Así funciona el boyante negocio de los cazatesoros submarinos
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Así funciona el boyante negocio de los cazatesoros submarinos

Los avances permiten ahora explorar a unas profundidades impensables hace solo 10 años. Se cree que hay más de tres millones de barcos hundidos y las empresas buscatesoros se frotan las manos.
6 de diciembre, 2014
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Monedas de oro encontradas por el Odyssey Explorer. //Foto: BBC

Monedas de oro encontradas por el Oddysey Explorer. //Foto: BBC-Shipwreck.net

En las profundidades, posados en la oscuridad de los lechos marinos, se esconden los restos de unos tres millones de barcos hundidos.

Y eso es solo una estimación conservadora de la Unesco, la Organización de Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y Cultura.

Los barcos naufragados han fascinado a generaciones de artistas, escritores, antropólogos y científicos.

Muchos de ellos son el lugar de descanso final de tripulantes y pasajeros. Algunos tienen cientos de años de antigüedad, y se han preservado al margen del paso del tiempo en la superficie.

Todos guardan tesoros que se hundieron con ellos, ya sea en la forma de un legado cultural difícil de evaluar o en dinero contante y sonante.

Los excavadores que encontraron el barco Mary Rose, de la época Tudor, que se hundió en la costa inglesa en 1545, encontraron 500 pares de zapatos entre los 19.000 artefactos que se recuperaron del lugar de hundimiento.

El SS Garirsoppa, por otro lado, un barco de vapor hundido por un submarino alemán en la costa irlandesa en 1941, contenía 110 toneladas de plata.

En 2010, una empresa con sede en EE.UU., Odyssey Marine Exploration, ganó un contrato público para recuperar la plata, 4.500 metros bajo el mar, un kilómetro de profundidad más que el Titanic.

 

Aguja en un pajar

A esas profundidades solo puede llegarse con la ayuda de máquinas (Lo más profundo que ha llegado un submarinista es 332 metros, según el Libro Guinness de los Récords) y llegar ahí supone, por decirlo de manera suave, un reto técnico.

“Hace diez años no podrías haberlo hecho”, le dijo a la BBC Andrew Craig, director de proyectos de Odyssey Marine. “Habría costado tanto”.

Un vehículo operado a distancia (ROV por sus siglas inglesas), Zeus, tardó solo tres horas y media en llegar a los restos del barco de Odyssey, el Explorer.

Con cualquier tipo de exploración submarina, la posición es crucial. La proverbial aguja en un pajar es mucho más díficil de encontrar cuando está sumergida, rodeada por la vida submarina y no puedes usar tus dedos para palparla.

“Quieres saber donde están las cosas a una distancia de 10 o 15 centímetros y necesitas tener la capacidad de volver al mismo sitio una y otra vez”, dice Craig.

El Explorer cuenta a bordo con escáners y magnetómetros (un tipo de detector de metales a profundidad que es también usado por los militares para buscar submarinos), y Zeus ha sido equipado con un Sistema de Navegación por Inercia.

Este sistema captura un rango de datos de sensores más numerosos, no solo para navegar sino para registrar en qué sitios ha estado. Costó más de US$157.000 y es solo uno de muchos sensores usados por el equipo para guiar al ROV.

Avances

Andrew Craig dice que aún espera que lleguen pronto una serie de avances técnicos que resultan sorprendentemente familiares.

El primero de ellos es una mejor comunicación inalámbrica. Los ROV aún necesitan enviar datos y recibir instrucciones por cable de fibra óptica y eso implica que deben estar conectados por cables al barco.

El segundo es verdaderamente universal, que las baterías duren más.

“La vez que estuvo más tiempo bajo el agua, el ROV pasó cinco días y medio en el lecho marino”, dice Craig. “Pero tuvimos que subirlo cuando se agotaba la batería”.

A estas dificultades se añade lo costoso que es la exploración de restos de naufragios.

Mantener un barco de exploración como el Explorer cuesta unos US$35.000 al día,

Ese tipo de naves necesita de 5 a 10 toneladas de combustible al día a un costo de US$1.000 por tonelada.

“Para hacer una exploración de modo apropiado, puedes necesitar estar a bordo de seis meses a un año”, dice Craig. “Rápidamente el costo llega a los millones de dólares”.

