Un capítulo de regalo del libro La Casa Inundada
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Literatura Random House

Un capítulo de regalo del libro La Casa Inundada

El narrador José Mariano Leyva presenta en "La Casa Inundada" una exploración de “por qué somos como somos”, a través de la voz de un niño.
Literatura Random House
Por Redacción Animal Político
17 de julio, 2016
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“La Casa Inundada” es el nuevo libro de José Mariano Leyva, ensayista y narrador, y maestro en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Su relato explica “por qué somos como somos”, y se desarrolla a través de la voz de un niño.

Él crece y con el paso del tiempo logra reconocerse en el hombre que ahora se encuentra en un estado de desesperación…

Animal Político te presenta un capítulo de regalo de este libro, de la editorial Literatura Random House, una historia que puede ser de todos:

 


El final

¿Qué hacía en un hotel de lujo con una mujer dieciséis años menor, un domingo que culminaba tres días de alcohol, coca y muy poco sexo? ¿Qué hacía ahí cuando mi vida nunca había tenido que ver con todo eso? Es decir: siempre me había gustado el sexo, las drogas me aterraban, las parejas que me quedaban muy jóvenes me parecían poco interesantes. Entonces, ¿qué hacía ahí? ¿Por qué no me podía ir?

La mujer era altísima y delgada. Muy guapa. El cuerpo era de una modelo. Había sido modelo. Y mientras mi cabeza se llenaba de preguntas, ella estaba dormida con una clavícula rota porque el día anterior la fiesta había terminado en el momento en el que salió del jacuzzi de la habitación y, víctima del cansancio y el agua caliente, se desplomó. Su hombro derecho recibió todo el impacto quebrándose en tres pedazos. La doctora de noche le inyectó algo parecido a la morfina y eso sirvió para prolongar la fiesta en el restaurante del hotel. Al segundo día, siguió sin mayor problema, salvo por el moretón que iba creciendo más y más. Hacia las diez de la mañana pidió un whisky. Su moretón era azulado y pequeño. A las doce, con dos whiskies más, la herida ya era violácea, pero ella bailaba en la alberca con sus audífonos en los oídos una canción que me gustaba pero de la que no puedo dar da- 14 tos por la diferencia de edad. A las cinco, con un total de ocho whiskies, durmió una siesta en los camastros. El moretón ya estaba negro y cubría el hombro y buena parte del pecho.

Yo me mantenía a la par con tequilas. Llevaba demasiados, pero si dejaba de tomar sentía que en mi pecho se creaba un enorme vacío, un hueco que a pesar de no ser tan grande, dominaba mi cuerpo entero. De la inquietud pasaba a la ansiedad y de ahí a la angustia, entonces necesitaba entumecerme. El tequila y la cocaína te entumecen, limitan tu grado de sensibilidad. Los temores ya no asustan tanto, las imbecilidades cobran coherencia.

Por la tarde, de nuevo al jacuzzi. Otra vez agua caliente, sales y burbujas. Servicio al cuarto: dos whiskies más, dos tequilas más y cuatro cervezas. Ese día yo dejé la mitad de mi desayuno y luego sólo comí tres pequeñas quesadillas que costaron lo mismo que un corte argentino con papas a la francesa y dos copas de un pretencioso Malbec. De fondo, mucha música y carcajadas. Sin embargo, me resulta imposible recordar de qué hablamos o qué me causaba tanta risa. Mientras por fuera sonreía y mantenía un diálogo y cambiaba la música, por dentro, en una carretera alterna, sondeaba el nivel de vacío en el hueco de mi pecho: cuando crecía hasta volverse amenazante, entraba más tequila, más cerveza. A pesar de estar sumergido en el jacuzzi, no podía estar quieto: los pensamientos intentaban controlar a las emociones malsanas, y la razón era asistida con sustancias, todo ello bajo una fachada que aparentaba la mayor de las tranquilidades. Soy un hipócrita, lo sé.

