Édgar tiene el rostro desfigurado por auxiliar a los heridos de Ayotzinapa
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Édgar tiene el rostro desfigurado por auxiliar a los heridos de Ayotzinapa

Según los testimonios de varios normalistas recogidos por el GIEI, militares dijeron a normalistas que “así como éramos buenos para hacer destrozos, que nos aguantáramos y que tuviéramos pantaloncitos para aguantar lo que viniera”.
Cuartoscuro
Por Nayeli Roldán
2 de octubre, 2015
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Padres, alumnos de Ayotzinapa e integrantes de organizaciones sociales marcharon el pasado 26 de septiembre de 2015 en la ciudad de Iguala hasta el lugar donde fueron atacados los normalistas de la normal rural Raúl Isidro Burgos y donde se edificó un monumento en la memoria de los jóvenes asesinados a manos de la policía municipal un año antes. // Foto: Cuartoscuro.

Padres, alumnos de Ayotzinapa e integrantes de organizaciones sociales marcharon el pasado 26 de septiembre de 2015 en la ciudad de Iguala hasta el lugar donde fueron atacados los normalistas de la normal rural Raúl Isidro Burgos y donde se edificó un monumento en la memoria de los jóvenes asesinados a manos de la policía municipal un año antes. // Foto: Cuartoscuro.

El 26 de septiembre del año pasado, después de que policías municipales atacaran a estudiantes de primer año de la  Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Édgar Andrés Vargas y 15 compañeros más llegaron a la calle Juan N. Álvarez del municipio de Iguala para auxiliarlos. La escena que encontraron fue brutal: sangre, casquillos, credenciales en el suelo y decenas de alumnos desaparecidos.

También llegaron maestros de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero (CETEG) y juntos improvisaron una conferencia de prensa para denunciar los hechos.

Pasada la medianoche, ya el 27 de septiembre, hombres vestidos de negro y con los rostros cubiertos bajaron de una camioneta tipo RAM y un vehículo ICON. Comenzaron los disparos que pronto fueron ráfagas. Una bala impactó en la cara de Édgar, la cual le destruyó el paladar y la parte baja de la nariz. En ese episodio murieron Julio César Ramírez Nava y Daniel Solís por disparos a quemarropa, según se determinó en las necropsias.

Édgar sobrevivió, pero ha estado en un hospital durante el último año. Este martes 29 de septiembre pasado fue sometido a la tercera cirugía estética. En la primera le reconstruyeron el paladar y las encías; en la segunda el tejido del labio y falta una cuarta para colocarle una prótesis.

Los médicos cortaron músculo y cartílago de la pierna para hacer la reconstrucción de la cara. Cuando le hacían las curaciones, Édgar sufría tanto que le escribía a sus padres que ya no lo hicieran más. Desde hace un año es alimentado a través de una sonda y su medio de comunicación es un cuaderno y un lápiz. Lo que más le preocupa es si podrá volver a hablar.

Se debe investigar la omisión del Ejército: padre de Édgar

En agosto de 2014, el joven inició el tercer año de la licenciatura en educación primaria. Por eso no fue asignado para conseguir autobuses en Iguala y a las 20 horas del 26 de septiembre estaba en su cuarto; hablaba con sus padres por teléfono sobre cómo festejarían su cumpleaños el 21 de diciembre. Mientras platicaba con su madre, Marbella Vargas, de repente dijo que le hablaban y tenía que colgar. Fue la última vez que escucharon su voz.

Cuando algunos estudiantes llamaron a la Normal y Édgar se enteró que policías habían atacado a sus compañeros, no dudó en ir. Entre 15 y 20 estudiantes salieron hacia allá en una camioneta tipo urban. El joven estaba preocupado por su paisano Luis, de primer año. Sentía una especial empatía porque ambos eran originarios de San Francisco del Mar, Oaxaca.

En Iguala, Luis sobrevivió al primer ataque y se encontró con Édgar. No imaginaban que habría una segunda balacera y mucho menos que este último resultaría herido. Un maestro de la Ceteg lo ayudó de inmediato. Al verlo con la cara llena de sangre, pero respirando, junto con otros 25 normalistas lo llevaron a la clínica Cristina, que se encontraba a unos 500 metros del lugar del ataque.

