Cuentos de Navidad para celebrar el mes de los niños y las niñas (parte 1)
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Cuentos de Navidad para celebrar el mes de los niños y las niñas (parte 1)

Cuentos del taller de creación literaria elaborados por integrantes del programa de Niños y Niñas Talento, de escuelas públicas de la Ciudad de México
Por Redacción Animal Político
23 de abril, 2016
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Navidad temporal

Autor: Emiliano Cárdenas Silva, 10 años


 

Me llamo Arturo, ja, y no puedo creer que esta fue una mañana común, como casi todas, y de un momento a otro estoy aquí: en una máquina del tiempo, por más raro que parezca. Bueno, mejor te cuento las cosas desde el principio.

Todo empezó conmigo despertando en la mañana de Navidad y con mi perro en las piernas. Todo marchaba normal, como siempre, y empecé a distraerme, pero una hora después, en mi cuarto apareció una maquina muy extraña, era como un platillo volador, solo que en lugar de cristal era de metal.

De aquella cosa salieron unos chicos de 20 a 25 años, aproximadamente, y me dijeron que si quería acompañarlos.

Les pregunté “¿A dónde?”, y ellos respondieron “A viajar en el tiempo”.

Me quedé totalmente extrañado por la respuesta, me dijeron que si quería, que me cambiara (estaba en pijama). Les pregunté cuáles eran sus nombres y me respondieron “Alejandro”, el más alto, y “Javier”, el más pequeño.

Curiosamente, son los nombres de mis mejores amigos.

Ellos me dijeron “Anda, Arturo, no seas miedoso”, sin que les hubiera yo dado siquiera mi nombre, y entonces lo entendí todo: ese tipo platillo volador era una máquina del tiempo y ellos, mis amigos dentro de 13 años (pues en la actualidad tienen 10).

Entonces les dije que me cambiaría y que se dieran la vuelta, ellos lo hicieron, yo me cambie y me metí a la máquina.

Ellos también entraron y me preguntaron: “¿A dónde y a qué año quieres ir? Toma en cuenta que sólo se puede ir a la Navidad”.

Yo elegí España en 1989, así que marcaron eso en la maquina y, en un abrir y cerrar de ojos, se abrió de nuevo la compuerta y estábamos ya en España, en medio de un bosque de montaña.

Desde allí se podía ver un pueblo donde se estaba rompiendo una piñata, les dije que fuéramos, ellos aceptaron y sin mas preámbulo fuimos al pueblo.

Al estar más de cerca de la piñata, los dos, al unísono, dijeron “Ya sé de qué se trata” y me explicaron que era la festividad de Cachafoco o tío de Nadal el cual, consistía en una especie de piñata con forma de hombre, y que se le acostumbraba a quemar, haciéndole “cagar”, y que si no “cagaba”, entonces se le daba de bastonazos.

Ahora ya no se quema, pero sí se le sigue haciendo “cagar”, o sea, sacar por donde estaría el trasero dulces, regalos, etcétera.

Les dije que eso me había parecido interesante, y que nos fuéramos a otra Navidad, en otra época y otro lugar, entonces fuimos a 1899 en Italia, donde se oía la a gente hablando de la “Befona“.

Alejandro y Javier me explicaron que la “Befona” era un personaje que se supone había conocido a los Reyes Magos, y que ella les había dado los regalos para el Niño Dios, pero que no los había acompañado, y entonces, al arrepentirse de no ir, fue de casa en casa dejando dulces a los niños buenos, y a los niños malos sólo carbón.

Como soy muy curioso, decidí que nos fuéramos a otra época, en otro lugar.

Fuimos de nuevo a España, pero en 1844, donde encontramos un señor tocando el estómago de los niños.

De repente se acercó y me hizo lo mismo y se retiró, y mis dos amigos del futuro se empezaron a carcajear, entonces les pedí que me explicaran de que broma se trataba eso, y ellos me dijeron que es una costumbre tocar el estomago de los niños, para ver si habían comido bien todo el año, y ahora, ya sin el motivo de la curiosidad, decidí que nos fuéramos, pues no quería que los adultos siguieran con eso.

Y, pues, así ha sido todo, y ahora iremos a Alemania.

–Bien, vamos a salir dijo Alejandro.

–¿Qué? pregunté yo.

–¡Aaaaah!!!!! ¡El Krampus! –dijo Javier.

–¿Qué es eso? -pregunté de nuevo.

