La psicóloga de los migrantes que sobrevivieron a La Bestia
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La psicóloga de los migrantes que sobrevivieron a La Bestia

Dora Nelly Morales le brinda atención a los migrantes que viajan en La Bestia, el medio de transporte que muchos centroamericanos escogen para cruzar el territorio mexicano en su travesía hacia Estados Unidos.
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Por BBC Mundo @bbcmundo
23 de febrero, 2015
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Dora Morales obtuvo un diploma en salud mental de los migrantes. // Foto: Cuartoscuro.

Dora Morales obtuvo un diploma en salud mental de los migrantes. // Foto: Cuartoscuro.

”Mis padres querían que fuera médico, pero yo dije que no, porque no sólo la medicina salva vidas”, le dice Dora Nelly Morales a la periodista Nina Lakhani, del programa de radio Outlook, de la BBC.

Esta mexicana de 27 años, nacida en el Distrito Federal de padres chiapanecos, estudió psicología en la universidad y después obtuvo un diploma en salud mental de los migrantes.

Y ahora atiende a decenas de ellos cada semana. Lo hace en un albergue para migrantes de la organización Médicos Sin Fronteras rodeado de paz, de maizales y cactus salvajes.

Hay entre 60 y 70 centros de ese tipo en el país, situados a escasos metros de las vías del tren conocido como La Bestia, el medio de transporte que muchos centroamericanos escogen para cruzar el territorio mexicano en su travesía hacia Estados Unidos.

Lea también: México: las rutas de los migrantes que no pueden viajar en La Bestia

Los albergues están alejados de los centros urbanos y no se puede acceder a ellos directamente por carretera. Así que son el lugar ideal para que los migrantes descansen y recuperen fuerzas con la seguridad de que no los van a detener.

Pancho, el aliado de terapias

“Aquí está la tienda en la que les doy la bienvenida y les explico quiénes somos y qué hacemos”, le muestra Dora a la periodista de la BBC.

“Y al lado está mi consultorio; una jaula, literalmente”, dice, enseñando el cubículo metálico insonorizado con una sola ventana para que entre algo de luz. También hay varias sillas y juegos que Morales emplea en sus sesiones.

Pero su principal aliado en las terapias es Pancho, un perro.

Le falta un ojo y tampoco tiene boca. Se cayó a la autopista desde la parte de atrás de un camión de basura. Uno de los médicos de la ONG lo recogió y se lo entregó a Morales, quien lo limpió y cuidó.

“Él también es un migrante”, cuenta la psicóloga sobre su aliado. “Así que les cuento su historia a los migrantes y ellos se sienten identificados con él”.

Es entonces cuando les pide que la ayuden a completar la historia del perro y logra así que cada paciente termine contando la suya.

Para que la periodista se haga una idea, le permite asistir a una de las sesiones colectivas.

“¿Podría alguien decirme qué cree que le pasó a Pancho?”, pregunta Morales a los asistentes.

“Pancho es un migrante que iba de camino a los Estados (Unidos) para ayudar a su familia”, comienza a contar un hombre con acento nicaragüense.

“Pero los Zetas lo secuestraron, y como el pobre no tenía a nadie en los Estados (Unidos) que pagara el rescate le sacaron un ojo”, prosigue.

“Como así tampoco pagaba, le cortaron la boca y lo tiraron al río para que muriera. Pero luego un doctor lo encontró, lo rescató y le salvó la vida. Esa es la historia de Pancho”, completa.

Pero la psicóloga sigue preguntando: “¿Y cómo creen que se siente ahora?”.

“Ahora Pancho se siente fuerte, bien bañado, bien vitaminado. Está un poco gordo y se siente querido. Y eso es lo más importante. Aunque perdió un ojo y la boca, quiere seguir viviendo”, contesta el mismo hombre.

“Pero su viaje terminó. Está demasiado asustado. ¿Y qué si los Zetas lo vuelven a agarrar y le sacan el otro ojo?”, pregunta Dora.

“Se va a quedar aquí en México”.

Ansiedad y depresión

La historia imaginada de Pancho se parece a los relatos que escucha cada día Morales. Y es similar al de muchos de los 300.000 centroamericanos que migran hacia Estados Unidos cada año.

El día que la periodista de la BBC visita el albergue no se encuentra con muchos. Solo hay ocho y la psicóloga cuenta que durante la semana hubo hasta 15, pero cinco hombres se fueron la víspera y tres mujeres el día anterior. “Niños no tenemos desde la semana pasada”, señala.

