Taxistas que sobrevivieron al ataque en Iguala refutan la “verdad histórica” de PGR
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Foto: Cuartoscuro

Taxistas que sobrevivieron al ataque en Iguala refutan la “verdad histórica” de PGR

Según PGR, los futbolistas del equipo Avispones y los tripulantes de dos taxis fueron acribillados por policías municipales que circulaban por la vía principal de Iguala a bordo de dos patrullas, quienes abrieron fuego contra sus vehículos al confundirlos con los normalistas a los que perseguían. Sin embargo, los sobrevivientes descartaron esta versión y aseguraron que se trató de una emboscada planificada.
Foto: Cuartoscuro
Por Paris Martínez
23 de septiembre, 2015
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La “verdad histórica” de la Procuraduría General de la República (PGR) sobre los hechos del 26 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero, no sólo tiene inconsistencias y debilidades en torno a la forma en que supuestamente fueron secuestrados, asesinados y calcinados los 43 normalistas de Ayotzinapa, sino también acerca de los ataques con arma de fuego que perpetraron fuerzas de seguridad en contra de la población civil que intentaba salir de la ciudad.

Según la versión de la PGR, los futbolistas del equipo Avispones y los tripulantes de dos taxis fueron acribillados por policías municipales que circulaban por la vía principal de Iguala a bordo de dos patrullas, quienes abrieron fuego contra sus vehículos al confundirlos con los normalistas a los que perseguían.

Sin embargo, sobrevivientes de este ataque descartaron que la agresión fuera accidental, producto de una supuesta confusión, y aseguraron que, por el contrario, se trató de una emboscada planificada, dirigida conscientemente contra la población civil no relacionada con la presencia de normalistas en Iguala.

Según Aureliano García y Enrique Hernández –conductores de los dos taxis atacados frente al Palacio de Justicia municipal–, la agresión no fue realizada por los tripulantes de dos patrullas que circulaban por la vía principal de Iguala, como afirma la PGR, sino por tiradores parapetados previamente a ambos costados de la carretera, ocultos entre los arbustos, quienes actuaron de forma coordinada, disparando desde distintos puntos de la carretera.

El ataque del que fueron víctimas estos conductores fue denominado por la PGR como “Tercer evento” de la “verdad histórica” –dada a conocer por el exprocurador Jesús Murillo Karam–, el cual, según la versión de las autoridades, inició a las 23:20 horas (es decir, luego de que ya se habían consumado distintas agresiones contra alumnos de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa esa misma noche).

A decir de la PGR, este “Tercer evento” se dio cuando “policías (a bordo de dos patrullas) buscaban a estudiantes sobre la vía principal (del municipio) y detectan un camión Volvo gris, placas 434 RK9, de la empresa Castro Torus, que era ocupado por el equipo de futbol Avispones de Chilpancingo, disparándole sin mediar palabra, matando a dos tripulantes, (mientras que) balas perdidas matan a un civil más que circulaba a bordo de un taxi”.

La persona que falleció iba a bordo del taxi que conducía el señor Enrique Hernández y, según su testimonio, el ataque no inició cuando pasó por la zona el autobús de los Avispones, sino varios minutos antes, cuando los agresores comenzaron a disparar contra todo vehículo particular que intentaba salir de Iguala.

“A nosotros nos dispararon antes que los Avispones llegaran ahí –afirma el taxista, quien recibió un disparo de arma larga en el hombro, mientras que su pasajera fue impactada en el rostro–. Pasaban de las 11 de la noche, y esa (el Palacio de Justicia de Iguala) es una zona muy oscura, no hay iluminación, y los atacantes se cobijaron en la oscuridad de la noche. Estaban emboscados en la carretera, esperando en los costados, para atacar desde ahí… mi carro tuvo tiros por todos los ángulos, entonces sí, yo creo que ya estaban ahí, esperando para atacar”.

