El destino de los migrantes presos: 'desaparecidos' por el sistema de justicia
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Migrantes yendo hacia el norte a través del tren. Foto: Cuartoscuro/Archivo.

El destino de los migrantes presos: 'desaparecidos' por el sistema de justicia

Dos de cada 10 migrantes recluidos están en cárceles federales, acusados de delitos relacionados con la delincuencia organizada; el resto está en cárceles estatales por delitos del fuero común. Pero en muchos de estos casos, según el Centro Pro, las acusaciones no son sólidas y las detenciones se han realizado violando el debido proceso.
Migrantes yendo hacia el norte a través del tren. Foto: Cuartoscuro/Archivo.
Por Ximena Natera
10 de junio, 2015
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Migrantes a bordo de la Bestia. Foto: Manu Ureste

Migrantes a bordo de la Bestia. Foto: Manu Ureste

Dos cartas. Tres llamadas telefónicas. July Baltazar cuenta con los dedos de la mano el total de las veces que se comunicó con su esposo Ángel, durante los cinco años que él estuvo encerrado en México, en una cárcel de máxima seguridad. Su crimen: ser pobre, afrodescendiente y migrante.

La historia es pública: el 9 de mayo del 2009, cuando Ángel Amílcar Colón intentaba llegar a Estados Unidos, fue detenido por policía federales en un operativo en Tijuana y obligado, mediante tortura, a declararse culpable de participar en un grupo criminal. Tras un largo proceso legal, la Procuraduría General de la República reconoció su inocencia y finalmente fue liberado en la madrugada del 15 de octubre del 2014.

A pesar de ello, para July y Amílcar el camino a la justicia es aún largo. El equipo de abogados del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro, que asumió su defensa, inició un litigio para exigir la reparación del daño, un compromiso que la ex subsecretaria de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación, Lía Limón, dejó en el aire cuando ella se fue en busca de una diputación federal. Roberto Campa, su sucesor en la subsecretaría desde abril, ha ignorado el caso.

La propuesta incluye indemnización, medidas de no repetición, satisfacción y rehabilitación, además de la investigación a fondo de su caso de tortura.

“Las medidas de no repetición tienen que ver con que el gobierno consolide una base de datos oficial de personas centroamericanas privadas de la libertad, además de presionar sobre los protocolos internacionales para informar a las instancias extranjeras sobre los migrantes bajo custodia mexicana para evitar que familias como las de Amilicar sean olvidadas por el sistema”, dice en entrevista Luis Tapia, abogado del Centro Pro.

La historia de Amílcar abrió una puerta poco conocida de la migración centroamericana: la de cientos de personas indocumentadas que son detenidas y “desaparecidas” por el sistema de justicia mexicano. Según el informe Migrantes en prisión, la incriminación en México, elaborado por el Centro Pro, con cifras de 27 estados obtenidas mediante solicitudes de información, en las cárceles mexicanas hay, al menos, mil 219 centroamericanos detenidos.

Chiapas, la puerta de entrada en el sur del país, tiene el 54 por ciento de los detenidos. El resto se divide en pequeños porcentajes entre los otros estados. Los gobiernos de Aguascalientes, Campeche, Oaxaca, Tabasco y Veracruz se rehusaron a dar información, y estos tres últimos tienen un movimiento migratorio equivalente al de Chiapas.

Como Amílcar, la población migrante en las cárceles tiene entre 18 y 35 años. Hombres en su mayoría, son parte de una generación ahuyentada de sus países por la violencia.

Dos de cada 10 migrantes recluidos están en cárceles federales, acusados de delitos relacionados con la delincuencia organizada; el resto está en cárceles estatales por delitos del fuero común. Pero en muchos de estos casos, según el Centro Pro, las acusaciones no son sólidas y las detenciones se han realizado violando el debido proceso. Como en el caso de Ángel Amílcar, cuyo expediente judicial, lleno de vacíos de investigación, estuvo sostenido por una declaración que fue obtenida mediante tortura física y psicológica.

* * *

El 7 de enero del 2009, July acompañó a su esposo hasta la frontera de Honduras y Guatemala. Según el plan, Ángel Amílcar cruzaría Guatemala y en poco menos de un mes alcanzaría la frontera de Estados Unidos, donde un amigo le había conseguido trabajo.