En la clínica, las enfermeras se fueron y llamaron al médico de guardia, pero no llegaba. En tanto, el maestro de la CETEG hacía llamadas telefónicas e intentaba convencer a un taxista que llevara al herido a otro hospital para que lo atendieran, según consta en el informe del Grupo Interdisciplinar de Expertos Independientes (GIEI) de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Entre 20 y 25 minutos después llegó una patrulla militar a la clínica Cristina. Según los testimonios de varios normalistas recogidos por el GIEI, los uniformados les dijeron que “así como éramos buenos para hacer destrozos, que nos aguantáramos y que tuviéramos pantaloncitos para aguantar lo que viniera”.

El maestro que auxilió a Édgar afirma que los militares le dijeron que ya habían pedido una ambulancia, pero que habían allanado la clínica y eso era un delito, por lo que los entregarían a la policía municipal. “Si llaman a la policía municipal nos van a matar porque ellos son los que nos dispararon”, respondió el maestro.

Según la versión militar, acudieron a la clínica porque recibieron una llamada en el C4 denunciando que hombres armados habían sacado a las enfermeras y en su reporte militar 22636 desclasificado dice que la herida de Édgar era superficial en el labio. Sin embargo, tiempo después, el parte médico del Hospital General de Iguala, donde fue ingresado, reporta que Édgar tuvo un trauma facial con fractura de maxilar superior y pérdida de tejidos blandos del piso labial y labio superior.

A las dos de la madrugada, los padres de Édgar se enteraron de lo sucedido porque un compañero les marcó con el teléfono de su hijo. Les dijo que por la herida Édgar no podía hablar, pero que sí los escuchaba, por eso le puso el celular en el oído. “Sé fuerte, sé valiente. Todo va a estar bien, confía en Dios, resiste. No te duermas”, le dijo el padre. Viajaron toda la noche para llegar a Iguala y el 28 de septiembre, el joven ya estaba en el Hospital General del municipio, prácticamente entre la vida y la muerte.

Nicolás Andrés, padre de Édgar, exigió al presidente Enrique Peña Nieto en su primer encuentro del 29 de octubre de 2014, una investigación contra los militares “porque no ayudaron a mi hijo y pudo perder la vida. Necesitamos saber la verdad”, pero el mandatario, dice, no respondió nada, “no ha querido investigar”.

Actualmente la madre del joven y dos de sus hijos menores de edad viven en la Ciudad de México en un cuarto que les proporcionó la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV), aunque tienen miedo, por eso prefieren omitir el nombre del hospital donde Édgar es atendido. En tanto, el padre no puede abandonar su trabajo como profesor en Oaxaca porque “mi familia necesita comer”.

Pese a todo lo que la familia ha pasado durante el último año, Nicolás no duda en afirmar que “aunque sea así, me pone contento que lo tengamos con vida”. El próximo 21 de diciembre Édgar cumplirá 21 años.

El tercer maestro de la familia

En 2012, cuando Édgar terminó el bachillerato, su hermano mayor ya estudiaba en la Universidad del Sur en Tuxtla Gutiérrez, por eso su padre le dijo que no podría con otro gasto de estudios superiores. Le propuso que esperara a que la familia acabara de pagar una carrera y luego seguiría él.

Édgar se enteró de la Normal Rural de Ayotzinapa a través de un amigo y “se entusiasmó” porque la comida y la estancia no les costaban a los estudiantes. Hizo el examen y fue uno de los seleccionados en su primer intento. Tampoco tuvo complicaciones para pasar la “semana de prueba”, una serie de exigencias impuestas por el comité estudiantil que consta de trabajos en el campo y un extremo acondicionamiento físico y ración mínima de comida.

Cuando regresó de esas pruebas, “llegó desgastado, muy delgado”, cuenta el padre. “¿Estás seguro de querer ir? Si te esperas, apoyamos a tu hermano primero y luego a ti”, le propuso, pero Édgar estaba firme. Estudiaría en la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa.

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Segunda Guerra Mundial: la monja que salvó en secreto a 83 niños judíos de la persecución nazi

Un convento del sur de Francia refugió a decenas de niños judíos durante la invasión alemana.
6 de septiembre, 2020
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Denise Bergon

BBC
La hermana Denise Bergon se convirtió en la salvadora de muchas familias judías.

Dos niñas judías de la región de Alsacia corrieron un gran peligro cuando Alemania invadió Francia hace 80 años.

Mientras sus padres y hermana menor fueron capturados y asesinados, ellas sobrevivieron junto a decenas de niños judíos.

