En México, la desigualdad es evidente hasta en las opciones para superar la drogadicción
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En México, la desigualdad es evidente hasta en las opciones para superar la drogadicción

Si necesitas tratamiento contra las drogas en México, procura no ser pobre. Porque si es así, puedes enfrentar con tus recursos tu adicción o puedes entrar en un centro de rehabilitación privado no regulado, donde las condiciones sanitarias son atroces y el abuso físico y mental es rampante.
Por Paul Imison/El Daily Post
4 de noviembre, 2015
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Menores, los más propensos a las adicciones. Foto: Cuartoscuro.

Menores, los más propensos a las adicciones. Foto: Cuartoscuro.

Para leer el texto original en inglés, visita El Daily Post. 

En 2010, la familia de Ricardo Sánchez, de 34 años, le urgió a buscar un tratamiento contra su adicción. El consumo excesivo de alcohol, marihuana y cocaína le habían cobrado una factura muy alta en su vida diaria.

“El trabajo, la familia, sus relaciones, todo se había visto afectado”, dijo a El Daily Post el mecánico y padre divorciado de tres niños. “Estaba viviendo solo un momento y luego otro, incapaz de controlar mis acciones sólo con mi fuerza de voluntad”.

Sin embargo, cuando fue llevado a un centro privado de rehabilitación en el Estado de México, Sánchez encontró que una experiencia aún más aterradora lo esperaba.

En una ocasión fue esposado a su cama durante seis horas por desobedecer las reglas que establecieron en la casa los “padrinos”, o directores del centro, un grupo de adictos en recuperación que aseguraban tener las calificaciones para tratar a los enfermos.

“Al principio yo quería creer en sus métodos porque estaba desesperado por recibir ayuda”, dijo Sánchez. “Esa es la naturaleza de la bestia contra la que estaba peleando. Pero dejé la clínica en peores condiciones mentales y físicas que cuando entré”.

De acuerdo con la Comisión Nacional contra las Adicciones (Conadic), hay más de 2 mil centros de rehabilitación privados en México cuyas normas y su nivel de respeto por la ley son muy variables. Negar el derecho a las visitas, negar los alimentos, condiciones sanitarias atroces, e incluso abusos sexuales han sido violaciones denunciadas en los peores centros existentes.

“Era como un campo de concentración allí adentro”, dijo Sánchez refiriéndose la clínica. “Los chavos estaban siempre pensando en formas de escapar. Pero si te descubrían, el castigo era brutal”.

Estas clínicas –también conocidas como “anexos”–, se pueden encontrar en todo el país, llenando el vacío dejado por la inexistencia de centros de salud públicos. De acuerdo con Carlos Zamudio, un investigador del Colectivo por una Política Integral hacia las Drogas (CUPIHD), sólo uno de cada cuatro centros de ese tipo está regulado por la ley, y los abusos dentro de ellos son comunes.

“Ha habido intentos por acabar con la negligencia pero estos han provocado que los centros con más opacidad se muden a lugares del país en donde pueden escapar de la vista de las autoridades”, dijo Zamudio en una entrevista. Familiares de los adictos que entienden poco de la enfermedad –o aquellos simplemente desesperados por encontrar un tratamiento efectivo para sus seres queridos– son engañados para que paguen por esos tratamientos, y con frecuencia firman para eliminar su derecho de pedirle cuentas a esas instituciones.

“La ironía es que la mayoría de esos centros fueron fundados y son dirigidos por otros adictos en recuperación y se basan en la idea del apoyo mutuo”, dijo Zamudio. “Pero qué tan bien administrados y transparente son, eso varía enormemente. Los peores son lugares realmente perturbadores”.

