Tras 53 años al aire, Sábado Gigante llega a su última transmisión
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Tras 53 años al aire, Sábado Gigante llega a su última transmisión

En la última emisión de Sábado Gigante estarán presentes estrellas como Luis Fonsi, Espinoza Paz, Paulina Rubio, Enrique Iglesias, Juanes, Intocable, Prince Royce, Laura Pausini y Daddy Yankee, quien presentará un número especial en vivo desde su concierto en Madison Square Garden, de Nueva York.
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Por AP
19 de septiembre, 2015
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Don Francisco posa en el estudio de Univision de su programa de variedades "Sábado gigante". // Foto: AP.

Don Francisco posa en el estudio de Univision de su programa de variedades “Sábado gigante”. // Foto: AP.

Con la edición de este sábado 19 de septiembre llegará a su fin Sábado Gigante,  uno de los programas más populares de la televisión hispana que durante 53 años ha acompañado los hogares de millones de televidentes en Estados Unidos y Latinoamérica.

Con una emisión en vivo de tres horas de “Sábado Gigante – Hasta Siempre”, el popular conductor Mario Kreutzberger, mejor conocido como Don Francisco, se despedirá de su audiencia en un emotivo especial en el que además de todo su elenco, participarán diferentes personalidades que iniciaron sus carreras en este programa.

“Sábado Gigante – Hasta Siempre” se trasmitirá en Estados Unidos a través de Univisión a partir de las 8 p.m. (hora del Este) y se difundirá vía satélite en vivo en Chile y México.

De acuerdo con la cadena Univisión, durante la despedida estarán presentes Luis Fonsi, Espinoza Paz, Paulina Rubio, Enrique Iglesias, Juanes, El Grupo Intocable, Prince Royce, Laura Pausini y Daddy Yankee, quien presentará un número especial en vivo desde su concierto en Madison Square Garden, de Nueva York.

De igual manera, otras estrellas estarán durante la emisión para despedirse de Don Francisco, como es el caso de Shakira y Marc Anthony. Asimismo, Gloria Estefan estrenará una canción titulada “Hasta siempre”, la cual compuso junto a su esposo, el reconocido productor musical, Emilio Estefan.

Se realizarán segmentos especiales con los personajes más característicos del programa como “La Cuatro” y “El Chacal de la Trompeta” y por primera vez se obsequiarán tres automóviles a tres participantes.

Además del público que estará presente en el estudio, cientos de espectadores adicionales serán testigos de la trasmisión final al aire libre, gracias a pantallas gigantes en tribunas a lo largo de la alfombra dorada que se ha instalado especialmente en las afueras del estudio.

Durante la emisión, se le entregarán a Don Francisco diferentes galardones, entre ellos uno del Congreso de los Estados Unidos de manos de la congresista Iliana Ross-Lehtinen y el reconocimiento de “Campeón Mundial de la Salud” de la Organización Panamericana de la Salud.

Por cuarta vez “Sábado Gigante” recibirá el certificado del Guinness World Record, en su calidad del programa semanal de variedades de más larga trayectoria, con el mismo nombre y conductor.

“Con mucho orgullo cierro este ciclo histórico”, dijo Don Francisco a través de un comunicado. “He tenido el honor de llegar con el programa, cada semana, por más de cinco décadas, hasta los hogares de millones de familias, dejando una huella imborrable en mi historia personal, y en la historia de la televisión”.

Sin embargo, en una entrevista reciente con The Associated Press, el presentador recalcó que el final de “Sábado Gigante” no representa la última vez que se el público vea a Don Francisco.

“Tengo varias ideas. Tengo la idea de hacer programas de conversación, quiero hacer docu-reality, quiero producir para otros, quiero desarrollar nuevos talentos, quiero hacer todo lo que pueda hacer mientras mis capacidades mentales y físicas me lo permitan”, señaló.

Univision ocupa el primer lugar de sintonía entre los hispanos los sábados en la noche. La audiencia de “Sábado Gigante” supera los 2 millones de televidentes, de acuerdo con estadísticas de finales de marzo de la empresa especializada Nielsen.

“Sábado Gigante” es transmitido en todo Estados Unidos y en más de una decena de países de Latinoamérica, incluyendo Costa Rica, Guatemala, Nicaragua, República Dominicana, Bolivia, Colombia, Ecuador, El Salvador y Honduras.

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"Fue un capricho de Pinochet": la historia de los 15 mil libros de García Márquez que quemó el gobierno de Chile

En noviembre de 1986, el gobierno militar de Chile ordenó la incautación del libro 'La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile', del premio Nobel de Literatura, cuando un embarque se dirigía a Santiago.
5 de junio, 2022
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El 28 de octubre de 1986, después de varios días de viaje, el ‘Peban’, un vapor de bandera panameña, atracó finalmente en el puerto chileno de Valparaíso. Mientras se preparaba para diligenciar los papeles de aduana, la tripulación recibió la noticia de que se procedería con la incautación de una parte del cargamento.

El capitán, que estaba seguro de que todo lo que llevaba en su barco estaba en regla, preguntó cuál era la mercancía que iban a retener.

La respuesta oficial fue la que menos esperaba: “Los libros”, específicamente, 15 mil ejemplares de La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, escrito por el ganador del Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, que habían sido enviados desde el puerto de Buenaventura, en Colombia.

Y que debían llegar a manos de Arturo Navarro, el representante de la editorial Oveja Negra que publicaba los libros del Nobel en aquellos años en Chile.

El libro narraba las peripecias que había que tenido que sortear el cineasta chileno Miguel Littín, quien vivía en el exilio desde el golpe de Estado que llevó a Augusto Pinochet al poder en 1973.