No es de sorprender que sea difícil encontrar financiamiento.

Odyssey Marine opera manteniendo y vendiendo sus descubrimientos. También retiene objetos de valor cultural y los ofrece para exhibición en museos.

La compañía mantiene el 80% del valor de la plata que halló en el SS Gairsoppa como parte del acuerdo al que llegó con las autoridades.

“Odyssey Marine Exploration es muy transparente sobre su modelo de negocio”, dice Sean Kingsley, fundador de Wreck Watch y un consultor de la empresa.

“Piezas culturales únicas son retenidas permanentemente para su exhibición en museos, mientras que otros objetos que puedes encontrar en cualquier museo se venden para cubrir los gastos de la expedición”.

“Se necesitan ingresos para costear estos avances científicos. Dejémoslo claro, la exploración de restos de naufragios es el área más costosa de la arqueología”, añade.

No todo el mundo está de acuerdo con la comercialización.

Cuando la Unesco redactó su Convención para la Protección del Patrimonio Cultural Submarino de 2001 prohibió específicamente lo que llamó “explotación comercial” y promovió la “preservación in situ” como su “opción preferida”, permitiendo la retirada de artefactos y de los restos de naufragios por motivos culturales, pero no financieros.

Los críticos de la convención señalan que los proyectos de excavación icónicos, como el del Mary Rose, habrían sido inconcebibles si se hubieran seguido unas reglas que solo han ratificado 44 de los 195 miembros de la Unesco.

En las playas

Por supuesto, no todos los restos de naufragios del mundo son tan poco accesibles.

No es tan extraño que submarinistas aficionados e incluso paseantes por la playa se topen con el botín de un naufragio.

En esos casos la ley varía de país a país. Unas veces el que hace el hallazgo puede quedarse con él, otras debe devolverlo a su propietario.

En ocasiones, los objetos hallados pueden encontrar un nuevo uso de vuelta en la superficie.

En 2010, el Instituto Nacional de Física Nuclear de Italia usó 120 lingote de plomo, encontrados en un barco hundido romano, para llevar a cabo una importante investigación sobre los neutrinos.

El plomo era de interés porque había perdido toda su radioactividad, pero la arqueóloga Donatella Salvi dijo a la revista Nature que entregar los lingotes fue “doloroso”.

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La historia detrás de la icónica imagen del hombre cayendo de una de las Torres Gemelas

El fotógrafo Richard Drew, de Associated Press, corrió al World Trade Center la mañana del 11 de septiembre de 2001 y registró la imagen histórica de un hombre saltando hacia su muerte. La identidad del hombre sigue siendo un misterio.
11 de septiembre, 2021
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Por motivos editoriales y por la sensibilidad de la imagen, BBC no muestra la fotografía del hombre que salta al vacío.


Muerte o muerte. En la mañana del 11 de septiembre de 2001, decenas de personas se enfentaron a esta falsa alternativa. Con fuego y humo dentro de los edificios del World Trade Center de Nueva York, las víctimas en los pisos superiores comenzaron a saltar, perdiendo la vida al caer hasta desde 417 metros de altura.

La escena de personas que saltan de los edificios atacados por dos aviones es uno de los aspectos más oscuros y sensibles de la tragedia, de la que se cumplen 20 años este sábado.

La imagen de una de estas personas, un hombre que cae casi en picado, boca abajo y su cuerpo paralelo a las líneas de las Torres Gemelas, se volvió icónica.

El día después de la tragedia, varios periódicos publicaron la foto tomada por Richard Drew, fotógrafo de Associated Press. Han pasado los años y la imagen es para muchos demasiado dolorosa de contemplar. Otros vieron en ella la terrible estética de ese salto a la muerte.

Esta es la historia de la icónica foto de “The Falling Man” (“El Hombre Que Cae”).

“Era un día cualquiera en Nueva York”, comienza Richard Drew, ahora de 74 años.

Fotógrafo desde los 19 años, el experimentado Drew, entonces de 54 años, acababa de cubrir el torneo de tenis del US Open en Queens, Nueva York. Ese martes 11 de septiembre cubriría la Semana de la Moda de Nueva York, más específicamente, el primer desfile de maternidad con modelos embarazadas reales. Drew vio el desfile en Bryant Park, justo en el centro de Manhattan, junto a un camarógrafo de la cadena de televisión CNN.

