaso? En su magnífico libro Por qué leer los clásicos, Italo Calvino comienza su tesis personal proponiendo algunas definiciones de lo que constituye un clásico, dentro de las cuales la más conocida y citada quizá sea aquella que sostiene que «los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir “Estoy releyendo…” y nunca “Estoy leyendo…”». Un clásico es un libro que se presta a incesantes revisiones e interpretaciones; un libro, en palabras del propio Calvino, que nunca termina de decir lo que tiene que decir, de ahí que su potencial recorrido se antoje infinito.

Sin embargo, mientras que el genial autor italiano tituló su ensayo como una contundente afirmación justificada por multitud de razones, prefiero formular el asunto como un interrogante: esto es, en lugar de «Por qué leer los clásicos», mejor «¿Por qué leer los clásicos?» Ante todo, porque el tema no debe abordarse como si de una rotunda aseveración se tratara, sino, en cambio, como una pregunta —huidiza, fundamental—cuyas respuestas son tan variadas como opinables.

Porque en serio, ¿por qué leer los clásicos? ¿Debemos leer los clásicos en absoluto? ¿Qué le puede aportar a usted una epopeya en verso de hace milenios o una novela gótica sobre una joven huérfana que se enamora perdidamente del taciturno Rochester? ¿Podemos aprender algo de el Quijote que no sepamos ya? En definitiva, ¿por qué debería perder el tiempo leyendo un clásico si, en su lugar, puede dedicarse a leer otras cosas más recientes y novedosas o, mejor aún, a no leer siquiera? Los clásicos no le curarán ese horrible dolor de espalda, ni le aliviarán de sus cargas económicas, ni pondrán fin a guerras, ni solucionarán todos los problemas del mundo. Los clásicos no son útiles; los clásicos, realmente, no sirven para nada.

Mark Twain escribiendo en la cama. Foto: Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos (DP)

En un ensayo publicado en Le Constitutionnel, el 21 de octubre de 1850, el crítico Charles Augustin Sainte-Beuve escribió que lo importante de un clásico es que «nos devuelve nuestros propios pensamientos con toda riqueza y madurez […] y nos da esa amistad que no engaña, que no puede faltarnos y nos proporciona esa impresión habitual de serenidad y amenidad que nos reconcilia con los hombres y con nosotros mismos». En«Sobre los clásicos», ensayo incluido en Otras inquisiciones, Borges escribió que un clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término». Acaba diciendo que un clásico es «es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad». Los clásicos, en consecuencia, ayudan a proporcionarnos unos cimientos muchas veces necesarios para aprender a discernir lo bueno de lo meramente oportuno.

Los clásicos cuentan con su privilegiado estatus por acometer una tremenda hazaña, aquella consistente en perdurar durante largo tiempo en la memoria colectiva como algo de significativa importancia. Así, su principal atributo quizá sea su marcada universalidad, una universalidad que, dadas sus cualidades intrínsecas (la Real Academia Española define el adjetivo «universal» como aquello «que pertenece o se extiende a todo el mundo, a todos los países, a todos los tiempos»), ha logrado pervivir a lo largo de los años. El clásico de verdad, sin embargo, no es aquel que se resiste al devenir del tiempo por su ya descafeinada influencia, por su supuesta importancia literaria o debido a sus rompedoras innovaciones estilísticas de antaño. Antes bien, clásico es, sencillamente, aquel libro que continúa transmitiendo su mensaje con tanta o más fuerza como lo hizo el día de su publicación: un clásico no es un libro de una sola voz, sino de una ilimitada pluralidad de voces.

De nada sirve un libro si hoy en día no tiene nada que decir; por eso los clásicos tienen que saber transformarse. Un Clásico —con mayúsculas— nunca se mantiene quieto, nunca reposa en su vieja gloria sino que se renueva continuamente conforme a las exigencias de cada época. Es un libro que, a base de una férrea voluntad, se niega a desaparecer: en un intento desesperado por sobrevivir, alentado por el cometido de ser recordado, sus páginas se fuerzan a un movimiento constante con el fin de nutrirse de su entorno y renovar la fuerza de sus palabras, manteniendo intacto su valor originario, incluso acrecentándolo, y logrando de esa manera llegar a nuevos lectores a los que sorprender. Un libro hermético, un libro cerrado y ensimismado, es un libro sin valor alguno; un libro estático es más cadáver que libro.