Lea: ¿Puede Centroamérica impedir la migración de sus niños?

El hecho de que no haya muchos migrantes en el centro se debe, en parte, a que es invierno. Y también a que cada vez son mayores las restricciones en la frontera entre México y EE.UU., lo que se traduce en cifras récord de detenciones.

A los que se encuentran en el albergue de Médicos Sin Fronteras les faltan varios kilómetros para llegar a la frontera, pero ya están exhaustos.

Tienen secuelas físicas del viaje.

“Sufren la violencia de varios grupos, pero también hambre, sed y temperaturas extremas”, relata Morales. “El tren es de puro metal y cuando hace frío está helado, y arde cuando hace calor. Así que muchos llegan con quemaduras en las manos”.

Pero también tienen consecuencias psicológicas. “La mayoría llega con ansiedad, con mucho nerviosismo”, explica la psicóloga. “Hablan de una necesidad de salir corriendo, pero no saben a dónde”.

“Algunos no pueden dormir, a pesar de que están exhaustos. Otros dicen que han dormido, pero que sienten que el cuerpo les pesa como si llevaran una pesada mochila”, cuenta.

“Algunos tienen síntomas de depresión; están irritables, tristes, frustrados. No saben si seguir o regresar. Y varios no pueden alimentarse. Se sienten culpables porque quizá sus familias no tienen qué comer”.

Lea: Lo que se sabe de la peor matanza de inmigrantes en México

Primeros auxilios psicológicos

Ante esto, ¿qué puede hacer alguien como Morales para ayudar en unas pocas sesiones? El promedio de tiempo que los migrantes permanecen en el albergue es un par de días.

“Ofrecemos primeros auxilios psicológicos ante situaciones de crisis, cuando recibimos a alguien inmediatamente después de haber vivido un incidente traumático”, explica.

Después comienzan las sesiones individuales. “Es entonces cuando tratamos de averiguar más sobre el trauma. Puede ser que se sientan culpables porque no pudieron ayudar a otro migrante que murió. Pueden contar que fueron amenazados en su país, o perdieron a su familia, o fueron abandonados de niños”. O todo a la vez.

“Ante eso, tratamos de enfocarnos en el problema que en ese momento es principal y de encontrar la forma de mejorar esa situación”, dice Morales.

Un salvadoreño de 36 años acaba de participar en una de esas sesiones. Tiene los ojos llorosos y cuenta a la periodista que dejó a trás a su esposa y a seis hijos.

“La vida es difícil en El Salvador”, dice. “Hay mucho crimen en mi país, no hay trabajo y los salarios son muy malos. Yo tenía una panadería pero tuvimos que cerrar por el dinero que tenía que pagar a las maras (las pandillas), porque si no te matan. Quiero una vida mejor para mi familia, para mis seis hijos”.

Es su cuarto intento de llegar a EE.UU.

¿Cómo le ha ayudado hablar con Dora la psicóloga?, le pregunta la reportera.

“La vida me ha enseñado que cuando hablas sobre tus preocupaciones y de lo que sientes dentro, eso te ayuda a sentirte mejor”, asegura el salvadoreño. “Descargar lo que llevas dentro, o llorar, te hace sentir más calmado”.

“Después de hablar con ella (la psicóloga Dora Morales) me siento más calmado y menos estresado para continuar mi viaje”, dice.

Y es que, como dijo Morales, no sólo la medicina cura.

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¿Por qué tantos niños mueren en Brasil por COVID-19?

La pandemia no da tregua en Brasil y estudios muestran que las cifras oficiales pueden ser menores respecto a la cantidad de niños fallecidos por el virus. Una madre relata como perdió a su hijo porque no consiguió que la enfermedad fuera detectada a tiempo.
15 de abril, 2021
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Un año después de la declaratoria de la pandemia del coronavirus, las muertes en Brasil se encuentran en su punto máximo.

Sin embargo, a pesar de la abundante evidencia de que la COVID-19 rara vez mata a niños pequeños, en la nación sudamericana han fallecido más de 800 menores por esa enfermedad, según cifras oficiales. Y esas cifras pueden ser mayores, de acuerdo a estudios.

Uno de esos casos tiene que ver el hijo de un año de la profesora Jessika Ricarte, al que un médico se negó a realizar una prueba bajo el argumento de que sus síntomas no se ajustaban al perfil del coronavirus.