Littín había vuelto a Chile durante dos semanas en 1985 para filmar en la clandestinidad un documental sobre lo que estaba pasando en el país 12 años después de la irrupción militar.

Arturo Navarro

BBC
Arturo Navarro era el representante de la editorial Oveja Negra en Chile.

Luego estrenaría el documental Acta Central de Chile en el Festival de Cine de Venecia del 86.

Pero el libro de García Márquez iba más allá: contaba sobre todo detalles que no aparecían en la cinta, como por ejemplo el encuentro de Littín, quien se había hecho pasar por un empresario uruguayo, con el propio Pinochet en los pasillos del Palacio de La Moneda, donde el presidente de facto no lo reconoció.

“Yo me enteré de la incautación de los libros dos semanas después porque estaba fuera del país”, recuerda Arturo Navarro, tomándose un café bajo la nave central del Museo Nacional de la Memoria en el corazón de Santiago.

Navarro había regresado de un viaje por EU para visitar a su familia cuando se encontró con un mensaje de alerta en el contestador automático de su casa. Era de su agente aduanero y le describía una situación crítica: “Arturo, me dicen que los libros fueron quemados”.

"Esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describen cómo le habían metido los dedos en la boca"", Source: , Source description: , Image:

Para Navarro, el cargamento era fundamental: era el principal producto que esperaba exponer durante la feria del libro de Santiago, que se iba a celebrar pocas semanas después del incidente.

Él, que había sido empleado de la Editorial Nacional Quimantú (ampliamente perseguida por el régimen) y había visto a los militares ejercer la destrucción de libros en primera fila, también sabía que el régimen de Pinochet había flexibilizado sus políticas de censura.

En ese contexto, creyó que la incautación debía ser más un malentendido que un acto de represión y decidió viajar a Valparaíso para resolver el problema personalmente.

“El libro ya había sido publicado en capítulos en Chile por una revista (Análisis) meses antes”, señala Navarro. “Sin embargo, lo que me preocupaba es que, de acuerdo a la prensa, la incautación de los libros se debía al mal estado de los contenedores, que me parecía una disculpa inusual”.

Los ejemplares habían quedado bajo el control de la jefatura de Zona en Estado de Emergencia, a cargo de militares.

Cuando Navarro se acercó al edificio castrense donde podría intentar rescatar los libros, percibió de inmediato la tensión que se sentía dentro del gobierno por esos días: un mes y medio antes, el 7 de septiembre, militantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez habían estado muy cerca de acabar con la vida de Augusto Pinochet, en un feroz atentado cuando este regresaba a Santiago desde su residencia en el Cajón del Maipó, a unos 50 kilómetros de la capital.

El asalto había dejado cinco escoltas muertos y varios heridos.

“En el edificio logré hablar con un militar de rango medio al que le pedí que al menos me permitiera devolver los libros a Lima”, señala. “Pero después de hacer un par de llamadas, finalmente me dijo: ‘Navarro, no se preocupe, que los libros ya los quemamos'”.

La versión en los medios se mantenía: contenedores en mal estado, lo que podría explicar la incautación, pero nunca la incineración.

Para Navarro, era claro que la orden había venido de arriba y, aunque no tuviera pruebas, no se iba a quedar quieto hasta que la gente supiera que el régimen de Pinochet había mandado a quemar 15 mil volúmenes de nada menos que un premio Nobel.

“Yo sigo sosteniendo que esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describe cómo le habían metido los dedos en la boca”, afirma Navarro.

La noticia lo dejó abatido y sin ejemplares para la feria.

Entonces, convocó a ruedas de prensa para dar a conocer lo que había pasado, hizo la denuncia pertinente ante la Cámara Chilena del Libro y, aunque dentro del país no hubo mucho eco, en el mundo sí publicaron la noticia.

Navarro guarda recortes de prensa de medios de Grecia, Holanda y EU que hablan de los ejemplares calcinados.

Pero quedaba por saber qué era realmente lo que había pasado. “Yo de verdad no creía nada de lo que me habían dicho. Ni siquiera que los habían quemado”.

Uno de sus colegas le recomendó que el mejor camino para obtener una respuesta del régimen era la vía diplomática, por lo que decidió acudir a la embajada de Colombia, país de donde originalmente habían salido los libros.

“Ahí conocí a Libardo Buitrago, el cónsul colombiano, quien se ofreció a ayudarme”.

Poco después, gracias a la presión de un país extranjero, le llegó al cónsul un papel muy revelador, una carta fechada del 9 de enero de 1987, firmada por el vicealmirante John Howard Balaresque, en la que no solo se confirma la incineración de los libros sino también las razones: a los ejemplares de La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile se les impuso “una medida de censura previa” por considerar que el contenido “transgredía abiertamente las disposiciones constitucionales”.

“Ese papel es el único documento oficial que existe en el que el régimen de Pinochet acepta que quemó libros y que lo hizo por censura. Algo imposible de obtener en esos tiempos”, relata Navarro.

“Y ahora está acá, en el Museo de la Memoria”.

El documento, con firma oficial, le sirvió a la editorial Oveja Negra para poder cobrar el seguro por la pérdida, pero además implantó en la cabeza de Navarro una certeza que no lo abandonó nunca: la cultura sería clave en el fin del régimen.

“Esta represión a los libros, a la cultura, se daría vuelta y terminaría siendo uno de los principales motivos por los que Pinochet saldría del poder. Porque fueron los cantantes, los artistas, los escritores quienes serían fundamentales en la campaña de votar ‘No’ en el plebiscito de 1988 que acabaría con la dictadura”, concluye.


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