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3 descubrimientos clave de los expertos independientes vs. la "verdad histórica" de la PGR

Cuartoscuro
Por Paris Martínez
7 de septiembre, 2015
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Padres y familiares de los normalistas de Ayotzinapa estuvieron presentes en el informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes. // Foto: Nayeli Roldán.

Padres y familiares de los normalistas de Ayotzinapa estuvieron presentes en el informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes. // Foto: Nayeli Roldán.

El pasado 27 de enero, el entonces procurador Jesús Murillo Karam presentó lo qué él mismo bautizó como la “verdad histórica” de los hechos ocurridos entre el 26 y 27 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero, que dejaron como saldo 43 normalistas desaparecidos, seis personas asesinadas y 40 más heridas.

Según esa “verdad histórica” –soportada en cientos de testimonios, confesiones y pruebas científicas realizadas por la PGR, de acuerdo con el funcionario–, “los estudiantes normalistas fueron privados de la libertad, privados de la vida, incinerados (en el basurero municipal de Cocula) y arrojados al río San Juan, en ese orden”.

Para el entonces procurador, las evidencias con las que contaban las autoridades para sustentar dicha hipótesis eran de “una contundencia suficiente para poder consignar a los culpables”, y remató: “quien quiera dudar de eso, en vez de ser coadyuvantes del Ministerio Público debería ser coadyuvante de la defensa”.

Ocho meses después, sin embargo, el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, conformado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para analizar los hechos ocurridos en Iguala, no sólo puso en duda las conclusiones de la autoridad, sino que demostró su falsedad con pruebas científicas.

A continuación, presentamos los puntos clave de la “verdad histórica” presentada por la PGR el 27 de enero de 2015, y las refutaciones expuestas ayer por el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, al hacer público su primer informe de labores, a seis meses de haber iniciado sus investigaciones en México.

1.- El fuego imposible

Según la “verdad histórica” de la PGR, los policías de Iguala detuvieron a los 43 normalistas en la calle Juan N. Álvarez, y luego los entregaron a policías municipales de Cocula que, a su vez, los entregaron a una célula del cártel conocido como Guerreros Unidos.

Basándose en declaraciones y peritajes realizados por su propio personal, la PGR concluyó que esta célula de sicarios trasladó a los normalistas hasta el basurero municipal de Cocula, donde los asesinaron e incineraron, hasta convertirlos en cenizas, en un lapso de 16 horas.

Tal como reveló Murillo Karam en enero pasado, en ese lugar fueron encontrados “residuos de diesel y gasolina en el suelo, tres zonas con ceniza, rocas con impacto térmico, (se encontró) el punto de origen del incendio, residuos diversos con alto grado de deterioro por el fuego, (como) aluminio fundido por la exposición al calor intenso, fragmentos de llantas con huellas de carbonización, así como residuos característicos de neumáticos, afectación del fuego sobre diversos restos humanos; así como un dictamen biológico que indica que las plantas fueron afectadas por el calor en la zona”.

El entonces titular de la PGR incluso entró en detalles sobre la mecánica de la incineración, basándose en los peritajes realizados por la Procuraduría: “Una vez alcanzada la ignición –aseguró–, las llantas utilizadas alcanzaron hasta 1600 grados centígrados, dificultando que el fuego se extinguiera por medios mecánicos, prolongando su combustión”.

Según la PGR, esta combustión a mil 600 grados se logró con 15 llantas, ramas y botellas de plástico que los homicidas recogieron de la basura.

Sin embargo, el grupo de expertos realizó su propio peritaje, para lo cual invitó al doctor José Torero, experto en manejo de fuego y seguridad, acreditado por las universidades de Berkley, de Edimburgo, de Queensland, y reconocido por esta experiencia por la Royal Society de Escocia, y sus conclusiones fueron contundentes: “Los muchachos –destacó Francisco Cox, del GIEI– no fueron incinerados en el basurero de Cocula”.

En este sentido, los expertos indicaron que “la evidencia recolectada (hasta al momento) no permite inferir mayores conclusiones acerca de los presuntos eventos ocurridos el 27 de septiembre o su correlación con la hipótesis establecida a base de testimonios”.

