Cómo hacer para que el traslado de cada día al trabajo no te arruine la salud
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Cómo hacer para que el traslado de cada día al trabajo no te arruine la salud

Es un hecho: sea que uses el transporte público o el automóvil, la experiencia de ir todos los día de la casa al trabajo y de regreso no suele ser placentera. Te contamos qué se puede hacer para mejorarla.
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Por BBC Mundo
2 de agosto, 2016
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Jessica Patch tenía buenas razones para aceptar un trabajo publicitario bien remunerado en San Francisco, EE.UU.

Aparte del reto en sí del puesto, sabía que el dinero extra la ayudaría a financiarse un costoso tratamiento de fertilidad.

El lado negativo: tener que manejar casi 90 km hasta la oficina, lo que significaba estar hasta cuatro horas al día en el auto.

Para matar el tiempo, Patch escuchaba podcasts y recibía un programa de radio sobre terapias para aliviar el estrés, pero la presión del desplazamiento al trabajo, añadida a la larga jornada laboral, le “arruinó completamente el cuerpo”, según cuenta.

De 35 años, Patch desarrolló problemas estomacales relacionados con el estrés, se deprimió y terminó con problemas en la zona lumbarde tanto estar detrás del volante.

Y ni pensar en intentar concebir.

Después de nueve meses, renunció y se dedicó a trabajar como freelance en diseño y fotografía, algo que podía hacer desde casa (aunque con menos paga). Ahora espera su primer hijo en octubre.

Su experiencia negativa de los largos viajes diarios no es poco común.

El espejo retrovisor de un autoHay estrategias para ayudar a que ese traslado diario no te deje exhausto.

Es algo estresante y el estrés tiene todo tipo de efectos secundarios sobre la salud“, explica Iain Gately, autor de Rush Hour, un libro que explora cómo 500 millones de personas sobreviven diariamente a los desplazamientos diarios al trabajo.

“Creo que muchos de nosotros experimentamos una abrumadora sensación de impotencia porque estamos atascados en el tren o en la carretera y no hay nada que podamos hacer”, dice.

De hecho, estudios hechos desde Ghana hasta Alemania muestran que una mayor distancia entre nuestra oficina y la casa puede llevarnos a sufrir de agotamiento, malos hábitos de sueño, aislamiento social e incluso provocar problemas emocionales para nuestros hijos.

En EE.UU., datos estadísticos oficiales muestran que “cada minuto que se pasa en el viaje está asociado con una reducción de 0,0257 minutos en el tiempo para hacer ejercicio, 0,0387 minutos menos para cocinar y 0,2205 minutos menos de sueño“.

Por ejemplo, durante el transcurso de un año, descontadas unas dos semanas de vacaciones, alguien que se desplaza 15 horas semanalmente pierde cerca de media hora de sueño cada día.

Viajar con un plan

Sin embargo, según nuevos estudios, ese desplazamiento al trabajo puede ser, en realidad, aprovechado para hacer una mejor división entre la vida familiar y la oficina.

Creo que muchos de nosotros experimentamos una abrumadora sensación de impotencia porque estamos atascados en el tren o en la carretera y no hay nada que podamos hacer”

Un equipo internacional de investigadores hizo este año un sondeo con 225 empleados de una empresa británica mediática grande y encontró que entre mayor era la distancia a su trabajo, estaban menos contentos y satisfechos emocionalmente con sus empleos.

Sin embargo, esa relación negativa entre el tiempo de viaje y la satisfacción laboral no existía en las personas que se destacaban especialmente por una cualidad: el autocontrol.

Jon Jachimowicz, coautor del trabajo de investigación Commuting With A Plan, señala que estudios a ambos lados del Atlántico muestran que “personas con un nivel más alto de autocontrol tienen más probabilidades de ocuparse en la prospección de fines concretos, camino al trabajo”.

Es decir, que el simple acto de hacer una planificación mental durante el tiempo de viaje hace una gran diferencia.

Básicamente, quienes tienen mayores niveles de autocontrol se pueden plantear preguntas en la mañana como: ¿qué debo hacer hoy?, ¿cómo encaja eso en lo que tengo que hacer esta semana?, ¿tendrá efectos en mis objetivos de carrera?

