Mark Stevenson, reportero que reveló presuntas ejecuciones en Tlatlaya, gana el Premio Moors Cabot
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Thomas Michael Buckley

Mark Stevenson, reportero que reveló presuntas ejecuciones en Tlatlaya, gana el Premio Moors Cabot

El Moors Cabot es el más antiguo premio internacional de periodismo y ha sido entregado cada otoño desde 1938 por los miembros de la junta directiva de la Universidad de Columbia a periodistas del hemisferio Occidental que “han hecho una contribución significativa para el mayor entendimiento de las relaciones interamericanas”.
Thomas Michael Buckley
Por Thomas Michael Buckley // El Daily Post
14 de octubre, 2015
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Mark Stevenson, reportero que reveló presuntas ejecuciones en Tlatlaya, gana el Premio Moors Cabot. Foto: Thomas Michael Buckley

Mark Stevenson, reportero que reveló presuntas ejecuciones en Tlatlaya, gana el Premio Moors Cabot. Foto: Thomas Michael Buckley

El 12 de agosto pasado la escuela de periodismo de la Universidad de Columbia anunció a los ganadores de su premio Maria Moors Cabot. Mark Stevenson, reportero de Associated Press, radicado en la Ciudad de México, estuvo entre los galardonados por un reportaje que reveló que elementos del ejército mexicano habrían ejecutado a presuntos miembros del crimen organizado durante un evento que la autoridad presentó como un “enfrentamiento”, en el que casualmente las fuerzas castrenses habrían liquidado a 22 personas sin sufrir una sola baja.

El reportero de Associated Press (AP) Mark Stevenson dice: “sólo estaba haciendo mi trabajo”, en junio de 2014, cuando viajó a una zona remota del estado de México, que forma parte de un traicionero corredor de las drogas que llega hasta la conflictiva zona de Iguala, Guerrero.

La oficina en la ciudad de México de la AP había visto un boletín de prensa del Ejército que describía un tiroteo de soldados con pistoleros de un cártel de las drogas, ocurrido el 30 de junio, el cual se había saldado con 22 “pandilleros” muertos, y sólo un soldado herido. Según el boletín, los soldados habían disparado mientras se acercaban a una bodega ubicada en una zona remota cercana al pueblo de Tlatlaya.

“Esto es arriesgado”, recuerda haber pensado Stevenson antes de decidir hacer el viaje para investigar el caso.

Stevenson recuerda ver a pistoleros de algún cártel mientras avanzaban sobre el valle del Río Balsas. La escena que encontró en la bodega no parecía ajustarse a la versión oficial de lo ocurrido. Así lo describió la agencia de noticias en un cable, en julio de 2015:

“Reporteros de AP que visitaron la escena (tres días después del suceso) encontraron poca evidencia de un prolongado tiroteo. Orificios de bala en las paredes mostraban el mismo patrón: uno o dos orificios de bala cercanos entre ellos, rodeados por sangre salpicada, que daban la apariencia de que quienes sufrieron esas heridas estaban contra la pared y recibieron los disparos a la altura del pecho”.

El reporteo de Stevenson y las entrevistas con sobrevivientes fueron acompañadas de una investigación periodística adicional que, en conjunto, obligó a las autoridades a reexaminar el caso. Actualmente, las autoridades admiten que ocho de las víctimas podrían haber sido ejecutadas, mientras que una investigación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) sugiere que hasta 12 de los muertos podrían haber sido ejecutados.

Para octubre de 2014, ocho militares habían sido detenidos (cinco de ellos han sido liberados hasta ahora por falta de evidencias) y eventualmente varios policías estatales fueron arrestados, acusados de torturar a testigos.

Poco a poco la historia ganó cada vez mayor atención internacional, poniendo presión a la administración del presidente Enrique Peña Nieto para lidiar con un complicado historial en materia de derechos humanos y, al mismo tiempo, generando aplausos para Stevenson.

En Agosto de 2015, la prestigiada escuela de periodismo de la Universidad de Columbia anunció que entregaría a Stevenson el premio Maria Moors Cabot, que reconoce la excelencia en coberturas periodísticas en América Latina y el Caribe.

Sobre el reportaje del caso Tlatlaya, la Universidad dijo que la historia de Stevenson “trituró el encubrimiento inicial del gobierno sobre las ejecuciones”.

Stevenson recibirá el reconocimiento este miércoles en la Universidad de Columbia, en la ciudad de Nueva York, junto a los otros cuatro galardonados de este año.