Humo saliendo de una de las torres

Getty Images

Mientras hablaban, el camarógrafo de CNN dijo: “Hubo una explosión en el World Trade Center. Un avión chocó contra el World Trade Center”.

Al instante sonó el teléfono celular de Drew. Era su editor, quien le ordenó que corriera a la escena. Drew agarró su cámara y corrió a Times Square. Desde allí, tomó el metro hacia las Torres Gemelas.

Cuando salió de las escaleras del metro, vio una imagen inolvidable: las dos torres en llamas. Comenzó a fotografiar a personas conmocionadas por el caos que las rodeaba, el FBI ya en las calles aislando el área.

“Entonces me di cuenta de que el humo soplaba de oeste a este y di la vuelta para evitarlo. Me quedé junto a las ambulancias, entre un socorrista y un policía”, dice a BBC Brasil.


El socorrista fue el primero en darse cuenta. Señalando hacia arriba, gritó: “¡Dios mío, la gente se está tirando del edificio!”, recuerda Drew.

El fotógrafo apuntó con su cámara. “Tomé tantas fotos como pude de personas que se caían del edificio”, dice.

“No sé si saltaron por elección o si se vieron obligados a saltar por el fuego o el humo. No sé por qué hicieron lo que hicieron. Sólo sé que tuve que grabarlo”, cuenta.

Humo saliendo de las Torres Gemelas tras los ataques del 11 de septiembre

Getty Images

El Servicio Forense de la Ciudad de Nueva York declaró más tarde que las personas que saltaban de los edificios no podían ser llamadas “suicidas” porque eran expulsadas del edificio por el humo, el fuego o las explosiones.

La causa de muerte de todos los que perdieron la vida en la caída de las Torres Gemelas, atacadas ese día por al Qaeda, fue catalogada como “asesinato” en los certificados de defunción.

En un informe de 2002, el diario USA Today calculó a través de fotos, videos y entrevistas que 200 personas murieron de esta manera en la tragedia del 11 de septiembre. A partir de las fotos, The New York Times estimó que fueron 50 personas.

Según los relatos de los sobrevivientes, el hecho de que la gente saltara desde el edificio de al lado pudo haber salvado la vida de cientos de personas que, al verlos, se apresuraron a evacuar su lugar de trabajo.

“No fui frío”

Mientras fotografiaba, Drew experimentó algo siniestro: escuchó el ruido de cuerpos golpeando el suelo. “Algunos dicen que fui frío. No es eso. Soy un periodista capacitado. Te sumerges en el momento y simplemente fotografías lo que está sucediendo, en piloto automático”, dice.

Gente alrededor de las Torre Gemelas luego del ataque

Getty Images

“Cuando alguien comenzaba a caer, apuntaba con mi visor. Como trabajaba con una cámara digital, cuando mantenía mi dedo en el botón de la cámara, tomaba varias fotografías. Y, así seguía a la gente que se estaba cayendo del edificio “. A las 9:41, registró para siempre los últimos momentos del “hombre que cae”.

Cuando Drew regresó a la sala de redacción y fue a revisar sus fotos, supo instantáneamente que esta era la más fuerte de todas. “Estaba vertical, con la cabeza gacha, entre las dos torres. Había una simetría allí. Pero solo estuvo así por un momento. Si hubiera sido otro momento, hubiera salido en otra posición”, dice.

Foto “silenciosa”

“A mucha gente no le gusta ver esta foto. Creo que la gente se identifica con ella y tiene miedo de tener que enfrentarse a la misma decisión que ese hombre algún día”, dice Drew.

Para él, la imagen es representativa de lo que sucedió ese día: “Es una de las pocas que muestra a alguien muriendo en el ataque más grave que hemos sufrido en Estados Unidos”, dice. A pesar de ser una foto sobre la muerte, reconoce Drew, es una foto “silenciosa”. “No es como otras fotos violentas de muertes que ocurren en guerras”.

Torres Gemelas

Getty
Hace 20 años, el ataque en Nueva York se cobró la vida de casi 3.000 personas.