La lista de pruebas que exhibe el grupo de expertos para refutar la versión del la PGR es larga: en primera instancia, los peritajes del doctor Torero demuestran que para reducir a cenizas 43 cuerpos, estando al aire libre, habrían sido requeridas no 15 llantas y algunas ramas, sino 30 mil 100 kilos de madera y 13 mil 330 kilos de neumáticos.

Además, aún si hubiese sido posible reunir todo ese material para incinerar los 43 cuerpos, la pira debía permanecer ardiendo alrededor de 60 horas, y no 16 como asegura la PGR.

Otra inconsistencia es que, según la “verdad histórica”, los sicarios estuvieron revisando de cerca la hoguera con los cuerpos, para verificar que no se apagara. Sin embargo, los expertos del GIEI concluyeron que el calor emitido por una pira de esas dimensiones no sólo habría “quemado vivo” a cualquiera que se acercara a más de 30 metros, sino que también habría provocado un incendio forestal, ya que habría quemado todo el basurero, y no sólo el área de 12 metros cuadrados en el que la Procuraduría asegura que fueron reducidos a cenizas los 43 cadáveres.

En la versión de la PGR también se afirma que la llama generada tuvo una altura de siete metros, y fue dispuesta al fondo del basurero, en una hondonada de 20 metros de profundidad, por lo cual los habitantes de Cocula no se percataron de la incineración de los cuerpos.

No obstante, según los cálculos del experto en fuego consultado por el GIEI, una llama de siete metros provocaría un penacho de humo de 300 metros de altura, el cual, de haber existido, habría sido visto por todos los habitantes de ese municipio, lo cual no ocurrió.

Así, “podemos decir que ese evento (la incineración de los 43 cuerpos en el basurero de Cocula), tal cual ha sido descrito, no pasó”, remató al respecto Carlos Beristain.

2.- El quinto autobús… 

De acuerdo con lo informado por Murillo Karam el 26 de septiembre de 2014, un grupo indeterminado de normalistas llegó a Iguala a bordo de dos autobuses. Su plan era retener más camiones de pasajeros en la caseta de peaje que se ubica poco antes de llegar a esta localidad, que serían usados la semana siguiente para trasladarse a la Ciudad de México, donde planeaban participar en la conmemoración anual de la matanza estudiantil del 2 de octubre.

Esta versión oficial señala que, además de los dos autobuses en los que arribaron, los normalistas tomaron en dicha caseta un tercer autobús, al cual se le permitió concluir su recorrido hasta la central de autobuses municipal –acompañado su chofer por un grupo reducido de estudiantes– para que así el pasaje pudiera llegar a su destino, luego de lo cual se había acordado con el conductor que emprenderían el camino hacia la normal de Ayotzinapa.

Ya en la terminal de Iguala, sin embargo, el chofer de este autobús encerró dentro de la unidad a los normalistas que llevaba a bordo, ante lo cual éstos pidieron vía telefónica el auxilio de los demás estudiantes que permanecían en la caseta de Iguala.

Estos normalistas llegaron a la central camionera municipal a bordo de los dos autobuses con los que salieron de Ayotzinapa y, según la versión oficial de la PGR, “en este lugar (la central camionera) los estudiantes se apoderan de dos autobuses más, sumando en total cuatro autobuses retenidos”.

Sin embargo, tal como comprobó el Grupo de Expertos a través de los videos de seguridad de la misma terminal de autobuses, los normalistas no se llevaron cuatro vehículos de pasajeros, sino cinco.

La existencia de este quinto autobús involucrado en el ataque contra los normalistas es importante debido a que, tal como señalan los testimonios recabados, las autoridades que persiguieron y detuvieron este camión no eran sólo policías municipales (hasta el momento las únicas autoridades cuya participación en los hechos reconoce la PGR), sino también por policías estatales y federales.

Esto quiere decir que, tal como pudo comprobar el grupo de expertos, sí hay indicios en la averiguación previa de que en los ataques contra normalistas hay responsabilidad de agentes del gobierno del estado de Guerrero y, peor aún, también de agentes del gobierno de la República.

En torno a este quinto autobús, tal como descubrió el GIEI, existen distintas anomalías en la investigación de la PGR, todas orientadas a ocultar su existencia: en primera, su confiscación por parte de los normalistas no es aceptada por las autoridades, aún cuando los mismos normalistas reconocen que capturaron este vehículo en la terminal de Iguala. Luego, la PGR terminó aceptando que este camión sí había sido confiscado por los estudiantes de Ayotzinapa, pero aseguró que inmediatamente después fue destruido por los normalistas.

