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¿De veras sirve estudiar? La desigualdad entre hombres y mujeres jóvenes
México es el país de la OCDE con más jóvenes sin estudios. Más de la mitad de los mexicanos entre 25 y 34 años apenas lograron la secundaria. En el último año, solo 413 mil personas obtuvieron un grado universitario. Casi el mismo número de adolescentes que dieron a luz.
Cuartoscuro
Por Majo Siscar .
29 de junio, 2015
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En México, de 100 estudiantes que entran a primaria, sólo 36 llegan a terminar la prepa. // Foto: Cuartoscuro.

En México, de 100 estudiantes que entran a primaria, sólo 36 llegan a terminar la prepa. // Foto: Cuartoscuro.

Tiene los ojos bien abiertos pero la mirada perdida, como si le hubieran impreso el susto en el rostro. Violeta todavía no cumple los 14 años pero ya carga en sus brazos un bebé de apenas 10 días. Se llamará David cuando el párroco del pueblo acepte bautizarlo, porque ahora le pone peros. No está bien visto por Dios dar el santo sacramento al hijo de una pareja de “amancebados”, dijo el sacerdote de su comunidad, en la sierra norte de Puebla.

Violeta y Polo, de 19 años y padre del niño, no pensaban vivir juntos, de hecho ni siquiera eran novios cuando su familia se enteró que estaba embarazada de cinco meses. Ahora viven los dos en casa de la madre de Violeta, quién a sus 32 años ahora es abuela.

México es el país de la OCDE con la tasa más alta de embarazos adolescentes, 62 de cada mil chicas entre 15 y 19 años se embarazaron en México en 2013. Violeta ni siquiera entraría en la estadística, todavía tiene 13 años y esa cara de espanto permanente.

La chica estaba apenas en segundo de secundaria. Su madre quiere que en agosto retome el curso en una escuela improvisada en la sala de juntas del ejido, que maneja un profesor de apenas 18 años mandado por el Consejo Nacional de Fomento Educativo, Conafe.

La única escuela en forma en esa comunidad es la primaria. Antes de que llegase el Conafe tampoco tenían secundaria. Debían viajar una hora y media hasta la cabecera municipal más cercana y pagar 60 pesos al día en transporte, en un ejido donde el jornal agrícola se paga a 100 pesos el día.

México tiene la obligación de garantizar la educación a sus niños hasta la preparatoria, según la última modificación legislativa, en 2012, y tiene una proporción de estudiantes inscritos en instituciones públicas mayor que el promedio de la OCDE; sin embargo, no tiene los mecanismos para evitar la deserción prematura.

De los 34 países que integran la OCDE, México es el que tiene más población joven sin estudios. Más de la mitad de los mexicanos entre 25 y 34 se quedaron con el grado de secundaria o inferior.

02 Acceso a la educacion

Adolescentes embarazadas: un futuro incierto

01 Derechos sexuales reproductivos

Violeta no sabe si la concluirá la secundaria. Aunque en el ejido podría empatar los estudios con con la crianza del bebé, no ve beneficios en el esfuerzo.

“Aquí no hay nada que hacer si estudias una carrera”, explica la única mujer del pueblo que ha ido a la universidad. Su nombre es Ana Lilia y tiene 22 años.

Ana Lilia es la tercera persona con un grado de licenciatura en 40 años en el pueblo. En cambio en el último año tres adolescentes se embarazaron.

En este año, en todo el país, se han titulado 413 mil personas de un grado universitario, frente a 336 mil 481 jóvenes entre 15 y 19 años que fueron madres.

Naciones Unidas tipifica el embarazo adolescente como una causa y una consecuencia de las violaciones de derechos.

“El embarazo menoscaba las posibilidades que tienen las niñas de ejercer los derechos a la educación, la salud y la autonomía, garantizados en tratados internacionales, como la Convención sobre los Derechos del Niño. Y a la inversa, cuando una niña no puede gozar de sus derechos básicos, como el derecho a la educación, se vuelve más propensa a quedar embarazada”.

Según la Secretaría de Educación, el embarazo adolescente es la segunda causa de deserción escolar entre las jóvenes mexicanas.

