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Abandonan familiares a 7 de cada 10 reclusas por ser mujeres
En la Ciudad de México hay mil 900 mujeres internas, de las que 70% ha sido abandonada por sus familiares y al menos 20% no ha recibido nunca una visita, panorama que no padecen los hombres que delinquen.
Cuartoscuro
Por Ruth Muñiz
22 de diciembre, 2015
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En las cárceles del DF, 65% de las presas son mujeres entre los 18 y 30 años. // Foto: Cuartoscuro.

En las cárceles del DF, 65% de las presas son mujeres entre los 18 y 30 años. // Foto: Cuartoscuro.

En la cárcel ser mujer tiene un doble castigo: la pena por haber cometido un delito y el abandono de esposos, hijos, padres y hermanos cuando son recluidas en un centro penitenciario.

En la Ciudad de México hay mil 900 mujeres internas, de éstas 70% ha sido abandonada por sus familiares y al menos 20% no ha recibido nunca una visita, panorama que no padecen los hombres que delinquen.

Datos oficiales de la Subsecretaría del Sistema Penitenciario del DF registran que 12% de las mujeres internas tanto el Penal de Santa Martha Acatitla, como en el de Tepepan, no tienen registrado a ningún familiar en su ‘kardex’ para autorizar visitas, sin embargo, 7 de cada 10 no son visitadas por nadie, aun cuando haya personas a las que hayan autorizado para ello.

En cambio, de los más de 36 mil hombres en prisión, 91% tiene visita familiar o conyugal frecuente.

“Estuve en Santa Martha (Acatitla) casi 2 años, me agarraron por robo, cuando entré tenía 5 años casada con el único novio que tuve desde la prepa, al principio iba a verme, pero a los 2 meses dejó de ir.

“Un año después, un abogado me avisó que quería el divorcio y me contó que el wey ya vivía con otra. Nunca me dio la cara”, relató Margarita, quien prefiere resguardar su verdadera identidad.

Mayra Villanueva, psicóloga de la UNAM y especialista en estudios de género, explicó que es el rol que juega la mujer en sociedad lo que la hace más vulnerable al abandono cuando ésta ingresa a prisión.

“El abandono tiene que ver con el rol que juegan en sus familias. Es decir, una madre que es encarcelada ya no podrá asumir su función de protectora del hogar, por tanto es vista por su esposo, por los hijos como una baja, como una pérdida que además necesita una sustituta.

“El hombre, en cambio, sigue siendo apreciado como cabeza de la familia aun con la ausencia”, explicó Villanueva, quien da terapia a mujeres que están reintegrándose a la sociedad, luego de salir de prisión.

De acuerdo con ella, los estigmas sociales aíslan a las mujeres en prisión, quienes dejan de cumplir el rol que ocupaban como esposas, madres o hijas, por lo que son vistas como culpables del encierro y por ello, merecedoras de un aislamiento total.

“Una mujer delincuente es vista como una mujer mala y aunque haya delinquido para buscar el sustento familiar, se le reprueba y desaparece; sucede todo lo contrario con el hombre, este no es abandonado e incluso los llegan a ver como héroes”, detalló Olivia Garza, expresidenta de la Comisión de Reclusorios de la Asamblea Legislativa del DF y presidenta de la Asociación Civil Modernizando el Sistema Penitenciario.

En las cárceles del DF, 65% de las presas son mujeres entre los 18 y 30 años, justo la edad en que cumplen alguno de estos roles.

En cambio, explicó Villanueva, los hombres son vistos por su familia como víctimas de una circunstancia, o la dependencia de esposas e hijos es tal, que aún en prisión siguen manteniendo el control familiar.

Saskia Niño de Rivera, presidenta de la Fundación Reinserta un Mexicano, quien desde hace varios años trabaja intensamente con mujeres presas y niños en prisión, coincidió con que el abandono más en mujeres que en hombres, se debe a un asunto cultural.

“Es una cuestión cultural, por ejemplo si tú vas y te paras un día de visita afuera de un penal de hombres hay filas de esposas, mamás, que van a visitarlos a la cárcel y cuando la mujer está en prisión, los hombres encuentran a otra. Es una cuestión cultural y machismo”, dijo.

Este abandono, relacionado con ser mujeres y no con sus delitos o clase socioeconómica, impacta no sólo en su comportamiento sino también en su proceso de reinserción social.

Abandono de reclusas incrementa relaciones homosexuales

“Mi caso no es el más grave, hay compañeras que pueden estar entambadas más de 10 o 12 años y la soledad es muy dura y a nadie le gusta estar encerrada y sola, eso te derrota más.

“Cuando nadie va a verte, la única compañía se vuelven las demás compañeras, las otras presas y se vuelven la única opción de un desahogo sexual, incluso aunque ni seas lesbiana, es simple compañía, es lo que te da razones para aguantar otro y otro día”, cuenta Margarita, quien lleva un año de relación con Sofía, a quien conoció en prisión.

