Lo bueno y lo peligroso de enamorarte de alguien con un idioma diferente al tuyo
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Lo bueno y lo peligroso de enamorarte de alguien con un idioma diferente al tuyo

Cuanto te enamoras de alguien con quien no compartes la lengua materna, la relación se enfrenta a un reto como ningún otro: los innumerables malentendidos que pueden resultar de usar un idioma que no es tuyo.
ALAMY
Por BBC Mundo
28 de marzo, 2017
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Colonia, Alemania, 1970: Carol, una inglesa pelirroja, llama la atención de un apuesto tunecino de nombre Chedly. Hay una atracción mutua y sólo un problema: no hablan el mismo idioma.

La pareja intenta las primeras palabras de su incipiente romance en alemán, una lengua extranjera para ambos. Tres meses más tarde, están comprometidos y 46 años, tras hijos, nietos y algunas lecciones de inglés, todavía están juntos.

La historia de Carol y Chedly Mahfoudh es sólo una entre innumerables otras: parejas que se conocieron, se enamoraron y forjaron una relación a pesar de los obstáculos lingüísticos y culturales.

“El idioma, al poner un límite que puede ser transgredido, está lleno de potencial romántico“, escribe Lauren Collins, de The New Yorker, cuyas propias aventuras con el bilingüismo aparecen en su nuevo libro: Love in a Second Language (“El amor en tu segunda lengua”), una mezcla de memorias humorísticas, historia de amor y exploración seria de la relación entre el lenguaje y el pensamiento.

Collins, nacida en Estados Unidos, y su marido francés, Olivier, pasaron sus primeros años como pareja conversando en inglés, pero no podían hacerlo en la lengua materna de él.

Después de una discusión particularmente delicada, en la que cada uno trató de esclarecer lo que el otro quería decir, Olivier se quejó: “Hablar contigo en inglés es como tocarte con guantes“.

Mis esfuerzos en francés me dejan sintiéndome al mismo tiempo inerte y exhausta, como si hubiera estado nadando estilo perrito en una piscina de agua estancada”

Lauren Collins, escritora

Estimulada por el deseo de encontrar una conexión más profunda con su pareja, Lauren comenzó a aprender francés. Pero aprender un nuevo idioma mientras uno se sumerge en una cultura extraña tiene sus trampas.

“Mis esfuerzos en francés me dejan sintiéndome al mismo tiempo inerte y exhausta, como si hubiera estado nadando estilo perrito en una piscina de agua estancada”, escribe.

Trabalenguas

Lauren Collins no está sola en esa experiencia.

“Me pareció muy frustrante y recuerdo sentir que la lengua me dolía al pronunciar vocales diferentes”. Así es como Anna Irvin, quien se mudó a París en 2011 para vivir con su pareja francesa Christophe Sigal, recuerda la experiencia inicial de tener que hablar francés todo el día.

Carol y Chedly MahfoudhCarol y Chedly Mahfoudh en 1971: su historia es como la de muchas otras parejas que superaron la barrera del idioma por amor.

Esto también es característico del matrimonio de casi medio siglo de Carol y Chedly Mahfoudh. La negociación de las diferencias culturales ha demostrado ser un acto de malabarismo para ambos.

“Nosotros y cualquier otro matrimonio mixto tenemos que trabajar un poco más duro todo el tiempo para entender la mentalidad”, del otro, asegura Carol. “Nunca estoy muy segura de si estoy molesta con él porque es tunecino, porque es francés, porque es hombre… ¡o sólo porque es viejo!”, dice sonriendo.

Nunca estoy muy segura de si estoy molesta con él porque es tunecino, porque es francés, porque es hombre … ¡o sólo porque es viejo!”

Coincide Aneta Pavlenko, profesora de Lingüística Aplicada en la Universidad de Temple que ha conducido investigaciones sobre emociones en las relaciones bilingües, incluyendo la ira.

Las diferencias se hacen particularmente agudas durante las discusiones, porque las discusiones son el momento en que se tiene el menor control del lenguaje, pero al mismo tiempo se necesita más para expresar las emociones”, señala.

Incluso la forma en que las diferentes culturas perciben el enojo pueden afectar las discusiones, agrega Pavlenko, cuya lengua materna es el ruso.

“Hallé la brecha entre la ira inglesa y los dos conceptos rusos serdit’sia (molestar a alguien) y zlit’sia (estar enojado, irritado con alguien) algo difícil de manejar al principio”, dice.