–Mira, te explico –dijo Alejandro– el Krampus, supuestamente, es un demonio que a los niños malos los mete en una canasta, se los lleva al infierno y los devora allí… y ahora se acostumbra que algunos niños mayores se disfracen de él…

Oooooh –dije yo– bueno, vámonos.

Y ahora, ¿a donde vamos? –preguntó Alejandro.

–Hummmmm –dije– a la época prehispánica.

¿Estás seguro? –preguntó Javier.

–respondí.

Bueno –dijo, Alejandro con voz insegura, y segundos después estábamos ahí– bien, salgan.

¿Qué hay aquí? –pregunté, pues al parecer estaban festejando.

Era la fiesta de la última cosecha y el inicio de los cinco días de descanso de la Madre Tierra. Los mexicas toman a la Tierra como una deidad, dicen que ella nos da de comer y, a cambio de eso, al fin del año dejan que la tierra descanse esos cinco días sin cosecharla, sólo son cinco días para completar el año, pues sus meses son de veinte días.

Bueno, ya de regreso a casa –dije yo–, a México 2015.

Y ya en en el 2015, en México, les dije “Bueno, los veo dentro de 13 años, chicos”.

“Sí, adiós amigo”, dijo Alejandro. “Nos vemos en algunos segundos, bueno… da igual”, dijo Javier.

He aprendido que los cuentos de terror y cosas así son sólo inventos de los adultos, y que aunque todos crean que la Navidad se festeja exactamente igual en todas partes, en realidad no es así.

 

*****

Rayito

Autora: Alejandra Martínez Montes, 14 años


 

Esta historia de navidad que estás a punto de leer no es una historia que hayas leído antes.

Esta es la historia de Rayito.

Rayito era un copito de nieve, así de irónica es la vida.

Rayito era un copito promedio, vivía en una cabaña cerca a la fábrica de Santa Claus con sus padres. Él era copito único.

La mayor parte del tiempo, Rayito estaba solo, no porque le gustara; pero él nunca creyó en la típica frase que sus maestros le decían: “Todos los copos de nieve son diferentes, no hay dos copos iguales en el mundo”.

Él quería encontrar a un copo igual que él, un copo que tuviera los mismos gustos, un copo con los mismos sueños, un copo como él. Un copo con el que pudiera platicar, un copo con el que pudiera salir a pasear, un cómplice de aventuras.

Cada vez que hacía un nuevo amigo, tenía la esperanza de encontrar a ese cómplice. Pero siempre había algo que no iba con él, siempre había un “pero”.

Le había pasado infinidad de veces: que al susodicho no le gustaba una canción, que si a éste no le gustaba un color, que si éste tenía un lunar más grande… SIEMPRE había algo.

Cada vez que encontraba “la gota” (así le había puesto Rayito a la cosa que no le gustaba) decidía “hervirlos” (teóricamente, claro está) para que pasaran a su centro de ebullición y se evaporaran de la vida de Rayito (aclaro que sigue siendo algo teórico).

Un día, un copito nuevo entró a la escuela.

Todos estaban atónitos.

Nunca habían visto a un copo tan… extraño.

Yo lo describiría como “misterioso“.

Era un copo alto, ancho y nunca hablaba. Cada vez que la maestra le preguntaba algo, no contestaba y sólo afirmaba o negaba con la cabeza. Nunca habían escuchado su voz. Pero sabían que se llamaba “Rizo“. A Rayito le dio mucha curiosidad así que decidió hablarle.

Otro buen día, Rayito tuvo el valor de ir y hablarle a la hora del recreo. Como no supo de qué hablarle, tomó un chocolate, lo partió en dos y le invitó a Rizo un pedazo.

Obviamente, Rizo aceptó. No hubo ni una palabra mientras disfrutaban su bocadillo.

Rayito decidió hablarle, como la época de Navidad se acercaba, le preguntó: “¿Qué le vas a pedir a Santa Claus?”.

Rizo no contestó, no negó, ni afirmó, sólo sonrió.

En vista de que no dijo nada, Rayito empezó a platicar sobre lo que él le pediría: “Yo voy a pedirle un coche rojo, una pista, y un libro para colorear”.

Las pupilas de Rizo se dilataron y una gran sonrisa apareció en su cara. “¡Yo también voy a pedirle eso!”, Rizo mencionó.

Rayito se sorprendió, ya que Rizo había hablado y sus deseos habían coincidido.

