Entre sicarios y autodefensas: la peligrosa vida de los sacerdotes en Michoacán
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Entre sicarios y autodefensas: la peligrosa vida de los sacerdotes en Michoacán

Ser sacerdote es una vocación de alto riesgo en México. Especialmente, en la región que abarca la Diócesis de Apatzingán, en el estado de Michoacán que hoy visitará el Papa Francisco. En esa zona, que en 2014 fue el epicentro del enfrentamiento entre autodefensas y el cártel de Los Caballeros Templarios, seis párrocos han sido asesinados desde 1985.
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Por Manu Ureste
16 de febrero, 2016
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Grupos de autodefensas patrullan en Churumuco de Morelos, en el estado de Michoacán. //Foto: Cuartoscuro

Grupos de autodefensas patrullan en La Ruana, en el estado de Michoacán, en una imagen de archivo. //Foto: Cuartoscuro

“Mire padre, si no se va del pueblo lo vamos a apedrear y lo vamos a colgar”.

El sacerdote José Luis Segura, de 60 años de edad, habla con un ritmo de plática lento, sereno, y no altera el tono de voz ni siquiera cuando narra la última amenaza de muerte que recuerda. Fue en marzo del 2014, cuando los familiares de un líder asesinado de autodefensas –grupos de civiles que se alzaron en armas en el estado de Michoacán para combatir por sus medios a los cárteles de la droga- se presentaron en su parroquia para reclamarle por lo que dijo en una entrevista.

“Estas personas se enojaron mucho conmigo porque denuncié que su familiar había sido integrante del cártel de Los Caballeros Templarios. Y por eso vinieron a advertirme de que me iban a correr del pueblo”, relata desapasionado el clérigo, como si lo que cuenta fuera un capítulo más de su trabajo en La Ruana, una pedanía del municipio Buenavista Tomatlán que pertenece a la Diócesis de Apatzingán, en la llamada Tierra Caliente.

52 sacerdotes asesinados; 6 en diócesis de Apatzingán

No obstante, José Luis Segura no siempre tuvo ese temple ante las amenazas, cuenta en una entrevista con Animal Político en el contexto de la visita del papa Francisco este martes 16 de febrero a Morelia, capital michoacana.

De hecho, antes de que el anterior obispo de la entidad, Miguel Patiño Velázquez, lo destinara en febrero de 2014 a La Ruana, en pleno estallido del enfrentamiento entre autodefensas y sicarios de Los Caballeros Templarios, el sacerdote pasó 20 años de su vida en escritorios, oficinas y dando clases de filosofía a jóvenes seminaristas.

Muy lejos de los riesgos que implica ser un cura comprometido con las causas sociales en México; país en el que según informó el pasado mes de enero la Unidad de Investigación del Centro Católico Multimedial (CCM), 52 personas vinculadas a la Iglesia, en su mayoría párrocos, han sido asesinadas en los últimos 25 años, de los cuales seis sacerdotes pertenecían a la Diócesis de Apatzingán, una de las más golpeadas por la violencia. (Aquí puedes leer el informe íntegro del Centro Católico Multimedial).

“Mi vida cambió radicalmente en La Ruana -resalta el sacerdote-. De ser un sacerdote que hacía un trabajo más de rutina dando clases y administrando liturgias religiosas, pasé a ser un sacerdote en una zona de guerra sitiada por los criminales, donde tenía que ayudar a la gente a buscar alimentos, y tenía que consolar a los heridos y visitar a las gentes más traumadas por esta guerra”.

Además de ayudar a la gente en la “guerra”, Segura explica que lo más difícil llegó después, cuando se puso en mitad del fuego cruzado entre los propios autodefensas, cuando los líderes Hipólito Mora y Luis Antonio Torres, alias El Americano, se enfrentaron a balazos en diciembre de 2014, dando como resultado la muerte del hijo de Mora y de otras 10 personas.

“Otro cambio radical en mi vida fue cuando sacaron a Hipólito Mora de La Ruana (quien fue detenido por las autoridades y posteriormente liberado) y los del Americano se apoderaron de la zona”, subraya el sacerdote, quien denuncia públicamente a Luis Antonio Torres como un “infiltrado” en las autodefensas que trajo de vuelta a exintegrantes de Los Caballeros Templarios para formar otro cártel, La Tercera Hermandad, o Los H3, grupo que en la actualidad controla el pueblo.