Ante la presión del grupo de expertos, la PGR aceptó citar al chofer de esta unidad para que explicara qué había pasado con ella el día de los hechos, y el operador no sólo contradijo la versión de la Procuraduría (que el autobús había sido destruido inmediatamente después de salir de la terminal), sino que lanzó su propia historia: aseguró que el vehículo sí había sido confiscado por los estudiantes de Ayotzinapa y que sí salió de la terminal, pero, aclaró, debió reingresar a la central camionera porque detectaron una falla mecánica.

Sin embargo, tras revisar los videos de seguridad de la terminal, el grupo de expertos pudo concluir que los estudiantes sí se llevaron confiscados un total cinco autobuses (dos en los que llegaron de Ayotzinapa, y tres más capturados en la terminal), y que ninguno de estos vehículos regresó después.

Esta mañana, en entrevista con Ciro Gómez Leyva, en Grupo Fórmula, el titular de la SEIDO, Felipe Muñoz, dijo que la información acerca del quinto autobús sí está en la investigación de la PGR, y que de ahí fue donde obtuvieron los datos los expertos de la CIDH,

Según los expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la operación coordinada de distintos grupos policiacos, quienes persiguieron y actuaron a los normalistas en al menos nueve puntos de la ciudad, evidencia que su preocupación no era realmente que los estudiantes ingresaran a Iguala, sino que intentaran sacar los camiones recién confiscados.

Al respecto, el grupo de expertos recordó que existen antecedentes de tráfico de drogas desde Iguala hacia Estados Unidos, empleando camiones de pasajeros, en compartimientos adaptados.

Todo ello nos llevó a pensar que este bus tiene algo que ver con los hechos –señaló Carlos Beristáin, del grupo de expertos–: es un bus que no aparecía en el expediente. Luego dijeron que sí había salido (de la terminal). Después, que había sido destruido. Después, el chofer dice que no (que el autobús se descompuso), y después aparece un testimonio que refuerza la versión de los estudiantes (que involucra a agentes federales en la captura de este vehículo). Y  todo eso no había sido considerado en la investigación… obviamente hablamos con la PGR y sugerimos que se investigue esto, porque pensamos que este bus puede tener que ver con los hechos.”

La principal evidencia del involucramiento de este quinto autobús en los hechos, así como de la participación de policías federales en el ataque contra los normalistas iban a bordo de este vehículo, es el video de vigilancia captado por las cámaras del Palacio de Justicia de Iguala, mismo que, tal como denunció el GIEI, se encuentra desaparecido.

3.- La presencia militar

El 27 de enero, luego de una hora de conferencia, al final de la cual incluso respondió preguntas de la prensa, el entonces procurador Murillo Karam dio por concluido el acto y emprendió la retirada. Una última pregunta, no obstante, le fue lanzada cuando ya se alejaba: “¿Y qué hay de las denuncias sobre participación del Ejército?”

Se trataba de un tema sobre el que la “verdad histórica” no se pronunciaba.

Murillo captó la pregunta y volvió sobre sus pasos para clamar, ante el micrófono, para que fuera bien escuchado: “No hay una sola evidencia de que haya intervenido el Ejército, ni una sola, las mismas declaraciones de los que hoy dicen que el Ejército fue, lo acusaban (antes) de omisión, las mismitas. No hay una sola (prueba) de la participación del Ejército, ni siquiera había un grupo ahí…”

Con esta sentencia, el entonces titular de la PGR respaldaba la versión de la Secretaría de la Defensa Nacional, según la cual los elementos del 27 Batallón de Infantería –asentado en Iguala– se mantuvieron acuartelados y ajenos a los hechos que se desarrollaron durante la noche del 26 de septiembre del año pasado.

Esto, sin embargo, es falso, tal como descubrió el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, ya que la PGR cuenta con declaraciones de agentes de inteligencia militar, quienes reconocieron haber estado en algunos de los lugares donde se desarrollaron los ataques contra los estudiantes e, incluso, que reconocen haber presenciado estos ataques, sin intervenir en auxilio de las víctimas.

Según la investigación realizada por el grupo de expertos, la PGR posee declaraciones soldados adscritos a inteligencia militar, quienes que reconocen haber estado presentes en la zona aledaña al Palacio de Justicia de Iguala, lugar donde fueron detenidos dos de los cinco camiones en los que los normalistas intentaban salir de la ciudad.

