10 años en el exilio: La historia del periodista que perdió todo por indagar corrupción en Sinaloa
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10 años en el exilio: La historia del periodista que perdió todo por indagar corrupción en Sinaloa

El periodista Oliver Acuña tuvo que abandonar primero Culiacán, luego Sinaloa y, finalmente México tras evidenciar la red de corrupción en la que operaba la policía en el estado, y que terminó por matar a un joven. Ha pasado una década y esta es su historia.
Especial
Por Paris Martínez
15 de marzo, 2016
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Loreto Antonio López Carvajal, El Toñito, fue un joven de 19 años cuya muerte, en octubre de 2005, valió apenas un renglón y medio en un periódico mexicano, en el penúltimo párrafo de una nota policiaca, que de las palabras dedicadas a Antonio invertía la mitad en detallar que el muchacho había recibido siete balazos, de una pistola 9 milímetros.

Acusado previamente de robos menores, el rumor que corrió por Culiacán, Sinaloa, fue que El Toñito había entrado a la casa equivocada, que un “desconocido” lo sorprendió robando en el fraccionamiento Valle del Río, que le dio alcance y lo acribilló en la calle.

“Pero también se dijo –subraya Olivier Acuña, reportero especializado en crimen organizado, vecino de la zona e involuntario protagonista de esta historia– que al Toñito lo habían llevado a robar a la casa de seguridad que controlaban unos policías, y en donde había droga guardada… obviamente, quien había planeado el robo de la droga era un integrante de ese mismo grupo de policías… pero el asunto se complicó cuando El Toñito no sólo se robó la droga, sino que también se robó una pistola, con cacha de plata y con insignias oficiales.”

Esa pistola, única por su ornamentación, vinculaba a los policías con la casa de seguridad y con la droga.

“El Toñito se había ido por la libre –subraya Olivier Acuña, actualmente editor y productor ejecutivo de TeleSUR, en Quito, Ecuador–, agarró la pistola sin avisarle a nadie, y los policías a los que robó no se la perdonaron… El Toñito trabajaba de por sí para ellos, ellos le decían qué casas robar y el botín era para los policías… así que cuando quisieron cobrársela al Toñito, le pusieron una trampa: nuevamente le ordenaron robar una casa, pero esta vez ya lo estaban esperando y, cuando llegó, lo asesinaron.”

Cuando el cuerpo de El Toñito fue encontrado, al día siguiente, en la calle, las autoridades pudieron constatar que no iba armado. Aún así, sus atacantes le asestaron siete disparos.

Olivier

Luego de 20 años como reportero, en 1999 Olivier Acuña, originario de la Ciudad de México, se instaló con su esposa e hijos en Culiacán, donde contaba con dos propiedades, una vivienda, con un local comercial, así como un terreno baldío, en la colonia Juntas de Humaya.

Se trataba, explica Olivier, de un “terreno sin construcción, nada más con las bardas”, ubicado junto a un deshuesadero de autos chatarra, que pertenecía al entonces director de la pensión de autos robados de la Procuraduría estatal, Esteban Juárez.

“Un día me visitó este señor –narra Olivier– y de manera muy prepotente me dijo que me iba a comprar mi terreno, porque quería ampliar su deshuesadero, pero que el precio no lo iba a fijar yo, sino que lo iba a decidir él directamente. Yo me negué, le dije a ese sujeto que no estaba obligado a venderle a nadie y que no me dejaba intimidar.”

Es a raíz de este diferendo, expica Olivier, que decidió investigar, en su condición de reportero, por qué el encargado de custodiar los vehículos recuperados por la Procurauría estatal era, a la vez, dueño de un deshuesadero.

“Yo me empecé a dar cuenta de que la gente que estaba ahí, desmantelando carros, era la misma que se movía en la pensión de autos recuperados de la Procuraduría, y en colaboración con reporteros del Canal 3 de la televisión local, expusimos esta irregularidad”, bajo la hipótesis de que los autos recuperados por Procuraduría y resguardados en la pensión, terminaban por ser desmantelados en el taller particular de Esteban Juárez.

Pocos días después de difundida esa denuncia, la pensión de la Procuraduría se incendió… y Esteban Juárez fue asesinado.

