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Manu Ureste
Entre la incertidumbre y el desgaste económico: así viven padres de jóvenes de Tierra Blanca
A un mes de que el pasado 11 de enero un grupo de policías desapareciera a sus cinco hijos, los padres se han mantenido en un plantón frente a las instalaciones de la Fiscalía en Tierra Blanca, Veracruz. Con la ayuda económica de los ciudadanos, amigos y familiares, viven haciendo frente a la incertidumbre que los desgasta.
Manu Ureste
Por Manu Ureste
12 de febrero, 2016
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Familiares de los cinco jóvenes desaparecidos en Tierra Blanca realizaron una protesta frente a Segob el pasado lunes 8 de febrero. //Foto: Manu Ureste (@ManuVPC)

Familiares de los cinco jóvenes desaparecidos en Tierra Blanca realizaron una protesta frente a Segob el pasado lunes 8 de febrero. //Foto: Manu Ureste (@ManuVPC)

Desde que el pasado 11 de enero le comunicaron la noticia de que a su hijo Alfredo lo desaparecieron unos policías, la señora María del Carmen Díaz tiene hasta tres ataques de ansiedad al día.

“Yo trabajo en una farmacia aquí en Playa Vicente, pero desde que nos pasó esta desgracia he tenido que estar en casa pendiente de mi madre porque a cada rato sufre crisis nerviosas y se pone mal”, explica tratando de templar la voz María González, hermana de Alfredo González Díaz; uno de los cinco jóvenes que desaparecieron en Tierra Blanca tras una revisión de elementos de la policía del estado de Veracruz.

Y la situación de su padre, lamenta, es aún peor: el shock por la noticia del pasado lunes, cuando la Secretaría de Gobernación anunció que hallaron restos de dos de los cinco jóvenes en el rancho El Limón, en el municipio de Tlalixcoyan, agravó las dolencias que padece José Alfredo González por una diabetes. Misma que ya le hizo perder un pie y su trabajo de toda la vida como ganadero.

“Desde que era pequeño mi hermano trabajaba en el rancho cuidando ganado. El siempre fue vaquero hasta que perdió su pie hace un par de años. Entonces, tuvo que entrar a tratamientos muy rigurosos y fue cuando mi sobrino se quedó al pendiente de su padre y del sustento de la casa”, cuenta Rocío Arróniz, tía de Alfredo González, de 25 años.

Cuestionada acerca de cómo se mantiene ahora la familia tras la desaparición de Alfredo, quien trabajaba en el rancho del presidente municipal de Playa Vicente cuidando caballos y vacas, Arróniz explica que ella misma y otros familiares son quienes los están sosteniendo como pueden.

“La familia de Alfredo siempre trabajó bien, son gente humilde pero muy trabajadora. Lo que sucede es que jamás pensaron que tendrían este problema”, añade la señora.

Por su parte, María González cuenta que, hasta el momento, el patrón del rancho en el que trabaja su hermano les está pasando la quincena que debería estar ganando Alfredo para ayudarlos con los gastos. Un gesto humano, dice la joven tras exhalar un suspiro casi imperceptible, que está aliviando la carga económica de la familia en estos momentos de incertidumbre.

“Esto es algo que te desgasta por dentro”

A pesar de la noticia del hallazgo de restos de dos de los jóvenes en un rancho, Carmen Garibo asegura que no pierde la esperanza de que todo sea solo una pesadilla pasajera y que su hija Susana, una joven de apenas 16 años que aspira a trabajar como ingeniera en Pemex –aquí puedes leer el perfil de los cinco-, pronto volverá a su casa para ayudarla con la tienda de abarrotes que regenta.

“No podemos aceptar eso que dijeron de que encontraron restos de nuestros muchachos en un rancho”, dice la señora, que a continuación deja fluir unos segundos en silencio para añadir tras reflexionar brevemente: “Bueno, no lo queremos aceptar –matiza resignada y con un tono de voz apagado, como si acabara de entender bien sus propias palabras-. Queremos creer que esos resultados son un error y que nuestros muchachos están bien. Por eso seguimos esperando con la fe puesta en Dios”.

No obstante, a pesar de las oraciones que hacen a diario, Carmen no puede evitar sentirse cada vez más cansada.

“Ahorita estoy tranquila porque somos varios padres y estamos pasando juntos los momentos más difíciles de nuestras vidas. Pero esto es algo que no se lo deseas ni a tu peor enemigo. Es algo muy fuerte, que te desgasta por dentro”, cuenta Carmen, quien además de Susana es madre y padre a la vez de otros tres hijos que ha sacado adelante ella sola.

