Mi hermana murió por negligencia: historias de violencia en el parto que llevaron a la muerte
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Mi hermana murió por negligencia: historias de violencia en el parto que llevaron a la muerte

Los malos tratos por parte de los médicos y la negligencia provocan la muerte de mujeres y sus hijos. Quienes más sufren de la violencia obstétrica son las mujeres pobres o indígenas.
Cuartoscuro
Por Nayeli Roldán
10 de mayo, 2016
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Malos tratos en la atención médica, discriminación, negligencia, mujeres sanas que murieron después del parto. Son 27 casos de violencia obstétrica y muerte materna ocurridos en todo el país con el mismo denominador: impunidad.

Este lunes 9 de mayo, los testimonios de las propias víctimas o los familiares de mujeres fallecidas fueron expuestos en el Tribunal Simbólico, realizado por 27 organizaciones, ante seis expertas internacionales.

Se trató de un ejercicio ciudadano para denunciar y visibilizar la violencia que decenas de mujeres sufrieron y que les costó su vida o la de sus hijos. Los Tribunales Simbólicos son “importantísimos porque concientizan a la población de la problemática y da elementos para quienes hacen la legislación”, afirma Alda Facio, una de las especialistas.

En su experiencia como una de las relatoras espaciales sobre discriminación contra la mujer en la ley y en la práctica de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Facio afirma que las mujeres pobres o indígenas sufren las mayores agresiones y la desigualdad también está marcada en la atención en salud.

Luego de escuchar el testimonio de 27 casos durante las seis horas que duró el Tribunal Simbólico, Facio concluyó que el trato que recibieron esas 27 mexicanas “es más que violento, es indignante. Es como si les dijeran ‘ustedes no merecen ningún respeto’”.

Alberto Brunori, representante interino de la Oficina en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, considera que la atención médica con “pertinencia cultural es crucial” para reducir a cero la mortalidad materna, como quedó expuesto en los testimonios.

En México no existe ninguna estadística sobre la incidencia de violencia obstétrica. Sólo se registra la mortalidad materna. De acuerdo con el INEGI, la incidencia bajó en una década, al pasar de mil 278 muertes en 2004 a mil 22 en 2014.  Sin embargo, “una sola muerte es demasiado”, asegura Brunori.

Mejorar la atención debe ser una política pública, pero lo más importante, afirma el representante de la ONU es “romper la impunidad”, porque de lo contrario, “la impunidad garantiza la repetición de violaciones a derechos humanos”.

De acuerdo con el Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE), de los casos que han documentado, en 17 hubo violencia obstétrica y en 10, muerte materna. En la mayoría de los casos las mujeres tenían entre 21 y 30 años de edad.

Del total de casos, 5 ocurrieron en Chiapas y 3 en Durango, Oaxaca, Sinaloa y Quintana Roo, respectivamente. También hubo casos en Hidalgo (2), Guanajuato (2), Ciudad de México (2), Zacatecas (2) y Yucatán (1).

Éstas son sólo tres casos que confirman el círculo de impunidad ocurridos en el país.

Historias de muerte e impunidad

El 4 de octubre de 2013, Susana Hernández llegó al hospital de la Mujer de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, para dar a luz a su segundo hijo. No había personal médico para atenderla, sólo practicantes, y el área de ultrasonido estaba cerrada.

Iba acompañada por su suegra, que por no hablar español, los médicos la relegaron de inmediato. A las cuatro de la mañana entró a cesárea y tres horas más tarde, el médico informó a la familia que estaba delicada, pero estable.

Las horas siguientes negaron información hasta que el 6 de octubre, el médico les informó: “la niña nació bien, pero la mamá falleció de un paro cardio respiratorio”. Apenas tenía 26 años y su primer hijo, siete.

Romeo, el viudo de Susana, leyó su testimonio frente a las expertas del Tribunal Simbólico, y pidió que no hubiera más huérfanos por la negligencia médica hacia las madres, que el personal médico atienda a la población y que los indígenas no sean discriminados en los hospitales.

El gobierno de Chiapas, dice, ha informado que invirtió 18 millones de pesos al hospital de la Mujer, pero las mujeres aseguran que la atención no ha mejorado y “muchas no quieren ir”.

“La atención debe ser igual para todos, no importa si hablamos español o si somos indígenas. Se debe garantizar que no se discrimine a nadie”, sentencia Romeo. Él vivió en carne propia el desdén del personal médico. “Teníamos planes, pero se quedaron ahí, en el hospital donde ella falleció”.

***

Alicia Gómez habla fuerte y claro: “No me voy a dejar, no me voy a cansar de pedir justicia”. Ella es la abuela de María Guadalupe Morales, una joven que cumplió 18 años cuando se encontraba en el hospital y ese mismo día murió.

