Cómo el punk y el heavy metal desafiaron a la Stasi, y ayudaron a derribar el Muro de Berlín
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Cómo el punk y el heavy metal desafiaron a la Stasi, y ayudaron a derribar el Muro de Berlín

Un enorme esfuerzo por parte de la policía secreta, la Stasi, fue infructuoso para silenciar el ritmo seductor del rock and roll y el punk.
BBC Mundo
Por Chris Bowlby / BBC Berlín
2 de julio, 2017
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Cuando la música captura el espíritu de la libertad, puede cruzar cualquier frontera. En 1961, la Alemania Oriental comunista construyó un muro en Berlín y trató de sellarse a sí misma de la influencia de Occidente.

Pero una nueva investigación muestra cómo el hormigón, el alambre de púas y un enorme esfuerzo por parte de la policía secreta, la Stasi, no lograron silenciar el ritmo seductor del rock and roll y el punk.

El aumento de la Beatlemanía en la década de 1960 trajo una respuesta mordaz de Walter Ulbricht, el líder de la República Democrática Alemana (RDA).

“¿Realmente tenemos que copiar toda la basura que viene de Occidente… con toda la monotonía de su ‘yeah, yeah, yeah'”, se mofaba Ulbricht durante uno de sus largos discursos a los seguidores del Partido Comunista.

Tenía 70 años de edad y en cierto modo sus comentarios no eran tan diferentes a los de muchos políticos occidentales, dice Dagmar Hovestaedt, una figura prominente del BStU, la organización que investiga los archivos de la policía secreta de Alemania Oriental, la Stasi.

“La generación más vieja, la generación de la guerra, estaba horrorizada con lo que la juventud estaba haciendo”, dice.

Pero para los líderes de Alemania Oriental, mucho más que eso estaba en juego.

Temían que el amor por la música occidental llevara al amor por la política occidental, así que intentaron desesperadamente desarrollar “su propia versión de la cultura juvenil cool“.

Había pasos de baile que instruía el Estado, como el Lipsi, un intento para evitar que creciera el baile del rock and roll.

También había un sistema de cuotas que era muy ridículo y muchos ignoraban sobre la cantidad de música occidental que se podía poner en una fiesta.

“No se puede organizar una cultura juvenil”, dice Hovestaedt. “Así no es como funciona”.

Muchos jóvenes alemanes del Este se mantuvieron pegados a sus radios, tratando de encontrar los últimos éxitos que transmitían las estaciones occidentales, y la Stasi hizo lo que pudo para pararlo.

El muro de Berlin en 1970GETTY IMAGES
Pese a la división de concreto, las ondas de radio de Occidente eran captadas en muchos sintonizadores del lado Oriental.

Si hay una historia que simboliza la paranoia de la RDA hacia la música -y la tragedia de ser un fan de la música juvenil allí- es la historia de un concierto de los Rolling Stones que nunca ocurrió.

Todo comenzó en 1969 con un comentario superfluo de un DJ en la estación de radio RIAS, que trasmitía desde Berlín Occidental, pero que muchos escuchaban al otro lado del muro de Berlín.

Imaginen, dijo, si en el techo de la editorial del magante de los medios Axel Springer (que había sido construida en el oeste a propósito justo al lado del muro) se organizara un concierto de los Stones para que los del este pudieran acercarse hasta donde pudieran y escuchar.

La idea se convirtió rápidamente en rumor en Alemania Oriental y mucha gente la creyó.

Miles de jóvenes se convencieron de que los Stones realmente tocarían.

Incluso pensaban que sería el mismo día en que sus gobernantes estaban planeando celebrar en Berlín oriental el 20 aniversario de la fundación de la RDA.

La Stasi entró en alarma. Ellos odiaban al empresario Axel Springer, a quien veían como un capitalista que buscaba alejar a los jóvenes del comunismo.

Los archivos de la Stasi de la época muestran como en las carreteras en Alemania Oriental estaban escritas en cal invitaciones a que los admiradores de los Stones fueran a Berlín. Reportes detallaban cómo la Stasi localizó y detuvo a los subversivos.

