Capitalinos con educación superior y altos ingresos declinan ser funcionarios de casilla
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Capitalinos con educación superior y altos ingresos declinan ser funcionarios de casilla

En 25 casillas, concentradas en las zonas de más altos ingresos del DF, como Miguel Hidalgo, Cuajimalpa y Benito Juárez, no se completaron los seis ciudadanos que deben fungir como funcionarios de casilla que marca la ley.
CUARTOSCURO
Por Majo Siscar
7 de junio, 2015
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Capitalinos con educación superior y altos ingresos declinan ser funcionarios de casilla. Foto: Cuartoscuro

Capitalinos con educación superior y altos ingresos declinan ser funcionarios de casilla. Foto: Cuartoscuro

Aquí no hay protestas de maestros, ni disputas del crimen organizado, ni baleados. Sin embargo, la colonia Los Morales, parte de la zona de alto poder adquisitivo conocida como Polanco, en la Ciudad de México, tiene algo en común con Oaxaca o Guerrero, donde el estado de las casillas para esta mañana electoral es incierto. En esa colonia no se completaron los seis vecinos que deben ser funcionarios de casilla como lo exige la ley.

En el último corte hecho ayer a última hora de la tarde, el Instituto Nacional Electoral contaba 25 centros de votación en esta situación, de acuerdo con un documento al que tuvo acceso Animal Político.

Chapultepec Morales, Bosques de las Lomas y Chapultepec son algunas de las colonias de la delegación Miguel Hidalgo en esta situación. En contraste, en las zonas más populares de esa misma demarcación, sólo en una casilla de la colonia Anáhuac faltó conseguir a un funcionario. Lo anterior, de acuerdo con el vocal de capacitación electoral y educación cívica de la Junta Distrital, Ignacio Huesca.

La gente no quiere participar, nos dicen que no, que están muy descontentos con la política, con la gestión que se ha dado”, confiesa el funcionario designado por el  Instituto Nacional Electoral y revela que, aunque en la mayoría están completas, en las zonas populares también hubo dificultad para completar las casillas.

“En las colonias más modestas la gente nos ha estado preguntando cuánto les vamos a pagar, y que si no, no van”.

El vocal agregó que también faltan funcionarios de casilla en las zonas de recursos altos de las delegaciones de Cuajimalpa, Benito Juárez y Coyoacán.

Un funcionario de casilla recibe 300 pesos por el día de la elección como apoyo para los alimentos. Aunque hay un sorteo donde se insacula a los vecinos designados, no hay mecanismos para que este proceso sea obligatorio y los elegidos pueden negarse.

De no completarse los seis funcionarios por casilla que marca la ley, aunque se abren las casillas, los votos recogidos podrían desestimarse. “El problema es que llegan los partidos e impugnan porque no cumple la ley y todo la casilla se anula”, explica el vocal Huesca.

Ante ello la única estrategia que les queda es intentar convencer a los vecinos en el último momento. “Vamos a abrir la casilla con la gente que esté y tendremos que completarla con la gente que esté en la fila, a la que se le dará una capacitación exprés”, confesó Huesca.

Lo anterior coincide con lo que dijo en entrevista el responsable de la Dirección Ejecutiva de Capacitación Electoral y Educación Cívica, Luis Javier Vaquero.

“Si no integramos completamente, mañana de la fila pueden tomarse voluntarios. No es el mejor escenario, pero no creo que tengamos que llegar a ese extremo”, dijo en una breve entrevista en las instalaciones del Instituto Nacional Electoral.

Lo anterior refleja las negativas con las que se encontraron los capacitadores del Instituto cuando iban a buscar a los insaculados. Relatan que el primer inconveniente era que los seleccionados no se encontraban en su domicilio por el horario de trabajo. El segundo filtro casi inquebrantable eran los porteros y otros agentes de seguridad que no les dejaban acercarse a los domicilios y el tercero la negativa.

“Voy a estar de viaje ese día”, era la excusa más común según registra el funcionario.

“El problema número uno es el desencanto que tenemos la sociedad con la clase política, siempre ha costado convencer a la gente en esta colonia que estén en las casillas pero hoy se agravó más que hace tres años”, señala Eloísa Alvarado integrante del Comité Vecinal de la colonia Bosques de Chapultepec. Esta jubilada es una de las voluntarias que se ofrecieron a llenar las plazas vacías. Hoy es presidenta de casilla y ha pasado semanas haciendo campaña en las redes y boca a boca para que sus vecinos completen las mesas. Ha conseguido enrolar como funcionario de casilla hasta al conserje de su edificio. Mari Tere Ruiz, de la asociación La Voz de Polanco también convenció gente.