“Somos una familia humilde que siempre nos hemos dedicado a la tiendita. Por eso mis otros hijos están allá, en Playa Vicente, ayudándome en lo que pueden para sacar el negocio adelante en lo que yo estoy aquí”, explica la señora, que agrega que gracias también a la solidaridad de la gente de Tierra Blanca y de Playa Vicente han podido subsistir los 30 días que hoy se cumplen desde la desaparición de los jóvenes a manos de la policías estatales.

“La gente de Tierra Blanca se está portando muy bien -subraya la madre de Susana-. Nos han apoyado con comida, con cobijas, colchonetas, y hasta vienen aquí al campamento a hacer oración con nosotros”.

“Gracias a la solidaridad de la gente de Tierra Blanca y de Playa Vicente, que nos traen víveres, podemos estar aquí todavía exigiendo justicia a las autoridades”, comenta por su parte Dionisia Sánchez, madre del también desaparecido Mario Arturo Orozco, quien depende de los ingresos que le da su pequeño negocio particular de pedicure.

Protesta en la Ciudad de México por la desaparición de cinco jóvenes en Tierra Blanca, Veracruz. //Foto: Manu Ureste (@ManuVPC)

Protesta en la Ciudad de México por la desaparición de cinco jóvenes en Tierra Blanca, Veracruz. //Foto: Manu Ureste (@ManuVPC)

“Los padres no han recibido ni un centavo del Estado, ni una botella de agua”

René Acatitla conoce a la familia de José Benítez desde hace 35 años. De hecho, José de la O, uno de los cinco desaparecidos, es su ahijado. Por eso, balbucea con voz macilenta al otro lado del hilo telefónico, esta situación la siente en carne propia.

“La familia de mi ahijado tiene una tortillería y una purificadora de agua. Son gente trabajadora y humilde, gente de bien. Por eso me da tanto coraje todo esto que está pasando”, cuenta Acatitla, quien denuncia que aún se siente “consternado, ofendido y preocupado” por la reunión que mantuvieron el pasado lunes en la Ciudad de México con personal de la Procuraduría General de la República (PGR).

En ese encuentro, tres funcionarios federales les confirmaron que la dependencia no ha investigado el caso, y que las pesquisas siempre estuvieron del lado de la Fiscalía de Veracruz.

“Las familias de los muchachos se encuentran muy mal porque no hay atención por parte de las autoridades, porque les estuvieron mintiendo durante 28 días diciéndoles que la PGR investigaba el caso, y porque a pesar de estar en un plantón ante una Fiscalía, donde se supone que deberían estar protegidos, se sienten en peligro constante”, señala el veracruzano.

En cuanto a si alguna autoridad local, estatal o federal, ha brindado ayuda a los padres en este mes en el que han tenido que dejar sus trabajos para ir a exigir a las autoridades que hagan su labor y encuentren a los jóvenes, René Acatitla suelta una risa cansada que ensucia el sonido del teléfono.

“¿Qué si han recibido ayuda del Estado? –pregunta irónico-. Ni un centavo, hermano. Ni una botella de agua –contesta enojado-. Eso te lo puedo firmar ante notario si quieres”.

Por su parte, Bernardo Benítez, padre de Bernardo Benítez Arróniz, de 25 años, indica que hasta el momento sólo la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) les ha ofrecido pagarles los gastos que puedan comprobar, así como los gastos de un segundo peritaje a los restos humanos encontrados en el rancho El Limón.

“Sí ha habido un ofrecimiento de la Comisión para que estos gastos corran de su cuenta –admite Benítez, quien es dueño de una distribuidora de cerveza en la que trabajaba su hijo desparecido-. Pero hasta este momento son solo promesas”.

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BBC
Infierno en casa: la pesadilla de los padres obligados a vivir con sus hijos adultos por razones económicas
Sue Elliott-Nicholls adora a su hijo de 23 años, pero la convivencia en la casa familiar puede ser una pesadilla. Él está de acuerdo.
BBC
10 de abril, 2019
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Es muy común en América Latina —y cada vez más en otras partes del mundo— que los hijos sigan viviendo en la casa familiar años después de que han empezado a trabajar, por la brecha que existe entre los alquileres y los salarios. Sue Elliott-Nicholls y su hijo Morgan Elliot concuerdan en que la convivencia puede ser una pesadilla. Esta es la historia, contada por Sue, con comentarios de Morgan.


Es un día particularmente cálido de primavera. Llego a la casa. He tenido un buen día en el trabajo y fue muy agradable regresar a la casa en bicicleta. Disfruto de las noches ahora que hay más luz.

Llego temprano. Apenas son las cuatro de la tarde. Quizás pueda tomarme una taza de te en el patio.

Y de repente, me azota.

Abro la puerta de la casa y me envuelve un aire caliente como si fuera un ventarrón del Sahara.

¡Tiene la maldita calefacción encendida!

Le cuento a una vecina. Ella saca un tapón de bañera de su bolsillo y me lo muestra.