El viaje, en realidad, comenzó tres meses antes, cuando le detectaron cáncer a su hijo Elvir.

Él, herrero y ella, ama de casa, ambos pertenecientes a la etnia garífuna –un pueblo afrodescendiente de la costa del pacífico en Honduras–, no tenían opción para costear las medicinas. Por eso partió a Estados Unidos poco antes de iniciar el tratamiento. A cambio de mil dólares, recorrió los primeros 800 kilómetros en la caja de un camión refrigerador de carne con120 personas. Llamaba esporádicamente a su esposa a lo largo de la ruta: “Ahora viajo solo”. “No estoy seguro de donde estoy”. “Ya no quiero llegar a Houston”. “Te hablo pronto”.

July no tiene claro en que momento dejó de saber de él. Pero pasó un tiempo antes de que ella entendiera que ese silencio era diferente al resto.

“En casa tenía a mis dos niños, cuentas que pagar y cáncer. Lo peor era no saber si (Amílcar) había muerto en el desierto, o si lo habían secuestrado, si nunca lo volvería a ver, si estaba herido… Lo pero es no saber”.

El tratamiento de Elvir duró diez meses, pero poco a poco perdió la batalla contra su propio cuerpo y murió a finales de noviembre del 2009. Amílcar nunca lo volvió a ver.

* * *

Un año y medio después de que su esposo partiera, July recibió una carta, enviada desde una cárcel en México, en la que Amilcar le explicaba su ausencia: había sido secuestrado por un pollero en Tijuana, lo habían arrestado en un operativo policiaco en la casa de seguridad donde estaba encerrado; los policías lo obligaron a declararse culpable de delincuencia organizada, daños a la salud y portación de armas de uso exclusivo del Ejército.

“Fue como una pequeña luz”, narró la joven. “En México, donde nadie nota si alguien como nosotros desaparece. ¡Está vivo! Pero medité: en la cárcel, en México. ¿Y ahora? Quedas con las manos arriba, sin poder hacer nada. Nada”.

Sin recursos ni idea de a quién acudir, July siguió el caso de la misma manera que muchos otros familiares de migrantes presos: sin apoyo de las autoridades de su país, sin comunicarse con su esposo. Un derecho que le fue negado a Amílcar.

Denise González, encargada del Programa de Derechos de la Universidad Iberoamericana explica que las autoridades que participaron en la detención deben informar a la familia, pero también las representaciones consulares de los países de origen.

¿En qué momento se pierden dentro del sistema de justicia las personas que están en tránsito o sin documentos migratorios? ¿Qué pasa con sus familias? ¿Quién les avisa?

“Es fácil ignorar sus derechos”, dice Tapia. “México ha instalado una lógica mediática en la que si el migrante no tiene el papeleo oficial en el país, tampoco tiene derechos.”

* * *

Al inicio de 2014 Amnistía Internacional nombró a Ángel Amilcar preso de conciencia, denunció tortura, fabricación de cargos y obtención de confesiones. El Centro Pro, afirma que el gobierno encarcela a migrantes y y después “los desaparece” en el sistema.

El propio Amílcar lo escribió en su diario: “Durante los días que estuve detenido en el Segundo Batallón, escuché los llantos, gritos y zumbar de los golpes que recibían personas que eran objeto de tortura. Los militares trataban de disfrazar las cosas subiendo el volumen a una radio, pero los gritos siempre se escuchaban. A mí me amenazaron en llevarme al cuarto de tortura, yo realizaba las humillaciones desagradables que me pedían para evitar la macaneada que pretendían darme, me hicieron limpiar los zapatos de otros detenidos con mi saliva, desnudarme y realizar posturas militares que no sabía cómo hacer; me insultaban. Se reían… me convirtieron en el payaso que divierte a su público”.

* * *

July Baltazar visitó por primera vez México a mediados de 2014. AI la trajo para presentar un informe sobre tortura. Pero no pudo ver a su esposo.

Regresó, junto con su hijo menor, Alex, en septiembre de 2014, cuando Amílcar llevaba 65 meses en prisión. Viajaron de Honduras a Tepic, Nayarit, y pudieron verlo unas horas. Alex, de 8 años, sólo conocía a su padre por fotografías.