Aun así cientos fueron a Berlín el día indicado.

Fotografías de la Stasi muestran la multitud en el lado este de Berlín que quería llegar hasta el concierto de los Rolling Stones.BSTU
Fotografías de la Stasi muestran la multitud en el lado este de Berlín que quería llegar hasta el concierto de los Rolling Stones.

Me reuní con Eckart Mann, quien entonces tenía 16 años, en el mismo sitio al que llegó en 1969, frente al edificio de Springer. Él había oído el rumor y recuerda que pensó: “Los Stones tocarán aquí. ¡Guau, guau, guau!”.

Los Stones nunca aparecieron pero las autoridades de la RDA sí. Mientras la multitud se dirigía a la puerta de Brandemburgo, los policías llegaron, y Mann fue golpeado y arrestado.

Fue declarado culpable de ser un “elemento antisocialista”. En sus archivos descubrí que el jefe de la Stasi, Erich Mielke, había tomado un interés personal en su caso.

A Mann le dieron dos años de prisión y luego fue expulsado hacia el oeste, lejos de su familia.

“¿Qué tal estuvo la prisión?”, se pregunta y se encoge de hombros. “No estuvo bien, pero ¿qué podía hacer?”, dice.

Así, un adolescente pagaba un alto precio por su amor a la música.

Ese tipo de represalia intentaba disuadir a los jóvenes alemanes del este de bailar al son de las melodías occidentales “imperialistas”.

Pero lo que hizo en realidad fue aumentar el hambre por la música occidental, que se extendió más allá de las grandes ciudades.

Eckart Mann, 48 años después de su arresto
Eckart Mann, cerca del lugar en donde fue arrestado hace 48 años en Berlín.

Otro adolescente, Alexander Kuehne, estaba ansioso por llevar más música a una remota aldea a una hora de Berlín. Pero ¿cómo hacía para conseguir los últimos discos de Occidente?

Como a los jubiladosse les permitía visitar el oeste porque no eran considerados vitales para el Estado , Kuehne aprovechó para pedirle a su abuela que le trajera la música.

Pero la cosas no se dieron como esperaba.Su abuela confundió la banda punk The Clash con el cantante de country Johnny Cash. Todavía se puede ver el dolor en el rostro de Alexander mientras recuerda esa “enorme pesadilla”.

Así que, en lugar de eso, decidió transformar a su pueblo en un centro importante de la música.

Este se encontraba en un importante cruce ferrovial y convenció a todo tipo de aficionados musicales y bandas a congregarse en un cuarto detrás del bar del pueblo.

“Este lugar es donde hicimos las fiestas más grandes en Alemania Oriental”, dice mientras me muestra el lugar.

Los agricultores en el bar miraban incrédulos a cientos de seguidores de la nueva ola, o Glamrockers, que iban al lugar.

Como era un lugar tan remoto, la policía y la Stasi no reaccionaron rápido a estas reuniones masivas, salvo una vez en que Alexander fue detenido y llevado a una comisaría donde le dijeron que la Stasi iría por él al día siguiente.

“Estaba muy asustado”, dice.

Documentos de la StasiBSTU
La policía documentó los esfuerzo de algunos jóvenes para convocar a otros al concierto de los Rolling Stones.

Por suerte para él, su madre le había dado clases en alguna ocasión al agente de la policía local.

Le pidió que liberara a su hijo, y luego se ocupó de arreglárselas con los de la Stasi cuando llegaron. Nunca le dijo a su hijo exactamente lo que sucedió. “Ella es mi héroe”, dice con admiración serena.

Sin embargo, en el caso de las ciudades grandes, la presión de la Stasi fue implacable contra los fanáticos de la música que eran vistos como “subversivos” y “antisociales”.

Recuerdo haber visitado Berlín Oriental a principios de 1980, donde vi a un par de punks en las calles y pensé que tenían que ser muy valientes para vestirropa rasgada, imperdibles de metal y peinarse el pelo en puntas, cuando el régimen quería que todo el mundo desfilara con uniforme de joven socialista.

