Borge grita en El Renacer: Pedro Canché narra cómo es la reclusión del exgobernador
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Especial

Borge grita en El Renacer: Pedro Canché narra cómo es la reclusión del exgobernador

"El gobernador que me puso en la cárcel por sus caprichos de dictador ahí estaba… derrotado", narra el periodista Pedro Canché.
Especial
Por Redacción Animal Político
11 de junio, 2017
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Nota del editor: A continuación puedes leer la reproducción textual de una crónica del periodista Pedro Canché Herrera, titulada “Borge grita en El Renacer: ‘Guardias desalojen al periodista’. Nadie le hace caso”, y publicada el 10 de junio pasado en http://www.pedrocanche.com.

Leer: Gobierno de Quintana Roo se disculpa con el periodista Pedro Canché

Borge grita en El Renacer: “Guardias desalojen al periodista”. Nadie le hace caso

Renacer, Panamá.- A lo lejos desciende una figura con un lento caminar. Sus pasos son flojos a pesar del declive que lo favorece.

Su playera azul celeste contrasta con el verde intenso de los árboles y la tierra negra de los cerros. Estrena un pantalón talla 38 de la tienda Davensa.      

Salió de un edificio estilo escuela primaria con tejas rojas. Dos cercos de alambre dividen esas “aulas” del área de visitas. El caminar de los presos en la carcel El Renacer es ágil, sobretodo quienes reciben visitas. Y como no. Los presos de esa prisión ansían ver a sus leales familiares y sus encargos.

Pero el hombre con pelo peinado hacia atrás camina como si sus piernas fueran de auténtico plomo.

Hay que vestir de polo color morado de lo contrario los guardias prohíben pasar a visitar a los encarcelados. La tienda Davensa ubicado en la vía España de la Ciudad de Panamá resuelve ese detalle. “Para el hombre que avanza”, dice el slogan del almacén de ropa. Pero Roberto Borge Angulo no avanza.

Construido en la falda de un cerro, el terreno de El Renacer, está empinado. A este paisaje de flora exótica del Parque Nacional de Gamboa, situado a 40 kilómetros de la Ciudad de Panamá se escuchan el canto de cientos de loros y el aullido de un mono sarahuato.

Borge pasa por otro edificio parecido a las aulas de las escuelas de Quintana Roo y se pierde un momento. Pareciera -si no fuera por los cercos de alambre con enormes púas que intimidan hasta al más valiente – que es una escuela por el tipo de techo dos aguas de las tres naves. Dos, construidos de forma paralela y pintadas de blanco, y otra transversal con tejas rojas. 14 ovejas pastan plácidamente en el cerro dentro de los límites de la prision, ahí donde está la ultima torre. No son las únicas que podrá contar el otrora poderoso gobernador.

Un enorme buque carguero impresiona por su tamaño y su carga. YHU son los signos que tiene el barco y pasa a 100 metros de esta carcel. Al Este la carcel colinda con el Canal de Panamá y con una vía de tren. La vista es interesante. Cruza un tren de carga de color amarillo con el nombre Panamá Canal Raywall con una incontable carga de contenedores colores rojo óxido, grises y distintos matices viejos color ocre. Abobado Borge mira el buque y el tren que coinciden su paso. Ya tiene distracción además de contar las ovejas del cerro pelado. Podrá contar, conocer y ser experto en los miles de barcos y buques y cargueros que cruzan los 80 kilómetros de la franja panameña para perderse en los océanos pacífico y Atlántico. Esta vista del sábado 10 de Junio será la que tenga Borge durante el tiempo que dure aquí en tanto se le extradita a nuestro país.

“Saliendo de verlo. Que le lleves la comida suéter y pantalones jean ahora. Y mañana otras cosas. Ya está el permiso con la custodia de la entrada. Vamos saliendo”.

Fue el mensaje que recibí el viernes 9 de Junio por WhatsApp del abogado de Borge, Carlos Carrillo. Había pactado una entrevista con él en su despacho Carrilloley en la cerrada San Lucas.

En la tienda Davensa le surtí de lo que necesitaba. 106.89 dólares, la moneda que ha desplazado al Balboa en Panamá.

En el restaurante tradicional panameño El Trapiche le compré a Borge un pan con lomo y una coca cola de lata.

