La Reina de Los Hornos: violencia y exclusión en el caso de una migrante boliviana encarcelada
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Nathalie Iriarte Villavicencio

La Reina de Los Hornos: violencia y exclusión en el caso de una migrante boliviana encarcelada

Reina Maraz es una mujer indígena a la que condenaron a cadena perpetua, aunque siempre defendió que era inocente. Tardaron un año en asignarle un intérprete en Argentina, que le dijera en quechua que la a habían acusado por la muerte de su marido, de quien sufría maltratos.
Nathalie Iriarte Villavicencio
Por Nathalie Iriarte Villavicencio/Perrocronico.com
19 de marzo, 2017
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Reina Maraz, boliviana, de piel oscura y sin entender español, es condenada a cadena perpetua en Los Hornos, Argentina, y tarda más de un año en recibir la visita de un intérprete que le indique en quechua, su lengua materna, el delito que se le imputa: el supuesto homicidio de su marido Límber Santos. Esta historia investigada y escrita para Perro Crónico por la periodista boliviana Nathalie Iriarte Villavicencio explora cómo la violencia de género, aunada al no dominio de la lengua dominante, produce formas de control, paternalismo y exclusión. Un zoom y una panorámica del principio de vidas prescindibles o nula vida de Giorgio Agamben.

Mana parlayta atiqtiychus, boliviana kaptiychus chayjinata. Wisk’ay kuwarqanku nini. (¿Por qué me encerraron? ¿Es porque no sé hablar español? ¿Es porque soy boliviana?).

Dos hombres uniformados la esposan, la meten a un auto con luces rojas y azules y la llevan a un cuarto sin ventanas, pequeño, oscuro. Reina Maraz Bejarano  –22 años, larga trenza negra, mejillas sonrojadas, piel morena y tersa–  no entiende nada, ni quiénes son esos hombres, ni por qué la encierran gritando palabras en ese idioma de blancos que ella no comprende.

—Mana parlayta atiqtiychus, boliviana kaptiychus chayjinata. Wisk’ay kuwarqanku nini.

(¿Por qué me encerraron? ¿Es porque no sé hablar español? ¿Es porque soy boliviana?)

Los policías la dejan encerrada en una carceleta de la comisaría de Florencio Varela, una de las villas de la periferia del Gran Buenos Aires con importante población boliviana. Nadie le explica nada, nadie le entiende nada.

Es sábado 20 de noviembre de 2010. Su suegro la ha invitado a quedarse unos días en su casa porque su marido no está –seguro anda en una de esas farras suyas que pueden durar varios días– y Reina ha pasado el día limpiando esa típica y maltrecha vivienda de villa bonaerense. Comienza a preparar el almuerzo y entonces pasa eso que no le deja tiempo ni para terminar la comida, ni para despedirse de sus hijos a los que quizás abrazaría y besaría fuertemente de haber sabido que no los volverá a ver más.

—¿Por qué me encerraron? ¿Es porque no sé hablar español? ¿Es porque soy boliviana?

Esas preguntas quedan sin responder. Nadie le explica nada, nadie entiende lo que dice. Reina pasa siete meses en la carceleta y su vientre va creciendo y creciendo hasta amenazar con un parto. Solo entonces la trasladan a la cárcel de mujeres Nº 33 de Los Hornos, en la ciudad de La Plata, Argentina. Allí pare a una niña a la que da un nombre y sus dos apellidos: Abigail Maraz Bejarano.

Pasa un año y cinco meses sin saber la razón de su encierro. En diciembre de 2011, la Comisión por la Memoria –institución que defiende los derechos humanos en Argentina– hace una inspección de rutina en Los Hornos y se entera de su caso. “Reina estaba en un estado total de indefensión cuando la encontramos. En Reina confluían múltiples identidades que la colocaban en una situación de vulnerabilidad tremenda”, dice el informe de la Comisión por la Memoria.

Las múltiples identidades a las que se refiere el documento son: mujer, boliviana, pobre, migrante, de piel oscura, quechua hablante, analfabeta y evangelista. La comisión pide un intérprete para Reina, pero la justicia argentina solo cuenta con intérpretes de inglés y francés. Finalmente encuentran uno de quechua y Reina puede escuchar por primera vez después de más de un año, en su lengua materna, el delito que se le imputa: el homicidio de su marido Límber Santos.

