Rosa Robles: regresa a casa la mexicana que pasó 15 meses en una iglesia para no ser deportada de EU
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Rosa Robles: regresa a casa la mexicana que pasó 15 meses en una iglesia para no ser deportada de EU

Rosa Robles es una mexicana que, tras cometer una infracción de tránsito, se refugió en un templo de Arizona para evitar ser devuelta a México, Hoy regresó a su casa.
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Por Juan Paullier de BBC Mundo
11 de noviembre, 2015
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Robles ingresó a la Southside Presbyterian Church el 7 de agosto de 2014. // Foto: AP.

Robles ingresó a la Southside Presbyterian Church el 7 de agosto de 2014. // Foto: AP.

Este miércoles 11 de noviembre, la inmigrante mexicana Rosa Robles puso fin a su encierro en una iglesia de Arizona para evitar ser deportada de Estados Unidos.

Robles comenzó su encierro porque iba a ser deportada por una multa de tráfico que recibió cinco años antes.

En septiembre pasado, en BBC Mundo publicamos su historia.

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Durante varios años lo primero que hacía Rosa Robles al llegar a su casa era persignarse.

Le daba gracias a Dios por otro día sin haber llamado la atención de las autoridades.

Cuando llegaba a su trabajo limpiando casas, hablaba con su marido Gerardo para avisarle y agradecían a Dios.

Robles, de 42 años, lleva 16 viviendo en Estados Unidos sin documentos. Lo ha había hecho sin mayores sobresaltos en Tucson (Arizona) hasta que la tarde del 2 de septiembre de 2010 cometió una infracción de tránsito menor.

Su vida cambió. En ese instante pensó que nunca más iba a ver a sus hijos. Lo que en otras circunstancias se hubiera arreglado con una multa, derivó en un llamado a la Patrulla Fronteriza y su detención durante 53 días.

Unos meses antes, el estado de Arizona había aprobado la controvertida ley SB1070, una de las más estrictas contra los inmigrantes indocumentados, el temor en millones de personas en el país.

Fue liberada bajo fianza y las autoridades comenzaron los procedimientos para expulsarla del país, hasta que en julio del año pasado se confirmó que sería deportada.

Robles se veía enfrentada a dejar atrás a su marido y a sus hijos Gerardo (12) y José Emiliano (9).

Para evitar ser deportada a México y tras una sugerencia de su equipo legal, se encerró en una iglesia en Tucson.

Pensó que iba a estar un par de semanas, pero esta semana cumplió 400 días refugiada en el templo Southside Presbyterian Church.

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Movimiento santuario

  • La iglesia Southside Presbyterian Church de Tucson (Arizona) fue una de las primeras en recibir inmigrantes en la década de los 80.
  • En ese entonces, el movimiento santuario surgió para dar refugio a los miles de inmigrantes centroamericanos que escapaban de los conflictos en sus países y se enfrentaban a ser deportados de Estados Unidos.

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Su caso no es único. Se estima que al menos otras cuatro personas se encuentran en condiciones similares en iglesias de otras partes de Estados Unidos, aunque no llevan tanto tiempo como Robles.

“Dios mío, ¿qué pasa si tengo que pasar otro año aquí? Es muy duro, muy pesado. Pero gracias a Dios tengo el amor de la gente. Es como una cárcel, aunque tenga todo el apoyo, estar encerrada, sin tu libertad, la valoras mucho”, afirma Robles en conversación telefónica con BBC Mundo.

Pasa el día rezando y colaborando con las tareas en la iglesia, ya sea en la limpieza o preparando comida para los más necesitados.

Página de Facebook en defensa de Rosa RoblesImage copyrightOther
Image captionLa comunidad de Tucson ha salido en defensa de Robles y ha creado páginas en internet para apoyarla.

Dice que le pide a Dios todo el tiempo que le siga dando fe, esperanza y fuerzas para seguir, y aunque no pueda comer en familia, les prepara cada día la cena, que su marido recoge después de trabajar.