“Lo saco así no puede pasarse toda la tarde en la bañera, mientras yo trabajo para asegurarme de que tengamos un techo”, dice.

Puede que estés pensando en que las dos estamos en relaciones amorosas disfuncionales. Y, de alguna manera, lo estamos… ¡Pero con nuestros hijos!

Tienen alrededor de 20 años y se ven obligados a vivir con nosotros porque sus salarios no les alcanzan para pagar una renta en Londres (y me refiero solo a la renta, olvídate de las cuentas).

Según el centro de investigación Civitas, el 49% de los jóvenes de 23 años vive con sus padres. En 1998, era el 37%.

Estos son nuestros hijos. Los que no son lo suficientemente privilegiados como para disfrutar los servicios del “banco de mamá y papá”, pero son lo suficientemente privilegiados como para disfrutar (o no) la vivienda de sus padres, a una renta muy subsidiada.

Debo decir que en este punto, mi hijo Morgan no es un vago. Es trabajador, motivado para hacer dinero y salir adelante en la vida.

Me da un poco de pena. Después de vivir tres años en Manchester, disfrutando de su independencia, dejando los platos sucios por días y toallas mugrientas por el suelo, tener que regresar a vivir en una pequeña habitación en una casa donde pueden escuchar todas tus conversaciones —y hasta tu respiración— debe ser desesperante.

¿Pero cómo hago para dejar de ser una madre pesada y dejar tranquilo a mi hijo?

Comentario de Morgan: esta chaqueta Moncler en la que gasté casi todo mi préstamo estudiantil no es lo suficientemente abrigada para las condiciones árticas en las que me he encontrado recientemente.

Creo que ni un oso polar podría sobrevivir las temperaturas que nos hace soportar mi madre. Es irónico que gaste literalmente US$13 por día en café, pero no pueda pagar por calentar la casa para su querido hijo.

Morgan

BBC
Morgan contribuye en las tareas domésticas, pero no hace las cosas del mismo modo que su madre.

Hay vasos en lavaplatos que está lleno de agua sucia porque lo cargaron mal. Él tiene un título universitario, ¿cómo es posible que no sepa poner un vaso en el lavaplatos?

El chorizo delicioso para la cena familiar desapareció. ¿Quizás pueda usar una pechuga de pollo para la cena? No, aparentemente no. ¿O las costillas de cordero? No, tampoco. No quedaron ninguna de estas cosas.


“¿Qué?”, dice. “No me dijiste que no las coma”.

Hemos retrocedido. Ha vuelto a ser un adolescente petulante y yo, una gritona.

Comentario de Morgan: dado que soy su hijo, tiene sentido que mi madre quiera alimentarme. Sin embargo, este no parece ser el caso. A veces, veo un pedazo de pollo en la nevera y puede que decida cocinarlo. El teléfono de mi madre está apagado, pero seguro que darle a su hijo algo de comer no puede ser un gran problema. No es así. Una pequeña decisión mía se ha transformado en una situación por la que me pueden echar de la casa. Y esto no es una exageración. “¡Eres un hombre de 23 años!“, me grita. “¡Exactamente! ¡Y un hombre de 23 años necesita comer!”.

Hablemos de la calefacción. ¿Mencioné antes lo de la calefacción?

Si hace frío y estoy trabajando en la casa, prendo le estufa en una habitación. Imagina mi furia cuando lo veo por la casa en camiseta y calzoncillos, con todos los radiadores encendidos.

¿Qué hago en esta situación?

  • Opción 1: le doy unos golpes. No, tiene 23 años. Esta no es una opción.
  • Opción 2: le digo que pague más de alquiler y me arriesgo a una discusión por dinero.
  • Opción 3: entro en modo zen y pago más por la calefacción e ignoro la voz dentro mío que me dice que es tremendo.
  • Opción 4 : le pido que se vaya si no puede hacer nada para que no aumenten las cuentas. Parece un poco drástico…

Es el gasto escondido lo que Morgan no ve. Cuesta dinero poner a andar el lavarropas solo por un par de cordones.

El horno encendido al máximo por una salchicha y que luego queda prendido todo el día cuesta dinero.

“He estado pensando en apagar el gas cuando estamos fuera”, se ríe mi marido. Yo también me río, hago una pausa y le pregunto. “¿Se puede?”.

Él le cuenta a nuestro hijo cómo, en su época, se esperaba que contribuyera con la mayor parte de su sueldo a las arcas familiares.

Tony, Morgan y Sue Elliott-Nicholls

BBC
Parece que hemos hecho una regresión, dice Sue.

“Pero eso fue hace 350 años y eran tiempos más difíciles”, digo, una vez más, desautorizándolo como cuando los niños eran pequeños. Toda la familia está haciendo una regresión.

Si fuésemos compañeros de casa, ya nos habríamos matado.