Solo entonces entiende que lo que pasa es más grave que ser mujer, boliviana, pobre, migrante, de piel oscura, quechua hablante, analfabeta y evangelista.

La historia de Reina es una sucesión de infortunios. Dos meses antes de que la apresen, ella vive la siguiente escena: su marido Límber llega a la casa borracho y le da una golpiza. La arrastra de los pelos, grita, rompe los pocos muebles que hay en el cuarto –un cubo de ladrillos que comparten cuatro personas–  y aterroriza a sus hijos Kevin y Fermín, que se esconden en un rincón mientras ven a su padre abrir la garrafa del gas vociferando que los va a quemar vivos a todos.

Los parientes de Límber, que viven en el cuarto de al lado, escuchan los gritos y salen a ver qué pasa. Le quitan el encendedor a Límber, pero al ver que no se calma tienen que llamar a la Policía, que llega cuando Reina y sus hijos ya han logrado escapar.

Él no los ha quemado vivos, pero ha dejado hecha cenizas toda la ropa que Reina posee.

Reina deambula por casas de amigos y parientes durante un par de semanas. Quiere trabajar, pero hablando solo quechua, le es muy difícil en Buenos Aires. Como no puede juntar dinero para volverse a Bolivia y tampoco tiene sus documentos ni los de sus hijos –Límber se los quitó cuando ella intentó irse por primera vez–  la opción de regresar a Bolivia no es viable.

Finalmente llama a su marido y le pide los documentos. Él dice que sí. Se reúnen en la terminal de Liniers para la entrega, pero Límber la convence de que vuelvan a vivir juntos y Reina, que no sabe ni comprar alimentos en la tienda sin él, como guía y traductor, termina aceptando.

La pareja y sus dos hijos quieren comenzar de nuevo: dejan el trabajo de cosechadores nocturnos de tomates y se van a vivir a un horno de ladrillos llamado “el horno de Chacho”. En el nuevo hogar, Límber es el mismo borracho que gasta en alcohol el poco dinero que ganan y que golpea a Reina, la misma chica temerosa que no habla una palabra de español y depende totalmente de su marido. Allí trabajan cortando y apilando ladrillos junto a dos familias paraguayas.

Pero pronto se sumará a la historia un nuevo vecino, un personaje que cambiaría la vida de todos: Tito Vilca.

* * *

(Tres años y medio después. Unidad Penitenciaria Nº 33 de Los Hornos, ciudad de La Plata, Argentina. Entrevista con la interna Maraz Bejarano Reina).

Como si estuviera a punto de abrir la jaula del animal más visitado del zoológico, una carcelera joven, rubia, de acento porteño, dice: “Reina siempre tiene visita, vienen de las universidades, viene prensa, gente de ONGs, mirá que es nuestra interna estrella. A la gente le gusta la historia de la boliviana que no sabe hablar,  jajaja… Ahora te la traigo”.

Reina –su piel tersa de 25 años contrasta con sus ojos cansados y llenos de cataratas– entra a la oficina de la jefa de la Unidad, lugar cedido para la entrevista. Camina lento, la cabeza gacha, levanta tímidamente la vista y dice muy bajito y en español: “Hola…”. Se sienta y después de oír el saludo en quechua del intérprete, los ojos le brillan y devuelve el saludo sonriente: Imaynalla kachkanki (¿cómo estás?).

Luego pregunta si todos hablan quechua. Ante la negativa del intérprete ella dice con tono desesperado:

—Sho no, sho no, matar mana, inocente kani.

Lo que intenta decir en un quechuañol con dejos gauchos es: Yo no, yo no, nada de matar, soy inocente.

En la carpeta judicial de su caso aparecen dos acusados: Maraz Bejarano Reina y Vilca Ortiz Tito. El delito: criminis causa, homicidio doblemente agravado por el concurso premeditado de dos o más personas con intención de robo. El fallecido: Límber Santos, esposo de Reina y amigo “de chupa y farra” de Tito Vilca. La causa de la muerte: asfixia por obstrucción de las vías respiratorias. El móvil: Reina Maraz y Tito Vilca se unen para robar mil cien pesos (poco menos de cien dólares en esa época) a Límber, y para eso deben asesinarlo. Los testigos: -los únicos testigos- son Kevin y Fermín, de cinco y tres años, hijos de Límber y de Reina.