Regresaron a Honduras, donde un mes después recibieron la noticia de la liberación. Casi seis años después, Amilcar regresó a su país y a su familia.

Poco a poco, ha enfocado sus esfuerzos en contar su experiencia dentro del sistema de justicia mexicano y promover los derechos de los migrantes.

El pasado 26 de mayo, seis meses después de su liberación, Ángel Amílcar presentó su caso ante el Parlamento Canadiense. Sus abogados buscan llevar a juicio a los responsables, policías federales y miembros del Ejército.

En Honduras, la familia recibe apoyo psicológico para adaptarse a un entorno que durante los cinco años de encierro de Amílcar se transformó en un una realidad lejana. La muerte de su hijo Elvir, los primeros pasos de Álex, la muerte de su madre, padre y hermana son cosas que nunca pudo asimilar.

“Los dos hemos pasado mucho y lo hemos vivido solos”, admite July. “Todo esto es extraño, como empezar desde nada… muy injusto para los dos”.

Este trabajo forma parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Foundations. Conoce más del proyecto aquí: enelcamino.periodistasdeapie.org.mx

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La historia de la “Pequeña Polonia” de México a la que llegaron refugiados de la Segunda Guerra Mundial

Hace 77 años, cientos de polacos llegaron a México huyendo de la guerra y algunos decidieron quedarse en tierra azteca para siempre. Esta es su desconocida y apasionante historia, contada por algunos de los sobrevivientes.
26 de julio, 2020
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“¡Qué lejos estoy del suelo donde he nacido! / Inmensa nostalgia invade mi pensamiento / Al verme tan solo y triste cual hoja al viento / Quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento”.

Así, con los versos de la tradicional “Canción mixteca”, México recibió hace 77 años a cientos de polacos que huían de la Segunda Guerra Mundial y del horror en campos de trabajos forzados.

En efecto, dejaban atrás el suelo donde habían nacido tras un doloroso destierro y llegaban a un nuevo país del que poco o nada conocían, pero que los recibió con alegría y la esperanza de que aquel conflicto bélico pronto llegaría a su fin.

Los años hasta acabar la guerra los pasaron como refugiados en una finca a las afueras de León, en el estado de Guanajuato. A aquel pedacito de su país creado en el corazón de México lo llamaban “la pequeña Polonia”.

Finca de Santa Rosa

Cortesía Embajada de México en Polonia
La hacienda de Santa Rosa estaba ubicada a las afueras de León, en el estado de Guanajuato.

Muchos, sobre todo quienes llegaron siendo niños, aún recuerdan su vida en la hacienda de Santa Rosa como los mejores años de su vida. Pronto pasaron del dziękuję al “gracias” para reconocer la segunda oportunidad que se había presentado en sus vidas.

Tanto fue así, que un puñado de ellos decidieron quedarse para siempre en tierra azteca, y aún hoy confiesan tener el corazón dividido entre sus “dos países”.

Esta es la historia de la tan apasionante como poco conocida historia de solidaridad entre dos países, a priori tan distintos y a más de 10.000 km de distancia, contada por algunos de sus protagonistas.

línea

BBC

Finales de la década de 1930. Polonia parece ser un país condenado a desaparecer: por el oeste son invadidos por el ejército nazi de Hitler, a lo que la Unión Soviética responde ocupando territorios polacos por el este.

La población de Polonia queda atrapada por la pugna entre las dos potencias: los alemanes luchan por expandir lo que consideran su “supremacía racial” y los soviéticos por extender los ideales del comunismo internacional.

Todo el país sufre las consecuencias del inicio de la Segunda Guerra Mundial: asesinatos masivos, encarcelamientos de disidentes, desplazamientos forzados…

La URSS da inicio a la deportación en masa de la población polaca de las zonas que se había anexado para repoblarlas con rusos. Según Polonia, fueron expulsados unos 1,2 millones de personas.

Son enviados a frías e inhóspitas regiones soviéticas como Siberia. Algunos son obligados a ingresar en el ejército y cientos de miles en campos de trabajos forzados bajo condiciones infrahumanas.

Pero su suerte cambió cuando, años más tarde, Alemania invadió la URSS y el gobierno soviético se incorporó al bando de los aliados con Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos.

Una de las condiciones de los ingleses fue que la URSS liberara a los ciudadanos polacos. Había entonces que decidir cuál sería su nuevo destino mientras su país natal seguía soportando lo peor de la guerra.

