La pobreza que mata: el suicidio de una madre mexicana que se llevó a sus hijos
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La pobreza que mata: el suicidio de una madre mexicana que se llevó a sus hijos

Sol era una madre soltera a punto de perder la casa en la que vivía con sus dos hijos. Una noche, mientras Alberto de 7 años y Óscar de 14 dormían, ella abrió las llaves del gas y días después los tres fueron hallados muertos por sus vecinos en Jalisco.
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Por Óscar Balderas / Vice News
27 de septiembre, 2016
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Nadie muere de hambre. Se muere de pobreza, como le pasó a Sol y sus hijos.

Esa muerte comienza con el primer día de un estómago vacío, cuando las piernas y los brazos se debilitan. Los niveles de azúcar caen y sube a la cabeza un dolor punzante. Si la falta de comida persiste, el organismo oxida la acetona y los ácidos grasos que están en la reserva del cuerpo. El pensamiento se nubla, el ánimo decae, el agotamiento se instala. El cuerpo desintegra las proteínas de los músculos. Duelen las articulaciones, los ligamentos, el pecho y los ojos pierden brillo. La falta de alimentos golpea al hígado, los riñones, el bazo. Arde el estómago, el corazón amartilla con taquicardias, los pulmones se aletargan. No hay vigor para caminar, para trabajar o para hablar. El cuerpo enfermo contagia a los sentimientos y una profunda depresión nubla al que sufre. La comida se vuelve un pensamiento obsesivo que desespera y obliga a repensar la vida, pero eso se hace postrado en una cama o en el piso, porque las corvas ya no tienen cómo mantenerse firmes.

Se enciende el modo de supervivencia y el famélico siente como si el cuerpo se mordiera a sí mismo para convertir las entrañas en combustible. Se acumulan fluidos que inflan los pies, las muñecas, el vientre. La piel se reseca, las uñas se quiebran, los dientes se destemplan, el cabello se cae cada vez que la angustia hace que las manos vayan a la cabeza. La mente sufre con las alucinaciones, la pérdida de memoria, la desorientación de tiempo y espacio. A esas alturas, el estómago está hecho un desastre. Ni siquiera un bocado puede paliar el sufrimiento. Las únicas opciones son la alimentación intravenosa o la muerte.

El fin llega entre los próximos 20 y 40 días sin alimentos. El final de la agonía es incierto: nadie muere de hambre, sino de hipotermia, un infarto cardiaco o un paro pulmonar. Lo único seguro es que será una muerte dolorosa a la que se llega con el cuerpo colapsado, un final indigno para cualquier ser humano.

¿La joven Sol sabía que eso sufre una persona, cuando la pobreza extrema la ahorca? ¿Conocía el dolor físico y emocional que causa no tener lo indispensable?

¿Eligió suicidarse y matar a sus hijos para no tener que sufrir ese final?

Huele a muerte

La mañana del 30 de agosto de 2016, los habitantes del fraccionamiento Los Agaves, en el municipio de Tlajomulco, Jalisco, al occidente de México, se despertaron envueltos en un olor nauseabundo.

Mientras dormían, un olor fétido se había metido a sus casas por los barrotes de las ventanas y debajo de las puertas, y había impregnado la ropa de cama, los trastes que escurrían, los cuadernos en las mochilas, todo lo que estuviera en contacto con el aire. Siete días antes había comenzado un ligero mal olor, pero ese martes se había transformado en un manto invisible que provocaba arcadas. El aroma había avanzado en los días que el vecindario de casas de interés social se negaba a decir lo que la mayoría pensaba: huele a muerte y el origen es la casa de Sol, de 35 años, y de sus hijos Alberto, de 14, y Óscar, de 7.

En una esquina de la calle Capela, fraccionamiento Los Agaves, está la casa de Sol, Alberto y Óscar.

En una esquina de la calle Capela, fraccionamiento Los Agaves, está la casa de Sol, Alberto y Óscar.

Cuando llegó el atardecer, el olor ya era demasiado intenso como para seguir en negación. Era picante a ratos y sofocante la mayoría del tiempo, así que una mujer marcó al número de emergencia 066 y a las 6:59 de la tarde se registró en la base policial “Palomar” una petición anónima de apoyo para saber qué sucedía dentro de esa casa de paredes blancas y reja negra, donde se había instaurado un largo silencio que preocupaba a la comunidad.

