La Reina de Los Hornos: violencia y exclusión en el caso de una migrante boliviana encarcelada
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Nathalie Iriarte Villavicencio

La Reina de Los Hornos: violencia y exclusión en el caso de una migrante boliviana encarcelada

Reina Maraz es una mujer indígena a la que condenaron a cadena perpetua, aunque siempre defendió que era inocente. Tardaron un año en asignarle un intérprete en Argentina, que le dijera en quechua que la a habían acusado por la muerte de su marido, de quien sufría maltratos.
Nathalie Iriarte Villavicencio
Por Nathalie Iriarte Villavicencio/Perrocronico.com
19 de marzo, 2017
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Reina Maraz, boliviana, de piel oscura y sin entender español, es condenada a cadena perpetua en Los Hornos, Argentina, y tarda más de un año en recibir la visita de un intérprete que le indique en quechua, su lengua materna, el delito que se le imputa: el supuesto homicidio de su marido Límber Santos. Esta historia investigada y escrita para Perro Crónico por la periodista boliviana Nathalie Iriarte Villavicencio explora cómo la violencia de género, aunada al no dominio de la lengua dominante, produce formas de control, paternalismo y exclusión. Un zoom y una panorámica del principio de vidas prescindibles o nula vida de Giorgio Agamben.

Mana parlayta atiqtiychus, boliviana kaptiychus chayjinata. Wisk’ay kuwarqanku nini. (¿Por qué me encerraron? ¿Es porque no sé hablar español? ¿Es porque soy boliviana?).

Dos hombres uniformados la esposan, la meten a un auto con luces rojas y azules y la llevan a un cuarto sin ventanas, pequeño, oscuro. Reina Maraz Bejarano  –22 años, larga trenza negra, mejillas sonrojadas, piel morena y tersa–  no entiende nada, ni quiénes son esos hombres, ni por qué la encierran gritando palabras en ese idioma de blancos que ella no comprende.

—Mana parlayta atiqtiychus, boliviana kaptiychus chayjinata. Wisk’ay kuwarqanku nini.

(¿Por qué me encerraron? ¿Es porque no sé hablar español? ¿Es porque soy boliviana?)

Los policías la dejan encerrada en una carceleta de la comisaría de Florencio Varela, una de las villas de la periferia del Gran Buenos Aires con importante población boliviana. Nadie le explica nada, nadie le entiende nada.

Es sábado 20 de noviembre de 2010. Su suegro la ha invitado a quedarse unos días en su casa porque su marido no está –seguro anda en una de esas farras suyas que pueden durar varios días– y Reina ha pasado el día limpiando esa típica y maltrecha vivienda de villa bonaerense. Comienza a preparar el almuerzo y entonces pasa eso que no le deja tiempo ni para terminar la comida, ni para despedirse de sus hijos a los que quizás abrazaría y besaría fuertemente de haber sabido que no los volverá a ver más.

—¿Por qué me encerraron? ¿Es porque no sé hablar español? ¿Es porque soy boliviana?

Esas preguntas quedan sin responder. Nadie le explica nada, nadie entiende lo que dice. Reina pasa siete meses en la carceleta y su vientre va creciendo y creciendo hasta amenazar con un parto. Solo entonces la trasladan a la cárcel de mujeres Nº 33 de Los Hornos, en la ciudad de La Plata, Argentina. Allí pare a una niña a la que da un nombre y sus dos apellidos: Abigail Maraz Bejarano.

Pasa un año y cinco meses sin saber la razón de su encierro. En diciembre de 2011, la Comisión por la Memoria –institución que defiende los derechos humanos en Argentina– hace una inspección de rutina en Los Hornos y se entera de su caso. “Reina estaba en un estado total de indefensión cuando la encontramos. En Reina confluían múltiples identidades que la colocaban en una situación de vulnerabilidad tremenda”, dice el informe de la Comisión por la Memoria.

Las múltiples identidades a las que se refiere el documento son: mujer, boliviana, pobre, migrante, de piel oscura, quechua hablante, analfabeta y evangelista. La comisión pide un intérprete para Reina, pero la justicia argentina solo cuenta con intérpretes de inglés y francés. Finalmente encuentran uno de quechua y Reina puede escuchar por primera vez después de más de un año, en su lengua materna, el delito que se le imputa: el homicidio de su marido Límber Santos.

Solo entonces entiende que lo que pasa es más grave que ser mujer, boliviana, pobre, migrante, de piel oscura, quechua hablante, analfabeta y evangelista.