Los clásicos, por tanto, deben aspirar a ser una opera aperta, como diría Umberto Eco: en su caso, su rol de receptor es tan crucial como el de emisor. Solo así podrán leerse en clave contemporánea, solo así podrán permanecer relevantes. El clásico de verdad es el que dice tanto del mundo presente en que vivimos nosotros los lectores como del mundo pasado sobre el que escribió su autor. Tal y como escribió Azorín, en los clásicos nos vemos a nosotros mismos e, idealmente, ese «nosotros» nunca cambia. Un clásico no es un libro definido por su tiempo, sino un libro que define a su tiempo; de ahí que muchas veces digamos que por ellos no pasa el tiempo, porque son ellos los que transcurren plácidamente con él. Al releer el pasado —ese pasado sobre el que tanto se ha escrito— sucede que, en muchas ocasiones, estamos en realidad leyendo acerca del presente, sobre el que tanto queda por escribir.

Pero ¿puede un clásico dejar de serlo o, por el contrario, se trata de un estatus tan excepcional como inmutable? De la misma manera que hay clásicos que aparentemente surgen de la nada, creo que otros pueden ir desapareciendo lentamente con el paso del tiempo al perder relevancia, por cualquier motivo. Así opinaba Borges, al mantener que «las emociones que la literatura suscita son quizá eternas, pero los medios deben constantemente variar, siquiera de un modo levísimo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que los reconoce el lector. De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre». Ningún clásico, por tanto, tiene la eternidad asegurada: algunos, de hecho, tienen fecha de caducidad.

Sylvia Plath. Foto: DP.

Sea como sea, no temamos a los clásicos. No tengamos miedo de la palabra en sí, ni para aceptarla ni para usarla. Y, sobre todo, no nos engañemos: no es necesario que transcurran siglos para que un clásico en potencia sea un clásico en toda regla. Si algo nos ha enseñado el siglo XX es que la literatura moderna está repleta de ellos, gracias a novelas como El gran Gatsby, El ruido y la furia, Lolita o Cien años de soledad; poesía como la de Antonio Machado, T. S. Eliot o Sylvia Plath; orelatos cortos como los escritos por Flannery O’Connor,Mario Benedetti o Raymond Carver. La lista es interminable. En definitiva, no esperemos a que los demás digan que un libro es un clásico para atrevernos a decirlo nosotros mismos: sin ir más lejos, en lo que llevamos de siglo hemos podido leer joyas como Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, deMichael Chabon, La carretera de Cormac McCarthy,Austerlitz de W. G. Sebald, Middlesex de Jeffrey Eugenides y un largo etcétera. Estemos tranquilos, porque clásicos habrá siempre.

De las catorce definiciones que hizo Calvino, puede que la más reveladora —si no la más poética— sea la undécima, mediante la que ubica la esencia de los clásicos en el plano subjetivo del lector mismo: «tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él». Así pues, un clásico de verdad, al margen de cánones y de aprobaciones oficiales por parte de las autoridades literarias, es aquel que nos cambia irremediablemente, aquel que se convierte en parte íntegra de nuestro ser desde su lectura en adelante, un libro, en definitiva, que, más allá de la última página, nos acompaña como un fiel amigo al que siempre podemos consultar en situaciones de crisis. Un clásico es un libro del que podemos depender ciegamente, lo cual es algo de un valor inconmensurable.

No obstante, los clásicos únicamente deben actuar como meros puntos de referencia, no como objetos de obligatoria lectura y admiración; no hay nada más despreciable que una lectura forzada. Leer un clásico debe suponer un acto placentero, producto de la libertad más absoluta, y no un via crucis que nos hunda sin misericordia en la desazón intelectual. A los clásicos hemos de llegar por nuestra cuenta, sin prisa pero sin pausa; y, si uno no le convence, enhorabuena. Eso significa que tiene criterio propio, pilar esencial en el que ha de apoyarse todo buen lector.

Así las cosas, es posible que un clásico no sea un clásico porque todos están de acuerdo en que es lo es, sino porque nos habla a nivel personal a cada uno de nosotros los lectores: al que lee en su cuarto a las dos de la mañana bajo la luz de la mesilla de noche, al que abre el libro nada más entrar en el vagón del tren, al que lee en silencio mientras su familia ve la televisión, a todos sin excepción, de manera individual. Si un libro—clásico o no— no le dice nada, sencillamente no es un buen libro. Calvino nos advierte: «si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino solo por amor», razón por la que afirma que, en consecuencia, no nos queda más opción que la de inventarnos nuestra biblioteca ideal de nuestros clásicos. Aunque a priori parezca contradictorio, reconocer que no todos los clásicos han de serlo (es decir, admitir sin que nos tiemble la mano que hay «clásicos» aburridos y mediocres) es el primer paso para alcanzar la libertad como lector. Los clásicos han de liberarnos, pero a veces también pueden amordazarnos a su merced en contra de nuestra voluntad. No todos los clásicos son capaces de hablarnos a todos por igual: en vez de los clásicos, por tanto, quizá sea más apropiado hablar de «mis clásicos».