Era el tercer embarazo de la joven. Tuvo un parto sin complicaciones, pero desde las horas siguientes comenzó a sentirse mal. Regresó al Hospital general de Durango y, según la abuela, no recibió la atención médica adecuada.

Estaba pálida, helada, decía que le dolía el vientre y los médicos no hacían nada. “La dejaron morir”, dice Alicia. Días después, los médicos detectaron que tenía infección en un ovario y la intervinieron para extirparlo.

15 días después del parto, la joven murió a causa de una complicación en el corazón, según la acta de defunción. “Pero si dicen que fue por el corazón, por que le quitaron un ovario”, refuta Alicia.

Interpuso una denuncia ante la Comisión Estatal de los Derechos Humanos en Durango y la semana pasada resolvió que el hospital efectivamente tuvo fallas, pero sólo administrativas y su recomendación fue capacitar a los médicos del hospital.

***

Anahí Bautista tenía 29 años cuando murió. Era médico en la comunidad de Asunción, Oaxaca,  y nunca tuvo ninguna complicación durante su embarazo. Cuando llegó al hospital de Juxtlahuaca fue atendida por los residentes, quienes decidieron que la programarían para cesárea al otro día.

Sin embargo, según informaron, su estado de salud era tan grave, que tenían que trasladarla al IMSS de la ciudad de Oaxaca. Cuando Bernardina Bautista, su hermana, llegó al hospital, escuchó que el médico dijo: “viene muerta, por qué nos la mandan”.

Horas después, el médico les informó que tenía muerte cerebral y a los dos días falleció. De acuerdo con su hermana, después de la investigación que han realizado los abogados, se trató de una negligencia al colocar la anestesia.

“Mi hermana no murió porque Dios lo quiso, hubo negligencia”, sentencia Bernardina. Por eso, dice, su familia no se cansará de denunciar a los responsables, de hacerle ver a otras mujeres que no están solas y, sobre todo, que lo ocurrido a su hermana no vuelva a repetirse.

Estas situaciones son consideradas como violencia obstétrica y también se incluyen otras prácticas como negación de tratamiento, indiferencia ante solicitudes o reclamos, regaños, burlas, ironías, decisiones médicas sobre el parto que se toman sin su consentimiento, hasta esterilizaciones forzadas.

A esa violencia se exponen más de 6 mil 800 mexicanas al día, pues México registra alrededor de 2 millones 500 mil nacimientos anuales.

Hasta febrero de 2015, los estados de Chiapas y Veracruz han tipificado la violencia obstétrica en sus códigos penales. Zacatecas y Jalisco cuentan con iniciativas en trámite que van en el sentido de la criminalización. Ocho estados, entre ellos los dos que la tipificaron, definen “violencia obstétrica” en sus leyes de Acceso a una Vida Libre de Violencia (LAVLV); y cuatro estados ya tienen iniciativas para agregar el concepto en su LAVLV.

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Vacuna contra COVID: por qué algunas dosis acaban en la basura y qué se puede hacer para evitarlo

El mundo vive una carrera por hacerse con las escasas vacunas disponibles contra la COVID. ¿Por qué algunas acaban en la basura o se vacuna a personas no prioritarias?
5 de febrero, 2021
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Enfermeras cargan dosis de la vacuna en Nantes, Francia.

Reuters
Muchos países se enfrentan al reto de administrar las vacunas antes de que se estropeen.

Golpeado por la pandemia de covid, el mundo se enfrentó primero al reto de desarrollar en tiempo récord una vacuna. Ahora, al de distribuirla a escala planetaria sin malgastar una sola de las preciadas dosis.

Con la oferta de vacunas disponibles lejos aún de cubrir la ingente demanda mundial, los gobiernos han establecido rigurosos planes de vacunación que establecen los colectivos que deben ser vacunados primero: generalmente, personas mayores, enfermos crónicos y trabajadores de los servicios de salud.

Sin embargo, no han tardado en aparecer las noticias de personas no pertenecientes a estos grupos prioritarios que recibían la vacuna, o, algo más sorprendente aún, de dosis que acababan en el cubo de la basura.

En la ciudad de Trelew, en la Patagonia argentina, la prensa local informó de que hubo que desechar 140 dosis de la vacuna rusa Sputnik-V porque se había roto la cadena de frío en su conservación.

En España, el general al mando de las Fuerzas Armadas tuvo que dimitir después de que se hiciera público que había recibido la vacuna, pese a que algunos de sus colaboradores les dijeron a los medios españoles que lo había hecho precisamente para evitar que se echaran a perder las dosis sobrantes en su departamento tras vacunar a las personas prioritarias.

En México, el presidente, Andrés Manuel López Obrador, condenó por “inmoral” al médico que vacunó a dos familiares después de un error en el sistema de citas del hospital en el que trabaja.