“Con El Americano regresaron los templarios pero con otro nombre. Y ahora se quieren vengar de todas las personas que los habían expulsado y que trataron mal a sus familiares”, expone el sacerdote, quien admite que en el bando de Hipólito Mora también se cometieron excesos como “apoderarse” de propiedades de los templarios y sus familias, y “tratar mal a las gentes contrarias”.

“Cuando sacaron a Hipólito y desorganizaron a su grupo, a mí me tomaron ojeriza Los H3 porque yo tenía que defender a toda la gente de La Ruana, independientemente de que fueran partidarios de un grupo o de otro”, agrega el sacerdote, quien desde ese entonces cuenta que vive “un calvario” de amenazas y de misas boicoteadas por “malandros” que tiran balazos afuera de la parroquia, o que apedrean su oficina y amenazan con golpizas a los fieles para que no vayan a la iglesia.

“Los del H3 ponen alrededor de la parroquia muchas camionetas con gente armada. Normalmente son chamacos que están tomando toda la noche, haciendo bronca e intimidando a la gente”, dice el sacerdote, quien no obstante admite que la situación en los últimos meses “se ha ido calmando” en La Ruana.

“La última molestia fue este 24 de diciembre pasado –apunta-, cuando casi no dejaron que se celebrara la misa de Nochebuena de tantos balazos que tiraron alrededor del templo”. 

“Si me amenazan no le puedo pedir al obispo que me mande a un grupo de seminaristas a defenderme”

Cuando se le cuestiona si toma medidas especiales de seguridad, como por ejemplo otras parroquias de Yucatán y Tabasco que ante la inseguridad están equipando los recintos religiosos con cámaras de videovigilancia, o si ha buscado protección en las autodefensas de Hipólito Mora, el párroco lanza un suspiro.

“Para qué hago teatros –dice resignado-. Sería inútil tomar medidas de seguridad porque si me quisieran matar lo podrían hacer en cualquier parte. Por eso ando siempre solo, para no poner en peligro la vida de nadie”.

-¿Pero la Iglesia Católica no le ofrece protección? –se le insiste-.

-¿Y qué protección me pueden dar? –contesta el cura con una pregunta-. Si la gente aquí tiene armas y viene y me amenazan, no voy a ir con el señor obispo para que me mande a un montón de seminaristas como si fuera un grupo armado –Segura lanza ahora una carcajada al otro lado del hilo telefónico-. Más bien lo que hay que hacer es exigir a las autoridades que luchen para que la legalidad sea la que impere y no la violencia ni la brutalidad.

Tras reflexionar unos segundos lo que va añadir a continuación, el párroco lanza un aviso a navegantes:

-Y por nuestra parte, los sacerdotes tenemos que usar siempre los medios correctos para luchar. Es decir, no se puede de ninguna manera aceptar dinero de esas personas que son criminales, ni se les debe hacer servicios especiales ni darles trato preferencial. No se debe tampoco socializar con ellos, porque entonces estaríamos aprobando lo que hacen y lo que son.

Sobre qué le diría al Papa Francisco durante su visita a Michoacán, José Luis Segura dice que, como el resto de la comunidad de La Ruana, le daría la bienvenida, aunque le pediría un favor.

“Si el Papa dijera alguna palabra sobre la indefensión, la injusticia, el abuso, la criminalidad y la complicidad con los criminales y la corrupción que existe en el gobierno, nos ayudaría mucho a todos en Michoacán y a las víctimas en México en general –subraya el párroco-. Porque sabemos que si el Papa dice algo de esto, se va a escuchar en todas partes. Y entonces el gobierno, como sea, tendrá que reaccionar”.

“El único oficio que nos queda es el de sepultureros de unos y otros”

Miguel López es el párroco de Tepalcatepec, otro de los municipios de la Diócesis de Apatzingán más golpeados por la violencia de Los Caballeros Templarios en los últimos dos años.

