Albergue denunciado por abuso infantil en Guanajuato operó sin certificación de Protección Civil
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Zona Franca

Albergue denunciado por abuso infantil en Guanajuato operó sin certificación de Protección Civil

Además de evidenciar abusos físicos y sexuales, una juez federal determinó que la Ciudad de los Niños, casa hogar bajo tutela y vigilancia del padre Pedro Gutiérrez, ha operado sin permisos.
Zona Franca
Por Redacción Animal Político
14 de julio, 2017
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Desde su conformación en 1977, la casa hogar Ciudad de los Niños de Salamanca, Guanajuato, así como dos de sus sedes, han operado sin la supervisión y certificación de Protección Civil Municipal, del Consejo Estatal de Asistencia Social, de la Procuraduría Social del Estado y del DIF nacional.

No sólo eso. Los tres centros de Ciudad de los Niños, que albergan a 116 niños y adolescentes, no se encuentran inscritos en el Padrón de Organizaciones de Asistencia Social, ni están inscritos en el Directorio Nacional de Instituciones de Asistencia Social, a pesar de que han recibido recursos públicos del gobierno en el periodo de 2005 a 2015.

La violación de estas normas fue una de muchas irregularidades que detectó la juez novena Karla María Macías Lovera, como parte de un juicio de amparo promovido por una niña de 4 años.

Durante el juicio, la juez también evidenció una serie de abusos físicos, sexuales y psicológicos cometidos contra varios menores que viven bajo la tutela y vigilancia del padre Pedro Gutiérrez Farías, fundador y director de la Ciudad de los Niños.

Leer: Niños en albergues dirigidos por un sacerdote acusan maltratos y abuso sexual

En el caso de las normas de operatividad de los tres centros, el propio sacerdote, a solicitud de la juez, reconoció que no contaba con los certificados y documentos oficiales para la correcta operación de sus tres albergues en Salamanca. Aunque no hizo referencia a los centros que tiene en Moroleón e Irapuato, en Guanajuato, y en Morelia, Michoacán.

En el caso del certificado de Protección Civil, que se expide para garantizar que las instalaciones operen correctamente y sin riesgos para los menores, el sacerdote dijo que no lo tenía y aseguró que “solo han recibido visitas de Protección Civil del Municipio, quienes de manera verbal han dado capacitaciones y han prestado sus servicios para hacer los señalamientos físicos, de rutas de evacuación, de emergencia, puntos de reunión etc”.

Sobre la certificación del Consejo Estatal de Asistencia Social, el padre Pedro aseguró que “desconocía de la existencia de este permiso”.

Cuando se le preguntó si contaba con el dictamen de idoneidad, expedido por la Procuraduría Social, la inscripción en el Patrón de Organizaciones de Asistencia Social, la certificación de calidad de los servicios de asistencia social por parte del Sistema Nacional para el DIF y el registro en el Directorio Nacional de Instituciones de Asistencia Social, el padre dijo no tener esos documentos.

Al ser cuestionado por la juez Macías Lovera sobre si el Sistema Estatal de Asistencia Social o el DIF Estatal habían realizado alguna visita a los tres albergues que dirige en Salamanca, el sacerdote respondió que sólo el DIF había “hecho acto de presencia”, pero dijo desconocer “si han levantado alguna acta”, porque “nunca” han elaborado un acta con motivo de su visita.

Leer: Piden intervención de Gobierno Federal por posibles abusos en albergues de Salamanca

De acuerdo con la juez, todos los centros de asistencia social deben contar con un permiso de funcionamiento, el cual otorga el propio Estado a través de la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes. Además, estableció que, según la legislación de Guanajuato, los centros de asistencia social deben contar con permisos en materia de protección civil.

Ante todas las deficiencias en la operatividad de la Ciudad de los Niños Salamanca y sus otras dos sedes, la juez Macías determinó que las instalaciones de estos albergues “no son benéficas” para las personas a quienes se les brinda el acogimiento residencial, “en virtud de que no cuentan con los permisos, autorizaciones ni registros necesarios para su funcionamiento, los cuales, como se precisó, resultan idóneos para garantizar el correcto y adecuado funcionamiento de los centros en beneficio de sus residentes”.

Aparte, la juez le pidió a la Procuraduría de Justicia de Guanajuato investigar las cuentas bancarias de la institución y sus encargados, para determinar si el dinero oficial que han recibido de programas de asistencia social “han sido utilizados en la mejora y mantenimiento de los centros de asistencia social”, esto ante la sospecha de un posible desvío de recursos por parte de sus directivos.