Desde el viernes de tarde hasta el domingo, su marido y sus hijos la visitan en la pequeña habitación que ocupa en la iglesia.

Arman rompecabezas y conversan sobre la práctica de béisbol de sus hijos.

“Desean que su madre esté ahí. Es duro que vengan aquí y me digan: ‘Mamá, estaba bateando y escuchaba tus gritos (de aliento). Ya quiero que vayas a los juegos'”, le dicen sus hijos.

Las despedidas son cada vez más duras y cada domingo tiene que estar un rato consolando al más pequeño.

Apoyo de la comunidad

El caso ha generado indignación en parte de la comunidad y ha motivado manifestaciones en reclamo por su situación.

Como parte de la campaña “We Stand With Rosa” (Estamos con Rosa), se han colocado 10.000 carteles en hogares, comercios y templos de la ciudad y se abrieron cuentas en Twitter (@WeStandWithRosa) y Facebook.

En la iglesia, aceptaron acogerla en santuario, como han hecho con otras personas en situaciones similares, porque consideran “importante” estar con familias como la de Rosa.

“Hay demasiadas familias como la suya que están siendo destrozadas cada día por nuestro sistema de inmigración fallido“, le explica a BBC Mundo la pastora Alison Harringdon.

“Como comunidad de fe –agrega– nos sentimos obligados a estar junto a los que sufren y a hablar en contra de las leyes que violan los valores bíblicos de acoger al extranjero y amar a nuestro prójimo”.

En el limbo

Pero tras más de un año en la iglesia, la situación de Robles sigue en un limbo.

Las autoridades no ingresan al templo para detenerla pero si sale, se expone a ser deportada.

“El caso de Rosa ha tomado tanto tiempo para ser resuelto en parte por un fallo ofalta de voluntad del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en ingés)”, le dice a BBC Mundo Sarah Launius, una de las abogadas de Robles.

El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en ingés), entidad que depende del DHS, opera desde 2001 bajo un memorando que busca evitar la aplicación de ciertas normativas en determinadas circunstancias.

“Las acciones de ejecución de la ley no se producen en lugares sensibles como escuelas e iglesias, salvo excepciones”, le dice a BBC Mundo Jennifer Elzea, vocera del ICE.

Las excepciones incluyen asuntos de seguridad nacional o terrorismo, riesgo inminente de muerte, violencia o daño físico a una persona o propiedad, el arresto o persecución de un delincuente peligroso o de un individuo implique un riesgo para la sociedad, o el riesgo inminente de destrucción de evidencias en un caso criminal.

La defensa de Robles asegura que el gobierno ya podría haber cerrado su caso.

Una directriz del ICE establece que los casos de las personas con lazos familiares y en la comunidad “significativos” y sin antecendentes penales pueden ser cerrados de forma administrativa, recuerda Launius.

“Rosa califica para que su deportación se detenga, pero el gobierno no lo ha hecho. Es difícil decir con certeza por qué, pero parece derivar en gran parte del debate político sobre la inmigración y las estrategias electorales de los dos partidos principales en Estados Unidos”, apunta su abogada.

Rosa RoblesImage copyrightOther
Image captionRobles asegura que si pudiera hablar con el presidente Barack Obama, le pediría una oportunidad.

Robles cuenta que si pudiera hablar con el presidente Barack Obama le diría que tan solo está pidiendo una oportunidad:

“Él es padre de dos hermosas niñas y siento que él que daría todo por ellas. Al vernos, ¿no pensará que estamos también igual por nuestros hijos batallando?”, se pregunta Robles.

Esta lucha es por mis hijos. Él sabe de mí, ¿no pensará que mis hijos están solos?, ¿que estoy haciendo esto por los sueños de mis hijos?”, agrega.

