Trabajar sólo 6 horas al día: ¿es este el secreto de la felicidad y la productividad?
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Trabajar sólo 6 horas al día: ¿es este el secreto de la felicidad y la productividad?

Las largas jornadas laborales producen efectos negativos para la salud y en la economía; países como Suecia están probando la reducción de horarios de trabajo y estos son los resultados.
Cuartoscuro
Por BBC Mundo
2 de noviembre, 2015
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Las largas jornadas laborales hacen que seamos menos productivos. // Foto: Cuartoscuro.

Las largas jornadas laborales hacen que seamos menos productivos. // Foto: Cuartoscuro.

Entrar a trabajar apenas amanece y volver de noche. Notar que la concentración disminuye según pasan las horas, a medida que avanza la semana. Llegar a casa, previa escala en el supermercado, y apenas tener tiempo de hacer tareas domésticas y dormir para volver a la rueda laboral el día siguiente.

¿Pasamos demasiado tiempo en el trabajo? ¿Nos hace eso infelices y menos productivos?

El debate está cada vez más presente.

En los últimos tiempos se han preguntando lo mismo voces tan dispares como el gobierno de Suecia, algunas de sus empresas, el magnate mexicano Carlos Slim o la multinacional japonesa Toyota.

Todos ellos han comenzado a experimentar con una marcada reducción de la jornada laboral para ver qué efecto tiene en sus trabajadores.

Es decir, si se encuentran más relajados y si eso repercute positivamente en los resultados de las empresas.

¿Seríamos no sólo más felices, sino también más productivos con jornadas de seis horas al día o trabajando sólo tres días a la semana por el mismo salario?

El estrés laboral tiene un costo. La Organización Internacional del Trabajo calcula que hasta un 3% del Producto Interno Bruto (PIB) de las naciones se pierde por esa causa y todo lo que conlleva: menor productividad, más ausentismo, trabajadores que rinden menos…

Y la excesiva duración de las jornadas laborales es uno de los factores más importantes que incrementa ese estrés.

Pruebas de 6 horas en Suecia

Eso es algo que parece tener claro la directora de arte sueca, Erika Hellstrom (34 años), quien después de años de cumplir jornadas interminables comenzó a trabajar en una de las empresas suecas que está experimentando con turnos de seis horas al día.

A las 15:30 se va a casa.

“Para mí es absolutamente fantástico”, le dice, risueña, a la BBC.

“Tengo más tiempo libre para hacer deporte, salir al aire libre mientras todavía es de día o para hacer trabajos en mi jardín”.

Pasa más horas con amigos y familiares y se confiesa “mucho menos estresada” desde que vio acortada su jornada.

Los empleados están contentos, parece. Pero, ¿y su jefe, Jimmy Nilson, CEO de la compañía Background AB?

Como la medida sólo se aplica desde septiembre, aún no se pronuncia de forma rotunda.

Pero dice darse cuenta de que “es difícil concentrarse en el trabajo durante 8 horas”. Siente que “con seis horas” los empleados están “más centrados y realizan sus tareas más rápido”.

Un ensayo controlado científicamente

La pregunta en Suecia es tan candente que se ha decidido realizar un experimento controlado en dos departamentos en un hospital en Umea, en el norte del país, y en la planta de cirugía del Hospital Universitario Sahlgrenska, en Gotemburgo.

Y el experimento más detallado hasta la fecha se lleva a cabo desde febrero en una residencia de ancianos en el oste del país.

Un grupo de 80 enfermeros comenzaron con ese horario y lo mantendrán dos años. Otros 80 seguirán en las mismas tareas pero ocho horas.

Aún es demasiado pronto para sacar conclusiones, pero las enfermeras que trabajan menos horas están tomando menos bajas por enfermedad y reportan estar menos estresadas”, le asegura a la BBC Bengt Lorensson, responsable del experimento.

También añade que el cuidado del paciente ha mejorado y el personal está organizando más actividades para ellos, como clases de baile, sesiones de lectura en grupo o paseos al aire libre.