Otra vecina fue incluso a hablar con un rabino para que animara a la comunidad judía –muy presente en la primera y la segunda sección de Polanco, donde tampoco completaron– a participar en las elecciones.

No tuvo mucha suerte, ya que según dice “ellos no se involucran en estas cosas”.

Para Alvarado, una de las desventajas de esta ley electoral es que no puedes ser funcionario de casilla después de los 70 años. “Aquí habría mucho jubilado que quiere participar pero ya no puede por edad, y en cambio los jóvenes están todo el día trabajando y no están dispuestos a ir a capacitaciones y estar en las casillas.

Deberían ampliar la edad, si el Papa o el de la Fifa tienen más de 70 años ¿porqué nuestros funcionarios de casilla no?” reclama jocosa.

Al interior de los integrantes del Consejo General, la visión es otra un poco más optimista. Incluso, el consejero presidente de la Comisión de Organización y Capacitación Electoral, Arturo Sánchez, descarta hablar de un “rechazo” de los ciudadanos a ser funcionarios de casilla.

Yo no usaría la palabra rechazo. No es que haya funcionarios que no quieran ser funcionarios de casilla. Lo que ocurre es que existe un sorteo (…) y cuando uno visita a esas personas (los ciudadanos elegidos por sorteo) uno se va a encontrar con todo tipo de situaciones. Personas que no saben leer ni escribir, personas que tienen algún tipo de discapacidad que les imposibilita ser funcionarios de casillas, etcétera”, dijo en una conferencia de prensa el sábado por la mañana.

“Independiente de esas personas que no aceptan funcionarios de casilla, la realidad es que hoy tenemos a todo el personal que queremos. Necesitábamos aproximadamente un millón 100 mil ciudadanos que estén con nosotros mañana. Los tenemos. No todos van a estar porque tenemos también suplentes”.

No obstante esta visión, a ras de las calles de las zonas más acomodadas del DF, el vocal Ignacio Huesca señala otra situación. Dicho funcionario, con varias elecciones ya a las espaldas como vocal, apunta que es la primera vez que no logra completar tantas casillas.  “Ha sido un proceso electoral muy diferente a los anteriores y hay más apatía, mucha”.

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Por qué el año no termina realmente a la medianoche del 31 diciembre (y no siempre dura lo mismo)

La fecha en la que comienza y termina un año no tiene su base en la ciencia, sino que es un sistema, a la larga, "inventado".
31 de diciembre, 2020
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Getty Images
El momento en que comienza y termina el año es una convención.

Brindis y uvas, bailes, resoluciones y rituales… la medianoche del 31 de diciembre es un momento de festejo, esperanza y recuento para millones de personas en todo el planeta.

Un año “termina” y otro “comienza” y, con él, las aspiraciones de un mejor tiempo y de innumerables propósitos y nuevas metas.

Es el último día del calendario gregoriano, el patrón de 365 días (más uno en bisiesto, como 2020) que ha regido en Occidente desde que se dejó de usar el calendario juliano en 1582.

Su paso celebra el fin de un ciclo que ha marcado las cuentas del tiempo para diversas culturas desde hace milenios: una vuelta completa de la Tierra alrededor de su estrella.

“Lo que entendemos tradicionalmente por año, tanto en astronomía como en muchas culturas, es ese lapso que tarda nuestro planeta en darle la vuelta al Sol”, indica el astrónomo y académico Eduard Larrañaga, del Observatorio Astronómico Nacional de la Universidad Nacional de Colombia.

Sin embargo, según explica el también físico teórico a BBC Mundo, la fecha en la que comienza y termina un año no tiene su base en la ciencia, sino que es una convención, o sea un sistema, a la larga, “inventado”.

“Asumir que el año termina a la medianoche del 31 de diciembre y empieza el 1 de enero es una construcción social, una definición que se hizo en un momento de la historia”, dice.

De acuerdo con Larrañaga, dado que la base para la medición de un año es el tiempo que tarda la Tierra en darle la vuelta al Sol, el conteo de cuándo empieza y termina ese ciclo puede ocurrir, en la práctica, en cualquier momento.