El taxi de Enrique recibió 50 disparos en todos los ángulos de su carrocería, a pesar de que nunca se cruzó con las dos patrullas que supuestamente perpetraron la agresión.

¿El ataque no inició desde patrullas, directamente contra los Avispones, sino que era desde los arbustos, y generalizado contra los vehículos de la zona?

Así es, tu servidor, junto con la señora que iba en el taxi, llegamos antes que los Avispones. Inclusive, luego de que nos dispararon, yo salí del auto, e intenté parar algún vehículo que viniera pasando, y fue cuando vi que se acercaba el autobús de los futbolistas. Yo les hice señas para que se detuvieran, les grité pidiendo auxilio, pero el autobús no se detuvo, casi me arrolló, y se siguió derecho… entonces yo corrí de vuelta al taxi y ayudé a salir a la señora, que estaba en el asiento trasero. Ella se desplomó en el pavimento, moviendo la cabeza, como diciéndome que no podía caminar, y entonces se escuchan los disparos, que eran ahora sí para parar el camión (de los Avispones), les dispararon una serie de ráfagas, y yo no tuve otra opción que correr, para poder salvar mi vida, y la señora quedó en el asfalto.

Aureliano García, otro taxista que también circulaba por la salida de Iguala, confirma esta versión.

“Iba yo por la carretera –asegura– y no me dispararon desde la avenida (como señala la “verdad histórica”) sino que me dispararon desde unos bordos que están al lado de la carretera. Ahí me dispararon primero, pero yo seguí avanzando, quizás 20 o 30 metros más, y entonces, del borde de la carretera, me salieron otras personas, que estaban escondidas en la maleza, y me empezaron a disparar nuevamente, pero ahora de frente”.

Debido a la oscuridad y a los reflejos a contraluz que generaron los disparos de arma de fuego, Aureliano, al igual que Enrique, no pudo distinguir si sus atacantes eran integrantes de alguna corporación de seguridad pública, pero sí pudo distinguir claramente que estos estaban previamente dispuestos a los costados de la carretera, desde distintos puntos de ataque, y que éste fue perpetrado por varios grupos de tiradores, repartidos a lo largo del camino.

“Cuando comenzaron a dispararme de frente, yo ya no pude avanzar, porque el carro quedó prácticamente destrozado, lo único que pude hacer fue abrazar a la pasajera (que venía en el asiento del copiloto) para cubrirla de los disparos, y luego le abrí la puerta de su lado, para que se saliera… ella y su acompañante, que venía en el asiento de atrás, salieron corriendo, pero yo no pude seguirlos.”

Aureliano recibió dos disparos en las piernas: uno en la espinilla izquierda y otro en el tobillo derecho, que le fracturó tibia y peroné.

“Yo creo que fue el instinto de sobrevivencia, la desesperación, no sé, lo que me hizo salir del carro, brincando con un solo pie (sobre la pierna que recibió el disparo en la espinilla), intenté correr, pero sólo llegué al filo de la carretera, ahí caí y ya no pude avanzar más, y me escondí en un espino, y desde ahí estuve escuchando cómo le disparaban a más carros.”

–¿Eso ocurrió antes de que atacaran a los Avispones?

–Sí, la balacera no inició cuando pasaron los del equipo de futbol, sino tiempo antes. Yo estuve escondido en ese espino varios minutos, escuchando cómo le disparaban a los carros que pasaban y, de hecho, el último al que atacaron fue al autobús de los Avispones.

Así, según los testigos y sobrevivientes, este ataque no fue realizado desde la vialidad por dos patrullas que fortuitamente se cruzaron con un autobús a cuyos tripulantes confundieron con normalistas, sino que fue planificado previamente, dirigido de forma consciente contra población que nada tenía que ver con la presencia de los estudiantes de Ayotzinapa en Iguala, y coordinado por varios grupos de tiradores.

Hay un punto más del testimonio de los sobrevivientes que contradice la “verdad histórica”.

