¿Dime qué lees y te diré quién eres?: un experimento en el metro de NY
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Imagen: instagram.com/subwaybookreview

¿Dime qué lees y te diré quién eres?: un experimento en el metro de NY

¿Se puede juzgar a una persona por el libro que lee? Una alemana en Nueva York decidió poner a prueba esta premisa con un proyecto en las redes sociales. Y el resultado le sorprendió.
Imagen: instagram.com/subwaybookreview
Por Gabriela Torres, de BBCMundo
18 de mayo, 2015
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@subwaybookreview

Esta escena puede ser familiar: transporte público lleno de gente, hombre o mujer concentrados leyendo libro y persona fisgoneando por detrás de la nuca.

Uli Beutter Cohen

Poco después de mudarse a Nueva York, Uli Beutter Cohen inició este proyecto que más allá de ofrecer reseñas de libros, da una idea de los neoyorquinos.

En Nueva York, Uli Beutter Cohen decidió llevar esta costumbre a otro nivel. Esta alemana cuenta por las redes sociales lo que otros leen y la razón por la que escogieron ese libro.

El Subway Book Review (que en español vendría a ser “Reseña de libros del metro”) es una colección de reseñas escritas y publicadas en Facebook, Instagram y Twitter a partir de lo que le cuentan los neoyorquinos que toman el metro.

“Empecé preguntándole a la gente qué estaban leyendo y por qué y me sorprendió el entusiasmo con que me respondieron”, le cuenta a BBC Mundo. “No solo comparten conmiga sus impresiones del libro, sino cómo esa lectura tiene un impacto en sus vidas”.

Reseña de Roberto

A Roberto le gusta La Maravillosa vida breve de Oscar Wao, Junot Díaz, por el lenguaje de calle que usa el autor dominicano-estadounidense Junot Díaz. “El mensaje del libro es que la vida está llena de pruebas, pero son esas pruebas las que te llevan a la riqueza y realización. Esto es algo de lo que todos pordemos relacionarnos”, le cuenta Roberto a Beutter.

Beutter lleva años viviendo en Estados Unidos, pero fue hace un par de años que se mudó a Nueva York. Y hace uno que empezó su blog en Instagram.

“Justo antes de venir, una amigo me dijo que no podía ir a Nueva York pensando en lo que la ciudad podía hacer por mí, sino lo que yo podía hacer por la ciudad. Este consejo lo atesoré y cuando vine me hizo tener los ojos bien abiertos”, cuenta.

Reseña de Elise

“Esta autora es feminista hasta la médula. Este libro (Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie) está basado en una charla TED que dio sobre las realidades de las políticas sexuales”, explica Elise a Beutter. “Me siento conectada con sus trabajo por los matices que toca respecto a los negros y la experiencia africana en Estados Unidos”.

Este es el proyecto de una persona y un teléfono. Cada vez que Uli Beutter utiliza el metro de Nueva York empieza a trabajar. “No grabo las conversaciones porque descubrí que eso ahuyentaba a la gente. Así que soy yo y mi dedo tomando notas y fotos con mi teléfono”.

Reseña de Joshep

Joshep le contó a Beutter que es un profesor de matemáticas de secundaria. Compró La Casa en Mango Street, de Laura Cisneros, para un estudiante a quien no le gusta leer. “Ella es muy buena en matemáticas, pero no disfruta la lectura y quiero ayudarla a que salga bien en sus exámenes”.

Con este proyecto, Beutter aprendió a dejar en casa los prejuicios. Para ella, no se juzga a una persona por el libro que lee. “Esto lo aprendí muy rápido. Muchas veces te creas una imagen de la persona por el libro y cuando te acercas y hablas te das cuenta que estabas totalmente equivocada”.

Reseña de Laura

Laura compró Las Preguntas de la Vida , de Fernando Savater, en Barcelona porque quería aprender más sobre filosofía. “Cada capítulo empieza con una pregunta sobre el universo, la belleza, el tiempo y la humanidad”, se lee en la reseña. “Son preguntas que me he hecho durante mucho tiempo”.

Esta iniciativa le ha permitido a Beutter conocer más la ciudad en la que ahora vive. “La diversidad de personalidades que esperaba encontrar aquí, me di cuenta que es totalmente cierto”.

Reseña de Evelyn

Evelyn accedió participar en este proyecto porque le parece que La sexta extinción, de Elizabeth Kolbert, debe ser leído por todo el mundo. “Se trata sobre el cambio climático y cómo estamos en la mitad de un período de gran extinción en la Tierra. Creo que es lo más importante que debemos saber para nuestras vidas”.