Pero,¿Cómo podría la policía secreta lidiar, o si quiera comprender, algo como el punk?

Alexander Kuehne
Alexander Kuehne fue uno de muchos jóvenes que se arriesgaban a disfrutar de la música que les gustaba.

Los archivos contienen grabaciones de las reuniones de la Stasi donde el jefe Erich Mielke trataba de entender, y pronunciar, estos conceptos totalmente desconcertantes como el punk y el heavy metal.

Entonces me las arreglé para localizar a Jürgen Breski, un oficial de la Stasi que le ordenaron monitorear e infiltrarse en el ambiente punk.

Accedió a reunirse conmigo en un rincón discreto de un restaurante de la ciudad y decirme lo que sus jefes le ordenaron.

“Ellos querían que les hiciera asimilar a esta gente un estilo de vida socialista, así que tratamos de combatir cualquier cosa que no pertenecía a eso”, dice.

“El objetivo era controlar ‘la escena’ a medida que se expandía, para evitar que se volviera demasiado conocida”.

Al final, la Stasi hizo lo que siempre hacía, reclutar tantos informantes como fuera posible.

Otras tácticas incluían citar a miembros de bandas ilegales al servicio militar obligatorio y enviarlos a diferentes partes del país: “De pronto, la banda no tenía músicos”, dice Breski.

Pero muchos estaban decididos a resistir.

Archivos de la StasiBSTU
Algunos sospechosos de escuchar música occidental fueron seguidos secretamente por la Stasi (1969).

Dirk Kalinowski, de la banda de punk Zerfall, me contó cómo la Stasi puso una fuerte presión sobre él y su banda.

Sobrevivieron como artistas gracias a una alianza extraordinaria con una iglesia de Berlín que les dio refugio. Las autoridades de la RDA, despiadadas en su mayoría, no se sentían cómodas atrayendo atención internacional por interferir directamente con actividades de la iglesia.

La iglesia, dice Kalinowski, era un “espacio protegido”.

“Podían detenerte nada más al pararte frente a la puerta o al salir. Pero dentro estabas a salvo”, recuerda.

Así que su banda, vetada de los recitales regulares, pudo tocar en medio de los servicios religiosos evangélicos. El pastor hacía una pausa y luego pedía a su congregación, en su mayoría ancianos, escuchar algo un poco diferente.

Museo de la Stasi en Berlín
El Museo de la Stasi en Berlín tiene algunos recuerdos de la persecución a los punks de la Alemania Oriental.

“Fue loco”, recuerda Kalinowski.

“Como vocalista pude ver justo a las caras de la congregación que estaba totalmente sorprendida. Los únicos relajados fueron los niños que saltaron de inmediato. Jamás lo olvidaré, eso y una pareja de ancianos que se taparon los oídos y se fueron”.

Una iglesia también facilitó otro concierto extraordinario, cuando el productor musical británico Mark Reeder llevó a una banda de punk de Alemania Occidental, Die Toten Hosen, para tocar al otro lado del muro.

“Les dije a mis amigos, ‘Si me atrapan, me sacarán del país. Cuando te atrapan tu vida cambia porque se te clasifica como enemigo del Estado'”, recuerda Reeder.

“Me dijeron: ‘No nos importa, lo haremos de todos modos'”.

Campino, el cantante de Die Toten Hosen, recuerda que la banda se disfrazó para pasar por los controles fronterizos entre Berlín occidental y oriental: “Nos tuvimos que peinar, y vestir ropa tradicional”.

Sabía por qué las autoridades de Alemania Oriental los detendrían si los reconocieran. “El rock punk no existía oficialmente del lado oriental, y no querían que se propagara el virus de ninguna manera”, dice.

Solo unos 25 pudieron llegar al concierto secreto en una iglesia del este de Berlín. Sin embargo, “todos en la sala sabían que eso era algo muy especial y tal vez no volvería a ocurrir”.

Mark ReederMARK REEDER
Mark Reeder antes de la caída del muro de 1989.