Atasco de tráfico¿En un atasco? Encontrar una forma de aprovechar ese tiempo detrás del volante hace una gran diferencia sobre la forma en que los traslados diarios nos hacen sentir.

Al hacer eso, durante unos pocos minutos, el estudio mostró que las personas están mejor equipadas para hacer la transición tanto psicológica como temporal de su rol en casa (como padre, madre o compañero de casa) a su rol en la oficina (como jefe, subalterno o colega).

Y, por consiguiente, reportan sentir menos estrés o agotamiento.

Jachimowicz apunta que si bien es algo que quienes tienen más autocontrol hacen naturalmente, “es una estrategia disponible para todo el mundo”.

Aislamiento errado

Por otra parte, es verdad que quienes no conducimos al trabajo podemos encontrar más tiempo para leer, responder correos o desconectarnos durante nuestro desplazamiento diario.

Sin embargo, resulta ser que la forma solitaria e insociable como nos comportamos en el transporte público podría ser, en realidad, perjudicial.

Un vagón del metro lleno de genteLa forma solitaria y poco sociable en que nos compartamos en el transporte masivo puede ser perjudicial para nosotros mismos.

En la mayoría de la circunstancias solo le permitimos a los demás estar a una cierta distancia de nosotros, pero viajar en transporte público viola casi todas las reglas de participación social.

Gately argumenta en Rush Hour que muy frecuentemente viajamos en condiciones que serían consideradas crueles en el trasporte de ganado, especialmente en ciudades como Tokio, Pekín o Moscú, donde los sistemas de transporte están entre los más concurridos del mundo.

Gately explica que en ese contexto “realmente no tratamos a las personas como personas”.

“Las tratamos como si fuesen piezas de mobiliario y eso permite que nos las arreglemos sin tener que interactuar con ellas, como lo haríamos en circunstancias normales”.

Eso puede ayudarnos a lidiar con el hacinamiento, pero las investigaciones muestran que podría ser parte de la razón por la que nos sentimos tan estresados.

Para Nicholas Epley, un profesor de Ciencias de la Conducta de la Universidad de Chicago, EE.UU., existe una paradoja social que se ve, cada mañana, en los trenes y buses de todo el mundo cuando los trabajadores erróneamente buscan la soledad.

Un juglar cantando a un grupo en el metro¿Podríamos acabar con la infelicidad en el transporte si le habláramos a extraños?

“La gente tiende a pensar que los demás no son tan sociables y que si comienzas una conversación sería algo desagradable, pero en eso están equivocados”, sostiene.

“Lo que aprendimos de nuestros experimentos es que el mayor costo del viaje diario -la infelicidad que aparece en casi toda encuesta que haces- puede desaparecer simplemente al hablar con un extraño”.

Epley enfatiza que los humanos somos animales extremadamente sociales que ansiamos conectarnos. Sin embargo, subestimamos considerablemente el interés que tendrían muchos desconocidos en hablarnos.

El promedio de los participante en el estudio reciente, que se llevó a cabo en el transporte público de Chicago, aventuró la hipótesis de que solo el 40% de los viajeros entablaría una conversación. La cifra real: 100%.

Epley sugiere comenzar con un halago o una observación para romper el hielo y dice que su experimento sugiere que “tanto extrovertidos como introvertidos podrían estar sorprendentemente más felices, si fuesen un poquito más sociales de lo que son ahora mismo”.

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El épico viaje de un grupo de estudiantes en un autobús viejo más allá de la Cortina de Hierro

En el verano de 1968, un grupo de amigos adaptó un autobús de dos pisos y se fueron de viaje en él por Europa del Este. Se encontraron con tanques soviéticos, una escasez de cerveza rumana y un peligroso paso de montaña yugoslavo.
24 de octubre, 2020
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The gang in front of the bus in Pisa

1968 CRD253 Group
De Escocia a Estambul vía Pisa.

En el verano de 1968, un grupo de amigos adaptó un autobús de dos pisos y se fueron de viaje en él por Europa del Este.