La modelo y yo nos habíamos conocido dos días antes en un bar de Coyoacán. Con los primeros tragos de esa tarde, pensamos que era la mejor de las ideas lanzarnos al hotel en Tepoztlán donde ahora estábamos. Después de cohabitar tres días juntos, la modelo y yo no conocíamos nada el uno del 15 otro. Bebíamos desde la mañana y no nos deteníamos hasta, literalmente, desvanecernos: caer al piso y rompernos los huesos. La liviandad y el entumecimiento no permitieron ninguna cercanía real. Tal vez por ello el sexo fue breve y malo. Sin embargo, cualquiera de las personas que nos veía estaba convencida de que éramos felices y exitosos. Éramos un anuncio de ron o de cualquier tarjeta de crédito. En una de las cenas en el restaurante, la modelo se me lanzó y se sentó en mis piernas en medio de carcajadas. ¡Una modelo borracha y alegre sobre mis piernas! Qué extraordinario, ¿no? No: cada vez que se sentaba en mí, me sentía falso y ridículo. Me daba pena que los demás nos vieran. Aquel fin de semana era el epílogo de al menos cinco años en los que no tuve control. Ni de mis excesos, ni de mis tristezas. Mi vida previa era otra y nada tenía que ver con aquello. Ni con ese despilfarro ni con esa autoinmolación. El epílogo era todo huecos y vacíos. Temibles huecos y vacíos. Entonces llegaba el resanador de la coca con la cerveza, haciendo una pasta que tapaba aquel hueco.

Mientras estaba despierto, mi razón podía controlar los sentimientos amenazantes, pero por la noche estaba a merced del rebote sentimental. Las madrugadas, drenadas de la euforia alcohólica y la seguridad alcaloide, estaban mojadas en pánico. Y luego, la tristeza. Mi experiencia me indicaba que había otra manera, además del alcohol, para reducir el vacío y el pánico en mi pecho: llorar. Era un vacío paradójico porque sólo se tranquilizaba con un desahogo. Evacuar lo vacío. Lograr lo imposible. Así, la última tarde en ese hotel, después de dormir una siesta —un desvanecimiento más— con aquella hermosa desconocida de anuncio comercial a mi lado, me desperté con el hueco inmenso en el pecho. Cada despertar había sido complicado, cargado de angustia, pero ese último, hacia las cinco de la tarde del domingo, fue terrible. Sentí su cuerpo al lado 16 y abrí los ojos. Era el cuerpo de alguien con el que se había creado una intimidad de cartulina. Sin poder evitarlo, de inmediato hice el cálculo de cuánto dinero llevaba gastado hasta ese momento. Luego recordé que yo jamás hacía esos dispendios tan colosales, tan sin sentido. El vacío creció un poco más. La soledad es más terrible cuando es compartida, me quedó claro. Extrañaba demasiadas cosas: mi vida estructurada, la compañía real de los pocos amigos de la infancia que quedaban. Extrañaba ser padre. Extrañaba incluso ser hijo.

Salté de la cama y fui corriendo de puntitas hasta el baño: no podía aguantar más. Cerré la puerta rápido pero sin ruido. El baño era inmenso: dos lavamanos, un cuarto para la regadera, otro para el excusado, y una sola ventana. Pequeña, de vidrios corredizos que la hacían más chica todavía. Así me sentía: atrapado en una opulencia ridícula. El hotel con su spa, con su jacuzzi por cuarto, con sus precios de Suiza en temporada alta, sofocándome. Abrí la minúscula ventana, jamás antes me había tomado la molestia de hacerlo, y el paisaje exterior me asombró. Todo en aquel hotel estaba cuidado. Todo muy espiritual. Muy holístico. Muy naturista. Pero para lograr aquel efecto había detrás, cuando no veíamos, una enorme producción: alguien que ordenaba los camastros perfectamente dispuestos con toallas en sus respaldos, otro que cortaba el pasto logrando los milímetros exactos, uno más que se encargaba de las plantas bien rasuradas, de las pinturas intactas, de los adornos de las habitaciones pensados con pacientes cálculos. Aquello era una sensación de libertad que no retaba a tu seguridad. Pero lo que veía a través de la pequeña ventana era un espacio silvestre por completo descuidado. El hotel estaba en medio del campo, en medio de la nada. No había vecinos, y nuestra habitación era la última, hasta el fondo. La ventana daba a la parte de la propiedad que no estaba cuidada. Era el 17 límite. El sitio donde estaban los calentadores, las calderas, los tubos y existía el desarreglo necesario para tener, muros adentro, el agua caliente y la actitud zen.

