Los laboratorios secretos donde hackean tarjetas de crédito
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Cuartoscuro

Los laboratorios secretos donde hackean tarjetas de crédito

El objetivo de estos laboratorios no es cometer alguna clase de delito sino combatirlos. Estas es las tecnología que utilizan las empresas de tarjetas de crédito para prevenirse de los ataques de los delincuentes.
Cuartoscuro
Por Paul Marks de BBC Mundo
26 de julio, 2015
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Para las empresas de tarjetas de crédito es un desafío permanecer un paso adelante de los criminales. // Foto: Cuartoscuro.

Para las empresas de tarjetas de crédito es un desafío permanecer un paso adelante de los criminales. // Foto: Cuartoscuro.

No podría parecerse más a una escena de una vieja película ciencia ficción si fuera a propósito: un robot de madera que sisea como un freno de aire cuando una ráfaga de aire comprimido empuja su brazo de lado a lado, enviando una tarjeta de crédito que lleva pegada a través de un ruidoso lector de tarjetas.

La máquina sisea otra vez y empuja la tarjeta de vuelta, lista para otra pasada. Este acto repetitivo y casi hipnótico, que sigue hasta que alguien decide detenerlo, no es parte de la instalación de un museo, sino de un laboratorio en el norte de Inglaterra que pertenece a la compañía MasterCard.

El laboratorio DigiSec tiene un impresionante arsenal de maquinaria de alta fidelidad, que incluye lásers, rayos X y otros dispositivos que tienen el fin de romper la tecnología que protege las contraseñas y códigos PIN de las tarjetas de crédito que usamos, algo en lo que están cada vez más interesados los cibercriminales.

También pueden averiguar cómo y dónde los criminales están tratando de utilizar estos sistemas dejan huellas de su propio ADN en cajeros automáticos, tarjetas y máquinas hackeadas de PIN.

Lee también: Los secretos del cibercrimen organizado para robar tarjetas de crédito

Tecnología de ayer y de siempre

El resultado es lo que cuenta, así que si una máquina rudimentaria que parece sacada de una película de ciencia ficción del siglo pasado puede hacer el trabajo, el jefe de investigación del laboratorio, Simon Blythe, parece disfrutar de la tarea de construirla. “Cónseguí la madera en una tienda local y el activador automático por internet”, dice, con una sonrisa.

El objetivo del robot de madera es determinar si un pago sospechoso con tarjeta de crédito ha sido manipulado por hackers.

Si lleva un chip malicioso, puede emitir una señal de radio que envía los detalles a un atacante equipado con una antena, por ejemplo, un punto de venta o un cajero automático.

Pero para que funcione, debe ser pasada varias veces, para permitir que el equipo sintonice la señal; el robot lo que hace es automatizar las “pasadas” de tarjeta.

Además, el robot es una versión electromagnética de una cámara anecoica (sin eco), que en vez de erradicar el sonido, monitorea todas las señales de electricidad, wi-fi, teléfono celular, radio y televisión, permitiendo que la señal del hacker sea detectada. Y para evitar que esa débil señal sea absorbida por un robot regular de estructura metálica, tiene que estar hecho de madera, plástico y neumático.

Un acceso inusual

¿Y cómo sabemos lo que está pasando en este laboratorio?

Y después de décadas de permanecer detrás de bambalinas, ahora MasterCard abre las puertas de tres de estos laboratorios: el de Inglaterra, otro ubicado en Nueva York y un tercero en San Luis, Misuri.

“Nunca antes hemos hablado de esto, pero hemos invertido mucho dinero en predecir ataques y proteger sistemas de pago tanto de forma digital como física“, dice Ajay Bhalla, presidente de seguridad de la compañía.

Lo primero que llama la atención al llegar al laboratorio del norte de Inglaterra es su ubicación: escondido en un zona industrial, apretado entre una granja lechera y un parque, no anuncia su existencia a los cuatro vientos precisamente.

“La gente de la zona sabe que estamos aquí pero no sabe exactamente qué hacemos”, afirma un portavoz de la compañía.

Esto tiene importancia porque el asunto que aquí se trata es materia de seguridad nacional. Y los laboratorios de MasterCard reciben un buen número de visitantes del sector de inteligencia y la policía, dice Bhalla.