Dos meses después, el menor murió por complicaciones asociadas con la enfermedad. Sucedió en Tamboril, una ciudad en el estado de Ceará, en el noreste de Brasil.

La historia

Luego de un par de años de intentos y tratamientos de fertilidad fallidos, Ricarte casi había renunciado a tener una familia hasta que quedó embarazada de Lucas.

“Su nombre proviene de ‘luminoso’. Y fue una luz en nuestra vida. Demostró que la felicidad era mucho más de lo que imaginamos”, cuenta.

El primer cumpleaños de Lucas.

Jessika Ricarte
El primer cumpleaños de Lucas.

Primero sospechó que algo andaba mal cuando Lucas, que siempre tenía buen apetito, dejó de sentir hambre.

Jessika se preguntó entonces si era debido a que le estaban saliendo los dientes.

La madrina de Lucas, una enfermera, sugirió que podría tener dolor de garganta. Pero después de que desarrolló fiebre, luego fatiga y dificultad para respirar, la madre lo llevó al hospital y pidió que le hicieran la prueba de COVID-19.

“El médico puso el oxímetro. Los niveles (de oxígeno) de Lucas eran del 86%. Ahora sé que eso no es normal”, dice Jessika.

Como no tenía fiebre, el médico dijo: “No se preocupe, no hay necesidad de una prueba de COVID-19. Probablemente sea solo un dolor de garganta leve”.

Le afirmó a Jessika que el coronavirus era raro en los niños y solo le dio algunos antibióticos.

A pesar de las sospechas de la madre, no había ninguna opción para que Lucas hiciera una prueba en laboratorios privados en ese momento.

Y Ricarte relata que algunos de sus síntomas se disiparon al final de su tratamiento de antibióticos de 10 días, pero el cansancio permaneció.

Lucas

Jessika Ricarte
Jessika tomaba videos de su hijo y las enviaba a familiares porque estaba preocupada por su condición.

“Le envié varios videos a su madrina, a mis padres, a mi suegra, y todos decían que estaba exagerando, que debía dejar de ver las noticias, que me estaba volviendo paranoica. Pero yo sabía que mi hijo no era el mismo, que no respiraba normalmente”, recuerda.

Inesperado

Era mayo de 2020 y el contagio del coronavirus estaba creciendo. Dos personas ya habían muerto en la ciudad donde vive Ricarte.

“Todos se conocen aquí. La ciudad estaba en shock“, afirma.

Israel, el esposo de Jessika, estaba preocupado de que una visita al hospital pudiera aumentar el riesgo de que ella o el hijo de ambos se infectaran con el virus.

Pasaron las semanas y Lucas se volvió cada vez más somnoliento. Finalmente, el 3 de junio, el pequeño vomitó una y otra vez después de almorzar y Ricarte entendió que tenía que hacer algo.

Regresaron al hospital donde el médico examinó a Lucas para evaluar si se trataba de un contagio de COVID-19.

La madrina de Lucas, que trabajaba allí, le dio la noticia a la pareja de que el resultado de la prueba era positivo.

“En ese momento, el centro de salud ni siquiera tenía un reanimador clínico”, dice Jessika.

El menor fue trasladado a una unidad de cuidados intensivos pediátricos en la ciudad de Sobral, a más de dos horas de distancia, donde le diagnosticaron una afección llamada síndrome inflamatorio multisistémico pediátrico (PIMS, por su sigla en inglés).

Se trata de una respuesta inmune extrema al virus que puede causar inflamación severa de órganos vitales.

Niños

Los expertos dicen que el síndrome, que afecta a los niños hasta seis semanas después de que se infectan con el coronavirus, es un fenómeno raro.

Sin embargo, la reconocida epidemióloga de la Universidad de Sao Paulo Fatima Marinho dice que, durante la pandemia, está viendo más casos de PIMS que nunca antes.

Lucas

Jessika Ricarte

Cuando Lucas fue intubado, a Jessika no se le permitió quedarse en la misma habitación. Llamó a su cuñada para intentar distraerse de la preocupación.

“Podíamos escuchar el sonido de la máquina (de la unidad de cuidados intensivos), el ‘bip’. Hasta que la máquina se detuvo y escuchamos ese pitido constante. Y sabemos que eso sucede cuando la persona muere. Después de unos minutos, la máquina comenzó a funcionar nuevamente y comencé a llorar”, cuenta.

La doctora Manuela Monte, la pediatra que trató a Lucas durante más de un mes en la unidad de cuidados intensivos de Sobral, afirmó que le sorprendió que la condición del niño fuera tan grave porque no tenía ningún factor de riesgo.

