Cuánto vale una medalla de oro y por qué las de las Olimpiadas de Río 2016 son distintas
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Cuánto vale una medalla de oro y por qué las de las Olimpiadas de Río 2016 son distintas

Las de Río 2016 son las más grandes y pesadas de la historia de los Juegos Olímpicos, pero sólo una pequeña parte de su material dorado procede del precioso metal. Te contamos otras de sus particularidades.
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Por BBC Mundo
8 de agosto, 2016
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Son el objeto más deseado en estos días en Río de Janeiro, el reconocimiento con el que unos 10.500 deportistas procedentes de 206 países esperan ver coronados los esfuerzos de años de entrenamiento y dedicación.

Los organizadores de las Olimpiadas de 2016 ordenaron producir 2.488 medallas para premiar a sus deportistas, de las cuales 812 son de oro, el metal más preciado.

Pero, ¿cuánto vale una medalla de oro de Río 2016?

Para estimarlo, lo primero que hay que tomar en cuenta es que en el caso de las preseas olímpicas se cumple el dicho de que no todo lo que brilla es oro. Su composición actual es 92,5% de plata; 6,16% de cobre y apenas 1,34% de oro.

La normativa del Comité Olímpico Internacional establece que cada medalla dorada debe contener al menos 6 gramos de oro de 24 quilates.

Medallas de Río 2016Las medallas de oro deben contener, al menos, 6 gramos de oro de 24 quilates.

Las de Río 2016 pesan en total unos 500 gramos. Su valor, estimado a partir de su composición, es de unos 600, según cálculos del Consejo Mundial del Oro.

Las últimas medallas doradas hechas enteramente en oro fueron las entregadas en los Juegos Olímpicos de 1912.

Precios récord

Una vez que estas preseas han sido entregadas, su valor en el mercado se proyecta mucho más allá del costo de los materiales que la componen y se convierten en un objeto preciado para los coleccionistas.

Caja de madera en la que se guardan las medallas.Las medallas vienen en una caja de madera producida de forma sostenible.

Así, una medalla de oro de una disciplina cualquiera, ganada por un deportista no muy conocido, puede venderse en unos US$10.000 en las casas de subasta.

Pero, si se trata de una presea que cuenta con una historia particular que la puede hacer más valiosa, las cifras se disparan mucho más allá, como lo demuestran los US$1,47 millones pagados en 2013 por la última de las cuatro medallas de oro ganadas por Jesse Owens en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Un precio récord.

Medallas ecológicas

Las preseas de Río 2016 fueron fabricadas por la Casa de la Moneda de Brasil. Con un diámetro de 85 milímetros y un peso de 500 gramos son las más grandes y más pesadas de la historia.

MedallaPaula Pareto logró la primera medalla de oro para Argentina en Río.

Su diseño muestra unas hojas de laurel, símbolo de la victoria en la antigua Grecia, que envuelven el logo de Río 2016 y con ellas se quiso representar no sólo la excelencia deportiva sino además las fuerzas de la naturaleza y los principios de sostenibilidad y accesibilidad.

Las medallas vienen en una caja de madera con forma de piedra, que ha sido certificada por el Consejo de Protección de los Bosques, lo que garantiza que el material procede únicamente de bosques que cumplen con los máximos estándares de sostenibilidad.

Para ello, se exigió el cumplimiento de estrictos criterios ambientales y de normativas laborales. Así, por ejemplo, en el proceso de obtención del oro estuvo prohibido el uso del mercurio, un gran contaminante.

Medallas de los juegos paralímpicos.Las medallas de los juegos paralímpicos hacen ruido al ser sacudidas.

En cuanto a las medallas de plata y bronce, 30% del material que las compone es reciclado.

De igual modo, la mitad del plástico usado para fabricar las cintas con las que los deportistas se cuelgan las medallas procede de botellas recicladas.