Patrocinado por dos fabricantes de whisky escocés, se encontraron con tanques soviéticos, una escasez de cerveza rumana y un peligroso paso de montaña yugoslavo.

El autobús era un antiguo AEC Regent MkII de Reading Transport Corporation, un modelo que ahora tiene su propia página de Wikipedia y un público fiel.

Luego de servir por mucho tiempo al público, el autobús estaba estacionado con una variedad de reliquias desechadas afuera de un garaje en Spittalfield, una pequeña ciudad al norte de Perth, en Escocia.

Ian Jack y su amigo Dave Stickland tenían vagos planes para algún tipo de viaje de verano.

Pasando por delante del garaje un día de mayo de 1968, los estudiantes vieron los autobuses y, por capricho, se detuvieron para preguntar el precio de los un piso.

Costaban unos US$520, increíblemente caros.

Pero, justo cuando se iban, el dueño del garaje los llamó y les ofreció uno de dos pisos, con menos demanda, por la mitad del precio.

Comprar un vehículo tan grande era “una idea ridícula”, por lo que declinaron y se fueron, dice Ian.

“Pero luego regresamos a la universidad y se corrió la voz y, de repente, la gente quiso darme algo de dinero para comprarlo”.

El viaje

El viaje estaba en marcha. La joya de la ingeniería británica construida en Southall estaba a punto de encontrarse con la Europa continental.

Quitaron los asientos para dar espacio a los colchones donados por su universidad, St Andrews.

Compraron trozos de alfombra, y Wendy Scott, una de las doce compañeras de viaje, hizo cortinas para la cubierta superior, tanto para las ventanas como para colgarlas en los dormitorios, para dar a las cinco estudiantes a bordo algo de privacidad.

Map of the entire route

Google
No había Google Maps en 1968.

Los arreglos para dormir eran algo en lo que la prensa local estaba particularmente interesada.

Instalaron una pequeña cocina y armaron una ducha improvisada con agua calentada por el sistema de enfriamiento del motor del autobús.

No había retrete, solo una pila de papel higiénico y la aceptación de que cualquier llamada de la naturaleza tendría que ser respondida al aire libre.

Intentamos que fuera cómodo“, dice Wendy, que ahora vive en Newcastle.

Bus parked near Hagia Sophia museum and the Blue Mosque in Istanbul

1968 CRD253 Group
Durante la estancia en Estambul, cerca de Santa Sofía.

“Tratamos de hacerlo habitable, porque sabíamos que íbamos a tener que dormir allí. Ya sabes, no hoteles ni nada. Tendríamos que dormir en este autobús durante 10 semanas”, agrega.

A veces dormían afuera si el clima lo permitía.

“Te despertabas por la mañana en la parte superior del bus, mirabas hacia abajo y allí estaba Ian, tocando la flauta, la gaita Absolutamente maravilloso. ¿Qué más quieres en esta vida?”, dice Wendy.

El camino

No es fácil precisar exactamente cuántos eran en total. Wendy recuerda 13, Ian piensa que 15.

Pero poco importa, ya que tenían la costumbre de recoger gente en el camino, por lo que su número fluctuaba constantemente.

Un soldado estadounidense, de vacaciones en Múnich, estaba tan atraído por el autobús que subió con su bicicleta y se quedó.

Un par de austriacos se unieron a ellos en Viena y no se fueron durante un mes. Uno, Klem, resultó ser chef y hábil en la “cocina” en la parte trasera del autobús, con su pequeña cocina de gas.

“Tuvimos mejillones y pollos… Ah, tuvimos comidas maravillosas”, dice Wendy, con melancólica.

Wendy Scott lying on a mattress on the beach by the Black Sea

1968 CRD253 Group
Wendy escribió un diario durante el viaje.

Recogieron los mejillones directamente del mar. Las gallinas, compradas vivas en un mercado, se volvieron locas en el autobús.

Dos días antes de llegar a Roma, Klem compró unos caracoles como regalo para su madre y los guardó en un gran cubo. A la mañana siguiente estaban por todas partes.

En Cluj, en el norte de Rumania, un viajero británico les dio las claves de cómo comprar cerveza durante lo que entonces era una escasez nacional.