El tiempo en el metro es muy valioso. Un momento de duda y se pierde la oportunidad de obtener una buena reseña.

“Aprendí que sólo tengo una oportunidad. Si tardo mucho, la pierdo. Si pasas mucho tiempo mirando a la persona, también pierdes el momento porque se convierte en una situación incómoda”, señala.

Reseña de Lily

“Los amores fugaces de Nathaniel P., de Adelle Waldman , es un punto de vista muy particular de cómo un hombre percibe sus relaciones con mujeres”, explica Lily en el metro. “Yo soy complicada y nunca entiendo por qué no me va bien en las relaciones. Siempre creo que yo soy la razón, pero me estoy dando cuenta que los hombres son tan complicados como las mujeres”.

Uli Beutter cuenta que este proyecto funciona en Nueva York porque se trata de una ciudad que atrae a gente creativa, que quiere probar cosas nuevas. “También es famosa por ser una ciudad que ofrece mucha inspiración e ideas”.

“Sabía que iba a conocer a gente increíble, sólo que no pensé que serían extraños en el metro”, agrega.

Todas las fotos son cortesia de Uli Beutter Cohen. Instagram: @subwaybookreview

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Dominio público

El papa que decretó un confinamiento y salvó a Roma de la peste en el siglo XVII

Hace 400 años Alejandro VII ordenó unas medidas sanitarias que, según los investigadores, hizo que una epidemia de peste tuviera una baja letalidad en la que es hoy la capital de Italia.
Dominio público
18 de abril, 2021
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Era un intelectual, un aficionado al arte y la arquitectura, doctor en filosofía, teología y derecho. Cuando el italiano Fabio Chigi (1599-1667) se convirtió en el papa Alejandro VII, ni en sus peores presagios imaginó que tendría que enfrentarse a una epidemia de peste.

Su reacción, sin embargo, fue contundente.

Aunque la ciencia descubrió la bacteria causante de la peste en 1894 —gracias al bacteriólogo Alexandre Yersin—, el sumo pontífice decretó medidas sanitarias que, según investigadores, contribuyeron a que la letalidad en Roma fuera mucho menor que en otros lugares afectados por la misma epidemia.

Según un estudio del historiador italiano Luca Topi, profesor de la Universidad de Roma La Sapienza, entre 1656 y 1657 la peste mató al 55% de la población de Cerdeña, la mitad de los habitantes de Nápoles y al 60% de los residentes de Génova.

En Roma, en cambio, murieron 9.500 personas de un total de 120.000, menos del 8%. Estos datos fueron publicados en una revista científica italiana en 2017.

Se calcula que distintas olas de la peste arrasaron con cerca de la mitad de la población europea.

Cuando llegaron los primeros reportes de muertes por la epidemia en el entonces reino de Nápoles, Alejandro VII llevaba un año como pontífice.

Representación pictórica de la peste en Italia.
Getty Images

Diversas olas de la peste mataron a casi la mitad de la población europea.

El papa no era sólo el líder del catolicismo. Si hoy es el soberano del diminuto estado del Vaticano, en aquella época mandaba sobre los llamados Estados Pontificios, que comprendían Roma y buena parte de los alrededores; prácticamente todo el centro de la Italia actual.

Esta fascinante historia cuenta cómo muchas de las restricciones que se aplican hoy contra la pandemia de coronavirus dieron resultado en Roma contra la peste hace 400 años.

¿Cuáles fueron las medidas del papa?

Dentro de los dominios papales, el brote ocurrió entre mayo de 1656 y agosto de 1957.

Tan pronto como llegaron las primeras noticias de la peste a Roma, Alejandro VII puso en alerta al Congreso de la Salud, que había sido creado en un brote anterior.

Las medidas de contención se implementaron gradualmente, según la situación se volvía más peligrosa.

El 20 de mayo se promulgó un decreto que suspendía todo comercio con el reino de Nápoles, que ya se encontraba muy afectado.

Cuadro del siglo XVII de la Plaza de San Pedro en El Vaticano.

Getty Images
En el siglo XVII, el papa era la máxima autoridad en los Estados Pontificios, que comprendía la región de Roma y alrededores, prácticamente todo el centro de la actual Italia.

La semana siguiente, el bloqueo se extendió y se prohibió la entrada a Roma de cualquier viajero que viniese de allí.

El 29 de mayo, en la ciudad de Civitavecchia, ubicada en los Estados Pontificios, se registró la llegada de la peste e inmediatamente se impuso la cuarentena.

