Ayotzinapa: rostros de la esperanza
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Ayotzinapa: rostros de la esperanza

"Sabes qué hijo, donde quiera que estés, donde quiera que te encuentres, yo te voy a ir a buscar". Esa es la voz de los familiares de los 43 normalistas, tras el anuncio de la Procuraduria.
Por Paris Martínez
8 de noviembre, 2014
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Padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa, en una conferencia de prensa ofrecida el viernes por la tarde. // Foto: Cuartoscuro.

Padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa, en una conferencia de prensa ofrecida el viernes por la tarde. // Foto: Cuartoscuro.

En medio de la cancha central de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa aguarda la mamá de Emiliano Alen Gaspar de la Cruz, uno de los 43 estudiantes de este plantel desaparecidos por la Policía Municipal de Iguala, Guerrero, el pasado 26 de septiembre.

Es una mujer bajita, con el cabello encanecido y el cuerpo encorvado por los años, el agotamiento y la tristeza, y a pesar de todo ello está ahí, conteniendo las lágrimas, sí, pero de pie, aún después de haber escuchado a las autoridades federales decir que su hijo, y el resto de los normalistas desaparecidos, están muertos.

“No puedo hablar”, musita, con humildad. Y no es que no quiera hablar, decir su sentimiento, sino que tan pronto como lo intenta, su voz se quiebra y sus ojos, angustiados, se inundan.

“Imagínese nuestra rabia, nuestra impotencia –dice entonces una de sus sobrinas, prima de Alen, parada a su lado–… si ellos fueran hijos de empresarios, hijos de personas dizque importantes, usted cree que no los buscarían por mar y tierra, ¿verdad que sí? Pero como los muchachos son hijos de campesinos, el gobierno no les da la importancia necesaria. Entonces sentimos rabia, sentimos coraje y, sobre todo, sentimos mucho dolor, pero todavía tenemos la esperanza firme de que ellos están vivos. Nosotros muy bien lo sabemos, el presidente dio esa versión porque él quiere irse al extranjero. A él le importa su comercio, le importa su inversión, pero no le importa su pueblo. Peña Nieto no nos va a venir a engañar: ellos están vivos y los vamos a encontrar.”

Y la esperanza, aclara, no es un reflejo de necedad, de rechazo irracional a las explicaciones oficiales. La esperanza es otra cosa, absolutamente racional, aunque difícil de explicar con palabras. ¿Cómo amarlos tanto y aceptar su muerte así, sin más, sin contar con pruebas irrefutables, casi como un acto de fe ciega hacia el mismo gobierno que se llevó a sus hijos?

Eso no es posible. Aceptarlo en esos términos es equivalente a traicionarlos.

“Nosotras sabemos que Alen algún día va a llegar aquí a la Normal y va a seguir estudiando y va a cumplir su deseo de ser maestro… van a ver que sí… porque él es un chico que siempre tuvo la inquietud de ser maestro. Tanto así que, hace un año, en 2013, intentó por primera vez ingresar a esta escuela, pero no se quedó. Y, nuevamente, este año volvió a hacer examen el muchacho, porque ésa era su convicción, el ser maestro y sacar adelante a sus padres. Tanto quería estudiar en Ayotzinapa que, aunque también fue aceptado en la Normal de Tenería (Estado de México) y en la Universidad Autónoma de Guerrero, él prefirió hacer su carrera aquí… y su mamá le dijo: ‘Hijo, por qué no te vas a México, hay más oportunidades allá que aquí en Guerrero’, pero él le respondió: ‘No mamá, yo me voy a quedar en Ayotzinapa, porque así, al salir de clases, me va a dar tiempo de ir a ayudarle a mi papá en la milpa…'”

Pero el tiempo de la cosecha no esperó a Alen y este viernes, de hecho, su papá no está aquí, parado junto a su mamá, porque “se tuvo que ir a Omeapa a juntar la milpa –cuenta su sobrina, una joven a la que de tanto en tanto la voz también se le quiebra–. Él iba a recoger la milpa solito, pero varios compañeros de Alen, de aquí de la Normal, se conmovieron y decidieron hacer el trabajo que le tocaba a Alen en la milpa y que, desgraciadamente, por este maldito gobierno, no lo puede hacer… pero Alen va a volver… van a ver que sí…”

***

Emiliano es un hombre de ideas claras que plantea con firmeza, de corta estatura y delgado, aunque de gran fuerza física, que muestra involuntariamente cada vez que aprieta los puños para que el llanto no interrumpa sus argumentos. Él es papá de José Ángel Navarrete González, normalista de 18 años, otro de los jóvenes desaparecidos el 26 de septiembre por la policía de Iguala.