“Eso le diría, que pensara en sus hijas y que pensara un momentito en nosotros, que nos diera esa oportunidad de demostrar que somos personas que venimos a luchar en este país”.

Robles dejó atrás una carrera de contadora pública en su Hermosillo natal (estado de Sonora), para ir en busca de mejores oportunidades del otro lado de la frontera porque apenas le alcanzaba para vivir.

“Estamos aquí por nuestros hijos –aclara– por darles una oportunidad de seguir adelante. Aunque yo limpie casas y mi esposo trabaje en jardinería, tenemos una mejor vida aquí que en México”.

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'Me acusaron de secuestrar a mi hijo adoptivo blanco'

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24 de septiembre, 2020
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Johnny, de siete años, estaba a punto de tener un ataque de nervios.

Se había despertado de mal humor y la cosa solo iba a peor a medida que avanzaba el día.

En un restaurante en Charlotte, Estados Unidos, Peter vio que Johnny discutía con otro niño en el área de juegos. Tenía que actuar rápido para sacar del restaurante al niño, al que tiene acogido temporalmente, antes de que estallara en una fuerte rabieta.

Peter lo tomó en sus brazos y rápidamente pagó la cuenta.

Mientras llevaba a Johnny al coche, el niño se retorcía malhumorado y todavía estaba agitado cuando Peter lo puso en el suelo para poder abrir la puerta del coche.

Una mujer se les acercó con el ceño fruncido.

“¿Dónde está la madre de este niño?”, preguntó.

“Yo soy su padre”, respondió Peter.

La mujer dio un paso atrás y se paró frente al coche de Peter. Miró la matrícula y sacó su teléfono.

“Hola, policía, por favor”, dijo tranquilamente. “Oiga, hay un hombre negro. Creo que está secuestrando a un niño blanco”.

De repente, Johnny se quedó quieto y miró a Peter. Peter lo rodeó con el brazo.

“No pasa nada”, le dijo al niño.

Una infancia pobre

En la web de Lonely Planet, la polvorienta ciudad de Kabale es descrita como “el tipo de lugar que la mayoría de la gente atraviesa lo más rápido posible”.

En Uganda, cerca de las fronteras de Ruanda y la República Democrática del Congo, sirve como punto de tránsito en la ruta hacia varios parques nacionales famosos en los alrededores.

Para Peter, su ciudad natal todavía le trae recuerdos dolorosos.

La suya fue una infancia en la pobreza. Cuando era niño, ocho miembros de su familia dormían en el piso duro de una cabaña de dos habitaciones.

“Si comíamos, eran patatas y sopa”, dice, “y si teníamos suerte, comíamos frijoles”.

La madre de Peter

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La madre de Peter, parada fuera de la casa en la que creció.

La violencia y el alcoholismo eran una realidad diaria en la vida de Peter. Para escapar, corría a las casas de sus tías, que vivían a solo unos metros de distancia.

“Por un lado, había una gran familia extendida disponible”, dice, “pero era un caos”.

A los 10 años, Peter decidió que prefería quedarse sin hogar. Un día agarró todas las monedas que encontró y corrió hacia la parada del autobús.

“¿Cuál de ellos va hasta más lejos?”, le preguntó a una mujer que estaba esperando en la parada. Señaló un autobús y, aunque Peter no pudo leer el letrero, se subió. Se dirigía a la capital de Uganda, a 400 km de distancia.

Cuando Peter desembarcó en Kampala después de casi un día de viaje, se dirigió a los puestos del mercado que bordeaban las calles y preguntó a los vendedores si podía trabajar, cualquier trabajo, a cambio de comida.

Durante los dos años siguientes, Peter vivió en la calle. Se hizo amigo de otros niños sin hogar y compartieron sus ganancias o comidas. Peter dice que aprendió una habilidad invaluable para la vida: reconocer la bondad en otras personas con solo una mirada.

Un hombre amable fue Jacques Masiko. Iba al mercado a hacer su compra semanal y le compraba a Peter una comida caliente antes de irse.