Desde que entraron al fraccionamiento, el policía S. y su pareja, a bordo de la patrulla TZ268-5 de la policía municipal, intuyeron lo que iban a encontrar. En cuanto cruzaron la reja principal de Los Agaves, a 150 metros de casa de Sol, en la calle Capela, percibieron que olía a muerte, pero tampoco quisieron decirlo en voz alta. Se estacionaron frente a la puerta, tocaron sin encontrar respuesta y se miraron, como si quisieran decirse “va a ser una noche larga”. Llamaron a la Dirección General de Protección Civil de Tlajomulco y se sumaron dos funcionarios. Los cuatro, frente a la puerta y de espaldas a los vecinos que miraban angustiados, forzaron la entrada e ingresaron.

Un golpe de gases se les metió por la nariz y empujó desde el estómago un latigazo de vómito. Todos, adentro y afuera, contuvieron la respiración, aferrados a la esperanza de que la culpa fuera de una tubería rota en el drenaje, mientras Sol y sus hijos estaban en unas vacaciones tan discretas que nadie los vio salir.

Minutos después, llegó el oficial de más alto rango en el municipio, César Navarro, el comisario de la policía municipal. Cruzó la puerta y vio la diminuta sala, amueblada sólo con lo indispensable, pegada a una minúscula habitación. Giró a la izquierda, cruzó el comedor y miró al fondo la cocina, el baño y una zotehuela. Todo enano y precario. Caminó y entró a la segunda recámara. Y ahí estaba el origen del olor, tal y como se lo habían anunciado por radio.

Tres cadáveres tan descompuestos que, por su experiencia como policía desde 1987, calculó con sólo verlos que llevaban ahí una semana.

Eran Sol, Alberto y Óscar.

La escena fue fotografiada y guardada en el teléfono del comisario Navarro: el cuerpo de Sol tendido en el piso, a los pies de las dos camas que había en la recámara. En una estaba Alberto, tan hinchado que su cuerpo parecía el de un adulto; en la otra, Óscar, acostado de lado, acompañado por un alebrije de peluche. Minutos después, los peritos notarían que las puertas y ventanas estaban fuertemente cerradas por dentro, que las llaves del gas de la estufa estaban deliberadamente abiertas. Y encontrarían once hojas escritas a mano.

La carta, cuentan quienes la leyeron, era un testimonio de depresión, enojo y frustración, pero sobre todo mostraba el deseo de Sol por ser perdonada, aunque también era un esfuerzo por explicar su suicidio y el asesinato de sus hijos: la vida es insoportable cuando la pobreza es tan fuerte que asfixia.

La vida de Sol, tanto como su muerte, se llenó de dudas: ganaba 800 o 900 pesos a la semana como empleada en una maquiladora de material electrónico o en su nuevo trabajo como vendedora de pan. Ella sola sostenía a sus dos hijos, porque vivía lejos de su familia o no tenía contacto con ellos desde tiempo. Hace semanas o meses se había convertido en el único sostén de la casa, cuando su esposo o novio la abandonó y le heredó una deuda de 300 o 600 pesos semanales como parte del crédito que le dio el Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores. Llevaba semanas recibiendo llamadas y visitas intimidantes de “abogados del gobierno” que querían echarla su casa. Y como Sol no tenía dinero ni más familia cercana que sus dos niños pequeños, aquella tarde lo único que sí tuvo fue la certeza de que debía terminar con su vida y la de su familia.

El fraccionamiento se convirtió en funeraria. Entre llantos apretados y oraciones en voz baja, los vecinos vieron cómo los cuerpos fueron retirados de la casa. La puerta se cerró por última vez y detrás de ella quedó un refrigerador casi vacío y, sobre la mesa del comedor, una taza con un par de billetes y unas pocas monedas, que los peritos creen que era todo el ahorro que le quedaba a Sol. Creen que cuando contó el dinero y supo que, otra vez, la vida la asfixiaba, eligió sus pasos finales: escribir la carta, acostar a sus hijos, acercar al más pequeño un peluche, cerrar herméticamente la casa, cerciorase que estuvieran profundamente dormidos, abrir las llaves de gas y acostarse con ellos hasta que la muerte llegara por los tres.

El comisario de la policía municipal de Tlajomulco, César Navarro, recuerda cómo encontró los tres cadáveres.

El comisario de la policía municipal de Tlajomulco, César Navarro, recuerda cómo encontró los tres cadáveres.

Al día siguiente, la mañana del 31 de agosto, los habitantes de Los Agaves aún despertaron envueltos en un intenso olor que, como la tristeza, tardaría días en disiparse. La casa de Sol seguía callada, sellada y fría.

