Las mujeres del campo mexicanas que llevan sus historias de la mano de Shakespeare
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Las mujeres del campo mexicanas que llevan sus historias de la mano de Shakespeare

Campesinas de la comunidad de Puerto Valle actúan en la adaptación de una obra de Shakespeare en el Festival Cervantino.
Por Daniela Rea
24 de octubre, 2014
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Foto: Daniela Rea

Foto: Daniela Rea

Apenas parió a su hija, Mayra García López se reincorporó a su trabajo: pelar 4 costales de nopales diarios. En el silencio de su tarea cayó en cuenta que lo hizo por primera vez cuando tenía 8 años, al lado de su madre. Desde entonces, ha hecho lo mismo todos los días.

Como esta tarde. Mayra tiene en sus manos una cubeta llena de nopales espinados que pela uno tras otro sin parar, mientras se desarrolla la puesta en escena de la obra La tempestad de Shakespeare, de la que ella forma parte junto con otras 16 mujeres de la comunidad rural Puerto de Valle, de Salamanca, Guanajuato.

Sin saberlo aún, el público que llena la plaza Mexiamora, el escenario de esta obra del Festival Internacional Cervantino, presenciará la personalización de Calibán —el personaje de un esclavo salvaje y deforme creado por el dramaturgo inglés— en un puño de mujeres que paren esclavos.

Venimos desde Puerto de Valle, venimos a compartirles un poco de nuestra realidad. Venimos a que el gobierno nos escuche porque nos tiene siempre hasta abajo. El campesino según es el que da la vida, pero el campesino ya no vive. Esto es un reclamo a las autoridades correspondientes, esperamos que sea de su agrado y comprendan y se pongan en nuestro lugar los 40 minutos que dura la obra, se pongan en nuestros zapatos y valoren lo que dios les dio”, dice una mujer a manera de presentación.

Todos somos Calibán

La obra de teatro que desarrollan las mujeres forma parte del proyecto Ruelas que este año inauguró el FIC. Cuatro directores mexicanos trabajaron con cuatro comunidades del estado para montar obras de Shakespeare y se presentarlas durante el Festival.

Sara Pinedo es una de ellas. Esta directora de la compañía Coelctivo Alebrije, estuvo a cargo del montaje de La Tempestad en Puerto Valle. Con su hijo a cuestas, recuerda que al llegar a la comunidad rural todos pensaban que era trabajadora del DIF y la lista de peticiones no se hizo esperar: que si el puente, el pozo, la clínica de salud y la escuela.

Pronto las convenció de que su permanencia ahí era distinta: había sido enviada para como parte del Proyecto Ruelas para montar La Tempestad y celebrar los 450 años del nacimiento de Shakespeare.

Me entregaron el libreto y me dijeron que montara. Al tener el libreto en mano pensé, ¿qué vamos a hacer con esto? Muchas mujeres de las que están aquí no saben leer y escribir. Entonces nos pusimos a revisar el libreto y a sacar las líneas argumentales que a las mujeres les hicieron eco”.

Así salió el amor, la maternidad, la esclavitud; por su parte, ellas agregaron las temáticas del campo y la migración, que en el relato de las mujeres tienen un encuentro con la esclavitud. Así escogieron también el título del montaje Todos somos Calibán, pues todas las mujeres sentían que de alguna manera su historia y la de los personajes estaba conectada a esa libertad mutilada.

Hasta que la muerte nos separe

En la plaza Mexiamora, ubicada en el centro de Guanajuato, las protagonistas despliegan un escenario de su vida cotidiana: hacer el fuego, moler maíz, poner las tortillas, pelar nopales, cocinar, alimentar a otros. El escenario está compuesto por anafres, comales, jaulas con gallos.

Al fondo, un grupo de música norteña de la comunidad acompaña la obra. Uno a uno, los testimonios de las mujeres, se escuchan en la plaza y atraen la atención hasta de un borrachito que asoma su cabeza canosa y despeinada desde una azotea vecina.

