Las duras críticas a la Madre Teresa de Calcuta de quienes cuestionan su santidad
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Las duras críticas a la Madre Teresa de Calcuta de quienes cuestionan su santidad

El escritor Christopher Hitchens describió a la Madre Teresa como una "fundamentalista religiosa, activista política, sermoneadora a la antigua y cómplice de los poderes seculares de este mundo".
BBC Mundo
Por BBC Mundo
4 de septiembre, 2016
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Cuando la Madre Teresa, monja católica que trabajó con los pobres en la ciudad india de Calcuta, sea declarada santa este domingo, sus críticos seguirán defendiendo que la fe triunfó sobre la razón y la ciencia.

La religiosa, premio Nobel de la Paz, murió en 1997 a los 87 años de edad. En 1950, fundó la congregación de las Misioneras de la Caridad, que actualmente tiene más de 3,000 monjas en todo el mundo.

Levantó hospicios, comedores, escuelas, albergues para leprosos y hogares para niños abandonados y fue llamada la Santa de las Alcantarillas por su trabajo en los barrios más pobres de la ciudad.

Pero también tuvo un buen número de detractores.

El escritor inglés Christopher Hitchens la describió como una “fundamentalista religiosa, activista política, sermoneadora a la antigua y cómplice de los poderes seculares de este mundo”.

En su muy comentado panfleto sobre la vida de la Madre Teresa de 1995, “La posición de la misionera” (The missionary position, en inglés), Hitchens critica el “culto al sufrimiento” de la monja, de quien asegura que pintó su ciudad adoptiva como “un agujero infernal” y que se relacionó con dictadores.

Hitchens también presentó El Ángel del Infierno (Hell’s Angel), un documental de tono escéptico sobre la religiosa.

Mucho después, en 2003, el médico residente en Londres Aroup Chatterjee publicó una durísima crítica a la monja tras haber realizado cerca de 100 entrevistas con personas relacionadas con su congregación.

Atacó lo que calificó de una falta de higiene horrible -reutilización de agujas hipodérmicas, por ejemplo- y el caótico mantenimiento de las instalaciones de sus centros, entre otras cosas.

La Madre Teresa y Juan Pablo II en el hogar de Nirmal Hriday, en Calcuta, en 1986AFP
El papa Juan Pablo II beatificó a la Madre Teresa en 2003.

Hemley González, quien actualmente vive en Miami y trabajó como voluntario durante dos meses en 2008 en uno de los hogares para pobres de la Madre Teresa en Calcuta, asegura que se sintió “impresionado al descubrir la horrible y negligente manera en que la organización opera y la contradicción entre eso y la forma en que el público general percibe su trabajo”.

Milagros cuestionados

“Con una oposición firme contra la maternidad planificada, contra la modernización de equipos y contra muchas otras iniciativas que buscan soluciones, la Madre Teresa no era una amiga de los pobres, sino más bien una promotora de la pobreza”, me dijo González, quien gestiona una página de Facebook crítica con la monja que pretende “informar” sobre la congregación a “donantes desprevenidos”.

En años recientes, nacionalistas indios como Sanal Edamaruku cuestionaron los milagros que llevaron a la monja a la santidad.

Para convertirse en santo a ojos del Vaticano es necesario vincular un milagro con los rezos y peticiones dedicados a la persona en cuestión después de muerta.

Esos casos deben ser “verificados” antes de ser aceptados como milagros. A menudo se trata de curas o recuperaciones de enfermedades que parecen no tener una explicación médica lógica.

Monjas de las Misioneras de la Caridad bajo una foto de la Madre Teresa durante el décimo aniversario de su muerte en Calcuta, 2007REUTERS
En la actualidad, la congregación de la Madre Teresa tiene más de 3,500 monjas.
La mujer india Monica Besra habla por teléfono en su casa del pueblo de Nakur, a 500km de CalcutaAFP
Monica Besra asegura que una foto de la monja la curó del cáncer.

Cinco años después de la muerte de la monja, el papa Juan Pablo II aceptó un primer milagro: la curación de la mujer bengalí Monica Besra de un tumor abdominal y concluyó que fue resultado de su intervención sobrenatural.

Esto despejó el camino a la beatificación en 2003.

El papa Francisco reconoció un segundo milagro en 2015: la sanación de un hombre brasileño con tumores cerebrales en 2008.

Entre la fe y las pruebas

Edemaruku desacredita el primer caso y se pregunta cómo una mujer pudo ser curada por una foto de la monja colocada en su estómago, cuando había pruebas que sugieren que estaba siendo tratada con medicamentos.

“La mayoría de la gente no cuestiona ya a la monja porque su imagen es la de alguien que trabajaba por los pobres”, apunta.

“Si cuestionas a la Madre Teresa se te identifica como contrario a los pobres. No tengo nada contra ella, pero difundir milagros no es científico”.