“Sólo tenemos los primeros indicios, pero podemos ver que la calidad del trabajo es mayor”.

La propuesta de Carlos Slim: 3 días a la semana

El mexicano Carlos Slim tiene la segunda mayor fortuna del mundo y contrata directamente a más de 250.000 trabajadores. Por tanto, sus opiniones económicas tienen una repercusión especial en los círculos económicos.

A fines de octubre, volvió a reiterar en un foro de empresarios y políticos (el círculo de Montevideo) su idea de que la semana laboral debe quedar reducida a 3 días con 11 horas de trabajo cada uno.

Una medida que sería especialmente bien recibida por los trabajadores de México, donde casi el 30% de los mismos trabajan más de 50 horas semanales, sólo superados por Turquía (43%), según datos de la a Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

“Deberías tener más tiempo para ti durante toda tu vida, no cuando llegues a la jubilación”, es la argumentación de Slim.

“Con tres días de trabajo a la semana podríamos relajarnos y tener más calidad de vida”.

Y en esa lógica ve una oportunidad de negocio. En esos días libres los trabajadores tendrían más necesidades de entretenimiento y consumo, en su opinión.

En contrapartida, cree que la jubilación debería ser a los 75 años.

Slim ya ha realizado alguna prueba en sus compañías.

En Telmex, una de sus empresas, algunos trabajadores cercanos a la jubilación trabajan cuatro días a la semana.

Experiencia positiva en Toyota

Otra multinacional que ha probado ya a reducir la jornada a seis horas es Toyota, en sus plantas de Suecia.

En sus instalaciones de Gotemburgo, los empleados tienen estas jornadas desde hace 13 años.

Y sus responsables aseguran que tienen menos reclamaciones de los clientes, el personal pide menos bajas y los beneficios han crecido de forma importante.

Muchos piensan que este tipo de propuestas son una locura, pero también se decía eso de Henry Ford cuando estableció en 1922 la jornada laboral de sus trabajadores en 8 horas durante cinco días a la semana.

Y hoy sigue siendo la que impera mayoritariamente.

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Quién vigila la radiación del 5G (y cuáles son sus verdaderos riesgos)

Esta nueva tecnología regresa el eterno debate sobre los efectos sobre la salud de las radiaciones electromagnéticas. Estos, sin embargo, son descartados por todas las agencias internacionales.
27 de octubre, 2020
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Seúl

Getty Images
Corea del Sur ya tiene una red 5G en todo el país.

Decenas de antenas, dispositivos bluetooth y cientos de teléfonos móviles nos rodean e irradian cada día. Por no hablar de la telefonía 5G que, al parecer, acabará con la vida en la Tierra. ¡Tanta radiación no puede ser buena!

¿Quién controla los niveles de exposición y los posibles efectos sobre la salud?

Percepción del riesgo

Los campos electromagnéticos están presentes en la naturaleza desde antes de la aparición del ser humano. La luz solar, los rayos cósmicos, las tormentas y la radiación natural terrestre son fuentes de exposición a estos campos.

A mediados de los años 90, se comenzaron a desplegar las redes de antenas de telefonía móvil. Aunque se hacían con estándares técnicos internacionales, que ya tenían en cuenta la protección de la población, no se ofreció la suficiente información al respecto.

A pesar de una reacción rápida por parte de organismos, operadoras y expertos, la percepción de riesgo se instaló entre los ciudadanos. También caló en instituciones, administraciones locales y asociaciones.

Así, se produjo una situación paradigmática. Por un lado, el rechazo a las antenas era un fenómeno global. Por el otro, crecía la demanda universal del servicio.

Ilustracion 5G

Getty Images
La red 5G es mucho más que la mejora de la red 4G.

La OMS parece tenerlo claro

Tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la Unión Europea fueron conscientes a principios de los 2000 de esa carencia y de la necesidad de dar respuesta a una inquietud y percepción social del riesgo asociado a la telefonía móvil.