Niño de Rivera explicó que el abandono que sufren las mujeres fomenta en ellas la propensión a relaciones sexuales y afectivas con sus compañeras, lo que incluso se convierte en uno de los mayores conflictos entre las internas.

De hecho, datos recopilados por su fundación, revelan que 70% de las presas entablan relaciones homosexuales.

“Esto te habla de la necesidad de estar con alguien, de cariño, de formar relaciones sin necesariamente ser homosexuales como tal, sí tienen relaciones con personas del mismo sexo, por la necesidad de afecto y sexual que tienen”, agregó Saskia.

80% de las mujeres capitalinas en prisión ingresan por robo y delitos relacionados con droga, ya sea venta o posesión. La mayoría están ahí por haber ayudado a su pareja sentimental y el abandono en prisión disminuye sus posibilidades de Rehabilitación social.

La pobreza también provoca el abandono

El abandono no es inmediato, en promedio el tiempo en que una mujer que recién entró a la cárcel es visitada por familiares y amigos es de 4 meses, mientras que el promedio que permanecen en prisión es de 3 a 5 años. Después de estos 4 meses nadie más va a verlas.

“Algunas compañeras son extranjeras o vienen de algún otro estado y para sus familias es difícil tener dinero para ir a cada rato a verlas, adentro todo cuesta y eso también contribuye a que las dejen ahí y a que ellas se depriman”, agrega Margarita.

Cada que un familiar visita a una reclusa gasta aproximadamente 500 pesos entre los pasajes, la comida y cosas que le llevan y hasta los pagos internos que se hacen a los custodios en cada filtro.

La doctora Marisa Belausteguigoitia, directora del Programa de Estudios de Géneros en la UNAM, ve en el aspecto económico uno de los factores de mayor peso para el abandono de mujeres en prisión.

“Las mujeres, a diferencia de los hombres, dejan afuera los hijos a los que cuidan, los hombres también dejan familia afuera pero el caos y el drama es el abandono de las madres, dejan hasta 8 hijos afuera.

“Los hijos que quedan se los reparten las mujeres que quedan fuera, ese es un factor, la otra es que se empobrecen de 3 a 4 familias por cada mujer que entra a la cárcel, porque las meten primero con procesos sumamente desaseados, con mucha corrupción, les cobran cuotas”, señaló la experta y fundadora de Mujeres en Espiral.

Belausteguigoitia ha trabajado con reclusas de Santa Martha desde 2006, para ayudarlas a través del arte para que las mujeres logren expresarse y encontrarse a sí mismas por medio de expresiones artísticas, para combatir en parte la depresión que sufren a partir de este abandono.

Durante ese tiempo, ha constatado los procesos de las internas, en donde puede identificar que aún sin sentencia, el proceso para juzgarlas, acaba con el patrimonio de las reclusas y sus familias.

“Lo que tienes entonces son familias empobrecidas, niños cuidados de formas muy difíciles y complicadas, mujeres en la cárcel con culpa y depresión, derrotadas, que es como si la energía que tienen las mujeres para levantarse se acabara”, subrayó la doctora.

Todas estas mujeres especialistas coincidieron en que el abandono de la mujer en prisión impacta no sólo en su estancia, sino termina con su autoestima y las hace más vulnerables a reincidir en el delito una vez que salen de prisión.

“Estar dentro es muy difícil, es triste, te desanima, te jode, pero estar fuera después del encierro, solas también, te mata en vida”, lamentó Margarita.

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7 emociones que sentíamos los seres humanos y que ya no existen
Cuando pensamos en las emociones, tendemos a pensar que son fijas y compartidas por todo el mundo. Sin embargo, no solo varían de país en país sino que también cambian con los tiempos. Aquí te explicamos algunas que eran muy comunes en el pasado.
21 de abril, 2019
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Solemos pensar que las emociones son fijas y universales.

Sin embargo, estas varían de país en país (piensa por ejemplo en la palabra schadenfreude, que solo existe en alemán y que describe el disfrute ilícito de la mala fortuna ajena) y nuevas emociones aparecen todo el tiempo.

El cambio de los emoticones, que tanto usamos hoy día para expresar nuestros sentimientos, también refleja lo dinámicas que pueden ser las emociones.

BBC Radio 3 conversó con Sarah Chaney, experta del Centro para la Historia de la Emociones, en Reino Unido, sobre las emociones del pasado que pueden ayudarnos a entender cómo nos sentimos hoy.

Estas son algunas de ellas.

1. Acedía

La acedía era una emoción muy específica experimentada por hombres muy específicos en la Edad Media: monjes que vivían en monasterios.

Esta emoción surgía, por lo general, a raíz de una crisis espiritual.

Aquellos que la experimentaban sentían desazón, desgano, apatía y, sobre todo, un poderoso deseo de abandonar la vida santa.

“Es posible que hoy día esto sea catalogado como depresión”, explica Chaney. “Pero la acedía estaba específicamente asociada con una crisis espiritual y con la vida en un monasterio”.

