Inconclusos, los centros médicos construidos por socio del exsecretario de Salud de Sinaloa
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Inconclusos, los centros médicos construidos por socio del exsecretario de Salud de Sinaloa

Para edificar estas obras, el exsecretario de Salud de Sinaloa contrató una red de empresas constructoras relacionadas con su socio, Luis Salido Artola.
Noroeste
Por Noroeste / Redacción
5 de julio, 2017
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Un día de verano de 2016, María Isabel López Leyva cargó una llanta vieja desde la colonia La Esperanza hasta La Amistad, en Culiacán, Sinaloa, a un terreno ubicado al lado de “la zona de tolerancia” en el que las autoridades de salud a nivel estatal anunciaron la ubicación de lo que sería el nuevo Centro de Salud La Amistad.

María Isabel pintó de blanco la llanta, la rellenó con tierra y le plantó un árbol. Así nació la jardinera del inmueble.

Pero ni la nueva unidad médica prometida ni el jardín se inauguraron el año pasado. Así que la llanta fue removida a una escuela cercana.

“Todavía no está terminado. Según el año pasado nos iban a llevar (a cambiar de módulo de atención), pero ahorita ya no nos han comentado nada”, dice María Isabel.

Ahora, la mujer hace fila de pie, como el resto de la multitud de pacientes que esperan atención médica en el viejo Centro de Salud La Amistad, un edificio sucio que tiene camas médicas empolvadas, sillas de espera que no sirven, sin aire acondicionado y con cajas negras abandonadas.

Mientras el nuevo edificio para el centro de salud de la colonia Amistad permanece como un “elefante blanco”, lo que en un tiempo fue la refresquería y que en los últimos quince años ha servido como clínica, ya no es funcional.

Centros sin concluir

Las personas que habitan en zonas agrícolas y serranas de Sinaloa carecen de unidades médicas funcionales, en las que puedan acudir a consulta con su médico familiar.

Ernesto Echeverría Aispuro dejó la Secretaría de Salud y la Dirección de los Servicios de Salud de Sinaloa sin cumplir su compromiso de entregar los centros médicos concluidos y en operaciones.

Las unidades médicas de la comunidad Valle Escondido, en Culiacán; Escamilla, en Mazatlán; El Palmito y Agua Caliente de Gárate, en Concordia; así como en la Cruz de Elota, son obras inconclusas: son cimientos de piso, paredes y techo que no tienen ventanas, ni luz eléctrica, ni drenaje.

El centro de Badiraguato es un “cascarón”, un edificio que no opera, que no está equipado.

Como también el concluido en la colonia La Amistad, en Culiacán. Está el edificio blanco, con cristales polarizados y con cadenas y candados que impide el acceso a los derechohabientes del programa Prospera porque no hay consultorios, equipamiento ni médicos que ofrezcan atención médica.

Para edificar estas obras, en 2015 y 2016, Echeverría Aispuro contrató a la red de empresas constructoras relacionadas con su socio Luis Javier Salido Artola, quien lo apadrinó como Secretario de Salud en el Gabinete del exgobernador Mario López Valdez.

Javier Salido junto con su padre, Ildefonso Salido Ibarra, su madre María del Pilar Artola Sada y su hermana María Pilar, poseen empresas en los ramos de la cosntrucción, bienes raíces, educación, salud, medios de comunicación, imprenta y publicidad.

Pero, a través de una red de cinco constructoras: Santa Justa; Prefabricados Santa Justa, Advanti; Constructora y Arquitectura Kasta y Constructora Mansanart, que se relacionan con el dueño de El Debate, junto con Grupo Sanart del Pacífico, simularon competir en los concursos de contratación de licitaciones públicas e invitación a tres personas, para repartirse los contratos de obra pública de los Servicios de Salud.

El responsable de la Salud de los sinaloenses firmó ocho contratos por un monto de 29 millones 258 mil 762 pesos, según la base de datos elaborada por Noroeste.

Los centros médicos, según los contratos que obtuvo este diario a través de la Ley de Acceso a la Información Pública, deberían atender a los pacientes desde febrero y abril, pero ahora los derechohabientes son revisados en consultorios improvisados en casas ejidales y en los deteriorados centros de salud anteriores.

Estas obras están alejadas de su destino de ser inauguradas, están alejadas de la promesa que hizo Echeverría Aispuro.

Sin cumplir los plazos

El 8 de agosto de 2016, casi cinco meses antes de dejar la Secretaría de Salud, Echeverría Aispuro contrató a la Constructora Mansanart relacionada con Javier Salido para sustituir el centro de Salud ubicado en la zona agrícola, Valle Escondido, en la Sindicatura de Quilá.

