Habitantes de Ahuisculco recibieron el Año Nuevo frente a excavadoras que amenazaban sus manantiales
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Habitantes de Ahuisculco recibieron el Año Nuevo frente a excavadoras que amenazaban sus manantiales

La lucha por defender sus fuentes de agua cristalina podría no sólo haber conseguido que esta comunidad de Jalisco protegiera sus recursos naturales, también pudo haber unido a sus habitantes como nunca antes.
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Por Tracy L. Barnett // El Daily Post
5 de enero, 2016
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Habitantes de Ahuisculco recibieron el Año Nuevo frente a excavadoras que amanezaban sus manantiales. Foto: Facebook de Ahuisculco se defiende

Habitantes de Ahuisculco recibieron el Año Nuevo frente a excavadoras que amanezaban sus manantiales.
Foto: Facebook de Ahuisculco se defiende

Habitantes del pueblo de Ahuisculco, Jalisco, mantuvieron el campamento con el que buscan detener una construcción que podría dañar su fuente de agua potable, con refuerzos que llegaron para las fiestas decembrinas de lugares tan lejanos como California, Estados Unidos, para mostrar su apoyo.

“Ha sido muy alentador ver que nuestra gente siguió fuerte y comprometida, a pesar de que estos son días en que la mayoría quiere estar en casa con la familia”, dijo Juan Carlos Montes Medina, un veterinario local que se ha convertido en uno de los líderes del Comité de Defensa de Recursos Naturales de Ahuisculco.

El comité fue formado en septiembre en respuesta a las excavaciones realizadas en la zona de recarga de los preciados manatiales que proporcionan a su comunidad una cristalina agua potable natural, una rareza en México en la actualidad.

Los pobladores acaban de supercar la marca de los dos meses atrincherados en un campamento sobre la carretera que bloquea el sitio de construcción, con una carpa que funciona de capilla que alberga su preciosa Virgen de Ahuisculco.

Una empresa asociada con la gigante farmacéutica mexicana Pisa comenzó las excavaciones en septiembre para construir contenedores industriales masivos de melaza, justo aguas arriba de los borbollones de agua potable. Y después de casi dos meses de inacción del gobierno, los lugareños se encargaron, a principios de noviembre, de detener a las excavadoras estableciendo un campamento que bloqueó la construcción.

Los pobladores de la zona recibieron buenas noticias para celebrar durante las fiestas de fin de año. Primero, una reunión con el Rector de la Universidad de Guadalajara, Tonatiuh Bravo Padilla, quien mostró su apoyo al prometer evaluar cualquier estudio de impacto ambiental en el sitio,el cual debe hacerse antes de conceder un permiso de construcción por parte del estado; y segundo, representantes de la empresa manifestaron su interés en la propuesta de los vecinos para cambiar la parcela en cuestión por otra fuera de la zona en riesgo.

Contactado en la víspera de Año Nuevo, Montes dijo que el grupo se preparaba para reallizar otra fiesta de buen tamaño para recibir juntos el Año Nuevo.

“La gente está con todos los ánimos para recibir el nuevo año, y con las pilas al 100 para seguir dos o tres años más (la lucha), si es necesario”, dijo Montes poco antes de la celebración.

Sólo Montes e Ignacio Partida, otro de los líderes del comité, pudieron reunirse con los representantes de la empresa, así que solicitaron una audiencia pública en los primeros días del año para discutir el asunto con la comunidad. Sin embargo, el encuentro los dejó con la esperanza de que el objetivo de convertir el área en una zona natural protegida pronto podría ser una realidad.

“Todos estamos contentos con esta luz al final del camino, esperemos que pronto se resuelva esta situacion, pero estamos listos para seguir luchando el tiempo necesario”.

La parcela en riesgo se encuentra en el centro de un estrecho corredor de vida silvestre que conecta el Bosque Primavera, una reserva natural reconocida por la UNESCO en el borde occidental de Guadalajara, con la cercana Sierra de Ahuisculco, una reserva biológica aún más grande.

Es el corredor biológico más importante dada la conexión del Bosque Primavera con otros bosques. El objetivo de los habitantes del pueblo es que este corredor sea declarado un área protegida como el propia Bosque Primavera.

Las celebraciones por el Año Nuevo comenzaron con rosarios y oraciones para “La Chaparrita”, como cariñosamente llaman a la Virgen de Ahuisculco, pidiendole bendiciones, orientación y una solución rápida al problema para que la gente pronto pueda regresar a sus hogares y sus vidas.

