close
Suscríbete a nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
close
¿Por qué los politécnicos piden más presupuesto?
A pesar del reconocimiento a las investigaciones que ahí se realizan, los estudiantes y académicos del Poli trabajan con material improvisado o que ellos mismos compran.
Por Nayeli Roldán (@nayaroldan)
17 de noviembre, 2014
Comparte

Las investigaciones que realizan en planteles como la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del IPN han llegado al Journal Citation Reports, que evalúa y reporta el impacto de los hallazgos científicos publicados en las revistas más importantes en el mundo, pero a diferencia de los investigadores de otros países, los politécnicos trabajan en laboratorios donde a falta de equipamiento, ocupan material reciclado como cajas de cartón, frascos, latas y garrafones o compran sus propios insumos para realizar los experimentos.

Sin embargo, el Poli recibe el segundo mejor presupuesto a una institución educativa, según los datos del Presupuesto de Egresos de la Federación, pues en 2012 le fueron asignados 10 mil 271 millones de pesos; para 2013 aumentó a 11 mil 97 millones de pesos; en 2014 está ejerciendo 12 mil millones 551 mil pesos.

En un recorrido realizado por Animal Político en una de las escuelas que realiza investigaciones, imparte 10 maestrías y doctorados y tiene uno de los cuatro Laboratorio Tercero de instituciones públicas autorizados por la Secretaría de Salud para avalar fármacos, agua y cosméticos, las carencias de infraestructura e instrumentos de laboratorio son evidentes.

En varias ocasiones durante el paro de labores iniciado hace siete semanas, los estudiantes han solicitado auditorías a las administraciones de las escuelas porque no se explican dónde están los millones de pesos entregados por la Federación y a qué se destinan los recursos autogenerados, pues a los laboratorios no llegan.

Así hacen ciencia en el Poli

En el laboratorio de química orgánica de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas realizan síntesis de compuestos con actividad biológica y nuevas moléculas activas en mesas destartaladas, con frascos de reciclaje y comprando sus propios insumos.

En este espacio de menos de 15 metros cuadrados trabajan un promedio de 6 estudiantes de licenciatura, maestría, doctorado e investigadores, utilizando por turnos instrumentos indispensables para los experimentos como el rotavapor –evaporador de disolventes–.

Aquí debería haber al menos tres (rotavapor) y solo hay uno, eso limita la investigación. Si necesitas avanzar rápido, requieres las herramientas para hacerlo (…) también ponemos dinero de nuestro bolsillo para el laboratorio, pues a veces un reactivo solicitado puede tardar meses en llegar a la escuela”, comenta un investigador que prefiere omitir su nombre.

Las campanas de los laboratorios que debieran absorber los gases generados en los experimentos no funcionan y en cambio son utilizadas como estantes. La bomba que genera vacío está oxidada y el lavabo desgastado; no hay espacio suficiente para los reactivos y tubos de ensayo. Para acomodar pequeños cilindros con muestras químicas utilizan cartón de huevo porque no tienen rejillas.

Aquí improvisamos, de que el trabajo sale, sale, pero de acuerdo a lo que se hace aquí deberíamos tener más recursos. ¿Dónde queda ese dinero o de qué forma lo manejan?”, cuestiona el investigador de doctorado.

La doctora Yadira Rivera, del área de bioquímica e integrante del Sistema Nacional de Investigadores, encabezó desde 2007 una investigación sobre el agua miel cuyos lactobacilos disminuyen el colesterol y previenen el daño hepático. Actualmente está en trámite la patente, pero para llegar hasta ese punto requirió de ingresos adicionales a los 70 mil pesos que recibe anualmente, pues tan solo un reactivo puede costar hasta 45 mil pesos.

“Los investigadores concursamos para obtener recursos en el Conacyt, o el Instituto de Ciencia y Tecnología del Distrito Federal y aunque los obtengamos, cuando llega al politécnico la burocracia retrasa la entrega de los recursos y las investigaciones no se detienen por lo que tenemos que salir a buscar colaboraciones en otras instituciones”.

En su laboratorio, con techo de lámina de asbesto y un hueco en la esquina superior izquierda, advierte que la competencia es desigual con otros centros de investigación, “no tenemos las mismas condiciones”, dice en entrevista.

En el área de microbiología, requieren una cámara de anaerobiosis para realizar los cultivos en condiciones de microaerofilia –bajos niveles de oxígeno–, pero en cambio, usan frascos reciclados.

También necesitan frigoríficos especiales para mantener los cultivos a baja temperatura, pero a falta de ellos, los investigadores optan por comprar con sus propios recursos, refrigeradores comunes. Tan solo de los 25 que se encuentran en uno de los pasillos de edificio, solo cinco son profesionales y para almacenar muestras utilizan vasos jaiboleros en lugar de vasos de precipitados.