En cuanto a las preseas de los Juegos Paralímpicos incorporarán un pequeño dispositivo interno que hace ruido al ser sacudido para ayudar a los deportistas con discapacidades visuales a reconocer qué han ganado. La de oro es la más ruidosa; la de bronce la menos.

Así, Río 2016 apuesta también por resaltar el principio de la accesibilidad.

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Karol Czinege/EyeEm/Getty Images

¿Por qué nos gusta tanto la comida crujiente? (y cómo el sonido se convirtió en el sabor olvidado)

Decimos que comemos con los ojos, ¿pero sabías que también puedes comer con los oídos? Por extraño que parezca, los sonidos - y especialmente lo crujiente y crocante - tienen mucho que ver con la experiencia culinaria.
Karol Czinege/EyeEm/Getty Images
18 de octubre, 2020
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El sonido es el sabor olvidado. No solo comemos con la boca, con la nariz o con los ojos. También lo hacemos con el oído.

Lo dice el experto en psicología experimental Charles Spence, que lleva casi dos décadas investigando cómo nuestro cerebro procesa información de cada uno de nuestro sentidos, y cómo comprender eso puede ayudarnos a diseñar mejores alimentos (o unos que nos agraden más).

“Desde el crujido de la comida, hasta el ruido del empaquetado, el roce de la cuchara en el plato o la música que escuchamos mientras comemos; todos los sonidos afectan a nuestra experiencia culinaria, unos más que otros, y también al sabor”, le cuenta a BBC Mundo.

Spence, autor de Gastrophysics: the new science of eating (“Gastrofísica: La nueva ciencia de la comida“, 2017), dirige el laboratorio Crossmodal Research de la Universidad de Oxford, Reino Unido, integrado por especialistas en psicología, neurociencia y cocina. También colabora con chefs de renombre -como el español Ferrán Adriá o el británico Heston Blumenthal- para crear experiencias culinarias “multisensoriales”.

Y es que, según el científico, comer es una experiencia mucho más multisensorial de lo que solemos reconocer, sobre todo a nivel auditivo.

No es el único que lo piensa. “Hay varias cosas que nos hacen sentirnos satisfechos con la comida: el olor, el gusto y la textura, en la que incluimos el sonido”, le dice a BBC Mundo la consultora en alimentación Amanda Miles-Ricketts. “Y no hay nada más satisfactorio que algo crujiente o crocante”.

"No importa que música escuches: hay un sabor que seguro combina bien con ella".", Source: Charles Spence, Source description: psicólogo experimental, Universidad de Oxford, Image:

Precisamente, la preferencia del ser humano por lo crujiente es algo que lleva años fascinando a Spence.

Uno de sus mayores logros es haber creado un ruido electrónicamente modificado de la papa frita para convencer al consumidor de que era más crujiente. Fue un experimento que surgió de la pregunta de si el sabor de una papa frita sería diferente si alteramos su crujido. Y resultó que sí.

La Universidad de Harvard le entregó por ello un Ig Nobel, una parodia del prestigioso galardón “para hacer reír, y luego pensar”.

Pero la cuestión de por qué nos gusta tanto la comida crujiente tiene un trasfondo más serio de lo que parece.

niño comiendo alitas de pollo

Chakarin Wattanamongkol/Getty Images
¿Te entró el apetito?

“Cuando hicimos ese experimento en 2009 era difícil creer que habría interés en el tema, pero desde entonces han surgido muchos trabajos y experimentos para combinar diferentes sonidos y sabores”.

¿Qué nos pasa con la comida crujiente?

“La comida rápida suele ser crujiente, crocante, casi siempre ruidosa”, dice Spence. “A nadie le gusta la idea de una papa frita esponjosa, incluso aunque sepamos que tiene todos los elementos que le dan ese sabor”, comenta el psicólogo.

En su laboratorio de Oxford, ha podido demostrar que las diferentes frecuencias de crujidos pueden alterar cómo percibimos su sabor o incluso que algunos alimentos nos parezcan de mejor o de peor calidad.