Cómo te roban con tira magnética

El trabajo en el laboratorio empieza con la tecnología más anticuada: la tradicional tira magnética de las tarjetas.

Aunque esta tecnología está de a poco siendo reemplazada por la de chip y PIN, todavía hay bancos que la usan en todo el mundo.

Para demostrar su vulnerabilidad uno de los jefes del laboratorio, Alan Mushing, aplica un spray a la tira magnética que revela inmediatamente la serie de bandas oscuras y claras que corresponden a los unos y ceros de la tarjeta.

Esta facilidad para ser descifrada hace que la tecnología esté rápidamente quedando obsoleta, y en el laboratorio están ya intentando predecir lo que harán los cybercriminales en el futuro.

Muchos de los experimentos se basan en la actual tecnología de chip y PIN.

Por ejemplo, es posible descifrar la secuencia de unos y ceros de una tarjeta aplicando una carga eléctrica a los circuitos del chip.

Esto puede hacer que los criminales descifren el código fácilmente, aunque por el momento la seguridad está funcionando.

Todavía no hemos visto una tarjeta clonada“, afirma Mushing.

Aunque no todos en el laboratorio están convencidos de que nunca pasará, ya que los intentos de descifrar esa tecnología son constantes.

“La gente que se dedica a esto tiende a observar puntos débiles de forma permanente. No son trabajadores de 9 a 5”, dice Paul Trueman, vicepresidente de seguridad de MasterCard.

Cómo te roban desde un punto de venta

Otra forma de atacar las tarjetas es centrarse en los dispositivos de lectura de las tarjetas en puntos de venta.

Esto implica añadir chips de memoria y conectores dentro de los dispositivos que pueden ser atacados.

Ahí es donde las máquinas de rayos X del laboratorio, un poco como en los aeropuertos, entran en juego. Al mirar a través del dispositivo, los ingenieros pueden buscar cambios mínimos que sugieran que los hackers añadieron un circuito.

A veces puede tratarse de algo tan pequeño como un cable suelto que lleva a un conector USB ilegal.

El truco, dice Mushing, es continuar perfeccionando las funciones de resistencia de los dispositivos, asegurándose de que alguien que trate de añadirles algo termine borrando todo su software criptográfico y lo inutilice.

El laboratorio también está tratando de predecir qué tipo de receptores pueden usar los hackers escondidos en el “paisaje” para robar datos. Uno de ellos, apodado el “bintenna” por Blythe, es un cesto de basura con un alambre receptor enrollado en un núcleo oculto.

Cuando pagas con tarjeta o usas un cajero, el chip intervenido, que puede estar ubicado en el propio cajero, le envía tus PIN a una bintenna ubicada cerca. Al equipo DigiSec le encanta tratar de adivinar cuál será el próximo mecanismo loco que utilizarán los criminales.

Cómo te roban tus datos biométricos

Pero además de chips y PINS, el futuro parece estar centrado en pagos inalámbricos a través del celular.

¿Cómo entonces podemos proteger las lecturas biométricas que hacen los teléfonos de cosas como huellas digitales falsas que los hackers hacen con cera o cola para madera?

“Está bien usar una huella digital para activar tu teléfono, pero el pago de US$1.000 desde una cuenta de banco es algo distinto. Así que ahora mismo nos estamos centrando en esto”, dice Trueman.

Como parte de este trabajo los fabricantes de tarjetas tiene que trabajar con compañías como Apple y Google para conocer mejor sus sistemas de medición biométrica para pagos.

Pero ya que este tipo de compañías son conocidas por su discreción, ¿es fácil trabajar con ellas en este tipo de cosas?

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Cómo es el kawésqar, el idioma que solo hablan 8 personas en el mundo

¿Qué particularidades tiene el idioma nativo de los kawésqar? ¿Cuál es su origen y sus características más importantes? Aquí te lo contamos.
27 de abril, 2022
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Entre laberínticos archipiélagos australes —donde los vientos, las lluvias y el frío no dan tregua—, vivían los kawésqar.

