¿Está la civilización occidental condenada a desaparecer como la Roma antigua?
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¿Está la civilización occidental condenada a desaparecer como la Roma antigua?

¿Estamos en la víspera del colapso de una civilización? ¿Qué factores generarían el fin de la sociedad occidental como la conocemos?
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Por BBC Mundo
11 de mayo, 2017
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El economista Benjamin Friedman una vez comparó la sociedad occidental moderna con una bicicleta, cuyas ruedas se mantienen en movimiento gracias al crecimiento económico.

Si ese movimiento reduce su velocidad o para, los pilares que definen nuestra sociedad -entre ellos la democracia, las libertades individuales y la tolerancia social- se tambalearían.

Nuestro mundo se convertiría en un lugar cada vez más hostil, luchando por recursos limitados y rechazando a cualquiera fuera de nuestro grupo.

De no poder echar a andar esas ruedas nuevamente, eventualmente vendría el colapso.

Eso ha ocurrido antes en la historia humana y ninguna civilización es inmune

¿Estamos en la víspera de un nuevo colapso? ¿Qué factores generarían el fin de la sociedad occidental como la conocemos?

Dos escenarios

Es imposible tener certeza sobre el futuro, pero las matemáticas, la ciencia y la historia pueden darnos pistas.

Safa Motesharrei, un científico de sistemas de la Universidad de Maryland (EE.UU.), utiliza modelos informáticos para obtener una comprensión más profunda de los mecanismos que pueden conducir a la continuidad o al colapso de nuestro entorno.

Si tomamos decisiones racionales para reducir la desigualdad, el crecimiento poblacional, agotamiento de los recursos naturales y la contaminación podemos evitar el colapso”

Safa Motesharrei, investigador

Según los resultados que Motesharrei y sus colegas, publicados en 2014, hay dos factores fundamentales: la tensión ecológica y la estratificación económica.

Mucho se ha hablado del impacto en el medio ambiente como ruta hacia una potencial desaparición de la humanidad, en particular por el agotamiento de los recursos naturales.

En cuanto a la estratificación económica, lo que sucede es que las élites empujan a la sociedad hacia la inestabilidad y el eventual colapso, debido a la acumulación de enormes cantidades de riqueza y recursos.

Eso deja a los pobres, que son mayoría y sirven de mano de obra, con poco o ningún recurso.

Eventualmente, la población trabajadora entra en crisis, porque la porción de riqueza que reciben es insuficiente.

Al quedarse sin mano de obra, las élites colapsan.

¿Hay salidas?

Las desigualdades que observamos hoy en día dentro de sociedades, y al comparar un país con otro, apuntan hacia el colapso.

Una protesta por inequidad en Sudáfrica termina con un automóvil incendiadoLas inequidades seguirán pronunciándose y llevando a más protestas, pronostican los expertos.

Por ejemplo, 10% de los generadores de ingresos a nivel mundial producen tantas emisiones de gases contaminantes como el 90% restante combinado.

Cerca de la mitad de la población mundial vive con menos de US$3 al día.

Sin embargo, el fin no es inevitable.

“Si tomamos decisiones racionales para reducir factores tales como la desigualdad, el crecimiento explosivo de la población, la tasa de agotamiento de los recursos naturales y la tasa de contaminación -todo perfectamente factible- podemos evitar el colapso, y no estabilizaremos en una trayectoria sostenible”, escribió Motesharrei.

Desafortunadamente, algunos expertos creen que estas decisiones difíciles superan nuestras capacidades políticas y psicológicas.

“El mundo no se detendrá ahora para resolver el problema del clima durante este siglo, simplemente porque es más costoso en el corto plazo que seguir actuando como de costumbre”, dice Jorgen Randers, profesor emérito de estrategia climática en la Escuela de Negocios BI de Noruega.

Los primeros afectados

Las naciones más pobres sentirán primero los efectos del colapso.

Siria, por ejemplo, disfrutó de tasas de fertilidad excepcionalmente altas durante un tiempo, lo que impulsó el rápido crecimiento de su población.

