Los últimos mensajes de texto del celular de Rubén Espinosa
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Los últimos mensajes de texto del celular de Rubén Espinosa

"Ya voy de salida a la calle". fue su último mensaje. Eran las 2:13 de la tarde del viernes.
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Por AP
5 de agosto, 2015
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Rubén Espinosa. Foto: AP

Rubén Espinosa. Foto: AP

Hasta las 2:13 de la tarde del viernes 31 de julio, cuando el periodista Rubén Espinosa envió un último mensaje a un amigo suyo, todo iba bien.

Se habían puesto de acuerdo para estar en contacto desde que Espinosa decidió autoexiliarse en Ciudad de México. Tuvo que irse de Xalapa, la capital del estado de Veracruz, donde había trabajado durante ocho años, donde han asesinado a 11 periodistas desde 2010 y donde estaba seguro de que su vida corría peligro después de detectar que le seguían.

– “¿Qué onda?”, le preguntó su amigo, un fotógrafo de la capital.

– “Salí con una amiga y con un compa. Me quedé en su casa y apenas ahora voy a la mía”, le respondió Espinosa apenas un minuto más tarde. Tenía prisa. Iba a trabajar esa tarde.

Fue la última vez que su amigo supo de él. Esa misma noche apareció torturado y con un tiro de gracia junto a cuatro mujeres más en el mismo apartamento del que estaba a punto de irse.

Lo que muchos de sus colegas piensan ahora es que las represalias por las fotografías que Espinosa había tomado en Veracruz le siguieron hasta darle caza en la capital.

El Procurador del Distrito Federal dijo el martes que aún no es posible descartar ninguna línea de investigación. Que todas continúan abiertas. Incluida la que vincularía el asesinato de Espinosa al ejercicio del periodismo. Pero también explicó que el robo a una de las víctimas era una de las hipótesis. Hay tres sospechosos. Aparecen en la grabación de una cámara de vigilancia que muestra como abandonan el edificio 49 minutos después del último mensaje que Espinosa le envió a su amigo.

Si fueron ellos tuvieron que entrar a la vivienda, reducir a cinco personas que se resistieron, atarlas, torturarlas, abusar sexualmente de alguna de ellas, saquear la casa, buscar lo que estaban robando, meterlo en una maleta y salir caminando tranquilamente del edificio en 49 minutos.

Aunque la investigación llegue a la conclusión de que la masacre no está relacionada con el fotógrafo asesinado, su muerte ha impactado el círculo periodístico de México y a los defensores de los derechos humanos. El mensaje que creen haber recibido es que ya no hay lugar en el que refugiarse en uno de los países más peligrosos del mundo para el ejercicio de la libertad de prensa.

Incluso después de llegar a la capital, Espinosa siguió sintiendo que le seguían, que le vigilaban. Contó a sus amigos que un hombre que conocía se le había acercado en un restaurante para preguntarle si era el fotógrafo que había escapado de Veracruz. Que lo mismo le había sucedido una segunda vez, en una fiesta.

Espinosa creció en la capital. Pero se sentía estrechamente vinculado a Xalapa, una pequeña ciudad de provincias intensa desde el punto de vista noticioso y donde había hecho su vida profesional, y en gran medida su vida personal y su visión política. Se había especializado en la cobertura de movimientos sociales.

El contexto del periodismo en Veracruz

Veracruz, en la costa del Golfo de México, es un estado productor de café y petróleo. Es también ruta de paso de migrantes que viajan desde Centroamérica a Estados Unidos. El gobierno local está fuertemente armado y hace años que se le acusa de tener vinculación con los cárteles de la droga que controlan el puerto de la ciudad de Veracruz.

Desde que gobernador Javier Duarte asumió el cargo en 2010, 13 periodistas han sido asesinados. Once dentro del estado y dos después de abandonarlo. Tres más están desaparecidos según el Comité de Protección de Periodistas, una organización internacional con sede en Nueva York.