Estaba muy impresionado, dice, con la forma en que los jóvenes alemanes orientales crearon su propio espacio cultural, a pesar de -o quizás debido a- toda la presión del régimen.

“Tenían una clase de orgullo, una creencia. Decían ‘tú en Occidente tienes la mejor ropa, la moda, todas esas cosas. Pero nosotros tenemos amistad y nos ayudamos unos a otros y no somos superficiales'”, dice.

Su camaradería “significaba más porque tenían que pagar un precio más alto por todo lo que saliera mal”.

Así que esta increíble vida musical valía la pena, era la banda sonora de un tipo de libertad que pocos pensaron que fuera posible.

Sí, los regímenes podrían imponer todo tipo de restricciones. Pero aun así los melómanos crearon espacios libres, un estado de ánimo único en una Europa dominada por el comunismo.

Desde mediados de la década de 1980, cuando un nuevo líder en Moscú, Mijaíl Gorbachev, comenzó a aflojar el control soviético sobre la Alemania Oriental, la música occidental resonaba cada vez con más fuerza en los alrededores del muro de Berlín.

Mikhail Gorbachev y el líder de Alemania Oriental Erich Honecker cantando la Internacional en Berlín (1986).GETTY IMAGES
Mijaíl Gorbachev y el líder de Alemania Oriental Erich Honecker cantando la Internacional en Berlín (1986).

En 1987, nada más y nada menos que una figura como David Bowie tocó justo en el muro del lado occidental.

Bowie, una estrella mundial que había vivido en Berlín, conocía bien la atmósfera surrealista de la Guerra Fría y la energía musical. Y sus seguidores en el Este se reunieron cerca del muro para tratar de escuchar.

Para el entonces joven jefe adjunto de la policía de Berlín oriental, Dieter Dietze, esto planteaba un dilema profesional y personal.

David Bowie frente al muro de BerlínGETTY IMAGES

Él sabía que una brutal respuesta de la policía -como la que hubo contra los que habían acudido al llamado para ver a los Rolling Stones en 1969- podría ser contraproducente.

Y como un fan mismo del rock, que en otro tiempo tocaba en una banda, me dijo que tenía mucha simpatía con los jóvenes.

Pero los jefes de la RDA querían orden por encima de todo.

“Estaba claro para mí que la música, el rock, pertenecía a los jóvenes, que no había manera de que se les pudiera negar”, dice.

Un concierto punk en el este de Berlín en 1985.ALAMY
Un concierto punk en el este de Berlín en 1985.

Las autoridades de la RDA fueron persuadidas para permitir conciertos en su territorio de grandes estrellas mundiales como Bob Dylan y, en 1988, Bruce Springsteen.

Eso fue visto como una válvula de escape para apaciguar a la generación más joven. Pero los conciertos simplemente amplificaron un nuevo espíritu de libertad.

Conciertos como el de Bruce Springsteen, dice Dagmar Hovestaedt, “se convirtió en un punto de reunión para demandar derechos humanos, el acceso a los viajes y a la libre expresión. Imagínate, 100.000 jóvenes alemanes del Este cantando ‘Born in the USA’ (Nacido en EE.UU.)”.

Mientras que en la década de 1960 los seguidores de los Rolling Stones esperaban escuchar a sus héroes y se enfrentaron a la persecución, “en los años 80 el miedo se había ido, el Estado había perdido el control”.

Hay muchas razones, políticas y económicas, del por qué la Guerra Fría llegó a su fin.

Pero también fue vital aquel espíritu de libertad que llevó a miles a las calles en 1989 a desafiar a los regímenes comunistas.

Y ese espíritu tenía su base -para muchos- en la música.

Campino en una presentación de Die Toten Hosen en 2015GETTY IMAGES
Campino en una presentación de Die Toten Hosen en 2015.

Después de la caída del muro y la desaparición de la RDA igual suerte corrió la Stasi.

Exagentes como Jürgen Breski han tenido mucho tiempo para reflexionar sobre su intención de controlarlo todo y por qué no funciona.

