Iguala, la tragedia del "cementerio" que alberga a cientos de desaparecidos
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Iguala, la tragedia del "cementerio" que alberga a cientos de desaparecidos

Alrededor de 50 personas buscan entre las colinas en Guerrero fosas clandestinas.
Por BBCMundo
4 de diciembre, 2014
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Imagen tomada de BBCMundo.

Imagen tomada de BBCMundo.

-Saturno Díaz Beltrán… Te rogamos por él

-Hugo Sánchez Bailón… Te rogamos por él; Juan Alberto Bautista, Abel Fuentes…

En total, 29 nombres son pronunciados en voz alta en esta eucaristía que se celebra en una carretera destapada en las estribaciones de las colinas que rodean a Iguala, en el estado mexicano de Guerrero.

Clic aquí para ver el video.

Es un grupo pequeño, no más de 50 personas, en su gran mayoría mujeres. Rostros cansados, morenos, de surcos profundos.

Pero no es un grupo cualquiera: en unos minutos van a subir las rocosas colinas para empezar a buscar las fosas clandestinas que, sospechan, salpican todo el paisaje.

Los tumbas donde temen (esperan, ansían) encontrar a los seres queridos cuyos nombres pronunciaron durante la misa.

Los 43 estudiantes

La desaparición -y probable asesinato- de 43 estudiantes de una escuela rural de Guerrero, el 26 de septiembre pasado, desató una tormenta social y política en México.

Las posible fosas son marcadas con banderines amarillos.

Más de dos meses después hay casi 70 detenidos, en su mayoría policías municipales de Cocula e Iguala, así como el exalcalde de esa localidad, José Luis Abarca, y su esposa.

Quien era gobernador de Guerrero en ese momento fue obligado a renunciar y tanto el presidente Enrique Peña Nieto como la izquierda han tenido que capear sus peores crisis en años.

Desde 1994, con el levantamiento zapatista y el asesinato del candidato presidencial del PRI -y casi seguro mandatario- Luis Donaldo Colossio, el país no vivía algo así.

Y podría ser peor: al abrigo del escándalo mediático causado en México -y el mundo- por el caso de los estudiantes, centenares de personas en Iguala y sus alrededores se han presentado a decir que ellos también tienen familiares desaparecidos.

Tres niños menores de 4 años

Jorge Popoca es uno de ellos. Durante la misa en el polvoriento camino de terracería, este hombre menudo, que lleva camisa negra y una cachucha gris, no cesa de llorar.

Llega un momento en que no puede más y se sienta, abrumado, a la vera del camino. Cuando se pronuncian los nombres de los desaparecidos no tiene fuerzas para decir los suyos.

No es para menos. Son cuatro: su esposa y tres hijos, el mayor de cuatro años, el menor de 15 meses. Según me dice con voz cansada y en medio de profundas pausas, fueron secuestrados el 23 agosto y aunque pagó rescate, sigue sin tener noticia de ellos.

Y las autoridades no han sido de mucha ayuda.

“El 90% de la investigación la hemos hecho nosotros solos. Pero es más confiable, porque es mi familia y nos dimos a la tarea de hacer la búsqueda.”

Otra pausa. Un sollozo bajo. Luego, este hombre de 41 años, que se gana la vida haciendo piñatas, continúa desgranando su historia

“Esto de las fosas se sabía. Las autoridades nunca hacían nada. Y la población de Iguala vivía aterrorizada. Lo estudiantes de Ayotzinapa fueron la punta del iceberg para destapar todo esto. Sabíamos que había fosas, pero no nos imaginábamos la magnitud”.

Es algo que corrobora Miguel Ángel Jiménez Blanco, integrante de la policía comunitaria que ayuda a organizar las búsquedas. Hasta el momento, dice, se han presentado 300 familias para tomarse pruebas de ADN y compararlas con los cuerpos que se encuentren.

Agrega que sólo entre el miércoles 26 de noviembre y el viernes 28 encontraron 16 cuerpos en las colinas.