Según la PGR, los policías que dispararon contra los Avispones cesaron su ataque “al percatarse de su error”, por lo que “la policía solicitó servicios de emergencia para atender a estas personas”.

Sin embargo, Aureliano niega esta versión tajantemente: “Luego de que dispararon varias veces contra el autobús, yo pude escuchar cómo les gritaban a los futbolistas que salieran del vehículo, les empezaron a gritar, insultándolos, y siguieron disparando, pero no pudieron sacar a nadie porque la puerta del autobús se quedó trabada… entonces, los atacantes simplemente se fueron, y ahí quedamos todas las personas que fuimos agredidas”.

¿Por qué cambiar los hechos?

El ataque perpetrado el 26 de septiembre frente al Palacio de Justicia de Iguala quedó inicialmente relegado en el análisis de los hechos, debido a que la atención se centró en lo que ocurrió al otro extremo de la ciudad, en Periférico Norte y avenida Juan N. Álvarez, donde según la PGR fueron secuestrados los 43 normalistas de Ayotzinapa, que permanecen desaparecidos desde esa noche.

Sin embargo, la necesidad de aclarar y comprender los hechos que se desarrollaron frente al Palacio de Justicia cobró nueva relevancia luego de que el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes –enviado a México por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)– descubriera evidencias de que en las agresiones en este lugar no sólo participaron policías municipales, sino también policías estatales y federales.

El Grupo de Expertos, además, comprobó que en ese mismo punto estuvo presente personal del Ejército cuando los ataques eran perpetrados, sin que esta dependencia hiciera nada por auxiliar a los civiles que eran atacados.

Esclarecer los hechos ocurridos frente al Palacio de Justicia permitiría determinar si en las agresiones ocurridas en Iguala tienen responsabilidad directa no sólo corporaciones de seguridad pública municipales, sino también instituciones estatales y federales, lo cual ha sido negado sistemáticamente por la PGR.

Tal como concluyó el Grupo de Expertos, frente al Palacio de Justicia de Iguala fueron realizadas distintas agresiones contra civiles, coordinadas por policías de los tres órdenes.

Primero, policías municipales, estatales y federales detuvieron ahí un autobús con entre 10 y 15 normalistas, los cuales fueron desaparecidos.

Luego, en una segunda acción, agentes de estas tres corporaciones detuvieron en ese mismo punto a un segundo autobús con normalistas, los cuales lograron huir, abandonando el vehículo.

La existencia de este autobús fue omitida por las autoridades en su “verdad histórica”, sin que hasta la fecha haya aclarado esta irregularidad en la investigación.

Según la hipótesis del Grupo de Expertos, los autores del ataque intentaban proteger un cargamento de droga oculto en ese autobús, mismo que los estudiantes de Ayotzinapa habían abordado, sin saber su carga oculta.

En la averiguación previa de la PGR existe una declaración firmada por el chofer de este autobús, en la cual reconoce plenamente a sus agresores como agentes federales, estatales y municipales.

Pocos minutos después de que en este punto se denunciara la acción coordinada de estos tres corporativos policiacos, según la versión de los sobrevivientes, fue cuando se dio la última agresión: la emboscada de hombres armados, divididos en distintos grupos y dispuestos a lo largo de la carretera, en la que fueron baleados los taxis de Aureliano y Enrique, así como el autobús de los Avispones.

Sobre todos estos hechos se tiene también comprobada la existencia de un video de seguridad captado por las cámaras de vigilancia del Palacio de Justicia de Iguala, el cual permitiría comprobar los testimonios de los sobrevivientes (incluido el del chofer que confirmó la participación activa de policías estatales federales). Sin embargo, tal como denunció el Grupo de Expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, este video se encuentra hasta la fecha extraviado.