Rayito estaba extremadamente feliz, empezó a imaginar que tal vez Rizo sería el cómplice que tanto había buscado. Empezaron a hablar, hablaron sobre sus gustos, sus juegos, sus colores favoritos y muchas cosas más. Tenían mucho en común. Pero… ¡oh desgracia, cuando se les ocurrió hablar sobre su comic favorito!

Resulta que a Rayito le gustaba “El Capitán Solar” y a Rizo le gustaba “El Capitán Lunar“.

“¿Que te gusta quién?!”, reclamó Rayito. “No, no, no, ¡tú estás mal! ¿cómo te puede gustar ese comic?”, contestó Rizo. “¡No te quiero ver otra vez!”, gritó Rayito, decepcionado.

Cuando Rayito llegó a su casa, se sentía triste, por fin había hecho un amigo y lo había dejado ir en menos de un día.

“Él no era como tú, déjalo ir”, se decía Rayito.

¡Pero se sentía mal por haber perdido un amigo tan increíble! Entonces se dio cuenta de que estaba mal, de que en efecto algo le faltaba, ese “algo” era la tolerancia. Era lo que le impedía tener amigos. Así que decidió “darse por vencido” y le dio la razón a sus maestros: no hay dos copos de nieve iguales.

Fue a buscar a Rizo y le pidió disculpas: “Discúlpame, no me di cuenta de lo egoísta que fui, no puedo dejar a un gran amigo en Navidad, ¿o si?”

Días después llegó la Navidad, y en la escuela hicieron un intercambio. Rayito se sorprendió, ya que en su lugar alguien le había dejado la edición especial de “El Capitán Lunar”. Uf, ¡y ni hablar de la sorpresa que Rizo encontró! ¡Un muñeco de acción de “El Capitán Solar”! Estos regalos incluían una carta que decía: “Gracias por tanto, amigo, ¡te quiero!”

Ambos se miraron y se sorprendieron. Se acercaron y comenzaron a reír.

Y así Rayito y Rizo aprendieron los valores de la amistad, aprendieron que, a pesar de las diferencias que existen entre nosotros, tenemos que respetarnos, ya que por cada “variable” que tengamos, podemos tener el cuádruple de cosas en común.

 

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El récord de casi 19 mil menores no acompañados que llegaron en un mes a la frontera de EU

Los números de migrantes que desde México y Centroamérica tratan de llegar a Estados Unidos no deja de crecer.
8 de abril, 2021
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Centro que acoge a los menores

Getty Images
Los centros de acogida de menores no acompañados están desbordados.

Casi 19.000 menores no acompañados llegaron a la frontera de Estados Unidos con México.

La cifra anunciada por el gobierno de Estados Unidos este jueves es la más alta jamás registrada en un mes y supone un test para la nueva presidencia de Joe Biden.

Una mezcla de factores en Centroamérica y en Estados Unidos están detrás de este incremento.

El gobierno de Biden decidió dejar de expulsar a los niños que llegan solos, algo que la presidencia de Donald Trump, y entregarlos a familiares que ya viven en el país mientras los tribunales estudian sus casos.

La patrulla fronteriza (CBP) encontró a 18.663 menores (algunos niños de sólo 3 años de edad) en marzo, muy por encima de los 11.475 de mayo de 2019 y los 10.620 de junio de 2014, que eran las cifras más altas desde que se empezaron a contabilizar en 2009.

Esto está provocando el hacinamiento de los centros que el gobierno tiene para el cuidado de los menores.

Muchos analistas ven la devastación que dejaron los huracanes que golpearon Centroamérica en noviembre del año pasado y las históricas condiciones de pobreza y violencia, como las causas principales de que muchas personas traten de emigrar a Estados Unidos.

Cambios en la percepción de la política migratoria de Biden también parecen haber contribuido al auge.

La detención de migrantes indocumentandos en la frontera con México ascendió un 70% en marzo hasta 172.331, el número más alto en 15 años.

El CBP culpó del auge a la “violencia, los desastres naturales, la inseguridad alimentaria y la pobreza en México y en los países del Triángulo Norte de Centroamérica”.

“Esto no es nuevo”, dijo Troy Miller, comisionado del CBP.

Casi 104.000 personas fueron expulsadas a México, la mayoría adultos sin familia, de acuerdo a la normativa de covid-19, pero los niños sí se han podido quedar de momento en territorio estadounidense.

Hay más de 20.000 niños bajo custodia del gobierno, que está buscando ampliar los recintos que los acogen.


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