Slavoj Žižek habla sobre Europa, la migración, los refugiados y el terror (Capítulo de adelanto)
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Slavoj Žižek habla sobre Europa, la migración, los refugiados y el terror (Capítulo de adelanto)

El autor plantea una reflexión sobre el presente. Una indagación en las medias verdades sobre lo que sucede en Europa, donde se superponen los atentados terroristas del radicalismo islámico –como los de París– con la llegada de una multitud de emigrantes y refugiados.
Especial
25 de junio, 2016
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Ante la salida de Reino Unido de Europa, el nuevo libro del filósofo europeo Slavoj Žižek es pertinente. Este es un extracto de “La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror”, que publica editorial Anagrama.

UN DESCENSO AL MAELSTROM

La crisis de los refugiados ofrece una oportunidad única para que Europa se redefina a sí misma, para que se distinga de los dos polos que se le oponen: el neoliberalismo anglosajón y el capitalismo autoritario con «valores asiáticos».

Aquellos que se lamentan del actual declive de la Unión Europea parecen idealizar su pasado, pero esa Unión Europea «democrática», cuya pérdida lamentan, nunca ha existido. Las políticas recientes de la Unión Europea no son más que un intento desesperado de conseguir que Europa encaje en el nuevo capitalismo global.

La crítica habitual que lleva a cabo la izquierda liberal de la Unión Europea –que consiste en decir que básicamente no tiene nada de malo, tan sólo cierto «dé- ficit democrático»– delata la misma candidez de los críticos de los países excomunistas que, en el fondo, los apoyaban, quejándose tan sólo de la falta de democracia. En ambos casos, de todos modos, estos críticos benévolos no se dan cuenta de que el «déficit democrático» es una parte necesaria de la estructura global. Pero aquí soy aún más escéptico y pesimista.

Cuando hace poco respondí a las preguntas de los lectores de Süddeutsche Zeitung acerca de la crisis de los refugiados, el asunto que llamaba más la atención se refería precisamente a la democracia, pero con un sesgo populista derechista: cuando Angela Merkel hizo su famoso llamamiento público en que invitó a centenares de miles de refugiados a entrar en Alemania, ¿cuál era su legitimación democrática? ¿Qué le daba derecho a introducir un cambio radical en la vida de Alemania sin una consulta democrática? Naturalmente, no pretendo apoyar a los populistas antiinmigración, sino señalar con claridad los límites de la legitimación democrática.

Lo mismo se puede decir de aquellos que defienden una apertura radical de las fronteras: ¿son conscientes de que, puesto que nuestras democracias son naciones-estado, su exigencia equivale a la suspensión de la democracia? ¿Se debería permitir que una transformación tan enorme y fundamental afecte a un país sin consultar por vía democrática a la población? (La respuesta podría ser, naturalmente, que a los refugiados también se les debería conceder el derecho de voto; pero está claro que esto no es suficiente, pues una medida así sólo se puede tomar una vez que los refugiados se han integrado en el sistema político de un país.)

Un problema parecido surge con los llamamientos a la transparencia en las decisiones de la Unión Europea: lo que temo, por ejemplo, es que, puesto que en muchos países una mayoría de la opinión pública no deseaba acudir en ayuda de Grecia, si las negociaciones con la Unión Europea se hubieran hecho públicas, los representantes de los países habrían defendido medidas aún más duras contra Grecia… En este caso nos encontramos con un viejo problema: ¿qué ocurre con la democracia cuando la mayoría se siente inclinada a votar por, pongamos, leyes racistas y sexistas?

No me da miedo extraer la conclusión de que las políticas emancipadoras no deberían verse limitadas a priori por procedimientos formales y democráticos de legitimación. No, muy a menudo la gente no sabe lo que quiere, o no quiere lo que sabe, o simplemente quiere algo que está mal. Aquí no es posible ningún atajo. ¿Dónde nos encontramos hoy en día? Europa sigue atrapada en medio de una gran pinza, uno de cuyos extremos es Estados Unidos, y el otro, China. Estados Unidos y China, vistos desde un punto de vista metafísico, son lo mismo: el mismo desatado frenesí de tecnología desencadenada y de organización desarraigada del hombre medio.