Es probable que todas estas observaciones, en vez de proporcionar respuestas concluyentes, no hagan sino dar pie a más preguntas todavía, suscitadas todas ellas por ese intangible halo de misterio del que los clásicos se alimentan. A la pregunta inicial, pues, de «¿Por qué leer los clásicos?», respondería que, a decir verdad, no lo sé del todo: me imagino que se reduce a que, en último término, es preferible leerlos a no leerlos siquiera, pero esto es una impresión más intuitiva que racional. En todo caso, si algo está claro es que los clásicos nos hacen más humanos y, por ello, más libres como personas; y que, con toda probabilidad, será en los clásicos donde, algún día, pueda materializarse esa preciosa frase de Cervantes: “En algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia”.

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El líder de la iglesia La Luz del Mundo 'es extremadamente peligroso': víctimas de Naasón Joaquín García

Quienes se dicen sus víctimas o "sobrevivientes" alertan de las consecuencias de que García pueda terminar condenado a 16 años de cárcel, tal como aboga con el acuerdo alcanzado con la Fiscalía de California. Se espera que el juez dicte sentencia este miércoles.
8 de junio, 2022
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“Catastrófico”, “muy muy peligroso”, una puerta a décadas de tráfico y abuso de menores.

Así describe Sochil Martin el hecho de que Naasón Joaquín García, el líder de la iglesia La Luz del Mundo, se declarara el viernes culpable de tres cargos de abuso de menores en Los Ángeles.

“Es extremadamente peligroso y es necesario que la sociedad sepa lo que representa”, dijo este martes la californiana de 35 años que destapó el escándalo en EE.UU. después de haber servido a la congregación como su “reclutadora”.

Además, “no es solo Naasón Joaquín, esta es una organización criminal que se ha estado construyendo en los últimos 96 años“, añadió.

Al haber llegado a un acuerdo con la Fiscalía de California para declararse culpable, el autoproclamado “apóstol de Jesucristo” evitó ir a juicio y enfrentar 19 cargos que se le imputaban por abuso sexual de menores, violación, posesión de pornografía infantil y tráfico de personas.

Admitió, en concreto, la culpabilidad de actos lascivos cometidos con una niña de 15 años, de forzar a esa niña a tener sexo con él y de hacer lo mismo con otra menor de 18 años.

Fue un giro inesperado a apenas tres días de la selección del jurado y tras mantener su inocencia durante tres años, desde que el 3 de junio de 2019 fuera detenido en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles (LAX).

El abogado Mike Rick sostiene un cartel con la cara de Naasón Joaquín García junto a Sochil Martin y Sharim Guzmán.

Leire Ventas
El abogado Mike Rick sostiene un cartel con la cara de Naasón Joaquín García junto a Sochil Martin y Sharim Guzmán.

Y con este viraje se libró también de escuchar a las cinco mujeres que iban a testificar en su contra -mujeres cuya identidad no se ha hecho pública y sobre cuyo testimonio se construyó en parte la causa criminal- y de presenciar la exposición de las evidencias contrarias a su persona y a su iglesia.

La noticia del acuerdo la dio el mismo fiscal general de California, Rob Bonta, a través de un comunicado: “Como líder de la Luz del Mundo, Naasón Joaquín García abusó de su poder para aprovecharse de niñas. Confiaba en quienes lo rodeaban para que le prepararan a fieles para abusar de ellas. La explotación sexual nunca será aceptable en el estado“.

Pero no todos lo celebraron. Muchas de las que se dicen sus víctimas o “sobrevivientes” están decepcionadas y alertan de las consecuencias de que García pueda terminar condenado a 16 años de cárcel, tal como aboga con el acuerdo alcanzado con la Fiscalía. Se espera que el juez dicte sentencia este miércoles.

“Si esto sigue adelante, en 10 o 16 años esto se va a multiplicar, el tráfico humano que Naasón y su organización han estado construyendo se va a multiplicar“, advirtió Martin.

Añadió que teme por su vida, la de su familia, la de aquellos que han declarado ante las autoridades y aquellos que alzan la voz en las redes sociales, gente “que ha perdido su paz mental, su salud física, todo lo que tenían, por hablar en contra de esta persona y esta institución”.

“Estamos aterrados de lo que pueda pasar después” de que se conozca la sentencia.

Solicitud de cadena perpetua

Ante ello, Heather Brown, abogada del bufete Greenbergross, informó que estaban haciendo las diligencias necesarias para solicitar al juez que considere imponer a Joaquín García la cadena perpetua.