Epílogo: abandono de víctimas

Según la “verdad histórica”, Aureliano y Enrique fueron atacados por fuerzas de seguridad pública, y en un supuesto reconocimiento de responsabilidad, las autoridades estatales y federales les hicieron todo tipo de promesas de atención: una indemnización por los daños sufridos en su persona y en sus propiedades; una casa para cada uno; becas de por vida para todos sus hijos en edad escolar; apoyos productivos para que pudieran emprender un negocio; una concesión de taxi; e incluso a Aureliano le ofrecieron una pensión vitalicia de 15 mil pesos, debido a que sus lesiones le impiden retomar su actividad laboral.

Nada de ello, sin embargo, ha sido cumplido.

La pensión “vitalicia” para Aureliano sólo duró tres meses, y luego se la redujeron a 5 mil pesos.

–¿Con ese dinero, alcanza usted a cubrir sus necesidades, y las de su familia?

–Claro que no… yo sufrí fractura múltiple en ambos huesos de la pierna, tibia y peroné, tengo una placa que me sostiene los huesos, pero aún así, no puedo caminar bien, pasé diez meses sin poder andar, y ahora camino con bastón, pero con mucho dolor… esto te lo cuento porque para cobrar esos 5 mil pesos tengo que ir hasta Chilpancingo, y para ir a esa ciudad tengo que tomar un taxi particular, que me lleve y me traiga, porque no puedo permanecer con la pierna doblada. Ese taxi me cobra mil pesos, así que de lo que recibo, inmediatamente tengo que pagar una quinta parte; de lo que me sobra, pago mil 500 pesos de renta, conservo mil pesos para vivir con eso todo el mes, y el resto se lo entrego a la mamá de mis tres hijas. Y por supuesto ese dinero no les alcanza a ellas para cubrir sus necesidades de estudio, de alimentación, de salud…

Enrique, por su parte, tuvo la suerte de que su lesión sanó favorablemente. “Puedo llevar una vida casi normal, puedo trabajar”, dice, pero la indemnización por los daños que el ataque de las fuerzas de seguridad pública le causó quedó en promesa.

Sólo recibió un apoyo: una donación del gobierno estatal para que pudiera comprar un auto usado y acondicionarlo como taxi.

Esa es toda la reparación del daño que les han cumplido.

Además, Aureliano y Enrique no han sido informados sobre el proceso emprendido por las autoridades para sancionar a sus atacantes.

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Los niños que olvidaron leer y escribir durante la pandemia de COVID-19

Unicef reclama que solo en América Latina 86 millones de menores no han vuelto a clases. Se les ha comenzado a llamar "la generación perdida".
28 de septiembre, 2021
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Ya los llaman “la generación perdida”: Naciones Unidas señaló en un informe reciente que cerca de mil millones de menores alrededor del mundo están en riesgo de tener una “pérdida de aprendizaje” significativa a causa de las interrupciones en la asistencia a la escuela durante la pandemia del covid-19.

Y la advertencia va mucho más allá: en muchos países el sistema de educación está a punto de colapsar, si además de la pandemia se suman otros factores como el cambio climático y los conflictos internos.

Un ejemplo de esta crisis que reporta la ONU es lo que ocurre en India.

La periodista de la BBC Divya Arya pudo comprobar que niños en varias regiones de este país asiático “se han olvidado de leer y escribir” debido a que se han visto impedidos de asistir a la escuela en el último año.

Arya expone el caso de Radhika Kumari, de 10 años, a quien básicamente se le olvidó escribir debido a que “estuvo 17 meses” fuera de las aulas.

Radhika vive en el estado de Jharkhand, donde la brecha digital es enorme. Y cuando la pandemia del covid-19 obligó al cierre de las escuelas, muchos niños de las escuelas públicas no tuvieron acceso a dispositivos que les permitieran continuar con su educación de manera remota.

“Fue realmente impactante descubrir que, de 36 niños matriculados en un solo curso de nivel primario, 30 no podían leer una sola palabra“, le explicó a la BBC el economista Jean Dreze, quien analiza la situación en esta región de India desde que los estudiantes pudieron regresar a clases.