Cuando el último rincón del globo ha sido conquistado técnicamente y se puede explotar desde el punto de vista económico; cuando, cualquier incidente que escojamos, en cualquier lugar que escojamos, y en cualquier momento que escojamos, nos es accesible todo lo deprisa que deseemos; cuando, a través de la «cobertura en directo» televisiva, podemos «experimentar» de manera simultánea una batalla en el desierto iraquí y una representación de ópera en Pekín; cuando, en una red digital global, el tiempo no es más que velocidad, instantaneidad y simultaneidad; cuando el ganador de un reality show se considera un gran hombre del pueblo; entonces sí asoma como un espectro sobre todo este alboroto la pregunta de: ¿para qué? ¿Adónde vamos? Y luego, ¿qué?

Todo aquel que esté familiarizado con Heidegger reconocerá fácilmente en este párrafo una paráfrasis irónica de su diagnóstico acerca de la Europa de mediados de los años treinta (en Einführung in die Metaphysik). Entre nosotros, los europeos, se da en efecto una necesidad de lo que Heidegger denominaba Auseinandersetzung (confrontación interpretativa) con los demás, así como con el propio pasado de Europa en todo su alcance, desde sus raíces grecorromanas y judeocristianas hasta la idea del estado del bienestar recientemente fenecida.

Hoy en día, Europa está escindida entre el así llamado modelo anglosajón –aceptar la «modernización» (un eufemismo para lo que no es sino adaptarse a las reglas del nuevo orden global)– y el modelo francogermano –salvar todo lo que sea posible del estado del bienestar de la «vieja Europa»–. Aunque opuestas, estas dos opciones son las dos caras de la misma moneda, y nuestro camino no ha de ser regresar a cualquier forma idealizada del pasado –pues se trata de modelos claramente agotados– ni convencer a los europeos de que, si hemos de sobrevivir como potencia mundial, deberíamos adaptarnos lo más rápidamente posible a las tendencias recientes de la globalización (algo que, por otra parte, Europa ya está haciendo).

Y tampoco hemos de caer en la que posiblemente sea la peor opción: la búsqueda de una «síntesis creativa» entre las tradiciones europeas y la globalización, con el objetivo de llegar a algo que me siento tentado de denominar «globalización con rostro europeo». Toda crisis es, en sí misma, la invitación a un nuevo comienzo; todo fracaso de las medidas estratégicas y pragmáticas a corto plazo (de reorganización financiera de la Unión, etc.) es una bendición encubierta, una oportunidad para reconsiderar los mismísimos cimientos. Lo que necesitamos es una recuperación mediante-la-repetición (Wieder-Holung): mediante una confrontación crítica con toda la tradición europea, uno debería repetir la pregunta: «¿Qué es Europa?», o mejor dicho: «¿Qué significa para nosotros ser europeos?», y así formular un nuevo comienzo. La tarea es difícil; nos obliga a asumir el gran riesgo de adentrarnos en lo desconocido; sin embargo, la única alternativa es una lenta decadencia, en la que participan de manera entusiasta los administradores de la Unión Europea.

A veces las caras se convierten en símbolos: no en símbolos de la poderosa individualidad de sus portadores, sino de las fuerzas anónimas que hay detrás de ellas. ¿Acaso la estúpida sonrisa de Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, no se convirtió en el símbolo de la brutal presión de la Unión Europea sobre Grecia? Hace poco, el acuerdo de comercio internacional ATCI (Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión) adquirió un nuevo símbolo: la fría reacción de la comisaria de comercio Cecilia Malmström, que, cuando un periodista le preguntó cómo iba a seguir defendiendo la ATCI en vista de la enorme oposición de la opinión pública, respondió con toda desfachatez: «Mi mandato no procede del pueblo europeo». En un insuperable acto de ironía, su apellido es una variación de «maelstrom».