Tito Vilca era vecino de Reina y Límber. Trabajaba con ellos cortando ladrillos y rápidamente se convirtió en amigo de Límber. Ambos salían de copas después del trabajo y muchas veces Tito prestaba dinero a Límber para pagar las bebidas.

Reina  –blue jeans, remera rosada, cola de caballo, zapatillas deportivas, todo ajeno a su look antiguo de cholita–  recuerda los meses que convivió con Tito Vilca como vecino:

—Tito era amigo de mi esposo. Yo no me llevaba bien con ese joven porque mi marido me entregó a él para que abuse de mí.

—¿Cómo que tu marido te entregó a él?

—Mi marido iba al baile con él y llegaban borrachos. Una vez el joven ese, Tito, llegó tarde a mi casa, a las cuatro de la mañana. Vino del baile y dijo: “Tu marido me ha mandado para que esté con vos porque me debe plata, tu marido se fue con otra a un hotel”. Eso dijo.

—¿Qué le dijiste vos?

—Yo no le creí. Él quiso violarme a la fuerza. Yo peleé, peleé mucho, pero me violó siempre. Aunque no vivía bien con mi marido hace rato, porque me pegaba, cuando abusaron de mí estaba embarazada. Estaba embarazadits de un mes, recién sabía. Mis otros dos hijitos despertaron asustados con el ruido y vieron todo lo que me hizo Tito. Lloraban y decían: “Mamá… mamá… ¿qué te están haciendo?”.

Reina se quiebra y llora, dice que no llora por ella, sino por sus hijos que tuvieron que ver todo eso.

—Y después, ¿le dijiste a tu marido que te violaron?

—Sí, hablé con él cuándo llegó por la mañana. Los encaré a los dos. Mi marido se lo negó. El joven Tito le dijo: “Tú me mandaste, no mientas, tú te fuiste con otra”,  y le dio un manazo a mi marido. Límber se quedó calladito.

Aunque entonces la discusión no llegó a mayores, Límber desapareció y lo encontraron muerto días después. Reina dice que cuando la apresaron no sabía que el cuerpo de su marido había sido encontrado sin vida en un basurero cercano a su casa. Solo sabía que su marido desapareció un día, que ella pensaba que era lo de siempre: se quedó por ahí tomando y ya volvería; que no volvió en varios días, que el 16 de noviembre, acompañada por su hermana –que sí habla español– fue a la Policía a poner la denuncia de la desaparición de su marido. Entonces, su suegro, Lino Santos, le dijo que se mudaran a su casa porque allí estarían mejor hasta que apareciera Límber. Pero Lino Santos ya sabía que la Policía había encontrado a su hijo con marcas en el cuello, visiblemente asfixiado y con las manos y pies maniatados.

En cuanto Reina y sus hijos llegaron, Lino Santos los llevó a todos –a su nuera y a sus nietos– a la Quinta Comisaría de Florencio Varela, donde el subcomisario Martínez y el subcomisario Lanza les tomaron declaración.

Los niños dijeron que dos enmascarados entraron a su casa con cuchillos y pistolas, que su mamá estaba con ellos y que ella y Tito mataron a su padre con esos hombres. Primero dijeron que alguien disparó a su padre en la espalda, luego que alguien lo acuchilló en la pancita. En la autopsia, el cuerpo de Límber no presentó ninguna de esas heridas. Lo único que reportó el forense fue hematomas en el cuello, como signos de ahorcamiento.

Con ese único testimonio tomado como prueba, Reina fue internada en una comisaría durante siete meses y luego trasladada a un penal de mujeres.

—Los policías me amenazaron con arma. Pero yo no les entendía nada. Me asusté mucho. Intenté decir que no hice nada, pero no me entendían… Ahora sé que ellos creían que maté a mi marido. ¿Cómo puedo matar yo tan feo? Si él era más grande y siempre me pegaba. ¿Cómo? Si dicen que a él lo habían amarrado y que lo ahorcaron.