Aunque esta percepción e inquietud estaban sobredimensionadas.

A pesar de los esfuerzos realizados para informar y tranquilizar a la población, la OMS reconoció en 2006 que “algunas personas consideran probable que la exposición a campos electromagnéticos de radiofrecuencia entrañe riesgos y que éstos puedan ser incluso graves”.

En la revisión de 2014, la OMS aseguraba que “hasta la fecha no se ha confirmado que el uso del teléfono móvil tenga efectos perjudiciales para la salud”.

En otro documento publicado a comienzos de este 2020 sobre el 5G, insiste en que en las últimas décadas no hay estudios científicos que demuestren una relación causal que pueda hacer temer efectos sobre la salud.

“El calentamiento de tejidos es el principal mecanismo de interacción entre los campos electromagnéticos de radiofrecuencia y el cuerpo humano”.

Ese posible efecto, a los niveles habituales de exposición, es insignificante. Por eso es importante que los niveles se mantengan por debajo de los límites establecidos por agencias internacionales independientes.

Mujer con una tablet.

Getty Images
La OMS ha dicho que no hay estudios científicos que demuestren una relación causal del 5G que pueda hacer temer efectos sobre la salud.

Quién y cómo se establecen los límites de exposición

En 1992 se estableció en Alemania la Comisión Internacional de Protección frente a Radiaciones No Ionizantes (ICNIRP). Esta organización científica, independiente y sin ánimo de lucro, revisa periódicamente y de forma sistemática las evidencias científicas para determinar los niveles a los cuales se producen efectos biológicos.

No solo de los campos electromagnéticos de radiofrecuencia, sino también de otras radiaciones electromagnéticas como la luz visible, los infrarrojos y los ultravioletas que, por encima de ciertos niveles, también pueden resultar muy peligrosos.

Por eso se fijan niveles de seguridad y, por eso mismo, no debemos preocuparnos de la radiación que emite el mando a distancia de nuestra tele. Tampoco del router wifi de nuestra casa o de nuestro teléfono inalámbrico.

El proceso de revisión es abierto y su publicación se realiza en una revista científica tras un proceso de revisión por pares.

Así, una vez se establecen los niveles a los cuales se observan efectos para cada frecuencia, se aplica un factor de precaución o seguridad de 50.

Estos valores son aceptados por la mayor parte de los países occidentales desde hace décadas y se adoptan en las correspondientes legislaciones.

Además, existen otras agencias u organismos que realizan una revisión similar. Por ejemplo el Institute of Electrical and Electronics Engineers (IEEE) y la Food and Drug Administration de Estados Unidos.

Estos tres organismos, en los últimos meses y coincidiendo con el despliegue de la 5G, han revisado y publicado sus guías de límites seguros de exposición humana.

La mano negra de la industria

Que la industria está detrás de todas estas regulaciones e instituciones es un argumento reiterado por los movimientos antiantenas -ahora anti-5G- que parecen acoger toda clase de creencias conspiranoicas con respecto, también, a las mascarillas, las vacunas y la COVID-19.

En realidad han sido la industria y los profesionales del sector los más interesados en garantizar que las radiaciones emitidas por las antenas fueran seguras y que los niveles de potencia estuviesen dentro de los límites permitidos.

Transmisión de eventos deportivos en dos pantallas.

Getty Images
Con la conexión 5G se podrán conectar muchos dispositivos al mismo tiempo.

El Colegio Oficial de Ingenieros de Telecomunicación (COIT), como entidad de derecho público al servicio de la sociedad, fue la primera organización que ya en 2001 elaboró un informe sobre las radiofrecuencias de telefonía móvil.

Con ello se pretendía informar a la ciudadanía y mitigar la inquietud que ya surgía ante el desconocimiento de esta tecnología y la normativa que la regula.

La labor de difusión se centró en ayuntamientos y asociaciones ciudadanas, aunque se ha seguido trabajando durante todos estos años con todo tipo de administraciones e instituciones.

