¿Por qué leer los clásicos?
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¿Por qué leer los clásicos?

La palabra en sí ya impone. Pero, ¿qué es un clásico y por qué debería importarnos?
Por ElDiario.es/Jotdown.es
1 de octubre, 2014
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«Clásico». La palabra en sí ya impone. Al escucharla es inevitable sentir un temor casi reverencial, un máximo respeto: nos vienen a la mente libros de naturaleza colosal, tan irreductibles en apariencia como el Caballo de Troya o Moby Dick, libros que han contribuido a esculpir el mundo con el vigor de sus inmortales palabras.Muchos han sido los autores y pensadores que, con mayor o menor exactitud, han tratado de precisar lo que es un clásico, llegar a su núcleo duro para poder por fin dar con una respuesta definitiva mediante la que solventar una problemática duradera. En efecto, la cuestión de qué requisitos debe colmar un libro para ser considerado como tal ha sido una constante en la historia de la literatura y la crítica y, si bien hay muchos factores a tener en cuenta, no necesariamente acumulativos, decir que existe un único patrón definidor es más bien discutible. Resultará evidente que si nos seguimos preguntando acerca de qué es un clásico —y, por ende, por qué leerlos—, solo puede indicar que nadie lo sabe a ciencia cierta: ni el lector común ni el literato más versado. Que la pregunta siga siendo relevante únicamente significa que todos estamos, para bien o para mal, igual de confusos en torno a la cuestión.

Con esa acidez tan suya, Mark Twain escribió que un clásico es un libro que la gente elogia pero no lee; un libro, en suma, que todo el mundo quiere haber leído y nadie quiere leer. Es fácil acomodarse respecto a un clásico, de ahí la triste mordacidad con la que Twain se expresa: precisamente porque permean nuestra cultura desde tiempo inmemorial, darlos por sentado es algo que puede ocurrir sin dificultad alguna. Esto es un gran error, pero es que, para muchos, «clásico» es con frecuencia sinónimo de todo lo que un clásico no debe ser. En ocasiones asociamos el término con aquellos libros que profesores sin clemencia imponen a reticentes estudiantes, libros cuya temática y significado se analizan hasta la saciedad por parte de académicos vestidos con chaquetas de tweed, etc.; en definitiva, asociamos a los clásicos con aquellos libros—muertos, polvorientos y aburridos— cuyo hábitat natural parece ser el intelectualismo más rancio o el rincón más recóndito de una estantería olvidada. Pero no nos equivoquemos: más allá de estas percepciones, tan comprensibles como equivocadas, es necesario que nos enfrentemos a los clásicos sin miedo alguno y, sobre todo, con mucha normalidad. Un clásico, al fin y al cabo, no deja de ser un libro, con todo lo que eso entraña.

Hace tiempo, escuché decir a alguien —o quizá lo leyese— que únicamente leía libros de autores fallecidos. En principio puede parecer una postura exagerada, pero dicha afirmación tiene también cierta trascendencia puesto que, de algún modo, es una gran manera de seleccionar qué leer y qué no leer. El tiempo, crítico literario por excelencia, nos hace el gran favor de separar el trigo de la cizaña, dictando sentencia cual juez imparcial en cuanto a la verdadera calidad o importancia de algo. Lo que queda, lo que siempre permanece, son los clásicos, fuente inagotable de calidad, conocimiento y, ante todo, humanidad. Me gusta pensar que si seguimos leyendo a Shakespeare, Dostoievski o Lorca en la actualidad es por algún motivo en concreto.

Pero, ¿qué es un clásico y por qué debería importarnos? ¿Debe importarnos acaso? En su magnífico libro Por qué leer los clásicos, Italo Calvino comienza su tesis personal proponiendo algunas definiciones de lo que constituye un clásico, dentro de las cuales la más conocida y citada quizá sea aquella que sostiene que «los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir “Estoy releyendo…” y nunca “Estoy leyendo…”». Un clásico es un libro que se presta a incesantes revisiones e interpretaciones; un libro, en palabras del propio Calvino, que nunca termina de decir lo que tiene que decir, de ahí que su potencial recorrido se antoje infinito.