“La forma en que los psicólogos explican esto es que las situaciones desencadenan ciertos sentimientos en nosotros, pero la forma en que nombramos estas experiencias difiere dependiendo de nuestros idiomas nativos”.

Esto significa que en una discusión cada palabra cuenta, lo cual tiene un beneficio sorprendente, explica Anna Irvin.

“Se ralentiza todo”, explica. “Pero creo que en realidad eso puede conducir a una base más sólida. Te obliga a ser más cuidadoso sobre la forma en que hablas y lo que dices y cómo lo dices”.

Todo es relativo

Aunque el catalizador para que Collins aprendiera un nuevo idioma fue el amor por su pareja, hizo mucho más, abriéndola a nuevas experiencias y perspectivas.

Foto en blanco y negro de muchas parejas besándoseAprender un idioma mientras te adaptas a una nueva cultura puede resultar frustrante. Al menos al principio.

El francés se convirtió en un romance paralelo para mí“, dice.

“No tenía manera de prever que el francés cambiaría los contornos de mis relaciones, que no siempre consideraría a las personas íntimas hasta que demostraran que no lo eran”, escribe desde el principio en el libro “¿Un nuevo idioma realmente cambia la forma en que pensamos?”.

La idea de que el pensamiento está afectado por la lengua -conocida como relativismo y determinismo lingüístico– ganó popularidad a mediados del siglo XX con la hipótesis de Sapir-Whorf.

Los seres humanos “están muy a merced del idioma particular que se ha convertido en el medio de expresión de su sociedad”, escribió Edward Sapir.

Esta teoría se ha debilitado en gran parte: la teoría del universalismo de Noam Chomsky utilizó el hecho de que los niños son capaces de aprender cualquier idioma con la misma facilidad que tienen para negarlo, mientras que el lingüista y científico cognitivo Steven Pinker abundó sobre la teoría de Chomsky en The Language Instinct (1994), afirmando que la lengua era una facultad innata, más que cultural, del cerebro.

Neowhorfianismo

Pero en los últimos años ha surgido en algunos círculos científicos otra versión del relativismo lingüístico, llamado “neowhorfianismo“, con una mejor recepción.

En lugar de creer que palabras intraducibles -como Kummerspeck y hygge– significan que vemos el mundo de maneras radicalmente diferente, más bien propone que ponemos un énfasis ligeramente diferente en las cosas dependiendo del idioma que estamos hablando, dónde lo hablamos y a quién.

Y aunque muchos lingüistas son escépticos al respecto, quienes son bilingües reportan que su personalidad se ve afectada por el idioma que están hablando, a menudo expresando un sentido de libertad mayor en su lengua no materna.

“En los idiomas que se aprenden más tarde en la vida, en la adolescencia, en la edad adulta, no tenemos la misma conexión con los aspectos emocionales particulares, como las palabras tabú”, explica Aneta Pavlenko.

“Así que es más fácil maldecir en un segundo idioma, es más fácil decir ‘te amo’ en un segundo idioma, incluso si no puedes decirlo en tu primer idioma”.

El libro de Collins es un argumento increíblemente atractivo y persuasivo para aprender el idioma de un compañero. Según ella, para aquellos dispuestos a probarlo, podría haber un resultado sorprendente.

“Sentí que había esta parte secreta de Olivier que nunca llegaría a conocer si no hablaba su idioma, pero la gran sorpresa, la gran alegría de aprender francés fue que había una parte secreta en mí también; o tal vez no es una parte secreta, tal vez sólo una parte nueva. Tal vez el francés la creó”.

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Qué revelan las máquinas tragamonedas sobre el poderoso negocio de la adicción

Son una de las herramientas más rentables del sector del juego, pero muchos jugadores dicen que ganar no es el objetivo. Entonces, ¿por qué no pueden parar de jugar?
6 de septiembre, 2020
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máquina tragamonedas

Getty Images
La idea es ganar… ¿no?

El primer trabajo de Mollie, cuando era una joven adolescente, fue distribuir cambio para máquinas tragamonedas en una base militar. Para cuando llegó a la madurez, Mollie ya no ganaba su salario con las máquinas tragamonedas, sino que se gastaba todo su cheque de pago en atracones de dos días en ellas.

“Incluso cambié mi seguro de vida por dinero para jugar”, le dijo a Natasha Dow Schüll en una habitación de hotel en lo alto del Strip de Las Vegas. Schüll es una antropóloga que ha estado estudiando el mundo de las máquinas tragamonedas durante dos décadas.