Cuando el mismo problema se presentó en Bucarest, habían aprendido la lección.

“En ese momento sabíamos que la única forma de comprar cerveza era esperar en las puertas de la cervecería hasta que saliera un camión, luego seguirlo hasta su destino y pagar”, dice Ian.

Hanging out of the windows (l-r): Sarah Lowe, Wendy Scott, Rosemary Stanning. Just visible in the bus: Carol Cave and Margaret Hardisty (Hills). Outside: Roland Lisker, Klemens Hedenig, Dick Moore, Bryan Powell, Ian Jack, Dave Stickland, Mike Hughes, Nigel Hungerford, Sandy Scott

1968 CRD253 Group
El número de viajeros variaba de un país a otro.

El grupo había persuadido a la empresa de whisky escocés Teachers para que les pagara unos US$100 a cambio de un anuncio en el lateral del autobús y la promesa de repartir folletos promocionales escritos en inglés, francés y alemán.

“Recuerdo que iba por la autopista, cuando estábamos atrapados el tráfico, repartiendo folletos”, dice Wendy.

“La gente pensaba que estábamos locos“.

En Turquía y más allá

Conducir en Estambul era una “pesadilla” de calles estrechas llenas de gente, carretillas, carros tirados por burros y balcones colgantes.

Una calle se hizo más y más estrecha hasta que no pudieron ir más lejos.

“Los balcones daban contra el piso superior del autobús”, recuerda Ian. “Tuvimos que dar marcha atrás, cuesta arriba, provocando enormes perturbaciones en el tráfico”.

Para entonces, el autobús ya estaba bastante estropeado.

Se había quedado atascado debajo de un puente en la carretera a Núremberg y en otra ocasión se le habían desinflado los neumáticos.

The bus in Vienna by the parliament building on the Dr Karl Renner Ring

1968 CRD253 Group
Una productora de whiskey les dio algo de dinero por llevar un anuncio.

Luego, un día de agosto a la mitad del viaje, estuvieron a punto de caerse de la ladera de una montaña.

El camino era demasiado estrecho y la roca que sobresalía de un lado los obligó a alejarse tanto que las ruedas del autobús rozaron el borde del acantilado.

“Los lugareños se pararon frente al autobús tratando de persuadirnos de que no siguiéramos“, recuerda Margaret Hills, amiga de Ian, otra exmiembro del grupo.

“La pista estaba sin asfaltar, escombros de piedra caliza, estrecha, con voladizos en un lado y un precipicio en el otro. Fue tan aterrador”, dice.

Esto no sorprenderá a nadie familiarizado con el Paso de Cakor, una peligrosa carretera de montaña a través de Kosovo, entonces parte de Yugoslavia.

The bus on the very edge of the road on the Cakor Pass, Yugoslavia (Montenegro)

1968 CRD253 Group
El Paso de Cakor fue una de las carretera más peligrosa que tuvieron que atravesar.

Pero Ian tenía en una falsa sensación de seguridad por el nombre de la carretera, E27, que sonaba como una carretera principal.

La ruta, no obstante, pronto se deterioró hasta convertirse en una pista de grava con curvas cerradas alrededor de un desfiladero empinado.

“Algunas oraciones fueron pronunciadas incluso por los miembros ateos del grupo”, dice Ian. “Si hubiera sabido algo de esto de antemano, no hay forma de que me hubiera atrevido a intentar la E27”.

Otras peripecias

Después de viajar durante el día, estacionaban en cualquier lugar para pasar la noche: playas, apartaderos y, en una ocasión, un bosque en las afueras de Múnich que resultó ser un campo de tiro del ejército.

Un puente cerca del Danubio en Viena parecía agradable hasta que los drogadictos locales comenzaron a congregarse.

Visitaron tantos lugares que Wendy, ahora una viajera experimentada, no puede recordarlos todos.

Reflexionando sobre la clara evidencia de que fueron a un concierto en la famosa catedral de San Esteban de Viena, dice que “no tiene ningún recuerdo”.

Su diario dice que fueron, “así que definitivamente he estado allí”.