La historia de Reina es una sucesión de infortunios. Dos meses antes de que la apresen, ella vive la siguiente escena: su marido Límber llega a la casa borracho y le da una golpiza. La arrastra de los pelos, grita, rompe los pocos muebles que hay en el cuarto –un cubo de ladrillos que comparten cuatro personas–  y aterroriza a sus hijos Kevin y Fermín, que se esconden en un rincón mientras ven a su padre abrir la garrafa del gas vociferando que los va a quemar vivos a todos.

Los parientes de Límber, que viven en el cuarto de al lado, escuchan los gritos y salen a ver qué pasa. Le quitan el encendedor a Límber, pero al ver que no se calma tienen que llamar a la Policía, que llega cuando Reina y sus hijos ya han logrado escapar.

Él no los ha quemado vivos, pero ha dejado hecha cenizas toda la ropa que Reina posee.

Reina deambula por casas de amigos y parientes durante un par de semanas. Quiere trabajar, pero hablando solo quechua, le es muy difícil en Buenos Aires. Como no puede juntar dinero para volverse a Bolivia y tampoco tiene sus documentos ni los de sus hijos –Límber se los quitó cuando ella intentó irse por primera vez–  la opción de regresar a Bolivia no es viable.

Finalmente llama a su marido y le pide los documentos. Él dice que sí. Se reúnen en la terminal de Liniers para la entrega, pero Límber la convence de que vuelvan a vivir juntos y Reina, que no sabe ni comprar alimentos en la tienda sin él, como guía y traductor, termina aceptando.

La pareja y sus dos hijos quieren comenzar de nuevo: dejan el trabajo de cosechadores nocturnos de tomates y se van a vivir a un horno de ladrillos llamado “el horno de Chacho”. En el nuevo hogar, Límber es el mismo borracho que gasta en alcohol el poco dinero que ganan y que golpea a Reina, la misma chica temerosa que no habla una palabra de español y depende totalmente de su marido. Allí trabajan cortando y apilando ladrillos junto a dos familias paraguayas.

Pero pronto se sumará a la historia un nuevo vecino, un personaje que cambiaría la vida de todos: Tito Vilca.

* * *

(Tres años y medio después. Unidad Penitenciaria Nº 33 de Los Hornos, ciudad de La Plata, Argentina. Entrevista con la interna Maraz Bejarano Reina).

Como si estuviera a punto de abrir la jaula del animal más visitado del zoológico, una carcelera joven, rubia, de acento porteño, dice: “Reina siempre tiene visita, vienen de las universidades, viene prensa, gente de ONGs, mirá que es nuestra interna estrella. A la gente le gusta la historia de la boliviana que no sabe hablar,  jajaja… Ahora te la traigo”.

Reina –su piel tersa de 25 años contrasta con sus ojos cansados y llenos de cataratas– entra a la oficina de la jefa de la Unidad, lugar cedido para la entrevista. Camina lento, la cabeza gacha, levanta tímidamente la vista y dice muy bajito y en español: “Hola…”. Se sienta y después de oír el saludo en quechua del intérprete, los ojos le brillan y devuelve el saludo sonriente: Imaynalla kachkanki (¿cómo estás?).

Luego pregunta si todos hablan quechua. Ante la negativa del intérprete ella dice con tono desesperado:

—Sho no, sho no, matar mana, inocente kani.

Lo que intenta decir en un quechuañol con dejos gauchos es: Yo no, yo no, nada de matar, soy inocente.

En la carpeta judicial de su caso aparecen dos acusados: Maraz Bejarano Reina y Vilca Ortiz Tito. El delito: criminis causa, homicidio doblemente agravado por el concurso premeditado de dos o más personas con intención de robo. El fallecido: Límber Santos, esposo de Reina y amigo “de chupa y farra” de Tito Vilca. La causa de la muerte: asfixia por obstrucción de las vías respiratorias. El móvil: Reina Maraz y Tito Vilca se unen para robar mil cien pesos (poco menos de cien dólares en esa época) a Límber, y para eso deben asesinarlo. Los testigos: -los únicos testigos- son Kevin y Fermín, de cinco y tres años, hijos de Límber y de Reina.

Tito Vilca era vecino de Reina y Límber. Trabajaba con ellos cortando ladrillos y rápidamente se convirtió en amigo de Límber. Ambos salían de copas después del trabajo y muchas veces Tito prestaba dinero a Límber para pagar las bebidas.