Quizás fue apropiado que la conversación haya tenido lugar entre dos mujeres. Los sociólogos a menudo han descrito el juego como una prueba de hombría, desde un James Bond con esmoquin que demuestra sus nervios de acero en la ruleta de alto riesgo y su habilidad en el póquer, hasta los jugadores de peleas de gallos de Bali analizados por el antropólogo Clifford Geertz en la década de 1970.

Las máquinas tragamonedas, sin embargo, no parecen encajar en absoluto. No requieren habilidad ni nervios de acero. Geertz argumentó que eran una distracción para “mujeres, niños, adolescentes… los extremadamente pobres, los socialmente despreciados y los personalmente idiosincrásicos”.

Pero las máquinas tragamonedas no son un juguete. Son fantásticamente rentables y han crecido como una especie invasora.

Protagonistas

Las encontré en masa en 2005, cuando viajé a Las Vegas para escribir sobre teoría del juego en la Serie Mundial de póquer.

Detalle de carnet del mundial de póker 2005

Getty Images
El póker resultó no ser la principal atracción.

Decenas de periodistas se apresuraron a entrevistar a jugadores estrella. Las máquinas tragamonedas parecían un telón de fondo decorativo deprimente pero colorido, que acogían a jugadores obesos y ancianos que las montaban como sillas de ruedas motorizadas.

Fue solo más tarde que me di cuenta de que realmente el Mundial de Póquer era el telón de fondo decorativo. En lo que respecta a los casinos, las máquinas tragamonedas se habían convertido en el evento principal.

No solo en los casinos: la industria del juego de Reino Unido, una vez dominada por las apuestas en las carreras de caballos, se ha vuelto dependiente de una especie de máquina tragamonedas llamada Terminal de apuestas de probabilidades fijas. Cuando el gobierno anunció en 2018 que se reducirían los tamaños máximos de las apuestas, una casa de apuestas respondió diciendo que tendría que cerrar casi 1.000 sedes.

Ganar no importa

Mollie gasta tanto en las máquinas tragamonedas que un hotel de Las Vegas la ha invitado a quedarse allí de forma gratuita. ¿Espera una gran victoria?, pregunta Natasha Dow Schüll. No. Ella sabe que no hay posibilidad de eso.

“Lo que la gente nunca entiende es que no estoy jugando para ganar”.

¿Un jugador al que no le importa ganar? Eso no parece correcto.

máquina tragamonedas

Getty Images
El botín, para jugadores como Mollie, es irrelevante…

Pero durante mucho tiempo hemos intentado entender qué son realmente las máquinas tragamonedas y la lección que tienen que enseñarnos sobre la economía moderna.

La historia

Generalmente se cuenta que las máquinas tragamonedas comenzaron en Estados Unidos alrededor de 1890.

La Compañía de Juguetes Ideal de Chicago fabricó una con cinco tambores giratorios, cada uno con diez naipes. Si, tras insertar una moneda cinco cartas se alineaban en una mano de póker decente, un asistente te daba un premio. Una firma de Brooklyn, Sittman and Pitt, hizo una versión en 1893 que fue popular en Estados Unidos.

Fue entonces que a Charles Fey, un inmigrante de San Francisco desde Baviera, se le ocurrió la idea de simplificar el dispositivo. Con solo tres carretes, el mecanismo se volvió lo suficientemente sencillo como para que la máquina pagara sin la necesidad de un asistente humano.

La máquina fue un éxito en San Francisco, hasta que el taller de Fey fue destruido en un incendio a raíz del terremoto de 1906.

Pareja feliz con jackpot

Getty Images
…aunque para otros jugadores, ganar -a juzgar por esta foto- es emocionante.

Las máquinas tragamonedas modernas son simplemente computadoras en caparazones, con sus gruesas palancas diseñadas para evocar las viejas máquinas mecánicas.

Es este cambio digital lo que ha hecho que las máquinas tragamonedas sean tan rentables. No hay necesidad de preocuparse por alimentarlas con monedas -el trabajo que solía tener la adolescente Mollie- porque los jugadores llevan tarjetas digitales en cordones que los conectan umbilicalmente a las máquinas.

La zona

Los jugadores nunca necesitan moverse; entran en lo que Mollie llama “la zona”, un estado de absorción similar a un trance donde el resto del mundo se disuelve.

Ganar simplemente significa más crédito, y más crédito significa más “T.O.D”, el acrónimo de time on device o tiempo en el dispositivo.

De eso estaba hablando Mollie cuando dijo que no estaba jugando para ganar.

Tres mujeres jugando en máquinas tragamonedas en la piscina

Getty Images
En la zona… de la piscina.