Una brecha cada vez mayor entre ricos y pobres, dentro de las ya vulnerables naciones occidentales, empujará a la sociedad hacia una mayor inestabilidad que nace desde adentro”

Luego, una severa sequía a finales de los 2000, combinada con la escasez de agua subterránea, paralizó la producción agrícola.

Eso dejó a un gran número de personas – especialmente jóvenes- desempleados, descontentos y desesperados.

Muchos inundaron los centros urbanos, abrumando los limitados recursos y servicios públicos en las ciudades.

Las tensiones étnicas preexistentes aumentaron, creando las bases para la violencia y el conflicto.

Para colmo de males, la pobre gestión del gobierno hizo que el país entrara en una guerra civil en 2011, llevándolo aceleradamente hacia el colapso.

Cambios mundiales

En el caso de Siria no hay una causa única para su colapso, sino una combinación de varias fuerzas.

Thomas Homer-Dixon, director de la Escuela Balsillie de Estudios Internacionales, describe estas fuerzas como placas tectónicas, por la manera en que lentamente se ensamblan, para luego, de manera abrupta, estallar.

El Coliseo romanoUna de las lecciones más importantes de la caída de Roma es que la complejidad tiene un precio.

Además de Siria, Homer-Dixon identifica otros cambios mundiales que advierten que estamos entrando en una zona de peligro.

Entre ellos figuran la crisis económica mundial de 2008, el surgimiento de EI, el Brexit y la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos.

Pistas en la historia

La historia también nos suministra pistas sobre lo que pudiera venir en el futuro.

En el año 100 antes de Cristo el Imperio Romano se extendía a lo largo del Mediterráneo.

Los romanos pudieron haberse quedado en esa zona, cercanos al mar, pero las exploraciones dieron buenos frutos y se sintieron alentados a seguir su expansión territorial.

Sin embargo, la transportación por tierra era lenta y costosa, a diferencia de la marítima, por lo que la expansión se hizo cara.

Según Joseph Tainter, profesor de medio ambiente y sociedad en la Universidad Estatal de Utah, una de las lecciones más importantes de la caída de Roma es que la complejidad tiene un costo.

En el siglo III, Roma agregaba cada vez más elementos nuevos: un enorme ejército, caballería, provincias subdivididas (cada una con sus propias burocracias, tribunales y defensas).

Eventualmente, no pudo seguir financiando esa creciente complejidad.

Un automóvil abandonado frente a una edificación derruidaAlgunas civilizaciones simplemente se van desvaneciendo.

El fin del Imperio Romano lo provocó su debilidad fiscal.

Migrantes y fronteras

Homer-Dixon predice que el colapso de las sociedades occidentales estará precedido por el retorno forzoso de personas y recursos a sus países de orígen.

A medida que naciones pobres continúan desintegrándose en medio de conflictos y desastres naturales, provocarán inmensas olas de migrantes que se dirigirán hacia países más estables.

Las sociedades occidentales reaccionarán a ese fenómeno fijando restricciones migratorias (incluso prohibiciones de entrada); construyendo multimillonarios muros y desplegando tropas y drones que custodien sus fronteras.

Eso irá de la mano con gobiernos más autoritarios y populistas, y mayor control sobre quién entra y quién sale de un país.

Ricos vs pobres

Mientras tanto, una brecha cada vez mayor entre ricos y pobres, dentro de las ya vulnerables naciones occidentales, empujará a la sociedad hacia una mayor inestabilidadque nace desde adentro.

“Para el 2050, Estados Unidos y el Reino Unido habrán evolucionado hacia sociedades de dos clases, donde una pequeña élite vivirá bien, mientras que la mayoría verá decrecer su calidad de vida”, dice Randers.

Dos hombres en una protesta en Argentina contra la interferencia de Estados Unidos en las crisis de Siria y VenezuelaDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionMientras más insatisfecha y atemorizada se sienta la gente, más propensa será a refugiarse entre quienes identifiquen como de su grupo.

En opinión de Homer-Dixon, mientras más insatisfecha y atemorizada se sienta la gente, más propensa será a refugiarse entre quienes identifiquen como de su grupo (en términos religiosos, raciales o de nacionalidad).