Sin embargo, mientras que el genial autor italiano tituló su ensayo como una contundente afirmación justificada por multitud de razones, prefiero formular el asunto como un interrogante: esto es, en lugar de «Por qué leer los clásicos», mejor «¿Por qué leer los clásicos?» Ante todo, porque el tema no debe abordarse como si de una rotunda aseveración se tratara, sino, en cambio, como una pregunta —huidiza, fundamental—cuyas respuestas son tan variadas como opinables.

Porque en serio, ¿por qué leer los clásicos? ¿Debemos leer los clásicos en absoluto? ¿Qué le puede aportar a usted una epopeya en verso de hace milenios o una novela gótica sobre una joven huérfana que se enamora perdidamente del taciturno Rochester? ¿Podemos aprender algo de el Quijote que no sepamos ya? En definitiva, ¿por qué debería perder el tiempo leyendo un clásico si, en su lugar, puede dedicarse a leer otras cosas más recientes y novedosas o, mejor aún, a no leer siquiera? Los clásicos no le curarán ese horrible dolor de espalda, ni le aliviarán de sus cargas económicas, ni pondrán fin a guerras, ni solucionarán todos los problemas del mundo. Los clásicos no son útiles; los clásicos, realmente, no sirven para nada.

Mark Twain escribiendo en la cama. Foto: Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos (DP)

En un ensayo publicado en Le Constitutionnel, el 21 de octubre de 1850, el crítico Charles Augustin Sainte-Beuve escribió que lo importante de un clásico es que «nos devuelve nuestros propios pensamientos con toda riqueza y madurez […] y nos da esa amistad que no engaña, que no puede faltarnos y nos proporciona esa impresión habitual de serenidad y amenidad que nos reconcilia con los hombres y con nosotros mismos». En«Sobre los clásicos», ensayo incluido en Otras inquisiciones, Borges escribió que un clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término». Acaba diciendo que un clásico es «es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad». Los clásicos, en consecuencia, ayudan a proporcionarnos unos cimientos muchas veces necesarios para aprender a discernir lo bueno de lo meramente oportuno.

Los clásicos cuentan con su privilegiado estatus por acometer una tremenda hazaña, aquella consistente en perdurar durante largo tiempo en la memoria colectiva como algo de significativa importancia. Así, su principal atributo quizá sea su marcada universalidad, una universalidad que, dadas sus cualidades intrínsecas (la Real Academia Española define el adjetivo «universal» como aquello «que pertenece o se extiende a todo el mundo, a todos los países, a todos los tiempos»), ha logrado pervivir a lo largo de los años. El clásico de verdad, sin embargo, no es aquel que se resiste al devenir del tiempo por su ya descafeinada influencia, por su supuesta importancia literaria o debido a sus rompedoras innovaciones estilísticas de antaño. Antes bien, clásico es, sencillamente, aquel libro que continúa transmitiendo su mensaje con tanta o más fuerza como lo hizo el día de su publicación: un clásico no es un libro de una sola voz, sino de una ilimitada pluralidad de voces.

De nada sirve un libro si hoy en día no tiene nada que decir; por eso los clásicos tienen que saber transformarse. Un Clásico —con mayúsculas— nunca se mantiene quieto, nunca reposa en su vieja gloria sino que se renueva continuamente conforme a las exigencias de cada época. Es un libro que, a base de una férrea voluntad, se niega a desaparecer: en un intento desesperado por sobrevivir, alentado por el cometido de ser recordado, sus páginas se fuerzan a un movimiento constante con el fin de nutrirse de su entorno y renovar la fuerza de sus palabras, manteniendo intacto su valor originario, incluso acrecentándolo, y logrando de esa manera llegar a nuevos lectores a los que sorprender. Un libro hermético, un libro cerrado y ensimismado, es un libro sin valor alguno; un libro estático es más cadáver que libro.