Yo soy Guille. La madre, el origen, la bendita, la que sufre, la que tiene ilusión, la que tiene la obligación. Prometo darte el vestido y el alimento y en esa edad en la que me pierdes el respeto, hasta que la muerte nos separe”.

Soy Antonia. Trabajaba en la pizca de algodón estando embarazada. Yo le metía de 50 a 60 kilos de algodón a los costales. Entonces un día le dije a mi esposo ‘me siento mal’. Mi hija ya mero nacía entre los algodones. Luego nació mi niña y luego luego volvimos a la pizca del algodón”.

Soy Francisca. Todos los días del campo regresaba caminando. Ustedes se preguntan ¿soy la que engendra hombres y mujeres de bien? ¿Y la que engendra esclavos, monstruos?”

El norte se los lleva y ya no los deja venir

Rosalba Aguilar Ramírez tiene a sus pies la ropa de su hijo Juan: una camisa y un pantalón vaquero, unas botas y un sombrero. Su hijo migró a Estados Unidos hace 10 años; Jorge, uno de sus primos, siguió sus pasos y quedó en el camino, fue secuestrado junto con todo un camión de migrantes antes de llegar a Monterrey. Desde hace 3 años no saben nada de él.

Rosalba relata la historia en la plaza, ante el público, mientras el cuerpo le tiembla. Cuenta también que su hijo Juan tiene su nombre tatuado en el brazo izquierdo, el de su padre en el derecho y en la espalda tiene su apellido. A Rosalba no le gusta que se pinte tanto, pero él intenta convencerla de su utilidad: “Estos tatuajes, mamá, me van a servir mucho porque si un momento tu no tienes noticias de mi, los identificas y me buscas”. Cada noche Rosalba reza para que no le pase lo que a su primo Jorge.

En honor a su hijo, Rosalba se pintó “Juan” en el pecho con un marcador indeleble, como los tatuajes que él lleva en su cuerpo.

Yo le digo que ya se regrese, que para qué se vuelve a ir, nos quedamos sin los muchachos, el pueblo está de puras mujeres, se los están llevando, no hay quién trabaje. Me acuerdo cuando Juan me dijo que si lo dejaba ir al norte, yo no quería y me insistió. Y ya se fue. Desde hace años que ya no lo veo, porque no puede venir a casa. A mi me pone triste porque el norte se los lleva y ya no los quiere dejar venir”.

“Todos somos Calibán”, porque su hijo Juan no puede venir a verla, porque ella tampoco puede ir a verlo.

Parimos esclavos

Cuando su hija Miriam acababa de nacer, Mayra García López se reincorporó a su trabajo, pelar 4 costales de nopales diarios. En ese silencio se dio cuenta que la primera vez que lo había hecho fue cuando tenía 8 años de edad, al lado de su madre.

Ese pensamiento le brotó de nuevo cuando, al participar en el montaje de la obra La Tempestad, conoció al personaje de Sycorax, madre de Calibán, el esclavo.

Esta mañana, en la plaza, Mayra toma el nopal en las manos y lo pela con una pequeña navaja, mientras escucha a sus compañeras relatar qué harían si fueran presidentas o gobernadoras de la isla Puerto de Valles, como en La Tempestad: poner drenaje, una clínica de salud, poner una escuela y un pozo de agua.

“Si yo, Mayra, fuera gobernadora de la isla les haría una nueva ley, una reforma a las mujeres. Y les pagaría un precio justo al nopal, estable. Mi hija desde los 8 años pela nopal, es una cadena interminable de esclavitud, yo quisiera que se acabara esta esclavitud porque si no pelamos, no comemos”.

Quién sabe cuántas generaciones más pasarán pelando nopal. O cuántos hijos más se perderán en el camino al norte. Mayra intenta darle secundaria a su hija Miriam, algo que ella no tuvo. Y logró también decir en voz alta a manera de reclamo: “Parimos esclavos”.

