El secuestro se dispara 52.7% durante la gestión de Peña Nieto
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El secuestro se dispara 52.7% durante la gestión de Peña Nieto

En los primeros 27 meses de gobierno del presidente Enrique Peña Nieto se han acumulado un total de cinco mil 389 casos de secuestro, mil 860 casos más que los registrados en los últimos 27 meses de gestión del expresidente Calderón.
Cuartoscuro
Por Paris Martínez
24 de marzo, 2015
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En enero pasado, el titular de la Coordinación Nacional Antisecuestro, Renato Sales Heredia, dijo que los secuestros en México registraron un descenso durante el año pasado. // Foto: Cuartoscuro.

En enero pasado, el titular de la Coordinación Nacional Antisecuestro, Renato Sales Heredia, dijo que los secuestros en México registraron un descenso durante el año pasado. // Foto: Cuartoscuro.

Durante los primeros 27 meses de gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, que van de diciembre de 2012 a febrero de 2015, en México se han acumulado un total de cinco mil 389 casos de secuestro —sumando averiguaciones previas iniciadas en el fuero común y en el fuero federal—, cifra que representa mil 860 casos más que los registrados en el país durante los últimos 27 meses de gestión de su antecesor, el expresidente Felipe Calderón.

Así, tal como se desprende de las estadísticas sobre incidencia delictiva del Sistema Nacional de Seguridad Pública, de la Procuraduría General de la República (PGR) y del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI), en lo que va del gobierno del presidente Peña Nieto, el secuestro ha registrado un aumento de 52.7%.

Desgloce de datos

Según el Sistema Nacional de Seguridad Pública, entre septiembre de 2010 y noviembre de 2012 —los últimos 27 meses de gobierno del panista Felipe Calderón— se emprendieron tres mil 80 averiguaciones por secuestro en el fuero común, es decir, fueron casos cuya investigación quedó a cargo de las procuradurías de justicia de los estados en los que estos delitos se perpetraron.

A ellas, además, deben sumarse otras 152 averiguaciones por secuestro consignadas en el fuero federal durante 2011 —según el Instituto Nacional de Geografía y Estadística—; y 297 casos más registrados a lo largo de 2012 por la PGR.

En total, en este último periodo de 27 meses del sexenio calderonista, en México se acumularon tres mil 529 casos de privación ilegal de la libertad.

En contraste, durante los primeros 27 meses de gobierno de Enrique Peña Nieto, en México se tomó registro de tres mil 409 casos de secuestro en el fuero común, más otros mil 980 casos en el fuero federal, que dan un total de cinco mil 389 averiguaciones previas emprendidas por este delito, es decir, mil 860 más que con Calderón.

Fuentes consultadas

El número total de averiguaciones previas por secuestro iniciadas en el fuero federal, tanto del gobierno pasado como del actual, proviene de tres fuentes distintas y complementarias: por un lado, las 152 de 2011 están reportadas en la base de datos titulada “Estadística judicial en materia penal 2011”, del INEGI.

Además, aquellas relativas a los años 2012, 2013 y 2014, fueron proporcionadas a Animal Político por la PGR, a través del oficio 0001700071115 (fechado el pasado 12 de marzo). Para presentar este resultado, la Procuraduría divide divide estas averiguaciones federales en dos rubros: dos mil 71 averiguaciones por el delito de “privación ilegal de la libertad”, en los términos del artículo 364 del Código Penal Federal, y otras 122 averiguaciones por el delito de “secuestro”, en los términos de la Ley General para Prevenir y Sancionar los Delitos en Materia de Secuestro, (correspondientes exclusivamente al año 2014).

El sello del crimen organizado

De estas estadísticas se desprende que mientras en los últimos 27 meses de gobierno de Felipe Calderón se emprendieron 449 averiguaciones por secuestro desde el campo federal (152 en 2011 y 297 en 2012), durante los primeros 27 meses de gestión de Peña Nieto, la cifra de secuestros que demandaron la intervención de las autoridades federales aumentó a mil 980 casos.

Si se comparan ambos periodos de gobierno sólo en lo que toca a secuestros que, por su complejidad o impacto social, demandan la atención federal, las estadísticas revelan que este tipo de delitos aumentó 341% desde que el presidente Peña Nieto asumió la conducción del país.

Cabe entonces preguntarse, ¿cuál es la diferencia entre los secuestros que persigue el fuero federal y aquellos que se combaten desde el fuero común? ¿Son más graves los federales?