Aunque nadie ha podido demostrar que el gobernador Duarte tenga algo que ver con la violencia contra la prensa, se le critica por el ambiente negativo para el ejercicio de la libertad de expresión en Veracruz. Ha acusado a los periodistas de estar relacionados con el crimen organizado. Ha encarcelado a blogueros y amenazado a un fotógrafo con terminar tras las rejas por denunciar la aparición de autodefensas en el estado.

La administración de Duarte siempre ha sido ágil a la hora de achacar los crímenes contra periodistas a motivos personales. En tres de los casos de más impacto, con reporteros asesinados tras escribir sobre corrupción, las autoridades dijeron que una murió durante un asalto y otro de una venganza personal. En el tercero de los casos se negó a aceptar que la víctima fuera periodista y se escudó diciendo que pluriempleaba como taxista.

Cuando Espinosa abandonó el estado a principios de junio de este año, Juan Mendoza Delgado, otro periodista, murió atropellado por un vehículo cuando llevaba días desaparecido.

Ese es el contexto en el que Espinosa trabajaba para varias agencias de noticias y la revista Proceso, especializada en periodismo de investigación. No cubría narcotráfico ni nota roja, los temas más peligrosos que pueden tocarse en México. Pero fotografiar la represión del gobierno a los movimientos sociales puede acarrear consecuencias nefastas.

El 5 de junio fotografió como un grupo de encapuchados con bates de béisbol atacaba a un grupo de estudiantes universitarios. Pocos días después vio a un grupo de hombres extraños frente a su casa. Le fotografiaron y le empujaron. Sus amigos le dijeron que se fuera. Y se fue.

Cuando llegó al Distrito Federal estableció contacto con Artículo 19, un grupo que defiende a periodistas y les pidió apoyo. Su amigo le propuso monitorear sus movimientos a través de un sistema informal de mensajes. Nunca acudió al mecanismo federal de protección de periodistas del gobierno. La mayoría de los reporteros no confían en que sirva de nada.

Comenzó a recibir terapia psicológica para tratar el miedo y la ansiedad.

No tardó ni una semana en decirles a sus amigos que echaba de menos Xalapa y que quería regresar. Echaba de menos a su pareja, a su perro Cosmos, un cocker spaniel que no se separaría del ataúd el día del entierro de su dueño, su trabajo, su compromiso político.

Pero se le recomendó que no regresara. La muerte de Mendoza atropellado y un fin de semana con 11 muertos en Xalapa no ofrecían una perspectiva demasiado halagüeña.

Espinosa vivía con su familia, al norte de la capital. Pero muchas veces se quedaba a dormir en casa de amigos en el centro. Le daba miedo viajar hasta la casa de sus padres de noche con su equipo fotográfico por temor a que se lo robasen.

Una de las personas con la que se veía a menudo era Nadia Vera, que se había mudado a la capital un año antes y trabajaba en un festival cultural. Crítica con el gobierno de Duarte, organizadora de protestas, activista. Había coincidido con Espinosa en marchas contra la muerte de periodistas.

Vivía en un piso compartido con otras tres chicas en la colonia Narvarte, un barrio tranquilo, seguro y de clase media del centro de Ciudad de México. Una de ellas estudiaba maquillaje. Se cree que otra era colombiana pero nadie lo ha confirmado aún.

Las últimas horas

Sobre las dos de la mañana del viernes, Vera, Espinosa y otro amigo llegaron al apartamento donde estuvieron comiendo y bebiendo hasta el amanecer. En algún momento, el otro amigo, no identificado, se fue. El fotógrafo se quedó a dormir y se despertó a la hora de comer. Poco antes había llegado a la casa una mujer que trabajaba allí limpiando y una de las compañeras de apartamento de Nadia se había ido a trabajar.

El fotógrafo amigo de Espinosa le envió un mensaje a la 1:58 de la tarde para preguntarle si estaba bien.

“Yo estuve hasta las 6 de la mañana”, le decía.

La respuesta llegó en un minuto.

Yo igual a esa hora terminé. Hoy tengo guardia en la AVC (Agencia Veracruzana de Noticias)”, respondió Espinosa a las 14.11

Dos minutos dijo: “ya voy de salida a la calle”.