Pero más tarde, como suele pasar en las familias, nos reímos todos juntos en la cocina y nos olvidamos de los malos ratos.

Hasta la próxima vez…

Comentarios de Morgan: Desafortunadamente para mí, tengo muchos amigos ricos, por eso la idea de que mi mamá tome dinero mío en vez de darme dinero para ayudarme a pagar un alquiler me parece absurda. No es un problema en sí y entiendo que hay que pagar las cuentas, pero parece que mi alquiler aumenta casi todos los meses.

Mi mamá busca cualquier excusa para subirla y cuánto más gano, más quiere que pague. El sistema parece un engaño de esos de internet. Un contrato de seis meses al menos me permitiría hacerme una idea de qué presupuesto necesito para los próximos meses. Y eso, por supuesto, incluye la compra de zapatos deportivos.

Morgan dice que se siente juzgado por nosotros y, en cierto punto, es verdad.

Pero también siento que él nos juzga. Cuando nos tiramos en el sofá el viernes por la noche con unas cervezas y unas papitas fritas, y los chicos empiezan a salir en el momento en que estamos pensando en ir a dormir, me siento una fracasada.

Cuando salimos o cuando vienen a visitarnos amigos, se lo cuento orgullosa a mis hijos y me doy cuenta de que estoy esperando aprobación. “Mira tengo amigos, tengo una vida social, soy cool yo también”.

Comentarios de Morgan. Hablando de juzgar, imaginen este escenario que no es hipotético: acabo de llegar del trabajo y estoy completamente exhausto. Tengo ganas por una vez de fumar un porro. En el verano me iría muy feliz a fumar en el parque, pero en este preciso momento el jardín me parece lo más apropiado. Pero, si me descubre mi madre, va a pensar que son un drogadicto. Y, a juzgar por la conmoción que causa el hecho de que suba la calefacción, no creo que tenga el dinero suficiente como para mandarme a un centro de rehabilitación este año. Además, la ventana de mi hermano está abierta y si el viento empuja el humo hacia su cuarto, mi padre se dará cuenta y tendré que dejar de fumar. No que él haya sido mejor que yo a mi edad.

Sí es verdad, juzgo. Noto sus zapatillas nuevas.

“¿Por qué compras zapatos deportivos de US$200 cuando deberías estar ahorrando para el depósito de un departamento”, menciono casualmente.

Apenas estas palabras salen de mi boca me arrepiento. Cuando yo era joven, de hecho eso era cuando él era un bebé, yo me compraba ropa cara porque en ese entonces no tenía esperanzas de poder comprar una casa.

“Si pago renta, al menos debería poder traer chicas a casa”, dice Morgan.

Bueno, chicas sí, pero amigas. En última instancia, esta es aún una casa familiar.

Morgan y Spencer

BBC
Morgan y su hermano Spencer. Ambos viven aún con su familia.

Viviendo en una casa con todos hombres, no hay nada que me guste más que que venga una chica. Casi les suplico que no se vayan cuando las veo salir por la puerta.

Pero esta no es una casa de solteros, así que si vienen, me gustaría al menos verlas y hablar con ellas.

Ahora me siento como una mojigata. Una neurótica y miserable mojigata.

¿Otras culturas lo harán mejor? ¿Tienen reglas?

Comentarios de Morgan: Son las 3 de la mañana en Shoreditch (un lugar de salida de los jóvenes en Londres). Y puede que haya encontrado a mi posible futura esposa. Dimos vuelta por la zona como 10 veces tratando de encontrar un bar abierto pero no tuvimos suerte. Actúo como si no tuviera un lugar donde llevarla.

Claro que tengo, pero no sé cuán cómodo será que conozca a mi familia tan pronto. Ellos asumirán que es mi novia y empezarán a hacerle preguntas. O peor, ¿y si el baño está hecho un asco?

Me estoy empezando a preguntar si no sería bueno alquilar algo barato. Cuando era joven, era más fácil llevar chicas, pero ahora ya son mujeres.

“Apenas se vaya lo vas a extrañar”, dice una amiga.

“Y luego vuelven y tienes que acostumbrarte, y luego se van de nuevo”.

Morgan y Spencer

BBC
Aunque Morgan trabaja y está motivado para ganar dinero, su salario no alcanza para pagar una renta en Londres.

Un estudio llevado a cabo por la London School of Economics dice que este ir y venir de los hijos causa un deterioro en la salud mental de los padres.

Pero sé que lo extrañaré cuando se vaya. Mis hijos tienen ahora 17 y 23, y cuando estamos todos juntos charlando en la cocina o cuando los escucho reír en la sala, me emociona pensar en lo fantásticos que son.

Son una compañía excelente, graciosos, interesantes, considerados y divertidos.

Un día se irán. “Pero eso está bien”, me digo. “Regresarán muy pronto”.


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