Con una voz ronca, profunda, y una oratoria fluida y repleta de recursos –lo mismo cita con precisión pasajes del Evangelio que frases de teólogos alemanes-, López explica que los curas de la región de Apatzingán aún se encuentran en mitad de una encrucijada, entre la víctima y el victimario.

“El único oficio que nos queda es el de ser sepultureros, porque hasta la mano se vuelve diestra para enterrar a unos y a otros”, dice con solemnidad, casi como si estuviera recitando un poema trágico.

“Y aunque la situación ahora es de relativa calma, se nota que lo que viene no es la primavera, sino otra vez el invierno –advierte enigmático a continuación, casi en un tono profético-. Entonces, uno como sacerdote lo único que puede hacer es acompañar a la gente. Porque uno quisiera para la máquina que asesina. ¿Pero cómo detener a esa máquina que se ha vuelto autónoma y que obra en la noche, como Judas? –se pregunta, retórico-. ¿Cómo detener una máquina que pare armas que siembran muerte? Pues no tenemos más recurso que hacer lo que dice el Evangelio, que es llorar con los que lloran, y gritar ‘Ya basta’”.

Respecto a la seguridad de los religiosos, Miguel López asegura que es muy consciente de los riesgos que implica denunciar a los criminales en la región de municipios que abarca Apatzingán, donde desde 1985 suman seis sacerdotes asesinados de 55 que integran la Diócesis. El último fue Víctor Manuel Diosdado, “un muchacho de apenas 35 años” que era párroco en San José de Chila, quien en un principio fue reportado muerto tras un accidente de tráfico rumbo a Caguato, pero del que Andrés Larios, vicario en el municipio de Coalcomán, dijo en una entrevista con el programa Punto de Partida de la periodista Denise Maerker que se sospecha que fue secuestrado por el crimen organizado y posteriormente abandonado en una carretera.

A pesar de esto, López recurre de nuevo a la oratoria para sentenciar que su única seguridad es su fe en Jesucristo.

“La seguridad personal de nosotros es la seguridad que nos da ser cristianos. Es decir, estamos en manos de Dios. Y no tenemos más armas que un corazón y el Evangelio”, concluye el sacerdote.

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COVID: la conversación en un autobús que llevó a salvar cientos de miles de vidas

Un encuentro de dos científicos en un autobús condujo a un ensayo clínico para encontrar tratamientos para salvar vidas de enfermos de COVID-19.
27 de marzo, 2021
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El ensayo clínico llamado RECOVERY (Random Evaluation of Covid-19 Therapy o Evaluación aleatoria de terapias para covid-19) inició en marzo de 2020 para probar medicamentos que ya existían en pacientes con covid y estudiar si éstos tenían un efecto sobre la enfermedad. Gracias a este ensayo se han salvado cientos de miles de vidas.

Todo comenzó en el autobús número 18 en Londres. Mientras se abría paso entre el tráfico, dos pasajeros estaban enfrascados en una conversación.

Lo que acordaron en ese trayecto, que tuvo lugar antes del confinamiento en la ciudad por covid-19, cambiaría el curso de la pandemia y posiblemente el futuro de la medicina.

Llevó al trabajo conjunto de investigadores, el Servicio Nacional de Salud británico (NHS) y 40.000 pacientes de covid en un esfuerzo especialmente adaptado a un sistema nacional de salud pública.

Y salvaría la vida de cientos de miles de pacientes de covid en todo el mundo. La conversación de estos dos pasajeros llevó a la creación del ensayo clínico Recovery.

Los dos pasajeros del autobús eran el profesor Martin Landray, médico y diseñador de ensayos de fármacos a gran escala, y Jeremy Farrar, director de Wellcome Trust, uno de los mayores organismos de financiamiento para investigación médica del mundo y uno de los fundadores de Recovery.

La fecha era el 9 de marzo de 2020. Ambos discutían la pandemia inminente, las escenas que se veían en Italia, que fue el primer país de Europa en sentir el impacto devastador del virus, y la inevitabilidad de que Reino Unido se enfrentaría a lo mismo.