El grupo nómada pasaba gran parte del día en sus canoas (o hallef) recorriendo los canales entre el golfo de Penas y el estrecho de Magallanes, rodeados de densos bosques y en busca de lobos marinos, nutrias, aves y moluscos para alimentarse.

Los hombres eran los responsables de la caza terrestre (que incluía el icónico huemul) y marítima, mientras las mujeres recolectaban mariscos mediante el buceo, para lo que cubrían su piel con grasa de lobo marino.

Al igual que el resto de los pueblos originarios que poblaron América hace miles de años, los kawésqar tenían su propia lengua, marcada profundamente por su geografía. Eso explica, por ejemplo, por qué tenían 32 maneras de decir “aquí”.

Pero con el paso del tiempo y la llegada de los colonos a esta zona austral de Chile, denominada Patagonia Occidental, el grupo étnico sufrió una transformación brutal: no sólo abandonó su vida nómada —estableciéndose en Puerto Edén, una pequeña villa situada al sur del golfo de Penas—, sino que también relegó a segundo plano su idioma.

Kawésqar

Internet Archive Book Images
Según el Museo Chileno de Arte Precolombino, los kawéskar (también llamados “alacalufes” por algunos investigadores) fueron vistos por primera vez en 1526 por la expedición del marino español Francisco José García Jofré de Loaysa.

Y es que aprender español se volvió una necesidad para ellos y, así, poco a poco se llegó a un punto crítico: hoy, solo ocho personas hablan su lengua originaria.

Cuatro de ellas son ancianos. Tres nacieron en la década de 1960 —la última generación que adquirió la lengua desde la infancia—, y solo uno, que no es miembro del grupo étnico, lo habla: Oscar Aguilera.

El etnolingüista chileno de 72 años lleva casi 50 intentando salvar este idioma, registrando el vocabulario, grabando durante horas archivos sonoros y documentando el léxico.

Ahora hay otra persona que no es de la comunidad interesada en aprender su gramática: la pareja del próximo presidente Gabriel Boric y futura primera dama, Irina Karamanos.

La dirigenta feminista se ha comunicado con Aguilera con el fin de investigar más del tema. Para ella, los chilenos tienen una relación “deficiente” con sus comunidades y pueblos indígenas, y aprender de su léxico es una forma de acercarse a ellos.

Pero ¿qué particularidades tiene este idioma nativo? ¿Cuál es su origen y sus características más importantes?

Aquí te lo explicamos.

¿Cuál es el origen del kawésqar?

Los lingüistas e investigadores siempre intentan responder la misma pregunta: ¿de dónde vienen las lenguas de los pueblos, cuál es su verdadero origen?

Kawéskar

Oscar Aguilera
Mujer kawéskar en Puerto Edén.

En el caso del kawésqar —así como de muchas otros hablas indígenas—la respuesta aún no está clara.

Esto se explica en parte porque se le considera una lengua “aislada” o “no clasificada”.

Es decir, no forma parte de una familia lingüística ni tiene vínculos con ninguna otra lengua viva (como sí lo tiene, por ejemplo, el español, que procede del latín y es parte de las lenguas romances).

Al ser “aislada” es más difícil descubrir de dónde vienen sus palabras, su estructura o su gramática.

Aunque se cree que los kawéskar habitan la Patagonia Occidental hace unos 10 mil años, el primer testimonio que se conoce de su lengua aparece recién entre los años 1688 y 1689, elaborado por el aventurero francés Jean de la Guilbaudière.

Según el Museo Chileno de Arte Precolombino, hacia el siglo XIX su población alcanzaba las 4 mil personas, y la mayoría hablaba el idioma ancestral.

A fines del siglo XIX, sin embargo, su población descendió abruptamente a 500 personas y luego a 150 en la década de 1920.

Actualmente, hay cerca de 250 kawéskar en la región de Magallanes, pero son monolingües —hablan solo español— y no dominan la lengua de sus antepasados.

¿Qué características tiene?

Por sus características morfológicas, el kawéskar es una lengua aglutinante (al igual que el turco y otras) y polisinética; es decir, tiene “palabras, oraciones o frases” que no se pueden traducir con una sola palabra al español.