Vishnu reads aloud to Radhika.

BBC
En algunos sectores de India hay niños que estàn olvidando leer y escribir debido al cierre de escuelas.

“Si no te olvidas de leer y escribir, que te atrases un poco puede remediarse. Pero si te olvidas de los conceptos básicos, ahora que regresas a clases y te hacen avanzar al siguiente curso la brecha va a ser peor“, agrega.

Alumnos latinoamericanos

En Latinoamérica el panorama es similar: de acuerdo con un informe presentado por Unicef hace una semana, cerca de 86 millones de niños aún no han retomado las clases, lo que pone en riesgo el progreso de su aprendizaje y los niveles de conocimientos previamente adquiridos.

Durante los últimos 18 meses, la mayoría de los niños, niñas y adolescentes de América Latina y el Caribe no han visto a sus profesores o amigos fuera de una pantalla. Los que no tienen Internet, directamente no los han visto”, explicó Jean Gough, directora regional de Unicef para América Latina y el Caribe.

Y añade que no solo existe el riesgo de que los niños dejen de aprender las competencias básicas para su vida, sino de que incluso no regresen nunca a la educación formal.

La educación virtual debe continuar y mejorar, pero está claro que durante la pandemia las familias más marginadas no han tenido acceso al aprendizaje”, añade la especialista.

La realidad es aún más acuciante entre los grupos más vulnerables, donde la deserción escolar era una problemática previa a la pandemia.

“Cada día fuera de las aulas acerca a los niños, niñas y adolescentes más vulnerables a la deserción escolar, la violencia de las pandillas, el abuso o la trata de personas”, añade.

“Fracasó mi colegio”

Para muchos de los alumnos y alumnas, durante estos últimos 18 meses “no se ha aprendido nada”.

En BBC Mundo hablamos con algunos escolares en partes de América Latina que se han visto afectados por la falta de conectividad y la baja asistencia escolar durante la pandemia.

Uno de ellos es Richard Guimaraes. Él tiene 15 años y vive en San Rafael, una comunidad indígena ubicada a dos horas y media de la ciudad Pucallpa, en el Amazonas peruano.

Richard quiere ser diseñador gráfico.

“Mis papás hacen artesanías y yo he aprendido a tejer y a hacer varias cosas que vendemos en el mercado”, le cuenta BBC Mundo.

Richard en su casa.

UNICEF
Richard Guimaraes vive en la regiòn amazónica de Perú.

“Y quiero aprender a hacerlas mejor”, confiesa.

Hace un año, Richard estaba cursando cuarto grado de bachillerato cuando la pandemia del covid-19 irrumpió con fuerza inusitada en el Perú y obligó a poner la vida en pausa.

En este último año y medio no aprendí nada. La pandemia hizo que fracasara el colegio“, se queja.

Antes de la pandemia, iba a clases desde las 7:30 de la mañana hasta el mediodía.

“En ese horario, durante la semana veíamos 12 materias”, recuerda.

Pero una vez comenzó la pandemia y las clases se suspendieron, las cosas se volvieron más difíciles.

“Pasamos de 12 materias a solo seis”, relata. El sistema establecido para remediar la crisis funcionaba así: cada mes los maestros venían a su localidad, les dejaban una especie de cartillas y ellos las tenían que resolver y enviar las respuestas a través de WhatsApp.

Arte, que es su clase favorita, se redujo a dibujos que hacía en casa y que le enviaba a su profesor por el móvil.

Mi papá vive de las artesanías y de vender plátanos, vivimos en una zona muy alejada, por lo que es difícil poder acceder a internet”, relata.

Como muchos de sus maestros no vivían cerca de su comunidad, solo los podía contactar por teléfono cuando se conectaba a internet. Además, algunas de las cartillas le parecían confusas y a veces hasta inentendibles.