Si la gente admite que existen problemas, asignarán la culpa de esos problemas a todos los que no pertenezcan a su grupo, aumentando así el resentimiento y la violencia de masas.

Europa sentirá las presiones en primer lugar, dada su proximidad con África, su puente terrestre con Medio Oriente y su vecindad con las naciones políticamente más volátiles del Este.

Es probable que Estados Unidos se mantengan más tiempo estable, debido al efecto amortiguador de los océanos.

Otro final

El colapso también puede producirse sin tanto dramatismo o violencia.

En algunos casos, las civilizaciones simplemente se desvanecen, pasando a la historia no con un estrépito, sino con un gemido.

“Las naciones occidentales no van a colapsar, pero su buen funcionamiento y la naturaleza amistosa desaparecerán, porque la inequidad va a explotar”, argumenta Randers.

“La sociedad democrática y liberal fracasará, mientras que gobiernos más fuertes como el de China serán los ganadores”.ç

RomaDerechos de autor de la imagenREUTERS
Image caption¿Correremos el mismo destino que los romanos?

No todo está perdido

Pese a todo lo dicho, la civilización occidental no es una causa perdida.

Homer-Dixon señala que la toma de decisiones basadas en la razón y la ciencia, y la presencia de un liderazgo extraordinario y una excepcional buena voluntad, pueden darle mayor bienestar a la sociedad humana.

Eso requiere que seamos más cooperativos, generosos y abiertos a la razón cuando se enfrentemos situaciones abrumadoras.

“La pregunta es, ¿cómo podemos lograr preservar algún tipo de mundo humano mientras avanzamos en estos cambios?”, comenta Homer-Dixon.

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Vacuna contra COVID: por qué algunas dosis acaban en la basura y qué se puede hacer para evitarlo

El mundo vive una carrera por hacerse con las escasas vacunas disponibles contra la COVID. ¿Por qué algunas acaban en la basura o se vacuna a personas no prioritarias?
5 de febrero, 2021
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Enfermeras cargan dosis de la vacuna en Nantes, Francia.

Reuters
Muchos países se enfrentan al reto de administrar las vacunas antes de que se estropeen.

Golpeado por la pandemia de covid, el mundo se enfrentó primero al reto de desarrollar en tiempo récord una vacuna. Ahora, al de distribuirla a escala planetaria sin malgastar una sola de las preciadas dosis.

Con la oferta de vacunas disponibles lejos aún de cubrir la ingente demanda mundial, los gobiernos han establecido rigurosos planes de vacunación que establecen los colectivos que deben ser vacunados primero: generalmente, personas mayores, enfermos crónicos y trabajadores de los servicios de salud.

Sin embargo, no han tardado en aparecer las noticias de personas no pertenecientes a estos grupos prioritarios que recibían la vacuna, o, algo más sorprendente aún, de dosis que acababan en el cubo de la basura.

En la ciudad de Trelew, en la Patagonia argentina, la prensa local informó de que hubo que desechar 140 dosis de la vacuna rusa Sputnik-V porque se había roto la cadena de frío en su conservación.

En España, el general al mando de las Fuerzas Armadas tuvo que dimitir después de que se hiciera público que había recibido la vacuna, pese a que algunos de sus colaboradores les dijeron a los medios españoles que lo había hecho precisamente para evitar que se echaran a perder las dosis sobrantes en su departamento tras vacunar a las personas prioritarias.

En México, el presidente, Andrés Manuel López Obrador, condenó por “inmoral” al médico que vacunó a dos familiares después de un error en el sistema de citas del hospital en el que trabaja.

Son solo algunos ejemplos de noticias que han provocado malestar y críticas en muchos países cuando la mayoría de la gente sigue a la espera y en muchos casos aún sujeta a distintos grados de confinamiento.

El desafío de optimizar las vacunas

Lo cierto es que los sanitarios se pueden ver a veces ante un incómodo dilema, ya que las vacunas requieren condiciones especiales de conservación y, en algunos casos, sobre todo en pequeñas localidades o lugares alejados, no pueden cumplirse a rajatabla los estrictos criterios fijados por los gobiernos.