Según la Ley Federal Contra la Delincuencia Organizada, los tipos de secuestro que toca perseguir al gobierno de la República –descritos por el Código Penal Federal y por la Ley General para Prevenir y Sancionar los Delitos en Materia de Secuestro–, son aquellos en los que “tres o mas personas se organicen de hecho” para llevar a cabo la privación ilegal de la libertad, es decir, cuando el delito es cometido por una banda organizada; cuando los perpetradores “sean o hayan sido integrantes de alguna institución de seguridad pública, de procuración o administración de justicia, o de las Fuerzas Armadas, o (cuando) se ostenten como tales sin serlo”.

También toca a las autoridades federales investigar un secuestro cuando los perpetradores incurren en delitos federales durante el hecho, tales como el uso de armas de uso exclusivo del Ejército o, incluso, cuando la víctima es secuestrada con fines de trata de personas.

Un secuestro debe ser abordado desde el fuero federal cuando la víctima sufrió agresiones físicas graves durante su cautiverio, tales como “una lesión que perturbe para siempre la vista, o disminuya la facultad de oír, o entorpezca o debilite permanentemente una mano, un pie, un brazo, una pierna o cualquier otro órgano, (así como) el uso de la palabra o de alguna de las facultades mentales”.

Igualmente, el tipo de secuestros que corresponde investigar al fuero federal es aquel en el que la víctima ha sido torturada a grado tal por sus captores, que sufre “la inutilización completa o la pérdida de un ojo, de un brazo, de una mano, de una pierna o de un pié, o de cualquier otro órgano; cuando quede perjudicada para siempre cualquier función orgánica; o cuando el ofendido quede sordo, impotente o con una deformidad incorregible”.

Por último, corresponde a la PGR investigar los secuestros en los que las lesiones infringidas “pongan en peligro la vida” del secuestrado, o cuando éste, de plano, fallezca en manos de sus secuestradores.

Estos son, entonces, los tipos de secuestro que han aumentado 341% en México, desde desde el inicio de la administración del presidente Enrique Peña Nieto.

Los estados más afectados

Tal como revelan las estadísticas del Sistema Nacional de Seguridad Pública —secuestro del fuero común— y de la Procuraduría General de la República —secuestro del fuero federal—, el estado que destaca por acumular el mayor número de casos de privación ilegal de la libertad es Tamaulipas, ya que, entre diciembre de 2012 y febrero de 2015, sumó 609 secuestros denunciados ante la autoridad.

En la lista de las entidades con más secuestros durante el gobierno de Peña Nieto siguen el Estado de México (420 casos), Guerrero (351), Michoacán (338), Veracruz (288), Morelos (283), Tabasco (219), Distrito Federal (157) y Jalisco (123).

Epílogo: cifras alegres

En enero pasado, el titular de la Coordinación Nacional Antisecuestro, Renato Sales Heredia, aseguró que durante el año pasado, los secuestros en México registraron un descenso de 18%, gracias a la implementación de un grupo élite para enfrentar este delito.

Para sostener esta afirmación, Sales Heredia presentó las estadísticas sobre secuestro del año 2013 —mil 698 casos—, en comparación con las de 2014 —mil 394 casos—, para destacar que el año pasado se habían dado 304 denuncias menos.

Sin embargo, estas cifras sólo estaban basadas en el secuestro del fuero común, es decir, se soslayaba la magnitud alcanzada en el país los secuestros del fuero federal.

Si se agregan estas estadísticas a las cuentas oficiales, los resultados indican que en 2013, el primer año de gobierno del presidente Peña Nieto, se denunciaron dos mil 654 secuestros, lo que representa un aumento de 44% en la comisión de este delito, en comparación con el último año de Calderón.

Luego, efectivamente, durante el año pasado la incidencia relativa al delito de secuestro registró una disminución, pero ésta fue de 14% —y no de 18% como afirmó Sales Heredia—, al bajar de dos mil 654 casos en 2013, a dos mil 277 casos en 2014.

No obstante, aún cuando hubo una disminución en la incidencia de los secuestros durante 2014, México cerró el año pasado con 23% más secuestros que al final del sexenio calderonista.

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¿Por qué muchas mujeres aún se cambian el nombre para usar el apellido de sus maridos?

Tomar el apellido del esposo tiene un origen patriarcal histórico, ¿por qué entonces tantas mujeres mantienen esta tradición?
27 de septiembre, 2020
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Novia con brazo apoyado en el de su novio.

Getty Images
En Estados Unidos, la mayoría de mujeres adoptan el apellido de sus maridos cuando se casan.