Clases cerradas

Getty Images
Unicef señala que en América Latina y el Caribe 86 millones de niños aún no han regresado a las aulas.

El aumento de la desigualdad

Para muchos expertos en psicopedagogía y procesos educativos, es claro que los niños necesitan volver a las aulas lo más pronto posible.

La desaparición de este espacio de aprendizaje y socialización ha sido para muchos niños y niñas – especialmente entre familias de menor nivel sociocultural- “una catástrofe”.

“La verdad es que, en materia de conocimientos, un año y medio, casi dos de pérdida de clase porque la realidad es que los niños están volviendo a una escolarización muy precaria, es una catástrofe, que además va a costar mucho tiempo superar”, le dice a BBC Mundo Guillermina Tiramonti, especialista en educación e investigadora de Flacso Argentina.

Hay muchos niveles en este tema, pero pongo un ejemplo: un chico que estaba en primer año de primaria antes de la pandemia, y aún no había logrado aprender a leer, ahora que regresó al colegio debe finalizar el segundo grado sin haber aprendido a leer o escribir”, señala.

Para la académica, no solo se trata de los contenidos que no han sido aprendidos o incorporados sino de algo más importante: recuperar el hábito de aprender.

“La pérdida del conocimiento no es solamente no haber aprendido determinados contenidos, sino el hecho de perder el ritmo, el hábito, la rutina escolar”, apunta.

Lo explico en relación con un elemento muy simple como los códigos lingüísticos. Los niños de los sectores más bajos socio culturalmente no están acostumbrados a estos códigos complejos y solo tienen acceso a ellos en la escuela, donde son fundamentales para luego poder avanzar en el conocimiento. En la casa no tienen acceso a ellos”.

Para los niños que no están expuestos a ese tipo de códigos durante dos años, el retroceso cognitivo es muy grande, concluye Tiramonti.

salones cerrados en una escuela

Getty Images
Para varios analistas se deben crear proyectos especiales para recuperar el tiempo perdido durante la pandemia.

Revisar los objetivos

A medida que se van levantando las restricciones de la pandemia en distintas regiones, la reapertura de las escuelas se ha vuelto una prioridad de muchos gobiernos. A la fecha, el informe de la ONU señala que 47 millones de niños han regresado paulitinamente a las aulas.

Y la siguiente etapa también se pone en evidencia el gran desafío de poner al día a los niños con los objetivos que se debieron aprender durante este año y medio.

La educación de los niños y las niñas se perdió en un esfuerzo por proteger las vidas de toda la población ante el coronavirus“, explica Irma Martínez, experta en temas de educación de Human Rights Watch.

Pero si de toda crisis surge una oportunidad, este es el momento de replantear algunas de las premisas de la escolarización y el sistema educativo como un todo, señalan los expertos.

“El objetivo no debería ser simplemente volver a como eran las cosas antes de la pandemia, sino arreglar los defectos de los sistemas que durante mucho tiempo han impedido que las escuelas sean abiertas y acogedoras para todos los niños y niñas”, agrega Martínez.

En este tema, Tiramonti es categórica: “No podemos volver a la escuela y hacer como si nada hubiera pasado”, le dice a BBC Mundo.

“Es necesario hacer evaluación, ver qué pasó con los niños, cuáles son las pérdidas, cuáles son las problemáticas de aprendizaje que tienen y armar un programa para que recuperen aquellos conocimientos que son básicos para poder seguir una trayectoria escolar”.

Se necesita trabajo muy profesional para elaborar un proyecto de recuperación“, anota.

Hace menos de un mes, Richard Guimaraes es uno de decenas de miles de alumnos que volvieron a a las aulas después de casi un año y medio.

Y aunque está contento, siente en carne propia los desafíos: “Ahora estamos viendo las materias que dejamos de ver en la pandemia y es difícil seguir el ritmo. Es como empezar de nuevo”.


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