***

Con 97 años, la polaca Frania Pater recuerda perfectamente cuando, el 1 de septiembre de 1939, los alemanes bombardearon la estación de tren cercana a su ciudad, Lwów (hoy parte de Ucrania).

“Pasaban los aviones, hasta seis juntos, y temblaban todas las ventanas. Yo corría al campo y me tiraba al suelo porque tenía mucho miedo”, relata para BBC Mundo desde su casa en León.

Poco después llegaron los soviéticos y su ciudad se convirtió en el reflejo de lo que ocurría en el resto de la Polonia oriental. De un lado del puente que cruzaba el río, se apostaron las tropas de Hitler. Del otro, las de la URSS.

A las 6:00 de la mañana del 10 de febrero de 1940, los rusos entraron a la casa de la familia de Pater. No les dieron más que media hora para recoger sus pertenencias de una vida y dejar todo atrás.

Frania Pater en una salida a León

Archivo familia Frania Pater
Frania Pater (segunda por la derecha en la fila inferior) fue una de las jóvenes que vivió refugiada en México tras verse obligada a abandonar su hogar.

Viajes en trineo y cuatro semanas en tren después (“el tren se paraba a cada rato”), llegaron a Krasnoyarsk, en Siberia. Otros fueron trasladados a Uzbekistán o Kazajistán.

Como el resto de polacos, Pater fue sometida a jornadas extenuantes en condiciones infrahumanas en campos de trabajos forzados. Ella se encargaba de “sacar la goma de miles de árboles y ponerlas en barriles”.

“No había camas, dormíamos en tablas. Nos daban un kilo de pan por persona para mucho tiempo, así que comíamos puras hierbas. Trabajábamos desde la mañana hasta que oscurecía, yo no sabía ni qué día de la semana era”, recuerda.

Dos años y medio después de aquello, los polacos fueron liberados y Pater pudo dejar Siberia junto a su madre. Su padre, en cambio, no soportó las condiciones como tantos otros y falleció.

***

Una de las claves para que la URSS aceptara liberarlos fue la idea de Reino Unido de que sería efectiva y útil para la guerra la formación de un ejército polaco en territorio soviético.

El primer ministro del gobierno polaco en el exilio, Wladislaw Sikorski, aceptó. Pero vistas sus pésimas condiciones físicas, la URSS aceptó reubicar a los polacos en un clima más favorable en 1942.

Así, unas 40.000 personas entre soldados, mujeres y niños dejaron territorio ruso rumbo a Irán, que en ese momento apoyaba al bloque de los países aliados. Aunque muchos murieron en el camino, su llegada al puerto de Pahlevi los llenó de esperanza.

Niños polacos en Irán

Biblioteca de PRCUA
Cientos de niños polacos fueron recibidos en Irán antes de encontrar un país que les ofreciera refugio permanente.

Pero su estancia en Teherán como refugiados tampoco se pudo prolongar mucho. Su peregrinaje continuó en busca de asilo y fueron trasladados después a la ciudad india de Karachi (hoy parte de Pakistán).

Finalmente, seis países de África Oriental pertenecientes a la Mancomunidad Británica ofrecieron refugio a 20.000 personas. Ni EE.UU. ni Reino Unido les abrieron sus fronteras.

Pero mucho más llamativo fue que México, un país en el otro lado del planeta y con fuertes restricciones ante la inmigración en aquella época, se ofreciera también a recibirlos.

Visita de Sikorski a México

Enrique Díaz / Archivo Gral. de la Nación (México)
El presidente mexicano Manuel Ávila Camacho recibió al primer ministro polaco en el exilio, Wladislaw Sikorski, para oficializar el acuerdo de recepción de refugiados.

“En nuestro libro, insinuamos que realmente fue una petición del gobierno de EE.UU., que fue un gesto en el que se manifestó la participación de México como parte del espíritu panamericanista de apoyo a EE.UU. en la guerra”, dice Gloria Carreño, historiadora y autora junto a Celia Zack de Zukerman del libro “El convenio ilusorio”.

Aquel convenio se firmó a finales de 1942, cuando Sikorski visitó México y fue recibido con honores de jefe de Estado por el presidente Manuel Ávila Camacho.