De acuerdo con la más reciente Encuesta Nacional de Adicciones, realizada por el Conadic, el alcohol y el consumo de drogas está en aumento en México, especialmente entre los jóvenes. Aunque todavía es significativamente más baja que los niveles en Estados Unidos, se cree que la tasa de consumo de drogas ilícitas en México se suplicó en los últimos 15 años, tras pasar de 0.8 por ciento de la población en 2002, al 1.5 por ciento en 2011. Los hombres y los habitantes de zonas urbanas registraron un aumento aún mayor, en esos dos segmentos las tasas son de 2.6 y 2.9 por ciento de la población, respectivamente.

De acuerdo con la misma encuesta, aproximadamente 6.2 por ciento de los hombres mexicanos y 2 por ciento de las mujeres sufren dependencia del alcohol, mientras que 0.7 por ciento de la población sufriría de la adicción a las drogas ilícitas.

El problema de drogas del país es particularmente notable a lo largo de la frontera norte, donde el desbordamiento de narcóticos como la heroína destinada al mercado de Estados Unidos ha producido un aumento en la dependencia. Sin embargo, el fenómeno está creciendo en el interior del país, en el gusto de los habitantes de la Ciudad de México, Monterrey y el Estado de México.

De acuerdo con el médico Gerardo González Torres, especialista en adicciones, las razones para que se haya dado el aumento en los niveles de dependencia en el país son varios.

“La migración del campo a la ciudad, la ruptura de la tradicional unión familiar, la desigualdad y la falta de un componente educativo en el tratamiento de problemas de adicción se dan todos en México”, dijo. “Y los jóvenes son los más vulnerables a estos factores. Ellos son los que corren mayor riesgo de meterse en problemas graves”.

Mientras la conciencia de este problema crece, México posee un número creciente de centros de rehabilitación de lujo. Ofrecen de todo, desde equipos de alta tecnología para el acondicionamiento físico o para terapias, como Monte Fénix y Oceánica –este último inaugurado en 1993 por el ex presidente estadounidense Gerald Ford en el visitado balneario de Mazatlán, en la costa del Pacífico–. Son los centros que eligen para sus tratamientos los ricos del país.

Sin embargo, cuando se trata de centros de rehabilitación con financiamiento público, las opciones son escasas. Alrededor de 300 clínicas patrocinadas por el gobierno, conocidas como “Centros Nueva vida”, proporcionan actualmente tratamiento a través de la Secretaría de Salud. Parte de una iniciativa que comenzó en 2007, los centros fueron financiados en parte por los 200 millones de dólares incautados en la mansión del empresario chino-mexicano Zhenli Ye Gon en ese año, en conexión con una operación de tráfico de metanfetaminas

Los Centros Nueva Vida se enfocan en el tratamiento preventivo y asistencial y son gratuitos para el público. Conadic también envía cada vez más personal especialmente entrenado a escuelas, prisiones y comunidades vulnerables para educar a los ciudadanos, especialmente gente joven, en peligro de caer en abuso.

“Este es un gran paso adelante en la lucha contra el ciclo de la adicción en México”, dijo Raúl Martín del Campo, director de la oficina de Atención y Tratamiento de Conadic. “Estamos tratando de mirar a los factores asociados con el abuso de sustancias y de llegar a los más frecuentemente afectados. La escala del programa en curso de tratamiento público no tiene precedente en México.

“¿Podría hacerse más? Absolutamente. Pero este es un nuevo enfoque por parte del Estado mexicano que se espera se expanda en futuras administraciones para seguir transformando vidas”.

Jorge Hernández Tinajero, experto en política de drogas en México, cree que las autoridades apenas han comenzado a reconocer la importancia de una política integral para hacer frente a las adicciones.

“Lo más preocupante es que el problema es todavía profundamente incomprendido”, dijo Hernández. “Todavía hay un gran estigma asociado con el abuso de drogas y con las adicciones, en términos más generales, y el resultado ha sido la falta de una política pública efectiva.”

Para los que son como Ricardo Sánchez, cuyos bajos ingresos e ingenuidad por parte de su familia lo llevó en las garras de los dueños de las clínicas privadas sin escrúpulos, el problema de la adicción es uno que sin duda merece más atención por parte de las autoridades.