“Esteban Juárez no estaba solo, sino que formaba parte de una mafia mayor de policías, que controlaba toda la actividad delictiva en Culiacán. Entonces, cuando expusimos lo de la pensión, como que quisieron desaparecer toda prueba de que los mismos policías estaban robándose los autos que ya habían sido recuperados, por eso la incendiaron –asegura Olivier, y se lamenta–: Y es ahí cuando empieza a crecer mucho el hostigamiento hacia mi persona: hombres armados fuera de casa, persecuciones vehiculares, arrestos injustificados de familiares y conocidos”, así como la invasión del terreno en el que, inicialmente, querían expandir el deshuesadero particular del finado Esteban Juárez.

Esta cadena de agresiones llegó a su punto límite el 14 de enero de 2006… es decir, tres meses después del asesinato de El Toñito.

Fierro

El Toñito era un niño conocido en la colonia Junta de Humaya, y tal como admite Olivier, él sospechaba que este joven, junto con otros más, algunas veces habían entrado a su vivienda, para tratar de robar cosas, aunque nada del valor suficiente como para emprender una denuncia formal.

La noche que mataron al Toñito, Olivier escuchó los disparos, desde dentro de su casa, así como la ronda de ladridos que los impactos desató en toda la colonia.

Al día siguiente, en el barrio se supo que la víctima encontrada a algunas cuadras de distancia era el joven Antonio, cuya muerte lamentaron los vecinos, debido al aprecio que su viejo padre concitaba pero, también, porque el homicida había escapado, sin que se conociera su identidad.

Parecía un homicidio impune más, en esta entidad controlada desde hacía varios años por el Cartel del Golfo, el grupo criminal más fuerte del país.

Tres meses después del asesinato, sin embargo, una docena de agentes de la Unidad Modelo de Investigación Policial de Sinaloa, encabezados por el comandante Jorge Valdez Fierro, secuestraron a Olivier fuera de su domicilio, lo condujeron a instalaciones de la Procuraduría estatal y lo torturaron durante 16 horas, para que confesara el homicidio del Toñito.

Tal como concluyó la recomendación 06/2006 de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Sinaloa, esta docena de policías secuestró ese día a tres personas, a las cuales se alternaron para torturar hasta lograr que las tres admitieran su implicación en la muerte de Antonio, poniendo a Olivier no sólo como el autor intelectual, sino como quien jaló el gatillo.

Luego de investigar los hechos, tomando como base la averiguación previa integrada por la Procuraduría estatal, la Comisión de Derechos Humanos de Sinaloa detectó que las víctimas no sólo presentaban huellas de tortura (golpes, ahogamiento, amenazas de ejecución, amenazas de violencia contra familiares), sino que el Ministerio Público fabricó sus declaraciones con tal torpeza que, incluso, confundió el orden de los hechos inventados.

Así, por ejemplo, según la averiguación previa, Olivier fue detenido a partir del testimonio de una persona que lo implicó en el homicidio… pero esa persona, también según la Procuraduría, fue detenida después que Olivier.

Además, en esta declaración fabricada, la persona que acusa a Olivier asegura que nunca llegó a estar junto a él, que no vio cuando disparó… para luego describir a detalle la pistola con la que supuestamente asesinó al Toñito.

Asimismo, el área de periciales asegura que a los detenidos se les practicaron pruebas para determinar si habían usado armas de fuego, varias horas antes de que el Ministerio Público solicitara la realización de dichas pruebas… y finalmente éstas concluyeron que ninguno había detonado un arma.

Debido a estas irregularidades, no sólo la Comisión Estatal de Derechos Humanos emitió una recomendación en contra de las autoridades sinaloenses, sino que incluso el Grupo de Trabajo contra las Detenciones Arbitrarias de la ONU emitió en 2008 un llamado al Estado Mexicano, para que pusieran en libertad al periodista.

Aún así, Olivier y los otros dos detenidos pasaron 28 meses en la cárcel.

–¿Cuál es la razón de que haya ocurrido esto –se pregunta a Olivier– fue un diferendo inmobiliario, fue un acto de represión?

–Esto no tuvo que ver nada con la propiedad de un terreno –dice, categórico–. Esto fue una conspiración para vengarse por información que di a conocer, esto fue por revelar la complicidad entre la policía de Sinaloa y el crimen organizado, entre el gobierno y los delincuentes. Lo del Toñito fue el pretexto, solamente, para vengarse, primero de él, por robarles la droga y la pistola de plata, y luego de mí, por denunciar su corrupción.

