São Gabriel y sus demonios: el reportaje ganador del premio Gabriel García Márquez
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São Gabriel y sus demonios: el reportaje ganador del premio Gabriel García Márquez

En este reportaje ganador del premio Gabriel García Márquez de Periodismo 2016, la periodista Natalia Viana descubre por qué el municipio con mayor población indígena de Brasil es también el que tiene el mayor índice de suicidios.
Por Natalia Viana, de Agencia Pública, con traducción de Sabrina Duque
15 de mayo, 2017
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Hace poco más de dos meses que ella se fue, un día antes de su cumpleaños. Maria –vamos a llamarla así- cumpliría 20 años el 2 de marzo. Nadie diría que no era una indiecita como tantas que colorean las calles de São Gabriel da Cachoeira, municipio en el noroeste de Amazonas, en Brasil. Era bajita, los cabellos negros sobre los hombros, las ropas ajustadas, andaba en zapatillas. Pero María estaba ahí sólo de paso. En su entierro los parientes contaron que había venido de río abajo para pasar el periodo de vacaciones escolares, cuando centenas de indígenas de diversas etnias dejan sus aldeas y llenan la sede del municipio para resolver temas pendientes con la burocracia. Ahí en la ciudad, ella consiguió un enamorado, un militar, y pasaba los días con él, cuando no estaba entre amigos. Pero en los últimos días María andaba triste: la pareja había roto. Estaba rara, nerviosa. Sus parientes contaron que llegó a tener alucinaciones.

A sus padres les había parecido bueno el fin del amorío. Nadie llegó a conocer  de cerca al tal soldado. Nunca consiguieron ver su rostro porque, según contaron, cuando él venía al barrio de Dabaru, uno de los más pobres del municipio, donde la familia vivía en una especie de  pueblito con casas pegadas unas a las otras, él siempre se escondía en las sombras formadas por la parca iluminación. Tenía el rostro cubierto por las sombras de la noche. ¿Era blanco? ¿Era negro? ¿Era gente?

En la madrugada del sábado para domingo, día 1o de marzo, después de haber pasado la tarde y el comienzo de la noche con el hermano mayor y unos amigos bebiendo en la playa del río, María comenzó a transformarse para siempre. Estaba agresiva. Los ojos ya no eran los de ella, contó el hermano, se removían y cambiaban de color mientras ella gritaba que los padres no la querían, que él era el hijo favorito. El hermano hasta la arrastró de vuelta, pero, cuando llegaron a casa, sus padres no conseguían mirarla. En su lugar veían apenas algo oscuro, una sombra. Un ser de la oscuridad. El padre no pudo ni levantar la hamaca del pequeño cuarto que dividía con los hijos. Se quedó llorando, atónito. María entró al cuarto de al lado, tiró la puerta. No consiguieron abrirla, aunque no estaba cerrada. Por una rendija, vieron cuando amarró una cuerda y se ahorcó. Al momento siguiente la puerta finalmente se abrió. Ya estaba muerta.

María es la víctima más reciente de una tragedia asombrosa que se repite con trama semejante hace por lo menos diez años en São Gabriel da Cachoeira y que fue traducida a números por el Mapa de la Violencia 2014, de la Secretaría General de la Presidencia de la República. De acuerdo con el informe basado en datos del Sistema de Información de Mortalidad del Ministerio de Salud, São Gabriel posee el récord en las estadísticas de suicidio por habitante en los municipios brasileños. En 2012 fueron 51,2 suicidios por 100 mil habitantes –diez veces más que la media nacional. Eso corresponde a 20 personas que se mataron, aún más que el año anterior, cuando fueron 16 suicidios.