Firmó con Manuel Sánchez Artola, primo de Javier Salido, por 3 millones 694 mil 275 pesos con recursos del fondo federal de infraestructura física, según el contrato SSS/SO/INV/010/16.

Para la contratación, los Servicios de Salud convocaron a un concurso de invitación a tres personas, en el que participaron dos empresas relacionadas con el dueño de El Debate: Construcciones y Arquitectura Kasta y Constructora Mansanart que compiten con Grupo Sinergia del Pacífico.

Pero Jesús Ricardo Solorzano Barrón, entonces Subdirector de Obra de los SSS, descalificó a Grupo Sinergia del Pacifico porque, según se observa en el acta de fallo del concurso SSS/SO/INV/010/16, no cumple con los documentos requeridos.

Entonces, el exfuncionario sólo acreditó la participación de las dos empresas del socio de Echeverría Aispuro.

Dos días después, el 10 de agosto, el exsecretario de Salud acudió a la unidad médica, se tomó la fotografía y, luego, la retroexcavadora demolió el edificio. Y prometió a la población que el “centro vanguardista” se inauguraría en diciembre.

“El Centro de Salud de Valle Escondido va a ser mucho más grande y moderno en beneficio de los habitantes del valle agrícola de Culiacán, mismo que se piensa entregar durante el mes de diciembre del presente año”, detalla el boletín de los SSS del 10 de agosto.

Construción de la clínica del ejido Valle Escondido; muestra un retraso y continúa prestando el servicio en las oficinas del ejido.

Ahí se anunció que el nuevo edificio contará con consultorio, sala de usos múltiples, medicina preventiva, sala de espera, cuarto para residente, área para la promoción de la salud, cocina, almacén, farmacia y sanitarios.

“Además, contará con dos médicos y una enfermera en beneficio de más de mil 400 habitantes”.

La demolición del inmueble sorprendió a los habitantes de la zona agrícola, dice Brenda Sabina Corrales Pérez, comisaria Ejidal de Valle Escondido.

“(El centro de salud anterior) está bien, estaba bueno, nosotros cuando nos dimos cuenta ya habían tumabado, no sabíamos, nadie se dio cuenta de eso”, dice.

-¿Y sí estaba funcionando bien?

Síiiii, estaba bueno todo.

Pero casi un año después, once meses con 25 días después de la demolición, el centro de salud de Valle Escondido es una obra pública incompleta, como lo son también las unidades médicas de El Palmito, Escamilla y Agua Caliente de Gárate.

El Centro de Salud debió ser terminado el 9 de marzo. Tiene 118 días de retraso.

Al lado de la cancha principal de Valle Escondido, se localiza un edificio blanco en el que trabaja un albañil, quien ahora barre los residuos de cemento. Es alto, tiene cinco habitaciones que servirán como consultorios y tres áreas que fungirán como baños públicos y privados. Tiene piso de azulejo gris, brilloso y elegante.

Debido a que la Constructora Mansanart no ha concluido el centro de salud, los pacientes son atendidos en el consultorio improvisado ubicado en la casa ejidal que no está acondicionada para tal fin.

Es pequeña, tiene cuatro ventanas sin vidrios. Tampoco tiene aire acondicionado, pese a que en el verano la sensación térmica se eleva a los 40 grados centigrados.

El equipamiento es básico: hay dos escritorios, una banca con cuatro asientos, tres abánicos, dos camas de revisión y dos más que están empaquetadas sin usar, dos básculas mecánicas y un estante de medicamentos.

Y sólo hay atención médica por la mañana.

“No hay aire, no hay nada y es muchísima calor, (atienden) a las carreras, así rápido”, describe la atención a los pacientes que provienen de las comunidades de El Piramito, La Reforma, Comanito, El Paraiso y Las Milpas.

“Agarran pocos números (consultas) porque está muy chico, no da abasto ahí”, expone, “le faltan aires, ventanas, puertas”.

Los casos de Concordia

Este escenario, de inoperabilidad, se repite en otros centros de Salud en Concordia en los que el ex Secretario de Salud contrató a la red de constructoras que se relacionan con su socio Javier Salido.

En la comunidad Agua Caliente de Gárate, en Concordia, hay un Centro de Salud de los Servicios de Salud al lado de la plaza principal que no opera. Es otro proyecto de obra pública sin concluir.

Esta obra debió empezar los trabajos de sustitución del edificio el 28 de julio de 2016 y concluir el 28 de febrero, según el contrato SSS/SO/IV/009/16.