Los refugiados podrían vivir hasta que terminara la guerra en México. Su transporte y manutención sería posible gracias a un préstamo de Washington al gobierno polaco en el exilio y de organizaciones polacas en EE.UU.

Visita de Sikorski a México

Enrique Díaz / Archivo Gral. de la Nación (México)
Durante su visita a México, Sikorski incluso se probó un sombrero charro.

****

En Karachi, los refugiados polacos tenían que decidir si querían ir a África o a México. La familia de Valentina Grycuk se decantó por América Latina.

Ella tuvo que abandonar Novogrudk (actualmente en Bielorrusia) cuando solo tenía 2 años. Por eso no recuerda su etapa en Siberia, donde murió su madre. A su padre se lo llevaron al ejército, por lo que quedó a cargo de una tía y sus abuelos.

Pese a ser entonces una niña, Grycuk aún conserva a sus 83 años un detalle grabado para siempre en su memoria del viaje rumbo a México a bordo del barco Hermitage, con más de 700 personas a bordo.

Valentina Grycuk en la hacienda de Santa Rosa

Archivo familia Valentina Grycuk
Valentina Grycuk (primera por la derecha en la fila central) estudió en la escuela de la hacienda Santa Rosa.

“A diario se moría mucha gente, me impresionaba ver los cadáveres amortajados y que aventaban (lanzaban) al mar. Ese chasquido que hacían al caer al agua lo tengo tan presente que siempre lo recuerdo cuando estoy en una alberca (piscina) y oigo que alguien se lanza”, recuerda.

Tras paradas técnicas en Australia y Nueva Zelanda, el barco llegó al puerto de San Pedro, al sur de Los Ángeles. De ahí, fueron en tren a la frontera entre El Paso y Ciudad Juárez, en México, hasta llegar a León en Guanajuato.

Era 1 de julio de 1943. Habían viajado durante semanas a lo largo de más de 22.000 km del planeta.

Mapa

BBC

Desde León, Grycuk le cuenta con orgullo a BBC Mundo lo que recuerda de la bienvenida que le dio el país que acabaría siendo su hogar.

“Fue maravilloso. En la estación había muchísima gente con flores, dulces para los niños, música y mariachis. Fue muy cálido, como son los mexicanos, muy cálidos”.

***

Wladyslaw Rattinger fue uno de los liberados en Siberia que pasó a formar parte de los ejércitos formados por polacos para defender Rusia.

Su principal misión era rescatar grupos de cientos de polacos de los campos de Asia Central para enviarlos a Irán. Fue enviado después a Irak, donde lo transfirieron al ejército inglés y le encomendaron acompañar a un segundo grupo de refugiados a México.

Rattinger en Irak

Archivo familia Rattinger
Wladyslaw Rattinger (segundo por la derecha) en Irak, donde fue transferido al ejército británico.

“Definitivamente, ayudó a salvar vidas”, le dice a BBC Mundo su hijo, Andrzej Rattinger.

Su padre, fallecido en 1998, ocupó en esa segunda travesía del Hermitage el cargo de comandante del transporte.

“Él se encargaba de comunicarse con las autoridades, mantener el orden del grupo, que estuvieran culturalmente actualizados… Es sorprendente el nivel de organización del barco, recibieron clases y empezaron a estudiar algo de español”, cuenta.

Buque Hermitage

National Archives Record
El buque Hermitage fue el barco en el que dos grupos de cientos de polacos viajaron hasta México.

El segundo grupo llegó a León el 2 de noviembre de 1943. En total, fueron 1,453 los refugiados polacos que encontraron en la hacienda de Santa Rosa, a 10 km de León, su nuevo hogar.

Era “la pequeña Polonia”.

La pequeña Polonia

Peter Gordon
Foto de familia en “la pequeña Polonia”.

***

Aquella finca, habitada en mayor parte por mujeres y niños (muchos huérfanos), funcionaba organizada como una pequeña población.

Debían vivir en el espacio de la hacienda y tenían prohibido trabajar fuera, por lo que sus labores eran para su propia subsistencia: plantación de hortalizas, granjas o talleres artesanales.

Cultivando en la finca Santa Rosa

A. Trzebiez
Los adultos polacos en Santa Rosa aprendieron oficios, criaban animales y cultivaban sus propios vegetales para contribuir a su alimentación.