Luego de salir de la cárcel, Olivier tuvo que abandonar primero Culiacán, luego Sinaloa y, finalmente, México.

Perdió todas sus posesiones, jamás pudo volver a su vivienda, su archivo periodístico fue saqueado, desapareciendo así las evidencias recabadas contra los policías de Culiacán.

Su familia se fragmentó, irreparablemente, con él asilado primero en Canadá, luego en Inglaterra y, en la actualidad, en Ecuador, siempre desempeñándose como reportero, corresponsal y editor informativo.

–¿Qué esperas, a diez años de la agresión sufrida?

–Justicia –dice Olivier–. La impunidad sigue ahí. Nadie ha sido sancionado por lo que nos hicieron, nadie ha enfrentado responsabilidades por el secuestro, la tortura, la fabricación de pruebas, el despojo de todo lo que tenía… Nadie respondió por la muerte de El Toñito… No hay justicia, no hay reparación del daño… no hay nada.

De hecho, el olvido institucional es tal que incluso la Comisión Estatal de Derechos Humanos sacó de su lista de recomendaciones en seguimiento la 07/2006, aún cuando nunca fue cumplida la demanda de que estas violaciones a los derechos de Olivier fueran investigadas.

Recomendación de la CEDH de Sinaloa 07-2006

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El boom del sotol, el licor perseguido en México y la polémica de su producción en Texas

Forma parte de la identidad de Chihuahua, Coahuila y Durango y es también un destilado con un mercado en expansión.
16 de julio, 2022
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“En mi pueblo acostumbran a decir: ‘Vamos a hacer la mañana’. Y lo primero que hacen al levantarse es tomar una copa de sotol”.

Jesús Miguel Olivas, profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Agrícolas de la Universidad Autónoma de Chihuahua, habla del único destilado mexicano que no se hace a partir de un maguey o agave, de una bebida que, aunque ancestral, es para muchos una gran desconocida.

El sotol integra la historia y el paisaje cultural de Chihuahua, Coahuila y Durango, los tres estados del norte de México en los que se produce.

“Forma parte de nuestra identidad. Está presente en corridos, en la poesía, en la literatura. Es un legado de esta región”, le dice a BBC Mundo Ricardo Pico, vicepresidente del Consejo Certificador del Sotol. Por ello, está protegido con una denominación de origen.

Dasylirion en el Parque Nacional Big Bend, parte del desierto chihuahuense, en en suroeste de Texas.

Getty Images
El sotol es el único destilado mexicano que no se elabora a partir de un maguey o agave.

Y es, además, un mercado en expansión. “Comercialmente hablando, es lo que era el mezcal hace 12 años”, asegura Pico, comparándolo con el espirituoso mexicano cuya producción ha aumentado en ese periodo de los 500.000 a los 6,5 millones de litros al año. Aunque no hay cifras oficiales, los entrevistados para este artículo concuerdan en que hay un boom del sotol.

Ahora, hay quien ve ambos aspectos del sotol —la identidad que representa y su potencial comercial— amenazados.

Y es que también se ha empezado a hacer del otro lado de la frontera, en Estados Unidos.

La polémica sobre quién tiene derecho a elaborarla está servida.

Conocimiento ancestral

La palabra sotol proviene del vocablo náhuatl tzotollin, que significa el dulce de la cabeza.

La bebida conocida con ese nombre se elabora con distintas especies del género Dasylirion, una planta nativa deldesierto chihuahuense que resiste las extremas temperaturas —hasta mínimas de -14°C en invierno y 42°C en verano— de ese ecosistema semiárido que abarca la zona norte de México y el suroeste de Estados Unidos.

Mapa de las zonas en las que crece la planta del sotol

BBC

Ya en tiempos prehispánicos, las comunidades originarias de ese vasto territorio se servían de ella, principalmente para alimentarse.

“Asaban el corazón, conocido como piña, y hacían una especie de pastas que se podían almacenar. Eran una buena fuente de carbohidratos”, le dice a BBC Mundo Jeffrey Keeling, profesor de biología y gestión de recursos naturales de la Facultad de Agricultura y Ciencias Naturales de la Universidad de Alpine, Texas.