02.1 Acceso a la educacion

Una vez en edad, activa las mujeres trabajan mucho menos fuera de casa, lo que las pone en una situación de dependencia económica. Ocho de cada 10 hombres en edad de trabajar lo hacen, mientras que en las mujeres la proporción es de sólo 4.

Una mujer gana entre 10 y 30% menos que un hombre

Las mujeres ganan 30% menos en actividades industriales que los hombres y un 24% menos cuando son operadoras de transporte, según un estudio del INEGI con fecha de 2014. Para comerciantes, profesionales, funcionarios u oficinistas, la brecha salarial de género fluctúa entre el 17% y el 10%. Y esas diferencias solo se difuminan en actividades como las agropecuarias, de protección o vigilancia o entre las trabajadoras de la educación.

El reporte Global Gender Gap 2014 es aún más pesimista, pues asegura que el salario de las mujeres es, en promedio, la mitad del que ganan los hombres.

A ese panorama hay que agregar que, mientras las mujeres dedican más de seis horas al día a trabajo no remunerado como las tareas del hogar o la crianza de los hijos, los hombres no dedican ni dos.

“Ahora hay mujeres diputadas, gasolineras o pilotas, pero la mayoría siguen estando en puestos de menor ingreso que los hombres, aún y con las mismas responsabilidades”, resume la integrante de la Red de Mujeres Sindicalistas, Inés González.

Además la discriminación no está solo en el salario. En un país que vanagloria a la madre, resulta que casi la mitad de las mujeres asalariadas y aseguradas no cuenta con incapacidad médica después del parto, pese a que está previsto por ley. (En 2009 la cifra era de 45.7%) y en 2011, más de 800 mil mujeres embarazadas perdieron su empleo, sufrieron baja de salario o no pudieron renovar su contrato.

Otros factores de discriminación hacia las mujeres en el acceso al empleo son la edad, la forma de vestir y el color de piel, según la última Encuesta sobre Discriminación en la Ciudad de México, hecha por el Consejo para Prevenir la Discriminación en 2013.

“Nos siguen viendo como objetos”, espeta Karla, quién a sus 22 años se paga las colegiaturas de la escuela de periodismo gracias al modelaje. Karla nació cuando su madre tenía tan solo 15 años y una vez ella fue al colegio, su madre pudo seguir estudiando hasta alcanzar la maestría. Ahora a ambas les va bien, pero no ha sido fácil. A los 18 años Karla tuvo que empezar a costear todos sus gastos. Perdió el primer año de carrera porque no lo pudo compaginar estudio y empleo. Su primer trabajo fue como mesera en un restaurante de comida estadounidense donde las chicas traen pantalones mínimos y escotes, y se cobra el salario mínimo más propinas. Apenas una niña, Karla no lo pudo manejar.

03 Mujeres y empleo

Universidades públicas, privadas y el empleo

Para trabajar como vendedor en una tienda departamental se requiere la preparatoria terminada. Si no se tiene, solo se puede acceder a las tareas de limpieza o a la bodega. Los empleos formales exigen cada vez más formación a sus empleados, aunque ésta no se revierta directamente en un mayor salario.

La OCDE alertó en su último informe sobre educación en México que alcanzar mayores niveles educativos “no necesariamente se traduce en mejores resultados en el mercado laboral”.

Óscar, vendedor de revistas y libros en un almacén propiedad del millonario Carlos Slim, trabajaba sirviendo comidas en ferias antes de terminar la prepa abierta. Ahora no gana más, pero tiene un trabajo menos pesado con prestaciones y seguro social.

Ricardo tiene 29 años y le faltan dos semestres para terminar la carrera de Arquitectura. Cuando acabó la prepa, su madre le dijo que solo podía pagar la universidad para uno de sus hijos y él renunció por su hermana. “Luego ella salió panzona y tampoco estudió”, dice con un dejo de amargura. Su hermana abandonó la prepa al embarazarse. Él fue vendedor de dulces, mesero, comerciante ambulante,… a los 23, con su hermana ya con trabajo estable, regresó a la universidad.