Después de aproximadamente un año, el señor Masiko le preguntó a Peter si le gustaría recibir una educación. Peter dijo que sí, y el señor Masiko consiguió enrolarlo en una escuela local.

Después de seis meses, al ver lo bien que le iba a Peter en la escuela, Masiko y su familia le pidieron al niño que fuera a vivir con ellos.

En Jacques Masiko, Peter encontró a un hombre que lo trataba como a un miembro de su familia. Peter le devolvió el favor sobresaliendo en la escuela y, finalmente, ganó una beca para una universidad estadounidense.

Un par de décadas después, Peter tenía poco más de 40 años y estaba felizmente asentado en los Estados Unidos. Trabajaba para una ONG que llevaba donantes a Uganda para ayudar a las comunidades desfavorecidas.

Fue en uno de esos viajes, cuando vio a una familia blanca que viajaba con su hija adoptiva, que Peter se dio cuenta de que los niños en Estados Unidos a veces necesitaban un nuevo hogar tanto como los niños en Uganda.

A su regreso a Carolina del Norte, Peter fue a una agencia de acogida local y dijo que le gustaría ser voluntario.

“¿Has pensado en convertirte en padre adoptivo?”, preguntó la señora de la oficina de acogimiento de menores mientras anotaba sus datos.

“Estoy soltero”, respondió Peter.

“¿Y?”, respondió ella: “Hay muchos niños en el sistema de acogida que buscan modelos masculinos, personas que quieran ser una figura paterna en su vida”.

Solo otro hombre soltero se había inscrito para ser padre de acogida en el estado de Carolina del Norte en aquel momento.

Cuando llenó los formularios, Peter asumió que automáticamente sería emparejado con niños afroamericanos. Pero le sorprendió que el primer niño que estuvo bajo su cuidado fuera un niño blanco de cinco años.

Peter y Jacques.

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Jacques Masiko (derecha), sacó a Peter de la calle y le dio una eduación.

“Fue entonces cuando me di cuenta de que todos los niños necesitan un hogar, y el color no debería ser un factor para mí”, dice Peter.

“Tenía dos dormitorios libres y debería alojar a cualquiera que lo necesitara.

“Al igual que el señor Masiko me había dado a mí una oportunidad, quería hacer esto por otros niños”.

¿Puedo llamarte papá?

En el transcurso de tres años, nueve niños se quedaron con Peter, usando su casa como un recurso temporal durante unos meses antes de regresar con sus familias. Eran negros, hispanos y blancos.

“Una cosa para la que no estaba preparado fue lo difícil que es cuando un niño se va”, dice. “No es algo para lo que puedas prepararte”.

Peter dejaba pasar largas temporadas entre un niño y otro para poder estar emocionalmente disponible para el siguiente.

Por eso, cuando recibió una llamada un viernes por la noche de la agencia de acogida sobre un niño de 11 años llamado Anthony que necesitaba un lugar urgente para quedarse, Peter se resistió.

“Solo habían pasado tres días desde que se había ido el último niño, así que dije: ‘No, necesito al menos dos meses’. Pero luego me dijeron que este era un caso excepcional, un caso trágico, y que solo necesitaban alojarlo durante el fin de semana hasta que pudieran encontrar una solución”.

De mala gana, Peter aceptó y Anthony, un chico alto, pálido y atlético con una mata de cabello castaño rizado, fue llevado hasta su casa a las 3 de la madrugada. A la mañana siguiente, Anthony y Peter se sentaron a desayunar.

“Puedes llamarme Peter”, le dijo al chico.

“¿Puedo llamarte papá?”, fue la respuesta de Anthony.

Peter se sorprendió. Los dos apenas habían cruzado algunas palabras. Aunque todavía no conocía la historia de fondo de Anthony, Peter se sintió instantáneamente conectado con él.