“Desde mi propia experiencia, espero que se haga algo para tratar el tema,” dijo Sánchez, quien ha estado limpio y sobrio durante dos años. “Nadie está pidiendo un pase libre; el adicto tiene que poner el esfuerzo también, pero algo se tiene que hacer para crear conciencia y evitar que los oportunistas abusen de la situación. Este es un tema que afecta a todos los mexicanos en el largo plazo”.

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Cómo una joven encontró a su familia 26 años después gracias a una foto en WhatsApp

Una niña que quedó huérfana en el genocidio de 1994 en Ruanda ha encontrado a sus familiares gracias a las redes sociales. Esta es su historia.
24 de septiembre, 2020
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Grace Umutoni de niña, a la izquierda, y en una imagen actual.

Grace Umutoni
“¿Me conocen?” Grace Umutoni publicó fotos de cuando era niña en las redes.

Para Grace Umtoni lo ocurrido ha sido “un milagro” obra de las redes sociales.

Umtoni quedó huérfana cuando solo tenía dos años. En 1994 sus padres fueron víctimas del genocidio que se cobró miles de vidas en Ruanda. Años después, ha podido encontrarse con algunos familiares.

La mujer, que no conocía su verdadero nombre, publicó fotos suyas de niña en grupos de WhatsApp, Facebook y Twitter el pasado abril con la esperanza de que miembros de su familia la reconocieran y pudiera reunirse con ellos.

Sus intentos anteriores, a través de cauces más formales, no habían dado resultado.

Todo lo que esta enfermera de 28 años sabía de su historia es que la habían llevado a un orfanato en Kigali, la capital ruandesa, después de encontrarla en el barrio de Nyamirambo. También fue acogido allí su hermano, de 4 años, que murió después.

En Ruanda hay miles de niños como ella, que perdieron a sus padres entre las 800,000 víctimas que se estima dejó la matanza sistemática de miembros de la etnia tutsi y hutus moderados en cien días de genocidio.

Muchos siguen buscando a su familia.

Después de que publicara sus fotos, aparecieron algunas personas que dijeron ser parientes suyos, pero pasaron meses hasta que apareció alguien que de veras parecía serlo.

Antoine Rugagi había visto las fotos en WhatsApp y se puso en contacto con ella para decirle que se parecía mucho a su hermana, Liliose Kamukama, muerta en el genocidio.

“El milagro por el que había estado rezando”

“Cuando lo vi, yo también noté que nos parecíamos”, le dijo Umtoni a la BBC.

“Pero solos las pruebas de ADN podían confirmar si éramos parientes, así que nos hicimos unas en Kigali en julio”.

Umutoni viajó desde el distrito de Gakenke, donde vive, mientras que Rugagi llegó desde Gisenyi, en el oeste, para que pudieran recoger los resultados juntos.

Grace Umutoni y su tío Antoine Rugagi .

Grace Umutoni
Grace Umutoni y Antoine Rugagi viajaron a Kigali para recoger los resultados de su prueba de ADN.

Resultó ser un gran día para ambos, ya que las pruebas revelaron un 82% de posibilidades de que ambos fueran famlia.

“Estaba impactada. No pude contener mis ganas de expresar mi felicidad. Todavía hoy pienso que estoy en un sueño. Fue el milagro por el que siempre había rezado”, cuenta Umtoni.

Su recién hallado tío le contó que el nombre que le pusieron sus padres tutsis era Yvette Mumporeze.

También le presentó a varios parientes de la rama paterna de la familia, como su tía Marie Josée Tanner Bucura, que lleva meses atrapada en Suiza a causa de la pandemia.

Grace Umutoni y su madre.

Grace Umutoni
Grace Umutoni y su madre, Liliose Kamukama, en una imagen de un álbum familiar.

Ella estaba convencida de que Grace Umtoni era su sobrina antes incluso de conocer el resultado de las pruebas genéticas por el parecido de la mujer de la foto de WhatsApp con el de la niña de los álbumes de la familia.