Después de dos intentos entró a una escuela de arquitectura de la UNAM. Hace dos años tuvo que dejarla porque no tenía dinero ni para imprimir los planos. Además, había que volver a ayudar en casa. Buscó trabajo de dibujante pero le ofrecían sueldos de aprendiz por 3 mil 500 pesos. Ahora trabaja de tiempo completo como portero en un condominio del sur de la Ciudad de México por 5 mil pesos al mes.

“En este país, si no tienes contactos, tener estudios no te asegura nada. Gano más aquí que de dibujante”, se queja mientras abre el portón para que entre un carro del vecindario. Ricardo necesitaría destinar nueve años completos de su sueldo actual para poder adquirir uno así. Tampoco tiene uno usado.

Por suerte vive cerca de su trabajo, a unos cinco kilómetros, en la colonia Santo Domingo, que en los años 70 fue la invasión urbana más grande de América Latina. Durante diez años no tuvieron agua entubada ni drenaje.

Ricardo, su madre, sus hermana, dos sobrinas y su hermano pequeño rentan allí. Pagan mil quinientos pesos al mes por rentar unos 30 metros cuadrados, distribuidos en una sola recámara, un baño y una cocineta básica. Los seis duermen en la misma habitación en tres camas dobles. Ahí comen, ven la tele, con cable, o juegan a los videojuegos y se conectan a internet con las dos computadoras que tienen.

“Sí, estamos un poco apretados”, reconoce con una sonrisa apenada.

La pobreza, al igual que la riqueza, se hereda. Ante la falta de contrapesos del Estado que garanticen la igualdad de oportunidades, la movilidad social se dificulta. Un informe del 2013 del Centro de Estudios Espinosa Yglesias muestra, a partir de datos del Inegi, que los mexicanos que nacen en el 20% más pobre de la sociedad lo seguirán siendo, al igual que los que nacen en el 20% más rico.

A diferencia de Ricardo, José Eduardo Bayón tiene 22 años y va a empezar su primera pasantía como abogado en un despacho de derecho corporativo.

Mientras Ricardo solo encontraba pasantías de 3 mil pesos, José Eduardo ganará, de entrada, el doble, con unos estudios similares. ¿La diferencia? José Eduardo estudia en el ITAM, una de las universidades privadas con más prestigio en el país y fundada por Raúl Bailleres, padre del segundo hombre más rico de México, Alberto Bailleres. Nunca ha tenido que trabajar, maneja un Jetta, va los fines de semana a Acapulco y sus padres, además de pagarle la colegiatura de la universidad, de 12 mil pesos al mes, le dan otros seis mil para sus gastos.

Para entrar a esa universidad de la que ha egresado, por ejemplo, el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, debió pasar un duro examen de admisión con criterios internacionales. Ricardo debió hacer examenes en dos años distintos para conseguir un lugar en una sede alterna a la UNAM, donde la admisión es más fácil. Ricardo estudió en un colegio de bachilleres público, José Eduardo en un instituto particular.

“Se ve como algo natural que unos vayan a unos tipos de escuelas y otros vayan a otros; Que se vivan calidades de ciudadanías totalmente distintas, de primera y de segunda”, continúa Bayón.

Ricardo ni siquiera tiene seguro social. Tampoco su madre. “Tienes un accidente o una enfermedad o nada más una caries y lo poco que tenías ahorrado se te va”, afirma y recuerda como una lesión en la rodilla le dejó endeudado.
Aunque México ha avanzado en la última década hacia la cobertura universal en salud todavía su eficiencia todavía es cuestionable. Es el estado de la OCDE que menos invierte en sanidad. El gobierno mexicano solo paga la mitad del gasto total en salud de todos los ciudadanos. También son los que tienen una esperanza de vida más baja.

El seguro social no solo refiere a la cobertura sanitaria sino a la precariedad laboral. Y no es solo un problema de llegar al fin de esta quincena sino que es un problema de futuro. Así se refiere a esta problemática la representante de la Red de Mujeres Sindicalistas, Inés González.

“Los trabajadores en la informalidad, que hoy rondan el 60% de la población económicamente activa, ¿qué van hacer en el futuro? ¿Qué van a hacer los jóvenes de hoy en su retiro? No es que solamente el dinero que hoy gano me vaya a servir para comprar la leche y la carne. El dinero que hoy gano tiene que ser tan importante para asegurar mi vejez de una manera digna”.