Y todo gracias a la valentía de una monja de un convento cerca de Toulouse.

Hélène Bach tenía 12 años y jugaba en el jardín junto a Ida, su hermana pequeña. Entonces vieron cómo se acercaba rápido un camión militar.

Las dos niñas y su madre abandonaron su casa en Lorena, al noreste de Francia, tras la invasión alemana en mayo de 1940. Se dirigieron hacia la “zona libre” en el sur del país.

Para evitar que toda la familia fuese capturada, decidieron que el padre, Aron y la hija mayor, Annie, viajaran separados.

Pero cuando Aron y Annie fueron arrestados en 1941 y llevados a un campo de detención cerca de Tours, la madre de Hélène rentó una casa en la zona.

Allí se quedaron viviendo durante un año, hasta que llegó un vehículo con soldados alemanes.

Hélène e Ida, de ocho años, corrieron a la cocina para avisar a su madre.

“Mi madre nos dijo que huyéramos y nos escondiéramos en el bosque. Tomé la mano de mi hermana pequeña pero no quería venir conmigo. Quiso regresar con su madre. La dejé ir y volvió”, dice Hélène.

Escape

Cecile Bach, la madre de Helene y Anne.

BBC
Cecile Bach, la madre de Helene y Anne.

Sola en el bosque, Hélène permaneció escondida hasta que todos se fueron.

Entonces volvió a la casa y encontró algo de dinero que su madre dejó sobre la mesa.

“Sabía que regresaría”, dijo.

Hélène se fue a la casa de unos amigos en la zona. Jamás volvió a ver a su madre y hermana pequeña.

La hermana mayor de Hélène, Annie, también logró escapar. Tras pasar un año en el campo de Tours, consiguió escabullirse entre las verjas y salir corriendo.

Annie, de 16 años, viajó sola hasta la casa de su tía en Toulouse, pero ni siquiera allí estaba a salvo.

La familia de su tía no estaba registrada como judía y podía hacerse pasar por católica, pero Annie no podía.

Un día en otoño de 1942, la policía llamó a la puerta. Ordenaron que se les mostrara el libro de familia de todos.

“La suerte de mi vida fue que Ida, mi prima, había ido a comprar el pan. Así que mi tía me presentó como Ida. Por eso a veces creo en los milagros”, cuenta Annie.

Poco después de la llegada de Annie a Toulouse, su tía recibió una carta de Hélène desde su escondite. Entonces coordinó su rescate.

Así, una joven mujer de la Resistencia Francesa se presentó una noche en la casa donde Hélène se estaba quedando.

“Dijo que venía a buscarme”, recuerda.

Para mostrar confianza, la mujer le enseñó una fotografía suya que su tía le había dado.

La familia Bach antes de la guerra.

BBC
La familia Bach tuvo que huir de forma separada. No todos corrieron con la misma suerte.

Fue un viaje difícil. La mujer llevaba documentos falsos en que ambas eran descritas como estudiantes. Fueron detenidas e interrogadas en varias ocasiones.

Políticas antijudías

El gobierno del mariscal Philippe Pétain, con sede en Vichy, aprobó leyes antijudías, permitió que los detenidos en Baden, Alsacia y Lorena fueran internados en su territorio y confiscó varias propiedades y negocios.

El 23 de agosto de 1942, el arzobispo de Toulouse, Jules-Geraud Saliège, escribió una carta a sus clérigos pidiéndoles que la leyesen a sus congregaciones.

“En nuestra diócesis han ocurrido escenas perturbadoras. Están separando familias y mandando a sus miembros a destinos desconocidos. Los judíos son hombres y mujeres, parte de la raza humana. Son nuestros hermanos. Un cristiano no puede olvidarse de eso”, decía la carta.

El arzobispo protestó ante las autoridades por las acciones contra los judíos, pero la mayoría de la jerarquía católica francesa guardó silencio.

De 100 obispos franceses, Saliège fue uno de los únicos seis que se pronunciaron en contra del régimen nazi.

“Respuesta al llamado”

La monja Denise Bergon atendió al llamado de Saliège. Esta joven era la madre superiora del Convento de Nuestra Señora de Massip en Capdenac, situado a 150 kilómetros del noreste de Toulouse.