Planear una boda en tiempos de pandemia es algo lleno de incertidumbres, pero Lindsey Evans, de 30 años, tiene clara una certeza: “cuanto más se acerca la fecha, más segura estoy de que quiero adoptar su apellido”.

La boda entre esta californiana y su pareja está prevista para julio de 2021.

En Estados Unidos, la mayoría de mujeres adoptan el apellido de sus maridos cuando se casan. En concreto un 70%, según uno de los análisis de datos más exhaustivos en los últimos años.

En Reino Unido, esa cifra asciende a casi un 90%, según datos de 2016. Y el 85% de esas mujeres tiene entre 18 y 30 años.

Aunque la tendencia es menor que hace una generación, queda claro que esta norma cultural aún persiste con fuerza en varios países del mundo occidental. Incluso a pesar de que hoy vivimos en una era más individualista y con mayor conciencia de género.

Aunque las definiciones de feminismo pueden variar, un 68% de mujeres menores de 30 años se definen como feministas en EE.UU. y alrededor del 60% en Reino Unido.

“Es bastante sorprendente, ya que esta tradición viene de la historia patriarcal, de la idea de que una mujer casada se convertía en una de las posesiones del hombre”, dice Simon Duncan, profesor de la Universidad de Bradford, en Reino Unido, quien ha estado investigando esta práctica.

Lindsay Evans

Lindsay Evans
Lindsey Evans, de 30 años, quiere adoptar el apellido de su futuro marido.

Es una tradición arraigada en la mayoría de países de habla inglesa, aunque el concepto de “adueñar” esposas hace más de un siglo que no se usa en Reino Unido y actualmente no hay ningún requerimiento legal para adoptar el nombre del marido.

Gran parte de Europa occidental sigue el mismo patrón, con las excepciones de España e Islandia, donde las mujeres mantienen sus apellidos y Grecia, que estableció un requerimiento legal en 1983 para que las mujeres retuvieran su apellido de por vida.

Incluso en Noruega, categorizado como uno de los países líderes en igualdad de género y con una historia patriarcal menor, la mayoría de mujeres siguen tomando el apellido de sus maridos. Allí, sin embargo, alrededor de la mitad de las mujeres que adoptan otros nombres mantienen su apellido de solteras como segundo nombre, que funciona como apellido secundario.

“¿Es esto solo una tradición inofensiva o hay algún tipo de significado que se filtra desde esos tiempos hasta ahora?”, se pregunta Duncan, quien recientemente se asoció con académicos de la Universidad de Oslo y la Universidad del Oeste de Inglaterra para ahondar en por qué persiste esta tradición.

Tradiciones patriarcales

Por supuesto, hay numerosas razones por las que una mujer puede querer cambiar su apellido de soltera, ya sea porque le disgusta o por desasociarse de padres ausentes o abusivos miembros de la familia.

Pero a través de un intenso análisis de investigaciones y entrevistas con parejas recién casadas o comprometidas en Reino Unido y Noruega, el equipo de Duncan identificó dos motivos especiales.

El primero fue la persistencia del poder patriarcal. El segundo, el ideal de “buena familia”; la creencia de que compartir el nombre de tu pareja simboliza el compromiso y te une a ti y a tus posibles hijos dentro de una unidad.

Algunas parejas aceptan el cambio de nombre simplemente por ser una tradición, mientras que otras adoptan con entusiasmo la idea de transmitir los apellidos del hombre.

“Algunos hombres todavía insisten en mantener ese tipo de suposición patriarcal que viene del pasado. Algunas mujeres están de acuerdo con eso y lo tienen internalizado. Hay mujeres realmente ansiosas en asumir el apellido de su esposo”, explica Duncan.

Hombre proponiendo matrimonio.

Getty Images
Cambiar al nombre del esposo está asociado con otras tradiciones como que sea el hombre el que pide matrimonio.

La investigación de su equipo expone que el hecho de que las mujeres cambien su nombre está vinculado a otras tradiciones patriarcales como que los padres entreguen a sus hijas antes de la boda o que los hombres sean los que proponen matrimonio.

Estos elementos, dice Duncan, forman parte del “paquete de matrimonio” para muchas parejas.

“Es parte del romance”, coincide Corinna Hirsh, alemana de 32 años residente en Estocolmo, Suecia, quien tomó el apellido de su marido al casarse el año pasado.

“Dormimos en habitaciones separadas la noche anterior. Mi padre y mi marido dieron un discurso, pero yo no”, agrega.