“Desde el punto de vista astronómico, no ocurre nada especial el 31 de diciembre para decir que es ahí donde termina el año ni ocurre nada especial el 1 de enero para decir que ahí es cuando comienza“, señala.

“En realidad, a lo largo de la órbita de la Tierra no hay nada especial ni fuera de lo común que ocurra para marcar el cambio de un año”, agrega.

Pero no termina ahí.

La duración exacta que le damos al año de 365 días (o 366 en los bisiestos) es otra convención social.

“En realidad, hay muchas formas de medir la duración de un año” y si se hace de una u otra forma, la duración no es la misma, indica Larrañaga.

Pero ¿cómo es posible?

La duración del año

Desde que fue introducido por el emperador Julio César en el año 46 a. C., el calendario juliano sirvió para contar el paso de los años y la historia en Europa hasta finales del siglo XVI.

Sin embargo, desde entrada la Edad Media, varios astrónomos se dieron cuenta de que con esa manera de medir el tiempo se producía un error acumulado de aproximadamente 11 minutos y 14 segundos cada año.

Fue entonces cuando en 1582 el papa Gregorio XIII promovió la reforma del calendario que usamos hasta el día de hoy e introdujo los bisiestos para corregir los errores de cálculo del calendario juliano.

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Getty Images
Millones de personas celebran el cambio de año este 31 de diciembre.

Larrañaga explica que, desde el punto de vista de la astronomía, base para la definición de lo que es un año, no existe una única unidad de medida, sino al menos cuatro para contar el tiempo que tarda la Tierra en darle una vuelta al Sol.

  • Año juliano o calendario: “Es una convención y se usa en astronomía como una unidad de medida en la que se considera que la Tierra le da la vuelta al Sol en 365,25 días”.
  • Año sideral: “Es el que tarda la Tierra en dar una vuelta al Sol respecto a un sistema de referencia fijo. En este caso, se toma como referencia el grupo de las estrellas fijas y ese año tiene una duración de 365,25636”.
  • Año trópico medio: “En este se toma en cuenta longitud de la eclíptica del Sol, es decir, la trayectoria del Sol en el cielo con respecto a la Tierra a lo largo del año, principalmente en los equinoccios. Y este dura un poco menos que el año sideral, 365,242189 días”.
  • Año anomalístico: “La Tierra, al igual que los otros planetas, se mueve en elipsis. Esa elipsis hace que el Sol en algunas ocasiones esté más cerca y más lejos de la Tierra. Pero hay un punto donde ambos están lo más cerca posible, el llamado perihelio”. Y el año anomalístico es el tiempo transcurrido entre dos pasos consecutivos de la Tierra por su perihelio. Dura 365,2596 días”.

Si bien Larrañaga señala que todos están sobre el orden de los 365 días, asumir que este es el periodo exacto de la duración de un año se vuelve una simplificación.

Pero además, no tiene en cuenta otro factor.

“Hay otra cuestión, y es que, aunque tenemos esos cálculos, no todos los años duran lo mismo, no tienen la misma duración cada vez“, dice.

El largo de los años

De acuerdo con el experto, si bien los astrónomos han tratado de calcular con precisión a través de los siglos el tiempo que tarda la Tierra en darle una vuelta al Sol, existe un problema básico que les impide obtener un número definitivo.

“Hay que tener en cuenta que la duración de los años nunca es igual debido a que en el Sistema Solar todo cambia. Tomemos el año anomalístico: mientras la Tierra se mueve alrededor del Sol, el perihelio cambia como resultado de la acción gravitatoria de otros planetas, como Júpiter”, dice.

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La influencia gravitatoria de los planetas y el movimiento de la Tierra hacen que la duración del año no sea igual siempre.

El físico teórico señala que algo similar ocurre con el llamado año trópico medio, que mide el intervalo de tiempo entre dos pasos consecutivos del Sol por el punto Aries o equinoccio de primavera, o con el sideral.

“El año trópico medio también cambia, dado que depende del eje de la Tierra, que está torcido. Es como un trompo que va balanceándose. Entonces, la fecha y el momento del equinoccio también es diferente”, dice.

“Y si comparamos cuánto duraba el año sideral en 2020 con cuánto duró en el 1300 seguramente notaremos una diferencia. Siempre estaría en torno a los 365 días, pero no sería la misma duración exacta, porque el movimiento de la Tierra no es siempre el mismo”, agrega.


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