La Ciudad de México, la entidad número uno en agresiones a personas trans
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Andree Ávalos

La Ciudad de México, la entidad número uno en agresiones a personas trans

En los últimos 20 años, 36 de los 256 asesinatos de personas transgénero registrados en el país ocurrieron en la capital. La comunidad trans decidió no celebrar su día internacional el próximo 13 de noviembre, como protesta.
Andree Ávalos
Por Diana Delgado / Más por Más
4 de noviembre, 2016
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El 30 de septiembre pasado, un balazo terminó con la vida de Paola, una mujer transgénero que se dedicaba al trabajo sexual. Su presunto homicida es un hombre que solicitó sus servicios por 200 pesos y, de acuerdo con testigos, era una cantidad menor a lo que normalmente tendría que pagar, pero la escasez de trabajo hizo que Paola aceptara subir al auto color gris en el que perdió la vida.

En un video que circula en internet, que fue grabado y narrado por una de sus compañeras, se ve el cuerpo agonizante de Paola, se escuchan gritos de auxilio y se ven las luces de una patrulla que se acerca.

El presunto responsable fue detenido con el arma homicida; pese a ello, dos días después del incidente, un juez dejó en libertad a quien había sido reconocido como agresor.

Las agresiones a personas transgénero son un crimen que ocurre con frecuencia: entre 1995 y 2016, la asociación civil Letra S documentó mil 310 asesinatos de odio hacia la población Lésbico, Gay, Bisexual, Transgénero, Transexual, Travesti e Intersexual (LGBTTTI); del total de los casos, 265 asesinatos —equivalentes a 20.2% de los casos— corresponden a personas transgénero.

En la Ciudad de México se ha intentado disminuir la homofobia y la transfobia a través de campañas de sensibilización, pero en el mismo periodo, 36 de los asesinatos de personas transgénero ocurrieron en la capital, que a nivel nacional ocupa el primer lugar en agresiones de este tipo.

Pero el problema podría ser más grande, ya que las cifras de Letra S están basadas en casos documentados en medios de comunicación, debido a que no existe una estadística en las instituciones de procuración de justicia de la capital que contabilice por separado a las personas trans asesinadas.

Para evidenciar el problema, la comunidad trans decidió no celebrar su día internacional el próximo 13 de noviembre, como protesta porque en un mes ocurrieron dos asesinatos hacia esta población.

Violencia desmedida

En 14 de octubre pasado, una mujer transgénero fue hallada sin vida en un hotel de la colonia Obrera, en la delegación Cuauhtémoc. Según las primeras investigaciones de las autoridades, la mujer pudo haber sido estrangulada. Se trataba de Alessa Flores, una trabajadora sexual, activista y defensora de los derechos de la comunidad LGBTTTI.

De acuerdo con Letra S, los asesinatos de personas transgénero se caracterizan, principalmente, por el alto grado de violencia con que se cometen, ya que dicho sector de la población es más vulnerable a determinados ataques violentos.

Por ejemplo, el uso de armas blancas, golpes y asfixia ocupan los primeros tres lugares en los métodos que se utilizan en las agresiones, le siguen los ataques con armas de fuego y las muertes provocadas por golpes con objetos contundentes.

El análisis de dicha asociación civil revela que en 95% de los casos hubo dos o más tipos de ataques, pero sólo uno de ellos fue la causa principal de muerte.

El grupo de edad más vulnerable es el de personas transgénero de entre 18 y 39 años de edad, además, dedicarse al trabajo sexual las pone en mayor riesgo.

“De lo que tenemos documentado, aproximadamente en 50% de los casos no hay información sobre la persona fallecida,  pero en el resto hemos visto que el grupo más vulnerable es el de las trabajadoras sexuales. Y encontramos que el acoso no sólo viene de los clientes, sino también de la ciudadanía y de la policía que les cobra por permitir que trabajen”, dice Rocío Suárez, del Centro de Apoyo a las Identidades Trans (CAIT), quien sostiene que las personas que realizan trabajo sexual son el sector de esta población que más violencia y abusos experimentan.

La representante del CAIT explica que por cada hecho mediático de violencia  hacia la comunidad transexual podría haber dos casos más que no se conocen, y estos podrían estar sucediendo en ámbitos familiares, de pareja y laborales.

Víctimas invisibles

Datos del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación (Copred) revelan que la población transgénero está dentro de los 15 grupos sociales más discriminados en la Ciudad de México.

Para activistas en el tema, los casos recientes de violencia hacia personas transgénero en la capital generan incertidumbre entre este sector de la población.

“Hay miedo y desconfianza con la disposición y alcance que pueda tener la justicia. Por ejemplo, en el caso de Paola creemos que fallaron los protocolos para la población LGBTTTI y los protocolos de resguardo de evidencia y por eso todos vimos que el agresor salió libre”, dice Rocío Suárez.

La representante del CAIT advierte que aunque ya se trabaja con las autoridades capitalinas, el avance que hay en la ciudad respecto al problema de la discriminación hacia esta población es sólo a nivel de políticas públicas y legislación, sin embargo, hace falta trabajar un cambio cultural profundo dentro de la sociedad.