Son solo algunos ejemplos de noticias que han provocado malestar y críticas en muchos países cuando la mayoría de la gente sigue a la espera y en muchos casos aún sujeta a distintos grados de confinamiento.

El desafío de optimizar las vacunas

Lo cierto es que los sanitarios se pueden ver a veces ante un incómodo dilema, ya que las vacunas requieren condiciones especiales de conservación y, en algunos casos, sobre todo en pequeñas localidades o lugares alejados, no pueden cumplirse a rajatabla los estrictos criterios fijados por los gobiernos.

La vacuna fabricada por Pfizer, por ejemplo, debe conservarse a temperaturas muy bajas y, una vez descongelada, ha de usarse antes de 5 días.

La Sputnik-V se comercializa en ampollas de cinco dosis, por lo que si se quiere evitar malgastar ninguna, debe haber un número igual de pacientes listos para recibir el pinchazo.

Una profesional de la salud recibe la vacuna en un hospital de Ciudad Juárez, México.

Reuters
Los trabajadores sanitarios figuran entre los colectivos prioritarios en la mayoría de países.

Como explicó en conversación con BBC Mundo el doctor Pablo Bonvehí, jefe de la sección Infectología y Control de Infecciones del CEMIC, un centro de investigación médica de Buenos Aires, “la prioridad es no desperdiciar la vacuna“.

“Una campaña de vacunación, y más una como esta, es siempre un gran desafío de ingeniería”, indica el experto. Y no siempre es posible acomodar la disponibilidad de vacunas con el número de pacientes dispuestos a ponérsela, su disponibilidad para acercarse a los centros de vacunación a recibirla y las necesidades de espacio para mantener la distancia social en ellos.

A esto se suma el problema de los pacientes que no acuden a las citas programadas, sea porque no pueden desplazarse o porque, como los seguidores del movimiento antivacunas, rechazan la inmunización o desconfían de los gobiernos y los fabricantes de medicamentos.

¿Qué hacer entonces con la dosis sobrante cuando ya se ha cubierto el cupo de pacientes prioritarios agendados para el día?

Contenedores de residuos sanitarios en Manchester, Inglaterra.

Getty Images
En algunos países ya ha habido noticias de vacunas que acaban en la basura.

En Estados Unidos ya ha habido centros sanitarios que han empezado a convocar por la emisora de emergencias a los paramédicos que quieran vacunarse una vez cubierto el cupo diario para evitar que se echen a perder las dosis sobrantes.

Y un equipo médico del estado de Oregón que quedó atrapado en una congestión de tráfico comenzó a vacunar a otros automovilistas retenidos ante la imposibilidad de volver a refrigerar a tiempo las dosis que llevaban consigo.

Mejor en un brazo que en el cubo de la basura

Ante la emergencia sanitaria global, los centros médicos a nivel local se enfrentan al desafío de vacunar a la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible, conservando adecuadamente las vacunas y priorizando a los grupos de población de riesgo establecidos por las autoridades nacionales.

En esa tarea titánica, han encontrado una inesperada colaboración en los grupos de espontáneos que hacen fila junto a las clínicas y los centros de vacunación a la espera de que se les administre alguna de las dosis no utilizadas, una imagen cada vez más frecuente en Estados Unidos y en Israel, el país que lidera la frenética carrera global por la vacunación.

“A todas las dificultades se suma la de la incertidumbre acerca de las dosis que se van recibir y cuándo”, señala el doctor Bonvehí.

Para los dispensarios locales se complica aún más llevar una planificación adecuada de la vacunación ya que en muchos casos los gobiernos tampoco han podido ofrecer un calendario claro de vacunación y son ellos quienes centralizan la adquisición de los medicamentos.

Un hombre carga una bombona de oxígeno en Manaos, Brasil.

Reuters
América Latina es una de las regiones más golpeadas por la pandemia y muchos países aún no han podido comenzar a vacunar.

Para los países de renta media, como la mayoría de los de América Latina, que se encuentran detrás de los más ricos en la lista de espera global por recibir la vacuna en la cantidad y con la regularidad suficientes, hacer un uso óptimo de las que llegan se hace más crítico si cabe.

Bonvehí propone que “en las citas se llame a pacientes suplentes, para que, si alguien no se presenta, no haya que desperdiciar ninguna dosis”.

Y la Organización Mundial de la Salud ha pedido que los países más prósperos, que han comprado muchas más dosis de las necesarias para vacunar a toda su población, envíen las que no usen a los países en desarrollo.

Todo, porque, como le dijo Amesh Adalja, especialista en enfermedades infecciosas de la Johns Hopkins University, a la cadena NPR, “una vacuna en un brazo siempre va a ser mejor que una vacuna en el cubo de la basura”.


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