“Lo venimos diciendo desde el principio. Esta zona es un cementerio”.

Muchas zonas en México lo son: se calcula que en la última década han desaparecido 26.000 personas en todo el país.

Jorge Popoca -en primer plano, con una gorra gris bajo el brazo, aún espera encontrar con vida a su familia.

¿Cómo fue posible?

Luego de varias horas, compruebo que la mayoría de familiares que este grupo busca en las colinas desaparecieron en los últimos dos años. Es decir, mientras José Luis Abarca era alcalde.

Las investigaciones reveladas por el Procurador General (fiscal) Jesús Murillo Karam, indican que tanto Abarca como su esposa, María de los Ángeles Pineda, trabajaban con los Guerreros Unidos, el pequeño cartel que controlaba la zona.

Parte de la policía municipal de Iguala y de la vecina Cocula estaban en la nómina de los Guerreros Unidos.

¿Cómo pudo ocurrir esto durante dos años en la tercera ciudad de Guerrero, en medio de multitudinarias desapariciones, sin que ninguna autoridad, regional o nacional, se percatara?

Es la pregunta que le hago a David Cienfuegos, secretario de Gobernación de Guerrero. Cienfuegos fue llamado hace poco más de un mes a formar parte de la administración que reemplazó a la de Ángel Aguirre forzado a renunciar como gobernador por sus vínculos con los Abarca.

Es jurista y profesor. Ciertamente no habla como político.

“Muchos delitos que están vinculados con la desaparición de personas requieren de una denuncia para que les puedan dar trámite. Y en la última década en Guerrero no se denunciaban por temor de los familiares. Y por temor a que los propios policías estuvieran involucrados”.

Luego reconoce que los narcos no sólo infiltraron a la policía, sino a la clase política.

Pero hay algo más preocupante. Cuando le pregunto si, entonces, algo similar puede estar ocurriendo en estos momentos en otras poblaciones de Guerrero, su respuesta es afirmativa.

“Me parece que puede suceder eso. Y que puede incluso hablarse de casos más escandalosos. El estado de Guerrero tiene 81 municipios y muchos de ellos no tienen la comunicación que tiene Iguala. (…) Ni política ni respecto de los medios”.

Los Guerreros Unidos, ahora casi desmantelado, era un cartel pequeño. En el estado, codiciado por sus rutas y sus escarpadas sierras en las que se siembra amapola y marihuana, tiene presencia de todas las organizaciones criminales de envergadura.

Mujeres de hierro

María del Carmen -en la foto- lleva varias semanas buscando a su esposo. A su lado, un anciano que busca a su hijo, quien era taxista.

María del Carmen hunde con tanta fuerza la varilla de hierro con la que tantea el terreno que termina doblándola.

El procedimiento es arduo: ubican un lugar donde sospechan que puede haber una fosa -por un montículo, porque hay jirones de ropa alrededor- y empiezan a hundir las barras de hierro. Si es blando y lo suficientemente grande, puede ser una tumba.

Entonces la marcan con una banderita amarilla y la dejan para que los expertos de la Procuraduría -con la que, dicen, recientemente llegaron a un acuerdo- realicen las excavaciones y, si es necesario, la exhumación.

El esposo de María del Carmen, Saturno Díaz Beltrán, desapareció en marzo. Lleva varias semanas buscándolo, día tras día escarbando en estas duras y hoscas colinas, donde lo único que crece son arbustos correosos repletos de espinas.

Hoy es aún peor para María del Carmen: Saturno habría cumplido 48 años.

“Aaay, se siente horrible. La verdad yo tengo miedo de lo que encontremos… Pero a la vez me doy valor porque si lo encuentro aquí, qué bueno. Voy descansar yo. Y va a descansar también él”.

Ella, como casi todos los demás, ya no busca justicia. Solo guardan la esperanza terrible de encontrar los restos de sus seres queridos y darles un entierro digno.

“No sólo se lo llevaron a él. Nos fuimos toda la familia. Físicamente estamos acá, pero el corazón y el pensamiento están con él”.