Yo veía todo aquello en medio de una bruma. La tristeza en mi interior se había vuelto agua y comenzaba a drenar. Me sintonicé de inmediato: con la modelo dormida no tenía por qué disimular, de cualquier manera no podría hacerlo. Desde esa ventana era testigo del andamiaje de la falsedad del hotel, pero también de mi actitud en los últimos tres días. ¿Por qué estaba ahí? ¿Para qué? La sinceridad brotó incontenible. Sentí que lloraba demasiadas cosas. Tres años atrás me había separado de la madre de mi hija. Lloraba porque extrañaba ser padre. Siempre en las mañanas posteriores a la plétora, extrañaba a mi hija. Lloraba porque venía una y otra vez a mi cabeza el momento en el que, recién separados, la dejaba en su casa y mi niña de dos años berreaba mi nombre y yo la escuchaba hasta la calle. Lloraba porque cuatro meses atrás me había enterado de que mi última pareja, con la que ya planeábamos vivir juntos, había tenido una relación alterna con alguien de su trabajo durante más de tres meses. Lloraba porque me sentía traicionado, pero sobre todo, solo. Lloraba porque venía una y otra vez a mi cabeza el momento cuando le di las llaves de mi departamento, una tarde en que ella regresaba de haber estado con el otro. Si hubiera aguzado mi olfato, habría olido el aliento de su amante en el de ella mientras le mostraba entusiasmado las casas en renta que había revisado para vivir juntos. Lloraba por mi baja autoestima, porque mientras me encandilaba con aquella mujer llena de sus propias miserias y tristezas que herían, ignoraba a mujeres que me buscaban hasta el cansancio. Lloraba porque sentía que la cocaína y el alcohol se estaban volviendo una adicción preocupante. Lloraba porque era domingo en la tarde, porque había mucho silencio 18 y porque a esa hora la calma se convierte en una serenidad mortal. Lloraba porque era frívolo. Y vano. Porque mientras el país se caía a pedazos, yo gastaba cantidades obscenas de dinero y energía sólo para entristecerme con las preocupaciones más insulsas y egoístas. Lloraba porque era metódico. Desde la secundaria preparaba mis útiles, mi uniforme y mi reloj despertador desde la tarde previa. En la universidad mi agenda calculaba por horas el tiempo dedicado a las clases, a las tareas, a las investigaciones que debía hacer como asistente, a comer, a dormir. Lloraba porque ahora era metódico en mi autodestrucción. Sin obtener placer, avanzaba en la rutina del exceso como algo inevitable, paso a paso de manera decidida, hasta que llegaba el vacío que no se puede contener con ningún método. Entonces lloraba.

Aún viendo por la misma ventana, recordé que al lado de nuestro cuarto había un portón de metal que daba hacia el sitio que ahora veía. Salí del baño con los ojos ardiendo. Me cercioré de que la modelo siguiera dormida. Supe que no iba a extrañar mi ausencia. ¿Cómo podría sentir nostalgia de alguien que en realidad nunca estuvo ahí? Salí del cuarto por la puerta, avancé por el jardín sin que nadie me viera. Llegué hasta la barda que rodeaba al hotel y me acerqué a las puertas de metal. Entonces también salí del hotel. Afuera, el pasto estaba crecido y desordenado. Un par de láminas de acero se oxidaban apoyadas en un muro. Comencé a caminar. Todo aquello, las láminas, el óxido, el pasto sin cortar, tenía más que ver conmigo. No me consoló: su podredumbre sólo me acompañó mientras caminaba. Las lágrimas seguían necias, pero al menos ya me permitían ver. Iba con la bata que se llevaba al spa y las pantuflas de toalla que me ponía al salir del jacuzzi. La imagen era ridícula: estaba caminando en medio del campo, entre los bichos y la herrumbre, como un gánster que sale a la sala con piso de mármol de su 19 casa. Pero aquel contexto descuidado, desalineado, me pertenecía más que el mármol, el jacuzzi o la propia bata.