Y un claramente molesto, Chatterjee me dijo que “los llamados milagros son demasiado poco serios y pueriles incluso para ser rebatidos“.

Escolares ante una vitrina con una escultura de la Madre Teresa en agosto de 2016REUTERS
La monja sigue siendo un ícono en Calcuta después de su muerte.

La última disputa vino de un grupo de académicos y trabajadores sociales que pidieron a la ministra de Exteriores india, Sushma Swaraj, que reconsidere su decisión de visitar el Vaticano para asistir a la ceremonia de canonización.

“Es pasmoso que la ministra de Exteriores de un país cuya constitución exhorta a sus ciudadanos a tener un temperamento científico apruebe una canonización basada en ‘milagros'”, apuntaba la petición.

Sin embargo, como dice el sociólogo Shiv Visvanathan, las pruebas y la fe son cosas diferentes.

“Aún hay muchas preguntas abiertas. Muchos de nosotros tenemos un conocimiento de la historia y la filosofía de la ciencia. El cristianismo tiene una larga historia de batallas contra la ciencia. Y los racionalistas también pueden acabar a veces excediéndose en ciertas cosas al pedir pruebas en todo momento”, señala.

Claramente, el veredicto sobre la Santa de las Alcantarillas aún no es definitivo.

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Entre inundaciones y pandemia: Artesanas de Campeche buscan cómo recuperar sus ventas

Dicen que están listas para seguir, pero perdieron su materia prima y la economía en las comunidades siguen tan deprimida que les cuesta vender lo poco que producen.
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29 de noviembre, 2020
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Las lluvias de junio de 2020 en el poblado de Iturbide, Vicente Guerrero, en Hopelchén, Campeche, inundaron la casa de Mariana Mercedes Muñoz Chan. Hasta 40 centímetros subió el agua en el interior. El patio sigue convertido, cinco meses después, en un enorme charco de agua verduzca donde crecen los moscos.

En la inundación, Mariana, de 26 años y tejedora de hamacas, perdió su reserva de hilos y su bastidor. Sin esa materia prima no puede producir y si no produce, no tiene dinero para volver a comprarlos. En ese círculo está atrapada, igual que varios pobladores de Hopelchén, al este de Campeche, en la frontera con Yucatán y en lo que se conoce como la región maya de Los Chenes.

Lee: Comunidades forestales y parques ecoturísticos sufren por pandemia del COVID-19

La artesana pertenece a la cooperativa Jitbi Kan, integrada por 12 mujeres, que una a otra se fueron enseñando a urdir las hamacas. La tía del esposo de Mariana, doña Victoria, a quien le enseñó el arte otra familiar de otro poblado, le enseñó a su vez a la suegra de la joven y la suegra a ella. En la puerta de sus casas salían en grupo a urdir los hilos y los vecinos empezaron a comprarles.

Entre familiares y amigas formaron, hace poco más de dos años, el grupo, se pusieron a producir en forma y andaron de casa en casa los poblados, vendiendo las hamacas. Cada pieza tarda de un mes a mes y medio en quedar terminada. Es lo que cada una vende en ese tiempo. De acuerdo al tamaño, una de estas camas colgantes puede costar de 800 a más de 2 mil 500 pesos.

Después, la organización maya Ka Kuxtal Much Meyaj AC (el renacer del trabajo colectivo, en español) invitó a las artesanas a capacitarse en procesos de organización y comercialización de sus productos y a formar parte de una cooperativa de cooperativas, Tak Muuk’, integrada, hace año y medio, por 12 grupos, que aglutinan a 147 artesanos, la mayoría mujeres.

La cosa iba marchando bien. Las cooperativas montaron un tianguis agro ecológico y artesanal. Una vez al mes ponían sus puestos en la cabecera municipal de Hopelchén, con una variedad de artículos que iba de hamacas y blusas bordadas hasta dulces típicos.

Pero entonces llegó el COVID. Las actividades no esenciales se cerraron en todos lados y los artesanos ya no pudieron salir a vender sus productos ni montar el tianguis. Idearon una venta en línea. Hicieron una página de Facebook y subieron un catálogo para que las personas elijan. El trato se cierra por WhatsApp y los productos llegan vía FedEx. Así está vendiendo ahora la mayoría de las cooperativas de Tak Muuk’, aunque por lo golpeada que está la economía de los pobladores las ventas son mínimas.

Un golpe y otro

A ese modelo digital estaban tratando de amoldarse en la cooperativa Jitbi Kan cuando llegó el huracán Cristóbal y arrasó con los hilos y los bastidores de la mitad de las artesanas.

Guadalupe del Carmén KuKú es hija de la iniciadora en Iturbide, Vicente Guerrero, de eso de la venta de hamacas, de doña María Victoria, Lupita, como le dicen, es de las que no han podido recuperar su materia prima.