En el centro de retención preventiva de la Dirección de Investigación Judicial(DIJ) allá en Ancón en la periferia de Panamá, otrora propiedad de los gringos hasta 1979, hay dos celdas grandes y uno pequeño que era usado para orinar. Apesta a orina y excremento. Un preso lo medio lavó y ahí fue “hospedado” los primeros 5 días el detenido de Tucumen.

Ahí se enteró vía sus abogados que fue expulsado del PRI. Ahora cambió su suerte, al menos en lo que toca a su lugar de arresto.

Un policia de color informó que el ex gobernador había sido trasladado a El Renacer este viernes 9. Y estaba jubiloso. “Ahí va a estar mucho mejor. Es una carcel para los que tienen plata y puedan pagar al fiscal para estar ahí. Es un lugar cómodo y ahí sí llévele lo que quiera. Su ‘amigo’ tendrá la comodidad gracias a sus abogados”.

Max Saavedra, mi taxista pensando que yo era algún familiar del detenido Borge me dijo que con 50 dólares al guardia podríamos pasarle el iPhone que tengo a Borge.

“Con dinero no sólo puede recibir celulares sino hasta mujeres”.

La mujer policía saca un oficio y me lee lo que puede pasar y lo que no. Nada de cítricos ni manzanas. Papaya y plátano si y comida que no esté enlatada. Su compañero, un oficial muy receloso saca el pantalón, lo revisa y lo dobla.

La chamarra y el jean negro no pueden pasar. Ninguna ropa color oscuro puede pasar. Esa lata de coca cola también se queda. Una madre que estaba esperando la liberación de su hijo la pide comprar. Se la doy sin costo y la bebe desesperada en medio del calor húmedo del trópico panameño.

La oficial se pierde y le lleva la ropa, los pantalones y la torta de Trapiche.

Suena el mensaje de WhatsApp. El viejo abogado Carlos Carrillo cometió un error de novato. Confundió mi número telefónico mexicano con el de Fabian Vallado, otrora segundo hombre poderoso de Roberto Borge. Llegó a Panamá para lo que se le ofreciera al Boss.

“Perdón. No eran estos mensajes contigo. Disculpa. Cualquier cosa déjalo en mi oficina y te reembolso el gasto”.  Los mensajes no eran para mí. Era para un amigo de Borge.

-¿Y comió Borge su torta de lomo?, inquiero al guardia de apellido Masa. “Por supuesto, se ve que el hombre tenía hambre. El pantalón le vino igual. Y ya tiene polo celeste para recibir visitas. Mañana podrás platicar con él”.

Demasiado tarde el mensaje del abogado de Borge Carlos Carrillo, famoso por encabezar la defensa del ex presidente de Panamá, Ricardo Martinelli.

Una camioneta blanca se detiene en el estacionamiento de El Renacer. Un hombre de 35 años de edad abre la cajuela y baja una almohada y una maleta negra con ropa y accesorios de limpieza. Dos pizzas grandes y tres bolsas más. Le ayuda una abogada cuarentona de piel cobriza. Es Fabián  Vallado, ex secretario privado de Borge y ex delegado de la SEDESOL en Quintana Roo.

Los mensajes para llevarle ropa y artículos eran para él y por confusión el abogado me mandó los mensajes y sin querer me dio pistas para poder llegar a mi propósito en Panamá: entrevistar al hombre que gobernó Quintana Roo con prepotencia y que saqueó el Estado y hundió más al pueblo maya en la miseria.

“El señor trajo del DIJ jabón y mucho papel higiénico, cantidad de papel”, expresó la oficial Ríos. La llegada de Vallado había descontrolado a los guardias. Tenían instrucciones de recibir las ropas de su prisionero y yo llegué primero. Y se desquitan.

En el retén policíaco a 5 kilómetros de la carcel dos policías nos hacen la señal para detenernos. El taxista Max Saavedra, quien en su juventud trabajó en el Canal de Panamá se pone nervioso. “Es que tú grabaste. Ellos se dieron cuenta. Nunca me habían detenido”. El guardia anoto en su libreta mis datos del pasaporte y me interrogó sobre mi estancia en su país y mi sitio de hospedaje. Durante una hora nos retuvieron en ese solitario paraje de Gamboa. A cada momento se comunicaban por el celular. Recibían instrucciones y volvían a llamar a sus jefes de distintas jerarquías. Hasta que devolvieron mis documentos y las del taxista. “Todo en orden periodista”.