Haciendo referencia a su década de experiencia en la Unidad de Abuso Sexual de la Fiscalía y tras revisar el acuerdo alcanzado por los abogados defensores y los fiscales, Brown aseguró que en este caso “existe la oportunidad legal” de solicitar la pena máxima.

“Incluso considerando solo los dos cargos de sexo forzado de los que Naasón se declaró culpable, hay una sección del Código Penal que permite condenarlo a cadenas perpetuas consecutivas“, explicó.

Naasón Joaquín García

Getty Images
La audiencia de sentencia contra Naasón Joaquín García es este miércoles.

De ser sentenciado a los 16 años de prisión por los que aboga, Brown adelantó que terminaría cumpliendo el 85% de la condena, 13 años y cuatro meses. “Y como lleva ya tres en prisión (preventiva), quedará libre en 10 años. Libre para cazar más niños”.

La abogada también informó que estaban preparando una solicitud de emergencia para que el tribunal permita a Martin testificar, a pesar de que su caso no está incluido en la causa criminal. “Le estamos pidiendo que le de a Sochil la oportunidad de ser escuchada”.

“Crearon un monstruo”

El equipo legal de Martin ya adelantó que la historia de Joaquín García y La Luz del Mundo con la Justicia estadounidense no acabará con la sentencia.

Y es que Martin entabló en febrero de 2020 una demanda civil en un tribunal de Los Ángeles en la que acusaba a la Luz del Mundo, su líder y a al menos 12 personas más relacionadas con la institución de trabajo forzado, tráfico de personas, agresión sexual y otros delitos.

La presentó bajo la Ley de Chantaje Civil, Influencia y Organizaciones Corruptas, conocida como RICO por sus siglas en inglés, lo que posibilitaría procesar a La Luz del Mundo como crimen organizado.

“La demanda ha estado paralizada durante dos años, pero ahora, con la sentencia, podemos seguir adelante con ella”, dijo este martes Deborah Mallgrave, abogada del bufete Greenberg Gross. “Y lo haremos, con agresividad. Es el momento, este solo es el principio”.

Adelantó que se enfocarán en conseguir evidencias sobre las actividades que se han llevado a cabo en es seno de la iglesia, para exponer ante el público “quién sabía qué había estado ocurriendo durante décadas”.

En relación a esto, Martin aprovechó para lanzar un mensaje a “cada uno de los facilitadores de Naasón”. “Y no hablo solo de los obispos, sino también de sus esposas, políticos, cada persona que estuvo involucrada en esta institución criminal organizada”, aclaró.

“Cada uno de ustedes es responsable de lo todo lo que les ocurrió a estos niños. Ustedes les entregaron estos niños inocentes a este hombre, le dieron dinero, le dieron poder, crearon un monstruo. Y son todos responsables de ello“.

“Le abrió la puerta a la pedofilia”

Las de Martin no fueron las únicas palabras contundentes de la rueda de prensa. Quizá lo fueron aún más las de su esposo, Sharim Guzmán.

Tras describirse como enojado, frustrado, con miedo, aseguró que el sistema judicial ha fallado a las víctimas y arremetió contra el fiscal general de California por el acuerdo alcanzado con los abogados del acusado.

“California y Estados Unidos dicen que no negocian con terroristas, pues Rob Bonta negoció con un terrorista sexual”, dijo. “Le abrió la puerta a la pedofilia en California”.

“Estoy completamente indignado”, añadió, algo que ya le había comentado a BBC Mundo el día anterior.

“¿Qué estará pensando Alondra (Ocampo)? ‘¿Y yo para qué hablé?’. ¿Estará ella más tiempo en la cárcel que Naasón?”, se preguntaba el lunes, haciendo referencia a una de las tres coacusadas en el caso contra Joaquín García.

Ocampo, una estadounidense de 39 años, se declaró culpable de cuatro cargos en octubre de 2020 —tres cargos de contacto con un menor por un delito sexual y uno de penetración sexual forzada— y espera su sentencia en la Cárcel para Mujeres de Lynwood, en Los Ángeles, sin derecho a fianza.

“A Susana Medina Oaxaca le dieron un año de arresto domiciliario”, se lamentó Guzmán.

Medina Oaxaca, también coacusada y quien fuera arrestada junto a Joaquín García tras llegar al aeropuerto angelino en un jet privado, fue condenada el viernes a un año de libertad condicional no vigilada por un cargo de agresión por medios que probablemente causarían lesiones corporales graves.

Susana Medina Oaxaca.

Getty Images
Susana Medina Oaxaca.