Los dos pasaron el fin de semana cocinando y hablando. Visitaron el centro comercial para que Peter pudiera comprarle algo de ropa. Se hicieron preguntas superficiales: qué comida les gustaba, qué tipo de películas disfrutaban.

“Ambos estábamos tratando de ver cómo encajar”.

El lunes, cuando llegó el asistente social, Peter se enteró de la historia de Anthony.

Peter y Anthony jugando videojuegos.

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“Este niño sabía que yo sería su papá”, dice Peter.

Había estado en el sistema de acogida desde los dos años y fue adoptado por una familia cuando tenía cuatro.

Pero ahora, siete años después, los padres adoptivos de Anthony lo habían abandonado a las puertas de un hospital. Una vez localizados, le dijeron a la policía que no podían seguir cuidando de él.

“No podía creerlo”, dice Peter, “Nunca se despidieron, nunca explicaron sus razones y nunca regresaron. Esto me mató. ¿Cómo podía alguien hacer esto?”.

“La vida de Anthony me devolvió a mi infancia”.

“Este niño era como yo a los 10 años en las calles de Kampala, sin tener adónde ir. Entonces me volví hacia el trabajador social y le dije: ‘¿Sabes qué? Solo necesito hacer el papeleo para que pueda ir a la escuela y nosotros dos estaremos bien”.

Peter miró a Anthony y se dio cuenta de que el niño había mostrado quizás un gran sentido de la anticipación.

“Recuerda, me llamó ‘papá’ de inmediato. Este niño sabía que yo sería su papá”.

Esa misma semana, los padres adoptivos de Anthony fueron a la corte del condado para cederle sus derechos.

“Creo que ambos supimos de inmediato que se quedaría conmigo de forma permanente”, dice Peter. En un año, Peter había adoptado formalmente a Anthony.

“No siempre nos tratan bien”

Anthony quería saber todo sobre la vida de su padre en Uganda, dice Peter, porque ahora esta también era su historia. Anthony ayudaba a Peter a preparar platos ugandeses como “katogo”, un desayuno de yuca picada mezclada con frijoles.

En la escuela, Anthony empezó a disfrutar presentar a Peter a sus amigos.

“Este es mi papá”, anunciaba, disfrutando de las miradas a veces confundidas de sus compañeros de clase.

Pero ha habido momentos difíciles. Un día festivo, la seguridad del aeropuerto detuvo a Anthony para preguntarle dónde estaban sus padres.

Anthony señaló a Peter, y los funcionarios empezaron de inmediato a verificar sus antecedentes. Anthony estaba cada vez más frustrado por lo que veía como racismo evidente, pero Peter lo calmó.

“Soy tu papá y te quiero, pero a las personas que se parecen a mí, no siempre nos tratan bien”, le dijo Peter a Anthony, que tenía 13 años.

“Tu trabajo no es enojarte con las personas que me tratan de esta manera, tu trabajo es asegurarte de tratar a las personas que se parecen a mí de forma honorable”.

Peter, Anthony y Johnny en las escaleras con su perro.

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Johnny, con su cabello lacio rubio y su figura pálida, atrae aún más miradas sospechosas.

En la primavera de este año, la agencia de acogida llamó a Peter para ver si podía cuidar temporalmente a un niño de siete años llamado Johnny (no es su nombre real), cuya familia tenía problemas económicos como resultado de la pandemia del coronavirus.

Johnny se instaló tan bien como Anthony, y siguiendo el ejemplo de su hermano adoptivo, también lo llamó “papá”.

Johnny, con su cabello lacio rubio y su pequeña figura pálida, atraía aún más miradas sospechosas cuando salía con Peter.

Por eso Peter no se sorprendió cuando la señora que los vio salir del restaurante llamó a la policía. Solo les tomó unos minutos verificar que Peter era el tutor de Johnny, pero el suceso dejó al niño conmocionado.