Eso fue el reproche del sábado del teniente en jefe de la prision. “Viniste y pensamos que eras el amigo del señor y resulta que vino el otro y descontrolarse a la guardia. Voy a pedir autorización para ver si te dejan pasar”. Llama y le autorizan. “Puedes pasar pero no ingreses nada de alimentos. Ni billetera ni celular”, dijo el teniente.

Ingresamos cuesta abajo donde convivían a lo lejos figuras de azul y morado. Hay muchos letreros en el camino en cada rosa y tulipán sembrados. “Esperanza”, “Virtud”, “Familia”,”Hermanos”. Bajar la cuesta de 80 metros enseguida nos hace doler las pantorrillas.

Le dicen “El Ciervo”. Pertenecía a una pandilla en el barrio de Curundu. Asesinó a un rival y tiene una condena de 40 años. Se acerca a barrer él aérea de la mesa de madera despintada donde nos sentamos a esperar a Borge. Es el encargado de organizar las visitas.

“Que venga Roberto”, grita y uno de sus muchachos se va al edificio de tejas rojas. Es muy servicial y se dice “entregado al señor”. Entona unos himnos religiosos.

-¿Que tal se porta Roberto Borge, el mexicano?

“Está en el lugar del general Manuel Antonio Noriega, en la enfermería(Noriega salió de esta carcel el 17 de Enero de 2017 para un arresto domiciliario y murió apenas el 30 de Mayo reciente de un tumor maligno en el cerebro). Colabora bien. Está cumpliendo con barrer y lavar las celdas del baño y enfermería. Ya hizo amigos ahí y pidió que lo cuidaran”.

-¿Y es bueno con la escoba Roberto?

“Si, lavar los baños le cuesta pero está aprendiendo. ¿Y usted de que le toca? Oiga lo vamos a poner a jugar fútbol o básquetbol pues se la pasa encerrado y no quiere salir al patio”.

Roberto Borge cruza la pequeña cancha de fútbol. Y mueve la cabeza por todos lados tratando de hallar un rostro conocido.

“El Ciervo” se retira pues le ha llegado su hijo a visitarlo. Lleva 10 años en el Renacer y su muchacho ya está en la adolescencia.

Borge busca a su amigo. Igual anda descontrolado.

-Hola Roberto Borge, soy yo el que vino a visitarlo. Venga acá.

Trastabilló con la grava suelta. El tipo se pone pálido. Cambian sus facciones. Está sorprendido. No esperaba verme ahí. Aprieta las mandíbulas. El rostro sin afeitar se pone colorado. El gobernador que me puso en la cárcel por sus caprichos de dictador ahí estaba… derrotado.

Nunca lo había visto en persona, ni antes ni después del encarcelamiento a la que fui sometido en su gobierno. Nunca le había visto el rostro. Su cara me recordó a Buzz, el personaje del infinito y más allá de la caricatura infantil Toy Story.

-Vamos a platicar. Esto no es nada personal. Es un trabajo periodístico. Dígame cómo está.

“Yo esperaba a Fabián. No quiero platicar con nadie. Contigo no. Qué haces aquí”.

-¿Te gustó la torta del Trapiche? Le digo mientras observo el polo color celeste y el pantalón de mezclilla que le traje ayer.

-Por cortesía creo que podremos charlar unos minutos por lo menos. Intento convencerlo.

Hay dos guardias que vigilan la interacción de los visitantes y los presos. A ellos se dirige Borge una vez recuperada la compostura. Aún cree tener el mando. Lo soberbio lo tiene a flor de piel.

“Guardias desalojen al periodista por favor. Manden a desalojar a esta persona”.

El guardia a quien se dirigió, un soldado panameño le dijo: ” Si usted manda a desalojar a sus visitas entonces no permitiremos que lo visiten. ¿Cómo sabremos que visitas quiere y cuál no? Y sabe señor aquí la visita se le respeta. Está en su derecho de no aceptarlo. Pero aquí no desalojamos a nadie.

Borge apresura el paso por la pequeña reja y le dice algo a dos de sus compañeros que se le acercaron y voltean a verme.

Parado contemplo cómo se escabulle por la cancha de fútbol. Presuroso va cuesta arriba a su celda en la enfermería.

Ahora ya no tiene los pies de plomo.