“Era claramente la hija de mi hermano Aprice Jean Marie Vianney y su esposa, Liliose Kamukama. A los dos los mataron en el genocidio”.

‘Pensamos que ninguno había sobrevivido’

La señora Bucura le contó también el nombre completo de su hermano, que llegó con ella al orfanato, Yves Mucyo, y que había tenido otro hermano, Fabrice, de un año.

El genocidio comenzó horas después de que el avión que transportaba a los presidentes de Ruanda y Burundi, ambos de la etnia hutu, fuera derribado en la noche del 6 de abril de 1994.

Milicias hutus recibieron la instrucción de dar caza a los miembros de la minoría tutsi. El suburbio de Nyamirambo, en Kigali, fue uno de los primeros en ser atacado.

Muchas de personas murieron a machetazos en sus casas o en barricadas levantadas para impedir el paso de quienes trataban de escapar. Algunos lograron ponerse a salvo en iglesias y mezquitas.

La señora Bucura dijo que alguien cómo una mujer agarraba del brazo al pequeño Yves y se lo llevaba corriendo de allí, pero no consiguieron más información. De su hermana no se supo nada.

El genocidio terminó meses después, cuando los rebeldes tutsis del Frente Patriótico Ruandés, liderado por el hoy presidente Paul Kagame, se alzó con el poder.

Cráneos en el Memorial del Genocidio en Kigali.

Reuters
Muchos murieron por golpes de machete, como se aprecia en los cráneos conservados en el Memorial del Genocidio en Kigali.

“Pensamos que ninguno había sobrevivido. Incluso los recordábamos cuando cada abril llegaba el aniversario del genocidio”, explica Bucura.

Umtoni no había podido averiguar sobre su familia y lo único que le contaron es que Yves murió al llegar al orfanato como resultado de las heridas que sufrió por las balas de las milicias hutus de las que huía.

Cuando tenía cuatro años, la niña fue adoptada por una familia tutsi del sur de Ruanda que le dio el nombre de Grace Umtoni.

“Los responsables de mi escuela me ayudaron y volví al orfanato en Kigali para preguntar si había algún rastro de mi pasado, pero no había nada”, dice.

“He vivido siempre en la pena de ser alguien sin raíces, pero seguí rezando por un milagro”.

“Por bien que me tratara la familia adoptiva, no podía dejar de pensar en mi familia biológica, pero tenía muy poca información para siquiera empezar a buscar”.

Ahora tiene curiosidad por saber más de sus padres. Han planeado una gran reunión familiar con parientes que llegaran de diferentes lugares del país y del extranjero, aunque el coronavirus ha obligado a aplazarla.

Entretanto, le han presentado a algunos de sos familiares a través de WhatsApp y ha descubierto que tiene un hermano mayor en Kigali, fruto de una relación anterior de su padre.

“Estamos agradecidos con su familia adoptiva”

Desde 1995, casi 20.000 personas se han vuelto a reunir con sus familias gracias al Comité Internacional de la Cruz Roja.

Su portavoz para Ruanda, Rachel Uwase, asegura que aún siguen recibiendo peticiones de ayuda de gente a la que el genocidio separó de su familia.

En lo que va de 2020, son 99 las personas que se han reencontrado con sus familiares.

Para la señora Bucura, descubrir que su sobrina había sobrevivido es algo que agradece.

“Estamos agradecidos con la familia que la adoptó, le dio un nombre y la crió”.

La joven mantendrá el nombre que le dio su familia adoptiva ya que es el que la ha acompañado la mayor parte de su vida.

Pero le tendrá siempre gratitud a las redes sociales por haberla ayudado a encontrar un sentido de pertenencia.

“Ahora hablo frecuentemente con mi nueva familia”, cuenta.

“He pasado toda mi vida con la sensación de que no tenía raíces, pero ahora me parece una bendición tener tanto a mi familia adoptiva como a la biológica, ambas pendientes de mí”.


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