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Cómo una joven encontró a su familia 26 años después gracias a una foto en WhatsApp

Una niña que quedó huérfana en el genocidio de 1994 en Ruanda ha encontrado a sus familiares gracias a las redes sociales. Esta es su historia.
24 de septiembre, 2020
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Grace Umutoni de niña, a la izquierda, y en una imagen actual.

Grace Umutoni
“¿Me conocen?” Grace Umutoni publicó fotos de cuando era niña en las redes.

Para Grace Umtoni lo ocurrido ha sido “un milagro” obra de las redes sociales.

Umtoni quedó huérfana cuando solo tenía dos años. En 1994 sus padres fueron víctimas del genocidio que se cobró miles de vidas en Ruanda. Años después, ha podido encontrarse con algunos familiares.

La mujer, que no conocía su verdadero nombre, publicó fotos suyas de niña en grupos de WhatsApp, Facebook y Twitter el pasado abril con la esperanza de que miembros de su familia la reconocieran y pudiera reunirse con ellos.

Sus intentos anteriores, a través de cauces más formales, no habían dado resultado.

Todo lo que esta enfermera de 28 años sabía de su historia es que la habían llevado a un orfanato en Kigali, la capital ruandesa, después de encontrarla en el barrio de Nyamirambo. También fue acogido allí su hermano, de 4 años, que murió después.

En Ruanda hay miles de niños como ella, que perdieron a sus padres entre las 800,000 víctimas que se estima dejó la matanza sistemática de miembros de la etnia tutsi y hutus moderados en cien días de genocidio.

Muchos siguen buscando a su familia.

Después de que publicara sus fotos, aparecieron algunas personas que dijeron ser parientes suyos, pero pasaron meses hasta que apareció alguien que de veras parecía serlo.

Antoine Rugagi había visto las fotos en WhatsApp y se puso en contacto con ella para decirle que se parecía mucho a su hermana, Liliose Kamukama, muerta en el genocidio.

“El milagro por el que había estado rezando”

“Cuando lo vi, yo también noté que nos parecíamos”, le dijo Umtoni a la BBC.

“Pero solos las pruebas de ADN podían confirmar si éramos parientes, así que nos hicimos unas en Kigali en julio”.

Umutoni viajó desde el distrito de Gakenke, donde vive, mientras que Rugagi llegó desde Gisenyi, en el oeste, para que pudieran recoger los resultados juntos.

Grace Umutoni y su tío Antoine Rugagi .

Grace Umutoni
Grace Umutoni y Antoine Rugagi viajaron a Kigali para recoger los resultados de su prueba de ADN.

Resultó ser un gran día para ambos, ya que las pruebas revelaron un 82% de posibilidades de que ambos fueran famlia.

“Estaba impactada. No pude contener mis ganas de expresar mi felicidad. Todavía hoy pienso que estoy en un sueño. Fue el milagro por el que siempre había rezado”, cuenta Umtoni.

Su recién hallado tío le contó que el nombre que le pusieron sus padres tutsis era Yvette Mumporeze.

También le presentó a varios parientes de la rama paterna de la familia, como su tía Marie Josée Tanner Bucura, que lleva meses atrapada en Suiza a causa de la pandemia.

Grace Umutoni y su madre.

Grace Umutoni
Grace Umutoni y su madre, Liliose Kamukama, en una imagen de un álbum familiar.

Ella estaba convencida de que Grace Umtoni era su sobrina antes incluso de conocer el resultado de las pruebas genéticas por el parecido de la mujer de la foto de WhatsApp con el de la niña de los álbumes de la familia.

“Era claramente la hija de mi hermano Aprice Jean Marie Vianney y su esposa, Liliose Kamukama. A los dos los mataron en el genocidio”.