Los estudiantes de uno de estos camiones fueron arrestados y desaparecidos, mientras que los del segundo vehículo lograron huir a pie.

Según estos agentes de inteligencia militar, en la detención-desaparición de este grupo de normalistas participaron policías municipales, estatales y federales.

Aún así, la “verdad histórica” sólo involucra en los hechos a policías municipales. Nunca a policías estatales o federales, a ministeriales o a soldados.

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Coronavirus: qué es el cerebro pandémico y cómo nos afecta en el día a día

La exposición al estrés crónico que ha traído la pandemia está teniendo más consecuencias de las que imaginamos. Te contamos algunas y cómo contrarrestarlas.
26 de julio, 2021
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Me siento a escribir este texto. Arranco. Voy bien, llevo 100 palabras. Bueno, pienso que esta última línea quizás no se entiende. La borro. Lo borro todo. ¿Cómo retomo? Página en blanco. Mente en blanco. Pasan los minutos. Reviso el teléfono. ¡Es imposible concentrarse!

Es muy probable que en el último año y medio hayas sentido algo parecido ante cualquier actividad.

Si es así, no te preocupes. Muchos lo comparten. Tenemos cerebro pandémico.

No se trata de un término clínico, pero es así cómo algunos científicos denominan a la serie de dolencias que está sufriendo nuestro cerebro a raíz de la pandemia.

El estrés crónico y los largos ratos de confinamiento no solo han afectado nuestra capacidad de memoria y concentración.

Hay expertos que creen que también es posible que hayan reducido en tamaño algunas zonas de nuestro cerebro.

Pero, ¿nos quedaremos así para siempre?

Estrés prolongado

Los especialistas coinciden en que el principal responsable de los cambios en nuestra cabeza es la larga exposición al estrés durante tanto tiempo, el estrés crónico.

“Hay niveles de estrés ‘buenos’. Si necesitas culminar una tarea en un tiempo ajustado, una vez lo haces el estrés se va. Se acaba todo”, ejemplifica Michael Yassa, neurólogo del Centro de Neurobiología del Aprendizaje y la Memoria en California.

Mujer mirando a través de la ventana durante el confinamiento.

Getty Images
El aislamiento social provoca una exposición al estrés prolongado, impactando el volumen de varias zonas de nuestro cerebro involucradas en nuestras actividades diarias.

“Pero cuando el fin no está la vista y el estrés continúa por una sesión prolongada, entonces se vuelve problemático”, le explica Yassa a BBC Mundo.

Es lo que nos está sucediendo con la pandemia. Vivimos un estado dilatado de espera, de confinamientos y relajaciones, restricciones y medidas sin saber cuándo recuperaremos lo que ahora llamamos normalidad.

El estrés prolongado libera cortisol, y si tienes problemas continuos con esta hormona, puede llegar a afectar el volumen de algunas zonas del cerebro.

La neuropsicóloga Barbara Sahakian, de la Universidad de Cambridge en Reino Unido, ha estado analizando los efectos del distanciamiento social y la ansiedad por la pandemia en nuestra masa cerebral.

“A través de escáneres a personas socialmente aisladas hemos detectado cambios en el volumen de las regiones temporales, frontales, occipitales y subcorticales, así también como en el hipocampo y la amígdala”, le dice Sahakian a BBC Mundo.

“Ya en el pasado, altos y prolongados niveles de cortisol han sido asociados con disrupciones del humor y la reducción del hipocampo. Esto se observa sobre todo en pacientes con depresión”, añade.

En 2018, por ejemplo, un estudio publicado en la revista Neurology de la Academia Estadounidense de Neurología demostró que un alto nivel de cortisol en pacientes se asoció con una peor memoria y percepción visual, así como con volúmenes más bajos de materia gris total, occipital y lobar frontal.

Y esos cambios de volumen como los detectados por Sahakian pueden incidir directamente en las actividades que realizamos a diario.

“Ese conjunto de dolencias que afectan a la salud mental y nos generan depresión y ansiedad, es lo que coloquialmente estamos llamando cerebro pandémico”, apunta Yassa.

¿Cómo nos afecta el cerebro pandémico en el día a día?

La doctora Sahakian pone un ejemplo muy común.