Lo único que había cambiado en el paisaje era una veintena de veladoras derretidas que se apagaron en la soledad de la madrugada.

Puedes leer la nota completa en Vice News en español. 

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El gobierno de Japón paga para que sus ciudadanos encuentren pareja (y se reproduzcan)

Los nacimientos en Japón han caído a su mínimo histórico y las autoridades quieren ayudar a los ciudadanos a encontrar pareja utilizando inteligencia artificial.
Getty Images
8 de diciembre, 2020
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Japón planea impulsar su maltrecha tasa de natalidad financiando programas de inteligencia artificial que ayuden a sus ciudadanos a encontrar el amor.

A partir del próximo año subvencionará a las instituciones locales que ya están ejecutando o preparando proyectos que utilizan este tipo de tecnología para emparejar a las personas.

El número de bebés nacidos en Japón en el último año quedó por debajo de los 865.000, lo que supone un récord de caída de la natalidad.

Esta nación, crecientemente envejecida, está buscando formas de revertir una de las tasas de fertilidad más bajas del mundo.

Impulsar el uso de la inteligencia artificial es uno de sus últimos intentos.

El gobierno planea asignar a las autoridades locales 2.000 millones de yenes (US$19 millones) para aumentar la tasa de natalidad, informó la agencia de noticias AFP.

Inteligencia artificial para encontrar pareja

Muchos ya ofrecen servicios de búsqueda de pareja, gestionados por personas, y algunos han introducido diversos sistemas de inteligencia artificial con la esperanza de que realicen un análisis más sofisticado de los formularios con los que los usuarios envían sus datos.

Algunos de los sistemas existentes se limitan a considerar criterios como los ingresos y la edad, y sólo facilitan un resultado positivo si hay una coincidencia exacta.

Pareja con hijos.

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Se prevé que la población de Japón disminuya del máximo de 128 millones que alcanzó en 2017 a menos de 53 millones a finales de siglo.

Los medios de comunicación locales informan de que la financiación tiene por objeto permitir a las autoridades habilitar sistemas avanzados, más caros, que tengan en cuenta factores como las aficiones y los valores personales.

“Estamos planeando especialmente ofrecer subsidios a los gobiernos locales que operan o impulsan proyectos de emparejamiento que utilizan la inteligencia artificial”, explicó un funcionario del gabinete a la AFP. “Esperamos que este apoyo ayude a revertir la disminución de la tasa de natalidad de la nación”, señaló.

El tiempo apremia: se prevé que la población de Japón disminuya desde las 128 millones de personas que alcanzó en 2017 (su máximo) a menos de 53 millones a finales de siglo.

Los mandatarios tratan de garantizar que la fuerza de trabajo contratada del país pueda hacer frente a los crecientes costos del Estado del bienestar.

Mujer japonesa con su hijo.

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Hay expertos que alertan de que sería mejor opción mejorar las condiciones laborales que gastar el dinero en tecnología.

Sachiko Horiguchi, antropóloga sociocultural de la Universidad del Templo de Japón, cree que hay mejores formas de que el gobierno aumente la tasa de natalidad que subvencionar la búsqueda de pareja con la IA, como ayudar a los jóvenes que ganan bajos salarios.

La investigadora señaló un reciente informe que sugiere un vínculo entre niveles bajos de ingresos y la pérdida de interés en las relaciones amorosas entre los jóvenes adultos japoneses.

“Si no están interesados en salir con alguien, las citas románticas probablemente sean ineficaces”, dijo Horiguchi a la BBC.

La presión sobre las mujeres

Mujer japonesa trabajando con su hijo.

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Japón se clasificó en el puesto 121 de 153 países en un informe sobre la igualdad de género realizado por el Foro Económico Mundial

“Si tenemos que confiar en la tecnología, podría ser más efectivo facilitar robots que se encarguen de las tareas domésticas o del cuidado de los niños”.

Los especialistas han señalado durante mucho tiempo la falta de apoyo a las madres trabajadoras en Japón, una sociedad que tradicionalmente ha esperado que las mujeres hagan todas las tareas domésticas, críen a los niños y, además, cumplan con su trabajo profesional.

El gobierno ha asegurado que quiere animar a más mujeres a trabajar a tiempo completo, pero la brecha de género ha aumentado en los últimos años.

Japón se clasificó en el puesto 121 de 153 países en un informe sobre la igualdad de género realizado por el Foro Económico Mundial en 2019, bajando 11 puestos respecto al año anterior.


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