Seguramente esto era una fuente de preocupación para los abades, que se desesperaban por la indolencia que acompañaba a la acedía.

De hecho, con el paso del tiempo, el término “acedía” se fue volviendo intercambiable con el de pereza”, uno de los siete pecados capitales.

2. Frenesí

“Esta es otra emoción medieval”, dice Chaney.

“Es como la ira, pero es más específica que la ira que entendemos hoy. Alguien que experimentaba frenesí se habría sentido muy agitado. Habría tenido ataques violentos de furia, y habría hecho pataletas y mucho ruido”.

Habría sido imposible sentir frenesí y quedarse quieto.

Esta emoción pone de relieve nuestra tendencia actual a pensar en las emociones como algo esencialmente interno, algo que podemos esconder si lo intentamos.

Esto sencillamente no podía aplicarse a la gente que experimentaba frenesí en el Medioevo.

Muchas emociones históricas están tan ligadas a un tiempo y a un lugar que es imposible sentirlas ahora.

3. Melancolía

Melancolía es una palabra que usamos para describir una especie de tristeza calma o un estado contemplativo.

“Pero en el pasado, la melancolía era diferente”, señala Chaney. “A comienzos del período moderno, se pensaba que la melancolía era una aflicción física que se caracterizaba por el temor“.

Hasta el siglo XVI, se creía que la salud se veía afectada por el equilibrio de cuatro fluidos corporales: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra.

La melancolía aparecía cuando la persona tenía mucha bilis negra.

“Uno de los síntomas de la melancolía en ese entonces era el miedo. En algunos casos, la gente tenía terror de moverse porque pensaba que estaba hecha de cristal y se rompería”, cuenta Chaney.

El rey Carlos VI de Francia sufría de melancolía y por ello había hecho coser varas de hierro en su ropa para evitar hacerse añicos de forma accidental.

4. Nostalgia

Esta es otra emoción que quizás creas que ya conoces. “Usamos la palabra ‘nostalgia’ de manera muy frecuente en las conversaciones hoy día, pero cuando empezó a usarse, se refería a algo que se pensaba que era una enfermedad física“, afirma Chaney.

“Era una enfermedad del siglo XVIII de los marineros: algo que les pasaba cuando estaban muy lejos de su casa, y estaba vinculada al anhelo de regresar”.

Un caso severo de nostalgia podía incluso llevar a la muerte.

No se compara realmente con nuestra definición actual de nostalgia, que describe la añoranza por los buenos tiempos.

5. Neurosis de guerra

Muchos habrán escuchado hablar de la neurosis de guerra, una condición que afectaba a los soldados en las trincheras durante la I Guerra Mundial.

Al igual que la melancolía, la nostalgia y muchas otras experiencias emocionales a lo largo de la historia, la neurosis de guerra fue considerada a veces una emoción y otras una enfermedad, por la forma en la que se hablaba de ella y por cómo se trataba.

“La gente que sufría neurosis de guerra tenía extraños espasmos y con frecuencia perdía la capacidad de ver y escuchar, pese a que no tenían ningún problema físico que se lo impidiera”, explica Chaney.

“Al principio de la guerra, se pensaba que estos síntomas se debían a que las explosiones les habían sacudido el cerebro. Pero más tarde, pensaron que todos los síntomas eran provocados por las experiencias que había vivido el paciente y su estado emocional”.

6. Hipocondría

La hipocondría era otra condición médica que para el siglo XIX había adquirido asociaciones puramente emocionales.

“Era básicamente la versión masculina de lo que los médicos victorianos llamaban histeria“, dice Chaney.

“Se creía que causaba cansancio, dolor y problemas digestivos. En los siglos XVII y XVIII, se pensaba que la hipocondría estaba ligada al bazo, pero más tarde se la asoció a los nervios”.

Los victorianos creían que los síntomas eran causados por la hipocondría, o por la preocupación obsesiva por el cuerpo (a pesar de que se notaban los síntomas físicos, era la mente y las emociones las que se creía que estaban enfermas).

7. Demencia moral

El término “demencia moral” fue acuñado por el doctor James Cowles Prichard en 1835.

“Efectivamente, significa ‘locura moral'”, explica Chaney, “porque por mucho tiempo la palabra ‘moral’ significaba ‘psicológica’, ‘emocional’ y también ‘moral’ en el sentido en el que usamos la palabra ahora”.

Los pacientes que Prichard consideraba “dementes moralmente” eran aquellos que actuaban de forma errática o poco usual sin mostrar síntomas de un desorden mental”.

“Él sentía que había un gran número de pacientes que podían funcionar como cualquier otra persona, pero que no podía controlar sus emociones, o cometían crímenes de forma inesperada”.

La cleptomanía, por ejemplo, en mujeres educadas de alta sociedad, podía ser visto como un signo de demencia moral porque eran mujeres que no tenían motivos para robar.

Era un término que servía para describir muchas emociones extremas y se aplicaba con frecuencia a niños difíciles.


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