En 2006, se creó el Comité Científico Asesor de Radiofrecuencias y Salud (CCARS), comité independiente compuesto por profesionales de gran prestigio -en campos como la medicina, física, química, biología, ingeniería de telecomunicación y derecho-, que, desde entonces, ha elaborado cinco informes trienales de referencia.

En ellos recogen las evidencias científicas existentes sobre el impacto de los campos electromagnéticos en la salud.

Además, ha publicado numerosos documentos sobre tecnologías concretas -el último sobre 5G-, con el ánimo de informar verazmente a la sociedad, manteniendo siempre el conocimiento científico riguroso como referencia.

Sus informes han tratado siempre de arrojar luz y evitar cualquier tergiversación que de forma interesada se intentara hacer sobre el efecto de estas tecnologías sobre la salud.

Incluidas comparaciones sin fundamento con sustancias, como el tabaco o el alcohol, que la ciencia sí ha demostrado como perniciosas incluso en pequeñas cantidades.

5G

Getty Images
Los verdaderos riesgos de estas tecnologías son los asociados a la dependencia, problemas musculares, malas posturas y al condicionamiento de nuestras relaciones personales y hábitos saludables.

Los verdaderos riesgos para la salud

Decir que los campos electromagnéticos de radiofrecuencia son inocuos es falso si no se acompaña de la frase “a los niveles habituales de exposición”.

Dichos niveles están decenas o centenas de miles de veces por debajo de los de seguridad marcados por ICNIRP.

Es lo que han demostrado numerosos estudios y revisiones sistemáticas de exposición personal en condiciones reales.

Pero hay efectos constatados derivados del uso de dispositivos y que no son consecuencia de las radiaciones que emiten.

Así, se ha demostrado que su uso puede provocar dependencia, problemas musculares, malas posturas y que condicionan nuestras relaciones personales y hábitos saludables.

Dichos efectos, sin embargo, no son denunciados por los movimientos en contra de estas tecnologías.

Ilustración 5G

Getty Images
Hay una proliferación de un cierto “negocio del miedo” vinculado a las nuevas tecnologías.

Negar la evidencia, ¿con qué fin?

Quizá piense que existe cierta controversia científica en este tema.

Habrá oído que “numerosos científicos alertan de los efectos” en cuestionables llamamientos internacionales, algún pseudoinforme como el Bioinitiative o declaración política ajena a la Unión Europea, como la declaración 1815 del Consejo de Europa.

Todos tienen en común su falta de rigor, el establecimiento de límites de forma arbitraria o la extrapolación inadecuada de estudios en animales o de laboratorio sin tener en cuenta las condiciones reales.

En 30 años, no se ha publicado una revisión sistemática o metaanálisis -los estudios con mayor fortaleza en ciencia- que demuestre sus alarmantes augurios y peligros para la salud (efectos sobre el sueño, la concentración, fisiológicos, hipersensibilidad o, incluso, cáncer).

En cambio, sí es constatable la relación de sus promotores con la proliferación de un cierto “negocio del miedo” a partir de datos tergiversados, erróneos y en ningún caso avalados por la evidencia científica.

Y ese negocio que se basa en esos datos afecta tanto a ámbitos como el médico-sanitario, con diagnósticos o prescripciones no fundamentados en el conocimiento médico; el legal, con denuncias insostenibles basadas en opiniones de supuestos expertos, medios de información carentes de credibilidad (webs pseudocientíficas) o, incluso, empresas que ofrecen aparatos y dispositivos de protección completamente innecesarios.

Todo un negocio basado en el miedo y el desconocimiento que sigue alimentando esa falsa percepción de que vivimos radiados al límite.

*Alberto Nájera López es doctor en radiología y medicina física y profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha y Juan Carlos López es ingeniero de telecomunicaciones y catedrático de la Universidad de Castilla-La Mancha.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer la versión original aquí.


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