Esta investigación es de Oxfam, en el marco de su campaña “Iguales”.

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Las sorprendentes maneras en que las horas a las que comes afectan a tu peso y tu salud
El reloj corporal, el metabolismo y la digestión interactúan de formas complejas. De modo que, a la hora de llevar una dieta sana y de mantener un peso equilibrado, no solo influye qué se come sino cuándo se come.
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21 de marzo, 2019
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Cuando los jóvenes comienzan la universidad, es común que aumenten de peso. En Estados Unidos llaman a este fenómeno “freshman 15”, en referencia a las 15 libras (algo más de seis kilos) que normalmente ganan durante el primer año en que los estudiantes viven fuera de casa.

En parte, este aumento de peso puede explicarse por la sustitución de comidas caseras por comidas precocinadas y comidas rápidas, combinadas con la reducción de la actividad física.

Sin embargo, cada vez más, los científicos están apuntando un factor adicional: el trastorno del ritmo circadiano, provocado por una cultura de comer y beber a altas horas de la noche y patrones de sueño inconsistentes.

La importancia del reloj

Durante décadas nos han dicho que el aumento de peso -junto con enfermedades asociadas como la diabetes tipo 2 y los padecimientos cardíacos- se debe a la cantidad y el tipo de alimentos que consumimos.

Plato con un reloj

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No se trata solo de lo que comes, sino cuándo comes.

Pero hay una evidencia creciente que sugiere que la hora también es importante: no se trata solo de lo que comes, sino cuándo comes.

La idea de que nuestra respuesta a la comida varía en diferentes momentos del día, sin embargo, no es totalmente nueva.

Los antiguos médicos chinos creían que la energía fluía alrededor del cuerpo en paralelo con los movimientos del sol, y que nuestras comidas debían programarse en consecuencia: de 7:00 a 9:00 era la hora del estómago, cuando se debía consumir la mayor comida del día; de 9:00 a 11:00 se centraba en el páncreas y el bazo; de 11:00 a 13:00 era el momento del corazón, y así sucesivamente.

Creían que la cena debía ser un asunto ligero, consumida entre las 17:00 y las 19:00, que era cuando predominaba la función renal.

Reloj con alimentos.

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La idea de que nuestra respuesta a la comida varía en diferentes momentos del día no es totalmente nueva.

Aunque la explicación es diferente, la ciencia moderna sugiere que hay mucha verdad en esa antigua sabiduría.

Muchas personas piensan que la razón por la que se aumenta de peso si se come por la noche es porque hay menos oportunidades de quemar esas calorías, pero esto es simplista.

“La gente a veces asume que nuestros cuerpos se apagan cuando estamos dormidos, pero eso no es cierto”, dice Jonathan Johnston, de la Universidad de Surrey, quien estudia cómo nuestros relojes corporales interactúan con los alimentos.

Entonces, ¿a qué se puede deber?

La importancia del sueño

Una posibilidad es que comer por la noche extienda la ventana general durante la cual se consumen los alimentos. Esto le da a nuestro sistema digestivo menos tiempo para recuperarse y reduce la posibilidad de que nuestros cuerpos quemen grasa, ya que la quema de grasa solo ocurre cuando nuestros órganos se dan cuenta de que no hay más alimentos en camino.

Doctor midiendo la cintura a un paciente.

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Nuestra sensibilidad a la hormona insulina, que permite que la glucosa ingrese a nuestras células y se use como combustible, es mayor durante la mañana que durante la noche.

Antes de la invención de la luz eléctrica, los humanos se despertaban aproximadamente al amanecer y se acostaban varias horas después de la puesta del sol, y casi toda la comida se consumía durante las horas del día.

“A menos que tengamos acceso a la luz, luchamos por mantenernos despiertos y comer en el momento equivocado“, dice Satchin Panda, biólogo circadiano del Instituto Salk en La Jolla, California, y autor de The Circadian Code.

Su propia investigación ha revelado que la mayoría de los estadounidenses comen a lo largo de 15 horas o más cada día, consumiendo más de un tercio de las calorías del día después de las 18:00 horas, algo muy diferente a cómo deben haber vivido nuestros antepasados.