Los rarámuri o tarahumaras, quienes le siguen llamando sereque, la usaban también para hacer utensilios —no por nada en inglés se conoce también como desert spoon, cuchara del desierto—, canastas, zapatos y artesanías, o con fines medicinales, por sus propiedades antibióticas.

La planta del sotol, del género Dasylirion.

Getty Images
La planta del sotol tiene aspecto de palma.
Detalle de las flores de una planta de sotol.

Getty Images
Detalle de las flores de una planta de sotol.

Y elaboraban con ella un brebaje fermentado, similar al pulque que se hace con agave en otras zonas de México, de muy baja graduación, para usos ceremoniales ya desde hace 800 años, apunta el experto.

La destilación llegaría después, cuando los españoles trajeron consigo la técnica en el siglo XVI, y la bebida se empezó a parecer a la que se conoce actualmente.

Fermentación y destilado

Han pasado siglos desde aquello, pero el proceso de elaboración no ha variado mucho en décadas y su producción hoy sigue siendo mayoritariamente artesanal y en algunos casos semiindustrial, señala Pico.

Antes que nada, hay que cortar la planta, que crece de forma silvestre.

Hombre corta la cabeza de una planta de sotol.

Ángel Valdez
Son las cabezas de la planta, también llamadas piñas, las que se llevan a la vinata.

Aunque Olivas lidera un proyecto de la Facultad de Ciencias Agrícolas de la Universidad Autónoma de Chihuahua, que nació en 1996, centrado en la domesticación de la especie, con el objetivo de que en un futuro pueda haber plantaciones y la producción sea sostenible.

“Si no nos aseguramos de establecer plantaciones, es muy probable que si sigue creciendo el interés en la bebida, a mediano plazo nos veamos en problemas para tener materia prima”, le dice a BBC Mundo.

Una vez cortado el tallo o piña, ya en la vinata o destilería se cuece en rudimentarios hornos construidos a ras de suelo.

Las piñas cocinadas se someten a un proceso de molienda para reducirlas a trozos pequeños, a los que luego se les añade agua para que inicie la fermentación.

Piñas o cabezas de la planta de sotol en un horno rudimentario construido a ras de suelo.

Ángel Valdez

Finalmente, el doble destilado permite obtener una bebida con un volumen alcohólico del 45%.

“Tiene cosas en común con las producciones tradicionales de otros destilados, como el ‘perlado’, una técnica basada en la observación para calcular la graduación etílica, pero también muchísimas diferencias”, le dice a BBC Mundo Faridy Bujaidar, antropóloga especializada en bebidas espirituosas del norte de México.

“El tequila, el mezcal y el sotol, cada uno tiene su trayecto histórico, sus sabores y aromas particulares. Son conocimientos regionales muy focalizados“, añade.

La mayor disimilitud es quizá el volumen de producción. Ya comentamos cuánto mezcal se genera al año en el país, una cifra que palidece frente a la del tequila: 350 millones de litros en 2021, según el Consejo Regulador del Tequila.

Mientras, la entidad homóloga del sotol estima que de este se producen anualmente 500.000 litros, cerca del 80% en Chihuahua y el resto a partes iguales en Coahuila y Durango.

“A los ojos del consumidor somos una bebida emergente, aunque sea ancestral”, dice su presidente, Efraín Maldonado.

El Consejo calcula que en México hay unos 40 productores tradicionales.

Décadas de persecución

Este panorama es la herencia de la persecución que sufrieron los sotoleros durante décadas, apunta Pico, vicepresidente del Consejo Regulador del Sotol.

Se debió a una combinación de factores, explica, entre ellas la influencia de la prohibición de los destilados a principios del siglo pasado en el estado aledaño de Sonora y la Ley Seca vigente de 1920 a 1933 al otro lado de la frontera, en Estados Unidos, además de una “corriente de pensamiento conservador en México según la cual el alcohol corrompía la sociedad”.

“Aunque no hubiera una ley per se en el país que prohibiera la actividad sotolera, la policía conocida como ‘la acordada’ llegaba a las comunidades, para en teoría checar que se cumplían las normas ambientales y sanitarias, y les confiscaba el equipo a los vinateros o los llevaban presos“, cuenta.

Hombre cortando un Dasylirion.