“Hablar el tema desde las escuelas, con los niños, los padres de familia, que la sociedad se involucre, porque la violencia está naciendo desde el hogar”, dice.

En cifras:

  • 265 asesinatos dentro de la población transgénero se registraron en el país en 20 años.
  • 36 de esos asesinatos ocurrieron de manera violenta en la Ciudad de México.
  • 2 personas transgénero fueron asesinadas en menos de un mes en la ciudad.
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Por qué la glucosa juega un papel clave en la obesidad (y la diabetes)

Los procesos químicos que tienen lugar en el cuerpo cuando consumimos azúcar nos dan una pista sobre cómo evitar dos de las enfermedades más extendidas del mundo: obesidad y diabetes.
24 de junio, 2020
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Los azúcares refinados aumentan los niveles de glucosa en nuestro torrente sanguíneo.

Getty
Los azúcares refinados aumentan los niveles de glucosa en nuestro torrente sanguíneo.

Cuando comemos un pedazo de pan o un simple caramelo y vemos qué ocurre en nuestra sangre resulta que, a los pocos minutos, nuestros niveles de glucosa (comúnmente denominada “azúcar”) han subido.

¿Qué es lo que ha ocurrido mientras?

Acompañemos a la comida en su recorrido para averiguarlo.

A los pocos minutos de tragarnos ese pedazo de pan, éste llega ya digerido (por el estómago) al intestino delgado.

Las células intestinales absorben los nutrientes que contenía, entre los que se encuentra la glucosa.

Y dado que estas células están en contacto directo con el sistema circulatorio, inmediatamente se vierten a la sangre y se dirigen al hígado.

Como consecuencia la concentración sanguínea de glucosa (glucemia) se dispara.

Lo que viene a continuación es fácil de deducir.

En ayunas, el nivel normal de azúcar en sangre es de 70 a 110 miligramos por decilitros (mg/dl). Después de las comidas, estos valores suben.

Getty
En ayunas, el nivel normal de azúcar en sangre es de 70 a 110 miligramos por decilitros (mg/dl). Después de las comidas, estos valores suben.

La sangre transporta la glucosa hacia los órganos que la necesitan como “combustible”.

De este modo, pueden obtener la energía necesaria (ATP) para llevar a cabo todas sus funciones.

El problema surge cuando un exceso o un déficit de glucosa en el organismo conduce al desarrollo de patologías.

De ahí la importancia de mantener su equilibrio.

Es el ying y el yang de la glucosa.

El hígado y el páncreas controlan el suministro

Las células requieren un suministro permanente de glucosa para realizar sus funciones vitales.

Sin embargo, su aporte es discontinuo, limitado a las comidas.

¿Cómo resolverlo para garantizar que las células reciben constantemente azúcar sin comer a todas horas?

El cerebro y otros órganos del cuerpo necesitan energía para funcionar correctamente.

Getty
El cerebro y otros órganos del cuerpo necesitan energía para funcionar correctamente.

Existen detectores celulares en distintos órganos (hígado, páncreas e hipotálamo, entre otros) que vigilan la disponibilidad de glucosa.

El papel del hígado

Cuando es alta (por ejemplo, inmediatamente después de comer), el hígado puede almacenar parte en forma de glucógeno para después, esto es, para cuando la glucosa escasee.

Como ocurre durante el ayuno entre comidas o mientras dormimos.

Entonces lo degrada y vuelve a obtener glucosa, que es liberada a la sangre para ser utilizada por otros órganos.

No acaba ahí su misión.

El hígado también convierte el exceso de azúcares en triglicéridos (grasa) y promueve su almacenaje en el tejido adiposo como reserva energética.

En momentos de ayuno prolongado, estos triglicéridos son hidrolizados y convertidos en ácidos grasos, que viajan donde se les necesita a través de la sangre para ser oxidados o degradados por las mitocondrias de las células y así producir energía.

Páncreas

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La insulina es la hormona que produce el páncreas y que permite a nuestro cuerpo absorber la glucosa.

El pancreas, clave del proceso

Por su parte, el páncreas juega un papel importantísimo en el equilibrio de los niveles de glucosa.

Se ocupa de detectar el exceso o déficit de glucosa, y responde en consecuencia fabricando y secretando hormonas que intentan restaurar el equilibrio.

La más conocida es la insulina, que se libera a la sangre cuando sube la glucemia y manda una orden contundente a las células: “captad glucosa sanguínea, que hay demasiada, y gastadla o almacenadla”.

Como consecuencia, el azúcar en sangre disminuye.

Hambre, saciedad y obesidad

Entretanto, en el cerebro, el hipotálamo permanece ojo avizor a los niveles de glucosa.

Este área del cerebro tiene asignada la importante misión de regular la ingesta controlando las sensaciones de hambre y saciedad.

Después de comer, su mensaje es: “hay mucha glucosa, así que necesitamos parar de comer; voy a activar la señal de saciedad”.