Ahora considera a esos estudiantes universitarios, comiendo y bebiendo hasta altas horas de la noche. “Un estudiante universitario típico rara vez se duerme antes de la medianoche, y también tienden a comer a medianoche”, dice Panda.

Sin embargo, muchos estudiantes tendrán que levantarse para ir a clases al día siguiente, lo cual, suponiendo que desayunen, reduce aún más la duración de su ayuno nocturno.

Mujer comiendo con la puerta del frigorífico abierta.

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Mantener el frigorífico bajo llave por la noche puede ser una buena idea si quieres perder peso.

También significa que están acortando su sueño, y esto también podría aumentar la probabilidad de que aumenten de peso.

Un sueño inadecuado altera la toma de decisiones y el autocontrol, lo que potencialmente conduce a una mala elección de alimentos, y altera los niveles de las “hormonas del hambre”, la leptina y la grelina, lo que aumenta el apetito.

Un engranaje de relojes

Dentro de cada célula de tu cuerpo, hay un reloj molecular que regula el tiempo de casi todos los procesos y comportamientos fisiológicos, desde la liberación de hormonas y neurotransmisores hasta la presión arterial y la actividad de las células inmunitarias.

Estos relojes se mantienen en sincronía entre sí y también con la hora del día, a través de señales desde una pequeña área de tejido cerebral llamada núcleo supraquiasmático (NSQ). Y su ventana al mundo exterior es un subconjunto de células sensibles a la luz en la parte posterior del ojo llamadas células ganglionares de la retina.

Ilustración del núcleo supraquiasmático.

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Los relojes de nuestro cuerpo se mantienen en sincronía a través del núcleo supraquiasmático.

El objetivo de todos estos relojes “circadianos” es anticiparse y prepararse para eventos regulares en nuestro entorno, como la llegada de alimentos.

Cuando viajamos al extranjero, el tiempo de nuestra exposición a la luz cambia, y nuestros relojes corporales se desplazan en la misma dirección, aunque se adaptan a diferentes velocidades. El resultado es el jet lag, que no solo nos deja con sueño o despiertos en los momentos equivocados, sino que también puede desencadenar problemas digestivos y malestar general.

Sin embargo, la luz no es el único factor que puede cambiar nuestros relojes. Cuando comemos también podemos cambiar las manecillas de esos relojes en el hígado y los órganos digestivos.

Los procesos complejos, como el metabolismo de las grasas o los carbohidratos de la dieta, requieren la coordinación de numerosos procesos que ocurren en el intestino, el hígado, el páncreas, el músculo y el tejido graso.

Si la conversación entre estos tejidos se revuelve, se vuelven menos eficientes, lo que a largo plazo puede aumentar el riesgo de padecer varias enfermedades.

En un estudio reciente, los investigadores compararon los efectos físicos de dormir cinco horas por noche durante ocho días consecutivos, con la misma cantidad de sueño pero en momentos distintos.

En ambos grupos, la sensibilidad de las personas a la hormona insulina disminuyó y la inflamación sistémica aumentó, aumentando el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2 y enfermedad cardíaca.

Sin embargo, estos efectos fueron aún más notorios en aquellos que dormían en momentos distintos (y cuyos ritmos circadianos estaban, por lo tanto, desalineados): en los hombres, la reducción de la sensibilidad a la insulina y el aumento de la inflamación se duplicaron.

Comida en un avión.

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Los viajes internacionales interrumpen nuestro ritmo circadiano.

Eso podría ser un problema para los viajeros frecuentes o cualquier persona que trabaje por turnos.

Según encuestas europeas y estadounidenses, entre el 15 y el 30% de la población activa realiza algún tipo de trabajo por turnos, lo que a menudo equivale a comer o estar activo cuando el cuerpo no lo espera.

El trabajo por turnos se ha relacionado con una serie de afecciones, que incluyen enfermedades cardíacas, diabetes tipo 2, obesidad y depresión, y la alteración circadiana provocada por esta irregularidad se considera como la principal causante.

Sin embargo, todos somos trabajadores por turnos, al menos en parte, dice Panda. Se estima que el 87% de la población general mantiene un horario de sueño diferente los días de semana, en comparación con los fines de semana, lo que resulta en un jet lag social.

