El ocultismo nazi en la Segunda Guerra Mundial
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El ocultismo nazi en la Segunda Guerra Mundial

El ocultismo tuvo gran influencia en los Nazis, tanto en su origen como en sus líderes. Por lo tanto en la 2a Guerra Mundial se convirtió en un aliado más.
Por Daniel García
7 de febrero, 2017
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Nota del editor: esta entrada fue publicada originalmente en ClickNecesario.com, el 7 de junio de 2016.


Los Nazis eran la pura buena onda. Ahora que tengo su atención quisiera hablar sobre otra cosa que probablemente desmienta mi afirmación anterior. Dicen que en la guerra como en el amor, todo se vale (yo, por ejemplo, llevo meses entoluachando a una chava y todo va bien… ya casi me empieza a hablar). Durante la Segunda Guerra Mundial, el Tercer Reich quería tanto la victoria que no sólo utilizó tanques, aviones, submarinos y ejércitos para demostrar la supremacía de la raza aria, sino que buscó un aliado (o más una Potencia del Eje) en el ocultismo.

Existen fuertes rumores sobre cómo los nazis incorporaron la magia negra, la parapsicología y extrañas prácticas esotéricas durante la guerra. Algunas personas incluso mencionan actos diabólicos y satánicos (como cuando Hellboy llegó del inframundo por culpa de los alemanes) como parte de una estrategia para ganar la guerra. Todo esto sigue sin comprobarse, pero lo que es cierto, es que el ocultismo tuvo gran influencia en el nazismo, en las creencias de sus líderes y por lo tanto en la guerra.

ocultismo nazi

Para poder entender la parte ocultista de la Segunda Guerra Mundial tendríamos que empezar por entender que mucho de la doctrina nazi está basada en ritos paganos y con gran contenido esotérico. Así que, empecemos por el principio.

Los superhombres de la Atlántida

El nazismo era una especie de loca religión (¿cómo todas?) y que tenía en Adolf Hitler a su principal sacerdote. El del bigote pequeño era un gran orador (de esos que grita y mueve mucho sus brazos) y tenía tanta fuerza en sus palabras que era capaz de hacerle creer a todo un pueblo que ellos eran los mejores (mi mamá intentaba lo mismo conmigo, nomás que ella no tenía bigote).

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El Partido Nacionalista Obrero Alemán (o Partido Nazi pa’ la banda), gritaba a los cuatro vientos su fiel creencia de que la pureza de la sangre aria estaba siendo “contaminada” por las que ellos llamaban razas inferiores. La solución para este problema era sencillo, sólo había que deshacerse de ellas y una nueva raza de superhombres arios dominaría el mundo. Al menos esta era la interpretación que Hitler y sus compas le dieron a antiguos mitos y leyendas esotéricas, para crear su propio mito, el mito de la superioridad aria.

Para lograr el control absoluto, Adolf no sólo utilizó el poder de su recién creado mito sino que también se apropió de rituales cristianos para llegar a las masas. Su círculo más cercano, también conocido como La Red del Mal (o también como la Palomilla de los Indecentes), tenía fuertes lazos con lo oculto y serían de gran ayuda para lograr el objetivo nazi. La Red del Mal estaba conformada por Rudolf Hess (jefe del partido Nazi, Ministro de Estado y devoto a la astrología), Alfred Rosenberg (Jefe del Servicio de Asuntos Exteriores del Partido Nazi), Joseph Goebbels (Ministro de Propaganda) y Heinrich Himmler (Comandante en Jefe de la SS). Este último se convertiría en el maestro ocultista del Tercer Reich y el arquitecto de la nueva religión nazi.

ocultismo nazi

Arriba (der. a izq. Rudolf Hess y Alfred Rosenberg). Abajo (der. a izq. Joseph Goebbels y Heinrich Himmler)

¿Pero cuál era ese mito creado por los nazis? El fundamento de esta nueva religión es una vieja leyenda sobre un continente que alguna vez existió al norte del Atlántico. Ahí, en la Atlántida, vivía una raza de superhombres que por culpa de su soberbia fueron castigados por los dioses. La cosa es que los dioses no saben de castigos como “no dejarlos salir los viernes en la noche” o “tener que lavar los platos de la comida”, y por ello decidieron algo más drástico, inundar la Atlántida y desaparecerla por completo. Afortunadamente unos cuantos sacerdotes del desaparecido continente, lograron salir antes de la gran inundación y, abordo de unos barcos, llegaron al Tíbet. Estos serían los orígenes de la raza aria.