Los clásicos, por tanto, deben aspirar a ser una opera aperta, como diría Umberto Eco: en su caso, su rol de receptor es tan crucial como el de emisor. Solo así podrán leerse en clave contemporánea, solo así podrán permanecer relevantes. El clásico de verdad es el que dice tanto del mundo presente en que vivimos nosotros los lectores como del mundo pasado sobre el que escribió su autor. Tal y como escribió Azorín, en los clásicos nos vemos a nosotros mismos e, idealmente, ese «nosotros» nunca cambia. Un clásico no es un libro definido por su tiempo, sino un libro que define a su tiempo; de ahí que muchas veces digamos que por ellos no pasa el tiempo, porque son ellos los que transcurren plácidamente con él. Al releer el pasado —ese pasado sobre el que tanto se ha escrito— sucede que, en muchas ocasiones, estamos en realidad leyendo acerca del presente, sobre el que tanto queda por escribir.

Pero ¿puede un clásico dejar de serlo o, por el contrario, se trata de un estatus tan excepcional como inmutable? De la misma manera que hay clásicos que aparentemente surgen de la nada, creo que otros pueden ir desapareciendo lentamente con el paso del tiempo al perder relevancia, por cualquier motivo. Así opinaba Borges, al mantener que «las emociones que la literatura suscita son quizá eternas, pero los medios deben constantemente variar, siquiera de un modo levísimo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que los reconoce el lector. De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre». Ningún clásico, por tanto, tiene la eternidad asegurada: algunos, de hecho, tienen fecha de caducidad.

Sylvia Plath. Foto: DP.

Sea como sea, no temamos a los clásicos. No tengamos miedo de la palabra en sí, ni para aceptarla ni para usarla. Y, sobre todo, no nos engañemos: no es necesario que transcurran siglos para que un clásico en potencia sea un clásico en toda regla. Si algo nos ha enseñado el siglo XX es que la literatura moderna está repleta de ellos, gracias a novelas como El gran Gatsby, El ruido y la furia, Lolita o Cien años de soledad; poesía como la de Antonio Machado, T. S. Eliot o Sylvia Plath; orelatos cortos como los escritos por Flannery O’Connor,Mario Benedetti o Raymond Carver. La lista es interminable. En definitiva, no esperemos a que los demás digan que un libro es un clásico para atrevernos a decirlo nosotros mismos: sin ir más lejos, en lo que llevamos de siglo hemos podido leer joyas como Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, deMichael Chabon, La carretera de Cormac McCarthy,Austerlitz de W. G. Sebald, Middlesex de Jeffrey Eugenides y un largo etcétera. Estemos tranquilos, porque clásicos habrá siempre.

De las catorce definiciones que hizo Calvino, puede que la más reveladora —si no la más poética— sea la undécima, mediante la que ubica la esencia de los clásicos en el plano subjetivo del lector mismo: «tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él». Así pues, un clásico de verdad, al margen de cánones y de aprobaciones oficiales por parte de las autoridades literarias, es aquel que nos cambia irremediablemente, aquel que se convierte en parte íntegra de nuestro ser desde su lectura en adelante, un libro, en definitiva, que, más allá de la última página, nos acompaña como un fiel amigo al que siempre podemos consultar en situaciones de crisis. Un clásico es un libro del que podemos depender ciegamente, lo cual es algo de un valor inconmensurable.

No obstante, los clásicos únicamente deben actuar como meros puntos de referencia, no como objetos de obligatoria lectura y admiración; no hay nada más despreciable que una lectura forzada. Leer un clásico debe suponer un acto placentero, producto de la libertad más absoluta, y no un via crucis que nos hunda sin misericordia en la desazón intelectual. A los clásicos hemos de llegar por nuestra cuenta, sin prisa pero sin pausa; y, si uno no le convence, enhorabuena. Eso significa que tiene criterio propio, pilar esencial en el que ha de apoyarse todo buen lector.