La vacuna fabricada por Pfizer, por ejemplo, debe conservarse a temperaturas muy bajas y, una vez descongelada, ha de usarse antes de 5 días.

La Sputnik-V se comercializa en ampollas de cinco dosis, por lo que si se quiere evitar malgastar ninguna, debe haber un número igual de pacientes listos para recibir el pinchazo.

Una profesional de la salud recibe la vacuna en un hospital de Ciudad Juárez, México.

Reuters
Los trabajadores sanitarios figuran entre los colectivos prioritarios en la mayoría de países.

Como explicó en conversación con BBC Mundo el doctor Pablo Bonvehí, jefe de la sección Infectología y Control de Infecciones del CEMIC, un centro de investigación médica de Buenos Aires, “la prioridad es no desperdiciar la vacuna“.

“Una campaña de vacunación, y más una como esta, es siempre un gran desafío de ingeniería”, indica el experto. Y no siempre es posible acomodar la disponibilidad de vacunas con el número de pacientes dispuestos a ponérsela, su disponibilidad para acercarse a los centros de vacunación a recibirla y las necesidades de espacio para mantener la distancia social en ellos.

A esto se suma el problema de los pacientes que no acuden a las citas programadas, sea porque no pueden desplazarse o porque, como los seguidores del movimiento antivacunas, rechazan la inmunización o desconfían de los gobiernos y los fabricantes de medicamentos.

¿Qué hacer entonces con la dosis sobrante cuando ya se ha cubierto el cupo de pacientes prioritarios agendados para el día?

Contenedores de residuos sanitarios en Manchester, Inglaterra.

Getty Images
En algunos países ya ha habido noticias de vacunas que acaban en la basura.

En Estados Unidos ya ha habido centros sanitarios que han empezado a convocar por la emisora de emergencias a los paramédicos que quieran vacunarse una vez cubierto el cupo diario para evitar que se echen a perder las dosis sobrantes.

Y un equipo médico del estado de Oregón que quedó atrapado en una congestión de tráfico comenzó a vacunar a otros automovilistas retenidos ante la imposibilidad de volver a refrigerar a tiempo las dosis que llevaban consigo.

Mejor en un brazo que en el cubo de la basura

Ante la emergencia sanitaria global, los centros médicos a nivel local se enfrentan al desafío de vacunar a la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible, conservando adecuadamente las vacunas y priorizando a los grupos de población de riesgo establecidos por las autoridades nacionales.

En esa tarea titánica, han encontrado una inesperada colaboración en los grupos de espontáneos que hacen fila junto a las clínicas y los centros de vacunación a la espera de que se les administre alguna de las dosis no utilizadas, una imagen cada vez más frecuente en Estados Unidos y en Israel, el país que lidera la frenética carrera global por la vacunación.

“A todas las dificultades se suma la de la incertidumbre acerca de las dosis que se van recibir y cuándo”, señala el doctor Bonvehí.

Para los dispensarios locales se complica aún más llevar una planificación adecuada de la vacunación ya que en muchos casos los gobiernos tampoco han podido ofrecer un calendario claro de vacunación y son ellos quienes centralizan la adquisición de los medicamentos.

Un hombre carga una bombona de oxígeno en Manaos, Brasil.

Reuters
América Latina es una de las regiones más golpeadas por la pandemia y muchos países aún no han podido comenzar a vacunar.

Para los países de renta media, como la mayoría de los de América Latina, que se encuentran detrás de los más ricos en la lista de espera global por recibir la vacuna en la cantidad y con la regularidad suficientes, hacer un uso óptimo de las que llegan se hace más crítico si cabe.

Bonvehí propone que “en las citas se llame a pacientes suplentes, para que, si alguien no se presenta, no haya que desperdiciar ninguna dosis”.

Y la Organización Mundial de la Salud ha pedido que los países más prósperos, que han comprado muchas más dosis de las necesarias para vacunar a toda su población, envíen las que no usen a los países en desarrollo.

Todo, porque, como le dijo Amesh Adalja, especialista en enfermedades infecciosas de la Johns Hopkins University, a la cadena NPR, “una vacuna en un brazo siempre va a ser mejor que una vacuna en el cubo de la basura”.


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