El médico otorrinolaringólogo contrató a la empresa de su socio, Santa Justa, por 4 millones 397 mil 585 pesos, luego de simular el concurso de licitación pública en la que participaron otras constructoras relacionadas con Salido: Constructora y Arquitectura Kasta y Grupo Sanart del Pacífico.

Pero a la fecha los pacientes no pueden recibir atención en la unidad médica porque la constructora aún no entrega el edificio, con lo que tiene cuatro meses de incumplimiento.

“En diciembre, no le entegaron como habían dicho; por el contrario, le bajaron el ritmo y empezó el año sin trabajadores, así nomás dejaron de venir. Luego, se robaron las cosas y tuvieron que contratar gente para que cuidara el material, los que vinieron a anunciarlo nuevo ya ni se han parado”, comenta el vecino que vive cerca del sitio.

Ahí, afuera, en la plena calle está el material sobrante, el adoquín empaquetado.

Y también en en Elota

En septiembre, el Centro de Salud de La Cruz de Elota se reubicó a un edificio prestado por el Ayuntamiento, un sitio inadecuado porque la Dirección del mismo se localiza en lo que antes era un sanitario, para demolerlo y ubicarlo con otro en el mismo sitio.

La afluencia de pacientes descendió por la incomidad. En ocasiones, los pacientes, sobre todo los inscritos al Seguro Popular tienen que hacer fila en el exterior del edificio, bajo una carpa.

“Todos estamos poniendo nuestro granito de arena. Con esta visita del Secretario de Salud (Alfredo Román Messina) se activaron los trabajos de la obra, y en el caso de mis compañeros médicos y enfermeras tienen puesta la camisa trabajando en un lugar que hasta cierfa forma es incómodo, ya que no es un lugar idóneo”, dice Pedro Ángel Rodríguez Ayala, director de la unidad médica.

Para sustituir el Centro de Salud La Cruz, Echeverría contrató a Prefabricados Santa por 8 millones 32 mil 393 pesos, recursos del Fideicomiso del Sistema de Protección Social en Salud, de acuerdo con el contrato SSS/SO/LP/003/16.

La obra debió ser concluida el 5 de abril, pero sigue a “medias”.

Banderazo en falso en Escamilla

El 12 de agosto, Ernesto Echeverría Aispuro lanzó el banderazo de sustitución del Centro de Salud Escamillas, en Mazatlán, pero ya no regresó a inaugurarlo… porque no lo terminó.

La obra debió concluirse el 9 de marzo, pero ahora sólo registra el avance del 80%, y al igual que el resto de los centros de salud mencionados, la construcción está pintada de blanco, sin luz eléctrica ni drenaje.

“Nos dijeron que en cuatro meses ya estaría listo. Es más, que para noviembre lo terminaban y nada, lo dejaron así nomás”, comenta uno de los encargados de la vigilancia.

La construcción se detuvo en febrero, sin embargo hace 15 días se retomaron los trabajos, según cuentan los vecinos.

“El ingeniero que viene se llama Miguel. Dice que se quedó así por falta de dinero, que se acabó el presupuesto del Gobierno, quién sabe si será cierto”,

Anta la falta del Centro de Salud, la casa del comisario se usa provisionalmente para atender a los enfermos. Pero ahora él está de vacaciones y las consultas se supendieron, por lo que los pacientes que tienen emergencias deben viajar hasta Villa Unión.

(Con información de Gabriela Soto, Heriberto Giusti, Sheila Arias y Magdalena Rodríguez)

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El gas usado para "desinfectar" a mexicanos en EU que sirvió como ejemplo a la Alemania nazi

Durante décadas, trabajadores mexicanos que cruzaban a Estados Unidos fueron inspeccionados y fumigados con pesticidas para prevenir enfermedades infecciosas. Décadas después, cientos describieron la experiencia como humillante y vergonzosa.
4 de septiembre, 2021
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En 1956, los braceros eran fumigados con DDT como parte del proceso de entrada a Estados Unidos.

CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU

Muchos no sabían qué les estaban rociando, pero era tan extendido su uso que le apodaron “el polvo”.

La fotografía que abre esta nota es especialmente destacada por historiadores en Estados Unidos y algunos describen la escena capturada como “un momento atroz”.

En ella un funcionario enmascarado fumiga la cara de un joven mexicano desnudo con el pesticida DDT en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas, mientras que otros esperan en fila detrás mientras sujetan sus pertenencias.

La tomó el neoyorquino Leonard Nadel en 1956 mientras documentaba el programa Bracero, bajo el que al menos 4 millones de mexicanos migraron temporalmente a Estados Unidos para trabajar entre 1942 y 1964.