Esa noche, Drew regresó a casa con un colega. Se sentaron y hablaron de todo menos de lo que habían visto ese día. Su esposa, dice Drew, se levantó al amanecer con ganas de pasar la aspiradora por toda la casa. “El estrés postraumático viene después”, reconoce. “Hablar de lo que sucedió ayuda. Ese fue un momento en mi historia, al igual que fue un momento en la Historia”.

Otro momento en la Historia y su historia: cuando tenía 21 años y vivía en Los Ángeles, en 1968, Drew fue uno de los cuatro fotógrafos presentes en otro momento histórico: la muerte del senador Bobby Kennedy, hermano del expresidente John F. Kennedy.

“Estaba en el escenario detrás de él para fotografiarlo cuando hablaba. Me dio sed y fui a buscar agua”, dice Drew. “Salió y lo seguí. Cuando lo atacaron, me subí a una mesa junto a él y lo fotografié en el suelo”.

“Solo estaba haciendo mi trabajo, al igual que solo estaba haciendo mi trabajo años después, el 11 de septiembre”, señala.

¿Quién era el hombre que cae?

Drew dice que ha reflexionado sobre quién era el hombre al que registró saltando desde una de las Torres Gemelas, pero nunca de manera “muy profunda”.

“Fue una de las casi 3.000 personas que murieron ese día. No sé su nombre, ni la decisión que tuvo que tomar. Sé que se lanzó de un edificio y yo estaba allí para capturar ese momento”, cuenta.

Pero el misterio que rodea su identidad ha preocupado a otros.

Uno de ellos, el periodista estadounidense Tom Junod. Dos años después del 11 de septiembre, Junod escribió un artículo de portada para la revista “Esquire” en el que acuñó el nombre deEl hombre que cae” para el protagonista de la foto y trató de identificarlo.

Junod dio con dos nombres. Uno, Norberto Hernández, chef del restaurante Windows on the World, que estaba ubicado en el piso 106 de la Torre Norte. Pero la familia de Hernández dijo que no podía ser él por la ropa que llevaba.

El segundo hombre era Jonathan Briley, un ingeniero de sonido de 43 años que también trabajaba en el restaurante. Los hermanos de Briley dijeron que pensaban que, por la ropa y el cuerpo del hombre, podría ser el de la foto.

Es posible que sea él, pero no hay forma de estar seguro.

En 2006, el director estadounidense Henry Singer realizó un documental basado en los informes de Junod y utilizando otras imágenes capturadas ese día.

Avión en Kabul

La elección entre la muerte y la muerte parece haber sido también lo que sucedió hace tres semanas en Afganistán, cuando, desesperados por abandonar el país, unos hombres se colgaron del fuselaje de un avión estadounidense.

Las dos imágenes son como dos finales terribles de esta historia que se unieron 20 años después.

Casi un mes después de los ataques a las Torres Gemelas, el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, anunció la guerra contra Afganistán. Estados Unidos sacaría del poder a los talibanes, que daban cobijo a al Qaeda, los perpetradores de los ataques, en el territorio que controlaban.

Afganos esperando para salir del aeropuerto de Kabul el 16 de agosto de 2021.

AFP
Cientos de afganos corrieron al aeropuerto de Kabul y se aferraron a un avión con la esperanza de salir del país.

Después de 20 años, cuando el presidente Joe Biden llevó a Estados Unidos a poner fin a la guerra al retirar a las tropas estadounidenses de Afganistán, los talibanes regresaron al poder.

Fue la desesperación de permanecer en un país nuevamente controlado por los talibanes lo que hizo que los afganos se aferraran a las alas y al fuselaje de un avión.

El avión despega y los cuerpos caen en picado hacia la nada, tal como lo hicieron el 11 de septiembre. Un joven futbolista de 19 años, Zaki Anwari, murió tratando de escapar de esta manera.

El fotógrafo de “El hombre que cae” se negó a comentar sobre Afganistán o la política actual. Hoy, Drew fotografía la emoción de los “corredores” de la Bolsa de Valores de Nueva York, justo al lado de donde alguna vez estuvieron las Torres Gemelas y donde ahora hay un monumento a las víctimas del 11 de septiembre.


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