“Desde la perceptiva de hoy parece inútil, una pérdida de tiempo”, me dijo. Cuando se trataba de música punk “a veces teníamos influencia, pero al final no hubo resultados”.

¿Y qué hay de los jóvenes perseguidos, a veces encarcelados, por su amor a la música?

“Hoy en día yo estaría en contra de hacer algo así. Pero uno crece en una sociedad, crece con las normas de esa sociedad, se beneficia de ella. Y cuando más tarde tienes la oportunidad de mirarlo desde una perspectiva diferente, dices ‘Bueno, no debería haber sido así'”.

Las fronteras de hormigón, ametralladoras y alambre de púas podían detener algunas cosas, pero no la música.

“La música entra en tu espíritu y en tu cabeza y la escuchas”, dice Dagmar Hovestaedt. Para ella, todo se remonta a un viejo proverbio alemán: Die Gedanken sind frei, los pensamientos son libres.

“La música que no puede ser detenida por las fronteras te recuerda constantemente que hay alegría en la expresión propia”.

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Cuartoscuro

Menos del 1% de los casos por tortura y desaparición contra el Ejército llegó a un juez entre 2015 y 2019

Portación ilegal de armas, homicidio y crimen organizado son los principales delitos por los que elementos del Ejército fueron vinculados a proceso desde 2010.
Cuartoscuro
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El general de brigada Manuel Moreno Aviña fue condenado a 52 años de cárcel el 28 de abril de 2016 en Chihuahua. Los delitos por los que lo sentenciaron: “Homicidio calificado, violación a las leyes de inhumación en su modalidad de destrucción de cadáver y tortura”. Según la sentencia, el militar ordenó la captura de José Heriberto Juárez el 25 de julio de 2008, acusado de la muerte de un soldado. Durante horas, el hombre fue torturado hasta que falleció y militares bajo las órdenes de Moreno Aviña ocultaron el cuerpo enterrándolo en una finca. 

El general siempre aseguró ser un “chivo expiatorio”. Sin embargo, él estaba al frente del Ejército en Chihuahua, donde operaba un escuadrón que sería rebautizado como “el pelotón de la muerte”. Lo significativo del caso es que se trata de una de las pocas ocasiones en las que un militar mexicano ha sido sentenciado por el delito de tortura.

Según datos obtenidos por Animal Político en solicitud de transparencia, solo ocho expedientes por tortura contra militares fueron judicializados en la última década. En ellos, únicamente cinco militares recibieron alguna condena. La de Manuel Moreno Aviña fue la mayor sentencia y, sobre todo, contra un militar de alto grado. Pero se trata de una excepción. La mayor parte de denuncias que se presentan contra integrantes del Ejército por delitos violatorios a los Derechos Humanos como tortura o desaparición forzosa nunca llegan hasta el juez. 

La ausencia de casos judicializados por torturas contra el Ejército llama la atención si se toma en cuenta que la Secretaría de la Defensa (Sedena) es la institución más señalada en la Fiscalía Especial en Investigación del Delito de Tortura, que tiene 4 mil 655 denuncias entre 2015 y 2019, según datos de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH).

Pero una cosa es denunciar y otra que un juez termine por analizar el caso. Según los datos de la CMDPDH, solo el 0.55% de todas las investigaciones llegó al juzgado. 

Esta impunidad es corroborada por los datos solicitados por Animal Político al Poder Judicial de la Federación. Desde 2010, un total de mil 137 militares fueron vinculados a proceso por algún tipo de delito. De ellos, apenas 374 terminaron con algún tipo de condena. Este período abarca los dos últimos años de Felipe Calderón como presidente, todo el sexenio de Enrique Peña Nieto y los dos primeros años de Andrés Manuel López Obrador. 

La mayor parte de los delitos por los que fueron señalados los militares tienen que ver con la portación de armas, con la colaboración o pertenencia a algún grupo del crimen organizado y por homicidio

Apenas hay señalamientos por otras vulneraciones graves contra los Derechos Humanos que lleguen ante un juez. 

Por ejemplo, son solo ocho expedientes abiertos por tortura y otros diez por desaparición forzada.