São Gabriel  es también el municipio más indígena de Brasil. Las 23 etnias que hace por lo menos 3 mil años ocupan las márgenes del río Negro y de sus afluentes corresponden a cerca del 76% de la población. Hoy los cerca de 42 mil habitantes se dividen entre el área urbana –ocupada a partir de las márgenes del río desde la fundación del fuerte São Gabriel por los portugueses, en 1761- y las centenas de comunidades esparcidas por el interior del bosque, algunas a dos o tres días de barco dentro del mayor mosaico de tierras indígenas del país, con 100 km2 de área.  Un territorio mayor que Portugal, donde viven los Baniwa, Kuripako, Dow, Hupda, Nadöb, Yuhupde, Baré, Warekena, Arapaso, Bará, Barasana, Desana, Karapanã, Kubeo, Makuna, Mirity-tapuya, Pira-tapuya, Siriano, Tariana, Tukano, Tuyuca, Wanana y Yanomami.

De un total de 73 muertes ocurridas entre 2008 y 2012, apenas cinco no fueron de indígenas, según el Mapa de la Violencia 2014. Entre los indígenas, 75% eran jóvenes, como Maria. Y muchos de los familiares y amigos cuentan que se suicidaron después de haber sido embrujados por seres de la oscuridad, por parientes muertos, o hasta por el mismo diablo, los cuales, llamándolos durante meses, al final los arrastran a la horca.

Pero quien llega a São Gabriel y pregunta en las calles, en los bares, en las iglesias va  a escuchar que los suicidios son un problema del pasado. Una crisis, un brote, listo, pasó, no se habla más de eso. Hace tiempo que el asunto no atrae a periodistas forasteros río arriba, con sus grabadores y sus preguntas. Fue una crisis, un brote, listo, acabó, no se habla más de eso. Es en el paso lento de los días que los relatos comienzan a aparecer. Y son muchos, en todo rincón.

Como el de don Zeferino, que puede ser encontrado sentado en el tronco de un árbol en el patio de tierra ocupado por dos casas –la de él y la de los hijos- en el distante barrio de Tiago Montalvo. De ojos pequeños marcados por la catarata, la espalda encorvada, a Zeferino Teles Lima  no le gusta hablar, pero el recuerdo del hijo Tiago no lo deja en paz. Mezclando la lengua Tukano con el poco portugués que sabe, el indio Tariano cuenta bajito que “piensa siempre… él trabajando en su huerta, trabajando en su casa, donde se había acostado.. he pensado mucho… estoy pensando aún, ¿no? Bravo no queda mucho, no… queda muy triste”. La imagen del hijo lo persigue día y noche, llamándolo. Para librarse de tanto pensamiento, Zeferino buscó las curas tradicionales de su pueblo. “Hicieron una bendición por mi voluntad. Si así no hubiera sido bendecido, ya había muerto, ya. Atrás de él, ¿no?”, dice. Después, buscó a un padre. “Porque no puedo con tristeza y está dando así. Ahí que padre lanzó bendiciendo para mí la cabeza. Ahí pasó un poquito ahora, está mejorando poco a poco”.

Según la familia, Tiago Lima murió el día 10 de abril de 2014 en la comunidad Nova Esperança, en el alto río Uaupés, en el interior del municipio. Estaba borracho. La comunidad se preparaba para la fiesta de Domingo de Ramos y Tiago no tuvo dificultad en encontrar a un comerciante dispuesto a venderle cachaça –la venta de bebidas alcohólicas está prohibida en tierras indígenas. Compró tres “carotezinhos”, botellitas de plástico, de 200 ml. Nadie vio cuando Tiago amarró la cuerda dentro de la casa, después de una pelea con el hermano, con quien estaba viviendo. El padre resume: “Él se enlazó”. En su lengua no existe la palabra “suicidio”.