Pocos días después detuvieron a Tito Vilca bajo los mismos cargos. Tito tenía los dos celulares de Límber cuando fue retenido y luego, ante el vicecónsul de Bolivia, declaró que el día que Límber desapareció, ellos se habían peleado. Delante de otro compañero de celda, Tito también reconoció que había matado a Límber.

Pero Tito Vilca –por suerte o por desgracia– enfermó y falleció en prisión; y ante la justicia la única responsable que quedó fue Reina, que ha pasado casi seis años presa  –justa o injustamente– por la muerte de su esposo. Los ingredientes del caso son dignos de una novela detectivesca de Poe, pero en la realidad, la justicia argentina es una novelista mediocre: nunca hurgó en las profundidades del caso de esa forma irreductible en que lo hacen los detectives que narra el escritor norteamericano.

La muerte de Límber dejó muchos cabos sueltos. Según la psicóloga y trabajadora social Isabel Burgos, que visita a Reina regularmente, en la causa hay irregularidades.

—Los niños testificaron en contra de su madre, pero en Argentina la legislación vigente de protección de los derechos infantiles dice que ellos no pueden verse involucrados en esto. Además, el argumento para responsabilizarla por el homicidio está lleno de juicios misóginos. La familia del difunto prácticamente le endilga relaciones extramatrimoniales a Reina y lo peor es que la familia del difunto –y la policía– lo toman en cuenta como móvil del crimen…

¿Qué pasó después en el caso de Reina? Entra a Perrocronico.com para leer el relato completo

 

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Los muertos vivientes de India: ‘Me miraron como si fuera un fantasma’

Una persona muerta lógicamente no puede poseer tierras. En India, podrías perderlo todo si te sacan un certificado de defunción.
2 de septiembre, 2021
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Si estás muerto, no es posible que puedas poseer tierras.

Esta es una simple lógica que ha generado innumerables casos de personas registradas como muertas y despojadas de sus propiedades en India. Y muchos han descubierto que es muy poco lo que pueden hacer al respecto, según escribe Chloe Hadjimatheou de la BBC.

Padesar Yadav está vivo y en forma, por eso fue una gran sorpresa para él descubrir que, según un papel, está muerto.

A finales de los años 1970, después de la muerte de su hija y de su yerno, inesperadamente tuvo que criar a sus dos nietos.

Para pagar su crianza y educación, vendió unas tierras que había heredado de su padre en el pueblo donde nació.

Pero unos meses después recibió una extraña llamada telefónica.

“El hombre al que le había vendido la tierra me llamó para decirme que había un caso legal en mi contra”, recuerda.

“Dijo que mi sobrino les había dicho a todos que yo había muerto y que un impostor había vendido la tierra”.

Yadav viajó inmediatamente desde Calcuta, donde vive ahora, a la aldea en el distrito de Azamgarh en Uttar Pradesh, en el centronorte de India. Cuando llegó, la gente se mostró sorprendida al verlo.

“Me miraron como si estuvieran viendo un fantasma y dijeron: ‘¡Tú estás muerto! ¡Ya te hemos hecho rituales de duelo!'”

Yadav dice que él y su sobrino tenían una relación cercana y que el joven solía ir a visitarlo cuando viajaba a la ciudad.

Pero las visitas cesaron cuando Yadav le informó que planeaba vender la tierra familiar.

Luego se enteró de que su sobrino estaba reclamando la tierra como su herencia y Yadav se enfrentó a él.

“Dijo: ‘Nunca he visto a este tipo en mi vida. Mi tío está muerto’. Yo estaba en shock'”, cuenta Yadav.

“Le dije: ‘Estoy parado aquí, vivo, justo frente a ti, ¿cómo no puedes reconocerme?‘”.

La Asociación de Muertos Vivientes

Yadav dice que lloró durante días, pero luego se recompuso y llamó a la Asociación de Muertos Vivientes de India.

Lal Bihari Mritak envuelto en una pancarta de la Asociación de Muertos Vivientes

BBC
Lal Bihari Mritak envuelto en una pancarta de la Asociación de Muertos Vivientes.