Así las cosas, es posible que un clásico no sea un clásico porque todos están de acuerdo en que es lo es, sino porque nos habla a nivel personal a cada uno de nosotros los lectores: al que lee en su cuarto a las dos de la mañana bajo la luz de la mesilla de noche, al que abre el libro nada más entrar en el vagón del tren, al que lee en silencio mientras su familia ve la televisión, a todos sin excepción, de manera individual. Si un libro—clásico o no— no le dice nada, sencillamente no es un buen libro. Calvino nos advierte: «si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino solo por amor», razón por la que afirma que, en consecuencia, no nos queda más opción que la de inventarnos nuestra biblioteca ideal de nuestros clásicos. Aunque a priori parezca contradictorio, reconocer que no todos los clásicos han de serlo (es decir, admitir sin que nos tiemble la mano que hay «clásicos» aburridos y mediocres) es el primer paso para alcanzar la libertad como lector. Los clásicos han de liberarnos, pero a veces también pueden amordazarnos a su merced en contra de nuestra voluntad. No todos los clásicos son capaces de hablarnos a todos por igual: en vez de los clásicos, por tanto, quizá sea más apropiado hablar de «mis clásicos».

Es probable que todas estas observaciones, en vez de proporcionar respuestas concluyentes, no hagan sino dar pie a más preguntas todavía, suscitadas todas ellas por ese intangible halo de misterio del que los clásicos se alimentan. A la pregunta inicial, pues, de «¿Por qué leer los clásicos?», respondería que, a decir verdad, no lo sé del todo: me imagino que se reduce a que, en último término, es preferible leerlos a no leerlos siquiera, pero esto es una impresión más intuitiva que racional. En todo caso, si algo está claro es que los clásicos nos hacen más humanos y, por ello, más libres como personas; y que, con toda probabilidad, será en los clásicos donde, algún día, pueda materializarse esa preciosa frase de Cervantes: “En algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia”.

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Soberana 01: la vacuna de Cuba contra la COVID-19 que comienza a probarse en humanos

Cuba inicia este lunes las fases de prueba en cientos de personas de su vacuna contra el coronavirus. Soberana 01 es el nombre con el que la isla bautizó a su fórmula para intentar frenar la pandemia.
24 de agosto, 2020
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Coronavirus en Cuba

Getty Images
Las pruebas de la vacuna cubana empezarán este 24 de agosto. (Foto de archivo)

Alrededor de 700 personas serán las primeras en las que se empezará a probar la vacuna que se está desarrollando en Cuba contra el coronavirus.

Autoridades y científicos de la isla -donde el impacto de la covid-19 ha sido menor que en otros países latinoamericanos- realizaron el anuncio el 18 de agosto y bautizaron al proyecto como Soberana 01.

De cumplirse todas las fases de testeo y si se logra demostrar su seguridad y eficiencia, podría ser la primera vacuna contra el coronavirus desarrollada en América Latina.

Expertos de diferentes institutos de salud y de ciencia de la isla caribeña hicieron la presentación de la vacuna cubana en un encuentro con el presidente Miguel Díaz-Canel hace unos días.

La etapa de prueba en humanos empezará este 24 de agosto y en febrero se sabrá si Cuba acredita tener un producto biofarmacéutico para inmunizar o al menos minimizar los efectos del coronavirus.

Los científicos que desarrollaron Soberana 01 son optimistas, aunque también existen voces fuera de la isla que piden cautela.

Las pruebas

Vicente Vérez Bencomo, director del Instituto Finlay de Vacunas, con sede en La Habana, explicó el 18 de agosto al Jefe de Estado cubano cómo la fórmula será probada en diferentes fases y que estas pueden culminar a mediados de febrero.

Cubanos en control de temperatura

Reuters
Cuba practica un plan de vigilancia epidemiológica constante para frenar el avance de la pandemia.

Los primeros en recibir la vacuna tendrán entre 18 y 80 años, y esta fase de prueba en humanos durará hasta finales de octubre.

El reclutamiento de voluntarios comenzará este lunes 24 de agosto con personas sin alteraciones clínicamente significativas y que otorguen por escrito su consentimiento informando de su participación en el estudio, detalla un reporte de Registro Público Cubano de Ensayos Clínicos en su página web.

Los participantes recibirán dos dosis de la fórmula y el acompañamiento de su evolución en “seguridad, reactogenicidad e inmunogenicidad” estará a cargo del Instituto Finay.