No fue el primero  de la familia en enfermar. Dos primos de Tiago tentaron a la muerte repetidas veces en los últimos años. Del otro lado de la calle de tierra, la sobrina de Zeferino, Almerinda Ramos de Lima, cuenta esa historia sin alterar la voz, mientras organiza el almuerzo de familia en la casa del padre, cercada por la hija, el nieto, algunos hermanos, las sobrinas, sacando jugo del açaí. Almerinda fue la primera mujer en asumir la presidencia de la Foirn, la Federación de las Organizaciones Indígenas del Río Negro, que reúne a diversos pueblos de la región. “Mi madre dijo así, un día van a acabar ahorcándose”, suspira. El hermano Melquior, de 38 años, intentó ahorcarse dos veces. La primera fue en 2010, por causa de una pelea con la esposa. La cuerda se reventó. Un año después, volvió a intentar el suicidio, después de que el padre le llamó la atención por estar borracho. “Papá comenzó a echarle bronca, y él dijo: ‘Ah, ya que soy yo quien está equivocado, ya que estoy haciendo esas cosas erradas, entonces prefiero matarme, prefiero morir’. Entonces eso hizo. Suerte suya que la rama se quebró”. El otro hermano, Ivo, de 35  años, también fue atrás de la cuerda, después de una pelea conyugal. “Creo que el diablo no quiso llevarlos aún, por eso no murieron”, dice Almerinda.

El texto completo:

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Coronavirus; ¿Qué produce una respuesta inmunitaria más fuerte: la infección natural o la vacuna?

Si bien ambas producen una respuesta inmunitaria, te explicamos por qué es mejor la protección que te puede ofrecer una vacuna contra el SARS-CoV-2.
16 de diciembre, 2020
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Reino y Estados Unidos iniciaron ya su programa de vacunación masiva contra el coronavirus con la vacuna de Pfizer/BioNTech.

La inmunización, producida en Bélgica, es un nuevo tipo de vacuna llamada ARN que utiliza un pequeño fragmento del código genético del virus para enseñarle al cuerpo a combatir la COVID-19 y generar inmunidad.

El resto de las vacunas —incluidas la rusa Sputnik V, que comenzó a suministrarse de forma masiva en Moscú, la china Sinovac, la estadounidense Moderna o la británica Oxford-AstraZeneca— continúan en la carrera y la aprobación de algunas de ellas se espera de forma inminente.

En Reino Unido, los primeros en recibir la dosis inicial de las dos necesarias para alcanzar la inmunidad completa son las personas mayores de 80 años, los profesionales de la salud en primera línea, así como los trabajadores de las residencias de ancianos.

Y mientras que la mayoría de la población espera con ansias que le llegue su turno, hay quienes miran a la vacuna con recelo por las incógnitas que todavía no tienen respuesta.

Una de las preguntas que se repite (aunque no necesariamente entre quienes están en desacuerdo con la vacunación) es, ¿Qué genera una respuesta inmune más fuerte: la infección natural o la vacuna?

BBC Mundo conversó con tres expertos en el tema en busca de una respuesta.

Según el caso

En pocas palabras: aún no se sabe.

“Hay algunas enfermedades donde la vacuna protege más que la enfermedad y otros casos donde la enfermedad brinda más protección que la vacuna”, le explica a BBC Mundo Carlos Rodrigo, vacunólogo y Director Clínico de Pediatría del Hospital Germans Trias i Pujol, en Barcelona.

Paciente de covid-19

Getty Images
Mientras que a algunas personas el virus les provoca pocos o ningún síntoma otros deben ser hospitalizados o conectados a un respirador.

Rodrigo da como ejemplo enfermedades clásicas como el sarampión, la varicela o las paperas, donde la infección natural es la que otorga una inmunidad más prolongada, donde lo habitual es que una vez que la pasas no te vuelvas a enfermar.

En otro tipo de infecciones, como las provocadas por neumococos o meningococos (dos tipos de bacterias) en niños o por el virus del papiloma humano (VPH) —un grupo de virus que puede causar verrugas y varios tipos de cáncer— la situación es exactamente opuesta.

En el caso del VPH, por ejemplo, la vacuna genera una respuesta inmune más potente que la inmunidad natural, ya que esta última es particularmente débil.

Esto se debe a que, entre otra cosas, el virus emplea varias tácticas para evadir al sistema inmune, le explica a BBC Mundo Maitreyi Shivkumar, profesora de Biología Molecular en la Facultad de Farmacia de la Universidad De Montfort, en Reino Unido.

“Muchos virus, entre los que se incluye el VPH tienen proteínas que bloquean la repuesta inmune o simplemente mantienen un perfil bajo para no ser detectadas”.