Reina  –blue jeans, remera rosada, cola de caballo, zapatillas deportivas, todo ajeno a su look antiguo de cholita–  recuerda los meses que convivió con Tito Vilca como vecino:

—Tito era amigo de mi esposo. Yo no me llevaba bien con ese joven porque mi marido me entregó a él para que abuse de mí.

—¿Cómo que tu marido te entregó a él?

—Mi marido iba al baile con él y llegaban borrachos. Una vez el joven ese, Tito, llegó tarde a mi casa, a las cuatro de la mañana. Vino del baile y dijo: “Tu marido me ha mandado para que esté con vos porque me debe plata, tu marido se fue con otra a un hotel”. Eso dijo.

—¿Qué le dijiste vos?

—Yo no le creí. Él quiso violarme a la fuerza. Yo peleé, peleé mucho, pero me violó siempre. Aunque no vivía bien con mi marido hace rato, porque me pegaba, cuando abusaron de mí estaba embarazada. Estaba embarazadits de un mes, recién sabía. Mis otros dos hijitos despertaron asustados con el ruido y vieron todo lo que me hizo Tito. Lloraban y decían: “Mamá… mamá… ¿qué te están haciendo?”.

Reina se quiebra y llora, dice que no llora por ella, sino por sus hijos que tuvieron que ver todo eso.

—Y después, ¿le dijiste a tu marido que te violaron?

—Sí, hablé con él cuándo llegó por la mañana. Los encaré a los dos. Mi marido se lo negó. El joven Tito le dijo: “Tú me mandaste, no mientas, tú te fuiste con otra”,  y le dio un manazo a mi marido. Límber se quedó calladito.

Aunque entonces la discusión no llegó a mayores, Límber desapareció y lo encontraron muerto días después. Reina dice que cuando la apresaron no sabía que el cuerpo de su marido había sido encontrado sin vida en un basurero cercano a su casa. Solo sabía que su marido desapareció un día, que ella pensaba que era lo de siempre: se quedó por ahí tomando y ya volvería; que no volvió en varios días, que el 16 de noviembre, acompañada por su hermana –que sí habla español– fue a la Policía a poner la denuncia de la desaparición de su marido. Entonces, su suegro, Lino Santos, le dijo que se mudaran a su casa porque allí estarían mejor hasta que apareciera Límber. Pero Lino Santos ya sabía que la Policía había encontrado a su hijo con marcas en el cuello, visiblemente asfixiado y con las manos y pies maniatados.

En cuanto Reina y sus hijos llegaron, Lino Santos los llevó a todos –a su nuera y a sus nietos– a la Quinta Comisaría de Florencio Varela, donde el subcomisario Martínez y el subcomisario Lanza les tomaron declaración.

Los niños dijeron que dos enmascarados entraron a su casa con cuchillos y pistolas, que su mamá estaba con ellos y que ella y Tito mataron a su padre con esos hombres. Primero dijeron que alguien disparó a su padre en la espalda, luego que alguien lo acuchilló en la pancita. En la autopsia, el cuerpo de Límber no presentó ninguna de esas heridas. Lo único que reportó el forense fue hematomas en el cuello, como signos de ahorcamiento.

Con ese único testimonio tomado como prueba, Reina fue internada en una comisaría durante siete meses y luego trasladada a un penal de mujeres.

—Los policías me amenazaron con arma. Pero yo no les entendía nada. Me asusté mucho. Intenté decir que no hice nada, pero no me entendían… Ahora sé que ellos creían que maté a mi marido. ¿Cómo puedo matar yo tan feo? Si él era más grande y siempre me pegaba. ¿Cómo? Si dicen que a él lo habían amarrado y que lo ahorcaron.

Pocos días después detuvieron a Tito Vilca bajo los mismos cargos. Tito tenía los dos celulares de Límber cuando fue retenido y luego, ante el vicecónsul de Bolivia, declaró que el día que Límber desapareció, ellos se habían peleado. Delante de otro compañero de celda, Tito también reconoció que había matado a Límber.

Pero Tito Vilca –por suerte o por desgracia– enfermó y falleció en prisión; y ante la justicia la única responsable que quedó fue Reina, que ha pasado casi seis años presa  –justa o injustamente– por la muerte de su esposo. Los ingredientes del caso son dignos de una novela detectivesca de Poe, pero en la realidad, la justicia argentina es una novelista mediocre: nunca hurgó en las profundidades del caso de esa forma irreductible en que lo hacen los detectives que narra el escritor norteamericano.