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Himmler, quien era un nacionalista extremo, tenía como misión probar que el pueblo germano era descendiente de la raza superior de la Atlántida. El alemán estaba seguro de que los sacerdotes de la Atlántida poblaron el Tíbet y que después emigraron al norte de Europa evolucionando en arios. Incluso Himmler realizó varias expediciones documentadas al Himalaya, para estudiar a los locales en busca de rasgos arios.

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Wikipedia

Por lo tanto, tras todo este movimiento, la conclusión obvia era que los arios, como descendientes de los superhombres de la Atlántida, eran la raza elegida. El problema es que habían perdido sus poderes cuando se aparearon con simples mortales. Había que hacer limpieza y el equipo de limpieza en forma de esvásticas había llegado. Esta es la semilla de la doctrina nazi.

Los místicos alemanes decidieron hacer de este mito, hechos y de estos hechos, historia.

La Sociedad Thule

Un joven Hitler andaba trabajando de encubierto en el Partido Obrero Alemán pues creyó que con ese nombre seguro eran comunistas y podría deshacerlos desde dentro. Cuál fue su sorpresa cuando comenzó a notar que en el partido eran más derechistas que el PAN y pues le gustó tanto la ideología que se quedó para formar parte de él y eventualmente, presidirlo.

Durante un mitin del partido, Hitler andaba mostrando sus dotes de orador mientras Rudolf Hess, un veterano de guerra, lo observaba detenidamente. Adolf había causado tan buena impresión en Hess que algo dentro de su corazón le dijo que estaba frente al tan esperado Mesías, profetizado en ciertos círculos ocultos.

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Click Necesario

Rudolf (que no sabemos si tenía la nariz roja) era miembro permanente de una organización esotérica llamada La Sociedad Thule. Entre los múltiples atributos del grupo se encontraban el ser antisemita, anticomunista, anticristiano, homofóbico y racista (y al parecer tampoco les gustaba la alcachofa). Además de estas linduras, la sociedad secreta andaba en una continua búsqueda del Mesías germánico y al parecer lo habían encontrado en Adolf Hitler.

La Sociedad se puso a las órdenes de su “salvador” y apoyó económicamente al Partido Obrero Alemán. Con el tiempo, el POA adquirió más fuerza y se transformó en el Partido Nacionalista Obrero Alemán (o el Partido Nazi, pa’ la banda). De alguna forma, la Sociedad Thule se convirtió en la madre del partido nazi (pa’ que vean que sí tenían madre).

Pero dinero no fue lo único que recibió Hitler de parte de Hess y sus cuates. Los miembros de la Sociedad Thule practicaban astrología, adoraban al sol y practicaban otras ciencias ocultas en espera de alcanzar su meta, la superioridad aria. Todo esto se volvió doctrina para Hitler y el Partido Nazi, y a falta de un símbolo, la esvástica de la Sociedad Thule, les vino muy bien.

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Una vez que Hitler fue nombrado Führer, se prohibieron todos los grupos esotéricos a excepción, por supuesto, del Thule. El ocultismo nazi había llegado al poder.

La guerra ocultista (o de como Hitler se entera de que hay formas ocultistas de enterarse de cosas)

La Segunda Guerra Mundial comenzó con el ataque de los alemanes a Polonia como el primer paso hacia la supremacía de la raza aria (y pues básicamente haría lo que fuera por lograrlo). La idea de ir paso a pasito valió gorro cuando Francia e Inglaterra decidieron defender a los polacos sin el uso de la polaca y más bien con el uso de las armas. Así, se desató el conflicto militar más grande de la historia, con cerca de cien millones de militares movilizados.

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Pero no todo en la guerra eran armas, balas y bombas. La magia y la astrología jugaron un papel importante en la lucha por la conquista del mundo. Si, como hemos descubierto, la base fundamental de la ideología nazi era el ocultismo, resultaba lógico que usaran las ciencias ocultas como parte de su estrategia militar.