El Daily Post tuvo la oportunidad de platicar con Stevenson sobre el caso Tatlaya y su experiencia de 22 años trabajando como periodista en México, 18 de los cuales ha estado en la sede de  AP en la Ciudad de México.

¿Qué te impulsó a ir a Tlatlaya?

La historia parecía arriesgada pero valía la pena echarle un vistazo… Teníamos dudas de que en un tiroteo murieran 22 pistoleros y solo un soldado resultara herido. Y, básicamente, fuimos porque pudimos. Además es una verdad simple, es más fácil ir a un asunto de esos para periodistas extranjeros… Los periodistas mexicanos encuentran más difícil meterse a estas historias, ya sea porque no tienen autorización para ir, porque les da miedo lo que pueda pasarles o de las consecuencias, por la razón que sea.

Una vez ahí, las evidencias forenses parecían no coincidir con la historia oficial… seguimos observando y armamos la historia.

El comité del premio dijo que “te habías aventurado en una de las áreas más remotas y peligrosas de México, pisando con seguridad en una región en la que otros no lo intentarían”. ¿Cuáles son los procedimientos operativos normales de AP respecto de las coberturas en zonas de riesgo?  

Seguimos algunos de los procedimientos de seguridad más antiguos y de sentido común: contacto permanente con los editores, compartirles planes de viaje, incluyendo rutas, asegurarnos de que sepan dónde estamos y qué vehículo conducimos. Identifricarse como reportero con todas las personas con las que te topas, nunca tratar de pasar como algo más que un periodista, y detenerte religiosamente para hablar con gente local y preguntarles si es seguro que continúes. No conducir de noche y si no sabes hacia donde ir, esperar media hora a ver si vienen más autos por la ruta que quieres tomar. Si nadie viene por la ruta que quieres seguir, no la sigas. No aceptamos paseos a ciegas con bolsas cubriendo nuestras cabezas. Y utilizamos aplicaciones de GPS para ubicarnos, las cuales están disponibles en la mayoría de los teléfonos celulares.

¿Cuáles son los retos específicos de escribir sobre México para una audiencia estadounidense o internacional?

El mayor reto es hacer las historias atractivas e interesantes para esas audiencias y, después, romper con el patrón de historias que simplifican la “Violencia en México”, para explicar que la violencia es diferente dependiendo del caso que se trate, o que a veces marca una evolución en la situación del país. La mayoría de los medios tiende a limitarse a reportar el número de muertos, pero en algunos casos –como Tlatlaya, Tanhuato y Apatzingán– nosotros siempre intentamos ir más a fondo.

¿Hay historias o temas específicos que creas que merecen especial atención (por ejemplo, la política de inmigración de Estados Unidos, la guerra contra las drogas o las relaciones bilaterales en general)?

Hay, sorprendentemente, tendencias de historias que se vuelven de gran interés para el público de Estados Unidos, y luego se desvanecen durante años, antes de reaparecer. La migración fue un gran tema en 2006, y luego se desvaneció en gran medida hasta 2012. Luego resurgió en 2014. El aumento en el interés en ese tema se debe generalmente a un incremento en la migración, a un debate sobre la reforma migratoria o a un caso particularmente notable de muertes de migrantes o de crímenes cometidos por inmigrantes.

La guerra contra las drogas se cubre con bastante regularidad pero, de nuevo, el interés llegará a lo más alto cuando las cifras de muertos sean particularmente elevadas o se cometan asesinatos masivos cerca de la frontera con Estados Unidos. En esos casos, es importante comunicar el aspecto humano que acompaña a la cifra de muertos, el desplazamiento que provoca, y la respuesta de la comunidad. Por ejemplo, la historia de las autodefensas y de las policías comunitarias de 2013 y 2014 en Michoacán fue importante, porque rompió el modelo del simple conteo de cuerpos.

De cierta forma, las relaciones bilaterales se han vuelto mucho menos interesantes de lo que eran en la década de 1990, debido a que las disputas públicas que caracterizaron esos años ya no se producen públicamente. La relación se ha “institucionalizado” en tal medida que ahora existen canales privados para resolver la mayoría de las disputas. Sin embargo, el suministro de material de guerra y policiaco de Estados Unidos hacia México se ha incrementado enormemente, y los efectos de esa relación comercial deben ser investigados más profundamente.

¿Qué ha cambiado en 22 años, desde que comenzaste a reportar en México? ¿Te parece que los lectores son más sofisticados?