En cambio la vacuna, “contiene una concentración alta de una sola proteína —la que sobresale de la superficie del virus y la que detecta el sistema inmune— en su forma más pura”.

Al suministrar una gran cantidad de esta proteína, la respuesta que se genera es mucho más fuerte, señala Shivkumar.

Y, además, la vacuna permite que, “de cierta forma, el sistema inmune no se distraiga con otros trozos del virus (como ocurriría en una infección natural)”, añade la experta, aunque aclara que son pocos los casos donde la inmunidad generada por la vacuna es mayor a la que suscita la infección natural.

“Por lo general las vacunas son tan buenas como la infección (en este sentido), o brindan suficiente inmunidad y eso es lo que se quiere lograr”.

¿Cómo se posiciona la covid-19 en este sentido?

Dado que se trata de una enfermedad nueva y de que los estudios sobre la vacuna fueron diseñados para determinar su seguridad y eficacia más que para evaluar la longevidad de la inmunidad, no sabemos con exactitud por cuánto tiempo se extiende el efecto protector de ninguna de las dos.

HPV

Getty Images
En el caso del VPH, la vacuna genera una respuesta inmune más fuerte que el virus mismo.

Lo que sí sabemos es que, a diferencia de la infección natural, de la que podemos recibir una dosis viral variable (alta, mediana o baja) que produce diferentes niveles de inmunidad, “cuando te suministran una vacuna, recibes una dosis predeterminada que sabemos provoca una respuesta inmune fuerte y apropiada, capaz de prevenir la infección en un gran porcentaje de los casos”, le dice a BBC Mundo Jennifer Gommerman, inmunóloga de la Universidad de Toronto, Canadá.

“Hay muchas similitudes: las dos cosas —la infección natural y la vacuna— generan anticuerpos neutralizantes e inmunidad celular (el proceso que activa entre otras cosas a las células T)”.

“Pero una de las grandes diferencias es que las vacunas no provocan el daño colateral de una respuesta inmune extremadamente robusta, que en mucha gente puede ser perjudicial y causar daño en los pulmones”, explica la experta.

Sin vacuna, dice Carlos Rodrigo, atravesar la enfermedad es “una aventura, un azar, una ruleta rusa: mientras que a algunas personas no les ocasiona ningún problema, a otras les causa problemas gravísimos. Y a otras no tan graves pero persistentes en el tiempo, e incapacitantes”.

Por último otra de las ventajas de la vacuna es que al suministrar una dosis fija, “se garantiza una respuesta imunitaria estandarizada en toda la población. Es una forma de controlar la respuesta y no dejarla al azar”, añade Shivkumar.

Y si tuve covid-19, ¿es necesario vacunarme?

En opinión de Gommerman, deberías dejar que vacunen a otros primero porque tu cuerpo todavía debería tener memoria del virus y por lo tanto capacidad para combatirlo, pero luego es importante que lo hagas.

Vacunación

Getty Images
Aunque hayas tenido covid-19, es aconsejable recibir la vacuna.

“Primero que mucha gente nunca tuvo confirmación de haber tenido el virus”, dice. “Cuando nos llega gente que piensa que ha tenido covid-19 y se les hace la prueba de anticuerpos, no siempre dan positivo porque en realidad no han estado expuestos al virus”.

Esa ya es una buena razón para darse la vacuna. Pero por otro lado, “hasta donde sabemos, no hay consecuencias negativas de darse la vacuna después de haber tenido el virus. Es como reforzar tu respuesta inmunitaria”, señala la experta.

Y, tercero, “tu respuesta inmune pudo haber sido muy buena o no, dependiendo de a cuánto virus estuviste expuesto, y como esa carga es variable, no sabrás en que parte del espectro te encuentras, por lo tanto, es mejor darse la vacuna”.

Rodrigo tiene una visión similar, aunque recomienda hacer un test primero para verificar si la persona aún tiene anticuerpos.

Estas personas “no serían prioritarias, pero es posible que al cabo de unos cuantos meses, la inmunidad natural no sea suficiente”.

“Habrá que evaluar si todavía tiene anticuerpos, porque en casos que los haya, la vacuna es inútil”.


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