En las plantas piloto para los estudiantes de ingeniería bioquímica se hacen prácticas sobre la producción de alimentos a nivel industrial con pasteurizadores e intercambiadores de calor, pero “la mayoría son como muestra de museo porque no sirven”, dice una de las estudiantes del área.

En el área de lacteos, solo sirven tres máquinas, aunque por cada equipo trabajan seis o siete personas, “en las prácticas terminas solo limpiando o llevando una lata porque las procesadoras son insuficientes”.

Bajo estas condiciones estudian la especialidad en ​​​​​​Hematopatología; las maestrías y doctorados en Alimentos, Biociencias, Biomedicina y Biotecnología Molecular, Ciencias Quimicobiológicas, Inmunología

Las carencias no solo están en los laboratorios, sino también en la infraestructura. La Escuela Nacional de Ciencias Biológicas tiene 80 años y sus edificios lo confirman. En la entrada principal está una estructura metálica que intentó reforzar la estructura del edificio luego del sismo de 1985; sin embargo, al interior se notan las separaciones de columnas que son tapadas con láminas en el suelo o paredes.

En los salones hay grietas provocadas por los temblores, los plafones están desgastados, las tuberías están oxidadas, lo mismo que los pocos aires acondicionados que aún funciona y uno de los muros que se vino abajo en uno de los temblores fue reemplazado por tablas.

Aún con las adversidades económicas, sus estudiantes e investigadores hicieron de la escuela una precursora mundial en el campo de la ingeniería bioquímica, pues ahí surgieron los primeros grupos de investigación en alimentos, biotecnología, inmunoquímica del DNA, microbiología, y de la biología aplicada al estudio del impacto ambiental. Además, 13 de sus egresados han recibido el Premio Nacional de Ciencias y Artes.

Debido a las deficiencias estructurales, desde 2006 comenzó el proyecto para trasladar a la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas ubicada en la unidad profesional “Lázaro Cárdenas”, hacia la unidad “Adolfo López Mateos” en nuevas instalaciones. En 2009, el exdirector Enrique Villa entregó un complejo de edificios de las áreas de Fisiología, Farmacia y Morfología de la nueva Escuela Nacional de Ciencias Biológicas, cuya inversión ascendió a más 250 millones de pesos en obra, mobiliario y equipamiento.

Sin embargo, en los cinco años de la administración de Yoloxóchitl Bustamante –quien renunció el 3 de octubre, una semana después del paro de labores en el IPN– no concretó el traslado de la ENCB, escuela de donde, incluso, es egresada.

Presupuesto, punto número ocho del pliego petitorio

Las carencias en las escuelas del politécnico fueron mostradas en fotografías a través de una proyección durante la cuarta mesa de diálogo politécnica –como si fuera una exposición en clase– el viernes 14 de noviembre. Frente a los funcionarios de la SEP, Gobernación y Hacienda y a través de la transmisión en vivo de canal 11, los jóvenes evidenciaron las paupérrimas condiciones en las que logran hacer ciencia. Pretendían sensibilizar a los representantes gubernamentales sobre las necesidades de una institución educativa y convencerlos de asignar ocho por ciento del PIB a educación, porque en días previos, habían agotado varias horas de discusión en este punto.

El representante de Hacienda, José Ángel Mejía, les informó que la inversión federal en educación superior y posgrado aumentó 40% en los últimos dos años y reconocía que era insuficiente para subsanar las necesidades en educación, pero advertía poco margen de acción para distribuir los recursos en todos los sectores debido a las variables económicas y a las proyecciones de ingresos anuales. Además, aunque la dependencia lo prepusiera, los diputados son quienes aprueban el presupuesto y el proceso legislativo estaba por concluir.

Sin embargo, Abraham de la Cruz, estudiante de Economía explicó que parte del problema está en la asignación de los recursos, pues más de 90% del presupuesto se destina a gasto corriente, es decir, al pago de salarios y una mínima parte a becas e infraestructura.

Por ello propuso una ampliación presupuestal de 92 millones 777 mil 763 pesos, destinados a becas, con lo que se podría pasar de 20% a 50% de población estudiantil beneficiada; toda vez que de los 176 mil 500 alumnos, solo 35 mil 300 reciben una beca de 830 pesos al mes.

Hasta el momento, el pre acuerdo alcanzado en la mesa redactora –encargada de unificar las propuestas de ambas partes en cada una de las demandas estudiantiles– incluye el compromiso de que la nueva administración del IPN realice una auditoría externa anual para transparentar la asignación de recursos.

¡Gracias por leer! Ayúdanos a seguir con nuestro trabajo. ¿Cómo? Ahora puedes suscribirte a Animal Político en Facebook. Con tu donativo mensual recibirás contenido especial. Entérate cómo suscribirte aquí. Consulta nuestra lista de preguntas frecuentes aquí.
Comparte