Hitler era un fiel seguidor de prácticas tales como la parapsicología o las predicciones llevadas a cabo por personas que afirmaban estar en relación con el “otro mundo” (o como lo llamaría José Alfredo Jiménez “el mundo raro”). Es por esto, que alguien como Erik Jan Hanussen podía tener voz y voto en la guerra nazi.

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Erik Jan Hanussen

Conocido como “El Profeta del Tercer Reich”, Hanussen ascendió rápidamente en el organigrama nazi y se convirtió en el ocultista y astrólogo de cabecera de Hitler. La estrategia era simple: los astros le decían a Hanussen que Hitler era el salvador del mundo, Hitler se lo decía a Goebbels y Goebbels se lo decía al pueblo alemán y al resto del mundo para que les temblaran las patitas. Pero más allá de levantarle el autoestima al Führer, los astros también eran informantes del más alto nivel.

Ya en épocas de guerra, y con Hanussen bien muerto, otro astrólogos fueron los encargados de decidir cosas de relevancia como cuándo y dónde atacar, o simplemente cuando era mejor retirarse. El trabajo de ocultistas y astrólogos era de tal importancia, que dentro del ejercito nazi había departamentos de inteligencia destinados únicamente a estos menesteres.

Ahora bien, ¿recuerdan a Heinrich Himmler? Bueno, pues el Comandante en Jefe de la SS fue el nazi más entregado al misticismo e incluso era conocido como el “mago negro”. Era tal su pasión por lo oculto que comenzó a rayar en la locura. Es quizá por los actos de Himmler que se cree que la guerra ocultista incluía ritos satánicos y adoraciones al Señor de las Tinieblas. Esto le generaría mala fama a los nazis (como si antes hubieran tenido buena fama, en fin).

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Permítanme entrar en detalle: Himmler tenía un castillo, el Castillo de Wewelsburg. Ahí, dirigió durante la guerra numerosos rituales de magia negra en una pequeña habitación que llamó “El reino de los muertos”. La idea de los rituales era comunicarse con los antepasados de los fallecidos alemanes puros para buscar consejos, ideas y nuevas maneras de combatir al enemigo. Hay quienes aseguran que era justo en este castillo donde actos satánicos se llevaban a cabo, implorando la ayuda del mismísimo Diablo en la guerra.

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Castillo de Wewelsburg

Ante la inminente derrota nazi, Himmler ordenó que el castillo fuera destruido antes de que las tropas aliadas pudieran capturarlo.

Además de estos rituales, el militar alemán llevó su devoción ocultista a la SS, creada como una fuerza militar con la única misión de proteger a Hitler. Fue conocida como la Orden Negra y sus uniformes estaban plagados de símbolos ocultistas y paganos. Parte del entrenamiento incluía la lectura de las runas para conocer la suerte y planear los ataques y estrategias militares durante la guerra.

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Ahora que si esto no es suficiente, permítanme ir aún más a detalle: Himmler era un auténtico hijo de p… Como comandante en jefe del servicio secreto, ordenó la matanza metódica y sistemática de judíos, polacos, católicos, gitanos, homosexuales, comunistas, testigos de Jehová y enfermos mentales. Es difícil olvidar su paso devastador por la Historia.

El contraataque (o de como Churchill tenía un conejo en la chistera)

Ya lo dijo el sabio “si no puedes con el enemigo, únetele”. Si bien los Aliados no unieron fuerzas con los Nazis, sí decidieron combatir la magia con más magia. La guerra ocultista llegaría a tierras británicas y no se quedarían atrás con su dosis de esotéricos.

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Churchill siendo testigo de otro tipo de magia

Los aliados británicos protagonizaron todo tipo de extrañas prácticas para combatir a los alemanes. Winston Churchill le entró al mágico mundo de la guerra y creo el Black Team, en donde trabajaban personajes como el astrólogo Louis de Wohl, utilizando horóscopos y cartas astrales como un arma más en las operaciones clandestinas de los servicios de inteligencia.

Sin embargo fueron dos los aliados más importantes en la guerra de lo oculto:

  • El primero es nada más y nada menos que el famoso Aleister Crowley, un personaje bastante polémico pues siempre estuvo relacionado con actos satánicos (y que merece un artículo aparte), pero que durante la Segunda Guerra Mundial fue pieza esencial en el combate al nazismo. Es recordado sobre todo por su participación en la Operación Muérdago donde realizó un ritual secreto en el bosque de Ashdown. El ritual consistió en un embrujo contra los nazis, específicamente los líderes alemanes. Para ello, disfrazó a un muñeco con un uniforme nazi, lo sentó en un trono y tras unas palabras mágicas, le prendió fuego.