“En los días y meses siguientes, se aislaron muchas otras localidades de ese territorio”, detalla el historiador Topi en su artículo.

En Roma, la decisión fue radical: se cerraron casi todos los portones de acceso a la ciudad. Solo ocho permanecieron abiertos, pero eran protegidos las 24 horas del día por soldados supervisados por “un noble y un cardenal”.

A partir de entonces, cualquier entrada debía ser justificada y registrada.

El 15 de junio Roma tuvo su primer caso: un soldado napolitano que murió en un hospital. Las normas se endurecieron aún más.

El 20 de junio se implantó una ley que obligaba a los ciudadanos a informar a las autoridades en caso de conocer algún paciente.

Posteriormente, un nuevo dispositivo papal comenzó a obligar a cada párroco y sus asistentes a visitar, cada tres días, todas las casas de sus distritos electorales para identificar y registrar a los enfermos.

Luego corrió la noticia de otra muerte, esta vez un pescador de la región del Trastévere.

“Los familiares de la víctima también se infectaron y muchos murieron”, cuenta Raylson Araujo, estudiante de teología de la Universidad Católica Pontificia de Sao Paulo, Brasil, quien también investigó el asunto.

La primera idea fue intentar aislar la región.

Ilustración de Alejandro VII.

Dominio Público
Alejandro VII impuso medidas graduales hasta llegar al confinamiento total.

“El papa también era la autoridad civil. Conforme la epidemia comenzó a extenderse, implementó medidas de aislamiento. Tras prohibir el comercio con Nápoles, decretó otras reglas de distanciamiento social: prohibió reuniones, procesiones y todas las devociones populares”, dice Araujo.

El endurecimiento de las medidas fue gradual hasta llegar al confinamiento total.

“Conforme pasó el tiempo, el papa adoptó nuevas prohibiciones. Las congregaciones en la iglesia fueron suspendidas, las visitas diplomáticas también, al igual que encuentros religiosos y reuniones públicas, se vigilaron los caminos”, enumera Araujo. “Se suspendieron todas las aglomeraciones civiles”.

“Se prohibieron diversas actividades económicas y sociales. Se cancelaron las fiestas y ceremonias públicas, civiles y religiosas”, dice el seminarista Gustavo Catania, filósofo del Monasterio de São Bento de Sao Paulo.

Plaza de San Pedro vacía por las restricciones en Roma.

Getty Images
Al igual que con la pandemia de coronavirus, en el siglo XVII se prohibió asistir a celebraciones religiosas en Roma.

“Se suspendieron los mercados y se echó a algunas personas que vivían en la calle porque podían ser causa de contagio. Se prohibió el cruce nocturno del río Tíber”.

El papa también determinó que nadie debía ayunar, con el objetivo de que la población se alimentanse y mantuviese así más saludable por si se contagiaba.

A todos aquellos que tuvieran al menos una persona infectada en la familia se les prohibió salir de casa. Para garantizar la asistencia, Alejandro VII separó a los sacerdotes y médicos en dos grupos: los que tendrían contacto con los enfermos y los que no, quienes atenderían al resto de la población.

“Preocupaba que los sacerdotes se convirtieran en vectores de la enfermedad”, dice Araujo.

Los médicos tenían prohibido huir de Roma“, dice Catania, señalando que muchos temían infectarse.

Como los pacientes estaban aislados, se creó una red de apoyo a la población.

“Había una previsión de ayuda económica para las familias que no podían salir de casa y algunas personas recibían comida por la ventana“, dice el seminarista.

En los meses de octubre y noviembre, cuando la incidencia de la enfermedad era mayor, incluso se preveía la pena de muerte para quienes infringieran las normas.

Negacionistas y noticias falsas

Sin embargo, no todos admitían la gravedad de la situación.

Hubo quienes la desdeñaron y hasta difundieron bulos.

“Se acusó al papa de inventar la enfermar para su propio beneficio y para ganar popularidad”, comenta Mirticeli Medeiros, investigadora de la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma.

Protestas negacionistas en Roma por la pandemia de coronavirus.

Getty Images
Como también ha sucedido en esta pandemia, hubo negacionistas en aquella época que no admitían la existencia de la enfermedad.

“Muchos no querían que el pontífice adoptara estas medidas para no alarmar a la población”, complementa.

Hasta sus colaboradores más cercanos le aconsejaron que no lo hiciera. Temían que, desde el momento en que se hizo pública la gravedad de la situación, a través de decretos y divulgaciones, la economía comenzara a sentir los efectos de este tipo de postura. Pero el papa fue firme y cumplió con su política de salud”.