Una siguiente etapa, cuya cantidad de participantes no se detalló, se realizará hasta enero de 2021 y Cuba anunciará los resultados que llegue a producir Soberana 01 hasta el 15 de febrero.

En la mayoría de las vacunas que en la actualidad se prueban en el mundo las dos últimas fases de pruebas se hacen con cientos y a veces miles de personas.

“Ese es el camino que queda por recorrer. Logramos vencer el primer escalón en tres meses. Un escalón que, en términos de coronavirus, es un escalón importante”, dijo Vérez Bencomo en una entrevista con la televisión cubana.

El científico destacó que solo existen 30 candidatos de vacuna aprobados para estudios clínicos y uno de ellos es el cubano.

Cubano con barbijo

Reuters
La isla anunciará los resultados de su vacuna en febrero.

Al menos 150 fórmulas de inmunización se desarrollan en diferentes países para contener la pandemia.

Rusia y China han registrado sendas vacunas, aunque ambas son cuestionada por expertos por la rapidez del proceso y la falta de pruebas masivas.

Los desafíos de Cuba

Felipe Lobelo, experto en epidemiología e investigador de la Universidad de Emory (Atlanta), reconoce que Cuba tiene fortalezas y a la vez algunas limitaciones para convertir a Soberana 01 en una alternativa factible.

“Pueden tener la capacidad científica y tecnológica, otra cosa es desarrollar una vacuna que pase todos los filtros de seguridad y de efectividad. Esos filtros requieren capacidad técnica y tecnológica, pero también logística”, señala.

El médico agrega que el aspecto logístico puede ser donde Cuba tenga algunos problemas dado que no es parte de los circuitos públicos y privados entre gobiernos y farmacéuticas alrededor del mundo.

“Hay una gran colaboración mundial y tal vez Cuba tenga menor acceso a esas redes científicas” añade.

Lobelo sostiene que “no confiaría” en una vacuna que no se haya probado primero en miles de personas y con los diferentes estudios de seguridad. Ese es el desafío que tiene Cuba por delante, según él.

Cubanos con mascarillas

Reuters
Para las autoridades cubanas, contar con una vacuna propia es una cuestión de soberanía.

Y otro de los grandes desafíos que el entrevistado encuentra es la búsqueda de candidatos para realizar las pruebas dado que la población en la isla es comparativamente menor a la de otros países que trabajan en sus fórmulas de inmunización.

El investigador destaca que es importante que existan diferentes fórmulas de vacuna porque pueden tener niveles distintos de efectividad en grupos de población por edad, condiciones de salud o situación geográfica.

Al respecto, el cubano Vérez Bencomo sostiene que Cuba tiene la experiencia y capacidad para desarrollar la fórmula para inmunizar a la población del coronavirus.

“Ya teníamos los conocimientos, sabíamos que teníamos que agarrar el machete y competir por esa vacuna”, indicó en la televisión cubana el 20 de agosto.

El científico añadió que “Soberana, es el primer (candidato) de Latinoamérica y el primero de un país pobre en recursos económicos, pero grande de espíritu”.

“Es la razón también por la que lo hemos logrado”, concluyó.

Pared con el rostro de Fidel Castro

Reuters
Cuba bautizó a su vacuna como Soberana 01.

Soberana 01

En el encuentro con los científicos de la isla, Díaz-Canel recordó una reunión anterior en mayo en la que dio sus argumentos para que Cuba desarrollara su propia fórmula.

“Aunque existan vacunas de otros países, nosotros necesitamos la nuestra para tener soberanía“, afirmó.

Hasta el 18 de agosto, Cuba reportó 3.482 contagios confirmados y 88 fallecidos por covid-19 desde que el virus llegó a la isla en el mes de marzo.

En los últimos días, la isla comenzó a realizar un promedio de alrededor de 4.000 pruebas diarias de coronavirus.

Los pacientes con covid-19 en ese país son tratados con medicamentos que en su mayoría son desarrollados o producidos por la industria biofarmacéutica cubana.

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