“Es una reacción instantánea en nuestro cerebro”, dice Spence. “Todavía estamos investigando por qué nos atrae tanto lo crujiente, pero existen varias teorías”.

“Una de ellas parte de que las verduras y los vegetales más ‘ruidosos’ suelen ser más frescos (y viceversa), por lo que asociamos lo crujiente con lo saludable“.

“Por otro lado (y paradójicamente), algunos alimentos crujientes -como las galletas, los cereales o las frituras- suelen tener un alto contenido en grasa…. y a nuestro cerebro le gusta la idea de grasa, lo cual explicaría nuestra preferencia por ese sonido”.

cereales

Getty Images
Cuando comes algo crujiente, prestas más atención a lo que ocurre dentro de tu boca.

A Miles-Ricketts -que tiene una marca propia de tés especializada en salud y bienestar que lanzó tras sufrir problemas en la piel- le preocupa eso. “Al margen de las manzanas, que obviamente son saludables, los alimentos poco saludables y adictivos que no son naturales suelen ser crujientes. No es pura coincidencia“.

“Finalmente”, añade Spence, “otra teoría que surgió hace un par de años es que cuando empezamos a degustar algo nos suele resultar más sabroso, y nuestro cerebro se va adaptando y desconectando a medida que le parece menos ‘interesante’, pero cuando comes algo ruidoso eso dirige tu atención hacia tu boca, lo cual ayuda a que el sabor se quede por más tiempo”.

Eso significaría que puede que nos guste más la comida crujiente porque sentimos que su sabor dura más.

Pero la cuestión de la experiencia sensorial -y sonora- de la comida va más allá de lo crujiente.

Maridaje fonético

“Piensa en el sonido cuando abres una lata, una botella, el corcho del vino o incluso el del microondas. Todo ello afecta a nuestra experiencia y a cómo percibimos el sabor”, explica Spence. “No es casualidad que las papas fritas se vendan en bolsas de plástico especialmente ruidosas; es puro marketing intuitivo”.

Y así como los ruidos afectan al sabor, también lo hace la música.

"Los alimentos poco saludables y adictivos que no son naturales suelen ser crujientes".", Source: Amanda Miles-Ricketts, Source description: consultora en alimentación y fundadora de Niche Tea, Image:

Spence y su equipo han investigado cómo los sabores dulces y agrios suelen asociarse con notas de alta frecuencia, mientras que los amargos equivalen a notas de baja frecuencia.

“Si, por ejemplo, escuchas cierta música mientras tomas una taza de café o comes una porción de chocolate, puedes intensificar su dulzura“, explica Spence.

Es lo que él llama “sazonar fonéticamente” la comida.

El científico asegura que muchas marcas y músicos se han interesado por esta técnica y ya están poniendo en prácticas maneras de combinar sabores y sonidos para mejorar la experiencia culinaria y responder a la pregunta de “cuál es el sonido de su sabor”.

Miles-Ricketts cree que cada vez más actores en la industria alimentaria tienen en cuenta la “funcionalidad y el propósito de sus productos” y el hecho de que la alimentación es “una experiencia multisensorial”.

papas fritas

Getty Images
¡Ese “crunch” es muy deseable!

“Podríamos incluso aprovechar esto para comer de forma más saludable”, propone Spence. “Podríamos comer con menos azúcar si añadimos un poco de ‘música dulce’ para sazonar alimentos, en lugar de la alta música de algunos restaurantes que, de hecho, suprime nuestra capacidad de saborear adecuadamente”.

“Así como maridamos ciertos alimentos con ciertos vinos, podemos maridar sabores con sonidos y formas“.

“Muchos nunca habrían imaginado que la música puede alterar el sabor de la comida, pero es todo un nuevo campo por explorar. ¿Por qué no maridar un sabor con un sonido?”

“No importa que música escuches: hay un sabor que seguro combina bien con ella”.


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https://www.youtube.com/watch?v=Yd02AZz63Sw

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