Peter le explicó que este tipo de cosas podían ocurrir, de vez en cuando, porque él era negro y Johnny era blanco.

Es algo de lo que Peter y Anthony ya habían hablado.

Después del asesinato de George Floyd en Estados Unidos en mayo, mantuvieron una larga y emotiva conversación sobre el movimiento Black Lives Matter.

Peter le pidió a Anthony que se asegurara de tener su teléfono móvil listo si la policía los paraba por la calle.

“Como hombre negro, tengo 10 segundos para explicar quién soy a la policía antes de que potencialmente escale la situación”, dice Peter.

“Siempre le digo a Anthony, ‘si la policía me para, por favor agarra el teléfono y graba de inmediato’. Porque sé que él es mi único testigo, ¿sabes? Y tengo 10 segundos para salvar mi vida”.

“Creo que lo entiende. Sabe que porque estamos en Estados Unidos y yo me veo diferente a él, me tratarán de manera diferente”.

“Este tipo de tensión y sospecha no es algo que un padre blanco tenga que enfrentar cuando adopta a un niño negro”.

Diferencias raciales

Según Nicholas Zill, psicólogo investigador y miembro del Instituto de Estudios de la Familia, las familias blancas en Estados Unidos tienen muchas más probabilidades de adoptar a alguien de otra raza que las familias negras.

Los últimos datos disponibles, de 2016, muestran que solo el 1% de las adopciones por familias negras fueron de niños blancos; en el 92% de los casos adoptaron niños negros.

Por el contrario, el 11% de las adopciones por familias blancas fueron de niños multirraciales y el 5% fueron de niños negros, dice Zill.

“Es muy raro ver a familias negras adoptando niños blancos, mucho más que al revés, y esto puede tener que ver con prejuicios culturales que todavía existen dentro del sistema de adopción de Estados Unidos”.

El año pasado, la pareja británica Sandeep y Reena Mander obtuvieron más de US$150.000 como indemnización después de que un juez dictaminara que habían sido discriminados al no poder adoptar a un niño de origen no asiático.

Anthony y Peter

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La pareja dijo que el servicio de adopción local les había dicho que vieran la posibilidad de adoptar a un niño de India o Pakistán.

“La ley en el Reino Unido es muy clara en que la raza no debe ser un factor decisivo en la colocación de niños”, dice Nick Hodson, socio del bufete de abogados McAlister Family Law, que se ha especializado en derecho de la infancia durante más de 20 años.

Peter dice que si bien no ha tenido problemas como cuidador negro dentro del sistema de acogida de Carolina del Norte, adoptar a Anthony puede haber sido más fácil de lo habitual debido a su edad.

Nicholas Zill agrega que después de los cinco años, es más difícil colocar a los niños en un hogar permanente.

Peter sabe de otras familias negras que tuvieron que esperar mucho tiempo porque no había niños de la misma raza.

“No vivimos en una sociedad igualitaria”, dice, “pero quiero ser visible para romper los estereotipos. Hay estereotipos de hombres negros como padres ausentes, como criminales, todo esto tiene un papel. Por eso he sido abierto sobre mi crianza y publico regularmente fotos mías y de los niños en Facebook e Instagram”.

Ha conseguido casi 100.000 seguidores en Instagram al documentar su vida cotidiana, bajo el nombre de Fosterdadflipper.

Peter tiene planes para los niños cuando no haya restricciones de viaje. Quiere llevarlos a Uganda para que puedan ver de dónde viene.

Quiere construir una relación con la familia de Johnny para que la transición del niño de regreso a su hogar no sea dolorosa.

Pero a pesar de algunas ofertas en sus mensajes directos de Instagram, no tiene deseos de comenzar una relación romántica.

“No han tenido figuras masculinas estables en su vida”, dice Peter. “Me necesitan para ellos solos en este momento, y mientras sea así, estaré aquí para ellos”.


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https://www.youtube.com/watch?v=_f9miyzXsHk

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