Ángel Valdez
Las plantas a partir de las cuales se hace el sotol se encuentran en estado silvestre.

Eduardo Arrieta, “Don Lalo”, maestro sotolero de cuarta generación del municipio de Aldama, Chihuahua, conoce bien la historia.

En parte porque se la contó su abuelo, quien se llamaba igual que él, y en parte porque la vivió en carne propia.

“Mi abuelo empezó en el sotol muy joven, en 1920, cuando andaba en la Revolución con Pancho Villa”, le dice a BBC Mundo.

‘Quítame esa vinata’, le dijo Pancho Villa un día que pasó por allí a caballo, pero mi abuelo no hizo caso, así que cuando volvió lo agarraron, lo ataron y le dieron con un sable. Según ellos esa era la ley aquí antes”, cuenta.

Cuando mataron al “centauro del norte” en 1923, el abuelo de Don Lalo siguió destilando y le enseñó el oficio a su hijo, quien después haría lo propio con el suyo.

“A mí todavía me tocó esconderme cuando llegaron los de a caballo (la policía), para que no me hallaran y me llevaran. Nos destruían el alambique donde hacía uno el vino (sotol), lo balaceaban para que ya no sirviera”, recuerda.

Pico, del Consejo Regulador del Sotol, analiza aquello —que duró hasta finales del siglo pasado en ciertas zonas— con perspectiva.

“La persecución quizá actuó a nuestro favor porque, ¿quién sabe?, de otra manera quizá hubiéramos acabado ya con la planta”, dice. “O nos hubiéramos convertido en otro Tequila, Jalisco, con una industria completamente desarrollada y millonaria”.

Protección institucional

Para caminar en esa dirección y ordenar y proteger la producción del sotol en Chihuahua, Coahuila y Durango, se creó en 2002 la denominación de origen.

Destilando sotol en una vinata.

Ángel Valdez
La última fase de la elaboración del sotol es la destilación.

Una denominación de origen (D.O.) es un sello que certifica que un producto es originario de una zona geográfica particular, que en ella se llevan a cabo todas las fases de producción, y que a esto se deben la calidad y las características del mismo.

Una de las más famosas es la del champán, que dicta que solo se le puede llamar así al vino espumoso elaborado en la zona francesa de Champagne o la Champaña.

La D.O. del sotol está reconocida a nivel internacional por la Organización Mundial de la Protección Intelectual, en 2005 nació el Consejo Mexicano del Sotol y más recientemente, en 2017, el Consejo Certificador.

Hoy el producto se vende dentro y fuera de las fronteras mexicanas.

“El mejor mercado para el sotol en México está, curiosamente, allí donde se producen otros destilados, porque se valora ese tipo de producto: en Oaxaca, Jalisco, y, por supuesto, Ciudad de México“, informa Pico.

“En Estados Unidos se vende en Texas y California sobre todo, y existe un mercado emergente, en constante crecimiento, en Arizona, Nueva York, Colorado e Illinois“.

El problema que ven muchos en la industria del sotol en México es que EE.UU. está dejando de ser meramente consumidor y ha empezado a producir, aunque aún de forma muy focalizada, concretamente en Texas.

Y es que el sotol, a diferencia del tequila y el mezcal, no está reconocido como bebida distintiva de México por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

¿Quién tiene derecho a producir?

En enero, Sandro Canovas se plantó fuera de una destilería en Marfa, Texas, con un megáfono en la mano y gritó: “¡El sotol es mexicano! ¡Boicot a estos buitres culturales! No apoyen a los ladrones”.

Y repartió entre clientes y curiosos unos papeles en los que se leía: “Ten en cuenta que Marfa Spirit Co. opera a diario bajo estas premisas: a) apropiación cultural; b) el flagrante desprecio de la denominación de origen que pertenece a Chihuahua, Durango y Coahuila en México; c) ningún compromiso ni acciones o programas hacia la sostenibilidad en la producción de sus bebidas espirituosas”.

Dasylirion en el Parque Nacional Big Bend, parte del desierto chihuahuense, en en suroeste de Texas.

Getty Images
Dasylirion en el Parque Nacional Big Bend, parte del desierto chihuahuense, en en suroeste de Texas.