Las personas también tienden a desayunar al menos una hora más tarde los fines de semana, lo que puede resultar en el llamado “jet lag metabólico” .

La importancia de la rutina

Gerda Pot, investigadora de nutrición en el King’s College de Londres, estudia cómo la irregularidad diaria en la ingesta de energía afecta a la salud a largo plazo.

Pot se inspiró en su abuela, quien era rigurosa con sus rutinas. Cada día desayunaba a las 7:00, almorzaba a las 12:30 y cenaba a las 18:00. Incluso era intransigente con el horario de sus colaciones: café a las 11.30 y té a las 15:00.

Pot está convencida de que esta rígida rutina de su abuela la ayudó a mantenerse con buena salud hasta que cumplir casi los 95 años.

Hay algunas buenas razones para creerlo. Nuestra sensibilidad a la hormona insulina, que permite que la glucosa de los alimentos que comemos ingrese a nuestras células y se use como combustible, es mayor durante la mañana que durante la noche.

Aparato para medir el nivel de azúcar en la sangre.

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No tener horas regulares para nuestras comidas puede aumentar el riesgo de padecer enfermedades como la diabetes.

Cuando comemos tarde, la glucosa permanece en nuestra sangre durante más tiempo, lo que a largo plazo puede aumentar el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, donde el páncreas ya no produce suficiente insulina.

También puede dañar tejidos en otros lugares, como vasos sanguíneos o nervios en los ojos y pies. En el peor de los casos, esto puede resultar en ceguera o amputaciones.

Utilizando datos de una encuesta en Reino Unido que ha rastreado la salud de más de 5,000 personas durante más de 70 años, Pot descubrió que, aunque consumían menos calorías en general, las personas que tenían una rutina de comidas más irregulares tenían un mayor riesgo de desarrollar síndrome metabólico: un conjunto de afecciones que incluyen presión arterial alta, niveles elevados de azúcar en la sangre y niveles anormales de grasa y colesterol en la sangre, que en conjunto aumentan el riesgo de padecer una enfermedad cardiovascular y diabetes tipo 2.

Entonces, ¿qué debemos hacer al respecto? Esforzarse por ser consistentes con los tiempos de sueño y de comidas es un buen primer paso.

Cuando abrimos las cortinas y vemos la luz brillante de la mañana, esto restablece el reloj maestro en el cerebro, por lo que al desayunar poco después eso refuerza el mensaje en los relojes de nuestro hígado y sistema digestivo. Por lo tanto, comer un buen desayuno puede ser esencial para mantener nuestros relojes circadianos funcionando en sincronía.

Amanecer

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Con la luz de la mañana se restablece el reloj maestro en el cerebro.

Algunos abogan por un enfoque más estricto de renunciar a todos los alimentos durante al menos 12 horas.

En un estudio histórico publicado en 2012, Panda y sus colegas compararon un grupo de ratones que tenía acceso a alimentos grasos y azucarados en cualquier momento del día o de la noche, con otro grupo que solo podía consumir estos alimentos en un período de ocho a 12 horas durante su “día”.

A pesar de que consumieron la misma cantidad de calorías, los ratones cuya ventana para comer estaba restringida parecían estar completamente protegidos de las enfermedades que comenzaron a afectar al otro grupo: obesidad, diabetes, enfermedades cardíacas y daño hepático.

Y, aún más, cuando los ratones con estas enfermedades siguieron un horario de comidas restringido, se recuperaron nuevamente.

“Casi todos los animales, incluyéndonos a nosotros, evolucionaron en este planeta con un ritmo muy fuerte de 24 horas en luz y oscuridad, y los ritmos asociados de comer y ayunar”, explica Panda.

“Creemos que una función importante (de estos ciclos) es permitir la reparación y el rejuvenecimiento cada noche. No se puede reparar una carretera cuando el tráfico todavía está en movimiento”.

Por eso, el adagio de que se debe desayunar como un rey, almorzar como un príncipe y cenar como un pobre parece más cierto que nunca.

Puedes leer el original en inglés en BBC Future.


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https://www.youtube.com/watch?v=-O7sw3Pe5TI

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