“Estoy triste, pero debo agarrar fuerzas del coraje, porque a mí me indigna esto que le hicieron a los muchachos… es algo que me llena de coraje –dice Emiliano, albañil de profesión, y al decirlo se lleva la mano al corazón y estruja su camisa–… quiero llegar hasta las últimas consecuencias, que se esclarezca la verdad, porque no estamos exigiendo algo que no nos merecemos, y la sociedad, gracias a dios, nos ha dado fortaleza.”

Emiliano fue parte del primer grupo de padres que, un día después del ataque policiaco en Iguala, salió en busca de los 43 normalistas raptados, y acompañó también a los agentes federales que, “15 días después”, llegaron a Guerrero para emprender la búsqueda de manera oficial.

“Y seguimos adelante. La esperanza de nosotros es que nos los regresen con vida, porque vivos se los llevaron, pues… Y ahorita definitivamente no creemos en lo que dice el gobierno (que los normalistas fueron asesinados). Haga lo que haga para engañarnos, para enredarnos, siento que no lo va a lograr. Está perdiendo el tiempo, mejor debería andar buscando, para que nos entregue a nuestros hijos, a fin de cuentas, ellos mismos se los llevaron.”

Este sábado se cumplieron 43 días desde que los jóvenes fueron detenidos y desaparecidos –en un ataque en el que, además, fueron asesinados otros tres normalistas, así como tres transeúntes–, 43 días en los que Emiliano ha dormido en la Escuela Normal de Ayotzinapa, marchado junto a los compañeros de su hijo José Ángel, ido y venido de Iguala, de Cocula, de la Ciudad de México, y 43 días en los que de su vida ha sido eliminado absolutamente todo, excepto una cosa: el amor a su hijo.

“Este tiempo ha representado algo muy fuerte, porque nunca habíamos pasado por una situación así… hemos dejado la casa, dejado trabajo, muchas cosas que dejamos por estar aquí por nuestros hijos, porque los queremos. Nosotros somos de bajos recursos, pero queremos a nuestra sangre, a nuestros hijos. Están primero ellos antes que cualquier cosa material. Porque quizás en el gobierno estén acostumbrados a matarse entre ellos y no les duela, ¿verdad? Pero nosotros somos pobres y queremos a nuestra familia, y más cuando les ocasionan un daño, como el que le hicieron, cobardemente, a nuestros hijos, porque eso fue cobardemente lo que hicieron: dispararle a unos jovencitos indefensos… Yo soy una persona que trabaja albañilería, por eso quería que mi hijo se superara, que aprendiera, que pudiera valerse por él mismo, que no pasara la misma vida que yo le estaba dando… Mi hijo es un muchachito muy alegre, le gusta jugar futbol, siempre practica su deporte, y al ingresar aquí, a la Normal, yo siempre le dije que estudiara mucho, para que un día llevara educación a los pueblitos muy remotos del estado de Guerrero, o de cualquier parte, porque realmente hace falta mucha educación, hay lugares muy marginados en los que no sé por qué el gobierno no pone los ojos y no ayuda a las personas… Y, entonces, yo creo que en una Normal se da un cambio en el ser humano, yo lo vi con mi hijo, y recuerdo que una vez que fue a visitarnos le dije: ‘hijo, me gusta como estás cambiando, aquí en la Normal veo que ya te enderezaste rápido, vas progresando”.

Emiliano se detiene un instante, para tragar saliva y rabia, mientras su puño se aprieta tanto que los músculos del brazo parecen a punto de estallar. Luego continúa:

“Un día antes (del ataque en Iguala), él estaba en la casa de visita y, no sé por qué, me dieron ganas de darle un abrazo y le dije ‘sabes qué hijo, donde quiera que estés, donde quiera que te encuentres, yo te voy a ir a buscar’… esa fue la última vez que lo vi, eso le dije, es la verdad… ¡Y lo he buscado! ¡Lo he buscado desde el primer día! ¡En cuevas, en montes, en iglesias, en haciendas, en todo tipo de lugares los hemos ido a buscar!… Pero sin resultados, desgraciadamente.”

La esperanza, sin embargo, sigue a su lado, “y aquí vamos a seguir”, advierte Emiliano.

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Quién vigila la radiación del 5G (y cuáles son sus verdaderos riesgos)

Esta nueva tecnología regresa el eterno debate sobre los efectos sobre la salud de las radiaciones electromagnéticas. Estos, sin embargo, son descartados por todas las agencias internacionales.
27 de octubre, 2020
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Seúl

Getty Images
Corea del Sur ya tiene una red 5G en todo el país.