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  • El segundo aliado fue Jasper Maskelyne, un mago británico experto en el arte del ilusionismo. Según cuenta la leyenda, el buen Jasper logró hacer desaparecer de la vista de los nazis el Canal de Suez y la ciudad de Alejandría con sus trucos, evitando que fueran bombardeadas. La realidad es que no existen pruebas de este acto más parecido a algo que David Copperfield haría en Las Vegas.

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Aunado a todo esto, Churchill quiso poner su granito de arena y apeló a lo más cercano a un ritual ocultista que pudo encontrar: las buenas vibras. En 1940, el líder británico insto a su población, gracias a una idea del Mayor Wellesley Tudor Pole, a que todos los días a las 9 de la noche se hiciera un minuto de silencio. En esos 60 segundos, las vibras de todo el pueblo inglés se unía en rezos silenciosos pidiendo que la guerra terminara y los nazis perdieran.

El truco que todos quisiéramos ver

Algún otro sabio dijo que no importan los medios siempre y cuando llegue el mensaje. El mensaje del nazismo era claro y lo hicieron llegar de todas las formas posibles. A veces fueron gritos de odio por parte de un enardecido líder y otros tantas fueron gritos de dolor, incomprensión y terror. La contraparte no tuvo opción más que contestar, y de igual forma sólo se terminó generando más pérdida, odio, incomprensión, terror y dolor.

La Segunda Guerra Mundial es un hecho histórico que quedará marcado por la muerte masiva de civiles, el Holocausto y el uso (de debut y despedida) de armas nucleares. La Segunda Guerra Mundial fue el conflicto más mortífero en la historia de la humanidad, resultando en la muerte de entre 50 y 70 millones de víctimas.

Ojalá hubiera algo o alguien suficientemente mágico para poder borrar todo esto de nuestra historia. Ese sería el mejor truco de todos.

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Los miniórganos creados por científicos que revolucionan el conocimiento sobre COVID

Desde minipulmones a minivasos sanguíneos. Técnicas desarrolladas hace pocos años permiten evaluar rápidamente posibles tratamientos y entender mejor cómo el coronavirus afecta a diferentes partes del cuerpo.
5 de diciembre, 2020
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Imagina tomar un puñado de células humanas de diferentes tipos y, después de una serie de procedimientos, transformarlas en un órgano en miniatura, que funciona y puede ser observado a simple vista.

Esto ya es posible hoy: los miniórganos (u organoides, nombre preferido entre los científicos) son una herramienta poderosa, que ayuda a comprender cómo el SARS-CoV-2, el coronavirus responsable de la pandemia actual, causa daños en diferentes partes de nuestro cuerpo.

Gracias a esta tecnología, los expertos evaluaron varios tratamientos posibles y entendieron rápidamente que la covid-19 no era solo una enfermedad que afectaba al sistema respiratorio, sino que tenía repercusiones en el corazón, intestino, riñones e incluso en el cerebro.

¿Pero cómo se crea un miniórgano? ¿Y qué ventajas tiene en comparación con otros métodos más antiguos, como los cultivos celulares y las cobayas de laboratorio?

Volver al pasado para proyectar el futuro

La materia prima básica para la construcción de un organoide son las células simples presentes en la piel o el sistema urinario. Tras la selección, los científicos realizan un procedimiento que hace que estas unidades se conviertan en células madre.

Es como si esas células retrocedieran en el tiempo. A través de una transformación genética se vuelven células madre nuevamente”, señaló la neurocientífica Marília Zaluar Guimarães, del Instituto D’Or de Investigación y Educación, en Río de Janeiro (IDor).

La descripción de este proceso biológico y la tecnología capaz de hacerlo factible le valieron al británico John Gurdon y al japonés Shinya Yamanaka el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 2012.

Placa de petri circular con pequeñas esferas dentro que representan los minicerebros

Getty Images
Esta ilustración muestra el tamaño de minicerebros en una placa de Petri y cómo pueden ser apreciados a simple vista.