La mayoría de los menores afectados por coronavirus tienen enfermedades o trastornos (afecciones existentes como diabetes o problemas cardiovasculares) o sobrepeso, según Lohanna Tavares, infectóloga pediátrica del Hospital Infantil Albert Sabin en Fortaleza, la capital del estado de Ceará.

Pero ese no fue el caso de Lucas.

Durante los 33 días que Lucas estuvo en cuidados intensivos, a Jessika solo se le permitió verlo tres veces.

Lucas's parents, Israel and Jessika

BBC

Lucas necesitaba inmunoglobulina, un medicamento muy caro, para desinflamar su corazón.

Afortunadamente un paciente adulto que había comprado donó una ampolla sobrante al hospital.

Lucas estaba tan enfermo que necesitó recibir una segunda dosis. Desarrolló una erupción en su cuerpo y tenía fiebre persistente. Necesitaba apoyo para respirar.

Luego el niño comenzó a mejorar y los médicos decidieron sacarle el tubo de oxígeno. Hicieron videollamadas a Jessika e Israel para que no se sintiera solo cuando recuperara la conciencia.

“Cuando escuchó nuestras voces se puso a llorar“, relata la madre.

Era la última vez que la pareja vería a su hijo reaccionar. Durante la siguiente videollamada “tenía la mirada paralizada”.

El hospital solicitó una tomografía computarizada y descubrió que Lucas había tenido un derrame cerebral.

Pese a ello, a la pareja se le dijo que Lucas se recuperaría bien con la atención adecuada y que pronto sería trasladado a una sala general.

Cuando Jessika e Israel fueron a visitarlo, el médico estaba tan esperanzado como ellos, cuenta la mujer.

“Esa noche, puse mi celular en silencio. Soñé que Lucas se me acercó y me besó la nariz. Y el sueño fue un gran sentimiento de amor, gratitud y me desperté muy feliz. Luego vi mi celular y vi las 10 llamadas que había hecho el médico”, narra.

Jessika

BBC
Jessika Ricarte

El doctor encargado le dijo a Jessika que la frecuencia cardíaca y los niveles de oxígeno de Lucas habían bajado repentinamente y que había muerto temprano esa mañana.

Ella está segura de que si le hubieran hecho una prueba cuando ella la solicitó, a principios de mayo, habría sobrevivido.

“Es importante que los médicos, incluso si creen que no es coronavirus, hagan el examen para eliminar la posibilidad”, dice.

Indica que “un bebé no dice lo que siente, así que todo depende de las pruebas“.

Un menor en una sala de cuidados intensivos

BBC
Un menor en una sala de cuidados intensivos.

Jessika cree que la demora en el tratamiento adecuado agravó la condición de su hijo.

“Lucas tuvo varias inflamaciones, el 70% del pulmón estaba comprometido, el corazón aumentó en un 40%. Era una situación que podría haberse evitado”, indica.

La doctora Monte está de acuerdo. Ella dice que aunque una situación de PIMS no se puede prevenir, el tratamiento es mucho más exitoso si la condición se diagnostica y se trata temprano.

“Cuanto antes hubiera recibido atención especializada, era mejor. Llegó al hospital ya críticamente enfermo. Creo que podría haber tenido un resultado diferente si lo hubiéramos tratado antes”, señala.

Jessika ahora quiere compartir la historia de Lucas para ayudar a otras personas que pueden prevenir esa clase de síntomas críticos en los menores.

“En el caso de todos los niños que conozco y fueron salvados por alguna advertencia mía, la madre me dice: ‘Vi tus publicaciones, llevé a mi hijo al hospital y ahora está en casa’. Es como si fuera una parte de Lucas“, cuenta.

Los médicos usan teléfonos móviles para que los menores puedan verse con sus familiares.

BBC
Los médicos usan teléfonos móviles para que los menores puedan verse con sus familiares.

El problema

Existe la idea errónea de que los niños corren cero riesgo de un contagio de coronavirus, según Fatima Marinho, quien también es asesora principal de la ONG de salud Vital Strategies.

La investigación de la doctora sostiene que un número sorprendentemente alto de niños y bebés fueron afectados por la enfermedad.

Entre febrero de 2020 y el 15 de marzo de 2021, la COVID-19 mató al menos a 852 niños de Brasil, incluidos 518 bebés menores de un año, según cifras del Ministerio de Salud de ese país.