La diferencia más grande que he visto en más de 22 años es el enorme crecimiento, la sofisticación, la profesionalidad y la capacidad de la prensa mexicana. Los periodistas locales, literalmente, hacen un trabajo más a fondo que la prensa extranjera en la mayoría de los casos. Hay muy pocas historias que no cubran ahora, y cuando no lo hacen por lo general es debido a un problema de seguridad o algún tipo de “punto ciego” cultural que puedan enfrentar.

¿Hay un tema en particular que sea de especial interés para ti? Has desarrollado una afinidad por historias sobre arqueología a lo largo de los años. ¿Cómo se aborda ese tipo de temas (es decir, pareciera ser necesaria una combinación de educación histórica y antropológica)?

Los reportajes de arqueología o historia son importantes porque proporcionan una manera de contextualizar los acontecimientos actuales. Sorprendentemente, las verdades que nos dan la arqueología y la historia son realmente la mejor manera de combatir los mitos y estereotipos acerca de México. Con esas verdades podemos mostrar a la gente que gran parte de lo que creían sobre este país nunca fue cierto o era en realidad mucho más complejo de lo que pensaban. La gente también se relaciona muy fácilmente con esos temas; los lectores de todo el mundo están naturalmente interesados en la historia. Antropología es esencialmente lo que los periodistas hacen – escriben un primer borrador de la antropología cultural, sin los largos períodos de estudio de un etnógrafo.

¿Tienes una historia favorita que hayas cubierto, o un personaje favorito al que hayas entrevistado?

Mi historia favorita en México fue en la que describí a Memín Pinguín, un personaje de dibujos animados que proyectaba un enorme racismo. Los medios locales no cubrieron ese tema porque era una especie de ‘punto ciego’ cultural. Era algo con lo que habían crecido y veían como inofensivo. Antes de esa historia en México se había dicho muy poco sobre los mexicanos de ascendencia africana. Ahora hay un debate considerable sobre ellos y su herencia.

¿Por qué decidiste venir a México?

En la década de 1980 era un pacifista ‘Sandalista’ (PJ O’Rourke acuñó el témino ‘Sandalista’ para referirse a ciudadanos estadounidenses que eran activistas, trabajadores de la iglesia o de los medios de comunicación y que se identificaban con la izquierda, y que, además, trabajaron para enfrentar la política exterior de Estados Unidos en la época de las revoluciones sociales en Centroamérica) y pasé por México varias veces en mi camino hacia Centroamérica. Para ser honesto, encontré a México más fascinante que América Central.

Un día, en Palenque (Chiapas), me llamó mucho la atención la imagen onírica de dos indígenas lacandones con su atuendo completo que reparaban la transmisión de un Chevrolet modelo 50. En 1989, llegué a Laredo (Texas) con la intención de seguir hasta la Ciudad de México, pero no me permitieron continuar en mi carro. Así que lo dejé en la frontera.

Stevenson ha estado en México desde entonces. Asistió a la UNAM y tomó clases de posgrado en lingüística aplicada antes de encontrar trabajo escribiendo guías de trabajo para los cursos de inglés del programa de Telesecundaria de la Secretaría de Educación Pública.

En 1993, Stevenson fue contratado como reportero de finanzas para ell diario The News, antes de encontrar trabajo en la revista Insight. Fue contratado por Associated Press en 1997.

Esta entrevista fue publicada originalmente en El Daily Post

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Felimar Luque

De vender arepas en un mercado a luchar como médica contra la COVID-19

Felimar Luque temía no volver a trabajar como médica tras emigrar de Venezuela. Pero la falta de personal sanitario que sufren países de la región como Perú ha hecho que vuelva a ejercer.
Felimar Luque
5 de agosto, 2020
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Preparando arepas en la habitación que compartía junto a su hermana en Lima, Felimar Luque temía no volver a ponerse nunca más la bata de médica que se tuvo que quitar cuando salió de Venezuela en busca de un futuro mejor.

Hoy, tras un año en el que vendió arepas en un mercado y medicamentos en una farmacia, vuelve a ejercer la medicina en un hospital. Una oportunidad que ansió durante meses y que no le llegó hasta que ocurrió una tragedia: la pandemia de COVID-19.

“La esperanza era bastante lejana por el tema económico”, cuenta esta ginecóloga de 34 años, a quien se le hacía imposible asumir el costo de homologar su título cuando llegó a Perú el año pasado.