Recordé que en la Cuernavaca de mi infancia —a veinte minutos de mi hotel pero a treinta años de distancia— había muchos espacios así: lotes baldíos con fierros, despojos de lavadoras, de aspiradoras. Recuerdo que ahí pasaban las aventuras. Nada de sofismas lujosos o de pretensiones de estatus. Eran épocas en las que no había mucho dinero, a veces casi nada. El análisis adulto que se nos contagiaba venía de una izquierda en ocasiones rabiosa. Las drogas eran terribles: embrutecían al pueblo. La religión también. El arte nos haría libres. El trabajo era el valor más sagrado, pero podar el pasto o pintar las paredes de la casa no eran actividades tan necesarias como escribir una obra de teatro o dar un taller de títeres en comunidades lejanas. Entonces ¿qué hacía yo en aquel hotel? ¿En ese orbe que nada tenía que ver conmigo? De la misma manera, las mujeres de mi infancia, las de mi adolescencia, no eran ni resueltas, ni adictas. La timidez se había instalado en todas. En todos. Pocos de mis amigos eran mexicanos: más bien argentinos, chilenos, uruguayos. Mis novias también. Todas exiliadas. Ninguna modelo. Las vacaciones no eran en hoteles de lujo, muchas veces ni siquiera en hoteles, sino en casas de campaña en medio de un entorno más parecido al sitio donde ahora caminaba: despeinado, salvaje. Nada que ver con el interior que había abandonado, lleno de fuentes con escogidas piedras de río y cavas de Médoc en oscuridades bien diseñadas.

Cuando volteé hacia atrás, vi de nuevo el hotel desde cierta altura. Había subido una breve colina que ahora me daba una panorámica. Sentía que a mi pasado le avergonzaba el sitio en el que me había alojado ese fin de semana, el dinero gastado y el propósito perseguido. Y yo era mi pasado. No podía ser nada más. Me senté en la hierba. Con el final de ese 20 atardecer, las luces —también colocadas con estrategia— comenzaron a iluminar las paredes blancas y los techos de cúpula. Alcancé a ver, desde esa altura, que por la puerta de mi cuarto salía mi acompañante. Me estaba buscando. Sabía que se iba a cansar pronto. Despareció de nuevo. El silencio y la inmovilidad eran casi absolutos. Como era domingo por la tarde, los huéspedes del hotel se habían ido casi todos. El sentimiento de soledad regresó. Más quieto pero no tranquilo.

Pensé en hacerlo, de verdad. Ahí, en la lejanía, no sería una llamada de atención. Bastaría con retroceder un poco y tomar un objeto contundente, como la nota roja identifica. Me acordé de los artilugios que construía en el jardín de mi infancia: trampas con mecate y ladrillos, fichas de casino con corcholatas aplastadas, tablas de surf con triplay y unicel. No me sería muy difícil. De verdad pensé en hacerlo. Sería el final exacto para la peor de las crudas.

Después sentí un movimiento cercano. Alcancé a ver, subiendo por mi pierna, a una mantis religiosa, verde, inmensa. El curso de mis pensamientos viró hacia otro sitio. Lejano, muy lejano. Volví a llorar. Pero esta vez lloraba como un niño. Emitía pequeños y agudos sonidos que resultarían ridículos para cualquier testigo que los hubiera escuchado. ¿Por qué estaba ahí? ¿Por qué lloraba? Sí, por todo lo anterior, por lo inmediato: por el despecho amoroso, por la fractura familiar, por la cruda y lo vano. Pero la tristeza más profunda iba más lejos, más atrás. Se enredaba con vergüenzas de diferentes edades y con una culpa repartida entre muchos. El dolor más hondo era el que se engarzaba con el recuerdo más recóndito.

Me quedó claro entonces: somos nuestra tristeza y somos nuestro dolor porque de manera inevitable somos nuestro pasado. Somos lo que más nos da vergüenza.

Con el vientre a punto de reventar

El primer recuerdo de mi vida ocurre en un bosque de árboles muy altos. En medio de ellos se abre una explanada de pasto verde. Ahí, tirada en el suelo hay una vaca inmensa. Tiene el estómago inflado. Está muerta porque se comió una mantis religiosa. Verde. Inmensa. En ese recuerdo primitivo, una voz que viene de atrás me dice: “Confundió al bicho con pasto. Los dos son verdes, se equivocó y se la comió. Cuando una vaca se come una mantis religiosa, se infla hasta que la panza se le revienta”. Ése es mi primer recuerdo. No hay más, pero es lo suficientemente rotundo como para haberse ganado un espacio privilegiado en mi mente. Para volverse indeleble.

Si tengo que referir los sentimientos que me provoca esa primera imagen, debo decir impacto, debo decir tristeza, debo señalar algo parecido al ansia que aparece cuando se está en un momento frágil, endeble. La vaca ahí, muerta, con el vientre llenándose de aire, esperando a reventar, a lanzar sus vísceras rojas por los aires. Pero el sentimiento más fuerte de ese recuerdo es el de la injusticia. Un simple error —confundir a un insecto con pasto— provocaba la muerte sin una segunda oportunidad. Aquello era un accidente, no era culpa de nadie, ¿por qué tanto castigo?