La muerte de Límber dejó muchos cabos sueltos. Según la psicóloga y trabajadora social Isabel Burgos, que visita a Reina regularmente, en la causa hay irregularidades.

—Los niños testificaron en contra de su madre, pero en Argentina la legislación vigente de protección de los derechos infantiles dice que ellos no pueden verse involucrados en esto. Además, el argumento para responsabilizarla por el homicidio está lleno de juicios misóginos. La familia del difunto prácticamente le endilga relaciones extramatrimoniales a Reina y lo peor es que la familia del difunto –y la policía– lo toman en cuenta como móvil del crimen…

¿Qué pasó después en el caso de Reina? Entra a Perrocronico.com para leer el relato completo

 

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Cómo es el kawésqar, el idioma que solo hablan 8 personas en el mundo

¿Qué particularidades tiene el idioma nativo de los kawésqar? ¿Cuál es su origen y sus características más importantes? Aquí te lo contamos.
27 de abril, 2022
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Entre laberínticos archipiélagos australes —donde los vientos, las lluvias y el frío no dan tregua—, vivían los kawésqar.

El grupo nómada pasaba gran parte del día en sus canoas (o hallef) recorriendo los canales entre el golfo de Penas y el estrecho de Magallanes, rodeados de densos bosques y en busca de lobos marinos, nutrias, aves y moluscos para alimentarse.

Los hombres eran los responsables de la caza terrestre (que incluía el icónico huemul) y marítima, mientras las mujeres recolectaban mariscos mediante el buceo, para lo que cubrían su piel con grasa de lobo marino.

Al igual que el resto de los pueblos originarios que poblaron América hace miles de años, los kawésqar tenían su propia lengua, marcada profundamente por su geografía. Eso explica, por ejemplo, por qué tenían 32 maneras de decir “aquí”.

Pero con el paso del tiempo y la llegada de los colonos a esta zona austral de Chile, denominada Patagonia Occidental, el grupo étnico sufrió una transformación brutal: no sólo abandonó su vida nómada —estableciéndose en Puerto Edén, una pequeña villa situada al sur del golfo de Penas—, sino que también relegó a segundo plano su idioma.

Kawésqar

Internet Archive Book Images
Según el Museo Chileno de Arte Precolombino, los kawéskar (también llamados “alacalufes” por algunos investigadores) fueron vistos por primera vez en 1526 por la expedición del marino español Francisco José García Jofré de Loaysa.

Y es que aprender español se volvió una necesidad para ellos y, así, poco a poco se llegó a un punto crítico: hoy, solo ocho personas hablan su lengua originaria.

Cuatro de ellas son ancianos. Tres nacieron en la década de 1960 —la última generación que adquirió la lengua desde la infancia—, y solo uno, que no es miembro del grupo étnico, lo habla: Oscar Aguilera.

El etnolingüista chileno de 72 años lleva casi 50 intentando salvar este idioma, registrando el vocabulario, grabando durante horas archivos sonoros y documentando el léxico.

Ahora hay otra persona que no es de la comunidad interesada en aprender su gramática: la pareja del próximo presidente Gabriel Boric y futura primera dama, Irina Karamanos.

La dirigenta feminista se ha comunicado con Aguilera con el fin de investigar más del tema. Para ella, los chilenos tienen una relación “deficiente” con sus comunidades y pueblos indígenas, y aprender de su léxico es una forma de acercarse a ellos.

Pero ¿qué particularidades tiene este idioma nativo? ¿Cuál es su origen y sus características más importantes?

Aquí te lo explicamos.

¿Cuál es el origen del kawésqar?

Los lingüistas e investigadores siempre intentan responder la misma pregunta: ¿de dónde vienen las lenguas de los pueblos, cuál es su verdadero origen?

Kawéskar

Oscar Aguilera
Mujer kawéskar en Puerto Edén.

En el caso del kawésqar —así como de muchas otros hablas indígenas—la respuesta aún no está clara.

Esto se explica en parte porque se le considera una lengua “aislada” o “no clasificada”.

Es decir, no forma parte de una familia lingüística ni tiene vínculos con ninguna otra lengua viva (como sí lo tiene, por ejemplo, el español, que procede del latín y es parte de las lenguas romances).

Al ser “aislada” es más difícil descubrir de dónde vienen sus palabras, su estructura o su gramática.

Aunque se cree que los kawéskar habitan la Patagonia Occidental hace unos 10 mil años, el primer testimonio que se conoce de su lengua aparece recién entre los años 1688 y 1689, elaborado por el aventurero francés Jean de la Guilbaudière.