Ahora, ante la falta de profesionales de la salud para atender de los casos de coronavirus que hay a nivel nacional, Luque ha sido contratada para trabajar en el Hospital Edgardo Rebagliati Martins, el complejo hospitalario más importante de la seguridad social peruana.

Allí, se encarga de evaluar cómo evolucionan cerca de 200 afectados por COVID-19.

Perú ha decidido permitir durante la pandemia la contratación de médicos extranjeros, incluso aquellos que aún no hayan terminado de realizar sus trámites para colegiarse. Es una medida que también han tomado países como Chile, México y España.

Luque ha sido una de las beneficiadas. Como a muchos de los 900,000 venezolanos que emigraron al país andino en los últimos años, a ella, le había tocado empezar desde cero en su nuevo destino.

Es decir: dejar atrás 11 años de estudios universitarios y cuatro de experiencia laboral, para, en cambio, comenzar los días levantándose a las cinco de la mañana para amasar agua y harina P.A.N.

“Despertábamos para hacer las arepas y que estuvieran calientes al momento de venderlas”, recuerda.

Harina P.A.N.

Getty Images
Felimar Duque se despertaba todos los días a las 5am para amasar la harina P.A.N.

“Vendíamos unas 30 o 35… No eran muy grandes porque la harina P.A.N. es importada y costosa y queríamos obtener un poquito de ganancia”, le dice a BBC Mundo por teléfono en el descanso de su turno en el hospital.

A dos soles cada una (0.6 dólares), ganaban entre 18 y 21 dólares cada día. Tres veces más que su sueldo mensual en el Hospital Militar Dr. Carlos Arvelo, conocido por ser donde murió en 2013 el exmandatario venezolano, Hugo Chávez.

Este monto, sin embargo, era insuficiente para vivir cómodamente en Perú. Así que, recién llegadas a Lima, las hermanas vendían las arepas por las mañanas y dedicaban el resto del día a buscar trabajo.

“El choque emocional era demasiado”, cuenta Luque. “Aparte, jamás había vendido nada”.

“Todo en mi vida había sido estudiar, estudiar, estudiar… El día en que decidí trabajar ya era médico y, desde entonces y ya graduada, nunca había dejado de trabajar”.

Dejar Venezuela

Felimar Luque era en Caracas especialista adjunta del servicio de ginecología de un hospital de nivel 4, el más alto, es decir, con un gran número de camas, área de terapia intensiva y de especialidades.

De pequeña, había decidido ser pediatra después de que una infección gastrointestinal le llevara a acabar ingresada en un hospital.

“Me atendió una excelente pediatra, que fue muy atenta conmigo. A pesar de no tener turnos, se quedó conmigo durante mi hospitalización”, recuerda.

“De ahí le dije a mi mamá: ‘Quiero ser pediatra porque quiero atender a las personas así como ella me atiende a mí”.

Pero, a medida que estudiaba la carrera, fue cambiando de opinión. “Me di cuenta de que la pediatría era bonita, pero a la vez un poco triste“.

“Sobre todo el área oncológica me deprimía, así que dije: ‘No, prefiero ser ginecóloga, que así traes un bebé al mundo y, en la mayoría de los casos, les das una alegría a los familiares”. Todavía recuerda su primer parto: varón, 3.5 kilos.

Felimar Duque con un bebé recién nacido

Felimar Duque
Duque optó por especializarse en ginecología porque el traer bebés al mundo “das una alegría a los familiares”.

Los años tomando notas o sacando fotocopias de libros que no podía permitirse comprar rindieron frutos: se graduó de la Universidad Rómulo Gallegos con notas sobresalientes o, como se dice en Venezuela, cum laude.

Un posgrado después, llegó a ser jefa de servicio en un hospital grande. Pero era un puesto que también tenía desventajas que se hicieron más agudas cuando el país empezó a verse golpeado por una dura crisis económica.

“En 2012 ya empezó el déficit, pero se acentuó muchísimo, muchísimo en 2014. En 2015, ya no teníamos absolutamente nada, teníamos que solicitar al paciente que llevara sus insumos para poder atenderle”, hace memoria.

Alternaba cuatro trabajos en dos clínicas y dos hospitales públicos para poder mantenerse. Le alcanzaba, “ajustadita”, y solo porque vivía sola y no había formado aún una familia.

Pero la falta de condiciones para atender a sus pacientes era lo que más le afectaba.