Se quebraron piñatas, destaparon sidra, sirvieron pozolo y el Año Nuevo fue recibido con buen ánimo y con una guardia al rededor del fuego que duró toda la noche.

“Pasamos la noche charlando y riendo, una noche más en el plantón, una noche más sin dormir que valía la pena porque estamos defendiendo lo que es nuestro y lo que nadie nunca va a contaminar y mucho menos a llevarse”, escribió Salvador Ortiz, estudiante de ingeniería de Ahuisculco, quien prácticamente ha establecido su residencia en el campamento durante sus vacaciones.

Después de casi tres meses trabajando en el comité, Montes cree que la experiencia de mantener el campamento ha cambiado ya para bien a Ahuisculco, independientemente de lo que sucede en el largo plazo.

“Si hay algo que distingue a los mexicanos, es que estamos muy desorganizados, que somos muy apáticos, que nos la pasamos peleando con nuestros vecinos por cosas insignificantes”, reflexionó.

“Después de defender (el agua), la forma en que nos vemos unos a otros, la forma en que vivimos juntos, todo ha cambiado, nada va a ser lo mismo. Si (la lucha) nos ayuda a ser más unidos en nuestro pueblo, a desarrollar mayor respeto por la naturaleza, que es lo que hace que la vida aquí sea tan maravillosa, todo será para bien. Creo que vamos a ser capaces de encontrar una manera de vivir más sustentable con la naturaleza y a valorar más lo que tenemos. Tal vez también vamos a aprender a ser un poco más tolerantes unos con otros”.

Actualizaciones sobre el caso se pueden encontrar en las páginas de Facebook “Ahuisculco Se Defiende” y “Ahuisculco Notitas”. También hay una petición en Change.org, solicitando una revisión judicial del caso.

Para ver la versión original en inglés de este texto haga click aquí.

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"Fue un capricho de Pinochet": la historia de los 15 mil libros de García Márquez que quemó el gobierno de Chile

En noviembre de 1986, el gobierno militar de Chile ordenó la incautación del libro 'La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile', del premio Nobel de Literatura, cuando un embarque se dirigía a Santiago.
5 de junio, 2022
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El 28 de octubre de 1986, después de varios días de viaje, el ‘Peban’, un vapor de bandera panameña, atracó finalmente en el puerto chileno de Valparaíso. Mientras se preparaba para diligenciar los papeles de aduana, la tripulación recibió la noticia de que se procedería con la incautación de una parte del cargamento.

El capitán, que estaba seguro de que todo lo que llevaba en su barco estaba en regla, preguntó cuál era la mercancía que iban a retener.

La respuesta oficial fue la que menos esperaba: “Los libros”, específicamente, 15 mil ejemplares de La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, escrito por el ganador del Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, que habían sido enviados desde el puerto de Buenaventura, en Colombia.

Y que debían llegar a manos de Arturo Navarro, el representante de la editorial Oveja Negra que publicaba los libros del Nobel en aquellos años en Chile.

El libro narraba las peripecias que había que tenido que sortear el cineasta chileno Miguel Littín, quien vivía en el exilio desde el golpe de Estado que llevó a Augusto Pinochet al poder en 1973.

Littín había vuelto a Chile durante dos semanas en 1985 para filmar en la clandestinidad un documental sobre lo que estaba pasando en el país 12 años después de la irrupción militar.

Arturo Navarro

BBC
Arturo Navarro era el representante de la editorial Oveja Negra en Chile.

Luego estrenaría el documental Acta Central de Chile en el Festival de Cine de Venecia del 86.

Pero el libro de García Márquez iba más allá: contaba sobre todo detalles que no aparecían en la cinta, como por ejemplo el encuentro de Littín, quien se había hecho pasar por un empresario uruguayo, con el propio Pinochet en los pasillos del Palacio de La Moneda, donde el presidente de facto no lo reconoció.

“Yo me enteré de la incautación de los libros dos semanas después porque estaba fuera del país”, recuerda Arturo Navarro, tomándose un café bajo la nave central del Museo Nacional de la Memoria en el corazón de Santiago.

Navarro había regresado de un viaje por EU para visitar a su familia cuando se encontró con un mensaje de alerta en el contestador automático de su casa. Era de su agente aduanero y le describía una situación crítica: “Arturo, me dicen que los libros fueron quemados”.

"Esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describen cómo le habían metido los dedos en la boca"", Source: , Source description: , Image:

Para Navarro, el cargamento era fundamental: era el principal producto que esperaba exponer durante la feria del libro de Santiago, que se iba a celebrar pocas semanas después del incidente.

Él, que había sido empleado de la Editorial Nacional Quimantú (ampliamente perseguida por el régimen) y había visto a los militares ejercer la destrucción de libros en primera fila, también sabía que el régimen de Pinochet había flexibilizado sus políticas de censura.

En ese contexto, creyó que la incautación debía ser más un malentendido que un acto de represión y decidió viajar a Valparaíso para resolver el problema personalmente.

“El libro ya había sido publicado en capítulos en Chile por una revista (Análisis) meses antes”, señala Navarro. “Sin embargo, lo que me preocupaba es que, de acuerdo a la prensa, la incautación de los libros se debía al mal estado de los contenedores, que me parecía una disculpa inusual”.

Los ejemplares habían quedado bajo el control de la jefatura de Zona en Estado de Emergencia, a cargo de militares.

Cuando Navarro se acercó al edificio castrense donde podría intentar rescatar los libros, percibió de inmediato la tensión que se sentía dentro del gobierno por esos días: un mes y medio antes, el 7 de septiembre, militantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez habían estado muy cerca de acabar con la vida de Augusto Pinochet, en un feroz atentado cuando este regresaba a Santiago desde su residencia en el Cajón del Maipó, a unos 50 kilómetros de la capital.

El asalto había dejado cinco escoltas muertos y varios heridos.

“En el edificio logré hablar con un militar de rango medio al que le pedí que al menos me permitiera devolver los libros a Lima”, señala. “Pero después de hacer un par de llamadas, finalmente me dijo: ‘Navarro, no se preocupe, que los libros ya los quemamos'”.

La versión en los medios se mantenía: contenedores en mal estado, lo que podría explicar la incautación, pero nunca la incineración.

Para Navarro, era claro que la orden había venido de arriba y, aunque no tuviera pruebas, no se iba a quedar quieto hasta que la gente supiera que el régimen de Pinochet había mandado a quemar 15 mil volúmenes de nada menos que un premio Nobel.

“Yo sigo sosteniendo que esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describe cómo le habían metido los dedos en la boca”, afirma Navarro.

La noticia lo dejó abatido y sin ejemplares para la feria.

Entonces, convocó a ruedas de prensa para dar a conocer lo que había pasado, hizo la denuncia pertinente ante la Cámara Chilena del Libro y, aunque dentro del país no hubo mucho eco, en el mundo sí publicaron la noticia.

Navarro guarda recortes de prensa de medios de Grecia, Holanda y EU que hablan de los ejemplares calcinados.

Pero quedaba por saber qué era realmente lo que había pasado. “Yo de verdad no creía nada de lo que me habían dicho. Ni siquiera que los habían quemado”.

Uno de sus colegas le recomendó que el mejor camino para obtener una respuesta del régimen era la vía diplomática, por lo que decidió acudir a la embajada de Colombia, país de donde originalmente habían salido los libros.

“Ahí conocí a Libardo Buitrago, el cónsul colombiano, quien se ofreció a ayudarme”.

Poco después, gracias a la presión de un país extranjero, le llegó al cónsul un papel muy revelador, una carta fechada del 9 de enero de 1987, firmada por el vicealmirante John Howard Balaresque, en la que no solo se confirma la incineración de los libros sino también las razones: a los ejemplares de La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile se les impuso “una medida de censura previa” por considerar que el contenido “transgredía abiertamente las disposiciones constitucionales”.

“Ese papel es el único documento oficial que existe en el que el régimen de Pinochet acepta que quemó libros y que lo hizo por censura. Algo imposible de obtener en esos tiempos”, relata Navarro.

“Y ahora está acá, en el Museo de la Memoria”.

El documento, con firma oficial, le sirvió a la editorial Oveja Negra para poder cobrar el seguro por la pérdida, pero además implantó en la cabeza de Navarro una certeza que no lo abandonó nunca: la cultura sería clave en el fin del régimen.

“Esta represión a los libros, a la cultura, se daría vuelta y terminaría siendo uno de los principales motivos por los que Pinochet saldría del poder. Porque fueron los cantantes, los artistas, los escritores quienes serían fundamentales en la campaña de votar ‘No’ en el plebiscito de 1988 que acabaría con la dictadura”, concluye.


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