Su voz se quiebra. Sus ojos enrojecen.

“Mi niño de seis años se para en la puerta a esperarlo… Se pone a marcarle el teléfono, pero no sabe, no sabe…”.

El dolor de este grupo de personas, en su mayoría mujeres, es tan inmenso que lo anega todo a su alrededor. Tengo que dejar de tomar notas, pues mi mano empieza a temblar.

En un momento de la misa, el sacerdote habla de las decenas y decenas de personas que puede estar sepultadas en los cerros y los abarca con un gesto amplio de su brazo.

Por un instante siento que las colinas lanzan alaridos.

BBC.

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'Yo no soy ni hombre ni mujer, soy trans y necesito que mi cédula lo diga'

Mike Nicolás Durán es el primer colombiano en ser reconocido como persona trans en el registro civil. Aunque su lucha aún no termina, porque le falta la cédula, el caso se ha convertido en un paradigma para esta comunidad en el país.
22 de octubre, 2021
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Mike Nicolás Durán, un jovial bogotano de 30 años que vive en Medellín, fue el primer colombiano en ser identificado como una persona transexual en el registro civil.

Tras una odisea legal de dos años que contó con la asesoría de Alejandro Diez y Manuela Gómez, abogados del grupo de sexualidad diversa del consultorio jurídico de la universidad EAFIT, el 7 de mayo de este año Mike celebró la T en la inscripción como quien se ganó la lotería.

Ahora, sin embargo, está en vísperas de saber si ganó su última batalla: que su cédula también lo identifique con una T.

“Yo no soy ni hombre ni mujer, soy trans y necesito que mi cédula lo diga para que se respete mi integridad y mi dignidad”, le dice a BBC Mundo.

El género trans en los documentos de identidad ya existe en países como Chile, México y Argentina. “Pero en Colombia, que es el país donde te piden la cédula para todo, estaba pendiente”, dice Durán.

Juli Salamanca, de la fundación Red Comunitaria Trans, celebra el caso de Mike como “un triunfo político para el movimiento trans, un paso hacia la igualdad de derechos”, pero añade que “el reto es pasar de lo simbólico a lo material, porque su implementación (para todos y todas) será una prueba para las instituciones”.

Mike Nicolás dedicó dos años a llamar, mandar cartas y radicar documentos; interpuso dos acciones legales —conocidas como tutelas— que debió impugnar e insistió de todas las formas posibles para que le reconocieran su género no binario en los documentos de identidad.

Él sabe que la lucha no es solo por su propio bien.

Mike Nicolás Durán

BBC
Mike Nicolás Durán en entrevista por Zoom con BBC Mundo.

En Colombia piden cédula para todo, desde para entrar a un edificio hasta a un banco.

Y yo, cada vez que voy a un banco, llego con el miedo de si me van a atender o no, porque cada vez que yo muestro mi cédula, la gente me mira como un bicho raro, (como pensando): “Acá dice que es mujer, pero usted parece un hombre.

Entonces sí o sí tienes que cambiar de cédula cuando haces una transición de género.

Porque, en mi caso, colocar una M tampoco está bien, porque si un policía me quiere requisar, por ejemplo, tengo que soportar que toque mis genitales.

Entonces, para proteger mi integridad y dignidad, una M o una F en la cédula no sirve: necesito la T.

Uno nunca termina de conocerse: cada día vas aprendiendo cosas nuevas. Y al irme conociendo me di cuenta que los no binarios existen, que tú puedes ser hombre con cuerpo de mujer o mujer con cuerpo de hombre sin tener que tomar hormonas o tomando.

Es decir: no hay una forma correcta de ser o no ser, porque la diversidad es algo que no se puede encerrar en un solo círculo.

Así fue como me di cuenta de que, si la ciencia me reconoce como persona trans, ¿por qué el Estado no lo hace?


Un decreto de 2015 les dio a las personas trans la posibilidad de cambiar la referencia a su género en sus documentos, pero las trabas en el proceso burocrático han impedido que la ley se cumpla.