Pero esa primera memoria es falsa. Quiero decir que es una imagen basada en sucesos que sí ocurrieron, pero la composición —el pasto verde, la vaca en blanco y negro, la mantis religiosa— jamás sucedió. El niño de tres o cuatro años que entonces era, nunca estuvo parado frente al cadáver de una vaca, esperando a que se le reventaran las entrañas. Sin embargo, cada vez que me preguntan por mi primer recuerdo, no dudo en contar lo que acabo de escribir. Es falso, lo sé, pero también es real.

Empiezo entonces de nuevo: el primer suceso que recuerdo en mi vida fue en un bosque de árboles muy altos. A mis tres años, estoy parado frente a un espectáculo que jamás antes había visto: una parrilla repleta de cortes de carne argentinos. La grasa sudando de inmensos trozos de músculo me lleva a preguntar qué es aquello. ¡Es la primera vez en mi vida que veo algo así! Entonces alguien me dice, sin medir el poder de sus palabras, que no pasa nada: que aquello es una vaca. A los tres años, muchas cosas naturales parecen absurdas. No en un sentido cómico, más bien trágico. Eso me pasó con la respuesta escuchada. ¿Una vaca? ¿Esos inmensos pedazos de carne que se quemaban en ese artilugio gigantesco eran una vaca? Una vaca seccionada y que, encima, pretendían que la comiera. Lo irracional llegó en forma de pavor. De esta forma una nueva pregunta llegó: ¿quién había matado a esa vaca? Supongo que para ese momento, mi interlocutor entendió que aquello era más grave de lo que parecía, y decidió contarme una mentira: nadie había matado a la vaca, había sido un accidente. Se había comido a una mantis religiosa, y cuando eso sucede, las vacas se mueren. Se les infla la panza y perecen. Con toda probabilidad hice más preguntas: ¿quién recogió a la vaca muerta?, ¿cómo se transformó en esos pedazos de carne? Las respuestas ya no se grabaron en mi cabeza. Para 23 ese momento, y desde entonces en adelante, sólo tendría ojos para la vaca entera, muerta sobre el pasto, esperando a que el vientre se le reventara.

Un recuerdo falso. Una vivencia real. Antes de los tres años jamás había visto un asado estilo argentino. Pero luego formaron parte ineludible de mi vida: fue a mis tres años cuando mi madre se separó de mi padre para irse a vivir al lado de un argentino. Sin embargo, a esa edad es más fácil aterrarse por la muerte de una vaca que echarse un clavado en la marea de dolor que provoca una separación. A partir de ese asado dejé de ver a Mario como antes lo hacía. Mario era mi papá. Mario se llamaba como yo, y desde aquel instante dejó de ser parte cotidiana mía. Después de ese asado lo vi una vez cada tres semanas, o cada mes, o cada dos. Luego lo vi menos. En mi vida quedó un solo Mario. El que dice que su primer recuerdo incluye a una vaca y a una mantis religiosa. Eventualmente incluso quise que no hubiera ni un solo Mario. “Llámame Luis”, he pedido demasiadas veces, porque mi nombre completo es Luis Mario. “Si me dices Mario volteo sobre mi hombro para ver si mi papá está atrás. Y si estuviera me daría mucho miedo porque ya murió”.

Pero al absurdo le gusta el camino de la paradoja. Digo que intenté eliminar a los Marios de mi vida, pero casualmente me casé —y me divorcié— de una María; en mi primera novela elaboré un personaje que se llamaba Mario; y acepté ser sínodo de una tesis sobre Cayo Mario, el gran militar romano. Pero aceptar que buscaba al Mario original me hubiera causado demasiado dolor porque no estaba, lo veía poco, y a él parecía no importarle. Hay sentimientos inmensos, lo sé ahora (1), que quisiéramos que no entraran en el pecho de un niño de tres años. Pero eso es imposible. Aquel primer asado me resultó aberrante pero tal vez no era culpa ni del asado ni de lo que me empeñé en elaborar como mi primer recuerdo. Probablemente lo que reventaba no era la panza de aquel animalote: creo más bien que se trataba del pecho de un animal más pequeño. La explosión que deja un hueco, un vacío que se mantiene a pesar de los años, del alcohol, de la cocaína y de los hoteles de lujo.