Araujo compara esos hechos del siglo XVII con el “movimiento de hoy y la resistencia popular” para aceptar la gravedad de la pandemia de coronavirus.

“Comerciantes aconsejaron al papa que no adoptara las medidas, porque el cierre perjudicaba el comercio y la cosecha“, comenta el investigador.

“Hubo grupos que acudieron a él para pedirle que no promulgara más medidas de aislamiento. Querían maquillar y tapar la situación para que no se extiendera el pánico y cerraran los comercios”, continúa Araujo.

Hay informes de que un médico divulgó bulos sobre las verdaderas motivaciones del encierro.

“Hizo correr la voz de que tras las decisiones de este papa había intereses políticos”, dice el historiador Victor Missiato, profesor del Colegio Presbiteriano Mackenzie de Brasília.

“Fue acusado de difamación y terminó condenado a trabajar en un hospital, dedicado a curar la peste”.

Victoria contra la enfermedad

Cuando se resolvió el brote en 1657, la celebración estuvo a la altura.

Alejandro VII demostró el renacimiento de la Iglesia con monumentos que hasta hoy marcan El Vaticano, como el conjunto de columnas de la plaza de San Pedro, del escultor y arquitecto barroco Gian Lorenzo Bernini.

Columnas de Bernini en la Plaza San Pedro.

Edison Veiga
Las obras del papa Alejandro VII marcaron el aspecto de El Vaticano hasta hoy.

“En ese periodo era muy común que los papas visibilizaran su soberanía y poder. Los grandes monumentos de Roma de esa época fueron construidos con esa motivación”, contextualiza Medeiros.

“Como el caso de la Fuente de los Cuatro Ríos de la Piazza Navona, la Fontana di Trevi y otros”.

“Alejandro VII era un apasionado del arte y amigo de Bernini. Su comienzo como papa estuvo marcado por la peste”, explica.

“La forma que encontró de apagar aquel periodo sombrío fue invirtiendo en obras colosales. Las columnas de San Pedro representan los brazos abiertos de la Iglesia. La basílica de San Pedro fue restaurada como símbolo de poder temporal, no solo espiritual”.

Otros casos

Este no fue el único momento histórico en el que la Iglesia, en el pasado, cerró sus puertas por brotes y epidemias.

“Hubo otros casos en algunas diócesis de Italia, especialmente en el siglo XIX durante la epidemia de cólera”, recuerda Medeiros. “Entonces se tomaron medidas restrictivas similares”.

Grabado de un mercado durante la epidemia de cólera en Italia.

Getty Images
Durante la epidemia de cólera en el siglo XIX la iglesia tomó restricciones similares en Italia.

Por otro lado, la experta recuerda que en el brote de peste del siglo XIV ocurrió “todo lo contrario”.

“El papa Clemente VI, aislado en el palacio pontificio de Aviñón, en Francia, no parecía muy preocupado por lo que sucedía fuera de los muros de su casa”, apunta la investigadora.

“En esa época la enfermedad era un castigo divino y se producían procesiones y otras aglomeraciones para intentar, según la mentalidad religiosa, de superar el mal”.

En el siglo anterior, la región de Milán se vio muy afectada por la plaga. El cardenal arzobispo Carlo Borromeo también estableció estrictas medidas sanitarias en su circunscripción.

“Propuso una cuarentena general y se decretó a la gente a quedarse en casa hasta resolver la situación. Solo podían irse los que asistían espiritual y materialmente a la población.

El investigador dice que incluso las misas se celebraban “a distancia”.

“Un cura iba a la esquina y celebraba en la calle. Los fieles miraban desde sus ventanas”, explica.

Fe en la ciencia

Al analizar estos episodios del pasado, a menudo similares a los de hoy, hay que tener en cuenta que entonces la ciencia no se valoraba tanto como hoy y que la religión y la política estaban muy entrelazadas.

“En el siglo XVII, el absolutismo era muy fuerte en Europa y estaba ligado al poder de la Iglesia. El poder político y el poder religioso estaban muy mezclados“, explica Missiato.

“En ese momento, la revolución científica aún no se había extendido a las diferentes sociedades del mundo europeo. La creencia en lo divino como entidad definitoria de la paz y el caos todavía se veía como el camino hacia la salvación”.

Por eso el encierro impuesto por Alejandro VII es tan relevante.

“Lo que pasó muestra un alineamiento entre fe y ciencia, una fe con los pies en la tierra“, dice Araujo.


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