Obesidad

Getty Images
Uno de cada cuatro hombres en Argentina, Uruguay, Chile o México es obeso.

A la vista de todo lo que hemos expuesto, es fácil deducir lo que ocurre si ingerimos más comida (nutrientes) de la que “quemamos” (gasto energético).

El equilibrio se descompensa, retiramos hasta donde podemos la glucosa sobrante de la circulación y fabricamos grasa.

La consecuencia inmediata es que desarrollamos sobrepeso.

Y, si la situación se mantiene, obesidad.

En ocasiones, el equilibro se puede descompensar porque alguno de los pasos que hemos explicado está alterado.

Por otro lado, si los niveles de glucosa en sangre se mantienen altos incluso en periodos de ayuno (hiperglucemia), hablaremos de la existencia de diabetes.

Dos elementos clave

Existen dos puntos clave a nivel molecular para controlar el desarrollo de obesidad o de diabetes.

Patatas fritas

Getty Images
La incorporación de comida procesada ha contribuido al aumento de la obesidad.

De un lado los sensores, esto es, dispositivos moleculares que se encuentran en las células que detectan los niveles de glucosa o el estado energético de la célula (niveles de ATP), respectivamente.

Ejemplos de éstos son las proteínas glucoquinasa (GCK), el transportador de glucosa 2 (GLUT2), la quinasa activada por AMP (AMPK), la quinasa con dominios PAS (PASK) o la diana de rapamicina en células de mamífero (mTOR).

De otro lado, debe generarse una correcta respuesta a la insulina, es decir, que las células sean capaces de identificar y responder a esta hormona adecuadamente.

De que respondamos adecuadamente a la insulina se encargan una serie de receptores de la membrana de las células, así como un conjunto de proteínas intracelulares (IR, IRS, PI3K, AKT, etc).

Si el mecanismo falla en algún punto, las células no responden a la insulina, y el azúcar sanguíneo sobrante no se elimina.

Es lo que se conoce como resistencia a la insulina.

La consecuencia es que la glucosa en sangre permanece alta y se desarrolla diabetes (diabetes tipo 2).

Obesidad

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La obesidad está catalogada como una enfermedad.

Diabetes tipo 2, compañera de la vejez

A lo largo de los años, las células envejecen, los mecanismos moleculares de respuesta a la insulina se deterioran y van perdiendo su funcionalidad, por lo que es frecuente desarrollar resistencia a la insulina y diabetes tipo 2.

Por eso es una enfermedad habitual de la tercera edad.

Incluso se puede adelantar en personas obesas.

En estos casos, lo que sucede es que el tejido adiposo, obligado a almacenar un exceso de grasa por encima de su capacidad, está hipertrofiado y alterado.

Como consecuencia, la respuesta a la insulina se ve mermada.

1 de cada 4

Para colmo, los tejidos son menos eficientes captando y gastando glucosa, lo que conduce a un aumento del azúcar en sangre (hiperglucemia) y, en consecuencia, diabetes tipo 2.

No es baladí, sobre todo si tenemos en cuenta que una de cada cuatro personas mayores padece diabetes tipo 2.

Es más, según la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología el 40% de personas mayores de 65 años padecen diabetes (2,12 millones).

Esto supone un problema de salud grave dadas las numerosas complicaciones asociadas a esta enfermedad: problemas cardiovasculares, retinopatía diabética, nefropatías, neuropatía diabética, etc.

Niños comiendo hamburguesas

Getty Images
El bajo precio de la comida poco saludable está vinculado a un mayor riesgo de obesidad en la población de bajos recursos.

Investigación para el futuro

Por ejemplo, cada año aparecen alrededor de 386,000 nuevos casos de diabetes en la población adulta española.

De ahí la importancia de llevar a cabo estudios encaminados tanto a conocer sus mecanismos moleculares como a diseñar fármacos dirigidos a controlar los sensores de glucosa y nutrientes.

A eso precisamente lleva años dedicándose nuestro grupo de investigación, en la Universidad Complutense.

Concretamente estudiamos sensores y nutrientes a nivel del hipotálamo, el hígado y el tejido adiposo que ayuden a atajar una enfermedad responsable de una gran mortalidad y morbilidad en el mundo.

En los tiempos actuales, se ha añadido una nueva enfermedad infecciosa que, cuando afecta a enfermos de diabetes, produce un incremento en su severidad y mortalidad.

Nos referimos, claro está, a la covid-19.

La investigación de la interrelación entre ambas enfermedades se hace necesaria y urgente.

*María del Carmen Sanz Miguel, Ana Pérez García, Elvira Álvarez García y Verónica Hurtado Carneiro forman parte de un equipo de investigación de la Universidad Complutense de Madrid.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation y está reproducido bajo la licencia Creative Commons.

Haz clic aquí para leer la nota original.


https://www.youtube.com/watch?v=8urGTdEioOQ

https://www.youtube.com/watch?v=JwghZEmvmb8

https://www.youtube.com/watch?v=qd1YehNpbV4

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