La organización es dirigida por Lal Bihari Mritak, un hombre de unos 60 años que algo sabe acerca de ser declarado muerto: vivió un tercio de su vida como alguien que supuestamente había fallecido.

Bihari proviene de una familia extremadamente pobre.

Nunca aprendió a leer ni a escribir porque lo enviaron a trabajara los 7 años a una fábrica de vestidos saris. Cuando tenía 20 abrió su propio taller textil en una ciudad vecina, pero necesitaba un préstamo para poner en marcha el negocio y el banco le pedía una garantía.

Fue a la oficina del gobierno local en su aldea, Khalilabad, también en el distrito de Azamgarh, con la esperanza de obtener las escrituras de la tierra que había heredado de su padre.

El contador del pueblo buscó su nombre y encontró los documentos, pero también halló un certificado de defunción que decía que Lal Bihari estaba muerto.

De nada sirvió el reclamo de Bihari, quien alegaba que no podía estar muerto porque estaba parado allí.

“Aquí en estos documentos, en blanco y negro, dice que estás muerto“, le dijeron.

Cuando se registró la muerte de Bihari ante la autoridad local, la tierra y las propiedades que había heredado de su padre habían pasado de él a la familia de su tío.

Hasta el día de hoy, Bihari asegura que no tiene claro si fue un error administrativo o si su tío lo estafó.

En cualquier caso, Bihari estaba arruinado. Tuvo que cerrar su taller y su familia quedó desamparada.

Pobres, analfabetos y de castas bajas

Pero Bihari no estaba dispuesto a rendirse y aceptar su supuesta muerte sin luchar, y pronto se dio cuenta de que no estaba solo. Personas en todo el país estaban siendo estafadas por familiares que las declaraban muertas para apoderarse de sus tierras.

Fue así que Bihari creó la Asociación de Muertos Vivientes para unir a todas estas personas y comenzó una campaña para llamar la atención sobre su difícil situación.

Según una estimación, hay 40.000 muertos vivientes solo en el estado de Uttar Pradesh, la mayoría de ellos pobres, analfabetos y de castas bajas.

Bihari le agregó el sufijo mritak a su nombre, que significa “el difunto”, y pasó a llamarse “el difunto Lal Bihari”.

Junto a otros en su situación, organizó protestas para llamar la atención de los medios. Pero nada de esto fue suficiente para hacer que su estatus cambiara.

Lal Bihari Mritak (derecha) en 2015, con un granjero declarado muerto por su hermano.

Getty Images
Lal Bihari Mritak (derecha) en 2015, con un granjero declarado muerto por su hermano.

Luego decidió presentarse a las elecciones nacionales y logró que el nombre de un muerto apareciera en la boleta electoral.

Cuando eso no fue suficiente para convencer a las autoridades de que estaba vivo, casi se suicida tras hacer tres huelgas de hambre.

Finalmente, desesperado, decidió violar la ley secuestrando al hijo de su tío. Esperaba que la policía lo arrestara y, al hacerlo, se viera obligado a aceptar que estaba vivo; después de todo, no se puede arrestar a un hombre muerto.

Pero la policía se dio cuenta de lo que estaba intentando hacer y se negó a involucrarse.

Al final, Bihari encontró justicia no como resultado de sus propios esfuerzos, sino gracias al mismo sistema que le había cambiado la vida.

Un nuevo magistrado de distrito en Azamgarh examinó su caso nuevamente y decidió que, 18 años después de que lo declararan muerto, Lal Bihari estaba vivo.

Ver su propiedad a través de una cerca

Bihari señala que a través de su Asociación de Muertos Vivientes ha apoyado a miles de personas en toda India que han enfrentado situaciones similares.

Muchos de ellos, cuenta, no han tenido tanta suerte como él. Algunos se han suicidado después de perder la esperanza y pasar años luchando por su caso, mientras que otros murieron de verdad antes de que lograran probar que no estaban muertos.

Tilak Chand Dhakad está apenas empezando su lucha. Actualmente, el hombre tiene 70 años y cuando visita la tierra de cultivo en Madhya Pradesh donde creció, tiene que mirarla a través de una cerca.