Pero esa es apenas una parte de la historia. Después de que las células “retroceden en el tiempo”, es preciso realizar otro paso. “Hacemos que estas células madre se diferencien y se especialicen nuevamente”, agregó Guimarães, quien también es profesora de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) en Brasil.

En otras palabras, es posible tomar una célula de la piel y, siguiendo unos pocos pasos, lograr una metamorfosis para que se convierta en una neurona o en un glóbulo rojo.

La gran ventaja es que los organoides no son solo un montón de células que pueden ser analizadas con la ayuda de un microscopio. Hablamos aquí de formaciones más complejas, que agrupan a más de un tipo de célula y, a menudo, son visibles a simple vista. Realmente se trata de un órgano en escala reducida.

“Los minicerebros, por ejemplo, son esféricos, pero no tienen la misma forma que el órgano real. Lo que nos permite saber que esa estructura se asemeja al original son sus características celulares y bioquímicas”, explicó el biólogo Daniel Martins de Souza, de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp) en Brasil.

Los orígenes

En una perspectiva histórica, la posibilidad de construir miniórganos es muy reciente. Los científicos solo han podido avanzar significativamente en este tema en los últimos 10 años.

Pero en este período breve los organoides ya hicieron grandes contribuciones a la ciencia. Uno de los mayores ejemplos de esto ocurrió durante la epidemia de Zika, que preocupó al mundo en 2015 y 2016.

Bebé en Brasil que padece microcefalia con una médica

Getty Images
Investigaciones con las nuevas técnicas permitieron demostrar que el Zika afecta las células del sistema nervioso e inhibe su crecimiento, provocando el síndrome congénito que causa microcefalia en bebés.

Transmitido por la picadura del mosquito Aedes aegypti, el virus causa síntomas relativamente simples, como fiebre baja, dolor y enrojecimiento de los ojos.

Pero la explosión de casos de microcefalia (cuando el bebé nace con un cráneo y un cerebro más pequeños de lo habitual) en la región noreste del país fue una señal de alerta: ¿podría una infección de zika durante el embarazo estar relacionada con esta complicación grave?

La sospecha se confirmó gracias a la investigación con organoides. En el laboratorio, un equipo liderado por el neurocientífico Stevens Rehen, de UFRJ e IDor, utilizó minicerebros para demostrar que el Zika en realidad afecta las células del sistema nervioso e inhibe su crecimiento, provocando el síndrome congénito asociado con la infección, que causa microcefalia y otros problemas de salud en los bebés.

“Esta fue la primera vez que se utilizó el modelo de los organoides para comprender una enfermedad viral”, recordó Guimarães.

Las ventajas

En las últimas décadas, los cultivos celulares y las cobayas han sido los principales medios para realizar estudios preliminares con candidatos a fármacos o vacunas.

La idea es comprender cómo actúan estas nuevas moléculas a una escala menor y más controlada antes de pasar a los ensayos clínicos con seres humanos.

Estas metodologías también permiten comprender cómo una determinada enfermedad afecta al organismo, aunque sea en forma simplificada.

Ilustración que muestra coronavirus y el cuerpo de un hombre

Getty Images
Sin los organoides, el conocimiento sobre la covid-19 tardaría mucho más en estar disponible.

Pero las alternativas más antiguas tienen una serie de limitaciones, comenzando por su propia simplicidad, que no reproduce las mismas características de la vida real.

“Los organoides, en cambio, están compuestos por diferentes células y tienen una estructura tridimensional. Por eso, tienen funciones más similares a lo que sucede en la realidad“, afirmó el experto en farmacéutica Kazuo Takayama, profesor de la Universidad de Kioto en Japón.

En el caso de las cobayas también existe una limitación en la cantidad de animales disponibles para su uso en experimentos. “Es posible cultivar miniórganos en el laboratorio casi infinitamente, por lo que pueden usarse para probar nuevos medicamentos a gran escala”, agregó Takayama.

Conocimiento optimizado

Durante una pandemia como la que estamos viviendo, este enfoque moderno también permitió acelerar algunos procesos y obtener información esencial rápidamente.

Sin los organoides, el conocimiento sobre la covid-19 tardaría mucho más en estar disponible. Esto, a su vez, obstaculizaría el avance de la ciencia y retrasaría aún más la llegada de métodos seguros y eficaces de diagnóstico, prevención y tratamiento.