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'No volverá a poblarse jamás': los 5 años en los que CDMX desapareció

Una tragedia tan importante como desconocida marcó a una generación entera de habitantes de la capital de lo que hoy es México y llevó incluso a plantear el traslado de la ciudad.
15 de mayo, 2021
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Quien vive en Ciudad de México sabe que su ubicación no solo la hace especialmente susceptible de sufrir terremotos.

Su fundación sobre un lago hace que sea también tremendamente vulnerable ante inundaciones. Es por eso que, desde hace siete siglos, los habitantes de esta zona miran con cierto recelo al cielo cuando llueve con fuerza ante el temor de dramáticas consecuencias.

Este 13 de mayo, el gobierno mexicano conmemoró los 700 años de la fundación de Tenochtitlan, antigua capital mexica y actual Ciudad de México.

Y aunque hay grandes dudas sobre la veracidad de esta fecha —muchos historiadores creen que el aniversario se celebraría en 2025—, de lo que no hay duda es que la megaurbe se ha enfrentado a grandes inundaciones a lo largo de su historia.

Pero entre todas, destaca la registrada en 1629: un desastre que, aunque desconocido por muchos, fue sin duda una de las mayores tragedias de todos los tiempos para la ciudad.

La fuerza de la lluvia fue tal que la capital “desapareció” bajo las aguas durante nada menos que cinco años y se llegó a plantear su traslado a otro lugar. La ciudad tuvo que emerger, literalmente, y reconstruirse casi desde cero.

Aquella catástrofe que marcó a una generación entera es conocida como el diluvio o inundación de San Mateo.

Los problemas de vivir sobre un lago

Cuando los mexicas fundaron Tenochtitlan en el siglo XIV sabían el riesgo de ubicarla en medio del lago de Tezcuco. Por eso realizaron obras como diques y muros de piedra para controlar el nivel de las aguas que les rodeaban.

Mapa de Tenochtitlan

Getty Images
La ciudad de México-Tenochtitlan comenzó como una isla conectada por canales a los pueblos vecinos.

Cuando cayó ante los españoles dos siglos después, Hernán Cortés lideró la construcción sobre aquellas ruinas de una magnífica ciudad destinada a ser la capital del virreinato de Nueva España.

Entre lagos se levantaron palacios, iglesias, plazas y hospitales, pero no los sistemas de drenaje adecuados para aquel entorno.

A inicios del siglo XVII, Ciudad de México sufrió hasta cinco grandes inundaciones.

Las autoridades pensaron como solución en construir un gran desagüe que fuera drenando los lagos de la cuenca de México.

El proyecto le fue encomendado al ingeniero Enrico Martínez, que comenzó las obras del canal de Huehuetoca en 1607. Pero el desastre se veía cada vez más cerca.

“Enrico Martínez comprendió que la deforestación, el pastoreo sin discriminación y la expansión de los cultivos habían erosionado la capa de tierra. Año con año, las fuertes lluvias arrastraban más tierra a los lagos, elevando el nivel del agua”, escribió Richard Everett Boyer en su libro “La gran inundación”.

Monumento a Enrico Martínez

Marcos González
Una estatua junto a la catedral del Zócalo de Ciudad de México recuerda a Enrico Martínez. En su base, existen cuatro medidores que señalan los niveles de agua de otros tantos lagos.

Dos décadas después del inicio de su construcción, las constantes modificaciones y la falta de inversión hicieron que el canal aún no estuviera funcionando.

Una ciudad desierta

Cuando entre el 20 y 21 de septiembre de 1629 una gran tromba de agua azotó la capital, Martínez decidió bloquear la entrada del canal para evitar que el agua afectara a las reparaciones que se le estaban realizando.

Las consecuencias para los habitantes de la ciudad fueron dramáticas. La lluvia que cayó con furia durante 36 horas seguidas bajó imparable desde los montes hasta la ciudad, donde el nivel del agua superó los dos metros de altura.

El torrente arrasó con las frágiles casas de adobe de la población indígena que vivía en la periferia de Ciudad de México.

Mapa de la ciudad inundada

INAH
Este mapa representa la Ciudad de México anegada de agua tras la inundación de 1629.

Los muertos se contaban por miles, que flotaban entre animales y muebles llevados por la corriente que alcanzaba los pisos altos de las casas que habían quedado en pie.

Muchos de los habitantes de clases pudientes que sobrevivieron decidieron marcharse. Algunas fuentes apuntan a que de 20.000 familias que vivían antes de la inundación, quedaron solo 400.