Según el Museo Chileno de Arte Precolombino, hacia el siglo XIX su población alcanzaba las 4 mil personas, y la mayoría hablaba el idioma ancestral.

A fines del siglo XIX, sin embargo, su población descendió abruptamente a 500 personas y luego a 150 en la década de 1920.

Actualmente, hay cerca de 250 kawéskar en la región de Magallanes, pero son monolingües —hablan solo español— y no dominan la lengua de sus antepasados.

¿Qué características tiene?

Por sus características morfológicas, el kawéskar es una lengua aglutinante (al igual que el turco y otras) y polisinética; es decir, tiene “palabras, oraciones o frases” que no se pueden traducir con una sola palabra al español.

“No hay una equivalencia de uno a uno, como por ejemplo, el table inglés y el ‘mesa’ español. En kawésqar tenemos palabras como jerkiár-atǽl, un verbo que significa ‘el movimiento que hace el mar de flujo y reflujo'”, le explica Oscar Aguilera a BBC Mundo.

Puerto Edén.

Oscar Aguilera
En Puerto Edén viven unos 200 kawéskar actualmente.

A pesar del amplio contacto de los kawésqar con los colonos, se resisten a aceptar préstamos del español. Así, han creado sus propias palabras para llamar, por ejemplo, a los aparatos han ido adquiriendo (como el televisor o el teléfono).

Las pocas palabras que se han adoptado del español han sufrido una “nativización”; es decir, una transformación a la fonética kawéskar.

Es el ejemplo de “barco”, que se dice jemmáse pero también wárko. La “b” en castellano se reemplaza por la “w”, pues no existe el sonido “b” en kawésqar.

Además, hay un lado cultural que, según Aguilera, “difiere notablemente de la manera en como nosotros nos expresamos”.

Si el kawésqar no tiene certeza de lo que dice, no lo dice. Siempre usa el condicional. Culturalmente ellos rechazan la falta de veracidad, es sancionada por el grupo. La persona que miente se la señala con el dedo”, explica.

Así, por ejemplo, los kawésqar nunca dirían que tal persona los llamó desde Londres. Como no tienen seguridad de que esa persona estaba en Londres (porque no lo ven), dirían “me habría llamado” desde Londres.

¿Por qué está en peligro de extinción?

Al ser hablado solo por ocho personas, está entre las lenguas que la Unesco considera en vías de extinción.

“El problema es que, en términos generales, no es una lengua práctica. Es mejor aprender español o estudiar inglés”, dice Aguilera.

Según el experto, entre las razones que explican por qué el español penetró tan fuerte entre los kawésqar está la comercialización de sus productos con los nuevos habitantes de la zona.

Oscar Aguilera

Oscar Aguilera
El etnolingüista Oscar Aguilera se mudó a Punta Arenas en 2015. Hoy es profesor de la Universidad de Magallanes.

Además, de acuerdo al especialista, se sentían discriminados por los pueblos aledaños, como los chilotes (habitantes de la isla de Chiloé).

“Los chilotes los miraban en menos e incluso se reían de cómo hablaban su idioma. Entonces ellos decidieron no hablar más su idioma en público, sino que solamente en la casa”, explica el lingüista.

El Estado de Chile tampoco ha priorizado su rescate o sobrevivencia. Hasta el día de hoy no hay suficientes incentivos para revitalizar el idioma. La única escuela que hay en Puerto Edén, por ejemplo, enseña en español.

“Hay algunas personas que están haciendo esfuerzos por aprender la lengua, pero la falta de continuidad y persistencia, además de tratarse de una lengua gramaticalmente tan diferente del español, lo hace difícil para ellos”, cuenta Aguilera.


La fascinante historia de Oscar Aguilera

En el invierno de 1975, Oscar Aguilera emprendió una aventura que cambiaría su vida para siempre.

Siendo un joven inexperto, recién egresado de Filología Clásica, Germanística y Lingüística de la Universidad de Chile, decidió viajar a Puerto Edén, el lugar donde viven actualmente los kawésqar.

“Quedé muy impresionado porque me habían pintado un cuadro completamente distinto. Me imaginaba que me iba a encontrar con personas vestidas con pieles, casi con harapos, y viviendo en chozas icónicas. Pero no, ellos vivían en casas común y corrientes, y se vestían igual que yo”, dice.

En ese viaje —que se extendió por todo el invierno— conoció a la familia Tonko, quienes lo ayudaron a comenzar con el registro de la lengua, compartiendo con él largas jornadas de grabación.

