Acciones campesinas contra el calentamiento global hacen volver al tucán… y más felices a las vacas

Un grupo de ejidatarios creó la Cooperativa Pichichi y "lo primero que hicimos fue sembrar árboles, porque estaba todo desértico", dice uno de los integrantes del colectivo. A partir de estos esfuerzos, en 15 años de existencia, la Cooperativa ha reforestado 40 hectáreas con especies nativas.

Acciones campesinas contra el calentamiento global hacen volver al tucán… y más felices a las vacas
Las parcelas de la Cooperativa Pichichi cuentan con áreas donde se permite el crecimiento de arbustos y pastos silvestres, como la leucoena, el pasto bermuda, el colocho y la campanita. // Foto: Animal Político. Animal Político
Las parcelas de la Cooperativa Pichichi cuentan con áreas donde se permite el crecimiento de arbustos y pastos silvestres, como la leucoena, el pasto bermuda, el colocho y la campanita. // Foto: Animal Político.
Las parcelas de la Cooperativa Pichichi cuentan con áreas donde se permite el crecimiento de arbustos y pastos silvestres, como la leucoena, el pasto bermuda, el colocho y la campanita. // Foto: Animal Político.

Los tucanes…

A un costado del río Coapa, en Pijijiapan, Chiapas, crece un bosque de sauces, robles y papaturros en el que, dicen los pobladores, han comenzado a verse de nuevo los tucanes que se extinguieron en la región hace décadas, luego de que pobladores y empresas extranjeras talaran los manglares de la zona, con fines domésticos y comerciales.

“Poquito a poquito van volviendo las aves –narra Aurelio Cabrera, un hombre delgado, moreno y de risa fácil, que cuida sus vacas, mientras éstas retozan a la sombra de esos mismos árboles–, volvió el tucán, que se fue hace muchos años… pero hace un mes vimos uno, y poquito antes se contaron cinco tucanes en otras parcelas de Salto del Agua, nuestro ejido.”

A su lado está Melvin Chirino, su vecino y amigo, cubriéndose del sol, al igual que las vacas.

“La principal razón de que se acabaran aquí los árboles, y las aves, fue una empresa estadounidense que taló toda la zona, en los años 40 –narra Melvin–, incluso, aún quedan las ruinas de una carreta gigante, jalada por bueyes, que usaban para llevar los troncos al aserradero, entonces, ellos (la empresa extranjera conocida entonces como Maderas Coapa) fueron realmente los que se acabaron el manglar.”

Sin embargo, reconoce Melvin, “no nada más fueron ellos, sino también nosotros. Antes decíamos: ‘vamos a tirar esa montaña, órale, todos los árboles, para hacer potrero (es decir, una zona libre de árboles para que paste el ganado)’, o sea, hacíamos lo que se conoce como ganadería extensiva. Y también decíamos: ‘ese palo me estorba’, y a cortar el árbol; o ‘necesito leña’ y otro árbol, o ‘necesito 500 postes para vender, y tumbaban 500 árboles, y se hizo costumbre eso, y ya luego hasta venía aquí gente de otras regiones, a cortar madera, libremente, cada vez que necesitaba… y así nos acabamos casi todo el manglar… Y luego, en 1999, vino el desastre natural (el huracán Paulina) que en un ratito tumbó los poquitos árboles que quedaban. Y entonces, de un día para otro, todo aquí, en Pijijiapan Región Costa, quedó como si fuera un desierto.”

La desaparición de la cortina de árboles que formaba el manglar, recuerdan Melvin y Aurelio, permitió a Paulina entrar al pueblo y a las parcelas, “el desastre fue tremendo, nuestro zacate, que era con lo que alimentábamos a nuestras vaquitas, quedó bajo la arena, todo se perdió: no había para alimentar a nuestros animales, ni para alimentar a nuestras familias.”

Para entonces, no sólo los tucanes se habían ido de Salto de Agua, sino prácticamente toda la fauna: “no había nada –recuerda Aurelio–, se fueron las aves, las ardillas, las iguanas. Sólo nos quedamos nosotros, porque, ¿a dónde íbamos a ir? Esto era verdaderamente un desierto”.

Los árboles…

Según estimaciones del Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático, el incremento de la temperatura en México vinculado al calentamiento global, oscilará de 1 a 2.5 grados centígrados –según la región del país–, entre los años 2015 y 2039.

Este mismo organismo establece (en su estudio “Escenarios del cambio climático. Futuro lejano”), que para el año 2099, habrá puntos del país en los que, en los meses más cálidos, la temperatura será hasta 6.5 grados centígrados mayor a la actual.

En la misma medida, para el año 2039, la costa de Chiapas, donde se ubica Pijijiapan, experimentará un incremento en la temperatura de hasta hasta 1.5 grados centígrados; y de 3 grados centígrados para finales del siglo XXI.