Además, la T no estaba tipificada en el sistema de la Registraduría Nacional del Estado Civil y, en el caso de Mike, varias veces les dijeron a los abogados que no podían cambiar todo un sistema de registro nacional por una sola persona.

“Tenemos que continuar haciendo una veeduría para que las instituciones reconozcan las implicaciones de la T en el registro de nacimiento en áreas como la salud, educación, el servicio militar, entre otras”, dice Salamanca, la activista trans.


Algo que me gusta de mí ahora es mi voz, porque no es tan femenina ni tan masculina. A veces es un poco más lo uno y a veces más lo otro. Esa es la diversidad que a mí me gusta y me representa.

Para nosotros no hay nada más importante que nos reconozcan e identifiquen tal y como somos: no como hombres que ahora son mujeres o mujeres que ahora son hombres, sino como personas trans, punto.


Mike nació en Bogotá bajo el nombre de Eliana Mayerli. Allí tuvo a su primer hijo a los 15 años, luego tuvo otros dos y pasó 11 años con el padre de ellos.

Desde niño ha tenido una enfermedad cerebral y otra en los ojos. Y cuenta que fue por eso, además de por su proceso de transición de género, que dejó el trabajo al que se dedicó por una década: la vigilancia.

Hoy estudia inglés con una beca con la intención de irse a vivir a Canadá y tiene esposa: Linda María Cáceres, una estilista a la conoció casi al tiempo que empezó a tomar hormonas, en 2019.

Cáceres, así como los abogados de EAFIT, ha sido un acompañamiento clave en todo el proceso y le ha insistido en seguir luchando por sus derechos a pesar de todos los obstáculos legales y de salud.


Estuve 11 años viviendo una vida que quizás no quería, porque estaba ocultando mi propia identidad, hasta el punto de que explotó y la depresión me empezó a ganar. Llegué a pensar que me quería suicidar.

Eso, pensé, les podía generar problemas a mis hijos, y por eso hace siete años tomé la decisión de irme para Medellín.

Apenas llegué acá salí como lesbiana. La gente me dejó de llamar Eliana y apareció una nueva persona que se llamaba Mayerli.

Pero a medida que pasó el tiempo me di cuenta de que me gustaba más lo masculino, un estilo más brusquito, más de niño.

Y mi pareja de ese momento, una mujer, me decía que no me cortara el cabello. Pero sobrepuse el amor propio, me corté el cabello y empecé una nueva vida con el nombre de Mike Nicolás.

Cuando les quise contar a mis hijos de mi transición y la posibilidad de hacerme las cirugías, el mayor me dijo que él ya sabía que yo quería ser hombre. Me dijo que era normal, porque toda la gente cambia.

Eso fue el impulso más importante para tomar la decisión de cambiar.


Por la histerectomía —una cirugía para extirpar el útero— y una mastectomía con la que se le removió el tejido mamario, Durán no pagó un peso, gracias a que son tratamientos incluidos en el paquete de su prestador de salud.

En Colombia, así como en varios países de América Latina, la ley exige a las entidades de salud pública brindar el servicio de cambio de sexo, incluyendo el tratamiento hormonal.

Mike, a pesar de haber tenido que pelear contra la burocracia, logró hacer su transición en apenas un par de años y sin tener que pagar.


La presión social por mantener mi vida como era fue muy fuerte: me decían que era bonita, que lo mío era un problema psiquiátrico, que estaba poseída, que esto era una obra de satanás.

Me han dicho tantas cosas, que si yo fuera débil, me habría hecho daño a mí mismo o me habría echado para atrás. Yo digo que por eso es que muchos trans se suicidan.

Pero al final yo fui cogiéndole gusto, un sabor, a que la gente me mirara como el raro en la calle, porque me siento original, me siento diferente.

Ya no tengo problema con que me digan que estoy loco, que estoy endemoniado, porque esa es la forma de que la gente se eduque y entienda que los trans somos parte de la sociedad.


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