Nota: La celda donde se encuentra Roberto Borge cuenta con un colchón cómodo, una pantalla de plasma. Es más bien un campo de retiro. Dentro del terreno cercado con alambres de púas los prisioneros pueden pasear libremente. La enfermería donde está es la más cómoda. Ahí pasó 10 años de su vida el general Manuel Antonio Noriega hasta su muerte en Mayo 2017.

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Día de Muertos: Pomuch, el pueblo de México donde sacan los cadáveres para limpiar sus huesos

La tradición de un pequeño pueblo en Campeche de limpiar los restos de sus familiares antes de cada 1 de noviembre atrae la atención desde hace décadas incluso de turistas.
1 de noviembre, 2021
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Atención: este artículo contiene imágenes que pueden herir la sensibilidad de algunos lectores.

Al entrar por primera vez en el cementerio de Pomuch es probable sentirse incómodo e incluso asustado al creerse observado por la atenta mirada de decenas de cráneos.

Aunque, durante esos primeros minutos de la visita, la persona que pasea por los estrechos y laberínticos callejones de este camposanto puede estar más preocupada incluso por no tocar y mucho menos tirar al suelo involuntariamente alguna de las cajas que contienen -y muestran- los huesos de los cadáveres.

Porque sí, en este poblado del estado de Campeche, en el sureste mexicano, los restos óseos de los fallecidos descansan todo el año en cajas entreabiertas que reposan en sus nichos del cementerio.

Sin embargo, es en esta época del año, justo antes del Día de Muertos, cuando sus vecinos protagonizan otra curiosa tradición que atrae a cientos de turistas: la limpieza de los huesos de sus familiares.

Este ritual, que en maya se conoce como Choo Ba’ak, se celebra en el pueblo desde hace al menos 150 años, según Hernesto Pool, promotor local de esta tradición.

“Nos basamos en la cosmología maya, que aseguraban que los muertos tenían más allá de una vida. Con esta tradición de tenerle culto a los muertos, entendemos que existe vida después de la muerte, que existe el paso del inframundo y luego regresa de nuevo”, le explica a BBC Mundo.

Cráneo en cementerio de Pomuch

Marcos González

El proceso de limpieza

Pomuch pertenece al municipio de Hecelchakán, un caluroso y tranquilo lugar en la península de Yucatán.

Map

El ambiente relajado que se percibe en su cementerio ayuda a que, pasados unos minutos, vaya desapareciendo ese impacto inicial durante una primera visita al lugar.

Desde mediados de octubre, parientes de los fallecidos acuden para hacer la limpieza de huesos de sus difuntos y tenerlos listos para el 31 de octubre y 1 de noviembre, días en los que se cree que regresan los niños y los adultos respectivamente.

Cementerio de Pomuch.

Marcos González

Las familias conversan tranquilamente entre sí mientras lo realizan. La mayoría trae flores y velas para adornar el nicho y también bellos paños bordados o pintados con flores y el nombre del difunto, sobre el que reposarán los huesos limpios y que permitirá retirar el usado el año anterior.

“Con la limpieza es como si se les bañara y con el nuevo paño es como cambiarles la ropa, porque están a punto de venir de visita y tienen que estar preparados. Las veladoras se ponen para que vean el camino y puedan regresar con nosotros”, cuenta Ricardo Yam, quien trabaja pintando los nichos y que se encarga cada año de limpiar los huesos de uno de sus gemelos, fallecido al nacer hace 28 años y por el que se sigue emocionando cuando lo recuerda.

Ricardo Yam

Marcos González
Ricardo Yam trabaja como pintor en el cementerio de Pomuch.

A algunos vecinos, sin embargo, les resulta duro ocuparse personalmente de limpiar los huesos de sus familiares, por lo que piden ayuda a personas como Venancio Tuz, sepulturero del cementerio.

Con asombrosa rapidez y tranquilidad, don Venancio limpia de manera mecánica el conjunto de huesos de quien se lo pide en menos de 15 minutos.

Uno a uno, va retirando el polvo de cada hueso con ayuda de una brocha y los vuelve a depositar en su caja sobre el paño nuevo.

Limpieza de huesos

Marcos González

“El orden para limpiarlos es como si ellos estuvieran parados (de pie), de abajo para arriba. Por eso a los lados de la caja van las costillas, luego los huesos de pierna y brazos, y lo último es el cráneo que va arriba en el centro. El cabello, como ve, nunca se pierde”, relata a BBC Mundo, sin dejar ni un minuto su trabajo.