“Lo que acordamos en ese viaje en autobús fue que el tsunami llegaría en un par de semanas y teníamos que tener un ensayo en funcionamiento en dos semanas”, explica el profesor Landray al programa Inside Health de la BBC.

“Nueve días después, se inscribió al primer paciente, y el año que pasó ha sido extraordinario”, agrega.

Dos semanas antes, el profesor Landray le había enviado un correo electrónico a Jeremy Farrar para subrayar la importancia de los ensayos.

Lo que pasó a ser uno de los momentos más importantes en el enlace de vínculos científicos comenzó cuando Farrar respondió: “Será mejor que hable con Peter”.

Píldoras de dexametasona

Science Photo Library
El ensayo Recovery ha salvado la vida de cientos de miles de pacientes de covid en todo el mundo.

Las campanas de alarma ya habían estado sonando para el profesor Peter Horby desde el 2 de enero, cuando surgieron informes de una “neumonía viral” en Wuhan, China.

Para Horby, esto tenía todas las características del síndrome respiratorio agudo severo (o SARS) de 2003.

“Para mí estaba bastante claro que había un problema que podría salirse de control si no teníamos cuidado”, señala el profesor Horby, un destacado experto en enfermedades nuevas y emergentes.

Ya había ayudado a establecer dos ensayos de medicamentos en Wuhan, pero debido al confinamiento allí, no obtuvieron ningún resultado.

“Las salas de hospitales estaban abarrotadas”

Juntos, el profesor Horby y el profesor Landray formarían el eje científico que definiría el tratamiento de covid.

Se vieron impulsados por los errores del pasado. El peligro en una pandemia es que todos empiezan a correr como pollos sin cabeza y los científicos y médicos actúan solos, cada uno probando diferentes tratamientos en un pequeño número de pacientes; creando mucho ruido, pero sin respuestas.

El ruido ya estaba aumentando. Se presentaba como evidencia ensayos con una decena de pacientes o experimentos con células en un laboratorio.

Incluso el presidente Donald Trump estaba proclamando los beneficios del medicamento contra la malaria hidroxicloroquina, cuando la evidencia era escasa o inexistente.

El objetivo de Recovery era brindar claridad en medio del caos.

Hubo cuatro claves en el éxito de Recovery:

  • Se puso en marcha rápidamente, en un mundo en el que las pruebas pueden tardar más de un año en configurarse.
  • Era grande, involucraba a todos los hospitales de pacientes graves y a uno de cada 10 pacientes con covid en Reino Unido, por lo que incluso se pudo encontrar medicamentos que tuvieran solo un beneficio moderado.
  • Los pacientes fueron asignados al azar para recibir atención estándar o un medicamento experimental, de modo que los médicos pudieran ver la diferencia entre los dos.
  • Y fue simple.
Una dosis de dexametasona

Reuters
Uno de los fármacos involucrados en el ensayo fue la dexametasona, un esteroide.

El Recovery tuvo un marcado contraste con el ensayo clínico moderno, que se arrastra bajo el peso de la burocracia, los contratos con todos los hospitales, los criterios estrictos sobre los participantes y una gran cantidad de trabajo para quienes miden y recopilan datos.

Si el ensayo iba a tener éxito, era necesario trabajar en salas sometidas a una intensa presión.

“Las salas estaban abarrotadas, los médicos estaban abrumados con pacientes enfermos. Para que un ensayo clínico funcione, este no puede interferir con la atención médica”, dice la Dra. Raha West, médica de cuidados intensivos en Buckinghamshire, quien dirigió el ensayo en su hospital.

“Con el Recovery esto fue fácil”.

El profesor Landray dice que “eliminaron todo” para que el Recovery fuera tan básico que inscribir a un paciente en el ensayo era tan fácil como recetar el medicamento.

Uno de los primeros desafíos fue decidir qué medicamentos deberían estar involucrados.

El coronavirus era una entidad nueva, un desconocido sin reglamentos a seguir.

El profesor Horby y el profesor Landray seleccionaron los medicamentos más prometedores para enfermedades similares o los que habían surgido de las pocas investigaciones sobre covid.

Si el paciente quería participar, su médico seleccionaría en una computadora cuáles de los medicamentos involucrados en el ensayo eran seguros según el historial médico del paciente y la computadora decidiría qué medicamentos se debían administrar.