Hirsh cree que estas tradiciones le ayudan a ella y su pareja a desarrollar un vínculo más profundo, a pesar de ya llevar más de ocho años juntos. “No esperábamos sentirnos más cerca tras la boda, pero el hecho de haberla organizado a lo grande y tener un solo apellido hicieron el truco”.

La “buena familia”

El segundo motivo que Duncan y su equipo indagaron se basa más en percepciones públicas. Concluyeron que tomar el apellido de tu pareja se percibe como una forma de mostrar compromiso y unión hacia el exterior.

“Siento que nos da una identidad como familia y no como individuos”, concuerda Lindsey Evans en California.

Familia.

Getty Images
Muchas mujeres eligen tener el mismo apellido que sus parejas para dar más sentido de unidad familiar.

La investigación de Duncan concluyó que esta narrativa de “buena familia” era especialmente fuerte entre las mujeres que ya habían tenido hijos. Incluso algunas de las que no adoptaron el nombre de sus parejas lo hicieron después de dar a luz.

“Quise hacerlo para tener una mejor conexión con mi hijo, no solo en nuestra relación, sino también sobre el papel”, dice Jamie Berg, bailarina y gimnasta estadounidense de 36 años residente en Oslo, Noruega.

Tras mantener su nombre de nacimiento durante varios años, sobre todo porque era importante para su identidad profesional, añadió el nombre de su marido a su pasaporte y otros documentos cuando su hijo nació para “así tener los tres el mismo apellido”. Esto, esperaba, evitaría líos administrativos, por ejemplo, al viajar fuera del país.

El estudio de Duncan destacó otro sentimiento común entre muchos padres, y es que los niños pueden terminar confundidos o infelices como resultado de que los padres tengan nombres diferentes.

Pero argumenta que si bien esto puede crear incomodidad en los adultos, la investigación sociológica sugiere un impacto limitado en los niños, y la mayoría no se confunde en absoluto sobre quién conforma su familia, independientemente de su apellido.

¿Tradición contra el feminismo?

Los académicos están divididos sobre cómo esta norma juega en contra de los esfuerzos para conseguir la igualdad de género.

Duncan describe como “bastante peligroso” si las parejas lo hacen porque adoptan la tradición o simplemente la asumen por defecto.

“Perpetúa la idea de que el marido es la autoridad… reproduciendo la tradición de que el marido es el líder de la casa”, explica el investigador.

Ese argumento es fuertemente apoyado por mujeres como Nikki Hesford, de 34 años y propietaria de un negocio en el norte de Inglaterra. Ahora está divorciada, pero se negó a tomar el nombre de su exmarido cuando se casaron, y dice que le sorprende ver que pocas esposas hacen lo mismo.

Mujer con mano extendida.

Getty Images
Algunas mujeres piensan que asumir el apellido de la pareja masculina no ayuda al movimiento feminista.

“Las mujeres se quejan de que siempre terminan siendo las cuidadoras, las que dejan de lado el trabajo cuando se enferma el niño, lo llevan al hospital o la que sufren con sus carreras profesionales. Pero es que desde el principio sientan el precedente (con el cambio de nombre) al decir ‘tú eres más importante que yo, tú el principal y yo la secundaria'”, argumenta Hesford.

“Algunas personas me dicen que lo estoy pensando demasiado y que no significa nada, pero yo no estoy de acuerdo”, amplía.

Sin embargo, Hilda Burke, una terapeuta de parejas irlandesa, cree que las mujeres que eligen conservar sus apellidos no deberían juzgar tan rápido a las otras. La especialista apunta que estos conceptos de “romance retro”, reforzados por el cine y la literatura, se han amplificado con las redes sociales.

Esto significa que las mujeres seguirán influenciadas por este tipo de mensajes, a pesar de que el feminismo cuenta con una mayor plataforma hoy en día.

“Mucha parte del contenido de las influencers gira en torno a tener un novio, una gran fiesta de matrimonio y luna de miel. Incluso aunque esas mujeres se identifiquen como feministas, el estilo de vida que representan es el del ideal romántico”, dice Burke.

La especialista opina que, para muchas, cambiar al apellido de sus maridos es una opción pragmática y no necesariamente tiene que ver con ser más o menos feminista.

Pareja de casados en la playa.

Getty Images
“Mucha parte del contenido de las influencers gira en torno a tener un novio, una gran fiesta de matrimonio y luna de miel. Incluso si esas mujeres se identifican como feministas, el estilo de vida que representan es el del ideal romántico”.

Otro argumento es que, a fin de cuentas, el feminismo también se trata de dar a las mujeres libertad de decisión. Esto significa que siempre y cuando sean ellas las que decidan qué nombre tomar, no debería importar si va a favor o no de las normas patriarcales.