El esquema fue inicialmente establecido para compensar la ausencia de trabajadores estadounidenses debido al reclutamiento militar durante la Segunda Guerra Mundial.

Un trabajador se registra en el programa Bracero.

Getty Images
Millones de mexicanos campesinos y obreros participaron en el programa Bracero en Estados Unidos.

El DDT se empleó hasta mediados de los 60 en los inmigrantes para prevenir la propagación de malaria y tifus y su uso fue posteriormente prohibido en EE.UU. en 1972.

Hoy en día está clasificado por el gobierno de ese país y autoridades internacionales como un “probable carcinógeno humano”.

Pero este no fue el único pesticida empleado para “desinfectar” a inmigrantes mexicanos en la frontera entre México y EE.UU. por décadas.

Años antes de la implementación del programa Bracero, otro insecticida fue utilizado en centros de recepción de visitantes y pasaría a servir como ejemplo a funcionarios del nazismo en Alemania.

Zyklon B

David Dorado Romo, historiador y cronista de El Paso y Ciudad Juárez, dio con un artículo en una revista científica alemana de 1937 que lo dejó atónito.

El escrito incluía dos fotografías de “cámaras de despiojado” en El Paso, Texas.

Su autor, el químico alemán Gerhard Peters, destacaba las imágenes para ilustrar “la efectividad del Zyklon B (un pesticida a base de cianuro) como un agente para matar plagas indeseables”, escribe Romo en su libro Ringside Seat to a Revolution (“Asiento en primera fila a una revolución”).

“Peters se convirtió en el director de operaciones de Degesch, una de las dos firmas que adquirió la patente del Zyklon B en 1940 para producirlo masivamente”, describe.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis utilizaron el gas en dosis concentradas para matar a millones de judíos.

Un funcionario fronterizo estadounidense les habla a un grupo de refugiados mexicanos en el Puente Internacional de El Paso, en Texas. Año 1916.

Getty Images
Las inspecciones y requerimientos en la frontera entre EE.UU. y México en El Paso se endurecieron a partir de 1916.

Aunque en El Paso no se utilizó para el mismo fin, ya se estaba empleando desde 1929 por funcionarios fronterizos para fumigar la ropa y los zapatos de inmigrantes mexicanos en el Puente Internacional Santa Fe, que conecta esa ciudad con Ciudad Juárez.

Las inspecciones habían iniciado formalmente en 1917, amplía el historiador, cuando las autoridades estadounidenses empezaron a imponer restricciones sobre los cruces fronterizos en sectores como El Paso.

El alcalde de la ciudad en esa época, Tom Lea, se refería a los mexicanos como “sucios piojosos indigentes” que “sin duda, van a traer y propagar el tifus”.

Pero entre 1915 y 1917, menos de 10 residentes de El Paso habían muerto del tifus epidémico, recogió Romo en su libro.

Aún así, los mexicanos considerados de “segunda clase” eran sometidos a exhaustivos chequeos que incluían duchas con agua caliente y revisiones de los migrantes desnudos. A los que le encontraban piojos, “les rapaban la cabeza y les afeitaban todo el cuerpo”, señala Romo a BBC Mundo.

Los braceros eran inspeccionados de la cabeza a los pies en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los braceros eran inspeccionados de la cabeza a los pies en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas.

Tan solo en 1917, al menos 120.000 personas fueron examinadas en el centro de El Paso.

Romo y otros historiadores hablan de un contexto en el que las ideas eugenésicas cobraban fuerza y se manifestaban a través de nociones discriminatorias y racistas.

“No hay que comparar peras con manzanas, pero el Holocausto no fue un hecho aislado y la frontera entre EE.UU. y México sirvió como un centro de experimentación importante de esas ideas”, advierte Romo.

“¿Sabe qué es la vergüenza?”

Cuando inicia el programa Bracero en 1942 ya estaba extendido el uso de diferentes químicos como el kerosén en centros de inspección fronterizos.

Aunque el gobierno de EE.UU. alabó a los mexicanos que se enlistaban como “soldados de la producción” y de la tierra en ese tiempo, con los años surgieron cientos de testimonios de trabajadores que señalaron sus experiencias como vergonzosas y humillantes.

La historiadora Mireya Loza recuerda en conversación con BBC Mundo que la imagen del trabajador rociado con DDT en la cara era la que más afectaba a los antiguos participantes del programa con los que habló.

“Muchos decían que sentían los efectos del DDT en los ojos, que tenían reacciones alérgicas en la piel y entendieron que no era un tratamiento humano”, dice la profesora de la Universidad de Georgetown.