El sepulturero cuenta que al menos deben pasar tres años desde la muerte de la persona para poder realizar la primera limpieza de huesos, una vez que el cuerpo se ha descompuesto.

Don Venancio

Marcos González
Don Venancio lleva 20 años limpiando huesos de cadáveres del cementerio.

Entiende que su trabajo no sea apto para todos. Cuenta que realizarlo “costaba al principio”, pero que ya está más acostumbrado tras 20 años dedicándose a ello. Durante estas semanas puede llegar a limpiar hasta 15 cuerpos al día. A cambio, pide 30 pesos (US$1,5).

Frente a él, dos jóvenes extranjeras observan el ritual en silencio mientras graban con su teléfono. Hay más localidades en la zona con tradiciones similares, pero es Pomuch la que atrae más atencion de turistas, especialmente desde que su práctica fue nombrada Patrimonio Cultural Intangible del estado de Campeche en 2017.

Cráneo en cementerio de Pomuch

Marcos González

El futuro de la tradición

Uno de los cuerpos limpiados por don Venancio es el del hermano de Carmen Naal. Ella dice que normalmente se suele encargar su marido, pero que este año decidió pedir ayuda al sepulturero ante el poco tiempo que quedaba para el 1 de noviembre.

“Además, esta vez están más sucios de lo habitual porque el año pasado no pudimos hacerlo por la pandemia y porque falleció mi mamá. Así que este año no podíamos faltar”, comparte con una sonrisa.

Carmen Naal

Marcos González
Carmen Naal acudió al cementerio para preparar a todos sus familiares tras no poder hacerlo en 2020 por la pandemia.

Esta vecina de Pomuch habla con pasión de esta tradición de la que siente gran orgullo. Para ella, la limpieza de huesos es un momento “muy íntimo y cercano, sientes como que estás abrazando con amor de nuevo a tu familia”.

La visita a este cementerio está marcada también por los alegres y llamativos colores que decoran los nichos, muchos de los cuales son pintados de nuevo antes del Día de Muertos.

“Se pintan y limpian como si fuera una casa en miniatura. Es como si los muertos se cambiaron de casa y hay que visitarles”, compara Naal.

Cementerio de Pomuch.

Marcos González
Cementerio de Pomuch.

Marcos González

Ella se muestra esperanzada de que la tradición no desaparezca con las nuevas generaciones y asegura que a sus hijos les ha inculcado que quiere que sigan la tradición con ella una vez que muera, pero lo cierto es que apenas se ven jóvenes en el cementerio.

Una de ellas es María José, una adolescente que acompaña a su mamá y que asegura que continuará la tradición cuando ella no esté.

Ligia y M. José

Marcos González
Ligia se esfuerza en que su hija María José continúe con la tradición de la limpieza de huesos.

Su madre, Ligia Pool, asiste a una de las limpiezas que probablemente sea más impactante: la de un bebé.

De su hija, fallecida recién nacida hace tres décadas, se conservan pocos restos pero se adivina su edad por el tamaño de los mismos y unas pequeñas botitas de tela que luce en la limpieza.

“Platicamos con ellos, es como si los tuviéramos con nosotros. Murió su cuerpo, pero la persona sigue con nosotros y estos días son para festejarlos a ellos. Por eso los padres inculcamos esta tradición a los hijos, yo le digo a la niña: ‘esta es tu hermana, aquí está con 30 años, como si fuera ayer…'”, dice conteniendo el llanto.

Cuando se le pregunta a Hernesto Pool si comprende que muchas personas no entiendan su tradición, responde sin dudar. “Esto no es algo macabro, no es algo de miedo. En Pomuch no se adora a la muerte, se le respeta y se da el valor que merece, que es el paso de la vida”.

Cráneo en cementerio de Pomuch

Marcos González

Sea como fuere, quienes ocupan este cementerio continuarán tras el Día de Muertos asomando parte de sus cráneos desde sus cajas como símbolo de que “están en vigilancia, pendientes de nosotros con su mirada al frente y viendo hacia nuestro mundo”, según el promotor local.

Es en esa posición que esperarán por 12 meses a ser meticulosamente limpiados por sus seres queridos. “Y es que yo creo que los muertos de Pomuch no mueren hasta que nosotros los olvidamos. Por eso la importancia de esta tradición”, concluye Pool.

Cementerio de Pomuch.

Marcos González

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