Lo siento por los vegetarianos, pero el día de hoy no hay estilo de cocina que me guste más que los asados. Los prefiero sobre cualquier otra comida. Al mismo tiempo, pocas cosas me enervan más que los momentos de incertidumbre. El ansia sigue siendo igual de potente, de amenazante, de incontrolable que cuando esperaba que los vientres y pechos estallaran. El día de hoy el absurdo es mi mejor sentido del humor. No en mis textos: en mi vida diaria. En conversaciones pocas cosas me satisfacen más que robar parte de la historia que me están contando y ponerla en otro contexto, de cabeza, para así crear un ridículo, un absurdo. Seccionar la historia como la vaca en el asado. Me fascina que la gente reaccione y se ría. Cada vez que eso pasa, hay una conquista: logro que el absurdo deje de ser terrible y dramático, y se vuelva algo controlable, igual de absurdo, pero risible. Me gusta que estallen los vientres de risa, no porque una vaca se haya comido una mantis religiosa.

(1.- Originalmente escribí “parte importante mía”, luego me di cuenta de mi imbecilidad)


 

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Cómo una joven encontró a su familia 26 años después gracias a una foto en WhatsApp

Una niña que quedó huérfana en el genocidio de 1994 en Ruanda ha encontrado a sus familiares gracias a las redes sociales. Esta es su historia.
24 de septiembre, 2020
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Grace Umutoni de niña, a la izquierda, y en una imagen actual.

Grace Umutoni
“¿Me conocen?” Grace Umutoni publicó fotos de cuando era niña en las redes.

Para Grace Umtoni lo ocurrido ha sido “un milagro” obra de las redes sociales.

Umtoni quedó huérfana cuando solo tenía dos años. En 1994 sus padres fueron víctimas del genocidio que se cobró miles de vidas en Ruanda. Años después, ha podido encontrarse con algunos familiares.

La mujer, que no conocía su verdadero nombre, publicó fotos suyas de niña en grupos de WhatsApp, Facebook y Twitter el pasado abril con la esperanza de que miembros de su familia la reconocieran y pudiera reunirse con ellos.

Sus intentos anteriores, a través de cauces más formales, no habían dado resultado.

Todo lo que esta enfermera de 28 años sabía de su historia es que la habían llevado a un orfanato en Kigali, la capital ruandesa, después de encontrarla en el barrio de Nyamirambo. También fue acogido allí su hermano, de 4 años, que murió después.

En Ruanda hay miles de niños como ella, que perdieron a sus padres entre las 800,000 víctimas que se estima dejó la matanza sistemática de miembros de la etnia tutsi y hutus moderados en cien días de genocidio.

Muchos siguen buscando a su familia.

Después de que publicara sus fotos, aparecieron algunas personas que dijeron ser parientes suyos, pero pasaron meses hasta que apareció alguien que de veras parecía serlo.

Antoine Rugagi había visto las fotos en WhatsApp y se puso en contacto con ella para decirle que se parecía mucho a su hermana, Liliose Kamukama, muerta en el genocidio.

“El milagro por el que había estado rezando”

“Cuando lo vi, yo también noté que nos parecíamos”, le dijo Umtoni a la BBC.

“Pero solos las pruebas de ADN podían confirmar si éramos parientes, así que nos hicimos unas en Kigali en julio”.

Umutoni viajó desde el distrito de Gakenke, donde vive, mientras que Rugagi llegó desde Gisenyi, en el oeste, para que pudieran recoger los resultados juntos.

Grace Umutoni y su tío Antoine Rugagi .

Grace Umutoni
Grace Umutoni y Antoine Rugagi viajaron a Kigali para recoger los resultados de su prueba de ADN.

Resultó ser un gran día para ambos, ya que las pruebas revelaron un 82% de posibilidades de que ambos fueran famlia.

“Estaba impactada. No pude contener mis ganas de expresar mi felicidad. Todavía hoy pienso que estoy en un sueño. Fue el milagro por el que siempre había rezado”, cuenta Umtoni.

Su recién hallado tío le contó que el nombre que le pusieron sus padres tutsis era Yvette Mumporeze.

También le presentó a varios parientes de la rama paterna de la familia, como su tía Marie Josée Tanner Bucura, que lleva meses atrapada en Suiza a causa de la pandemia.