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Coronavirus: el preocupante papel de los pacientes asintomáticos en la propagación del covid-19

Un nuevo estudio advierte sobre el peligro que representan las "transmisiones sigilosas" en la lucha contra la pandemia del coronavirus. ¿Qué significa este término y cómo evitar que las personas que no saben que están infectadas eviten seguir esparciendo el virus?
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19 de marzo, 2020
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Las medidas para combatir el coronavirus son cada vez más estrictas. Las autoridades de Nueva York, por ejemplo, enviaron un mensaje contundente a sus habitantes: “Todos deben comportarse como si ya hubieran estado expuestos al coronavirus”.

Esa advertencia está respaldada por una nueva evidencia científica, que surge de analizar cómo se propagó el virus en China, el país donde surgió la pandemia y que hasta este miércoles registraba más de 3.200 muertes.

Esta nueva investigación muestra que dos de cada tres contagios del nuevo coronavirus han sido causados por personas a quienes no se les había diagnosticado el virus o no presentaron síntomas.

“La explosión de casos de covid-19 en China fue impulsada en gran parte por personas con síntomas leves, limitados o sin síntomas, que no fueron detectadas”, dijo en un comunicado Jeffrey Shaman, profesor de ciencias de salud ambiental en la Universidad de Columbia y coautor de la investigación.

“Los casos no detectados pueden exponer a una porción mucho mayor de la población al virus”, sostiene Shaman.

Eso quiere decir que las personas contagiadas que se sienten sanas o con síntomas muy leves están esparciendo el virus sin darse cuenta.

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Muchas personas transmiten el virus sin darse cuenta.

Transmisiones sigilosas

Los hallazgos de Shaman significan que el número real de contagiados alrededor del mundo es mucho mayor que el que muestran las cifras oficiales, porque mucha gente no es consciente que tiene el virus y lo transmite sin saberlo.

Shaman llama a este fenómeno “transmisiones sigilosas” y sostiene que representan un gran desafío para la contención de este brote”.

La investigación muestra que en las primeras etapas de la epidemia en China, por cada caso confirmado había al menos seis personas infectadas pero sin diagnosticar.

“Si tenemos 3.500 casos confirmados en Estados Unidos, es posible que en realidad sean 35.000”, dijo Shaman, citado por The New York Times el 16 de marzo.

A nivel global, si al 18 de marzo había más de 200.000 casos confirmados en más de 150 países, en realidad más de 1 millón de personas podrían estar infectadas, según dijo Shaman en una rueda de prensa citada por The Washington Post.

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Los expertos advierten que el número personas infectadas con coronavirus es mucho mayor del que muestran las cifras oficiales.

¿Qué se puede hacer?

La investigación también muestra que los esfuerzos del gobierno y la toma de conciencia por parte de los ciudadanos redujeron la tasa de contagio en China.

Después de que impusieran las restricciones de viaje y otras medidas de control, el virus comenzó a esparcirse más lentamente.

“La mayor conciencia sobre el brote, el mayor uso de medidas de protección personal y la restricción de viajes han ayudado a reducir la fuerza de la infección”, dice Shaman.

El estudio advierte que para poder controlar la propagación se necesita “un aumento radical en la identificación y aislamiento de los infectados que aún no se han documentado”.

Mientras tanto, los expertos en epidemiología recomiendan el “distanciamiento social”, incluso entre personas que no tienen síntomas, como una práctica efectiva para evitar la propagación del virus.

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Mantener las manos limpias es clave para evitar la propagación del virus.

El distanciamiento social incluye comportamientos como trabajar desde casa, salir solo a lugares necesarios como supermercados, evitar las multitudes y evitar el transporte público en horas punta.

La Organización Mundial de la Salud, por su parte, recomienda prácticas como:

  • Lavarse las manos con jabón frecuentemente
  • Mantener una distancia de al menos un metro con alguien que esté tosiendo o estornudando
  • Evitar tocarse los ojos, la nariz y la boca
  • Cubrirse con el codo o un pañuelo cuando tosas o estornudes
  • Buscar ayuda médica si tienes fiebre, tos o dificultad para respirar
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