“Yo también perdí mis hilos, mi bastidor se mojó y ya que se moja se va pudriendo la madera y ya no sirve. El hilo lo mismo, se pudre y se rompe, ya no se puede hacer hamacas con eso. Debí haber perdido unos 5 mil pesos, porque había ido comprado hilos, para no estar comprando y comprando”.

La economía de sus familias es precaria y no pueden ayudarles a recuperarse. Mariana cuenta que tuvo que irse a vivir con su suegra. La casa de ella está húmeda y el patio anegado es un criadero pestilente de mosquitos. En la inundación no solo perdió sus hilos y su bastidor, también perdió sus cultivos de limón, naranja, mango, lima. 25 matitas en total que iba a vender en las comunidades vecinas. Sus 20 gallinas ponedoras se ahogaron. Todo se perdió.

Su esposo, albañil de profesión, apenas puede encontrar algún trabajillo desde que toda la actividad económica se cerró por el COVID. Todavía no quieren arriesgarse a ir a Campeche capital. Los rumores de un rebrote les hacen no andar ese camino. A veces se contrata con los menonitas, en la pizca de tomate y chile. Pero hasta esos grandes agricultores están afectados por las inundaciones y el trabajo es poco.

El patio de Lupita también sigue inundado, lo mismo que los caminos. Aunque ella y su esposo, quien se emplea en el campo, no perdieron animales ni cosechas, el terreno donde cultivan está en alto. Pero la artesana cuenta que el comercio está bajo, la gente del pueblo no logra recuperarse y no hay dinero.

La salud es ya otra cosa que les preocupa a las artesanas. Con el agua anegada y los moscos se han presentando las enfermedades. “COVID no hay aquí, pero creemos que dengue sí. Casi en cada casa hay alguien con fiebre y diarrea”, dice Lupita.

En el Centro de Salud hay un solo médico que, dicen, a veces no está o no se da a basto para atender. Los pobladores se quitan los malestares con remedios o con paracetamol.

Álvaro Mena, integrante de la organización maya Ka Kuxtal Much Meyaj, dice que en Hopelchén se inundaron unas diez comunidades, cuatro siguen en el agua. Aunque las autoridades han metido bombas para drenar, el suelo está tan húmedo que vuelve a llover y el agua no se absorbe.

Sin cultivos y sin costuras

En la cooperativa de cooperativas Tak Muuk hay otros grupos que aunque no perdieron su materia prima en la inundación tienen ventas tan bajas que no les sirven para subsistir.

Doña Elodia Panti Marti, de la cooperativa de Much Meya, dedicada a la confección y venta de ropa bordada, en la comunidad de Xmejia en Hopelchén, cuenta que ella y las otras cinco mujeres que integran el grupo vendían, antes del COVID y de las lluvias, la ropa de casa o en casa a pagos o en el tianguis montado por Tak Muuk.

Ahora, aunque el semáforo de riesgo marca verde para Campeche, todavía no se animan a salir a pregonar ni se ha vuelto a poner el tianguis. “Salir sí da miedo, una de nosotras ya es persona de edad, la otra tiene sobrepeso, otra tiene su niños chicos y no los quiere arriesgar, yo soy recién operada, tuve un tumor en la cabeza y sí nos da miedo contagiarnos”, dice doña Elodia.

Además la gente no tiene dinero para comprar. “Estamos vendiendo en la página de Facebook de Tak Muuk, pero son pocas las ventas. Antes vendíamos ocho o diez prendas cada mes en el tianguis y cada que una salía de casa en casa pues se llevaba 70, 80 prendas que colocaba en abonos. Ahora cada mes vendemos si acaso tres blusas y pues no nos sale ni para invertir para subir la producción”.

En Xmejia ya no están inundados pero sí tuvieron muchas afectaciones. “Con mi esposo cosechábamos maíz, la chigua (calabaza), la pepita chica, ibes (frijoles yucatecos), pero ahorita no se dio casi nada, no sacamos ni la inversión. Andamos espulgando ahí a ver qué se puede comer al menos”, dice Doña Elodia.

Lo que les está ayudando un poco es que su suegro, como ejidatario, entró como beneficiario del programa Sembrando Vida y el esposo de doña Elodia y sus dos hermanas están trabajando el terreno del señor y se reparten el apoyo mensual que otorga el gobierno. A cada uno le tocan poco más de 1,300 pesos.

“Pues ya es algo y con eso también pueden trabajar la tierra, pero sí estamos en una situación muy difícil. Tenemos hijos, yo tengo tres, y ahora además hay que gastar en el internet para que puedan descargar las tareas y entregarlas. Es muy difícil. Estamos listos para levantarnos después de todo lo que ha pasado, y queremos, pero estamos en una situación muy muy difícil”.

Tak Muuk ha organizado una campaña de recaudación de fondos, para ayudar a las artesanas y artesanos a tener dinero para invertir en sus materias primas y que puedan volver a producir.

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