Grace Umutoni y su madre.

Grace Umutoni
Grace Umutoni y su madre, Liliose Kamukama, en una imagen de un álbum familiar.

Ella estaba convencida de que Grace Umtoni era su sobrina antes incluso de conocer el resultado de las pruebas genéticas por el parecido de la mujer de la foto de WhatsApp con el de la niña de los álbumes de la familia.

“Era claramente la hija de mi hermano Aprice Jean Marie Vianney y su esposa, Liliose Kamukama. A los dos los mataron en el genocidio”.

‘Pensamos que ninguno había sobrevivido’

La señora Bucura le contó también el nombre completo de su hermano, que llegó con ella al orfanato, Yves Mucyo, y que había tenido otro hermano, Fabrice, de un año.

El genocidio comenzó horas después de que el avión que transportaba a los presidentes de Ruanda y Burundi, ambos de la etnia hutu, fuera derribado en la noche del 6 de abril de 1994.

Milicias hutus recibieron la instrucción de dar caza a los miembros de la minoría tutsi. El suburbio de Nyamirambo, en Kigali, fue uno de los primeros en ser atacado.

Muchas de personas murieron a machetazos en sus casas o en barricadas levantadas para impedir el paso de quienes trataban de escapar. Algunos lograron ponerse a salvo en iglesias y mezquitas.

La señora Bucura dijo que alguien cómo una mujer agarraba del brazo al pequeño Yves y se lo llevaba corriendo de allí, pero no consiguieron más información. De su hermana no se supo nada.

El genocidio terminó meses después, cuando los rebeldes tutsis del Frente Patriótico Ruandés, liderado por el hoy presidente Paul Kagame, se alzó con el poder.

Cráneos en el Memorial del Genocidio en Kigali.

Reuters
Muchos murieron por golpes de machete, como se aprecia en los cráneos conservados en el Memorial del Genocidio en Kigali.

“Pensamos que ninguno había sobrevivido. Incluso los recordábamos cuando cada abril llegaba el aniversario del genocidio”, explica Bucura.

Umtoni no había podido averiguar sobre su familia y lo único que le contaron es que Yves murió al llegar al orfanato como resultado de las heridas que sufrió por las balas de las milicias hutus de las que huía.

Cuando tenía cuatro años, la niña fue adoptada por una familia tutsi del sur de Ruanda que le dio el nombre de Grace Umtoni.

“Los responsables de mi escuela me ayudaron y volví al orfanato en Kigali para preguntar si había algún rastro de mi pasado, pero no había nada”, dice.

“He vivido siempre en la pena de ser alguien sin raíces, pero seguí rezando por un milagro”.

“Por bien que me tratara la familia adoptiva, no podía dejar de pensar en mi familia biológica, pero tenía muy poca información para siquiera empezar a buscar”.

Ahora tiene curiosidad por saber más de sus padres. Han planeado una gran reunión familiar con parientes que llegaran de diferentes lugares del país y del extranjero, aunque el coronavirus ha obligado a aplazarla.

Entretanto, le han presentado a algunos de sos familiares a través de WhatsApp y ha descubierto que tiene un hermano mayor en Kigali, fruto de una relación anterior de su padre.

“Estamos agradecidos con su familia adoptiva”

Desde 1995, casi 20.000 personas se han vuelto a reunir con sus familias gracias al Comité Internacional de la Cruz Roja.

Su portavoz para Ruanda, Rachel Uwase, asegura que aún siguen recibiendo peticiones de ayuda de gente a la que el genocidio separó de su familia.

En lo que va de 2020, son 99 las personas que se han reencontrado con sus familiares.

Para la señora Bucura, descubrir que su sobrina había sobrevivido es algo que agradece.

“Estamos agradecidos con la familia que la adoptó, le dio un nombre y la crió”.

La joven mantendrá el nombre que le dio su familia adoptiva ya que es el que la ha acompañado la mayor parte de su vida.

Pero le tendrá siempre gratitud a las redes sociales por haberla ayudado a encontrar un sentido de pertenencia.

“Ahora hablo frecuentemente con mi nueva familia”, cuenta.

“He pasado toda mi vida con la sensación de que no tenía raíces, pero ahora me parece una bendición tener tanto a mi familia adoptiva como a la biológica, ambas pendientes de mí”.


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