“Este llamado nos conmovió profundamente y tal emoción se apoderó de nuestros corazones. La respuesta favorable a esta carta fue testimonio de la fuerza de nuestra religión sobre cualquier raza o partido“, escribió Bergon en 1946, tras terminar la guerra.

El arzobispo de Toulouse.

BBC
El arzobispo de Toulouse fue uno de los pocos obispos que se pronunció en contra del nazismo.

“También fue un acto de patriotismo, ya que al defender a los oprimidos estábamos desafiando a los perseguidores”, añadió.

El convento gestionaba un internado y Bergon confiaba en que fuese posible esconder niños judíos entre sus alumnos católicos. Sin embargo, le preocupaba poner en peligro a las otras monjas y el acto de deshonestidad que supondría su idea.

Pidió consejo al arzobispo Saliège y la respuesta fue clara: “Mintamos, hija mía, siempre y cuando salvemos vidas humanas”.

83 niños judíos

En el invierno de 1942, la hermana Bergon recogió a varios niños judíos que se escondían en los bosques y valles en las inmediaciones de su región.

Mientras las tropas alemanas y fascistas intensificaron la búsqueda de judíos, el número de niños refugiados en el convento llegó a ascender a 83.

Entre ellos se encontraba Annie, cuya tía consideró que allí estaría más segura que en Toulouse. Poco después, también llegó Hélène, acompañada por su guía de la Resistencia.

Denise Bergon junto a una chica, posiblemente Annie.

BBC
Annie junto a la hermana Bergon.

“Al llegar, la hermana Bergon me llevó a una habitación e intentó hacerme sentir que mis padres seguían aquí. Se portó como si fuera mi madre”, describe Hélène.

Pero a la chica le pesaba mucho lo que había sucedido con Ida, su hermana pequeña.

“Siempre pensaba que si mi hermana no me hubiera soltado la mano, ahora estaría en el convento conmigo”, dice.

Albert Seifer era otro de los niños de Alsacia que se refugió en el convento.

“Estábamos rodeados por muros altos, como en un fuerte. Estábamos muy contentos. No sentimos la guerra a pesar de estar rodeados de peligro”, cuenta Albert.

El jardín actualmente.

BBC
El convento dio refugio a 83 niños y a varias pertenencias de valor de sus familias.

Parientes y cuidadores enviaban s sus niños con dinero, joyas y otros bienes de valor para pagar por el refugio antes de intentar salir de Francia.

La hermana Bergon registró cómo transcurrieron esos días.

“Desde comienzos de 1944, la búsqueda de judíos se volvió más estrecha y numerosa. Nos llegaban solicitudes de refugio de todas partes. Recibimos cerca de 15 niñas pequeñas. Algunas de ellas consiguieron escapar milagrosamente de la persecución de la Gestapo”, escribió en 1946.

“Se convirtieron en nuestros niños. Nos comprometimos a devolverlos a salvo a sus familias”, añadió.

Además de Bergon, las únicas personas que sabían la verdad sobre el origen de los niños eran la directora de la escuela, el capellán y otras dos hermanas.

Las otras 11 monjas sabían que los niños eran refugiados de la región de Alsacia y Lorena, pero desconocían que eran judíos.

Como los niños no estaban familiarizados con los ritos católicos, la forma que encontraron de no levantar sospechas fue haciéndose pasar por comunistas.

“En el este de Francia había muchas ciudades industriales cuyos trabajadores eran comunistas. Hacíamos como que no sabíamos nada sobre religión”, dijo Annie.

Peligro extremo

Mientras la guerra se alargaba, los niños corrían más peligro y esto preocupaba a la hermana Bergon.

“Aunque todos los documentos comprometedores y la joyería de las familias de los niños estaban escondidos en varias esquinas del convento, no nos sentíamos seguros. Así que una noche, mientras todos dormían, cavamos un agujero profundo en el jardín del convento y enterramos todo lo que pudiera ser comprometedor”, escribió Bergon en su diario.

Ventana en uno de los dormitorios de los niños.

BBC
Mientras más se alargaba la guerra, más peligro corrían los niños.

Annie recuerda el día de 1944 en que abrió la puerta a un miembro de la Resistencia que se presentó en el convento con una advertencia.

“Rápido, debo hablar con tu directora. ¡Es muy urgente!”

El hombre contaba que el convento había sido denunciado, que se había corrido la voz de que ocultaba niños judíos.

La hermana Bergon trazó un plan con la Resistencia, quien accedió a lanzar tiros de advertencia si el enemigo se acercaba.