“Luego del desastre natural (del 99), vino gente del gobierno y vino gente de organizaciones (no gubernamentales) –cuenta Melvin–. Los ganaderos teníamos veíamos un problema grande, porque el tiempo de lluvia se fue deteriorando, fue cambiando, ahí conocimos del famoso cambio climático, todos empezamos a preguntarnos qué hacer, porque el ganado se podía morir, y entonces empezamos a trabajar.”

 

México durante 2039: de 1 a 2.5 grados más caliente.
México durante 2039: de 1 a 2.5 grados más caliente.

Viendo sus tierras devastadas, 16 ejidatarios y ejidatarias de Santa Clara crearon la Cooperativa Pichichi, y “lo primero que hicimos fue sembrar árboles, porque estaba todo desértico –dice Aurelio–. Esos árboles que se ven ahí, no estaban. Ahí no había nada. Esos árboles los plantamos nosotros, y ahora todas nuestras parcelas tienen una zona de reforestación”.

A partir de estos esfuerzos, en 15 años de existencia, la Cooperativa Pichichi ha reforestado 40 hectáreas con especies nativas.

–¿Piensan, en algún momento, pasar a la explotación forestal? –se pregunta a Benjamín Morales, representante legal de la cooperativa, quien aguarda junto con ellos.

–No estamos sobre eso –dice Benjamín–, no es viable, porque estaríamos deforestando lo que nos ha costado tanto reforestar. La idea es ya no tocar esas áreas. Y, además, en donde sembramos maíz (ya que no por ganaderos, dejan de ser campesinos) también metemos árboles frutales, como el chicozapote, y cuando esos árboles crezcan, ahí tampoco va a poder sembrarse ya nada, hay que jugar con eso, pensamos que en el futuro tendremos fruta para comer, y también para vender, y eso nos complementará lo que obtenemos por la producción de leche.

Bajo este esquema de trabajo, en el mediano plazo, la mayor parte de las tierras de estos 16 ejidatarios se convertirán nuevamente en zonas reforestadas, una parte con especies silvestres y otra con frutales, y sólo prevalecerá una fracción de sus tierras para uso ganadero.

E incluso en las zonas delimitadas para las vacas, hay árboles, “porque una vaca necesita sombra. La vaca come, toma agua y busca sombra dónde echarse a descansar. Si tú ves un campo con vacas, sin árboles, las vacas van a estar caminando, porque su instinto es buscar un lugar fresco, aunque no lo haya, si en uno de esos campos ves una vaca echada, es porque ya la venció el sol, entonces, hasta en los potreros hay que tener suficiente sombra, para que las vacas no sufran”, dice Aureliano.

–Además del tucán, ¿hay alguna otra especie animal que haya vuelto a esta zona, a partir de la reforestación?

–Sí –explica Melvin–, ahora también vemos mucha ardilla, y eso está bien, porque ya casi no había, y hasta iguanas. Poco a poco, la cosa es poco a poco…

México durante 2099: de 2.5 a 6.5 grados más caliente.
México durante 2099: de 2.5 a 6.5 grados más caliente.

 

Las vacas…

“Hay quienes piensan que mientras más grande es tu terreno trabajado, más grande será tu producción, pero esa es una equivocación –explica Benjamín–. Si a tus vacas las tienes en espacios pequeños, suficientes pero confinados, su producción de leche será mayor, porque camina menos, se cansa menos, está más contenta.”

Siguiendo un modelo de trabajo propuesto por la organización internacional The Nature Conservacy, los ejidatarios agrupados en la Cooperativa Pichichi encontraron nuevos aprovechamientos agrícolas, que les permiten mantener a las 300 vacas que entre todos reúnen, y por esta vía dejar de consumir alimento industrializado.

“Nosotros no engordamos ganado para venta, no criamos a nuestras vacas para venderlas como carne –explica Melvin–, obviamente, cuando un animalito ya está viejito, o cuando está muy enfermo, lo sacrificamos, pero eso es otra cosa. Nosotros tenemos a nuestras vacas para producir leche, y ahí es donde se mezcla esto del calentamiento climático: que ahora la temporada de sequía es más fuerte, y en esos meses, marzo, abril, mayo, los animales sufren, porque no tienen qué comer.”

Y si las vacas dejan de comer y se estresan por el calor, dejan de dar leche.

Por ello, además de tener árboles que dan sombra, la fracción de sus tierras reservada para el ganado cuenta con espacios donde cultivan maíz y zacate, para alimentar para su ganado.

“Afortunadamente, tuvimos ayuda de organizaciones (no gubernamentales), nos apoyaron para montar una ensiladora para forraje (herramienta que permite picar productos agrícolas), con la que procesamos lo que les damos de comer a nuestras vacas en la sequía.”