El anciano tiene muchos problemas de salud y sabe que es posible que no viva lo suficiente como para volver a caminar por esos campos.

Más joven, Dhakad se mudó a la ciudad con la esperanza de obtener una mejor vida para sus hijos y mayores ingresos. Mientras estaba fuera, le alquiló sus tierras a una pareja.

Tilak Chand Dhakad

BBC
Tilak Chand Dhakad.

Fue cuando regresó al pueblo para firmar unos documentos que descubrió que ya no era el dueño de las tierras porque supuestamente había fallecido.

“El funcionario de la oficina de la autoridad local me dijo que estaba muerto. Pensé: ‘¿Cómo pudo pasar eso?’. Estaba muy asustado”, recuerda.

Dhakad afirma que pronto descubrió que la pareja casada a la que le había estado alquilando la tierra lo había registrado como muerto. La esposa había ido a la corte haciéndose pasar por su viuda y asegurando que estaba feliz de ceder la tierra.

Cuando la BBC se puso en contacto con la pareja a la que Dhakad acusa de adueñarse de su propiedad, la respuesta fue que no deseaban responder a ninguna pregunta.

Anil Kumar, un abogado que ha peleado varios casos de muertos vivientes, estima que en Azamgarh, la provincia donde vive Lal Bihari, debe haber al menos 100 personas que han sido declaradas muertas prematuramente.

Cada caso es complejo, afirma. A veces hay errores administrativos, otras veces se soborna a los funcionarios públicos para que redacten certificados de defunción falsos.

Shaina NC, portavoz del gobernante Partido Popular Indio (BJP), le dijo a la BBC que el gobierno actual ha sido muy diligente en hacer cumplir la legislación para combatir la corrupción.

“En un país tan grande y diverso como India, podría haber algunos casos sueltos que surgen una y otra vez, pero la mayoría (de la gente) está protegida por el buen gobierno del primer ministro, Narendra Modi”, agregó.

“Si hay un caso de corrupción, hay suficientes disposiciones en el Parlamento para asegurarse de que los perpetradores sean puestos a prueba”.

Pero Anil Kumar dice que cuando estos casos son el resultado de una estafa, la justicia puede ser difícil de lograr.

En un caso que defendió, le tomó seis años probar que su cliente estaba vivo, y más de 25 años después, todavía está esperando un veredicto contra el hombre que supuestamente había declarado muerto a su cliente.

“Si este tipo de casos se aceleraran para que el criminal sea castigado, infundiría miedo en la gente y evitaría este tipo de delitos”, señala Kumar.

El pastel de cumpleaños falso

Han pasado más de 45 años desde que Lal Bihari Mritak fue declarado muerto y más de dos décadas desde que logró demostrar que estaba vivo.

Pero todavía organiza, todos los años, una fiesta de cumpleaños, con invitados sentados alrededor de un gran pastel. A medida que el cuchillo corta el glaseado, a sus invitados les queda claro que es solo una caja de cartón decorada, un truco.

Lal Bihari Mritak y su pastel de cumpleaños.

BBC
Lal Bihari Mritak y su pastel de cumpleaños.

“Por dentro está totalmente vacío. Así también son algunos funcionarios del gobierno: vacíos e injustos“, denuncia.

“No corté este pastel para celebrarlo. Es un resumen de la sociedad en la que vivimos”.

Bihari indica que todavía recibe llamadas de personas de todo el país que quieren su consejo y su ayuda para demostrar que están vivos, pero con 66 años está perdiendo fuerzas y ​​ahora está contemplando retirarse de la lucha.

“Ya no tengo el dinero ni la energía para dirigir la Asociación de Muertos Vivientes”, agrega, “y no hay nadie que se haga cargo de ella”.

Él siempre ha esperado que los medios nacionales defiendan a los desposeídos y que el gobierno tome medidas drásticas contra los que aceptaban sobornos, pero esto no ha sucedido.

El hombre que pasó 18 años de su vida tratando de demostrar que está vivo algún día realmente estará muerto, sin haber logrado los cambios por los que luchó por mucho tiempo.

Piyush Nagpal, Ajit Sarathi y Praveen Mudholkar reportaron desde el terreno.


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