Fundado en 2021 por Morgan Weber, con una amplia experiencia en el sector de la restauración y al frente de bares especializados en licores mexicanos, Marfa Spirit Co. es una de las empresas que está produciendo destilado a partir de Dasylirion en Texas.

“Están robando patrimonio cultural, una de las tradiciones tangibles más viejas de la región del norte de México junto al adobe —él es adobero— y quitándoles el negocio a los maestros mexicanos que han hecho esto durante generaciones”, le dice a BBC Mundo el activista.

Cánovas empezó a alzar la voz sobre la cuestión en distintos eventos, hablando con sotoleros y otros miembros de la industria, tocó la puerta de las autoridades.

Pronto una confederación de productores mexicanos, el Grupo de Sotoleros El Potrero del Llano, publicó un comunicado condenando que varias destilerías texanas estuvieran usando la palabra “sotol” en sus productos.

Las autoridades chihuahuenses mantuvieron una serie de reuniones sobre la protección de la producción del sotol en el estado, a medida que la conversación llegaba a los ciudadanos.

Y en su edición del 17 de febrero el diario Hechos de Chihuahua publicó en portada este titular: “Sin respetar la denominación de origen, Texas produce sotol”.

Las piñas cocinadas se someten a un proceso de molienda

Ángel Valdez
Las piñas cocinadas se someten a un proceso de molienda.

Preguntado por la posición Consejo Regulador del Sotol sobre la cuestión, su presidente Efraín Maldonado es tajante:

“La norma denominación de origen es clara: a lo que se produzca en los tres territorios (Chihuahua, Coahuila y Durango) se puede le llamar sotol, a lo producido fuera no. Puede ser cualquier otro licor, destilado, pero no se le puede decir sotol“.

Weber, el dueño de Marfa Spirit Co., quien hizo equipo con Jacobo Jáquez, del veterano Sotol Don Celso, para elaborar su producto, se defiende haciendo referencia justamente a eso.

“La denominación de origen no dice nada sobre el uso de la planta para hacer una bebida”, le dice a BBC Mundo.

Sería una locura que, si tuvieras acceso a uvas, alguien te dijera que no puedes hacer vino espumoso. Lo puedes hacer. Otra cosa es que le puedas llamar champán. Y yo tengo acceso a las plantas de sotol”.

Por ello, aunque en las etiquetas viejas de sus botellas se leía Chihuahuan Desert Sotol, las más recientes dicen Far West Texas Desert Spirit, a lo que se le añade que está hecho en un 100% con sotol.

“Es importante honrar la tradición y nosotros no le llamamos sotol por respeto, le decimos licor del desierto. Pero las normas federales requieren que se incluyan los ingredientes en el etiquetado, así que tenemos que poner que viene de la planta sotol, como comúnmente se le llama”, explica.

“Nos critican mucho, que estamos violando la denominación de origen, cosa que no hacemos. Lo hacemos todo desde el respeto”, insiste.

Sin embargo, otras compañías les siguen llamando a sus destilados Texas sotol.

Shot de destilado reposado o añejo con dos pedazos de naranja.

Getty Images
Para hacer las variedades reposado y añejo se guarda el sotol en barricas de roble americano desde 4 hasta más de 12 meses.

Maldonado ve difícil que se deje de producir al otro lado de la frontera y cree que el futuro pasará por integrar a las destilerías estadounidenses en la industria ya existente.

“Quizá en algún momento, después de que las autoridades estatales y federales mexicanas puedan tocar base con las autoridades de Estados Unidos, y si encontramos un mecanismo que sea también benéfico para la industria de aquí, entonces a lo mejor nos podríamos sentar y negociarla“, añade.

Mientras, sigue trabajando en “ordenar” la industria, para que los sotoleros pequeños también puedan certificar su destilado y beneficiarse de la denominación de origen, y en unir fuerzas con las entidades de Coahuila y Durango.

“El mercado está creciendo y cada vez existe una mayor necesidad de que se difunda la tecnología para plantaciones”, dice el doctor Olivas.

“Y también que el público se entere de la calidad, el origen y lo que representa técnica, cultural, social y económicamente el sotol. Es importante que la gente sepa todo lo que hay detrás de una copita de sotol“, añadió durante el Festival del Agave, precisamente en Marfa.

La copa que, en su pueblo, toman temprano “para hacer la mañana”.


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