Decenas de antenas, dispositivos bluetooth y cientos de teléfonos móviles nos rodean e irradian cada día. Por no hablar de la telefonía 5G que, al parecer, acabará con la vida en la Tierra. ¡Tanta radiación no puede ser buena!

¿Quién controla los niveles de exposición y los posibles efectos sobre la salud?

Percepción del riesgo

Los campos electromagnéticos están presentes en la naturaleza desde antes de la aparición del ser humano. La luz solar, los rayos cósmicos, las tormentas y la radiación natural terrestre son fuentes de exposición a estos campos.

A mediados de los años 90, se comenzaron a desplegar las redes de antenas de telefonía móvil. Aunque se hacían con estándares técnicos internacionales, que ya tenían en cuenta la protección de la población, no se ofreció la suficiente información al respecto.

A pesar de una reacción rápida por parte de organismos, operadoras y expertos, la percepción de riesgo se instaló entre los ciudadanos. También caló en instituciones, administraciones locales y asociaciones.

Así, se produjo una situación paradigmática. Por un lado, el rechazo a las antenas era un fenómeno global. Por el otro, crecía la demanda universal del servicio.

Ilustracion 5G

Getty Images
La red 5G es mucho más que la mejora de la red 4G.

La OMS parece tenerlo claro

Tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la Unión Europea fueron conscientes a principios de los 2000 de esa carencia y de la necesidad de dar respuesta a una inquietud y percepción social del riesgo asociado a la telefonía móvil.

Aunque esta percepción e inquietud estaban sobredimensionadas.

A pesar de los esfuerzos realizados para informar y tranquilizar a la población, la OMS reconoció en 2006 que “algunas personas consideran probable que la exposición a campos electromagnéticos de radiofrecuencia entrañe riesgos y que éstos puedan ser incluso graves”.

En la revisión de 2014, la OMS aseguraba que “hasta la fecha no se ha confirmado que el uso del teléfono móvil tenga efectos perjudiciales para la salud”.

En otro documento publicado a comienzos de este 2020 sobre el 5G, insiste en que en las últimas décadas no hay estudios científicos que demuestren una relación causal que pueda hacer temer efectos sobre la salud.

“El calentamiento de tejidos es el principal mecanismo de interacción entre los campos electromagnéticos de radiofrecuencia y el cuerpo humano”.

Ese posible efecto, a los niveles habituales de exposición, es insignificante. Por eso es importante que los niveles se mantengan por debajo de los límites establecidos por agencias internacionales independientes.

Mujer con una tablet.

Getty Images
La OMS ha dicho que no hay estudios científicos que demuestren una relación causal del 5G que pueda hacer temer efectos sobre la salud.

Quién y cómo se establecen los límites de exposición

En 1992 se estableció en Alemania la Comisión Internacional de Protección frente a Radiaciones No Ionizantes (ICNIRP). Esta organización científica, independiente y sin ánimo de lucro, revisa periódicamente y de forma sistemática las evidencias científicas para determinar los niveles a los cuales se producen efectos biológicos.

No solo de los campos electromagnéticos de radiofrecuencia, sino también de otras radiaciones electromagnéticas como la luz visible, los infrarrojos y los ultravioletas que, por encima de ciertos niveles, también pueden resultar muy peligrosos.

Por eso se fijan niveles de seguridad y, por eso mismo, no debemos preocuparnos de la radiación que emite el mando a distancia de nuestra tele. Tampoco del router wifi de nuestra casa o de nuestro teléfono inalámbrico.

El proceso de revisión es abierto y su publicación se realiza en una revista científica tras un proceso de revisión por pares.

Así, una vez se establecen los niveles a los cuales se observan efectos para cada frecuencia, se aplica un factor de precaución o seguridad de 50.

Estos valores son aceptados por la mayor parte de los países occidentales desde hace décadas y se adoptan en las correspondientes legislaciones.

Además, existen otras agencias u organismos que realizan una revisión similar. Por ejemplo el Institute of Electrical and Electronics Engineers (IEEE) y la Food and Drug Administration de Estados Unidos.

Estos tres organismos, en los últimos meses y coincidiendo con el despliegue de la 5G, han revisado y publicado sus guías de límites seguros de exposición humana.

La mano negra de la industria

Que la industria está detrás de todas estas regulaciones e instituciones es un argumento reiterado por los movimientos antiantenas -ahora anti-5G- que parecen acoger toda clase de creencias conspiranoicas con respecto, también, a las mascarillas, las vacunas y la COVID-19.

En realidad han sido la industria y los profesionales del sector los más interesados en garantizar que las radiaciones emitidas por las antenas fueran seguras y que los niveles de potencia estuviesen dentro de los límites permitidos.