Había clínica, capilla y mercado. Los adultos aprendían oficios y los niños estudiaban en la escuela siguiendo el sistema educativo polaco, ya que la intención era que regresaran a su país al acabar la guerra.

“Fueron años maravillosos. Como niña que era, para mí era todo alegría. Vivía con mis abuelitos, no me faltaba de nada, tenía colegio, teníamos que comer… hasta funciones de teatro. Yo era muy feliz allí”, recuerda Grycuk.

Valentina Grycuk haciendo su primera comunión

Archivo familia Valentina Grycuk
Grycuk (a la izquierda del sacerdote) recibió su primera comunión en el campamento.

Precisamente Rattinger, tras acompañar a México al segundo grupo de refugiados, se quedó en Santa Rosa coordinando esas actividades de educación y entretenimiento de la finca como teatro, danza o desfiles.

Según la historiadora Carreño, “los mexicanos estaban contentos con la presencia de los polacos. En todas las fiestas populares, les invitaban a que participaran en los desfiles con sus trajes típicos polacos. Fueron muy integrados a la sociedad de León”.

Rattinger en varias representaciones teatrales

Archivo familia Rattinger
Rattinger, vestido arriba como San Nicolás, coordinaba desfiles, representaciones y otras actividades culturales.

A ello contribuía que, aunque oficialmente los refugiados no podían salir del campamento, con permisos especiales sí podían organizar excursiones a León o Ciudad de México, lo que les permitió interactuar y conocer a la sociedad mexicana.

E igual que los polacos se las arreglaban para salir, también los mexicanos se las ingeniaban para entrar a la finca.

Desfiles festivos en León

Cortesía Embajada de México en Polonia
La comunidad polaca de Santa Rosa participaba en las fiestas populares de León.

Pater recuerda como todos los días iban muchas personas para verlos desde detrás de las rejas de alambre. “Parecíamos un poco animales raros”, ríe.

“Había un mexicano que me vio nada más bajar del barco y que iba a la finca todos los días. Yo me quedaba sentada cerca de las rejas con dos amigas, y él me traía que si una rosa, cosas así…”, relata.

Jóvenes polacas en León

Cortesía Embajada de México en Polonia
Algunas jóvenes polacas formaron familia con ciudadanos mexicanos.

“Estaba prohibido que los mexicanos entraran al centro, pero él le dio unos zapatos al guardia y así tenía libre todos los días para que le dejaran entrar. Ya ve, que con dinero baila el perro”, cuenta riendo.

Aquel hombre se convirtió en su marido y el principal motivo por el que, después de acabar la guerra y de que la hacienda de Santa Rosa fuera oficialmente clausurada al terminar 1946, Pater decidiera quedarse para siempre en México.

La escuela en Santa Rosa

Cortesía Embajada de México en Polonia
Los niños seguían el sistema educativo polaco, ante la previsión de que volverían a su país tras la guerra.

***

Cuando se anunció a los refugiados que tenían permiso para instalarse y trabajar fuera de la finca o mudarse, la mayoría eligió como nuevo destino EE.UU., especialmente la ciudad de Chicago, donde había gran presencia de diáspora polaca.

Rattinger mostrando la finca Santa Rosa

Archivo familia Rattinger
Rattinger, a la izquierda, mostrando el campamento a unos visitantes antes de que la finca fuera cerrada en diciembre de 1946.

Muchos tenían la ilusión de volver a Polonia, aunque su país -entonces bajo dominio de la URSS, la misma que los había expulsado y llevado a campos de trabajos forzados- ya se parecía poco al que guardaban en sus recuerdos.

“En Polonia ya no tenía nada, nos quitaron todo: la casa, los terrenos… nos quedamos sin nada”, lamenta Pater. Quienes sí decidieron regresar fueron un centenar de polacos, a quienes siempre se conoció en su país como “mexicanitos”.

Otros intentaron establecerse en México, aunque no a todos les resultó fácil y acabaron marchándose. Pero Pater, al igual que Grycuk y Rattinger, formaron familia con mexicanos y se quedaron para siempre.

Frania Pater junto a su esposo

Archivo familia Pater
Frania Pater se casó con el mexicano Antonio Luna Azpeitia, quien falleció en 1971.