Fue su último mensaje. Eran las 2:13 de la tarde del viernes.

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#TheatreCapChallenge, la sencilla idea que "está salvando vidas" en las salas de operación

Cuando el británico Rob Hackett apareció en el quirófano con su nombre y profesión escrito en el gorro, recibió varias burlas. Pero esa sencilla medida ayuda a disminuir lo que es la tercera causa de muerte en Estados Unidos: los errores médicos.
31 de mayo, 2022
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“¿Acaso no puedes recordar tu nombre?”, solían decirle los colegas de Rob Hackett en broma.

Era fines de 2017 y el anestesista británico había decidido empezar a ingresar a las salas de operaciones con su nombre y profesión escritos en el gorro, algo tan vistoso que era ineludible para sus colegas.

Y esa era justamente la idea: que lo detectaran y leyeran con facilidad.

Un año y medio después, su iniciativa #TheatreCapChallenge (“desafío del gorro de quirófano”) se volvió viral y, según Hackett, ya está salvando vidas.

“Desde hace más de 10 años que me enfoco en mejorar la seguridad de los pacientes”, cuenta el médico a BBC Mundo desde Sídney (Australia), donde vive desde hace dos décadas.

Su interés en el tema comenzó tras presenciar la muerte de una madre joven por una serie de “peligros que aún existen”.

“Soy consciente de que otra gran cantidad de personas continúa muriendo innecesariamente por estos mismos problemas”, dice el anestesista.

Esos “peligros” o “problemas” se llaman errores médicos.

En Estados Unidos, por ejemplo, los errores médicos son la tercera causa de muerte, según un estudio realizado por la Universidad Johns Hopkins y publicado en la revista British Medical Journal en 2016.

Principales causas de muerte en EE.UU.. . .

Y, de acuerdo con la última guía para cirugías seguras de la Organización Mundial de la Salud, la comunicación es la raíz de 70% de los “miles de eventos adversos reportados (dentro de los quirófanos) entre 1995 y 2005” .

Hackett ha sido testigo directo o indirecto de todo ello.

Durante sus 12 años como anestesista, ha sabido de estudiantes a los que piden que terminen una operación porque los confunden con novatos en fase de entrenamiento.

O pacientes que sufren infartos porque no recibieron la compresión torácica (maniobra de primeros auxilios) a tiempo por la sencilla razón de que nadie en la sala quirúrgica se dio por aludido cuando se dio la orden.

Así que se propuso buscar medidas para cambiarlo.

#TheatreCapChallenge

“Conocí la llamada ciencia de los factores humanos a principios de 2015 y el tema me motivó aún más después de asistir a una serie de presentaciones del experto en seguridad médica (Rollin) ‘Terry’ Fairbanks”, cuenta Hackett.

Médicos operando.

Getty Images
La comunicación dentro de la sala de operaciones es la raíz del 70% de los “eventos adversos”, dice la OMS.

Fue en esa época que intentó introducir en la sala de operaciones lo que definió como “otra iniciativa obvia de seguridad”: “Fui sometido a intensas amenazas e intimidaciones por parte del personal de mayor jerarquía dentro de uno de mis propios hospitales”.

“Tal vez fue entonces cuando me di cuenta de que había pocas posibilidades de cambio y mejora dentro de los marcos de asistencia sanitaria existentes”, agrega.

Abandonó esa idea pero seguía pensando que algo debía cambiar.

La idea de los gorros con nombres llegó de una forma inesperada: leyendo el libro de autoayuda “Cómo ganar amigos e influir sobre las personasdel estadounidense Dale Carnegie.

“Cuanto más lo pensaba, más obvia y fantástica me parecía la idea”, confiesa. “Crea una mejora en la atención al paciente y expone los marcos de atención médica en los que nos basamos para resistirnos al cambio”.

Pero a la iniciativa le faltaba masificación.

La idea llegó de la entonces estudiante para partera Alison Brindle, quien propuso usar el hashtag #TheatreCapChallenge en redes sociales, cuenta Hackett.