“Aquella gran ciudad quedó casi abandonada, desierta. El panorama era desolador y las escenas que se veían eran apocalípticas”, le dice a BBC Mundo Enrique Ortiz García, escritor y cronista de Ciudad de México.

Una de ellas, destaca el divulgador cultural, es la procesión que se organizó sobre las aguas y en la que participaron unas 200 canoas encabezadas por la virgen de Guadalupe, a quienes los habitantes pedían que intercediera para que las aguas se disiparan.

O la llamada “isla de los perros”, un montículo en el desparejo suelo de la actual plaza del Zócalo a donde acudieron desesperados todos los perros callejeros de la ciudad para refugiarse y evitar ahogarse.

Este dibujo muestra una vista panorámica de Tenochtitlan y del llamado "Valle de México".

Getty Images
Este dibujo muestra una vista panorámica de Tenochtitlan y del valle de México sobre el lago.

Vivir inundados

Las aguas no bajaban, por lo que quienes se quedaron tuvieron que aprender a convivir con ellas.

Se colocaron puentes de madera en las azoteas y se recuperaron las canoas, como se usaban en la antigua Tenochtitlan, como única manera de desplazarse por la ciudad. A las casas solo se podía entrar por las ventanas del segundo piso.

Los sacerdotes celebraban misas en los techos de los conventos para tratar de confortar a los vecinos, que les escuchaban desde sus casas creyendo que estaban condenados, como aquella ciudad, a desaparecer.

Había carestía de alimentos y los saqueos eran continuos. La falta de higiene y el agua contaminada estancada en la ciudad inundada propagaron las enfermedades como la pólvora.

“Esta ciudad no volverá a poblarse jamás”, escribió fray Gonzalo de Córdoba, según destaca Héctor de Mauleón en su libro “La ciudad oculta”.

Dos años después de la inundación, e incapaces de descubrir un sistema para que las aguas desaparecieran, las autoridades discutieron sobre la posibilidad de trasladar la ciudad a otro lugar.

Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralvo y virrey de Nueva España, se planteó establecer la capital en Coyoacán o Tacuba.

Pero la idea fue finalmente desechada. La inversión para crear Ciudad de México había sido millonaria, por lo que reconstruir las obras y edificios afectados por el agua sería más barato que empezar una urbe desde cero.

Rodrigo Pacheco, virrey de Nueva España

Dominio público
Rodrigo Pacheco y Osorio, virrey de Nueva España, perdió a su hija dos años después de que la ciudad quedara inundada.

Una generación marcada

La ciudad siguió sufriendo lluvias torrenciales y permaneció bajo el agua nada menos que durante cinco años.

No fue hasta 1634 que una sequía disminuyó el nivel del agua. Muchos prefirieron pensar que fueron sus plegarias a la virgen de Guadalupe las que salvaron la capital.

Se estima que unas 30.000 personas murieron en total, ahogadas o por las enfermedades causadas por las inundaciones durante los años posteriores.

La catástrofe marcó, por lo tanto, a una generación entera de capitalinos. Los cimientos de todas las construcciones quedaron dañados y muchas acabaron colapsando tiempo después.

“En la Ciudad de México actual no quedan más de 10 construcciones anteriores a 1629. De tal grado fue la inundación, que prácticamente hubo que reconstruir con el tiempo toda la ciudad”, señala Ortiz García.

Cabeza de león en la calle Madero

Marcos González
En la concurrida calle Madero, en el centro histórico de Ciudad de México, una cabeza de león de piedra marca el nivel al que llegaron las aguas de las inundaciones de 1629.

Aquella decisión de mantener Ciudad de México en su emplazamiento original marca innegablemente el destino de quienes viven en ella siglos después. “Es un deporte extremo vivir en esta ciudad porque te cuidas de las inundaciones, de los temblores por ser zona sísmica…”, afirma el escritor.

Sin embargo, y pese a ser una de las tragedias más importantes en la historia de la capital con efectos y consecuencias hasta el día de hoy, la tragedia de la inundación de San Mateo no es ampliamente conocida.

Según Ortiz García, “el periodo virreinal en México es en general poco estudiado porque todavía, de algún modo, ‘cala’ en el ánimo de los mexicanos. Los gobiernos posrevolucionarios enaltecieron las culturas originarias y todo lo que marca el origen del México independiente”.

“Algunos incluso inculcaron un menosprecio hacia la ocupación española porque lo veían desde un contexto actual. Eso es entender la historia de mala forma, porque son hechos del pasado que también forman parte de nuestra existencia”, remata.


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