El fármaco dexametasona, un esteroide antiguo y barato que ya se había utilizado en infecciones respiratorias, se convirtió rápidamente en una fuente de controversia.

La reacción fue dura y rápida y se acusó a los dos expertos de comportamiento poco ético y peligroso.

La dexametasona calma el sistema inmunológico y algunos argumentaron que era lo peor que se podía hacer cuando el cuerpo estaba combatiendo una infección.

“Tengo un cajón lleno de cartas que me dicen que estoy matando gente”, me dijo el profesor Horby. Pero lo tranquiliza saber que también tiene un cajón de “cartas de amor y correos de elogios”.

Saltando de alegría

dexametasona

Getty Images
El tratamiento con dexametasona se convirtió en política del NHS y el resto del mundo lo siguió rápidamente.

Cada fármaco que probaron fue puesto a prueba porque pensaron que existía la posibilidad de que funcionara. La dexametasona fue el primero que lo demostró.

Apenas 100 días después de ese trascendental viaje en autobús, el profesor Landray y el profesor Horby se prepararon para contarle al mundo sus hallazgos.

Sabían que estaban a punto de cambiar el tratamiento para los pacientes en todas partes y habían pasado una semana repasando los números repetidamente para estar seguros.

El 16 de junio estaban listos.

“Fue un resultado hermoso, hermoso”, dice el profesor Landray.

El profesor Horby recuerda a su jefe saltando de alegría al otro lado de una videollamada cuando transmitió los resultados.

Para quienes estaban conectados a un ventilador, como Katherine Millbank, el fármaco redujo la posibilidad de morir en un tercio.

Ella fue una de las primeras pacientes que obtuvo el medicamento en el ensayo.

Cuando las enfermeras corrieron las cortinas alrededor de su cama, todos los que estaban en la sala de cuidados intensivos la aplaudieron.

“Estoy eternamente agradecida con todos ellos por salvarme”, le dijo Katharine a Inside Health.

Cuatro horas después del anuncio, el tratamiento con dexametasona se convirtió en política del NHS y el resto del mundo lo siguió rápidamente.

La doctora Raha West rompió a llorar cuando llegaron los resultados. Todos los pacientes que inscribió en el ensayo terminaron recibiendo dexametasona.

“Nunca lo olvidaré, fue muy emotivo”.

Ahora se estima que la dexametasona sola ha salvado cientos de miles de vidas; posiblemente más de un millón.

El Recovery mostró que otro fármaco, tocilizumab, también salva vidas.

Pero el ensayo también se enfrentó a fracasos. El fármaco contra la malaria hidroxicloroquina, la combinación de lopinavir / ritonavir que se usan contra el VIH y el antibiótico azitromicina habían sido promocionados, pero finalmente se demostró que no tenían ningún efecto.

Su éxito dependió de la disposición de los pacientes, que en uno de los momentos más espantosos de sus vidas, estuvieron dispuestos a participar.

Aiden Temple, de 10 años, que tenía un trastorno inmunológico poco común después de contraer el virus, quiso hacer la diferencia.

“Fue muy aterrador, pero me sentí bastante orgulloso de poder ayudar a otras personas a mejorar rápidamente”, dijo.

También se necesitaron los esfuerzos de miles de médicos y enfermeras, así como de un equipo de unos 20 científicos en Oxford, para recopilar y analizar los datos.

El Recovery logró algo que ninguna otra prueba ha obtenido. Ya tiene garantizado un lugar en los libros de historia solo por su papel en la pandemia de covid.

La esperanza es que sea un catalizador de cambio en la medicina para hacer ensayos de estilo Recovery que brinden respuestas sobre los mejores tratamientos para otras infecciones, como la fiebre de Lassa, o que finalmente demuestren si las píldoras de vitamina D son la cura para todo lo que a menudo se dice que son.

“Creo que ha establecido un nuevo estándar para lo que se puede lograr y no solo durante las pandemias”, me dijo el profesor Landray.

“Sería una farsa si volviéramos a una situación en la que a veces se necesitan años para que un ensayo despegue”.


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