En Twitter, en los últimos dos meses, el hashtag ha sido usado principalmente en Reino Unido y Estados Unidos, pero Australia, España y México le siguen en menciones, según la herramienta Hashtagify.

Además, organismos como las asociaciones de anestesistas de EE.UU. y Australia han apoyado públicamente la iniciativa.

La Asociación Estadounidense de Asistentes Médico Quirúrgicos, por ejemplo, lo agregó a su lista de políticas e informó: “Es una idea simple y gratuita que ayuda a mejorar la comunicación en una emergencia, especialmente en instituciones más grandes donde puede ser más difícil identificar a colegas y caras nuevas”.

“Experimento psicosocial”

Cuando Hackett comenzó con la iniciativa, creó un video donde explica que “saber los nombres de las personas y sus roles es una habilidad no técnica esencial para el trabajo en equipo”.

En situaciones de emergencia como un paro cardíaco, cuando el personal está corriendo hacia el quirófano, saber “quién es quién” marca la diferencia, continúa.

“Orquestamos al equipo con extrema eficiencia y el paciente tiene mayores probabilidades de sobrevivir“.

Desde que se convirtió en “el loco” que lleva su nombre escrito en la frente hasta la actualidad, Hackett ha escuchado numerosas críticas.

Las principales, cuenta a BBC Mundo, son el costo, la falta de evidencia científica para llevar adelante la experiencia y la vergüenza de verse “poco profesional”.

Pero Hackett tiene argumentos para cada crítica.

Equipo médico.

Gentileza Rob Hackett
Rob Hackett junto a un equipo médico en Sídney, Australia, donde cada uno tiene su gorro con nombre y profesión.

Si bien hoy en día lleva un gorro con sus datos bordados, en un principio simplemente lo había escrito a mano. Por eso, agrega, el costo de implementación es cero.

Respecto a las pruebas, el británico cita una investigación de la Escuela Imperial de Anestesia de Reino Unido presentada en Londres el año pasado que afirma que los cirujanos saben el nombre de menos de la mitad (44%) del personal médico dentro del quirófano.

“Conocer y reconocer a los miembros del equipo por su nombre ha sido cuantitativa y cualitativamente asociado con una mayor confianza, compromiso laboral y resultados clínicos“, dice otro estudio publicado el año pasado por la revista British Journal of Anaesthesia.

El trabajo, que analizó el impacto de #TheatreCapChallenge en un hospital en Reino Unido, afirma que el recuerdo de nombres aumenta con los gorros, algo que no sucedió en otro estudio que incluyó una chapa identificatoria en el pecho.

Además, de acuerdo a ese mismo estudio, 94% de los anestesistas y enfermeros apoyaron la iniciativa.

“La reacción de los profesionales médicos ha sido fascinante”, confirma Hackett.

Médicos corriendo.

Getty Images
En las emergencias, saber quién es quién ayuda a organizar al equipo médico “con extrema eficiencia y el paciente tiene mayores probabilidades de sobrevivir”, dice Hackett.

Según una encuesta realizada por PatientSafe Network, una organización sin fines de lucro sobre seguridad del paciente que Hackett dirige, 86% del personal apoya la iniciativa.

El apoyo fue unánime por parte de los estudiantes de enfermería y medicina, aquellos que son nuevos en la atención médica”, dice, agregando que lo mismo ha sucedido con los pacientes.

“Sin embargo, el apoyo fue menor entre quienes tienen la mayor influencia: el personal que ha estado en la industria durante más de 20 años”, reconoce.

Y es aquí donde entra el factor del profesionalismo y prestigio.

En palabras de Hackett, el #TheatreCapChalleng “es como un experimento psicosocial internacional masivo, que expone fácilmente dónde la cultura de la atención médica está fallando”.


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https://www.youtube.com/watch?v=6AMWU9EbdCU

https://www.youtube.com/watch?v=AYRg2DPj-FM

https://www.youtube.com/watch?v=UtuieuqZq7M

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