Ian, el cerebro del viaje, había recorrido parte de la ruta el año anterior en una motocicleta y un sidecar con Dave.

Conocía los mejores lugares para ir, dice Margaret, que ahora vive en Sandhurst. en Berkshire.

“Recuerdo que me llevaron por una ciudad con un calor sofocante similar y me dejaron en una piscina, que era la más fría que había experimentado. ¿Cómo diablos supo que estaba allí? Entonces no había wi-fi ni Google”.

Ian dice que tenían “algunos mapas razonables”.

Sin embargo, también tenían que tener cuidado con su dinero. A finales de los años 60, los controles destinados a mantener estable la economía significaban que la suma máxima de dinero que los viajeros británicos podían sacar del país era de 50 libras esterlinas.

Los pantalones vaqueros y bolígrafos occidentales resultaron ser una buena alternativa al dinero en efectivo y los amigos descubrieron un hospital en Kavala, en Grecia, que pagaba por donaciones de sangre.

También deseosos de no gastar más de lo necesario, idearon un plan para evitar un impuesto a los pasajeros que viajaban a Yugoslavia.

Después del puesto fronterizo griego, se bajaron del autobús y caminaron, fingiendo estar solo de paso, y se volvieron a subir una vez pasado el punto de control yugoslavo, no sin antes tener que hacer una larga caminata que los dejó de mal humor.

Las fronteras

Los cruces fronterizos no siempre fueron fáciles: el grupo generalmente fue interrogado y con frecuencia registrado.

En Bulgaria, los funcionarios de aduana sospecharon que transportaban artículos de contrabando.

“Me obligaron a pasar por un foso de inspección que me dio una oportunidad útil, y la única, de revisar la parte inferior del autobús mientras los guardias fronterizos buscaban drogas o lo que sea”, recuerda Ian.

Cruzar el Telón de Acero hacia Hungría fue difícil y lento, pero por diferentes razones que solo se hicieron evidentes más tarde, dice.

The Red Army and the troops of four other member countries of the Warsaw Pact (Hungary, Poland, Bulgaria and East Germany) invade Czechoslovakia, 21 August 1968

Keystone-France/Getty Images
Fue un año inestable en esa parte de la Cortina de Hierro.

Al ver un gran número de transportadores de tanques rusos, estaban “muy conscientes” de que algo se estaba gestando, dice Wendy. Pero no sabían qué y no se quedaron mucho tiempo.

Unas semanas más tarde, en la noche del 20 al 21 de agosto, Hungría se unió a otros cuatro países del Pacto de Varsovia -Polonia, Bulgaria, Alemania Oriental y la Unión Soviética – en la invasión de Checoslovaquia.

Los amigos acababan de evitar la Operación Danubio, la represión militar soviética a la Primavera de Praga, un intento de cuatro meses de los checos por recuperar parte del control de su país de manos de Moscú.

El regreso

Pero cuando los tanques se preparaban para cruzar la frontera, Ian y el grupo ya estaban de camino a casa, cruzando el Canal en el ferry de Dunkerque a Dover.

Wendy regresó pronto a Dundee con seis peniques en el bolsillo y las primeras 7.500 millas de lo que se convertiría en toda una vida de viajes.

La relación de Ian con el autobús duró un poco más. A principios de septiembre de 1968, lo condujo por última vez, de regreso a Aalst en Bélgica, donde estaba un hombre que había querido comprarlo cuando pasaron por la ciudad por primera vez dos meses antes.

The bus in 1981 in Meer, near the town of Aalst in Belgium

Ian Charlton
El bus en 1981.

Terminó como la carroza ganadora en el Carnaval de Aalst del año siguiente.

Y si los fanáticos del músico Cliff Richard encuentran que toda esta historia recuerda a su película de 1963 Summer Holiday, con el autobús, el grupo de amigos, el canto, el baile y la ocasional y peligrosa pista de montaña yugoslava, Ian dice que ni siquiera los inspiró.

La película pasó inadvertida para ellos por completo y todavía no la ha visto.


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https://www.youtube.com/watch?v=HfP7FM3vmp8&t=14s

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