“Los niños dormirían emparejados: los mayores con los menores. A la primera detonación, se irían deprisa pero en silencio hacia los bosques y abandonarían la casa”, apuntó Bergon en su diario.

Pero pronto decidió esconder a los niños sin esperar a que llegaran los invasores. Un grupo, donde estaba Annie, fue llevado a la capilla.

“El capellán era un hombre fuerte y podía levantar los bancos. Abrió una trampilla en el suelo y nos metieron allí”, recuerda Annie.

El agujero medía 2,5 metros de largo y tenía 1,5 metros de altura.

Annie junto a la trampilla de la capilla.

BBC
Annie junto a la trampilla de la capilla.

Allí se escondieron siete niños durante cinco días.

No podían pararse o acostarse. Solo se les permitía salir por tiempos cortos, a primera hora de la mañana, para ejercitarse, comer, beber e ir al baño.

Aquellos días bajo el suelo marcaron a Annie para siempre. Desde entonces no puede dormir sin un pequeña luz encendida.

Hélène tuvo algo más de suerte y fue llevada a una casa con otra familia local.

Trampilla.

BBC
La trampilla donde escondieron a los niños es diminuta.

Las tropas alemanas no entraron en el convento, pero dejaron rastros de destrucción en las inmediaciones.

“Encontramos miembros de la Resistencia muertos y abandonados en el camino”, cuenta Annie.

Como muestra de respeto, depositaron flores encima de los cadáveres.

En junio de 1944, las tropas fascistas que rondaban el aire se desplazaron al norte para repeler los desembarcos de los Aliados en Normandía.

En el camino participaron en dos masacres para castigar a los lugareños por las actividades de la Resistencia en la zona.

Una vez en Normandía, fueron aplastadas por la Segunda División Blindada de Estados Unidos. Perdieron 5,000 hombres, más de 200 tanques y otros vehículos de combate.

Fin de la guerra

Tras la liberación del sur de Francia en agosto de 1944, los niños judíos comenzaron a abandonar el convento.

Albert Seifer se reunió con su familia, incluyendo su padre, quien logró regresar con vida del campo de concentración de Auschwitz.

Annie y Hélène no tuvieron tanta suerte.

Las hermanas Hélène y Annie en las puertas del convento.

BBC
Hélène y Annie siguen visitándose tanto como pueden.

Su tía sobrevivió, pero sus padres e Ida, la hermana pequeña, fueron asesinados en Auschwitz.

Annie se instaló en Toulouse, se casó, tuvo hijos y recientemente se convirtió en bisabuela. Todavía se reúne con Albert, ahora de 90 años.

Hélène se casó y tuvo un hijo, instalándose en Richmond, al oeste de Londres. Con 94 y 90 años, las hermanas viajan entre Londres y Toulouse para verse tan a menudo como pueden.

A ambas les entristeció despedirse de la hermana Bergon y la visitaron de forma regular el resto de su vida.

Cuando los hijos de Annie eran pequeños, los llevaba a menudo consigo para recordarles esa etapa de la historia, lo que soportó el pueblo judío.

La hermana Bergon permaneció en el convento y continuó trabajando hasta su muerte en 2006 a la edad de 94 años. Más adelante ayudó a niños desfavorecidos y luego a inmigrantes del norte de África.

Denise Bergon

BBC
La hermana Betgon continuó realizando labores humanitarias durante el resto de su vida.

En 1980 recibió honores por parte del Centro Conmemorativo del Holocausto y fue nombrada como “Justa de la Naciones”.

Una calle lleva su nombre en Capdenac, pero aparte de eso, el único monumento de su hazaña se encuentra en los terrenos del convento.

Foto de sobrevivientes junto a Bergon.

BBC
Hélène (a la izquierda), Annie (a la derecha) junto a la hermana Bergon en el memorial del convento.

“Este cedro fue plantado el 5 de abril de 1992 en memoria de la salvación de 83 niños judíos (de diciembre de 1942 a julio de 1944) por Denise Bergon (…) a petición de Monseñor Jules-Geraud Saliège, arzobispo de Toulouse”, dice la conmemoración.

Se encuentra cerca del lugar donde Bergon enterró las joyas, el dinero y los artículos valiosos que dejaron los padres, y que devolvió intactos después de la guerra para ayudar a las familias a comenzar de nuevo.


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