Un grupo de trabajadores del programa Bracero alzan los brazos y están alineados contra la pared mientras son inspeccionados en una habitación del Centro de Procesamiento en Monterrey, México.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los trabajadores eran inspeccionados a ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos. Aquí, en un centro de procesamiento en Monterrey, México, en 1956.

La académica inició su investigación entrevistando a decenas de braceros para un proyecto llamado Bracero History Archive (Archivo Histórico de los Braceros), impulsado por el Museo Nacional de Historia estadounidense Smithsonian.

“Muchos de estos trabajadores dijeron haber sentido algo feo porque era la primera vez que eran desnudados públicamente y frente a varias personas. Para ellos era un shock tremendo estar ahí y que los doctores les hicieran abrir las pompis, la boca; todo revisaban”, describe.

Los trabajadores eran generalmente inspeccionados en sedes administradas por Estados Unidos dentro de México y en ciudades fronterizas como Hidalgo, en Texas.

Además de las fumigaciones, los vacunaban contra la viruela, les hacían exámenes de sangre y de rayos X y les revisaban las manos en busca de callos que demostraran que tenían experiencia en el campo.

Un bracero es vacunado mientras otros esperan en la fila en el Centro de Procesamiento en Monterrey, México, en 1956.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los trabajadores también eran vacunados contra la viruela.
Un funcionario de gobierno revisa las manos de un aspirante al programa Bracero.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Era común que las manos de los trabajadores fueran revisadas en busca de callos como prueba de que ya trabajaban la tierra.

José Silva, un campesino oriundo de Michoacán que empezó a trabajar desde los 6 años, describió en 2005 con cierto enfado la experiencia que vivió mientras fue bracero durante una entrevista disponible en el Archivo Bracero:

“Por una parte sí fue un buen programa (…) No tuve problema, me ayudé económicamente. Lo que no me gustaba era que nos fumigaron. Sentí vergüenza. ¿Sabe qué es la vergüenza? Todos formados así, sin ropa, y salíamos así caminando y allá en la puerta estaba el hombre con el fumigador. Muy mal. No éramos animales, éramos cristianos, ¿por qué nos fumigaban?“.

Víctor Martínez Alemán, originario de Tlaquiltenango, en Morelos, se enlistó en el programa en 1956 y trabajó en California:

“Nos pasaron, encuerados, delante de todas las muchachas, ya no más nos tapábamos acá pero encuerados para pasar donde nos iban a fumigar, bien fumigados así y todo… A nosotros nos daba vergüenza porque teníamos que pasar como con 20 mujeres (…) Eran todas secretarias. Y con manos atrás, nada de taparse, nada… Nos quería hasta pegar (…) Nunca había yo pasado esas penas pero como yo lo que quería era llegar a Estados Unidos para hacer algo…”.

“Injusticias y abusos”

A través del Archivo Bracero, el gobierno de EE.UU., mediante el Museo Nacional de Historia y diferentes instituciones académicas, reconocen que los trabajadores fueron sometidos a una serie de “injusticias y abusos”.

“Muchos se enfrentaron a alojamiento deficiente, discriminación e incumplimiento de contratos, incluso fueron estafados al recibir sus salarios”, indica el sitio web.

Un grupo de braceros en un cultivo en Salinas, California, en 1956.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Un grupo de braceros en un cultivo en Salinas, California, en 1956.

Pese a estas investigaciones, ningún presidente o autoridad de alto cargo a nivel nacional en EE.UU. ha ofrecido disculpas públicas ni reparaciones por los efectos negativos que desencadenó el programa, indica la historiadora Mireya Loza.

Tampoco existe una investigación exhaustiva sobre el impacto de pesticidas, incluido el DDT, en la salud de millones de braceros que fueron fumigados.

Aunque el programa culminó hace casi seis décadas, aún queda una generación que vive para contarlo.

Carlos Marentes, activista por los derechos de los campesinos en El Paso, recogió también cientos de testimonios y denuncias de abusos laborales, y las fumigaciones sobresalían entre los recuerdos más amargos de los trabajadores.

“Naturalmente existía un miedo de que trajeran enfermedades contagiosas, pero eso conllevó a una estigmatización“, dice a BBC Mundo.

Para Marentes, el programa Bracero fue un ejemplo claro de “la contradicción en la política de inmigración” de Estados Unidos.

“Por una parte sabemos que los necesitamos (a los inmigrantes), para que hagan todo lo que no podemos o no queremos hacer, pero por otra parte nos han metido en la cabeza que hay que tenerles miedo”, sentencia.



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