Pero la experta estima que más del doble de esta cantidad de niños murieron a causa de esa enfermedad dado que, señala, existe un problema grave de bajo registro debido a la falta de pruebas que reduce las cifras.

Marinho revisó el exceso de muertes por síndrome respiratorio agudo durante la pandemia y encontró que hubo al menos 10 veces más muertes que en años anteriores.

Considerando esas estimaciones sostiene que el virus mató a un aproximado de 2.060 niños menores de nueve años, incluidos 1.302 bebés.

¿Qué está pasando?

Los expertos señalan que la gran cantidad de casos de coronavirus en Brasil, el segundo en cantidad de contagios más alto del mundo, elevó la probabilidad de que bebés y niños se vean afectados.

“Por supuesto, cuantos más casos tengamos y, por ende, más hospitalizaciones, mayor será el número de muertes en todos los grupos de edad, incluidos los niños. Pero si se controlara la pandemia, este escenario evidentemente podría minimizarse“, explica Renato. Kfouri, presidente del Departamento Científico de Inmunizaciones de la Sociedad Brasileña de Pediatría.

Dr Cinara Carneiro

BBC
Dra Cinara Carneiro

Una tasa de infección tan alta sobrepasó el sistema de salud de Brasil. En todo el país, el suministro de oxígeno está disminuyendo, hay escasez de medicamentos básicos y en muchas unidades de cuidados intensivos de todo el país simplemente no hay más camas.

El presidente Jair Bolsonaro todavía se opone a los encierros estrictos y se estima que la tasa de infección está siendo impulsada por la variante llamada P.1, considerada más contagiosa y posiblemente surgida en el norte de Brasil.

En marzo murió el doble de personas que en cualquier otro mes de la pandemia y la tendencia al alza continúa.

Otro problema que impulsa las altas tasas de contagios en los niños es la falta de exámenes.

Marinho dice que para los menores es usual que el diagnóstico llegue demasiado tarde, cuando ya están gravemente enfermos.

“Tenemos un grave problema en la detección de casos. No tenemos suficientes pruebas para la población en general, menos aún para los niños. Debido a que hay un retraso en el diagnóstico, hay un retraso en la atención del menor”, explica.

Esto no se debe solo a que exista poca capacidad de prueba, sino también a que es más fácil pasar por alto, o diagnosticar erróneamente, los síntomas de los niños que padecen COVID-19, ya que la enfermedad tiende a presentarse de manera diferente en las personas más jóvenes.

Una salubrista en Brasil

Departamento de Salud de Ceará

“Un niño tiene mucha más diarrea, mucho más dolor abdominal y dolor en el pecho que el visto en un cuadro clásico de COVID-19. Debido a que hay un retraso en el diagnóstico, cuando el menor llega al hospital está en una condición grave y puede complicarse y morir”, señala Marinho.

Problemas sociales

Aunque todo esto también se trata de pobreza y acceso a la atención médica.

Un estudio de 5 mil 857 pacientes con COVID-19 menores de 20 años, realizado por pediatras brasileños dirigido por la Facultad de Medicina de Sao Paulo identificó tanto las enfermedades de base como las vulnerabilidades socioeconómicas como factores de riesgo para el peor resultado en menores.

Marinho está de acuerdo en que este es un factor importante.

“Los más vulnerables son los niños afrodescendientes y los menores de familias muy pobres, ya que tienen más dificultades para acceder al auxilio. Estos son los niños con mayor riesgo de muerte”, indica.

Ella dice que esto se debe a que las condiciones de vivienda hacinadas hacen que sea imposible distanciarse socialmente cuando se infectan, y porque las comunidades más pobres no tienen acceso a una unidad de cuidados intensivos local.

Estos niños también corren riesgo de desnutrición, lo que es “terrible para la respuesta inmunológica”, afirma Marinho.

Cuando se detuvieron las subvenciones en medio de la pandemia, millones volvieron a entrar en graves problemas de subsistencia.

“Pasamos de 7 millones a 21 millones de personas por debajo del umbral de la pobreza en un año. Así que la gente también pasa hambre. Todo esto tiene un impacto en la mortalidad”, afirma la experta.

Braian Sousa, líder de la investigación de la Universidad de Sao Paulo, dice que su estudio identifica ciertos grupos de riesgo entre los niños a los que se debe dar prioridad para la vacunación. Aunque actualmente, no hay vacunas disponibles para menores de 16 años.


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