“Aparcas tu auto en un estacionamiento público de múltiples niveles de un centro comercial. Regresas después de varias horas. Por un momento te pierdes y no recuerdas dónde dejaste tu auto. Pues bien, el hipocampo es la zona del cerebro responsable de aplicar esa memoria, precisamente una de las zonas más afectadas por los efectos de la pandemia”.

Aparcamiento en Santa Mónica, Los Ángeles, Estados Unidos.

Getty Images
Los efectos del llamado cerebro pandémico pueden notarse si tenemos dificultades para reencontrar nuestra plaza de aparcamiento.

El hipocampo también está involucrado en los procesos de aprendizaje. Además, es una zona que normalmente se deteriora con la edad.

“Es por ello que los ancianos pueden ser más vulnerables, aunque también hemos detectado que los niños pueden experimentar retrasos en su desarrollo social y del lenguaje”, argumenta Sahakian.

Pero los efectos del llamado cerebro pandémico van mucho más allá de una afectación leve de la memoria o un retroceso de la capacidad de aprendizaje.

Son muchos los receptores que son sensibles al cortisol, así que varias redes neuronales quedan afectadas, notándose en nuestros posibles cambios de humor frecuentes, sentimientos de miedo o la incapacidad para concentrarnos, realizar varias tareas a la vez o tomar decisiones sin titubear.

Esto se debe a su impacto en el sistema límbico y la amígdala, esta última encargada de hacernos sentir emociones.

“Muchos pacientes describen un sentimiento de “neblina mental” y se quejan de que ya no toman decisiones de la misma forma que lo hacían antes”, explica Yassa.

Por supuesto, esta carga psicológica también viene acompañada de irremediables consecuencias fisiológicas.

“La depresión y la ansiedad nos afectan el sueño, cambian el apetito y producen fatiga”, añade el neurólogo.

Escáner de cerebro.

Getty Images
Sahakian y su equipo han estado investigando las variaciones en nuestro cerebro que provoca la pandemia.

No afecta a todos por igual

Como en todo, el cerebro pandémico lastra más a unos que otros. En esto entra en juego la resiliencia individual y el nivel de estrés al que estemos sometido.

No sufren lo mismo quienes han padecido el aislamiento social que aquellos que perdieron un familiar o conocido, se quedaron desempleados o estuvieron infectados.

En estos casos, además del estrés crónico, también puede aparecer el estrés postraumático, incrementando la inestabilidad de la salud mental, la depresión, el dolor y la ansiedad.

Algunos hemos mostrado más resiliencia y creamos estrategias durante los confinamientos para mantenernos sanos, como seguir una rutina de ejercicio físico, pero para los más afectados este tipo de actividades puede ser más difícil de seguir”, diferencia Sahakian.

“La autogestión del estrés es algo personal que no todos logramos de la misma manera. Todos hemos tenido estrés en nuestra vida. Si logramos superarlo, este estrés hasta puede ser bueno en cierto punto” añade.

¿Es posible recuperarse?

El doctor Yassa quiere pensar que sí es posible superar los cambios sufridos, pero reconoce que no será de la noche a la mañana y que tomará tiempo.

“La gente se sobrepone a desastres naturales o la pérdida de seres queridos, así que de esto también deberíamos superarlo. Pero primero debe desaparecer la causa”, aclara.

“Según se vayan recuperando las libertades y la gente retome el contacto social, todos mejoraremos”, amplía Sahakian.

Persona llorando en una tumba en Indonesia en plena ola de coronavirus.

Getty Images
Las personas que han sufrido un ser querido pueden tardar más en recuperarse de los efectos psicológicos de la pandemia.

Mientras esperamos por la vuelta a la normalidad, los expertos igualmente aconsejan aplicar técnicas para traer de vuelta nuestras funciones cognitivas.

“Debemos retarnos con juegos de memoria para recuperarla, así también como ponernos a aprender cosas nuevas”, recomienda la doctora.

Yassa opina que debemos enfocarnos en crear una especie de armonía de ritmos.

“Levantarnos a la misma hora, comer regularmente y hacer ejercicio físico da mejores oportunidades al cerebro para recuperarse“.

Pero si bien estas actividades pueden ser suficientes para muchos, Sahakian reconoce que algunos podemos necesitar la ayuda de profesionales.


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https://www.youtube.com/watch?v=WhrDWNcNQEM

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