“No hay una equivalencia de uno a uno, como por ejemplo, el table inglés y el ‘mesa’ español. En kawésqar tenemos palabras como jerkiár-atǽl, un verbo que significa ‘el movimiento que hace el mar de flujo y reflujo'”, le explica Oscar Aguilera a BBC Mundo.

Puerto Edén.

Oscar Aguilera
En Puerto Edén viven unos 200 kawéskar actualmente.

A pesar del amplio contacto de los kawésqar con los colonos, se resisten a aceptar préstamos del español. Así, han creado sus propias palabras para llamar, por ejemplo, a los aparatos han ido adquiriendo (como el televisor o el teléfono).

Las pocas palabras que se han adoptado del español han sufrido una “nativización”; es decir, una transformación a la fonética kawéskar.

Es el ejemplo de “barco”, que se dice jemmáse pero también wárko. La “b” en castellano se reemplaza por la “w”, pues no existe el sonido “b” en kawésqar.

Además, hay un lado cultural que, según Aguilera, “difiere notablemente de la manera en como nosotros nos expresamos”.

Si el kawésqar no tiene certeza de lo que dice, no lo dice. Siempre usa el condicional. Culturalmente ellos rechazan la falta de veracidad, es sancionada por el grupo. La persona que miente se la señala con el dedo”, explica.

Así, por ejemplo, los kawésqar nunca dirían que tal persona los llamó desde Londres. Como no tienen seguridad de que esa persona estaba en Londres (porque no lo ven), dirían “me habría llamado” desde Londres.

¿Por qué está en peligro de extinción?

Al ser hablado solo por ocho personas, está entre las lenguas que la Unesco considera en vías de extinción.

“El problema es que, en términos generales, no es una lengua práctica. Es mejor aprender español o estudiar inglés”, dice Aguilera.

Según el experto, entre las razones que explican por qué el español penetró tan fuerte entre los kawésqar está la comercialización de sus productos con los nuevos habitantes de la zona.

Oscar Aguilera

Oscar Aguilera
El etnolingüista Oscar Aguilera se mudó a Punta Arenas en 2015. Hoy es profesor de la Universidad de Magallanes.

Además, de acuerdo al especialista, se sentían discriminados por los pueblos aledaños, como los chilotes (habitantes de la isla de Chiloé).

“Los chilotes los miraban en menos e incluso se reían de cómo hablaban su idioma. Entonces ellos decidieron no hablar más su idioma en público, sino que solamente en la casa”, explica el lingüista.

El Estado de Chile tampoco ha priorizado su rescate o sobrevivencia. Hasta el día de hoy no hay suficientes incentivos para revitalizar el idioma. La única escuela que hay en Puerto Edén, por ejemplo, enseña en español.

“Hay algunas personas que están haciendo esfuerzos por aprender la lengua, pero la falta de continuidad y persistencia, además de tratarse de una lengua gramaticalmente tan diferente del español, lo hace difícil para ellos”, cuenta Aguilera.


La fascinante historia de Oscar Aguilera

En el invierno de 1975, Oscar Aguilera emprendió una aventura que cambiaría su vida para siempre.

Siendo un joven inexperto, recién egresado de Filología Clásica, Germanística y Lingüística de la Universidad de Chile, decidió viajar a Puerto Edén, el lugar donde viven actualmente los kawésqar.

“Quedé muy impresionado porque me habían pintado un cuadro completamente distinto. Me imaginaba que me iba a encontrar con personas vestidas con pieles, casi con harapos, y viviendo en chozas icónicas. Pero no, ellos vivían en casas común y corrientes, y se vestían igual que yo”, dice.

En ese viaje —que se extendió por todo el invierno— conoció a la familia Tonko, quienes lo ayudaron a comenzar con el registro de la lengua, compartiendo con él largas jornadas de grabación.

Al año siguiente, publicó un primer léxico que perdura hasta el día de hoy.

Oscar Aguilera (operando la grabadora) junto al equipo de investigación y un miembro kawésqar (el de más a la derecha) en Puerto Edén, 1975.

Oscar Aguilera
Oscar Aguilera (operando la grabadora) junto al equipo de investigación y un miembro kawésqar (el de más a la derecha) en Puerto Edén, 1975.