Transmisión de eventos deportivos en dos pantallas.

Getty Images
Con la conexión 5G se podrán conectar muchos dispositivos al mismo tiempo.

El Colegio Oficial de Ingenieros de Telecomunicación (COIT), como entidad de derecho público al servicio de la sociedad, fue la primera organización que ya en 2001 elaboró un informe sobre las radiofrecuencias de telefonía móvil.

Con ello se pretendía informar a la ciudadanía y mitigar la inquietud que ya surgía ante el desconocimiento de esta tecnología y la normativa que la regula.

La labor de difusión se centró en ayuntamientos y asociaciones ciudadanas, aunque se ha seguido trabajando durante todos estos años con todo tipo de administraciones e instituciones.

En 2006, se creó el Comité Científico Asesor de Radiofrecuencias y Salud (CCARS), comité independiente compuesto por profesionales de gran prestigio -en campos como la medicina, física, química, biología, ingeniería de telecomunicación y derecho-, que, desde entonces, ha elaborado cinco informes trienales de referencia.

En ellos recogen las evidencias científicas existentes sobre el impacto de los campos electromagnéticos en la salud.

Además, ha publicado numerosos documentos sobre tecnologías concretas -el último sobre 5G-, con el ánimo de informar verazmente a la sociedad, manteniendo siempre el conocimiento científico riguroso como referencia.

Sus informes han tratado siempre de arrojar luz y evitar cualquier tergiversación que de forma interesada se intentara hacer sobre el efecto de estas tecnologías sobre la salud.

Incluidas comparaciones sin fundamento con sustancias, como el tabaco o el alcohol, que la ciencia sí ha demostrado como perniciosas incluso en pequeñas cantidades.

5G

Getty Images
Los verdaderos riesgos de estas tecnologías son los asociados a la dependencia, problemas musculares, malas posturas y al condicionamiento de nuestras relaciones personales y hábitos saludables.

Los verdaderos riesgos para la salud

Decir que los campos electromagnéticos de radiofrecuencia son inocuos es falso si no se acompaña de la frase “a los niveles habituales de exposición”.

Dichos niveles están decenas o centenas de miles de veces por debajo de los de seguridad marcados por ICNIRP.

Es lo que han demostrado numerosos estudios y revisiones sistemáticas de exposición personal en condiciones reales.

Pero hay efectos constatados derivados del uso de dispositivos y que no son consecuencia de las radiaciones que emiten.

Así, se ha demostrado que su uso puede provocar dependencia, problemas musculares, malas posturas y que condicionan nuestras relaciones personales y hábitos saludables.

Dichos efectos, sin embargo, no son denunciados por los movimientos en contra de estas tecnologías.

Ilustración 5G

Getty Images
Hay una proliferación de un cierto “negocio del miedo” vinculado a las nuevas tecnologías.

Negar la evidencia, ¿con qué fin?

Quizá piense que existe cierta controversia científica en este tema.

Habrá oído que “numerosos científicos alertan de los efectos” en cuestionables llamamientos internacionales, algún pseudoinforme como el Bioinitiative o declaración política ajena a la Unión Europea, como la declaración 1815 del Consejo de Europa.

Todos tienen en común su falta de rigor, el establecimiento de límites de forma arbitraria o la extrapolación inadecuada de estudios en animales o de laboratorio sin tener en cuenta las condiciones reales.

En 30 años, no se ha publicado una revisión sistemática o metaanálisis -los estudios con mayor fortaleza en ciencia- que demuestre sus alarmantes augurios y peligros para la salud (efectos sobre el sueño, la concentración, fisiológicos, hipersensibilidad o, incluso, cáncer).

En cambio, sí es constatable la relación de sus promotores con la proliferación de un cierto “negocio del miedo” a partir de datos tergiversados, erróneos y en ningún caso avalados por la evidencia científica.

Y ese negocio que se basa en esos datos afecta tanto a ámbitos como el médico-sanitario, con diagnósticos o prescripciones no fundamentados en el conocimiento médico; el legal, con denuncias insostenibles basadas en opiniones de supuestos expertos, medios de información carentes de credibilidad (webs pseudocientíficas) o, incluso, empresas que ofrecen aparatos y dispositivos de protección completamente innecesarios.

Todo un negocio basado en el miedo y el desconocimiento que sigue alimentando esa falsa percepción de que vivimos radiados al límite.

*Alberto Nájera López es doctor en radiología y medicina física y profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha y Juan Carlos López es ingeniero de telecomunicaciones y catedrático de la Universidad de Castilla-La Mancha.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer la versión original aquí.


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