“Mi novio jamás me ha dicho que debo adoptar su apellido. Como feminista, soy capaz de tomar la decisión que es mejor para mí sin preocuparme por los roles de género“, dice Evans.

¿Seguirá así en el futuro?

Los investigadores debaten acaloradamente cuán prevalente será la tradición de tomar el apellido de los maridos en el futuro. Hay poca investigación académica predictiva, aunque hay indicios de que, a pesar del lento progreso hasta la fecha, tanto mujeres como hombres están cada vez más abiertos a alternativas.

En Reino Unido, una encuesta de 2016 a más de 1.500 personas mostró que al 59% de las mujeres todavía les gustaría tomar el apellido de su cónyuge al contraer matrimonio, y el 61% de los hombres todavía quiere que lo hagan así.

Aunque estas cifras son altas, son alrededor de un 30% más bajas que la proporción de británicos que actualmente siguen la tradición.

Otra encuesta mostró que el 11% de los jóvenes de 18 a 34 años en Reino Unido ahora están usando apellidos compuestos cuando se casan. Se trata de un práctica que tradicionalmente hacían las familias más adineradas.

“Lo hablamos antes y decidimos que como íbamos a compartir todo en nuestras vidas, también tenía sentido compartir los nombres”, explica Nick Nillsson-Bean, un británico de 36 años residente en Suecia, quien tiene el mismo apellido compuesto de su esposa.

Hombre poniendo anillo a su mujer.

Getty Images
Muchas parejas, por otra parte, optan por llevar apellidos compuestos.

“Se sentía un poco arcaico que tomara mi apellido”, explica.

En Estados Unidos, un número cada vez mayor de mujeres también está optando por apellidos compuestos sin guiones para ser más visibles online por motivos profesionales.

Mientras tanto, algunas parejas mezclan sus nombres o inventan otros nuevos para compartir y los hombres adoptan los apellidos de sus esposas, aunque ambos fenómenos siguen siendo inusuales.

“No estaba obsesionado con toda la masculinidad y la patriarcal y sabía lo importante que era conservar la identidad para mi esposa“, dice Ciaran McQuaid, un ingeniero británico de 39 años que cambió su nombre y se puso el apellido de su esposa.

Dado que las mujeres tienden a casarse más tarde (la edad promedio es ahora de 35 años o más en países europeos, incluidos Reino Unido, Italia y España, y alrededor de 28 en EE.UU.) esto también puede tener un impacto en la elección de nombres futuros.

Una investigación conjunta de Noruega y EE.UU. expone que las mujeres mayores, más educadas y económicamente independientes tienen más probabilidades de mantener sus nombres de nacimiento, mientras que la práctica es menos popular entre las más jóvenes, con salarios más bajos y dentro de la comunidad afroestadounidense.

Pareja casada.

Getty Images
Las mujeres de la comunidad afroestadounidense son menos propensas a conservar sus apellidos tras casarse.

“Ya tenía casa, título, automóvil…si cambiaba de nombre tendría que cambiar todos esos documentos y licencias”, explica America Nazar, una dentista de 50 años residente en Noruega que no cambió su nombre tras casarse el año pasado.

Otros investigadores destacan la influencia de la comunidad LGBTIQ, donde ya hay tendencia a ser más flexibles a la hora de cambiar de nombres.

La doctora Heath Schechinger, psicóloga y terapeuta de la Universidad de Berkeley en California, predice que se puede alentar a las parejas heterosexuales a mantener sus propios nombres a medida que “el concepto de ‘familia’ se expande”.

Es hora de que esto se convierta en una discusión abierta dentro de las asociaciones y no en algo que se asuma o esté predeterminado”, coincide la gerente de marketing Verity Sessions, de 35 años, de Inglaterra, que mantuvo su propio nombre cuando se casó con su esposa.

“Algunos de mis amigos han decidido tomar el apellido de su esposa”, dice.

Sin embargo, dice que entiende que otras parejas “simplemente aman una tradición” o podrían optar por nombres que simplemente “hacen que un árbol genealógico sea un poco más fácil de elaborar”.

En Londres, la psicoterapeuta Burke también cree que las nomenclaturas convencionales van a cambiar, aunque ahora con la batalla contra la covid-19 están teniendo lugar otras prioridades,

Los fanáticos de la tradición de los nombres masculinos como Corinna Hirsch, sin embargo, esperan que no se extinga. “Sería bueno si continúa, pero solo si no es forzado”, opina.


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