Al año siguiente, publicó un primer léxico que perdura hasta el día de hoy.

Oscar Aguilera (operando la grabadora) junto al equipo de investigación y un miembro kawésqar (el de más a la derecha) en Puerto Edén, 1975.

Oscar Aguilera
Oscar Aguilera (operando la grabadora) junto al equipo de investigación y un miembro kawésqar (el de más a la derecha) en Puerto Edén, 1975.

La fascinación de Aguilera con los kawésqar fue tal que siempre encontró razones para volver.

Y así es como decidió embarcarse en una segunda expedición, de la cual volvió con dos miembros de la comunidad a su casa en Santiago, donde vivía con sus padres y su abuela.

Estuvieron viviendo con nosotros durante cuatro meses. Mi familia los recibió bien, los aceptaron”, afirma.

Aguilera era en ese entonces profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad de Chile.

Cada tarde, cuando se acababan las clases, se quedaba con los dos kawésqar grabando parte de su léxico y registrando información etnográfica.

Luego, regresaron todos juntos a Puerto Edén.

“A mí me gustaba ir porque la lengua de una comunidad tiene un componente cultural muy importante. Así que me dediqué no solo a salvar el idioma sino también al rescate cultural que implica mucho más, toda la forma de vida y el testimonio propio de ellos”, explica.

La mayoría de los kawéskar que conoció en esos viajes hablaban español pero con distintos grados de competencia. Los más ancianos, por ejemplo, solían tener más interferencia de su lengua materna, cometiendo errores como la no diferenciación entre el singular y el plural.

Oscar Aguilera grabando el idioma kawéskar con uno de sus hablantes en 2009.

Oscar Aguilera
Oscar Aguilera grabando el idioma kawéskar con uno de sus hablantes en 2009.

El académico reconoce que se enamoró de su gente.

“Hice todo lo contrario a lo que los libros de texto le recomendaban a un investigador: ‘Usted saque información, describa la lengua y váyase’. Yo me involucré con la comunidad”, dice.

“Adopción mutua”

En los años 80, la relación entre Oscar Aguilera y los kawésqar se profundizó aún más cuando decidió adoptar a dos niños de la comunidad para que recibieran una buena educación en Santiago.

Los niños pertenecían a la familia de los Tonko. En total, eran ocho hermanos. Uno de ellos, José, amaba la lectura.

“Con el permiso de sus padres, le compré un pasaje a Puerto Montt y lo fui a buscar para irnos a Santiago. Ingresó a la escuela, al Liceo Alessandri, donde yo también había estudiado”, cuenta.

José Tonko

Oscar Aguilera
José Tonko.

Cuatro años después, el hermano de José, Juan Carlos, también se fue a vivir a Santiago con Aguilera. Vivían todos juntos en una casa que el académico arrendaba en la comuna de providencia.

“Yo los adopté. Es que su familia había sido muy buena conmigo, me recibieron siempre como si fuera parte de ellos. Así que en realidad fue una adopción mutua”.

Cuando cumplieron 18 años, José y Juan Carlos ingresaron a la universidad. El primero, estudió Trabajo Social y Antropología, y el segundo, periodismo.

“Ellos son mi familia”

Actualmente, los hermanos —que bordean los 60 años— viven en la ciudad de Punta Arenas, al igual que Aguilera, quien dicta seis cursos en la Universidad de Magallanes.

“Hasta el día de hoy ellos son mi familia. Es como si fueran mis hijos, me cuidan y yo los cuido”.

Ambos han trabajado con él en la ardua tardea de rescatar el idioma.

José es coautor de distintas publicaciones —como “Gente de los canales” (2019)—, y ha colaborado en la creación de un diccionario kawésqar-español, que aún no logran terminar.

Además, entre 2007 y 2010, redactaron un texto y un archivo sonoro que se encuentra hoy en la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos, y en la Universidad James Cook, en Australia.

Sin embargo, el lingüista cree que aún falta mucho por hacer.

José Tonko y Oscar Aguilera en Puerto Edén, año 2009.

Oscar Aguilera
José Tonko y Oscar Aguilera en Puerto Edén, año 2009.

“Detrás de las lenguas hay un gran conocimiento y por eso se deben preservar, porque albergan información única sobre el medioambiente donde vive la gente que lo habla”, dice.

De cara al futuro del idioma, su esperanza está depositada en la futura primera dama, Irina Karamanos.

Quizás su interés —dice— ayude a revitalizar realmente la lengua de quienes considera su verdadera familia.


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