Años más tarde llegarían los reencuentros con aquellos a quienes daban por perdidos a causa de la guerra. Rattinger volvió a ver su madre y hermano en Polonia en los 50. Tras casi 40 años sin verse y pensar que estaba muerto, Pater se encontró con su hermano en Inglaterra.

“Yo me separé de mi padre en Siberia cuando tenía 2 años, por lo que no le recordaba. Puedo decir que lo ‘conocí’ ya en los 70, cuando fui a verlo a Polonia”, lamenta Grycuk.

“Gocé a mi padre 90 días, juntando las tres veces que alcancé a ir. Pero esos días valieron por años”.

Frania Pater y Valentina Grycuk en la actualidad

Archivo familia Valentina Grycuk
Frania Pater y Valentina Grycuk, en una imagen actual, fueron recibidas en Varsovia junto a otros refugiados polacos sobrevivientes tras la Segunda Guerra Mundial.

***

El hijo de Rattinger cuenta que a su padre, como a tantas personas que pasaron por episodios traumáticos como la guerra, no le gustó hablar mucho de ello durante años hasta que la familia lo convenció para que les transmitiera su historia.

“Yo ya les he platicado mi historia a todos, saben cómo fue. No pienso en lo malo ahorita, ¿ya qué me falta? ¡Si cualquier día cuelgo los tenis”, dice Pater riendo.

Los tres protagonistas de esta historia reconocieron siempre su profundo agradecimiento a México por la acogida y la oportunidad que encontraron por empezar una nueva vida.

Valentina y Frania junto a familiares con una bandera mexicana.

Archivo familia Valentina Grycuk
Grycuk y Pater, en la imagen junto a familiares, agradecen la generosidad de México por acogerlas sin olvidar sus raíces polacas.

Pero tanto Rattinger como Pater, que llegaron a Latinoamérica siendo ya jóvenes, tenían muy presente su origen.

“Definitivamente, mi papá siempre se consideró polaco, que es algo que debemos admirar los latinos, ese sentido tan fuerte de patria y nacionalidad. Pero también decía que su vida era de mexicano”, recuerda Rattinger.

Rattinger junto a su esposa y la medalla concedida por el gobierno polaco.

Archivo familia Rattinger
Wladyslaw Rattinger junto a su esposa. A la derecha, la medalla que le otorgó el gobierno polaco por su labor.

“Yo, si soy franca, me siento más mexicana”, dice en cambio Grycuk. Asegura que cuando pone el pie en Polonia “el corazón me late porque siento que allí está mi raíz, es una sensación que quizá nadie la puede entender si no la vive”.

“Pero en México está mi vida, no tengo más que gratitud y adoro este país”, remarca.

La antigua finca de Santa Rosa funciona actualmente como internado de reintegración para grupos de jóvenes y adolescentes, testigo silencioso de aquel apasionante episodio de la historia del que ya solo los mayores en León se acuerdan.

Antes y ahora de un edficio de la finca Santa Rosa

Archivos familiares
Así se veía uno de los edificios de Santa Rosa durante los años de estancia de los refugiados polacos y en la actualidad.

En Polonia tampoco es un episodio ampliamente conocido, si bien se hacen esfuerzos por hacer que esta muestra de amistad y solidaridad no se olvide con el tiempo.

Su gobierno planeaba inaugurar este año un museo en memoria de “Los niños de Siberia” cuya apertura fue pospuesta por la pandemia de covid-19. La embajada de México en Polonia, por su parte, inauguró en julio una exposición sobre la visita de Sikorski al país en 1942.

Valentina Grycuk junto al presidente polaco y su esposa.

Archivo Valentina Grycuk
Grycuk junto al presidente polaco, Andrzej Duda, y su esposa.

“El tema de los niños de Santa Rosa es aún hoy muy valorado porque muy pocas naciones se mantuvieron cerca de la Polonia invadida por los ejércitos nazi y soviético en 1939”, le dice a BBC Mundo desde Varsovia el embajador mexicano, Alejandro Negrín.

“Cuando presenté mis cartas credenciales como embajador al presidente de Polonia, Andrzej Duda, él se refirió con aprecio a ese momento histórico y el mensaje que recibo de distinguidas personalidades es muy claro: ‘Polonia y los polacos no olvidan'”.


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