Las máquinas tragamonedas modernas no son como las loterías o la ruleta, en las que los jugadores viven con la esperanza de ganar el premio mayor.

En cambio, tragan apuestas bajas -tal vez 100 apuestas de un centavo, distribuidas en una cuadrícula vertiginosa de posibles combinaciones ganadoras- y constantemente escupen pequeñas ganancias también (si es que se pueden describir como ganancias).

Si has hecho 100 apuestas de un centavo y recuperas veinte centavos, ¿es realmente una victoria? Con luces intermitentes y jingles de celebración, la máquina te dirá que sí.

El 18%

En una máquina estudiada por investigadores, 100 giros producían 14 ganancias reales -la máquina devolvía más de lo que el apostador había puesto- y 18 falsas ganancias -en las que el jugador recibía algo con gran fanfarria, pero menos de lo que había apostado-.

El mismo equipo de investigación pasó a demostrar en experimentos de laboratorio que una máquina con esa tasa del 18% de falsas victorias era más adictiva que las máquinas con muchas más o muchas menos falsas victorias.

Los diseñadores de máquinas tragamonedas no investigan por gusto: la industria es ferozmente competitiva.

máquina tragamonedas

Getty Images
El ganador, como siempre, es el casino.

Una máquina de US$10.000 puede pagarse sola en un mes, si atrae a los jugadores. De lo contrario, será reemplazada por una con una olla de palomitas de maíz de la que burbujean bolas de lotería, o una que lance aroma a chocolate en la cara del jugador, o una que, en la voz de Donald Trump, anuncie: “¡estás despedido!”… cualquier cosa para deleitar y sorprender.

Siempre están buscando construir una mejor ratonera, y nosotros somos los ratones.

La fuerza de la adicción

B.F. Skinner, uno de los psicólogos más famosos del siglo XX, no se habría sorprendido.

En la Universidad de Harvard, Skinner solía investigar el comportamiento dándole a ratones que apretaban una palanca la recompensa de una bolita de comida.

En una ocasión, les dio la recompensa de forma intermitente: a veces la bolita salía, otras, no. No había forma de que el ratón lo supiera. Sorprendentemente, la recompensa impredecible fue más motivadora que una recompensa generosa y confiable.

B.F. Skinner

Getty Images
B.F. Skinner no se habría sorprendido.

Los adictos a las tragamonedas como Mollie están igualmente enganchados, absortos en “la zona”.

La antropóloga Natasha Dow Schüll una vez vio imágenes, capturadas con la cámara de seguridad de un casino, de alguien que sufría un ataque cardíaco en una máquina tragamonedas:

“Él… colapsa repentinamente sobre la persona a su lado, que no reacciona en absoluto… dos transeúntes lo estiran, uno de ellos es una enfermera de emergencias fuera de servicio. Pocos jugadores en las inmediaciones se mueven de sus asientos… en menos de un minuto, un oficial de seguridad aparece en la escena con un desfibrilador, le da dos descargas eléctricas al hombre… A pesar del hombre inconsciente que yace literalmente a sus pies, los otros apostadores sigue jugando”.

¿Estás seguro de que a ti no te pasa?

Las investigaciones sugieren que las máquinas tragamonedas pueden crear adictos mucho más rápidamente que otras formas de juego, como loterías, juegos de casino o apuestas deportivas.

Pero igualmente desconcertante es la sensación de que en los últimos años, la psicología de la máquina tragamonedas se ha escapado del casino y ha migrado a nuestros bolsillos.

Los adictos en recuperación evitan ir a lugares donde podrían ver máquinas tragamonedas, pero no hay ningún lugar al que podamos escapar de nuestros teléfonos, y hay muchas buenas razones para estar mirándolos.

Todos hemos visto gente “en la zona”, ajena a sus compañeros o al tráfico porque el teléfono es lo único que importa.

Es ese refuerzo intermitente de nuevo: ¿hay más correo electrónico? ¿Algún “me gusta” en Facebook?

Muchos juegos de computadora son más descarados en el uso de refuerzo intermitente, ofreciendo “cajas de botín” con esos destellos familiares y recompensas impredecibles.

Se parece mucho a un juego de azar, y a menudo son juegos de azar para menores de edad.

~Tim Harford escribe la columna “Economista clandestino” en el diario británico Financial Times. El Servicio Mundial de la BBC transmite la serie 50 Things That Made the Modern Economy. Puedes encontrar más información sobre las fuentes del programa y escuchar todos los episodios o suscribirte al podcast de la serie.


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https://www.youtube.com/watch?v=Yd02AZz63Sw

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