Este alimento, que no lleva agroquímicos, sólo melaza –residuo de la caña de azúcar–, se almacena fresco y permite dar al ganado alimento verde, “y la producción de leche se mantiene, no baja durante la sequía. Entonces, con estas prácticas, lo que hacemos es mejorar un poco nuestra economía, no nos estamos haciendo ricos, pero sí podemos procurar mejor a nuestras familias.”

Humberto Cruz, uno de los ejidatarios de la Cooperativa Pichichi, con sus vacas.
Humberto Cruz, uno de los ejidatarios de la Cooperativa Pichichi, con sus vacas.

 

Las parcelas de la Cooperativa Pichichi, además, cuentan con áreas donde se permite el crecimiento de arbustos y pastos silvestres, como la leucoena, el pasto bermuda, el colocho y la campanita, a los que llevan a las vacas una hora al día.

“Es nuestro ‘banco de proteínas’, y con eso mantenemos a nuestros animales nutridos y sanos. Con una hora que dejes a una vaca pastar ahí, al día siguiente te da un litro más de leche. Así ya no tenemos que darle hormonas a la vaca para que le baje la leche, o pollinaza (excremento industrializado de gallinas), nuestra leche es de la más sana que puede encontrarse.”

Mediante estas prácticas agrícolas y ganaderas, estos ejidatarios han logrado limitar a una cuarta parte de su terreno las áreas donde pastan las vacas, evitando la compactación del resto del suelo (lo que impide el crecimiento de vegetación) así como evitar gastos en alimentación industrializada (dar alimento procesado a 10 vacas cuesta, en promedio mensual, 12 mil pesos), además de que su producción de leche por animal pasó de 3 litros al día, a seis litros.

“Nuestro objetivo es ahorrar, mejorar nuestra economía y cuidar la naturaleza. Es el tiempo de cuidar nuestro bosque, nuestra agua y nuestra flora. El manejo que damos a nuestro ganado, en terrenos chiquitos, con técnicas agrosilvopastoriles, le hace un bien a la conservación del medio ambiente. Antes, aquí todo era potrero. Hoy, hay bosque, y cada vez habrá más…”

Epílogo: la caca…

Todo este proceso de empoderamiento de este grupo campesino, señalan sus integrantes, se dio de frente con el tradicional “coyotaje” que impera en la región, mediante el cual, intermediarios acaparan la producción de los lecheros locales, imponiendo precios injustos.

“El coyote viene –dice Melvin–, se lleva la leche y la vende a precio más alto a las productoras de queso. Por eso, nosotros decidimos hacer nuestro propio queso, el Queso Pichichi.”

Con apoyo gubernamental, los ejidatarios levantaron una pequeña planta quesera, de 20 metros cuadrados, en la que procesan de forma natural la leche que ellos mismos ordeñan.

“Cuajamos la leche de forma natural, y aunque en el proceso se emplea gas, nuestro gas es natural, lo generamos con un biodigestor que nos donó el gobierno, en el que echamos todos los días dos cubetas de caca de vaca… con eso tenemos gas suficiente.”

Si emplearan gas licuado de petróleo, explica Melvin, tendrían que desembolsar cerca de 20 mil pesos al mes, dinero que se ahorran reaprovechando el estiércol de su ganado.

“Luego, ese biodigestor convierte la caca en abono, y con eso abonamos nuestras cosechas, entonces, ni lo que comen las vacas, ni lo que comemos nosotros, está contaminado con agroquímicos.”

Planta de queso de los ejidatarios de Salto del Agua, Cooperativa Pichichi.
Planta de queso de los ejidatarios de Salto del Agua, Cooperativa Pichichi.

–Por ser natural su proceso de producción, ¿obtienen mejores precios por su queso, que el de los productores convencionales?

–Fíjate que todavía no –se lamenta el ejidatario–, nos ha costado hacerle ver al consumidor que los productos convencionales son más baratos, pero también son de menor calidad. Por ejemplo, aquí, en Pijijiapan, las fábricas de queso usan leche en polvo, que rinde más que la natural; o usan titanio para blanquear el quesillo (queso tipo Oaxaca), y usan sosa cáustica para cuajar el requesón… ¿te imaginas lo que eso le hace a tu cuerpo?

En la actualidad, la Cooperativa Pichichi comercializa su queso (tipo Oaxaca y tipo crema) en Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal de las Casas, Tapachula, Tabasco y Quintana Roo, pero el plan es crecer.

“En un par de años estaremos con los precios que soñamos. Nuestro queso es saludable y se produce de manera responsable con el ambiente… y con las vacas”, subraya Aureliano, sonriendo.

 

* El presente reportaje fue elaborado gracias al apoyo de la Alianza México REDD +, proyecto de conservación forestal financiado por las organizaciones The Nature Conservacy, Rainforest Alliance, The Woods Hole Reserch Center, y Espacios Naturales y Desarrollo Sustentable.

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