“El choque no lo vive el director del hospital, lo vives tú como jefe en tu área. Eso ya me tenía un poquito inestable emocionalmente porque decía: ¿Cómo voy a una guardia? Como recurso humano puedo hacer cualquier cosa, pero me atas de manos porque no tengo cómo resolver al paciente porque no tengo insumos”.

Protesta en Venezuela por la crisis hospitalaria

Getty Images
En Venezuela hay una crisis hospitalaria desde hace varios años.

Estas deficiencias le hicieron pasar por situaciones tensas, como cuando tuvo que resguardarse para no ser agredida por el familiar de una paciente.

“Había sido referida de otro hospital y, en ese momento, nosotros no contábamos con servicio de quirófano porque no había aire acondicionado y solo estábamos atendiendo estrictas emergencias”, recuerda.

“La paciente estaba en un inicio de trabajo de parto… Tenía oportunidad de ir a otro centro a ver si la podían atender”. El familiar montó en cólera, estallando en reclamos e insultos contra ella y un colega, que eran los encargados del servicio aquel día.

“Tuvimos que permanecer encerrados en la habitación porque si salíamos nos podían agredir”, afirma.

Choque emocional

Episodios como este la llevaron a iniciar la homologación de su título en España para emigrar allí.

“Mi temor era: ‘se me va a morir una paciente por el simple hecho de que en el hospital no hay tan siquiera sangre para transferirle o no hay una jeringa, nada…’ Que me llegue un paciente crítico y no pueda resolverlo, no porque no tenga conocimiento, sino porque no tengo los recursos para atenderlo”.

Pero las trabas burocráticas, tanto en España como en Venezuela, y la ralentización de los trámites en las instituciones de este último país hizo que, a inicios de 2019, se decidiera a seguir a su hermana a un destino más barato y menos complicado: Perú.

Felimar Luque (izq.) en la sala de partos en Venezuela

Felimar Luque
Practicar medicina en Venezuela se ha vuelto difícil por la falta de recursos.

A diferencia de miles de sus compatriotas, ellas tuvieron la “suerte” de poder viajar hasta allí en avión.

Pero eso no logró amainar un cambio tan brusco: “En Venezuela siempre tuve trabajo, muchísimo trabajo. Pero una vez que vengo para acá, nunca había vendido y había que relacionarse con cualquier persona”.

“Pero era más que todo el choque emocional: eras una persona reconocida en tu país. En mi caso, yo era jefe de servicio porque era especialista adjunta del servicio de ginecología ya con cuatro años de experiencia como tal. Y sí, el choque es bastante fuerte en ese sentido”.

“De verdad que me sentía bastante mal”.

Junto a su hermana, pidieron permiso en un puesto de un mercado cercano a donde vivían para ponerse de pie al lado a vender las arepas. El comerciante se lo permitió.

“Entonces hice mi currículum, lo dejé por locales comerciales, farmacias. Llamaba a los anuncios para cuidar bebés, cuidar abuelitos”. Menos de un mes después de llegar, consiguió empleo en una farmacia donde trabajaba seis días a la semana por el salario mínimo.

Inmigrante venezolana entrando a Perú

Getty Images
Muchos venezolanos que inmigran a Perú tienen dificultades en buscarse la vida.

¡No tenemos gente!

Poco a poco, fue reuniendo y validando los papeles que necesitaba para homologar su título de médico general.

“Registré mi título… pero hubo un freno porque me exigían estudiar un año más”, cuenta. No podía permitírselo: su hermana tenía problemas para encontrar empleo y de su salario salían la manutención de las dos y el dinero que enviaba a sus padres, en Venezuela.

“Decidimos oye, nada, a reunir plata. A ver si se puede lograr de alguna forma en algunos meses”.

Casi a finales de 2019, vio un anuncio en Instagram: la ONG Unión Venezolana en Perú estaba ayudando a médicos venezolanos a convalidar sus títulos. La organización ha reunido en los últimos dos años un listado de 39,000 inmigrantes venezolanos con estudios, cuyos datos se los ofrece al gobierno peruano para ayudar a cubrir vacantes difíciles de llenar.

Tras una dura selección que empezó con 150 profesionales, Luque acabó siendo una de los 20 que recibió la ayuda de la ONG y de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) para poder colegiarse en Perú.

“Tuve que pasar varias pruebas y cursos”, asegura. “A veces nos decían el mismo día o la noche anterior: ‘Hoy, urgente, tienen que ir a tal sitio’. Y bueno, ese día le pedía permiso a mi jefe y gracias a Dios fue bastante tolerante. Me decía: ‘Tranquila’. Luego, eso sí, tenía que pagarle las horas como sea”.