‘Pensamos que ninguno había sobrevivido’

La señora Bucura le contó también el nombre completo de su hermano, que llegó con ella al orfanato, Yves Mucyo, y que había tenido otro hermano, Fabrice, de un año.

El genocidio comenzó horas después de que el avión que transportaba a los presidentes de Ruanda y Burundi, ambos de la etnia hutu, fuera derribado en la noche del 6 de abril de 1994.

Milicias hutus recibieron la instrucción de dar caza a los miembros de la minoría tutsi. El suburbio de Nyamirambo, en Kigali, fue uno de los primeros en ser atacado.

Muchas de personas murieron a machetazos en sus casas o en barricadas levantadas para impedir el paso de quienes trataban de escapar. Algunos lograron ponerse a salvo en iglesias y mezquitas.

La señora Bucura dijo que alguien cómo una mujer agarraba del brazo al pequeño Yves y se lo llevaba corriendo de allí, pero no consiguieron más información. De su hermana no se supo nada.

El genocidio terminó meses después, cuando los rebeldes tutsis del Frente Patriótico Ruandés, liderado por el hoy presidente Paul Kagame, se alzó con el poder.

Cráneos en el Memorial del Genocidio en Kigali.

Reuters
Muchos murieron por golpes de machete, como se aprecia en los cráneos conservados en el Memorial del Genocidio en Kigali.

“Pensamos que ninguno había sobrevivido. Incluso los recordábamos cuando cada abril llegaba el aniversario del genocidio”, explica Bucura.

Umtoni no había podido averiguar sobre su familia y lo único que le contaron es que Yves murió al llegar al orfanato como resultado de las heridas que sufrió por las balas de las milicias hutus de las que huía.

Cuando tenía cuatro años, la niña fue adoptada por una familia tutsi del sur de Ruanda que le dio el nombre de Grace Umtoni.

“Los responsables de mi escuela me ayudaron y volví al orfanato en Kigali para preguntar si había algún rastro de mi pasado, pero no había nada”, dice.

“He vivido siempre en la pena de ser alguien sin raíces, pero seguí rezando por un milagro”.

“Por bien que me tratara la familia adoptiva, no podía dejar de pensar en mi familia biológica, pero tenía muy poca información para siquiera empezar a buscar”.

Ahora tiene curiosidad por saber más de sus padres. Han planeado una gran reunión familiar con parientes que llegaran de diferentes lugares del país y del extranjero, aunque el coronavirus ha obligado a aplazarla.

Entretanto, le han presentado a algunos de sos familiares a través de WhatsApp y ha descubierto que tiene un hermano mayor en Kigali, fruto de una relación anterior de su padre.

“Estamos agradecidos con su familia adoptiva”

Desde 1995, casi 20.000 personas se han vuelto a reunir con sus familias gracias al Comité Internacional de la Cruz Roja.

Su portavoz para Ruanda, Rachel Uwase, asegura que aún siguen recibiendo peticiones de ayuda de gente a la que el genocidio separó de su familia.

En lo que va de 2020, son 99 las personas que se han reencontrado con sus familiares.

Para la señora Bucura, descubrir que su sobrina había sobrevivido es algo que agradece.

“Estamos agradecidos con la familia que la adoptó, le dio un nombre y la crió”.

La joven mantendrá el nombre que le dio su familia adoptiva ya que es el que la ha acompañado la mayor parte de su vida.

Pero le tendrá siempre gratitud a las redes sociales por haberla ayudado a encontrar un sentido de pertenencia.

“Ahora hablo frecuentemente con mi nueva familia”, cuenta.

“He pasado toda mi vida con la sensación de que no tenía raíces, pero ahora me parece una bendición tener tanto a mi familia adoptiva como a la biológica, ambas pendientes de mí”.


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https://www.youtube.com/watch?v=QkzsUZOK6-0

https://www.youtube.com/watch?v=KmgRXXNvokE

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