No obstante, los datos están incompletos, ya que el Poder Judicial asegura no tener información de cómo acabó el procedimiento en 498 de los casos. Es decir, que no tiene registros de si hubo sentencia o no en casi la mitad de los expedientes contra militares abiertos en la última década. 

“No hay incentivos para que los militares dejen de cometer actos violatorios contra los Derechos Humanos”, explica Lucía Chávez Vargas, investigadora de la CMDPDH, que ha acompaña a víctimas de abusos y elabora informes que ponen de manifiesto la impunidad que opera en México. 

Chihuahua y Jalisco, los estados con más militares acusados

El Ejército es parte fundamental de la seguridad desde que en 2006 el presidente Calderón declaró la “guerra contra las drogas”. Sin embargo, entre los delitos que más se imputan a sus integrantes están la pertenencia a grupos del crimen organizado o los delitos contra la salud por tráfico de drogas. En concreto, según los datos proporcionados por el Poder Judicial, un total de 270 militares fueron juzgados por portación ilegal de armas, 65 por crimen organizado, 37 por delitos contra la salud y 123 por homicidio.

En general, los uniformados logran eludir la justicia. Aunque hay ocasiones en las que sus integrantes terminan ante los tribunales e incluso sentenciados. Es el caso, por ejemplo, del asesinato de Jorge Otilio Cantú, de 29 años, asesinado el 18 de abril de 2011 en Monterrey, Nuevo León. Militares que ejercían labores de orden pública lo acribillaron de 29 balazos. Aseguraron que lo habían confundido con un integrante de un grupo criminal y llegaron a sembrarle un arma.

Sin embargo, la perseverancia del padre de la víctima, Otilio Cantú González, permitió que cinco uniformados fueran condenados a 22 años y seis meses de prisión por “homicidio calificado”. Se trató de la primera sentencia contra integrantes del ejército por este delito.

Nuevo León, con 51 militares procesados en estos últimos 10 años, no es uno de los estados con mayor número de miembros del ejército sentados ante el juez. La lista la encabezan Chihuahua, con 157; Jalisco, con 125; y el Estado de México con 80. Por detrás se encuentran Baja California, con 61, y Sonora y Tamaulipas, con 56 respectivamente. 

La falta de sentencias judiciales es uno de los mecanismos con los que opera la impunidad, pero no el único. Según reveló Animal Político, la Sedena estableció un mecanismo para pagar compensaciones al margen de la Ley General de Víctimas a 187 afectados por violencia provocada por los propios uniformados. 

“Sedena no rinde cuentas ni rendirá. El ejemplo es (el general Salvador) Cienfuegos. Es difícil que estos militares de alto rango rindan cuentas y más en la actual administración con todo el poder que se le ha dado al Ejército”, dice Chávez Vargas. En opinión de la investigadora de la CMDPDH, el incremento de atribuciones durante el sexenio de López Obrador va a incrementar la impunidad.

“Con todo el poder acumulado va a ser más difícil que rindan cuentas. Desde los temas de violaciones a los Derechos Humanos hasta los relacionados con cuestiones económicas, que van a tener más opacidad”, considera.

Un dato relevante: en la última década no hay un solo militar que haya sido sentado ante un juez por delitos económicos. Habrá que ver si revelaciones como la investigación de El País que probó el desvío por parte de la Sedena de 156 millones de dólares a empresas fantasma entre 2013 y 2019 termina con algún militar vinculado a proceso. 

El caso de Cienfuegos es significativo. Porque, al margen de las acusaciones de narcotráfico formuladas por EU (y que el gobierno ha clasificado), existen casos de graves violaciones a los Derechos Humanos perpetrados durante su mandato al frente de la Sedena.

No hay constancia de que la Fiscalía General de la República lo esté investigando por acciones u omisiones en hechos tan relevantes como la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014 o la masacre perpetrada en Tlatlaya, Estado de México.

Chávez Vargas apunta otro dato relevante: en los pocos casos en los que se producen condenas, estas afectan solo a militares de bajo rango, ya que nunca se investiga quién dio las órdenes. 

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