La mujer, originaria de San Diego y de 27 años, estaba acusada de copulación oral forzada de una menor.

La tercera acusada es Azalea Rangel, quien se encuentra en busca y captura. Sobre ella pesan dos cargos de violación y penetración oral forzada en agravio de una mujer adulta de la congregación.

“A Azalea Rangel, que está prófuga, ¿terminarán dándole las llaves de la ciudad? Ese es el grado de decepción tenemos con la Fiscalía de California. No se hacen acuerdos con criminales así”, prosiguió Guzmán.

“Desafortunadamente, es mi tío”

Julie Joaquín y Francisco Espinosa, también exmiembros de La Luz del Mundo, se unieron a los comentarios de indignación de Martin y Guzmán.

“Diez o quince años (de cárcel) no son suficientes. Este es un culto muy peligroso”, expresó Joaquín. “No quería seguir callada para no arriesgar mi seguridad. Ya he perdido a gran parte de mi familia, porque ahora para ellos somos traidores. Desafortunadamente, él es mi tío“.

Espinosa, quien perteneció a la iglesia desde que tenía 12 años y fue, según contó, víctima directa de Joaquín García, denunció que “una organización que tiene carátula de iglesia es muy peligrosa para las comunidades en la que está asentada”. “No es justo que se tapen con la banda de la religión y usen la Biblia como escudo para cometer estos crímenes.

Decepción es también la palabra que usó la abogada Jonati Yedidsion, quien representa a las cinco mujeres -denominadas Jane Does que iban a testificar contra Joaquín García en el juicio.

“Querían una oportunidad para que el mundo realmente entendiera por lo que habían pasado”, le dijo Yedidsion a Law&Crime, un sitio web especializado en información legal. “Como uno podría imaginar, están molestas, pero también contentas de que al menos hubo una declaración de culpabilidad”.

“En términos de la evaluación de la validez de este caso, es digno mencionar que las decisiones legales no se tomaron todas necesariamente sobre el fondo, fueron más cuestiones de procedimiento”, añadió Yedidsion. “Planeamos presentar un caso civil en el que existirá la oportunidad de presentar todas las pruebas”.

Mientras, La Luz del Mundo mantiene que su líder es inocente y que decidió declararse culpable para evitar un mayor perjuicio a su familia y a la iglesia, ya que iba a enfrentar un juicio injusto.

Cartel con la foto de Naasón Joaquín García en el templo principal de La Luz del Mundo en Los Ángeles.

AFP
Los hechos de los que Naasón Joaquín García se declaró culpable ocurrieron en Los Ángeles.

Tras señalar que durante todo el proceso “no se han respetado sus derechos constitucionales” y repetir algunos de los argumentos de la defensa, uno de los portavoces de la iglesia les explicó así a los feligreses lo ocurrido este viernes:

“Bajo esas condiciones y en previsión de que (el juicio) se iba a convertir en un espectáculo sesgado que sometería a la iglesia y a su familia a semanas de acoso y acusaciones denigrantes, el apóstol, con renuencia, llegó a una conclusión y tomó una decisión, confiando que la iglesia lo comprendería y consciente de que la doctrina y la palabra de Dios no ha faltado a su pueblo”.

“También porque sabe lo que ha sembrado en los corazones de la iglesia y porque es plenamente consciente de que, de haberlo permitido, su juicio hubiera sido, además de injusto, un proceso que procuraría una prolongación de su prisión hasta de por vida”.

Joaquín García no se ha pronunciado al respecto, pero sí lo ha hecho su hijo Adoraim Joaquín Zamora.

“Respaldo a mi padre y ‘Apóstol de Jesucristo’ Naasón Joaquín García, porque yo he visto y soy testigo de su vida y su trabajo, como muchos de ustedes también lo son. Nadie me podrá decir algo en contra de él porque yo lo viví de primera mano y sé qué tipo de vida ha llevado. ¡Seguiré a su lado mientras Dios me preste la vida!”, dijo en una carta enviada a fieles de San Diego.

La Luz del Mundo asegura tener unos 5 millones de seguidores en 58 países del mundo, de los cuales 1,5 millones están en México. Así decía su página web antes de reformarse; ahora dice que son “innumerables”. Los datos oficiales que existen en el país son del censo de 2020, donde menos de 200.000 se registraron como sus seguidores.

Joaquín García encabeza la congregación desde 2014. Se hizo con el cargo cuando murió su padre, Samuel Joaquín Flores, quien la lideró durante 50 años. Este lo había heredado a su vez de su progenitor, Eusebio Joaquín González, quien fundó la iglesia en Guadalajara, México, el 6 de abril de 1926.


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