Ilustración de un vaso sanguíneo, células de la sangre y un coronavirus

Getty Images
Las investigaciones con miniórganos permitieron entender qué células invade el coronavirus. Actualmente se sabe que el patógeno puede afectar los vasos sanguíneos.

Veamos ejemplos prácticos de cómo sucedió esto en los últimos meses. Ante la emergencia sanitaria mundial, muchos expertos quisieron evaluar si ya existían medicamentos disponibles en el mercado que pudieran combatir el virus o mitigar sus daños.

Muchas de estas terapias se probaron en organoides. Aquellos tratamientos que no funcionaron de inmediato fueron descartados. Y los medicamentos que mostraron algún efecto positivo inicial evolucionaron más rápidamente hacia las siguientes fases de investigación. Imagina cuánto tiempo se ahorró con esta evaluación inicial.

Pero las aplicaciones fueron más allá del área farmacéutica. Investigadores en Japón y Estados Unidos se centraron en los minipulmones y descubrieron que el SARS-CoV-2 invade y destruye células del sistema respiratorio. Esto, a su vez, puede generar una respuesta inflamatoria muy fuerte y dañina para la salud de la persona afectada por la infección.

“En general, los organoides nos permitieron comprender qué células humanas invade el coronavirus y utiliza para replicarse. Nuestro grupo demostró que esto sucede en el intestino, lo que explica los síntomas gastrointestinales que se observan en muchos pacientes”, señaron los investigadores Joep Beumer y Maarten Geurts, del Instituto Hubrecht, en Holanda.

Otro experimento realizado en la Universidad de la Columbia Británica en Canadá y en el Instituto de Biotecnología Molecular en Viena, Austria, construyó vasos sanguíneos en miniatura. De esa forma se pudo observar que el virus de la covid-19 invade el endotelio (la capa interna de las venas y arterias).

Esto tiene dos implicaciones principales. El primero es la formación de coágulos que bloquean el paso de la sangre y pueden desencadenar un ataque cardíaco, un derrame cerebral o una trombosis. En segundo lugar, existe la sospecha de que a través de la circulación sanguínea el patógeno puede “filtrarse” a diferentes áreas del cuerpo y afectar otros órganos importantes.

Las iniciativas no terminan ahí. Se sigue trabajando con organoides para evaluar posibles huellas del coronavirus en el hígado, los riñones, el corazón y el cerebro.

Foto tomada con un microscopio que muestra neuroesferas y coronavirus

Carolina Pedrosa – IDor
Neuroesferas infectadas por SARS-CoV-2. Los puntos azules son los núcleos de las células. La zona verde es el coronavirus.

Los límites

A pesar de tener tantas ventajas, los organoides no son perfectos y no permiten encontrar todas las respuestas.

“Esta es un área que está dando sus primeros pasos y enfrenta importantes desafíos. Muchas de estas estructuras están hechas con células aún inmaduras, lo que significa que no son 100% comparables a los órganos de un adulto“, afirmó Núria Montserrat Pulido, profesora del Instituto de Bioingeniería de Cataluña, España.

La bioquímica Shuibing Chen, de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, destacó la gran variabilidad entre los modelos de miniórganos utilizados por los grupos de investigación.

“Necesitamos estandarizar este material para comprender las aplicaciones de nuestros esfuerzos en el mundo real”, advirtió.

La inversión financiera es otra barrera a considerar en este contexto. “Los materiales que utilizamos son caros y estamos trabajando para crear sistemas rentables”, añadió Chen.

Souza destacó un impedimento más: los miniórganos son (aún) estructuras aisladas, que no interactúan con otros sistemas del cuerpo humano. Por ello no es posible comprender cómo los efectos del coronavirus en los riñones, por ejemplo, repercuten en el corazón o en el intestino.

“Tal vez en el futuro tendremos diferentes organoides conectados, para que interactúen en el laboratorio”, agregó Souza.

Si los organoides ya han aportado tanto conocimiento en sus primeros pasos, imagina lo que podrán hacer cuando sean perfeccionados.


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https://www.youtube.com/watch?v=3KQvURTJmgA

Si los organoides ya han aportado tanto conocimiento en sus primeros pasos, imagina lo que podrán hacer cuando sean perfeccionados.

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