La fascinación de Aguilera con los kawésqar fue tal que siempre encontró razones para volver.

Y así es como decidió embarcarse en una segunda expedición, de la cual volvió con dos miembros de la comunidad a su casa en Santiago, donde vivía con sus padres y su abuela.

Estuvieron viviendo con nosotros durante cuatro meses. Mi familia los recibió bien, los aceptaron”, afirma.

Aguilera era en ese entonces profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad de Chile.

Cada tarde, cuando se acababan las clases, se quedaba con los dos kawésqar grabando parte de su léxico y registrando información etnográfica.

Luego, regresaron todos juntos a Puerto Edén.

“A mí me gustaba ir porque la lengua de una comunidad tiene un componente cultural muy importante. Así que me dediqué no solo a salvar el idioma sino también al rescate cultural que implica mucho más, toda la forma de vida y el testimonio propio de ellos”, explica.

La mayoría de los kawéskar que conoció en esos viajes hablaban español pero con distintos grados de competencia. Los más ancianos, por ejemplo, solían tener más interferencia de su lengua materna, cometiendo errores como la no diferenciación entre el singular y el plural.

Oscar Aguilera grabando el idioma kawéskar con uno de sus hablantes en 2009.

Oscar Aguilera
Oscar Aguilera grabando el idioma kawéskar con uno de sus hablantes en 2009.

El académico reconoce que se enamoró de su gente.

“Hice todo lo contrario a lo que los libros de texto le recomendaban a un investigador: ‘Usted saque información, describa la lengua y váyase’. Yo me involucré con la comunidad”, dice.

“Adopción mutua”

En los años 80, la relación entre Oscar Aguilera y los kawésqar se profundizó aún más cuando decidió adoptar a dos niños de la comunidad para que recibieran una buena educación en Santiago.

Los niños pertenecían a la familia de los Tonko. En total, eran ocho hermanos. Uno de ellos, José, amaba la lectura.

“Con el permiso de sus padres, le compré un pasaje a Puerto Montt y lo fui a buscar para irnos a Santiago. Ingresó a la escuela, al Liceo Alessandri, donde yo también había estudiado”, cuenta.

José Tonko

Oscar Aguilera
José Tonko.

Cuatro años después, el hermano de José, Juan Carlos, también se fue a vivir a Santiago con Aguilera. Vivían todos juntos en una casa que el académico arrendaba en la comuna de providencia.

“Yo los adopté. Es que su familia había sido muy buena conmigo, me recibieron siempre como si fuera parte de ellos. Así que en realidad fue una adopción mutua”.

Cuando cumplieron 18 años, José y Juan Carlos ingresaron a la universidad. El primero, estudió Trabajo Social y Antropología, y el segundo, periodismo.

“Ellos son mi familia”

Actualmente, los hermanos —que bordean los 60 años— viven en la ciudad de Punta Arenas, al igual que Aguilera, quien dicta seis cursos en la Universidad de Magallanes.

“Hasta el día de hoy ellos son mi familia. Es como si fueran mis hijos, me cuidan y yo los cuido”.

Ambos han trabajado con él en la ardua tardea de rescatar el idioma.

José es coautor de distintas publicaciones —como “Gente de los canales” (2019)—, y ha colaborado en la creación de un diccionario kawésqar-español, que aún no logran terminar.

Además, entre 2007 y 2010, redactaron un texto y un archivo sonoro que se encuentra hoy en la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos, y en la Universidad James Cook, en Australia.

Sin embargo, el lingüista cree que aún falta mucho por hacer.

José Tonko y Oscar Aguilera en Puerto Edén, año 2009.

Oscar Aguilera
José Tonko y Oscar Aguilera en Puerto Edén, año 2009.

“Detrás de las lenguas hay un gran conocimiento y por eso se deben preservar, porque albergan información única sobre el medioambiente donde vive la gente que lo habla”, dice.

De cara al futuro del idioma, su esperanza está depositada en la futura primera dama, Irina Karamanos.

Quizás su interés —dice— ayude a revitalizar realmente la lengua de quienes considera su verdadera familia.


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