Pero incluso cuando su nombre apareció oficialmente en la base de datos de médicos colegiados de Perú, encontrar trabajo como tal siguió siendo una tarea complicada.

Coronavirus en Perú

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En algunos lugares de Perú se han visto desbordados por la falta de médicos para combatir el coronavirus.

En tres meses, solo llamaron para dos plazas lejos de Lima, de donde no quería irse.

“Conseguí un puesto de asistente de cirugía plástica. Realmente, no es mi área, solo llenaba historias de los pacientes y hacía las tareas de las enfermeras”.

Con la pandemia, la clínica cerró: “Lo que más me angustiaba era que yo tengo que enviar dinero a Venezuela porque mis papás lo necesitan… Era estresante: quedarte sin dinero en un país donde no tienes nada”.

Hasta que un colega le avisó de que la seguridad social peruana, EsSalud, estaba contratando médicos para afrontar la pandemia de COVID-19.

Como muchos países de la región, Perú cuenta con menos médicos de los que necesita, según refleja un informe del Ministerio de Salud de 2018: apenas 13,6 médicos por cada 10.000 habitantes en vez de los 23 que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS).

A esto se suma el hecho de que muchos se han dado de baja porque su edad o historial médico los hace especialmente vulnerables al nuevo coronavirus.

Por ejemplo, en Lambayeque, una de las regiones más afectadas por la pandemia y en la que se han tenido que construir cementerios temporales para enterrar a los muertos por coronavirus, el director del Hospital Regional explicaba a principios de mes que, pese a tener 60 camas libres con punto de oxígeno, no las podía usar:

“¡No tenemos gente! ¡No tenemos gente! ¡No tenemos gente!”, gritaba con desesperación en una entrevista con la emisora pública, RPP.

Talento desaprovechado

Carlos Scull, nombrado embajador de Venezuela en Perú por Juan Guaidó, aseguró en una radio local que hay unos 1.000 médicos venezolanos en Perú -de los que solo entre 200 y 300 están colegiados- y unos 3,000 enfermeros.

Otras fuentes como la campaña “Tu causa es mi causa” eleva a 4,000 el número de médicos venezolanos que podrían unirse al esfuerzo del sistema de salud peruano contra la pandemia.

Trabajadores de la salud con equipos de protección personal frente a una ambulancia en Perú

Getty Images
En Perú hay escasez de trabajadores de la salud para hacerle frente a la pandemia.

Al menos uno de ellos, Felimar Luque, empezó a trabajar en el Hospital Edgardo Rebagliati Martins el lunes de la semana pasada: “Es hermoso, se parece al hospital en el que yo trabajaba ”.

“Me siento bien, a pesar de la pandemia, haciendo lo que más me gusta”, dice. Ahora gana ocho veces más de lo que recibía en la farmacia. Su hermana, abogada, ha tenido menos suerte y ahora trabaja cuidando a una mujer mayor en una provincia al norte de Lima.

“El venezolano tiene una necesidad de tener un ingreso y ejercer su profesión”, dice Garrinzon González, director de Unión Venezolana en Perú. En los años que lleva frente a la ONG, ha visto a muchos compatriotas experimentados y con estudios superiores haciendo trabajos no cualificados.

“Es un activo que se está perdiendo el Perú en vez de beneficiarse con estos profesionales cuyos estudios fueron un gasto que hizo otro Estado. Y más cuando hay vacantes”, afirma.

Del listado de 39,000 profesionales venezolanos que ofreció al Estado peruano, calcula que solo el 10% consiguió empleo.

Él espera que la experiencia de echar mano de profesionales sanitarios venezolanos durante la pandemia sirva para abrir las puertas a otros sectores.

Luque tiene un contrato de solo tres meses, prorrogable por otros tres meses más si la pandemia se extiende. Aunque, así como cuando soñaba con volver a ponerse la bata mientras preparaba arepas, le sobran esperanzas.

“Aunque el contrato dice ‘solo pandemia’, yo confío, Dios quiera, que nos dejen trabajando como tal. Ya ellos saben que soy especialista, que estoy en proceso de mi registro nacional de especialista acá en Perú. Y si no, bueno, como médico general, que ya tengo todo legal”.

“Si la posibilidad está, sería genial quedarnos acá trabajando”.

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BBC

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https://www.youtube.com/watch?v=WhjChg-SfiE&t=5s

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